¡Hola, pedazos de sandios!
Wolfy: quién lo diría no? Pero Neo lleva años de celibato, así que, hentai se vuelve cualquiera ¿Y Crashie? Sera inocente, pero no es de madera, como veras capítulos más adelante. Y Crunch lo va a pervertir, no te preocupes… pero no de la manera en la que pensas. Ya vemos si Coco y Crunch consiguen un amor. Y no me molesto tus comentarios, es más, me halagaron
Matrioska (Alias muñeca rusa): me muero por ver los dibujos que me prometiste mandar. Sé que van a ser buenos.
Maura: en el primer capítulo dije lo que iba a hacer. Estaba esperando ese comentario. Espero no haberte desilusionado. Y Dios me salve a mí, jaja.
Capitulo cinco
La impotencia de Neo
Neo Cortex no se acordaba de la última vez que había pisado territorio australiano, pero allí estaba, después de mucho tiempo, paseando por las calles de Sídney. Eran casi las once de la mañana y la ciudad estaba en plena actividad. Fue hasta una tienda de artículos escolares y compró un pizarrón plegable, dos cuadernos universitarios y una caja de tizas. Neo se preguntó a si mismo desde hacia cuanto no usaba esos objetos. La tecnología había reemplazado todas esas cosas.
Caminó unas pocas cuadras, disfrutando del sol y la suave brisa que venía desde el mar. Tendría que salir más seguido. Hacía mucho que no salía a ningún lado, aparte de las reuniones de la Liga e ir al Moulin Cortex. Su madre le había dicho una vez que se estaba aislando demasiado y Neo no quería darle la razón aunque la tuviera.
Entró en una librería y se llevó un par de libros de estimulación temprana en los bebes. Quizás allí dijera algo sobre cómo enseñarle a hablar al marsupial, ahora humano. Planeaba volver antes del mediodía, pero se había distraído mucho en la librería husmeando libros de medicina. Nunca había ejercido en un hospital, pero Neo Cortex se había graduado de cirujano en la universidad.
Eran las doce y media. Neo quería irse cuanto antes a Iceberg Lab, pero vio una rockeria y se acordó de Nina. Justo estaba en la vidriera una remera con el grupo preferido de ella estampado. No pudo resistirlo y se lo compró. Estaba seguro que a ella le encantaría.
Una vez con la remera puesta prolijamente en una bolsa de regalo, Neo decidió partir una vez más, pero su estomago crujió en ese mismo momento. No se había dado cuenta del hambre que tenia. Miro a su alrededor y vio un McDonald. Era su lugar de comida favorita y hacía años que no comía en uno, así que decidió entrar.
El lugar estaba lleno. Neo se puso en la fila y, por un segundo, acarició la idea de sacar su arma y paralizar a todos lo que estaban delante de él, pero eso significaría que los agentes especiales del gobierno vinieran y lo encerraran en una celda en un abrir y cerrar de ojos. Y no quería causar problemas. No hoy. No cuando Nina iba a regresar en menos de un mes.
Al fin llegó su turno y pidió una Big Mac. Después de buscar con la mirada, encontró un lugar cerca de la cafetería y se sentó a comer. Mastico la hamburguesa con los ojos cerrados, recordando cuando salía con N. Gin a comer hace varios años. En esa época, no tenía ningún cohete en la cabeza y estaba bastante delgado. Incluso era guapo y todo el condenado. Hasta que ese accidente le deformó la cara. Y no solo eso. Le había desfigurado la mente y el alma junto con su rostro.
—Neo Cortex —una voz masculina interrumpió sus pensamientos. El aludido levanto la cabeza y se encontró un hombre sentado en su mesa, al frente suyo. Aparentaba unos treinta años, de cabello y ojos color miel. Lo miraba dándose aires de suficiencia. Neo resoplo.
—Doctor Neo Cortex —lo corrigió, irritado. No sabía quién era ese tipo, pero sabía por qué estaba allí—. No me sacrifique estudiando noches enteras sin dormir en la Universidad para que se olviden de mi título.
El joven hizo una mueca de desprecio
—Usted tiene prohibido pisar territorio australiano, no sé si lo recuerda… doctor.
—No vine hasta aquí con fines bélicos —protestó Neo—. Vine aquí a hacer unas compras. Nada más
—¿De verdad? —evidentemente, el hombre no le creía ni una sílaba. Los ojos del hombre se dirigieron a las bolsas que estaban al lado del científico. Neo puso una mano encima del regalo de Nina.
—De verdad
—Deme las bolsas.
Neo lo miró, con los ojos llenos de odio. El agente sonrió.
—Solo quiero comprobar si es cierto lo que dice.
