Hola rayitos de sol!
Acá llueve y hace algo de frio. Aprovechando el feriado, termino de escribir el capítulo más largo hasta el momento.
Matrioska: era obvio lo del sueño. Lástima que Neo se quedo con las ganas
Ariia: soy re hinchapelotas con la ortografía, pero me suelo saltar los acentos. Las madres son así, los hijos siempre se olvidan de las madres y ellas siempre los perdonan
Wolfy: pensé que te iba a desilusionar. Es más: pensaba seriamente en un yaoi entre esos dos en un sueño de neo, pero gano lo tierno, me parece. ¿A qué te réferis con lo que no te imaginabas así a la mama de Neo? Y Crunch, la verdad, muy irresponsable de su parte.
Escuchando In my head de Queen of de Stone Age (recomiendo escuchar esas canciones que pongo) lean el…
Capitulo ocho
El regreso de Nina
Casi un mes había pasado desde aquel incidente en el Moulin Cortex. El calor en N. Sanity era cada vez mas aplastante, y el canto de las cigarras eran un chillido molesto para el no estuviera acostumbrado a oírlas. Pero Crash Bandicoot lo estaba y hasta lo disfrutaba. No así con Neo Cortex, que se mordía el labio cada vez que lo escuchaba, como un tic malsano.
—Todavía no has aprendido a hablar —suspiró el científico, con una mirada calculadora—. Me pregunto si no lo estarás haciendo a propósito, para no devolverme la maquina.
Crash negó enérgicamente con la cabeza. El sol que entraba por la única ventana de la choza le arrancó reflejos dorados a su cabello. Tomo una lapicera y un papel y le garabateo unas palabras:
"Lo intento, pero no me sale nada"
Neo estrujó la nota y la arrojo a un rincón de la precaria vivienda. Por lo menos, había mejorado bastante su escritura, pero cuando de hablar se trataba, solo le salían balbuceos y apenas podía juntar dos letras en sus labios
—No lo intentas lo suf… —empezó a decir, pero un extraño pitido lo interrumpió. Saco su teléfono celular del bolsillo y lo desactivo sin siquiera mirarlo—. Solo es una alarma —se explico, ante la mirada curiosa de su alumno.
La alarma sonó tres veces más a lo largo de la clase y tres veces Neo la desactivó, con un gesto de fastidio. La tercera vez que Neo la apagó, Crash le pasó una nota por encima de la mesa
"¿Por qué esta esa alarma puesta?"
—No lo sé, debe ser una idiotez —le respondió con indiferencia. Crash volvió a tomar el papel y agrego unas palabras debajo de las primeras:
"Debe ser algo importante, si tienes una alarma para hacértelo recordar."
Neo suspiro, cansado y fastidiado
—No debe ser nada —dijo, pero la duda estaba implantada en sus ojos. Saco su celular y lo miro
—Solo dice: ir a buscar a Nina —recitó, despreocupado. De pronto sus ojos castaños se abrieron como platos y su piel se volvió blanca como la luna—. Ir a buscar a Nina —repitió, como un robot, mirando la pantalla del celular—. ¡Ir a buscar a Nina! —dijo por tercera vez, preso del pánico y comenzó a guardar las cosas apresuradamente en su valija—. Tengo que irme. Mañana continuamos —presiono el botón para teletransportarse, pero no funcionaba, a pesar de que lo apretaba con fuerza una y otra vez —. No tengo batería —murmuro, desesperado—. Debería haber salido hace casi una hora y no puedo teletransportarme hacia mi laboratorio.
A Crash se le encogió el corazón al verlo tan abatido. Pero tenía una manera de llevarlo a Ice Lab. Una manera un poco lenta, pero llegaría. Tomo a Neo de la mano
—¿Q-que haces? —le preguntó Neo, confundido, mientras lo arrastraba afuera de la choza y corrían por la orilla del arroyo. Crash estaba habituado a correr por toda la isla, pero no el científico, quien se tropezaba con las raíces de los arboles de tanto en tanto. Después de correr diez minutos, llegaron a la playa. Crash se detuvo un momento al ver las lanchas flotando tranquilamente sobre el agua, puestas en hilera en el puerto. En eso habían cambiado los indígenas. Gracias a Coco, los indígenas habían adaptado sus rústicos botes y ahora eran una especie de lanchas de madera que usaban para visitar otras islas y comerciar con los otros pueblos indígenas.
