Hola!

Tengo fin de semana larga por el Día de la Bandera. Y estoy en una encrucijada. No sé si hacer mi fanfic de ALF o el de Phineas y Ferb… aunque me parece que el primero va ganando por el momento.

Steph: Una vez más, gracias por torturar tú vista por culpa del traductor de Google. Prometo redactarlo lo mejor posible.

Kagamine: de casualidad tenes cuenta en Deviantart? Porque creo que había alguien con tu mismo nombre haciendo dibujos así de Crash. Y de cuál de los hermanos Kagamine te gusta? Yo soy más fan de Kaai Yuki, es más: yo tengo instalado el Vocaloid con su voz, pero soy pésima manejándolo. Volviendo al tema que nos compete, como dijo Heinz Doofenshmirtz de la Segunda Dimensión: "La maldad nace del dolor y la pérdida", pero hay que ver si cambia N. Gin también.

Tiburi: con todo el fanatismo de los zombis hoy en día, capaz que están muertos y de pachanga. Te noto con mucho rencor hacia Coco. Y no todo tiene final feliz, así que puse que su hermano había muerto. Me alegro que la historia te atrape

PD: no se ustedes, pero en mi cabeza yo pronuncio "Cocó" así con acento, tipo francés. "Coco" me suena a nombre de varón.

Capitulo veintiuno

La advertencia del enemigo

—Así que se supone que esto es un mensaje de advertencia.

Neo estaba en casa de Tropy, acomodado en un sillón de mimbre, sosteniendo entre sus manos una muñeca rusa de color negro. El viajero del tiempo sorbió su té.

—Me temo mucho que si, Neo. Alguien se quiere vengar.

—Como si supiera quien fue —murmuro el científico.

—Podemos averiguarlo.

—¿Y un montón de mamushkas nos van a decir quién es? ¿Las vas a interrogar?

—Mira, hay altas probabilidades de que tu enemigo sea ruso. Has hecho cosas en Rusia. Cosas muy malas.

—Todo el N Team fue a Rusia en búsqueda de cristales, matando a todo lo que se nos interponía. ¿Nadie te amenazo a ti, a Nitrus o N. Gin?

—No, aun no —Tropy se levanto y se quedo observando uno de los muchos relojes que adornaban las paredes de su casa—. ¿Recuerdas lo que paso en la península de Kamchatka?

Neo lanzo un gruñido.

—Fue el peor y el mejor día de mi vida. Estaba seguro que el Cristal Maestro estaba allí.

—Pero nunca lo encontramos. Destruimos todo el pueblo y la base científica.

—Y luego el Ejército Rojo casi nos mata. Nunca pudimos regresar.

Tropy se volvió a sentar. Se sirvió un poco mas de té de una tetera metálica que estaba sobre la mesa. Le ofreció un poco a Neo, quien negó rápidamente con la cabeza.

—El pueblo al que aniquilamos se llamaba Tigil, si mal no recuerdo. No tenía ni dos mil habitantes. Encontramos cerca de dos mil muñecas rusas, todas ellas rotas. Excepto la que tienes en la mano. Y es la única de color negro.

Neo se quedó observando la muñeca detenidamente. Era negra, con detalles plateados. Las caritas eran pálidas y de cabello pintado de rubio. Tenía en el centro una mancha de tintura roja.

—Parece sangre —murmuro Neo y abrió la muñeca. La siguiente era exactamente igual. Reviso todas las muñecas.

—Tropy… Hay algo diferente en esta —le dijo, dándole la cuarta muñeca—. Es la única que no tiene una mancha roja.

El viajero del tiempo la observo por un minuto.

—Tengo una teoría.

—Dime.

—¿Y si no murieron todos? ¿Si alguien sobrevivió?

Neo trago saliva.

—No puede ser…

—Pues yo creo que sí. Encárgate de cuidar bien a Nina y a tu madre. Pondré en aviso al resto del N- Team y averiguaremos quien es el que te mandó estas muñecas.

Neo se levantó de golpe. El corazón le latía demasiado rápido.

—Si llega a tocar a Nina o a mi madre, juro que lo mato, sea quien sea.

—Las protegería con mi vida, Neo, y lo sabes —lo tranquilizó Tropy, tomándolo del hombro y obligándolo a sentarse de vuelta—. ¿Puedo saber donde esta Crash Bandicoot?

