¡Hola, mis chicos preciosos!

Estoy un terrible dolor de cabeza hoy.

Kagamine: intento que mis fanfics sean serios y lacrimógenos, pero sin perder el humor. Mis fanfics son considerados basura hasta que alguien se ría o llore en algún momento. Me está costando un poco algunas partes, pero sé que me voy a destrabar.

Steph: ¡Gracias por los ánimos!

Belle star: qué bueno que haya valido la pena la espera. Entre el trabajo y la falta de inspiración… pero siempre me salgo con la mía. Coco es la más dura de cabeza para esto, es bastante desconfiada, vamos a ver como cede a la situación

El erizo tarkatan: ¿Un fan de Mortal Kombat, eh? ¡A mi me encanta! De chica me gustaban (y me gustan) Cyrax y Scorpion. Mi mamá siempre elegía a Sindel. Sos el segundo varón que me lee. Y no creo que extrañen ser animales, nunca me lo había planteado. Gracias por leerme y espero tu review muy pronto.

Capitulo 26

Los sentimientos de Coco

Más de una semana había pasado desde que Coco había besado a N Gin . Desde entonces, no habían vuelto a verse ni a saber nada uno del otro

Coco pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación, bastante confundida por lo que había pasado ese día. Se suponía que no debía darle importancia al asunto, aunque haya sido su primer beso. Solo lo había hecho por lástima, porque la situación era muy triste.

Pero al mismo tiempo había sentido otra cosa. Había visto el lado más vulnerable del almirante y sabía que podía reformarse si alguien le ayudaba a darle un empujón al camino correcto.

Cada tanto salía a dar un paseo por la isla. Mientras las olas lamian sus pies, ella recorría con la vista el mar, esperando ver en el horizonte el acorazado. Pero no se lo veía por ninguna parte y tenia vergüenza de ir al pueblo indígena para preguntarles por él.

Al día siguiente de la cena con los Cortex, Coco salió a pasear una vez más, después de una discusión con Crunch. El motivo: su ausencia en la cena.

—¡Nos han hecho daño durante años! —le gritó ella, con el rostro rojo por la ira

—¡Quiero dejar atrás todo esto de la enemistad! —respondió su hermano, tan exaltado como ella—. ¡Lo que pasa es que tú eres una rencorosa!

—¿Rencorosa? ¿Acaso te has olvidado de todo lo que nos hicieron sufrir él y sus compañeritos del N- Team?

—¡No! Pero…

—¿Pero qué? ¿Es porque te gusta esa maldita de Nina?

—¡Eso no tiene nada que ver! —el rostro de Crunch estaba muy rojo, como una remolacha.

—¡Tiene mucho que ver! ¡Les han lavado el cerebro a ambos, a ti y a Crash! —y dicho esto se retiro de la casa a grandes zancadas.

Caminando con la furia aun bramando en sus venas, fue hacia la casita de Crash, en las afueras del pueblo indígena. Adentro estaba su moto de agua. La saco con dificultad, maldiciendo por haberla dejado allí, sin pensar lo que costaría bajarla.

Al fin, logro bajarla y ponerla en el agua. En unos pocos segundos, ya estaba transitando libremente por el mar, dejando atrás la orilla.

Poco a poco su ira fue amainando. Las transparentes aguas, el hermoso cielo despejado, la brisa marina ondeando su cabello rubio como el ondear de una bandera ayudaron a calmarla. Se alejaba cada vez más, hasta apenas distinguir los arboles. Sonrió muy débilmente y siguió alejándose hasta no ver más la orilla.

Estuvo un rato dando vueltas hasta cansarse. No le gustaba estar peleada con ninguno de sus hermanos y quería hacer las paces con ellos, a pesar de su orgullo. No aceptaría a Nina ni al doctor Cortex como parejas de sus hermanos, pero no volvería a mostrar su desagrado tan abiertamente. Esperaría tranquilamente a que les clavaran el puñal por la espalda, para que luego dijeran que su hermanita menor siempre había tenido razón.

En ese momento, el motor empezó a hacer ruidos ahogados. Coco frunció el ceño, preguntándose qué demonios le pasaba a su moto. Al notar el problema, se quedo helada.

El tanque de gasolina estaba casi vacío. Se había olvidado de fijarse antes de salir y ahora estaba varada en medio del océano.

Le entro un ataque de pánico. Apretó el acelerador con fuerza para dirigirse a la isla. Solo anduvo unos cientos de metros y luego se detuvo por completo.

Estaba sola, en medio del océano.

La distancia entre ella y Twinsanity era demasiado larga para ir nadando. Además, estaba lleno de tiburones y no quería arriesgarse a ser devorada por uno de ellos. Tenía que haber una salida a la idiotez que había cometido.

Poco a poco, se fue calmando. En algún momento, una de las embarcaciones indígenas tendría que pasar por allí y rescatarla. Solo era cuestión de unas pocas horas. Antes del atardecer, estaría de vuelta en su casa.

