¡Hola, mis niñas hermosas!
Excepto que me asaltaron el jueves en la calle, no tengo nada que contar.
Steph: muchas gracias por alabar mi trabajo.
Tiburi: todo lo que tengo que decir es que estás loquita y nada más. Pero… ¿quien no lo es?
Wolfy: vaya, no te… esperaba. Te tomaste el trabajo de comentar cada capítulo y me llené de ternura. Nina fue odiosa en ese momento de la interrupción; si, Coco es una hipócrita; Collins se aguanto bastante, tenía ganas de tirarla un lugar infestado de tiburones. Coincido con vos en lo de los cigarrillos, hacia mucho que quería inventar un personaje que fumara, jajá; Quizás tengas razón con lo del beso, fue muy repentino, pero yo creo que estaba algo confundida. Y Coco tiene en la cabeza… mejor ni lo digo, jajá. ¿Viste? Te contesté todos tus reviews, fue una "contestación exprés"
Me voy a jugar a los Sims 3, ustedes lean el…
Capitulo veintidós
La destrucción de Tigil
Por mucho que intentara no preocuparse por la amenaza de la muñeca, la posibilidad de que podría dañar a Nina o a su madre no lo dejaba dormir. Nadie del N. Team había recibido amenazas por el momento. Lo único que podía hacer era estar lo más cerca posible de su sobrina para protegerla de cualquier posible peligro.
A pesar de que Tropy le había sugerido avisar a Crash sobre la situación, Neo lo consideró innecesario. Nadie había intentado matarlo. Excepto Nina.
—¡Quiero salir a Twinsanity! —se quejaba la adolescente, mientras Neo preparaba el desayuno. El científico la entendía, pero no quería preocuparla.
—¿Para que te andes besuqueando con el energúmeno ese? Ni lo sueñes.
—Pero, tío…
—Ningún tío —contestó Neo, cortante—. Te quedas aquí porque yo lo digo ¿Entiendes?
—Te odio —murmuró Nina, clavando sus ojos en la nuca de su tío y cruzándose de brazos.
—No me interesa. Ah, y esta tarde me iré a buscar cristales con el N- Team, así que te quedaras con tu abuela.
—¡No quiero ir!
—¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil? —Neo le dejó una chocolatada caliente y unas tostadas encima de la barra desayunadora—. Si dejo que Crash se quede aquí contigo ¿aceptaras?
Nina lo medito unos pocos segundos, mientras untaba mermelada en el pan.
—De acuerdo —dijo, mientras mordía la tostada
—Esa es mi niña —Neo termino de servirse su café y desayuno de pie, ante la desaprobación de su sobrina. Inútil fue obligarlo a que comiera aunque sea una galleta.
—Si sigues comiendo tan poco, vas a desaparecer.
—Estoy perfectamente bien de salud, Nina. Ahora quédate aquí mientras voy a Twinsanity a buscar a Crash, ¿ok?
Nina apenas asintió con la cabeza. Mientras colocaba las coordenadas, no paró de pensar que su sobrina necesitaba salir y tener contacto con otras personas pero, mientras que el peligro siguiera rondando alrededor de ellos, no tenía otra opción.
Apenas su cuerpo estuvo en la isla Twinsanity, sintió el aplastante calor que reinaba. Neo estaba más acostumbrado a los lugares fríos, al igual que Nina. Caminó un poco por la playa y allí pudo distinguir la casa de los marsupiales. Y también a Crash y a Coco, quienes estaban tomando el sol en una reposera. Un olor dulce se extendía por el aire y venia de la casa, probablemente un pastel. Se acerco muy despacio hacia los hermanos. Tenía la experiencia suficiente como para saber que Coco no era para jugar. Y si comenzaban a pelearse, alertaría a Crunch y no ayudaría para nada.
—Hola Crash —saludó Neo, inesperadamente tímido. Odiaba sentirse así, tan inseguro.
Coco se puso de pie de un salto, preparada para pelear. Crash, en cambio, se levanto despacio y se acerco al científico caminando perezosamente por la arena.
—Neo… —susurro el chico, rodeándole el cuello con los brazos y dándole un corto, pero profundo beso. Apenas notó el chasquido de enojo que salía de la boca de su hermana.
—Ne-necesito un favor —tartamudeo Neo, apenas sonrojado por el beso.
—Dime.
—¿Podrías quedarte en mi casa a vigilar a Nina por unas pocas horas?
—Nina es grande —razono Crash.
—No lo es tanto. Temo que se pueda escapar con tu hermano por ahí y hagan cosas indebidas.
—¿Cómo qué?
—Que… que tengan sexo.
—Pero eso no es malo.
—Ella es muy chica para hacer esas cosas.
—Soy un año mayor y tú no te enojas.
Neo se tomó la cabeza con una mano.
—Ella podría quedar embarazada. Y no está en edad para tener bebes ¿Ahora lo entiendes?