Crash se subió sin dudar a la embarcación. Neo dudó un momento antes de subir él también y partir hacia Ice Lab. Desde allí, irían en dirigible hacia la Academia del Mal
Neo subió por el ascensor y fue derecho hacia su habitación. Lo primero que hizo fue tomar el regalo de Nina. Luego bajó hacia el primer piso y tomo dos cristales de energía. Al final salió a la intemperie helada, donde Crash lo esperaba, temblando como una hoja. No estaba precisamente vestido para la soportar el clima. Solo llevaba una remera amarilla lisa y unos jeans claros. El científico corrió rodeando el laboratorio hacia la parte de atrás donde estaba estacionado su dirigible.
A pesar de toda su tecnología al alcance de la mano, nunca había abandonado su dirigible. Lo había equipado y modernizado, pero nunca lo cambió por otro vehículo. Le tenía mucho cariño. Había partido en él para buscar cristales e incluso estaba orgulloso de haber escapado del temido Ejército Rojo en el dirigible, hacía muchos años.
Neo se sentó en la mullida silla giratoria para poner en marcha su dirigible. Solo cuando sintió el cuerpo de Crash impactar en la silla de acompañantes tomo real conciencia de que su enemigo estaba con él.
—Bájate —le ordenó, rechinando los dientes. Crash negó con la cabeza y se despatarró en el asiento, como si se preparara para un largo viaje. Y en verdad lo era. Además, si Nina estaba muy enojada, usaría a Crash como excusa para su tardanza. Al menos no todos los golpes estarían dirigidos hacia él. Asintió con la cabeza con una sonrisa malvada.
—Bien. Quédate, pero no toques nada.
Crash mostró una sonrisa tan ancha como una autopista y cerró los ojos, dispuesto a dormirse una larga siesta.
Mientras el dirigible se alzaba hacia el cielo, el científico lamento que Crash aun no hablara. Los viajes en soledad le hacían evocar recuerdos que no quería. Lo hacía pensar en recuerdos buenos que ya no volverían jamás. Recuerdos buenos que se transformarían en un tiempo en una horrible pesadilla
El chico que estaba al frente suyo se llamaba Nicholas Gin, pero prefería que lo llamaran N. Gin. Era gordito, con el pelo anaranjado y ojos claros
—Solo estaremos nosotros dos y la recompensa es enorme —anunció, mientras acariciaba la boca del jarro de cerveza. Sus dedos rechonchos pasaban por el borde haciendo un curioso sonido—. Tenemos probabilidades de ganar y convertirnos en multimillonarios. O fallar completamente y terminar en prisión largo tiempo. La empresa está hasta el cuello de operaciones ilegales secretísimas, pero sé que se tratan de estafas a inversores a los que seguramente puedan acallar. Lo que tenemos que hacer es no solo robarle… sino que no vuelva a recuperarse jamás. Lo estoy teniendo hace meses bajo vigilancia ¿Alguna pregunta?
Neo, que en ese entonces tenía veinte años, le había hecho varias preguntas, especialmente en torno a la cantidad exacta de dinero que había en el banco. Las palabras "mucho dinero" habían sido exactamente como tirar una vaca herida a un estanque lleno de tiburones. La pregunta que quería hacerle realmente en medio del club nocturno repleto de gente en el Moulin Cortex era:" ¿Por qué quería destruir la empresa?" pero se mordió el labio justo a tiempo. Si N. Gin tenía algo contra ellos, no era problema suyo.
—Bueno, si ya no hay nada más que agregar, te veo el martes a la noche.
N. Gin era un chico que había conocido en el colegio de Madame Amberley. Neo era dos años mayor que él e iba a clases distintas, así que solo se veían en los descansos. Aun así, se habían hecho amigos entre comida y comida en la cafetería. Y N. Gin sabía que la situación económica de Neo era precaria. Gracias a las buenas notas que tenía en la universidad, tenía una beca que Amberley le había dado a regañadientes. Pero no era suficiente, le había dicho a N. Gin, que recién había terminado el secundario. Lo que tenía más a mano era trabajar con su madre en el Moulin Cortex, con un sueldo de mierda que apenas le alcanzaría para pagar la matrícula y el alquiler en el mugroso departamento en Sydney. O unirse a alguna banda mafiosa. Pero no quería volverse con su madre, más que nada porque tenía orgullo.
