¿Qué les está pareciendo el fic?

Aquí les dejo la primera parte de la historia. Disfruten.


Los primeros años de soledad de Eren fueron realmente difíciles, a veces las pesadillas no lo dejaban descansar, otras veces se sentaba en el césped simplemente a recordarse lo idiota que era.

Fueron 17 años de sentirse mal consigo mismo y de leer los libros que Hanji había escrito, hasta que un día se cansó de ser un perdedor sin oficio ni beneficio, poco antes de que cumpliera su cumpleaños número 89 que decidió salir de esas murallas.

Desde el tiempo que pasó con su amiga de lentes que había vuelto a saber de horas, minutos y segundos, y comenzó a volver a contar sus años de vida, solo por diversión.

Estaba claro que el tiempo dentro de él se había detenido. Seguía teniendo el cuerpo de un chico de edad dudosa, pero a todos los que preguntaban por su tiempo de vida, les respondía que tenía 17, a veces 18 cuando le convenía.

Algunas veces pasaba el tiempo imaginándose cómo moriría, si podía morir. La regeneración era bastante obvia, pero siempre quiso saber, si se acostaba en las vías de un tren y éste le pasaba por encima, ¿moriría? Había días en los que estaba tan deprimido que estuvo a punto de confirmarlo, pero siempre había una voz en su cabeza que le pedía que resistiera un poco más. Tal vez comenzaba a volverse loco.

Se puso como meta a si mismo que antes de cumplir los 90 años, tenía que hacer algo de provecho de su vida. Debía apresurarse, solo le quedaba un año.

Así fue como Eren Jeager tomó todos los libros que pudo y salió de las murallas que hacía bastante lo habían protegido y también enjaulado. En alguna parte del viaje quería visitar el mar. Muchos que ya lo habían visto decían que era tal y como en los libros de ficción lo describían.

Eren no se imaginaba dimensiones tan grandes, no podía unir las palabras para formar un concepto claro, pero definitivamente iba a conocerlo.

Antes de eso necesitaba dinero y un empleo. Quiera esforzarse para nunca tener que bajar la cabeza al hablar sobre lo que había hecho en el pasado. Aunque los recuerdos de sus amigos muertos regresaban para atormentarlo cada noche.

Se maravillaba cada vez más conforme los humanos dominaban más disciplinas y aprendían más cosas del mundo que los rodeaba. Incluso se enteró que había personas que se dedicaban a estudiar el mar… ¡Increíble! Y pensar que en su época las personas pensaban que eso era solo un mito.

Cuanto más conocía del mundo, más se maravillaba, y cuanto más conocía de las personas, más se sorprendía. Algunas veces para bien, otras para mal.

Comenzaba con trabajos sencillos, algunos de sus jefes eran muy amables y le explicaban muchas cosas, otros tan solo lo veían como alguien que se podrían llevar a la cama fácilmente. Esto le dio una idea. Podía ir a bares y buscar a chicos de rostro hermoso –eran ellos quienes más le interesaban– pero siempre se fijo una sola regla para lo que le quedaba de existencia.

Jamás, bajo ningún concepto tenia permitido enamorarse.

Se divertiría de vez en cuando pero nunca buscaría algo serio. Levi se había llevado una gran parte de Eren, y solo a él podía permitir llenar esa parte.

Juntó dinero suficiente y consiguió una linda casa llena de vegetación, pudo comprar la ropa que le gustaba y conforme avanzaban los tiempos, los gustos de las personas iban mejorando. Eso le gustaba. Tuvo vacaciones y pudo visitar el bellísimo mar. No era como lo describían. Era aún mejor.

El día que lo vio por primera vez iba solo –como siempre– y llegó al atardecer, por lo que tuvo una hermosa vista. Los soberbios tonos anaranjados y rojizos del atardecer se escondían poco a poco el refulgente océano que comenzaba a tener una tonalidad color cobalto.

La escena fue tan bella que se quitó las sandalias y se puso de cuclillas a la orilla de la playa. Entonces lloró. Lloró hasta que sus ojos verdes se secaron y su corazón se estremeció de dolor.

