Hola!
Para variar, vamos a centrarnos un poco en N. Gin
Steph: ya veremos quién es el nuevo enemigo de Neo.
Capitulo 17
La lealtad de Collins
Collins fumaba en la cubierta del acorazado, anclado en el puerto de N. Sanity, con aspecto preocupado. Estaba terminando su primer paquete de cigarrillos y ni siquiera eran las doce del mediodía. Sabía que era algo malo y que N. Gin odiaba que fumara en su barco, pero no le importaba un cuerno lo que le podían pasar a sus pulmones. Lo que más le importaba ahora era su jefe y nadie más.
El almirante se había enamorado de Coco Bandicoot como un idiota obsesivo y solo faltaba que suspirara corazones cada vez que la veía o pensaba en ella. La muchacha no le estaba haciendo bien a N. Gin. Siempre intentaba invitarla a salir para que la chica lo rechazara una y otra vez, de manera cortante y hasta violenta. Y por eso su jefe estaba tan deprimido, encerrado en su camarote y mirando a la nada.
—Jefe, hay muchas mujeres en el mundo, mucho más bonitas y simpáticas que ella —lo consolaba Collins, intentando hacerlo entrar en razón, que abandonara toda esperanza en ella y que volviera a ser el mismo de siempre, pero N. Gin siempre contestaba lo mismo:
—Ella es la más hermosa y no voy a rendirme hasta que salga conmigo. Siento que es la mujer de mi vida.
Pero algo malo había pasado. Collins lo había seguido un día a escondidas por la isla hacia la casa de los Bandicoots, para ver lo que sucedía en uno de sus fallidos intentos.
—¡Ángel, por favor, no voy a hacerte daño! —le insistía, con la nariz y las manos pegadas a la ventanita de la casa. Sostenía un ramo de flores silvestres que estaba machacando contra el vidrio.
—¡Ya basta! —gritaba Coco desde adentro, sin asomarse siquiera—. ¡Es solo una maldita treta tuya! Además ¿Quién querría salir contigo? Eres malo, petiso, gordo, feo y deforme. Así que no tienes posibilidades conmigo. Vete y no regreses.
—Pero ángel, yo solo…
—Vete de mi casa o harás que te arrepientas de haber nacido, Gin. Lo digo en serio.
Cualquier ser humano con dos dedos de frente y algo de dignidad la habría mandado al demonio y se hubiese olvidado de ella. Pero no era el caso de N. Gin. Se quedo en el frente de la casa hasta que Coco abrió la puerta de manera brusca, empuñando una larga manguera de color verde, y lo roció completamente, dejándolo como si se hubiese caído del acorazado. Recién ahí, el almirante admitió su derrota y se marchó arrastrando sus pies por la arena.
Eso no quiso decir que la hubiese olvidado ni mucho menos. Se la pasaba encerrado en su camarote, suspirando por su ángel. Y Collins odiaba verlo así de derrotado. No era bueno para su salud.
—¿Fumando, James? —la voz de su jefe venia justo detrás de él. Al menos ya no sonaba robótica como antes. Hacia un año que Neo le había operado la garganta, logrando que sonara más como la de un ser humano— Sabes perfectamente que está prohibido fumar aquí, ¿no?
—Nunca incendié nada, almirante —respondió Collins, dándose la vuelta para mirarlo—. Y he fumado desde que tengo catorce años, no pienso dejarlo ahora.
N. Gin se acercó lentamente hacia él. Se lo veía cansado y derrotado, sin ganas de nada. De haber sido otro día, le hubiese quitado el cigarrillo de las manos y lo hubiese amenazado con quemarle los brazos, pero hoy no parecía tener ganas de discutir. Parecía más viejo de lo que realmente era y solo era tres años mayor que Collins. Se apoyó en la baranda, observando el mar. Collins tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie.
—Voy a morir completa y absolutamente solo, James —soltó de repente el almirante, con tristeza—. Nunca nadie me amó, ni siquiera mi padre. Sólo fui una decepción.
—Hay muchos peces en el mar y muchas mujeres caminando por esta tierra, almirante —Collins le dio una palmada en el hombro para reconfortarlo—. Ya aparecerá y todo estará bien.
—Ya apareció y ella me odia, James —respondió N. Gin, con un largo suspiro—. Siento que es mi única oportunidad para amar a alguien.