Neo parpadeo un par de veces, sorprendido por el cambio de tema.

—En su casa ¿Por qué?

—Ya que ustedes se llevan "bien", podrías pedirle ayuda. Ya N. Gin se lleva "bien" con Coco, así que…

—Espera, espera… ¿has dicho que N. Gin y Coco…?

—Después te explico eso. Mientras tanto, averigüemos quien está detrás de todo esto.

—Y se arrepentirá toda su vida.


Crash estaba acostado en su silla- hamaca, detrás de su casa, viendo pasar las nubes. Se sentía bastante vacio. Ahora que había probado los labios y el cuerpo de Neo, no podía resignarse a terminar así, como si nunca hubiese pasado nada.

—Lo siento, Crash —le había dicho el científico, en el puerto indígena—. Pero es mejor que nos olvidemos de todo eso que pasamos en las vacaciones, fue un error.

—¿Un… error? —los ojos de Crash comenzaron a ponerse brillosos por las lagrimas.

—No debí darte esperanzas. No soy bueno para ti. Soy muy malo y viejo para ti.

—Pero eso no te importo cuando te acostaste conmigo.

Neo intentó una vez más:

—Vete. Ya conocerás a alguien mejor —Neo se volvió de espaldas hacia él, mirando el acorazado N. Gin—. Estarás mejor sin mí.

Mejor sin el…

No, no se podía resignar. Realmente sentía algo por él, algo muy fuerte. Iba a levantarse, pero vio a Coco caminando hacia él y desistió de su intento. Ella le haría mil preguntas y no tenía ganas de enfrentarla. Ella se puso de pie a su lado y le alcanzo un vaso de jugo de wumpa.

—Te noto triste desde que llegaste ¿Acaso te hicieron daño?

—No estoy triste. Solo muy cansado por el viaje.

Coco le acarició suavemente la cabeza y se trepó a uno de los arboles, donde estaba atada la hamaca. Se sentó en la rama más baja y apoyó la espalda en el tronco.

—Crashie…

—¿Si?

—Necesito hablarte.

—¿Sobre qué?

Coco suspiró, como si no supiera por dónde empezar.

—Lo que más me gusta a mi son los autos, las computadoras y ustedes dos, Crashie. Era lo único que necesitaba para vivir.

Crash sonrió débilmente.

—Pero ahora tengo un problema: conocí a N. Gin, realmente lo conocí y… ya no me parece tan malo.

—¿Y cuál es el problema?

Coco se bajo del árbol de un salto.

—Prométeme que no se lo dirás a nadie. Ni siquiera a Crunch.

—Crash no dice nada —prometió el chico, inclinándose en su hamaca para escucharla.

—Es que… yo… l-l-lo… yo lo… bese. A N. Gin.

Crash inclino la cabeza hacia un costado, con incredulidad.

—¿Por qué hiciste eso? ¿Acaso te gusta?

—No… no lo sé. Ni siquiera sé por qué lo hice.

—Y… porque te gusta. Otra razón no hay.

—Sentí lastima por él.

—No se besa a nadie en la boca por lastima.

Coco sonrió muy dulcemente y le revolvió con suavidad el cabello

—Te gusta simplificarlo todo, ¿verdad?

—¿Acaso no es simple? Si tu lo quieres y el te quiere…

—Hay muchas razones: él es muy grande para mí y yo demasiado joven, pertenece al N- Team, está enfermo…

—Aun así lo besaste. No te importo nada de lo que dijiste." Crash se levantó de la cama y comenzó a alejarse, metiéndose en la selva.

—¿Adonde vas?

—A seguir mi propio consejo.


Neo estaba sentado en la sala de comandos, como él lo llamaba. Miraba atentamente el mapa en pantalla, con pequeñas lucecitas rojas que marcaban el lugar donde las probabilidades de encontrar cristales de poder eran altas y luces amarillas donde las probabilidades eran bajas, pero no improbables. Neo tomo un anotador y comenzó a anotar los nombres de los lugares donde podría ir a buscarlas con el N- Team, pero su mente estaba vagando por la isla Twinsanity. Abandonar a Crash había sido una solución dolorosa, pero necesaria. El chico se merecía algo mejor, no a un científico malvado, cerca de la ruina. De no ser porque su madre le daba un porcentaje de lo que ganaba en el Moulin, estaría criando malvas en alguna parte junto con Nina.