Recordaba los planes que había hecho con Levi. Recordaba la primera vez que había escuchado hablar del gigante azul en aquel libro a manos de Armin. Recordó cada abrazo que no dio, cada `te quiero` que negó, cada sonrisa que ocultó.

Sus bellas lágrimas caían una tras otra en el vaivén del agua y se convertían en parte de él. En el mar, sus lágrimas se veían más pequeñas, como si se ocultaran del dolor en la hermosura. Vistas de esta forma, esas lagrimas cargadas de pesar, eran preciosas.

La modernización también trajo muchos cambios muy rápidos. Al principio le costaba seguirle el ritmo al desarrollo, pero conforme pasaron los años, las cosas eran más fáciles. Se crearon universidades y profesiones bastante interesantes.

Eren había trabajado por tantos años –aunque en diferentes trabajos. No se quedaba más de un año en un lugar para que nadie sospechara– que pudo entrar a una universidad aunque la mayoría tan solo eran para niños ricos.

El verdadero problema era qué estudiaría. Siempre trataba de pensar en cualquier decisión como la ultima de su vida, no sabía cuánto viviría y no quería confiarse demasiado respecto a su tiempo en este mundo.

Al final decidió estudiar biología. Estaría en contacto con la naturaleza que tanto amaba y que era lo que no faltaba dentro de los muros. Eso lo hizo feliz por un tiempo.

Al terminar de estudiar, fue biólogo en algunos laboratorios donde ganaba bien, aunque nunca quiso hacer un trabajo excelente por miedo a resaltar. Años más tarde estudió actuación, la cual, posiblemente era su vocación. Tenía un hermoso rostro un una figura deleitable al igual que un talento nato. De haber nacido en esa época, y de haber sido un chico normal, definitivamente hubiera querido convertirse en un actor famoso.

Pero estaba varado en la tierra, condenado a seguir viviendo encerrado en el cuerpo de un chico. Seguía viendo a los demás, como envejecían cada minuto, como disfrutaban del limitado tiempo de vida que tenían. Se sentía muy celoso de todos ellos.

También veía la muerte. La veía una y otra vez buscando a personas cercanas a él. Personas que alguna vez estudiaron una carrera a su lado, en un abrir y cerrar de ojos ya estaban muriendo por la vejez. Cada vez los envidiaba más.

Cierto día, cuando era muy pequeño, se preguntaba que se sentiría morir, ¿dolería? ¿Sería un alivio? En ese entonces no importaba, simplemente le tenía miedo a la muerte. Actualmente, a sus 219 años acababa de comprender el verdadero significado del tiempo. Es hermoso porque disponemos de poco.

Cualquier persona debía disfrutar su vida al máximo, porque el segundo que acababa de perder ya nunca volvería. Pero para Eren eso no tenía la mas mínima importancia. Había perdido el sentido de apreciar los momentos y eso, eso era algo que estaba seguro que dolía más que la muerte en sí.

Al poco tiempo intento estudiar medicina. Fue muy divertido. Muchas de las cosas que ahí aprendió ya las conocía, o tenía la base para entenderlo. Pero lo que más le daba gracia era que su padre le había enseñado una que otra cosa que estaba equivocado. Posiblemente si su padre estuviera ahí, se arrancaría el cabello.

Su padre…

Su bello rostro tomó la misma expresión que tenia siempre que recordaba a alguien de su pasado. Más de una vez se preguntó, ¿si yo no hubiera estado en su vida, esa persona hubiera vivido? ¿Hubiera sido un poco más feliz? Nunca lo sabría.

Eren había visto muchas facetas de la humanidad, guerras, descubrimientos, etc. Pero una parte que le divertía mucho era la de acostarse con un hombre de cada época. Era como estar entre las piernas de la historia.

A la mitad de su quinto siglo de vida, fue cuando todo su mundo se puso de cabeza. Ya había estudiado muchas de las disciplinas inventadas por el hombre, e incluso algunas las había estudiado varias veces.

Siempre era el mismo patrón. Estudiaba cinco años –diez como máximo– y al terminar trabajaba en lo que recién había estudiado otros diez o doce años para ahorrar dinero para su siguiente vuelta.