Crash ladeo la cabeza ligeramente hacia la izquierda.
—Creo que si.
—Bien, pues ahora abrázame e iremos a casa.
Crash asintió con una sonrisa radiante y se giró para hablar con Coco.
—Me voy, hermanita, volveré en un rato.
Coco hizo un gesto seco con la cabeza, diciendo que le daba permiso. Crash tomó del brazo al científico y se teletrasportaron a Ice Lab. Una vez que llegaron entraron en la casa, Crash le dio un rápido beso en los labios al científico.
—Cuídate, Neo.
—Lo mismo digo… Demonios, no te di tiempo a que te buscaras un abrigo. Dile a Nina que te de ropa mía.
—Si, Neo. Y no me separare de ella.
—Eso espero —enseguida, puso en su cinturón unas coordenadas que hasta podría marcarlas con los ojos cerrados: la casa de Tropy.
Entro en la propiedad de su amigo, sin molestarse en llamar a la puerta. Tropy, N. Gin y Brio lo estaban esperando, sentados en la sala de estar.
—Tarde como siempre —comento el viajero del tiempo, sin levantarse. Encima de la mesa había tres tazas de té y unas masitas dulces puestas elegantemente en una bandeja de plata antigua.
—¿No pudieron esperarme?
—Eso te pasa por llegar tarde —lo reto N. Gin, tomando una de las masitas y pegándole un mordisco—. Aun con el teletransportador. Ni me quiero imaginar si no lo tuvieras.
—Cállate.
—Su problema reside —comenzó a decir Tropy, tomando una taza del aparador y colocándola en la mesa —en que confía demasiado en el tiempo —vertió el liquido de la tetera en la taza y se lo ofreció a Neo, quien lo tomo de mala gana.
—¿Cuándo salimos? —pregunto Nitrus Brio.
—En quince minutos —respondió Tropy—, viajaremos hacia China a recoger en lo que se espera una buena cantidad de cristales de poder. Por suerte, solo muy pocos saben lo que estos cristales son capaces de hacer.
Neo sonrió al escuchar eso. Lo que "pocos sabían" era que los cristales eran capaces de, con el uso adecuado, podían transformarse en antimateria, una fuente de energía escasísima en el mundo. Y sospechaba que podía tener aun más usos.
Se tomó el te lo más rápido que pudo.
—Estaba tibio —le recriminó Neo a Tropy. El viajero del tiempo le sonrió, casi con dulzura maternal.
—De haber llegado temprano, estaría caliente.
Neo soltó un bufido de exasperación. Siempre buscaba una excusa para burlarse de él.
—Ya que estamos todos, supongo que vamos a marcharnos antes de que nos quedemos a cenar también —escupió Neo, levantándose de la mesa. Los demás miembros del equipo lo imitaron y salieron de la cómoda y cálida casa de Nefarious Tropy, ubicada en el medio de la nada, en las afueras de Kalgoorlie. Se dirigieron a un galpón que estaba detrás de la casa. Dentro había un pequeño avión privado con capacidad para cuatro pasajeros. Mientras Tropy se acomodaba en el asiento de piloto, Neo se recostó en su asiento, deseoso de dormir un rato.
Neo estaba de muy buen humor ese día. No solo por ser multimillonario y que al parecer habían encontrado el Cristal Maestro en Rusia, sino que desde hacía pocos meses, estaba casado con la mujer más hermosa del mundo: Charlotte.
Bueno, era cierto de que ella solo lo amaba por los disparos rosas de su E-Volvo que le aplicaba todas las mañanas, justo antes de que se despertara. Charlotte era una mujer que parecía vivir tan solo por él. No le gustaba dejarla sola, y menos cuando se sentía descompuesta, como era el caso, pero no le quedaba otra.
Y así estaba, feliz al lado de sus amigos, piloteando su dirigible. No lo parecía, pero era bastante veloz y el globo era a prueba de balas. Y era un poco más pequeño por aquella época.
—¿Falta mucho? —pregunto N. Gin, mirando a través de la ventana, sin sospechar el horrible accidente que tendría casi tres años después.
—Menos de media hora —le respondió Tropy, despatarrado en su asiento, como siempre lo hacía en el colegio. Neo no podía creer a veces que ese hombre, que había sido su bully, se había convertido en uno de sus mejores amigos.
Veinticinco minutos después, el dirigible flotaba en medio de la cruel nieve rusa. Aproximadamente cuatrocientos metros más adelante, se levantaba el pequeño pueblo llamado Tigil.
Los cuatro hombres se apearon con sus mochilas y miraron a su alrededor.
—¿Estás seguro de hacer esto, Neo? —preguntó Tropy
—Necesito el cristal —respondió secamente Neo.
—Entonces, manos a la obra.
Nitrus Brio se regreso al dirigible. El resto fue caminando tranquilamente hacia el pueblo. Apenas entraron en el territorio, se separaron.