—Ningún agente especial de quinta, títere del gobierno, me va a joder la maldita mañana —escupió Neo, con ira contenida. No era un hombre que estuviese acostumbrado a decir insultos vulgares, pero ese hombre lo estaba sacando de sus casillas.
El agente dejó de sonreír. Se acerco un poco por encima de la mesa, en un gesto amenazante.
—Tengo el poder suficiente para meterte en una celda muy pequeña. Encerrarlo durante un buen tiempo. Y eso no va a ayudar a su nena.
Neo se puso pálido como un muerto. El agente siguió hablando.
—Con usted preso, y sin otro familiar competente que se pueda hacer cargo, no me quedaría otra opción que llamar a los Servicios Sociales.
Neo bajó la cabeza. No quería correr semejante riesgo. Nina tenía tan solo quince años. Era la persona que mas amaba en el mundo. Ya era bastante que la mayoría del año estuviera en el colegio de Madame Amberley. Se le revolvió el estomago de solo pensarlo. El preso, ella siendo arrastrada por esos entrometidos del gobierno…
Con un movimiento brusco, Neo le entregó las bolsas. El agente las abrió allí mismo y comenzó a revisarlas sin miramientos, mientras Neo sentía una mezcla de furia y humillación que le dio nauseas. El era un ciudadano inglés, nacionalizado en Australia. No merecía ese trato. No estaba bien. No llevaba nada peligroso. Si, era un científico malvado, pero tenía los mismos derechos que cualquier ciudadano.
—Esto algún día lo vas a pagar —murmuró Neo. El agente lo ignoro y reviso los libros, los cuadernos y todos los objetos, incluida la remera de Nina. Después de cinco minutos, pareció rendirse.
—De acuerdo —murmuro, aparentemente desencantado de no encontrar los secretos de la bomba nuclear—. Pero en una hora lo quiero fuera del territorio australiano —dicho esto se levanto y desapareció lentamente entre la muchedumbre.
Neo lo siguió con la mirada, furioso y con ganas de vomitar su hamburguesa. Tomó sus bolsas de compras, se teletransportó a Iceberg Lab, corrió hacia el baño y vomitó. Aun furioso, depositó sus pertenencias encima de su cama, se cambió de ropa y volvió a teletransportarse, esta vez en casa del Dr. Tropy.
Como siempre que iba a su casa, Neo quedo maravillado. El lugar era un autentico museo. Las paredes de su sala estaban tapizadas de cuadros, recortes de periódicos, distintos tipos de armas, relojes de pared… Tropy estaba sentado en un mullido sillón, estudiando con mucho interés un delicado reloj de arena. Alzo la vista hacia Neo, sin mostrarse especialmente sorprendido por su visita repentina. Tampoco cambio su semblante al ver la vena que le palpitaba en la sien ni cuando empezó a gritar, furioso, haciendo retumbar las paredes de madera:
—¡Con que derecho vienen a molestarme! ¡Soy un ciudadano ingles con ciudadanía australiana! ¡Solamente fui de compras y a comer una estúpida hamburguesa! ¡Y viene un agente de novena mandado por la Falta de Inteligencia Australiana a revisar mis cosas y echándome a base de amenazas! ¡No es justo!
Tropy escuchó todo el exabrupto sin alterarse. Estaba muy acostumbrado a las pataletas de Neo, pero sonrió al verlo desolado e impotente y se levantó de su sillón.
—Vamos, Neo —le paso un brazo por los hombros—. Sabias que esto iba a pasar, aunque fueras a comprar solo un kilo de pan. ¿Con que te amenazaron?
—Con sacarme a Nina.
El semblante de Tropy se ensombreció. Conocía a Neo desde la secundaria y lo había ayudado a criar a Nina. El sabía lo mucho que la idolatraba. Incluso en su laboratorio había un retrato de ella, cuando era pequeña. Ese agente había usado el talón de Aquiles de Neo.
—Nadie te va a sacar a Nina. Ninguno del N Team va a permitirlo —le dijo, abrazando mas fuerte a Neo. El hombre se relajó, ya habiendo descargado toda su furia. Después de medio minuto se separó.
—Me tengo que ir —dijo Neo atropelladamente y sonrojado. Era evidente que no estaba acostumbrado a momentos de debilidad semejante. Se acomodó el cinturón y se volvió a Iceberg Lab.
Cuando llegó, lo único que lo recibió fue el silencio. Se sirvió un vaso de whisky hasta el borde y se sentó en un sillón de su sala a leer el libro de estimulación temprano. Adelantó las páginas hasta encontrar algo sobre enseñar a hablar a infantes. Se tomo un trago de su bebida. Mañana tendría que ir a N. Sanity a empezar su primera clase.