—¿Te gustaría ganar millones de dólares en un abrir y cerrar de ojos? —le preguntó N. Gin, una vez que Neo le había platicado sus penas
Neo se acomodó un mechón de pelo negro y sonrió tristemente
—¿A qué secta religiosa tengo que ayudar?
—A ninguna. Se trata de un robo a una importante empresa —respondió N. Gin—. Pero te advierto que el dueño es un malnacido.
—¿Quién es?
—Mi padre.
—Ah, ya lo entiendo.
—Mira, está metido en operaciones ilegales. Un estafador. No es la persona más amada del mundo.
—Me lo imagino —musito Neo.
—El trabaja en una empresa que se dedica a promocionar inversiones bancarias. Ha estafado a varios inversores y nunca lo han pescado. Tiene cuatro cuentas con sumas elevadísimas de dinero. Pero esas personas no existen ¿Entiendes?
Neo asintió con la cabeza y sintió pisar terreno más firme.
—Nunca voy a invertir en nada —manifestó.
N. Gin se rio con ganas
—Le he tenido miedo a los bancos después de enterarme de eso —dijo y ambos rieron—. ¿Lo aceptas?
—Claro. Cuenta conmigo.
Y ahí estaba, dos semanas después reunidos en el Moulin Cortex, planeando el golpe. N. Gin dijo que tenía que irse y Neo lo vio marcharse. Repaso mentalmente la conversación y decidió que realmente valía la pena. Desde chico deseaba inventar una máquina capaz de evolucionar a los animales en seres antropomorfos y otra máquina para controlar sus mentes. Y necesitaba mucho dinero para ello. Estaba metido en sus ensoñaciones, cuando una voz de mujer, ligeramente grave, le pregunto:
—¿Le puedo tomar el pedido, señor?
—Si, una cerveza— respondió Neo y se dio vuelta para mirar a la mujer más hermosa que Neo haya visto en su vida. Sublime, de estatura media. Cabello castaño rojizo hasta los hombros, tez clara. Vestía con el uniforme de camarera: camisa blanca manga corta, un chaleco azul eléctrico, falda corta de color negro azabache y un delantal blanco que cubría casi toda la falda. Y unas piernas espectaculares.
Ella tomó el pedido en un bloc de notas y sonrió. Cuando se dio vuelta, la luces del techo reflejaron su cabello adornado con un sombrerito con orejas de gato.
Neo suspiro. La chica era hermosa y tal vez tendría la oportunidad de intercambiar unas palabras amables al menos. No quería que pensara que era un degenerado más de la clientela. No se quería hacer ilusiones. Las chicas huían de él como la peste y una mujer así debería tener novio o pretendiente al menos. Pero hoy se sentía animado por el robo que estaba planeando y quizás podría intentarlo.
Ella volvió cinco minutos más tarde, con una bandeja plateado con una botella de cerveza Victoria Bitter y un chop. Era realmente la encarnación de la belleza.
—Su pedido —exclamo la chica, sonriendo.
—Gracias —asintió Neo.
—¿Necesita algo mas, señor?
—Llámame Neo —le dijo, mientras la chica dejaba en la mesa la cerveza y el chop
—¿Necesita algo mas, Neo?
Por mucho que quisiera, no tenía otra excusa.
—No, gracias.
Ella se dio vuelta y se marcho. El se quedo admirando su espalda mientras se alejaba. Fue por eso que presencio la escena.
Al pasar al lado de una mesa ocupada por un hombre de unos cuarenta años con gabardina negra, la tomo bruscamente de la muñeca. No pudo escuchar lo que decía, pero por el rostro furioso de la chica y por conocer bien a los tipos de clientes que frecuentaban el Moulin Cortex, era una proposición indecente, sin asomo de duda.
Neo se levanto bruscamente y caminó entre las mesas y las personas que buscaban un lugar donde sentarse. En segundos llego hacia ellos.
—Está molestando a la chica —espetó.
El tipo lo miro con desdén.
—No te metas en lo que no te importa, mocoso.