Aún tenía mucho dinero a su nombre cuando llegó a Japón. Para ese entonces, Eren ya hasta disfrutaba de su larga existencia. Le gustaba ser amigable y conocer personas nuevas, tomando como únicos todos y cada uno de los momentos que pasaba con ellos.

Eren seguiría aquí al final, pero ellos no, así que intentaba hacer más ameno el poco tiempo que los demás tenían. Quería que sus fugaces compañeros aprovecharan el limitado tiempo que él no tenía.

Por supuesto, al llegar a Japón perdió todo contacto con sus viejos compañeros. Ya había pasado mucho tiempo con ellos y empezaban a hacer bromas sobre lo joven que se veía. Simplemente empacó, tomó el primer vuelo que lo llevara muy lejos.

Hacía algunos años tuvo la idea de ser maestro de biología en alguna universidad –sorprendiendo a todos por lo joven que era– en cierto lugar, después fue de país en país y de universidad en universidad. Había ganado una cantidad considerable de dinero que aún tenía en caso de alguna emergencia. Esa había sido una de sus mejores ideas.

Compró un nuevo celular y buscó un apartamento que fuera cómodo pero sin ser ostentoso. Se mudó en cuanto pudo. Era un buen edificio y el alquiler era accesible; tenía treinta pisos y dos apartamentos por cada planta. Tendría suficiente privacidad si el otro departamento de su piso estaba deshabitado, de lo contrario, debía presentarse con su vecino.

Investigaría después. Por el momento debía terminar con la mudanza. Su nuevo hogar era un desastre. La mayoría de los muebles nuevos de la sala estaban en un montón, y su ropa y el resto de sus pertenencias estaban en cajas que de igual forma ocupaban todo el espacio visible.

En cuanto despidió a las personas de la mudanza con una sonrisa amable y cerró la puerta, se sentó en el suelo del apartamento con la espalda recargada –más bien arrinconada– en la puerta. Suspiró.

No tenía ganas de acomodar muebles ni vaciar las cajas, pero tenía que hacerlo. Se puso en marcha y sin darse cuenta, ya se había ido todo su día. El apartamento no había quedado totalmente listo, pero al menos se veía decente, ya seguiría desempacando otro día. Era la una de la mañana y le gruñía el estomago. Aún no había ido al supermercado, así que no tenía nada de comida en casa, estaba obligado a salir.

Fue a cenar al primer restaurante que se encontró mientras vagaba por la calle aunque nada aparatoso. Mientras volvía de regreso, notó que había alguien que lo estaba siguiendo. Eren entró en pánico. Había aprendido de la peor manera que debía cuidarse de algunas personas.

Cuando llegó a su edificio, sabía que ya no podían hacerle nada, pero aún así se sentía intranquilo, así que tomó el ascensor lo más rápido que pudo y se vio exasperado por llegar a su apartamento. Ni siquiera esperó a que las puertas se abrieran completamente, solo salió disparado.

Prácticamente iba trotando por el pasillo que separaba el ascensor de su puerta. Llevaba tanta prisa que ni siguiera le prestó atención a la persona que estaba obstruyendo su camino hasta que ya se encontraba en el suelo encima de él.

Eren comenzó a prestarle atención a lo que pasaba a su alrededor y parpadeó rápidamente con sus bellos verdes sorprendido. Estaba literalmente recostado encima de la otra persona con el rostro peligrosamente cerca al suyo.

Eren se quedó perplejo como no lo hacía desde hace tiempo y la persona debajo suyo trataba de procesar lo que había pasado. Conforme pasaban los segundos, ambos se despabilaban. Eren, sorprendido, abrió la boca y no movió un músculo.

El hombre con traje negro comenzaba a reaccionar, y, al mismo tiempo, la ira iba inundando todo su ser. Puso la cara más aterradora en su repertorio mientras Eren sentía como si todo su mundo se le viniera encima.

– ¿Vas a quedarte ahí toda la noche? Porque puedo traer mi almohada, mocoso.

