Hola, felices Pascuas!

A falta de huevos de chocolate, les regalo un fanfic.

Steph: all you need is love, nanarananá

Tiburi: Espero que se hayan solucionado tus problemas. Acá esta el resultado de la cita.

Capitulo 18

La cita de N. Gin

Nervios. Eso era lo que sentía el almirante. Nervios, nauseas, ansiedad, ganas de tirarse por la borda…

—Almirante, con el debido respeto, revolear todo su guardarropa no va a servir de nada —le aconsejó Collins, esquivando un saco color marrón que iba dirigido a su cabeza.

N. Gin dejó de arrojar sus ropas por toda su habitación y lo miro con los ojos desorbitados.

—¡Va a venir dentro de una hora, James! ¡No tengo la más remota idea de que ponerme!

Aunque se ponga un smoking, no importa, se va a quejar igual, pensó Collins. A pesar de ello, se puso a revolver la ropa que su jefe había tirado por ahí.

La tripulación estaba hecha un caos total. N. Gin les había ordenado con un chillido histérico que se pusieran a limpiar hasta que se pudieran reflejar en las paredes y, en consecuencia, todos estaban de muy mal humor. Solo cuando Collins les prometió ir al Moulin Cortex a la noche, había logrado que trabajaran con más ganas y sin rechistar.

Con resignación, Collins encontró lo mas pasable en la pila de ropa: una camisa color verde lima y un pantalón marron y unas sandalias (obviamente de hombre). N. Gin se puso la ropa y se miro en el espejo, no muy convencido.

—Tendré que conformarme con esto —murmuró el almirante, alisando la camisa con una mano.

Collins esbozo una sonrisa fingida.

—Todo va a salir bien, almirante —cosa que realmente no se lo creía. Estaba arrepentido por meter a N. Gin en ese lío

Cuando llegaron a la cocina, La Morsa estaba canturreando en voz baja, terminando de sacar unos scones del horno.

—Ni se les ocurra tocarlos —advirtió el cocinero—. Están muy calientes.

—¿Y cómo voy a saber si están buenos? —le cuestionó N. Gin, sentándose a la mesa.

La Morsa puso con cuidado todos los scones en una pequeña panera.

—¿Acaso duda de mis dotes culinarias? —le reprochó el cocinero, con una fingida mueca de decepción.

—Jamás, pero… quiero que todo salga perfecto.

Collins decidió dejarlos a solas y salir un rato a la cubierta a fumarse un cigarrillo. El día estaba esplendido y su jefe iba a desperdiciarlo con esa estúpida de Coco. Tenía que vigilarlos muy bien durante esa "cita", porque si la rubia se portaba muy mal, probablemente caería en un fuerte estado depresivo. No quería que eso pasara de vuelta.

Terminó de fumar su cigarrillo y se quedó observando la orilla de la playa, por donde la chica Bandicoot aparecería. Miro su reloj de pulsera. Eran las cinco y diez. Collins decidió fumarse otro cigarrillo. La cosa no pintaba nada bien. A estas alturas, realmente no sabía si realmente quería que Coco se presentara.


Pero, finalmente, ella llego a las cinco y cuarto.

Iba vestida mas para trabajar que para una cita. Llevaba una playera blanca y un jardinero de jean. Collins cruzó a zancadas el barco para avisarle al almirante que Coco había llegado y a avisarles a los tripulantes que si la hacían sentir incomoda de alguna manera, les arrancaría la piel a tiras y los tiraría en zona de tiburones.

N. Gin jamás había estado más nervioso en su vida. Al menos iba vestida de manera sencilla, al igual que el.

—Bienvenida a b-bor-bordo —tartamudeó N. Gin con una risita tonta. Maldijo por dentro por ello.

Coco lo miró con hastío.

—Bien, terminemos con esto. Tengo autos que arreglar.

Una pequeña punzada en la cabeza atacó a N. Gin, pero solo fue un momento, así que lo ignoro por completo.

—Bien. Pasa.

Gracias a la amenaza de Collins, no se encontró a nadie por los pasillos del barco. Los marineros querían evitar cualquier tentación con la rubia.

La cocina estaba completamente impecable. La Morsa ya había preparado el té y puesto en las tazas. Invito a Coco a sentarse. Ella estuvo casi un minuto examinando la silla antes de sentarse, cosa que al almirante le molesto, pero intento no mostrarse ofendido. La cabeza comenzó a dolerle un poco más. Tenía la impresión que se había olvidado de algo importante, pero no atinaba a saber que era.

—Es té chino —comentó N. Gin, como para decir algo e ignorar su cefalea.

—Da igual —respondió ella, revolviendo la taza con la cucharita, pero sin atreverse a beberlo—. ¿Qué quieres de mi?

—Es que… —N. Gin tragó saliva y tomó un sorbo de té para humedecer su garganta—. Me gustas mucho.

Coco sacudió la cabeza, agitando su cola de caballo.

—¿Te estás escuchando? —la rubia soltó una risa amarga y volvió enseguida a una expresión más seria—. Debe ser una broma.

