Disclaimer: Dragon Ball y sus personajes pertenecen a Akira Toriyama.

Destino

Capítulo 1 "El primer encuentro."

Pero la fuerza del destino nos hizo repetir, que si el invierno viene frío quiero estar junto a ti -La fuerza del destino, Mecano.

—Hoy cumplo dieciséis años —fue lo primero que se dijo al abrir los ojos. La tenue luz que se colaba por las rendijas de las persianas le indicaba que apenas estaba comenzando a amanecer.

Miró el reloj digital que se encontraba a un lado de su cama, sobre una mesita. Faltaban diez minutos para las siete, así que tenía por lo menos todavía una hora más para descansar. Era invierno y por tanto las clases empezaban hasta las nueve. Aun así, se levantó, tenía varias cosas que hacer antes de salir de casa.

Se dirigió al cuarto de baño y se enjuagó el rostro y al terminar se miró en el espejo.

"Mi nombre es Bulma Ryu…al menos eso creo", pensó para después soltar un suspiro. De un tiempo para acá se sentía extraña y no sabía muy bien el por qué. Era como si cada que se mirase al espejo sintiera como si no fuera ella. Reconocía que eran sus ojos, azules como los de su madre, aunque el color azul de su cabello no lo tenía nadie más en la familia. Sin embargo, al proseguir con el reconocimiento, todo lo demás le parecía ajeno. Definitivamente como si se tratase de otra persona.

Sacudió la cabeza de un lado a otro, apartando todo pensamiento irracional de su mente. A nadie le había contado eso y mejor que no lo hiciera, bastantes problemas ya había como para sumarle la posibilidad de que un miembro de la familia estaba loca. Frunció los labios. Ni la palabra y mucho menos la idea de estarlo le agradaba. Recordó que una vez, del otro lado del barrio donde vivía, se llevaron a una mujer por estarlo. Ella lo miró todo porque junto con su amiga, regresaban de compras después de clases.

Volvió a mirar sus ojos, buscando algún indicio de locura. Sólo pudo encontrar el brillo natural de ellos. Se dio un par de palmadas en las mejillas y finalmente salió para vestirse, decidiendo pasar por alto sus cavilaciones absurdas.

"Si sigues pensando en eso, terminarás volviéndote loca de verdad".

Al terminar de vestirse el uniforme, una falda estilo escocés de color naranja y blusa blanca, se dirigió a la cocina. Sonrió al notar sobre la mesa una rebanada de pastel de chocolate que su madre le guardara de la noche anterior y se dispuso a calentar un poco de agua para acompañarla con café. No importaba las veces que su madre le dijera que una chica de su edad todavía no estaba lista para beberlo, a ella le encantaba.

La noche anterior las dos habían celebrado su cumpleaños con un pastel que su mamá había comprado en la parte central de la ciudad, muy cerca de donde trabajaba. Lo hicieron así porque lo que restaba del mes estaría ausente. Al parecer un cliente importante la solicitó.

Suspiró. Sola más de quince días.

En lo que el fuego terminaba de calentar el agua, sacó los ingredientes necesarios para prepararse un almuerzo y llevarlo a la escuela, pensó también en preparar una porción para su amiga. Nada elaborado, sólo un par de emparedados y un poco de zumo de naranja.

La tetera hizo ruido y en los últimos minutos que le quedaban desayunó tranquilamente. Tomó su bolso y, tras ponerse el abrigo y la bufanda, salió a la calle. El aire frío le caló de inmediato y deseó regresar a la comodidad de su cama. Pero sabía que eso era imposible.

—Buenos días, Bulma, querida —le saludó la vecina amable, en realidad a la única que apreciaba. Las demás no eran más que unas viejas cotorras criticonas y entrometidas. En más de una ocasión estuvo a punto de golpearlas.

—Buenos días, Isumo —le respondió agitando una mano enguantada. Bulma miró a la mujer, no tenía más de cuarenta años y tenía los ojos verdes brillantes y el cabello castaño, además de una dulce sonrisa. Estaba casada, pero no tenía hijos, a lo mejor por eso siempre era tan amable con ella.