El hombre olía fuertemente a alcohol y su mirada se oscurecía con cada palabra. Dicho esto, empujó a Eren por los hombros para quitárselo de encima. Eren se golpeó contra el suelo pero no le importo, seguía anonadado.

El mayor se puso de pie y se sacudió el polvo aunque sabía que no había nada en su ropa.

–L… L… L…

El pobre de Eren no pudo formular una sola palabra, en parte porque le intimidaban un poco esos ojos grises que le helaban la sangre a cualquiera y en parte porque aún estaba sorprendido. Era un manojo de emociones muy fuertes.

– ¿Qué? ¿Tampoco sabes hablar? –preguntó molesto mirando por encima a Eren –. Debes ser el chico que se mudó. No intentes decir "lo siento", eso no paga la tintorería.

Pero él estaba equivocado, lo que Eren quería decir era su nombre. Ese nombre que por años le había arrancado al recordar, el nombre de la única persona que habría buscado desesperadamente por todo el mundo si no fuera un cobarde. El castaño se quedó en silencio porque sabía que si decía al menos una palabra, se pondría a llorar.

–Espero que te quede claro que no te quiero tropezándote como idiota sobre mi siempre, y más vale que no hagas escándalo con tus chiquillos amigos, y si te vas a morir, más te vale hacerlo donde no me llegue el olor de tu cadáver –finalmente se dio la vuelta y sacó una llave de su bolsillo para abrir la puerta en la pared contraria a la de Eren –. No te metas en mi camino y nadie saldrá herido.

Dicho esto, entró a su apartamento y azotó la puerta detrás de sí. El menor se quedó unos minutos en el suelo procesando lo ocurrido.

Ni siquiera recordó el momento en que se levanto, o cuando abrió el apartamento, solo sabía que en menos de lo que esperaba, ya estaba en su cama, que consistía solo en el colchón. Había decidido dejar la ropa de cama para después en su mesita de noche junto a la cama.

Tomo un cojín, se puso boca abajo y comenzó a llorar ruidosamente. Probablemente si su vecino hubiera estado intentando dormir en sobriedad del otro lado del pasillo, lo hubiera escuchado.

Los gemidos de dolor atravesaron su pecho y un grito de agonía desgarró su garganta. Las lágrimas salían en gran tamaño y cantidad. Había estado frente a él, había respirado su aire, había sentido sus manos cuando lo empujó. Se había sentido tan real, no como los millones de sueños en los que él aparecía para esfumarse a la mañana siguiente, no, esto era real.

Eren se sentía tan feliz y triste al mismo tiempo. Recordó lo mucho que sufrió sin él, las noches solas en las que lo había extrañado, la pena eterna que había vivido por más de un siglo.

En sus hombros aún estaba el tatuaje de sus finos dedos llenos de cólera. Sus oídos estaban por derretirse al oír esa embriagante voz de nuevo que no dejaba de resonar en su cabeza; cada cruel palabra le había fascinado porque había salido de esos labios, pero esa palabra, "mocoso" esa era la que retumbaba en su interior. Esa palabra viniendo de esa persona había activado un botón en su mente, y pudo recordar claramente todo. Cada beso, cada abrazo, cada tacto que él le había dado comenzaba a marcarse de nuevo en su piel, como una parte de su ser que había estado dormida y ahora salía a la superficie como cicatrices.

Había vuelto a ver esos labios delgados diciendo cosas groseras, el cabello con corte militar cayendo en puntas sobre esa nívea piel de terciopelo y nuevamente había estado sobre su delgada y torneada fisionomía añadiendo una angelical barbilla y una pequeña y respingada nariz. Rematando con esos ojos pequeños impregnados en plata derretida que lo miraban con cierto recelo sin quitarle le vista de encima, como la primera vez que se habían visto en aquella celda.

Eren amaba cada parte de él, cada centímetro de su cuerpo y cada esencia que desprendía. Todo lo que lo que lo hacía ser él mismo le encantaba, y eso solo se había intensificado por los años. En ese momento lo supo; no importaba cuanto viviera, ni cuantas veces habitara en el mundo, siempre lo amaría.