Collins fumaba uno de sus habituales cigarrillos en la cubierta, para evitar


los retos de su jefe. Sinceramente, estaba muy preocupado por N. Gin.

Una semana había pasado, desde que la rubia había pisado el barco. Desde su partida, N. Gin estaba muy extraño. Los primeros dos días había estado muy contento, a pesar de la muerte de George. Cantaba, sonreía y se sentía más seguro de sí mismo. Pero al tercer día, su buen humor había comenzado a desaparecer. Y ahora estaba de vuelta encerrado en su camarote. Estúpida Coco ¿Por qué no había regresado a verlo? Le daba esperanzas y luego se esfumaba. Creía poder llevarse el mundo por delante por ser joven y bonita. Pero eso no duraría por siempre. Era inevitable.

Podía intuir lo que había pasado. Su jefe no estaría tan alegre por poca cosa. Ella no lo había abrazado, ni dado unas cariñosas palabras de consuelo. Estaba casi seguro de que tal vez se hubiesen besado. Y era lo peor que pudo haberle hecho a alguien de tan baja autoestima como era N. Gin.

Termino su cigarrillo y empezó otro. N. Gin ya había sufrido bastante en su vida como para que una mocosa siguiera molestándolo. Lo protegería tanto física, mental como emocionalmente. Le dio una larga calada a su "tubo de la muerte" y miro la hora de su reloj de pulsera. Eran las dos de la tarde. Hora de volver a trabajar y de darle un último vistazo al océano.

Sus ojos notaron algo anormal sobre el agua. Estaba lo suficientemente lejos como para distinguirlo bien. Tomo su catalejo que llevaba colgado de la cintura e intento enfocar el objeto. Después de ajustar el lente, pudo distinguirlo mejor. Era nada más ni nada menos que Coco Bandicoot, subida a una moto de agua que parecía por algún motivo detenido en medio de la nada. Pero había algo preocupante en esa escena tan peculiar y se debía que había visto un par de aletas de tiburón no muy lejos de ella. Y si la moto de agua estaba averiada…

—Mierda —murmuro. Tenía que pensar rápido. Sin perder un minuto, se dirigió al costado del barco, donde estaban colgadas las lanchas. Salto la baranda y aterrizo encima de una de ellas. Las lanchas estaban suspendidas por gruesas sogas. Y para bajarlas al agua, tenía que tirar de ella con cuidado. Pero Collins no se andaba con cuidado y lo hizo tan rápido como pudo, rogando que los tiburones no estuviesen atacándola.

Realmente no le importaba mucho Coco, pero la salvaría por dos razones: porque no era tan desalmado como para dejarla morir y porque N. Gin se pondría muy mal ante su muerte tan horrenda y cruel.

—¡Señorita Bandicoot! —le gritó, cuando ya estaba cerca—. ¡No se asuste, pero tenga cuidado con los tiburones!

Coco estaba completamente blanca del miedo y temblaba como una hoja encima de su moto. Miro a Collins con un gesto de suplica.

—Agárrese bien, señorita —le dijo, dando media vuelta y tomando con una mano el manubrio de la moto acuática. De esa manera, se alejaron de los tiburones sin recibir daño alguno.

—Estuvo cerca —murmuro Collins, secándose la transpiración de la frente—. Ahora vayamos al acorazado para que te recuperes del susto y ver lo que le ocurre a tu moto.

El acorazado se veía imponente a medida que se acercaban. Collins mando un mensaje a La Morsa para que los ayudaran a subir. Cosa que hizo inmediatamente, porque lo vio asomado en la baranda, con una soga en las manos.

—Sube —le dijo Collins a Coco, extendiéndole la mano. Ella le obedeció temblando. También subió la moto de agua a la lancha, después de probar varias maneras de acomodarla. La Morsa tiró unas sogas con ganchos en sus extremos para engancharlos el vehículo y poder subir a bordo.

—¿Todo bien ahí abajo? —preguntó La Morsa.

—Si. A mi señal, tira de la soga —se aseguró de que todo estaba perfectamente sujetado—. Ahora, hazlo.

Las sogas se estiraron y levantaron en alto a la lancha. El motivo por el cual no tenía una manera más moderna de subirla, en un barco tan tecnológico, era por si había una emergencia, no hubiese electricidad y hubiese que abandonar el barco. Y el motivo porque La Morsa lo estaba haciendo solo, era por lo orgulloso que estaba de su fuerza. Solía decir que podía levantar a un toro con una sola mano a cualquiera que pudiera oírlo.

Después de un minuto, ambos estaban reunidos con La Morsa, a bordo del acorazado y completamente lejos de los tiburones.

—¿Están bien? —les preguntó amablemente el cocinero.

—Sí, estamos bien —respondió Coco, ya recuperada del susto

—¿Pueden decirme que demonios paso?

