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John, sentado a la mesa de la sala, levantó los ojos del teclado de su portátil y siguió los movimientos de Sherlock por toda la habitación.

—Sherlock, dime que llevas algo debajo de la sábana.

—Llevo algo debajo de la sábana.

—¿En serio?

—No, pero me pediste que lo dijera.

—Sabes que aquí vivimos dos personas, ¿verdad?

—Sí, empecé a sospecharlo cuando vi que alguien pagaba la mitad de los gastos. El hecho de verte a diario en esta sala me lo confirmó. Sabes que soy el único detective asesor del mundo por algo...

—¡Sherlock, no me jodas! ¡Vístete de una vez!

—¿Te molesta?

John se quedó pensando apenas un segundo. No, en realidad no le molestaba, sólo… bueno, le distraía, le distraía mucho.

—Sí —mintió.

Sherlock se quedó mirándolo. Abrió la boca para hacer un comentario. Se dio la vuelta sin decir nada y caminó hacia su habitación. Volvió a salir minutos después, en pijama y con su bata, se sentó en su sillón sin una palabra y ni siquiera mirar a John.

John se quedó mirando la espalda de Sherlock por encima de la pantalla de su portátil. Estuvo así un rato, no supo cuánto. Finalmente se levantó y se dirigió a la puerta.

—Voy al súper.

—Trae leche.

Cuando John comenzó a bajar las escaleras escuchó a sus espaldas el exasperante sonido del móvil de Sherlock recibiendo un mensaje y, sin saber por qué, eso le cabreó aún más. ¿Por qué Sherlock no cambiaba ese sonido? ¿Por qué esa mujer le enviaba mensajes continuamente? Salió dando un portazo y se alejó calle abajo, sin saber que Sherlock le miraba desde la ventana.

oOo

—Te lo juro, es increíble. —Greg hablaba entusiasmado y John apenas le estaba escuchando mientras daba un nuevo sorbo a su cerveza—. Es una mujer divertidísima, pero sigue preguntándome por qué no has vuelto a quedar con Carol.

—Sí, Carol —repitió John sin prestar atención.

—John, no me estás escuchando.

—Sí, no… Perdona, estaba pensando en otras cosas.

—¿Has vuelto a discutir con Sherlock?

—No, ¿por qué lo preguntas?

—Porque en la última escena del crimen apareció solo y tú estás pensando en cualquier cosa menos en lo que te estoy contando.

—Bueno, hemos tenido una pequeña discrepancia.

—¿Discrepancia? ¿Pequeña? Sí, claro, y qué más…

—No entiende que debería ir por casa vestido con algo más que una sábana. Además, a la señora Hudson le resulta incómodo el tono que tiene para los mensajes de texto, ya sabes… los de Adler.

—¿A la señora Hudson? Sí, por supuesto. —El tono de Lestrade hizo que John lo mirara molesto—. ¡Qué desconsiderado por parte de Sherlock!

—No empieces, Greg.

—Vale, vale —exclamó el policía levantando las manos en un gesto de rendición—. ¿Llamaste a la camarera?

—¿A Susan? Sí. Tomamos algo y fuimos al cine.

—¿Y qué tal?

—Bien, es agradable.

—No es eso lo que pregunto.

—Sólo hemos quedado una vez, Greg.

—Pues queda otra.

—No me apetece demasiado. Ahora estoy muy liado para comenzar a salir con nadie.

—¿Por eso no has vuelto a quedar con Carol?

John se limitó a encogerse de hombros y se quedó en silencio, mirando su cerveza. Después de un rato Greg le golpeó suavemente el brazo.

—Vámonos, tú no eres la mejor compañía hoy y yo tengo una cita.

El rubio asintió sin ganas, pagó las cervezas y salió tras Greg.

—Tío, no creo que Carol busque nada más que divertirse un poco. Tal vez deberías de llamarla —dijo poco antes de separarse.

—Ya. No sé, lo pensaré.