—No lo es —N. Gin tenía el rostro tan serio como el de ella, debido a que tenía la sensación de que su cabeza explotaría—. Realmente siento algo por ti.

—Para empezar, tu a mi no me gustas para nada. Solo tengo quince años, eres malvado y bastante feo —Coco sonrió satisfecha de su respuesta—. Es todo lo que tengo que decirte.

Veía todo borroso. Estaba sufriendo una de sus jaquecas y esta era bastante fuerte. Espantosa, mejor dicho. Logro incorporarse, tambaleándose ligeramente al hacerlo

—¿Estas borracho? —la voz de ella sonaba desde muy lejos.

El almirante ni siquiera logro responderle eso. Desde las oleadas de dolor, siguió hablando

—Nunca he amado a nadie —se acercó a ella lentamente, provocando que la chica se levantara a la defensiva—. Sé que soy patético, pero —la tomó de la mano—…quiero que estemos juntos.

Ella le dio un empujón fuerte, lo suficiente para hacerlo caer. En el trayecto, choco la parte sana de su cabeza contra la punta de la mesa…

Dejándolo fuera de combate


N. Gin nunca había estado más enojado en su vida. Estaba sentado en su escritorio dentro de la base militar en East Sale, Australia, con la mejilla izquierda recostada sobre su brazo. En ese momento no tenía ningún misil en su cabeza y era mucho más delgado y esbelto. Y en su trabajo lo conocían como el doctor Nicholas Gin.

A sus veintitrés años de edad, Nicholas Gin era físico, experto en robótica, cibernética y en artillería de cohete. Era el más joven que trabajaba allí en un cargo importante y era feliz diseñando misiles cada vez más precisos y letales.

Pero ya su época dorada llegaba a su fin. Los recortes a su presupuesto eran "degenerados". Tenía que usar material inferior para seguir construyendo. Todo porque el país necesitaba dinero para otras cosas que al doctor Gin le interesaba una mierda. Solo le interesaba seguir trabajando con material de calidad.

El doctor Gin se levantó de la silla y se dirigió a la zona de pruebas, donde iba a lanzar su primer misil que había construido desde el último recorte de presupuesto. Ya tenía todo programado para ese día.

El peor día de su vida.


Collins estaba ordenando el cuarto de su almirante, volviendo a guardar toda la ropa que había dejado desordenada por el suelo. Al pasar su vista distraídamente por la mesita de luz, notó que el vaso de agua que le había dejado esa mañana estaba intacta. Al lado, la pequeña pastilla estaba abandonada. Era la última que quedaba de la tira y para tomar la pastilla de las cuatro de la tarde, tenía que comenzar una tira nueva. La tira estaba intacta.

Collins solo tuvo que pensar lo que dura un suspiro antes de recoger las pastillas y salir corriendo de la habitación como alma que lleva el diablo hacia la cocina. Ya llevaba dieciséis horas sin tomar su medicación. Y eso era muy grave.

Abrió la puerta de un portazo. Al almirante no le iba a gustar que le interrumpieran la cita, pero su salud estaba por encima de todo.

Lo que vio era la escena que menos habría querido presenciar. N. Gin estaba tirado en el suelo, al costado de la mesa. Le estaba saliendo sangre de la parte sana de su cabeza. Coco estaba paralizada, observándolo.

Collins se acerco al almirante a grandes zancadas, se arrodillo y le observo la herida. No parecía grave, pero no debía confiarse de eso.

—¿Almirante? ¿Me oye? —le preguntó, sin atreverse a sacudirlo.

Un gemido fue toda la respuesta que recibió. Collins sacó su Handy que siempre llevaba enganchado en su cintura y marco el numero de La Morsa. Apenas el cocinero pudo decir hola, Collins ya estaba dándole órdenes:

—Morsa, ven a la cocina, el almirante se siente mal.

La comunicación se corto. Collins tomo un repasador y un poco de hielo en la heladera y lo presiono en la cabeza de N. Gin.

—Shh, todo va a estar bien —dirigió su mirada hacia la de Coco— ¿Qué mierda le hiciste?

—¡El se me vino encima! —protestó ella, con un resoplido y cruzándose de brazos. Collins estuvo a punto de responderle pero un portazo lo hizo desistir. La Morsa ya había llegado. Sin hacer preguntas, levanto a N. Gin cuidadosamente en sus brazos.

—Llevémoslo a su camarote —ordenó Collins. La Morsa comenzó a andar y él lo imitó. Estaba muy nervioso y enojado. Nunca debió dejarlos a solas. Tendría que haber estado allí para prevenir cualquier amenaza. Y también debió asegurarse que N. Gin tomara las malditas pastillas.

Entraron al camarote y La Morsa lo depositó en la cama. Collins llamo a Nitrus Brio para que viniera a revisar a N. Gin

Collins sentía unas terribles ganas de fumar y decidió salir al pasillo para hacerlo. Al abrir la puerta del camarote se encontró cara a cara con Coco.