Fue suficiente. Neo saco su arma de la funda enganchada a su pantalón y le apunto entre medio de los ojos.
—Deme un motivo más y juro que le frio el cerebro.
El hombre enfocó sus ojos en la enorme arma plateada, con el cañón en forma de resorte con una luz verde fosforescente parpadeante. Soltó a la camarera, se levantó de la mesa y se alejó como si recordara súbitamente que tenía una cita que había olvidado.
—¿Estás bien? —le preguntó a la chica
Ella esforzó una sonrisa
—SI.
Neo la llevo hasta su mesa, donde él se sentó, mientras ella permaneció de pié.
—¿Eres nueva aquí? —le pregunto Neo, con el fin de distraerla.
—Si, empecé la semana pasada. Mi amiga trabajaba aquí antes y contactó a la dueña para que me tomara. Necesito dinero para estudiar, así que… —suspiró profundamente y se acomodó un mechón detrás de la oreja.
—Te entiendo —asintió él, con la mano agarrada al chop, pero sin tomarlo—. ¿Tu amiga es compañera tuya de la universidad?
—Si, y mi novio también. Aunque no le hace muy feliz la idea que trabaje aquí.
Novio. Era normal que una chica así tuviese dueño. La vida era cruel
—¿Y qué me dices tú? —inquirió ella.
—Estudio biotecnología en la Australian National University —mintió. Era cierto la carrera que estudiaba, pero no la institución—. Por cierto, me llamo Neo Cortex.
—Yo soy Charlotte Morrison. Espera… tu eres…
—Soy el hijo de Emily Cortex, la dueña de este lugar. Así que no te preocupes. Le explicaré todo a ella más tarde —Neo sonrió.
—¿Sueles salvar camareras en problemas? —pregunto Charlotte, con una sonrisita débil que le gusto muchísimo.
—La verdad, no —admitió—. Pero a veces estos tipos dan asco. No se conforman con las damas de compañía y se ponen a molestar a las bailarinas o a las camareras. Es repugnante. ¿Quieres una cerveza? Yo pago. Y no te preocupes por el trabajo. Yo hablare con mi madre después.
—Está bien —asintió ella.
Parte de la noche la pasaron hablando. Resultaba que Charlotte y su novio estaban peleados. Era un celoso sin remedio que se creía el marido. Le había prohibido trabajar en el Moulin Cortex, cosa que solo provocó que ella se empecinara en trabajar.
—Siempre fui una mujer libre, Neo —le dijo—. Yo opino que podemos estar juntos, pero sin asfixiar al otro, sino nos terminaremos arrancándonos los ojos. Nunca perderé mi independencia. Jamás.
Neo estiro la mano sobre la mesa y tomo la de ella.
—De todas maneras, si no lo entiende, mándalo al diablo —murmuró—. Tranquilízate. Todo marchara bien.
Pero como se comprobó más adelante, aquello solo era el principio de una pesadilla. Lo peor no tardaría en llegar.
La silueta del colegio de Madame Amberley se dibujo a la distancia. Neo casi rezaba internamente para que Nina estuviera bien y no estuviera tan enojada como para mandarlo a volar de un puñetazo. Crash se había despertado y miraba por la ventanilla con curiosidad infantil. Neo activó un botón y una plataforma metálica salió desde debajo de la puerta del dirigible y bajó con una cuerda en la mano, para atar el dirigible a un enorme árbol. Al terminar de atarlo, se giró hacia el portón negro que marcaba la entrada del colegio. Y, en medio del portón, sentada en una valija mirándolo con ojos asesinos, se encontraba Nina Cortex, quien se levanto rápidamente.
Nina ya no era una niña. Aunque era bajita, se notaba que era un adolescente. Delgada, de cabeza un poco grande, piel blanca, de cabello negro hasta los hombros y ojos del mismo color. Unos ojos negros como el plumaje de un cuervo que miraban directamente a Neo, con ganas de descuartizarlo vivo
—¡Nina! —exclamo acercándose hacia ella, con una ancha sonrisa
—Tienes diez segundos para darme un motivo para haber llegado casi una hora tarde o me quedo con un tío menos.
—¡No fue mi culpa, fue culpa de Crash! ¡Ese marsupial estúpido me distrajo!