Un timbrazo lo hizo saltar del asiento. Se levantó y se acercó a uno de los televisores que transmitía la imagen del frente de su laboratorio. Había una figura encapuchada justo en la puerta. Neo palpo su cintura para asegurarse de que su arma aun estaba allí y bajo a recibirlo. Al abrir la puerta, se encontró con una carita muy conocida.

—Hola, Neo —saludo Crash. Llevaba una campera color marrón rojizo con capucha. Una capucha particular, porque tenía un par de orejitas, como las de un zorro, cocidas en ella. Neo soltó un bufido y lo dejó pasar.

—¿Qué es lo que quieres, Crash? —le preguntó, mientras subían por un ascensor hacia su casa, ubicada en el último piso.

—Hablar con Neo —respondió Crash. Esta vez no estaba sonriente, sino todo lo contrario. Era una mezcla de seriedad y miedo. Aun tenía la capucha puesta en su cabeza y lo hacía ver bastante tierno.

—Creo que ya hablamos bastante en el puerto.

—Crash no termino de hablar.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron y ambos entraron a la sala de estar.

Era una sala espaciosa. Casi todo era de color blanco, excepto los sillones, que eran de color negro. Crash ni siquiera se molesto en sentarse.

—No me resigno a que te vayas, Neo —comenzó a decir Crash, con el cuerpo bastante tenso—. Sigo sin entender por qué te alejas de mí. No he hecho nada malo.

—No te convengo, ya te lo explique.

—Creo que yo debería decidir qué es lo que me conviene.

—Crash, yo… —empezó a decir, pero Crash ya lo estaba besando de forma apasionada en los labios. Neo intento apartarse, pero termino por tomarlo con fuerza de la cintura y responderle de igual manera, hasta que se quedaron sin aire.

—Crash… no hagas esto mas difícil —suplico Neo.

—Bien —respondió el chico, volviendo a colocarse la capucha, aunque estaba dentro de la casa—. Entonces no volveremos a vernos, más que como enemigos —Crash se dio media vuelta y comenzó a caminar muy lentamente hacia el ascensor. Apenas había levantado el brazo para pulsar el botón, cuando Neo lo tomó bruscamente del hombro y lo besó apasionadamente en los labios, estampándolo contra la puerta metálica. Las manos de Neo recorrieron todo el cuerpo del adolecente. Crash enredo sus piernas en la cintura de Neo y el científico, casi por inercia, comenzó a caminar hacia el cuarto, sin parar de besarlo ni un momento. Lo tiro encima de la cama y se detuvo para mirar su rostro. Estaba igual que la primera vez, con su cabello revuelto y la boquita entreabierta. La diferencia era que sabía lo que iba a pasar y eso se reflejaba en sus ojos. Estaba confundido, se notaba, pero por una razón distinta

Neo le bajó la cremallera de la chaqueta y metió una mano debajo del suéter que llevaba, logrando que Crash se retorciera. A medida que se lo iba sacando, le besaba la piel descubierta, provocándole unos gemiditos que lo volvían cada vez más loco. Y los gemidos aumentaron al comenzar a succionarle una tetilla.

—Neo… —gimió el chico, arrugando las sabanas con sus manos. Estaba totalmente excitado y la ropa lo estaba sofocando.

Pero la situación no duro mucho tiempo más. Crash quiso ser más participativo y se centró en su cuello, besando mordiendo y succionando cada pequeña parte, haciendo que el científico casi no pudiera respirar del placer. Crash empezó a sacarle la bata de laboratorio y el resto de su ropa con desesperación. El científico hizo lo mismo con el chico hasta que ambos quedaron completamente desnudo Neo le separo las piernas y no pudo evitar admirar de vuelta su cabello revuelto y sus enormes ojos verdes. Se los quedo mirando fijamente, mientras lentamente rozaban sus miembros. Al mismo tiempo, besaba y chupaba el cuello del menor, descendiendo con lentitud, hasta bajar hacia su ombligo. Crash ya solo era una masa de suspiros y gemidos placenteros. Sus ojos se cerraban fuertemente y la espalda se arqueaba. Y todavía no terminaba