Collins prefirió no responder e imitar a su almirante, mirando el reflejo de la luz sobre el agua. Distinguió la aleta de un tiburón, que sólo apareció un momento, antes de hundirse en el océano. Podía imaginarse lo que sentía, terriblemente feo y enamorado de una rubia oxigenada que no valía la pena ni que la odiaran. Pero N. Gin no había sido siempre así de deforme. Había visto una vieja foto suya antes del accidente y no era tan feo. Pero un misil teledirigido, por culpa de la avaricia de ciertas personas, lo había destrozado. No solo la cara, sino también su mente y eso ultimo lo sabían muy pocos.
Lo que nadie de la tripulación del barco sabia (excepto La Morsa) era que Collins había sido enfermero de la Marina australiana. Y estaba a bordo del barco para ayudarlo con su estado mental, aparte de ser su segundo al mando. Obviamente, nadie con un misil clavado en la cabeza quedaba totalmente lucido. N. Gin a veces se olvidaba de los nombres de algunas personas u objetos. También a veces las cosas se le resbalaban de las manos, por lo cual utilizaba vasos de plástico para beber. Y, lo más humillante, era que se olvidaba de funciones básicas. En ocasiones, se olvidaba de cómo atarse los cordones o el funcionamiento de una puerta… incluso de desabrocharse los botones del pantalón cuando iba al baño, lo que le provocaba ciertos "accidentes". Y para rematar, una jaqueca infernal. La amitriptilina le calmaba no solo el dolor de cabeza, sino su depresión, pero tenía que controlar que no tomara demasiadas. Por culpa de esas pastillas estaba gordo como un tanque de guerra. Collins aun no lo conocía cuando Neo le había recetado ese medicamento. Estaba muy ocupado criando solo a Nina como para vigilar cuantas pastillas tomaría el almirante.
En fin, le había tocado una miserable vida de mierda. Debía dar gracias que no había terminado como un vegetal babeante.
Y esa estúpida de Coco no iba a empeorar más las cosas. Haría lo que sea para que N. Gin llevara su vida lo mejor posible.
Esa misma noche, Collins se dirigió a la casa de la chica Bandicoot, a espaldas del almirante. Esperaba que no fuera necesario llegar a mayores, pero ya había oído cosas sobre Coco gracias a los indígenas y tal vez no le quedara otra opción.
Golpeó suavemente la puerta de madera, esperando a que la abriera una adolescente histérica y armada con una sartén dispuesta a volarle la cabeza apenas lo viera. Pero por suerte no fue así. La abrió una chica muy guapa y confundida, al parecer poco acostumbrada a las visitas. Si no lo había golpeado al verlo, era porque no lo había reconocido.
—Buenas noches, señorita —saludó él, con una falsa sonrisa simpática. De no ser porque el segundo al mando era respetuoso con las mujeres, ya la habría golpeado.
—¿Quién eres tú? —le preguntó Coco, de manera hosca y con el ceño fruncido. Collins respiró hondo, preparándose para lo peor.
—Mi nombre es James Collins, el segundo al mando del acorazado N. Gin. La he visto cuando llevamos a Crash a Nueva Zelanda.
El ceño fruncido de ella se acentuó aun más. Collins apretó un puño.
—¿Y qué diablos quiere usted conmigo?
—Que tenga una cita con mi jefe. Por favor
Coco miro a Collins con rostro inexpresivo durante cinco segundos y luego soltó una carcajada bastante molesta a los oídos de James.
—¡No! El es feo y malo. Y muy mayor —dijo Coco, con una mano apoyada en la cadera y un gesto de desprecio.
—Dele una oportunidad, señorita…
—Es una trampa para secuestrarme, lo sé.
—Le aseguro que no, señorita. Incluso puede ir armada a la cita si lo desea. Pero quiero que salga, tan solo una vez.
Coco se quedó mirando al segundo al mando, titubeando un poco.
—Y no volverá a molestarla. Lo prometo.
Ella achico los ojos hasta convertirlos en hendijas y se mordió el labio.
—Si es así…
—No se va a arrepentir, señorita. Mañana a las cinco de la tarde. Sea puntual.
—¿La hora del té? —sonrió amargamente Coco. Collins hizo un leve gesto de hastío.
—El almirante es inglés, por si no se había dado cuenta —murmuró Collins, reprimiendo las ganas de abofetearla. N. Gin tenía mal ordenada las prioridades. Si, era bonita, pero con un carácter que daba miedo. El jamás saldría con alguien así de superficial.
—Me tiene sin cuidado. Ahora lárguese, antes de que me arrepienta y lo golpee.
Collins ni siquiera se molesto en responder a la amenaza. Se echó a andar por la playa, preguntándose si estaba haciendo lo correcto por su jefe.