Como reforzando la respuesta, escuchó crujir la grava detrás de él y lo vio a Crash, con una sonrisita tímida, acercándose
—¿Quién es ese? —pregunto Nina.
—El marsupial idiota —respondió Neo.
Nina soltó una carcajada.
—Inventa una excusa mejor, tío.
Crash pareció ofendido que no le creyeran. Tomo la cuerda negra alrededor de su cuello y saco el dije de Aku-Aku. Nina lo observo con los ojos muy abiertos
—Coco me robo el E- volvo —explicó Neo—, modificó la maquina y se transformaron los tres en humanos. Ahora Crash me prometió devolvérmela si le enseño a hablar.
Nina seguía mirando a Crash de una manera que a Neo no le gustó. Era una mirada que reservaba para un animalito especialmente lindo y tierno. Y no se equivoco. Nina de repente abrazo a Crash muy fuerte.
—¡Ay, pero si es súper tierno! —dijo, pegando su mejilla a la del chico—. Es lo más tierno que vi en mi vida. Me lo llevaría a casa conmigo y todo."
Neo se sintió enrojecer de ira. Pero Crash parecía ponerse azul por el abrazo de Nina, que lo hizo recordar macabramente a Elmyra Duff.
—Aaaaayyyyy —se quejaba Crash, pataleando para zafarse. Nina lo escuchó y se separó como si quemara, con el rostro más pálido de lo habitual.
—Lo siento —murmuro ella—. Se me olvida a veces —agregó, mirándose las manos robóticas.
Una vez más, Neo sintió culpabilidad. Lo de Nina había sido un accidente estúpido y maldito por el cual había perdido las dos manos cuando era pequeña.
—Subamos —dijo Neo alegremente, mientras tomaba la valija de Nina y se subía a la plataforma.
Minutos después, el dirigible emprendía su viaje de vuelta hacia Ice Lab. Nina se sentó en la silla que ocupaba Crash y el ex marsupial se acostó en la única cama que había en el dirigible, situado en el fondo y se acurruco para dormir.
—No es normal que duerma tanto —murmuro Neo, mirándolo por encima del hombro.
—Es tierno —respondió Nina, acomodándose en la silla.
—Ya no es un animal. Es un adolescente.
—¿Y?
—Un adolescente hormonado. Y tú también lo eres.
—No voy a acostarme con él, solo dije que era tierno.
—¡Nina!"
—Y si me llamaste adolescente hormonada…
—¿Eres virgen, verdad?
Nina lo miro en silencio, con una sonrisita picara.
—Voy a matar a cualquier persona de sexo masculino que encuentre en el colegio —proclamo Neo sombríamente.
Nina rió y lo abrazo. A diferencia de Crash, ella poso suavemente sus manos en la espalda, casi sin tocarlo.
—Lamento haber llegado tarde, nena —musitó Neo en el oído de Nina. Se separó y sacó su regalo debajo del asiento.
Nina lo tomo con una sonrisa. Desde primer grado, cada vez que volvía de la academia, Neo siempre le compraba algo. Al romper el envoltorio, desplego la remera de Parkway Drive. Tenía estampado un enorme dibujo de una serpiente devorándose a un cuervo.
—Gracias, tío. Eres el mejor.
Hablaron casi todo el viaje de temas trascendentales. Neo estaba feliz como nunca. Nina estaba de regreso por tres meses. Incluso tenía planeada dos semanas en Hawaii, solo para los dos. Cuando llegaron a Ice Lab, Nina estaba muy cansada y se le cerraban los parpados. Despertó a Crash y bajaron de a uno por la plataforma voladora.
—¡Voy a ir a tu clase la próxima vez! —le grito Nina, mientras Crash se alejaba en la lancha bajo un cielo que se tornaba oscuro.
Nina fue directamente a su dormitorio para sacarse el uniforme y ponerse el pijama. Cuando Neo se acerco, Nina ya se metía en la cama.
—Me alegro que estés aquí, princesa —murmuro, pasándole la mano tiernamente por el cabello.
—Mañana vamos a ver a la abuela para que me lo corte.
—¡Pero te queda hermoso!
—Me gusta tenerlo corto.
Neo suspiro resignado.
—De acuerdo. Buenas noches, nena.
—Buenas noches, tío.
Neo cerró suavemente la puerta tras de sí. La casa no volvería a estar vacía.