Neo se paseó por las desiertas calles del pueblo, sabiendo muy bien adonde se dirigía, hacia una de las casas más bonitas. Toco la puerta con mucha suavidad y apoyo su mano en la culata del arma, asegurándose que la luz prendida hacia el costado sea violeta.
Una chica joven, de unos dieciséis años, abrió la puerta.
—¿Si? —dijo la chica, frunciendo el ceño.
Neo no se anduvo con rodeos. Saco el arma y le disparo en el pecho. Un rayo violeta atravesó su cuerpo. Antes de que tocara el suelo, ya estaba muerta.
Neo penetro en la casa. Desde una puerta, salió una mujer más grande, de unos cuarenta años. Ni siquiera tuvo tiempo para procesar la imagen de su hija tirada en el suelo, cuando Neo ya le había disparado en la cabeza. Era un método limpio. Apenas hacia ruido su E-volvo. Sin sangre ni nada, excepto si se lastimaba al caer, claro.
Fue hasta el fondo de la vivienda, donde se encontraba la cocina. Dentro, había un hombre con anteojos que desayunaba en la cocina. Neo carraspeó y el hombre se giro hacia él, con el pánico en los ojos.
—Doctor Sokolov —dijo Neo, con sequedad—, usted ya fue informado de que si no me daba el Cristal Maestro, su familia pagaría las consecuencias. Ahora su mujer y su hija mayor han muerto. Démelo ya, antes de que sus dos hijas menores mueran también.
—No —el hombre sacudió la cabeza de un lado al otro. Su pánico había desaparecido—. Es lo más hermoso y poderoso que he tenido y no te lo daré.
Neo levanto el arma hacia la cabeza del doctor.
—Un hombre que valora más un objeto que a su propia familia, no merece vivir, doctor —pronunció Neo lentamente y disparo contra el científico, matándolo en el acto.
Durante más de media hora, Neo revisó el interior de la casa de arriba abajo, con el detector de antimateria, pero no encontró el cristal. Quizás lo tenía en otro lado. Que decepción.
Neo se sacó la mochila y abrió el cierre. Dentro había una bomba pequeña, pero poderosa. La activo, la puso encima de la mesada de la cocina y se alejó lentamente. Llamo por la radio a sus compañeros N. Gin y Tropy.
—Que no quede uno con vida —les dijo a ambos, temblando de rabia.
En tan solo diez minutos el pueblo de Tigil se convirtió en un infierno. Todas las casas ardían, los autos eran tan solo chatarra, los arboles carbonizados… todo. Neo se acerco hacia la casa del doctor Sokolov y vio algo muy extraño. Delante de la vivienda hecha escombros se encontraba una niña muy hermosa, de unos diez años. Era rubia, de delicados ojos celestes y llevaba un abrigo blanco, con manchas de tierra y nieve. Era una de las hijas del doctor, sin duda. Y lo miraba como si realmente supiera que había asesinado a todo el pueblo. Neo se llevo una mano a la cintura, sacando el arma…
—¡Neo! —gritó , a través de la radio "¡El Ejército Rojo! ¡Al dirigible!
Neo se detuvo un momento al escuchar la voz de su amigo. Una sombra cayó sobre el científico y la niña. Al levantar la cabeza, vio su dirigible, seguramente piloteado por Nitrus. Vislumbro la cabeza de Tropy, quien le arrojaba una escalera. El Ejército Rojo no era para jugar. Al parecer, alguien con contactos con ese ejército los había llamado. Olvidándose de la niña, Neo se trepó de un salto y se marcharon a toda velocidad, más que la un dirigible ordinario haría.
—Por poco —dijo —. ¿Lo encontraste, Neo?
—No. Perdí todo mi tiempo. Apurémonos para llegar a Australia. Tengo que volver con mi esposa.
Tropy hizo un gesto torcido con la boca, pero no comento nada. Se despatarró en su asiento y cerró los ojos.
Neo llegó a su castillo, con la cabeza gacha y un atardecer muriéndose detrás de los acantilados. Charlotte lo recibió con besos y abrazos, cosa que mejoro su humor.
—Tardaste mucho, mi cielo —dijo ella, con una mirada extraña. Su cabello estaba más largo, cosa extraña, porque antes del disparo, ella le había confesado que amaba tenerlo corto.
—Tuve mucho trabajo, querida —le respondió, acariciándole una mejilla—. ¿Te encuentras mejor? ¿Fuiste al médico, como te dije?
—De eso quería hablarte.
Neo se sentó en un sillón, temblando.
—¿Qué sucede?
—Neo, yo… estoy embarazada.
—¿Neo? Despierta, ya llegamos a China.
El científico abrió los ojos y se encontró con el deforme rostro de N. Gin.
—Dormí demasiado —murmuró Neo, frotándose la cabeza—. Pero al menos estoy bien descansado. Ahora vamos a trabajar.