Sus labios recorrieron el interior de los muslos de Crash, buscando su entrada. Al encontrarla, metió su lengua dentro haciendo que Crash gritara su nombre. Eso lo excitó aun más, si eso era posible. Con una mano comenzó a masturbarlo. Sentía ese cuerpito pidiendo a gritos ser penetrado una y otra vez hasta no dar más. Si seguía así, no tardaría mucho en terminar y no quería que se acabara aun. Levanto las piernas del chico, apoyándola en sus hombros y comenzó a penetrarlo, mirándolo fijamente a los ojos. Comenzó a embestirlo con fuerza, sin parar de mirar el rostro de Crash. La boca del chico estaba apenas entreabierta, lo que lo excitó aun más y aumentó el ritmo de sus embestidas. El era suyo y nadie más. Quería eyacular dentro suyo de una buena vez y dejarlo tan satisfecho que cualquier otro amante que tuviera después lo dejaría insatisfecho. Finalmente, sintió que Crash se corría, manchando su torso. Eso fue tan erótico a los ojos del científico, que lo embistió aun más fuerte hasta que llegó al clímax también. Neo se dio vuelta hacia un costado para poder descansar. Poco a poco, la respiración se fue normalizando, al igual que los latidos de su corazón. Al final, toda su mente se aclaro.

—Crash… —susurro Neo, tocándole con suavidad la espalda desnuda del chico.

—Ya me voy" le respondió, casi sin voz, incorporándose. Se sentó en el borde de la cama, con la cabeza gacha.

Neo estaba bastante confundido. Había prometido olvidarse de los días que habían pasado juntos y sin embargo, apenas lo había vuelto a ver y ya le había hecho el amor otra vez. Que débil se sentía.

—No te vayas —le dijo por fin, incorporándose también.

—Pero…

—Mira: es demasiado tarde. La verdad es que me gustas mucho Crash. Mejor… quédate un rato mas y conversaremos bien, ¿te parece?

Crash giró su rostro hacia él.

—De acuerdo —asintió, sin mucha seguridad.

—Arreglaremos todo este embrollo. De alguna u otra manera.

—Lo haces todo muy complicado y no debería serlo.

Neo se tomó la cabeza con una mano.

—Crash…

—Lo que quiero preguntarte es que si vas a ser mi novio o no —dijo el chico, girándose por completo y arrodillándose en la cama.

Neo bajo la mano. Era tan simple y complicado. Abrió la boca, pero la cerro inmediatamente.

—Neo, ya te dije que yo decido lo que me conviene. Y quiero que seas mi… pareja. Es un sí o un no. O tal vez solo quieres acostarte conmigo y nada mas.

—No es eso. Realmente me gustas y me da miedo eso. Hace años que no salgo con nadie de manera sentimental. Y nunca me fue muy bien.

Crash lo miro con un poco de pena.

—No voy a lastimarte, Neo —dijo, estirando su mano hacia el rostro del científico. Neo aceptó su contacto y apoyó la mejilla en la palma del chico. ¿Compartir su vida con alguien otra vez? Teniendo en cuenta como había terminado la última vez que había estado en pareja, no le entusiasmaba demasiado la idea de volver a intentarlo. Pero, al mismo tiempo, no quería abandonar a Crash. Estaba enamorado de él y ya era tarde para alejarse. Tenía que huir o enfrentar a su miedo.

—Crash, no te alejes de mi.


En un departamento en Moscú, Rusia, una mujer tocaba el piano con maestría. Sus manos se deslizaban suavemente sobre las teclas, interpretando el Arabesque Opus 18, de Robert Schumann, arrancándole hermosos sonidos con cada movimiento. Su concierto fue interrumpido por otra mujer, quien le dejó una taza de té encima de la mesita ratona de caoba.

—Aquí le traje su te, doctora Sokolova —le dijo, con acento hawaiano.

—Te lo agradezco, Makani —le respondió la pianista, dejando de tocar y levantándose de asiento.

—¿Cómo se siente después de la operación?

—Mejor que nunca ¿Ya están listos los resultados de la computadora del doctor Cortex?

—Sabrina me comunicó que en unos pocos minutos se sabrá todos los lugares a los que podría llegar a ir junto con su equipo a recolectar cristales.

—Te lo agradezco.

—Doctora… ¿cree que el doctor Cortex haya entendido el mensaje?

La doctora sorbió un poco de su té.

—Por su bien, espero que si.