—Estaba andando con la moto y me quede sin gasolina. Estuve a la deriva durante horas. Luego Collins me vio y me rescato.

—Todo un héroe, James —rio La Morsa, dándole unas palmadas en el hombro que sacudieron de arriba abajo al segundo al mando.

—Oh, cállate.

—Esta señorita debe tener hambre, supongo. Acompáñeme a la cocina. Los muchachos le llenaran el tanque de gasolina y le diremos al almirante que te deje en el puerto.

Collins gruñó por lo bajo. Se había olvidado de N. Gin. No tenía otra opción que decírselo, así que se fue directo a la cabina donde se encontraba.

—Disculpe, almirante —le dijo, apoyado en el marco de la puerta—. Tenemos visita.

—Lo sé —respondió N. Gin, sin mirarlo—. Nina llego hace unos minutos.

—¿N-Nina?

—Sí. Neo vino a dejármela aquí. Tenía que discutir algo con Tropy en privado y no quería dejarla sola.

—Muy bien, pero yo me refería a otra visita: la señorita Bandicoot acaba de abordar.

N. Gin giró bruscamente en su silla.

—¿Qué dijiste? —le preguntó, mientras se sonrojaba.

—Tuvo un pequeño incidente marítimo y tuve que rescatarla.

—¿Está bien?

—Solo un poco asustada. Está en la cocina.

N. Gin se levantó y salió de la cabina, casi atropellando a Collins.

—Sigue manejando la nave. Tengo algo que hacer.


Coco estaba disfrutando de la comida que le había preparado La Morsa. Le había servido una comida francesa llamada Ratatouille y estaba realmente deliciosa.

—¿Dónde aprendiste a cocinar así? —le preguntó Coco, asombrada.

—Televisión, libros, practica… —le respondió, mientras acomodaba los cacharros de la cocina—. Y sobre todo pasión por cocinar.

—Entiendo. Es como cuando estoy con las computadoras.

La puerta se abrió muy lentamente y N. Gin entro en la cocina

—Hola… Coco.

—N. Gin… —murmuro Coco, bajando la mirada

La Morsa dejo de lavar los platos y se alejo de ellos sin decir una palabra.

—Me… me conto Collins lo que te ocurrió en el mar.

—Sí, estoy bien.

—Me alegro mucho. Ten más cuidado. El mar puede ser muy traicionero.

—Lo tendré en cuenta.

Coco se sentía muy incómoda. Ambos se sentían incómodos. Tenía ganas de largarse de allí con cualquier excusa, pero no podía.

—Dis… discúlpame por… por no venir a verte. Estaba ocupada.

—Como si alguien quisiera venir a verme —mascullo N. Gin.

—No empecemos con esto otra vez…

—¿Acaso no es cierto? Te doy asco, por lo que paso el otro día.

—Yo fui la que te bese —Coco se arrepintió de decirle eso apenas terminó de hablar y sus mejillas se tiñeron de rojo.

—Es cierto —dijo N. Gin, con una voz tan baja que apenas pudo oírlo. Luego se adelanto, con los ojos chispeantes de ira—. ¿Por qué me haces esto? Sabes que gusto de ti y que no sientes nada por mí. Ese beso fue lo peor que pudiste hacer, porque me haces tener por un instante algo que no será mío jamás. Mírame ¿Crees que alguien me va a amar? Soy un contrabandista obeso, enfermo y deforme. No tengo ninguna esperanza.

Coco trago saliva.

—Siempre hay esperanza —murmuro en un hilo de voz.

—No… No la hay. Mi esperanza de vida se redujo bastante, linda. En diez años seré un maldito vegetal al que tendrán que limpiarle el culo porque yo ya no podre hacerlo. Si alguna mujer está conmigo será por el dinero, porque otra cosa no se me ocurre. No me hables de esperanza, porque no existe. Ni la mujer más fea y desesperada querría compartir la cama conmigo.

Coco solo se quedo mirando durante un rato el ojo sano de N. Gin. Un ojo castaño que reflejaba su furia y su dolor.

—Si yo dijera que me gustas ¿Me creerías?

negó automáticamente con la cabeza. Coco se levantó de la silla y caminó con paso vacilante hacia él y le rodeó el cuello con los brazos. N. Gin bajo los ojos, temblando.

—¿Qué sucede? —le preguntó Coco.

—Me… acabo… de… olvidar… tu nombre —las lagrimas empezaron a rodar por su rostro. Coco se los limpio con una mano y lo beso suavemente en los labios.

—No importa…Nicholas.

A N. Gin le dio un escalofrío en toda la espalda.

—Hace mucho tiempo que nadie me llama por mi nombre —murmuro el almirante. Coco apoyo la cabeza en su hombro—. Espero que sepas lo que estás haciendo… Coco.

La chica sonrió sin variar su posición.

—Créeme, lo sé.