Se alejó lentamente hacia la boca de metro más cercana. Greg tenía razón, tal vez debería de llamar a Carol, aunque no le apeteciera mucho. Era divertida y, sí, muy atractiva, pero al final era más de lo mismo, cine, copas, cena, tal vez un polvo… No, realmente no le apetecía mucho. Quizás más adelante. Quizás conocería a alguien. Quizás.

oOo

Cuando entró en Baker Street le recibió un dulce lamento de violín. Sherlock estaba tocando una melodía que no conocía, suave y un poco triste, seguro que estaba pensando en ella, en Irene Adler. Bella, inalcanzable, un reto intelectual, quizá todo lo que podía atraer al detective…

Llegó a la sala y vio a Sherlock de espaldas a la puerta, sin darse cuenta de que él había llegado. Se sentó en su sillón, en silencio, contemplándole tocar y deseando que parase, o que al menos no tocara así por ella. No lo merecía, ella no era suficiente para Sherlock, y él no soportaba verlo así por ella, porque era su amigo y deseaba lo mejor para él. Sólo por eso.

Un rato después Sherlock dejó de tocar y se volvió hacia John.

—Buenas noches. Pensé que habías salido con Lestrade y que estarías con la amiga de su ligue.

—No, no he quedado con Carol, no me apetecía.

Sherlock miró extrañado a John. El silencio llenó de nuevo la habitación. Ninguno de los dos parecía interesado en romperlo, cada uno sumergido en su propia mente.

Un sonido interrumpió sus pensamientos. Un gemido que venía de la mesa de la cocina. John miró fijamente a su amigo, que se levantó a coger el móvil. Leyó el mensaje y dejó de nuevo el teléfono sobre la mesa con una sonrisa, sin responder.

John se puso en pie.

—Sherlock, ¡por Todos los Santos, cambia ese sonido!

Se quedaron mirando en silencio unos segundos. Sin una palabra más, John se dirigió hacia la puerta. Se detuvo. Volvió sobre sus pasos y agarrando al detective por las solapas se alzó para darle un beso en los labios. Un beso rudo, casi rabioso, un beso demandante, que pedía explicaciones por esos mensajes y que dejó a Sherlock sin palabras.

John se volvió rápidamente y subió las escaleras camino a su habitación.

—Oh, Dios, ¿qué he hecho? —repetía una y otra vez mientras daba vueltas de la cama a la ventana—. ¿Cómo he podido hacerlo? ¿Por qué?

Se detuvo mesándose el cabello.

—Mierda, no debí besarle —murmuró—. ¿Cómo voy a volver a mirarle a la cara?

Se sentó en la cama frotándose los ojos con las manos.

—Necesito aire.

Bajó las escaleras, cogió su abrigo y continuó hacia la calle sin comprobar siquiera dónde o cómo estaba Sherlock.

Caminaba sin rumbo, cabizbajo, las manos en los bolsillos, intentando calmarse, intentando pensar, no, intentando no pensar, olvidar lo que había pasado en esa cocina. Ni siquiera lo había planeado, ni siquiera se lo había planteado nunca, era ese sonido, que lo sacaba de sus casillas, él no era gay, no había querido besar a Sherlock…

¿A quién quería engañar? Llevaba meses queriendo besar a Sherlock, meses en los que sus ligues apenas le duraban una o dos citas, meses en los que odiaba imaginar a su compañero de piso pensando en Irene Adler, meses en los que deseaba golpear algo cada vez que su amigo recibía un mensaje de texto… meses en los que había estado ciego.

Un gemido salió de su bolsillo.

—¿Pero qué mierda hace ese móvil en mi bolsillo?

Otro gemido volvió a salir de su bolsillo, pero entonces se dio cuenta de que no era el mismo gemido que odiaba oír en el teléfono de Sherlock, era más ronco, más grave, no era Irene Adler.

Sacó el teléfono.

John, ¿dónde estás? SH

Una sonrisa iluminó la cara de John.

Vuelve a casa. SH

Sin pensar un segundo más, dio la vuelta hacia Baker Street, caminando de prisa, casi corriendo. Un nuevo gemido escapó de su bolsillo, sin mirarlo soltó una carcajada y echó a correr, sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en meses.