Hundió más su rostro que ahora estaba completamente rojo en su almohada y dio una bocanada de aire. En cierto punto se sentía liberado, como si no hubiera podido respirar bien desde hacía años y ahora sus pulmones se llenaban de la persona que tanto quería, incluso podía afirmar que le dolían. Eren respiró hondo y gritó contra su almohada para amenizar el sonido. Gritó su nombre.

– ¡Levi!

Del otro lado del pasillo, detrás de la otra puerta se encontraba cierto hombre de cabello azabache con el ceño más fruncido de lo normal. El encuentro con ese niño idiota lo había malhumorado demasiado.

Esa noche, Levi Corporal había ido a embriagarse luego de que su amigo Erwin les enviara aquella foto donde aparecía él besando a un chico rubio a la conversación que tenia con sus amigos en whatsapp. Como Levi disfrutaba de burlarse del cejotas por haberse enamorado de uno de sus estudiantes, le había apostado lo que quisiera a que no conseguiría tener una relación con él.

Por otra parte, a Erwin le gustaba ver como las cosas no salían como Levi quería siempre, así que recordó las miles de discusiones que el enano había tenido con Petra anteriormente. La castaña le rogaba al pequeño que comenzara como maestro en la Facultad de Derecho en la que ella era la directora, Levi por supuesto, rechazó las miles de veces alegando que odiaba a los mocosos.

Erwin le tomó la palabra a Levi y le dijo que si lograba que el chico rubio saliera con él, el enano tendría que dar clases a partir del siguiente semestre. Levi tenía un mal presentimiento pero ya era tarde para retractarse. Y así fue, cuando Erwin les dio la notica a sus amigos que tenía una relación en secreto con uno de sus estudiantes, se pusieron felices, en parte por Erwin y en parte por la derrota del de ceño fruncido.

Levi necesitaba despejarse y hacerse a la idea de que tendría que convivir con mocosos idiotas, porque él tenía palabra y todos lo sabían. Simplemente quiso ir a embriagarse, no que cuando regresara a casa un retardado se le echara encima.

Levi Corporal era el abogado más respetado de toda la ciudad. Había estudiado derecho junto a sus amigos de la infancia Petra y Erwin –ellos se veían más viejos por el hecho de ser malditamente altos– , pero Levi siempre fue el primero aún después de graduarse e ir cada quien por su camino.

Petra había querido dar clases en su misma Facultad desde que estaba estudiando, y al paso de los años, se hizo la directora de esta. Erwin fue un abogado casi tan exitoso como Levi, pero en cierto punto veía su vida tan aburrida y monótona que cuando Petra le ofreció dar cátedra, pensó que sería un nuevo reto.

Corporal estaba feliz enviando a la gente a prisión, porque claro que lo haría. Nunca perdía un caso. Odiaba a los estudiantes que solo pensaban en vagar, pero solo tendría que cumplir su apuesta un semestre. Eso era todo. Solo debía resistir no golpear a nadie un semestre.

A la mañana siguiente, Eren no dejaba de estornudar por dormir sobre el colchón. Ya se había tranquilizado pero su corazón aún latía muy fuerte –al igual que su estomago –. Se vistió para salir al supermercado, no sin antes ver por la rendija de la puerta en caso de que él estuviera ahí. Nadie.

Salió del edificio con los ojos en blanco y la mirada perdida. Trataba de no pensar en cómo se sentía, quería pensar en qué haría, ya que Levi tenía un tiempo limitado de vida. No quería desperdiciar un segundo.

¿Y si Levi nunca murió y llevó una vida inmortal como él? ¿Y si tan solo quería hacerlo tonto? Eso sería demasiado cruel, incluso para su capitán. ... si, era su capitán. Sonrió tiernamente antes de entrar al supermercado.

Llevó las cosas básicas para sobrevivir una semana y cuando pasó por el pasillo donde estaban todas las charolas y recipientes, tuvo una idea.

No iba a dejar de Levi escapara de su vida esta vez. Iba quedarse con el azabache el tiempo que fuera físicamente posible sin importar el precio.


Nos leemos en el proximo capitulo.

¿Reviews?