Escuchó que le decía algo sobre su cumpleaños y que volviera temprano para celebrarlo. Le agradeció y sonrió. Sin embargo, no esperaba poder hacerlo.

Emprendió el camino de siempre, hacia la esquina donde esperaba a su amiga. Miró de un lado a otro y de ella ni sus luces. El reloj de la esquina mostraba que faltaban treinta minutos para las nueve.

"¿En dónde estás?"

Sintió que le ponían la mano sobre el hombro y ella volteó aparentando estar molesta.

— ¡Mai! ¿Sabes cuánto tiempo he estado esperando…? —se quedó a mitad de la frase al darse cuenta de que se trataba de un chico de aspecto gamberro acompañado de otros dos que sonreían como idiotas. De esos idiotas que suelen traerte problemas.

—Pero miren que tenemos aquí —dijo el que parecía ser el líder de la bandita—. Una chiquilla, que por su aspecto, seguro que tiene algo que darnos ¿no es cierto?

—No tengo nada —respondió rápidamente y dando un paso hacia atrás, pero uno de los tipos se había colocado ya detrás de ella. Al sentir que chocaba contra el cuerpo dio un respingo.

—Ah, no tiene nada —dijo el líder, mirando al tercero quien en respuesta sacó una navaja. Bulma dio un gritito—. Ahora quizá si tengas más ganas de cooperar con nosotros.

Su cuerpo se tensó y más al sentir que el que estaba detrás le ponía las manos en los hombros. El tipo líder le arrebató el bolso, desparramando sus pertenencias sobre el suelo.

—Tú vendrás con nosotros —le dijo de repente.

— ¡No! —trató de soltarse, pero la fuerza de tres era superior— ¡Ayuda!

Escuchó sus risitas, pero después mezcladas con ellas pasos de alguien que venía corriendo. Por un instante pensó que se trataba de Mai, pero deseó que no fuera así. Conociéndola como era, capaz que intentaba pelear con ellos, pero ellos tenían un arma y podía salir herida.

Un golpe seco, seguido de un cuerpo cayendo al suelo.

— ¡Pero qué diablos! —dijo el líder— ¿Quién te crees que eres, imbécil?

—Ni que se lo fuera a decir a un idiota como tú. Deja a la chica —Bulma les miró entonces. Uno en el suelo, retorciéndose porque al parecer le dieron en el estómago y el que le estaba defendiendo no era Mai. Se trataba de un chico. Cabellos en punta, negros al igual que sus ojos.

Su corazón dio un latido fuerte, más fuerte que cuando aquellos chicos le amenazaron. Por alguna razón se sintió emocionada y aliviada. No sabía el por qué, pero se sintió protegida y feliz.

—Ja, nos has tomado desprevenidos, pero seguimos siendo más que tú —los dos individuos se le lanzaron encima, pero el de cabellos en punta los esquivo sin mayor problema. Dio un paso hacia atrás, lo suficiente para impulsarse y girar en su eje y propinarle una patada a uno de ellos, empujándolo cerca de su compañero que estaba en el suelo.

Quedaba uno, el líder, quien gruñó molesto. Se miraron por un instante, inmóviles. Finalmente, chasqueó los labios y bajó la guardia para después ir a recoger a sus amigos.

—Esta me la pagaras, idiota —le amenazó y se marcharon.

—Je, no son más que unas sabandijas —gruñó, levantando su cartera. Bulma entonces se percató de que llevaba el uniforme de la preparatoria.

— ¡Oye, espera! —le llamó para detenerlo.

— ¡Bulma! —escuchó la voz de su amiga quien venía corriendo— ¿Estás bien?

—De no haber sido por ese chico, creo que no — le respondió mirándolo ya a lo lejos.

— ¿Ah? ¿Te refieres a ese chico de peinado extraño que va allá? —Mai le señaló.

—Sí ¿lo conoces?

—Es el tipo más engreído, mal humorado y problemático de mi barrio. Ha sido expulsado de la otra preparatoria por su mal comportamiento —explicó Mai.

—Pero lleva el uniforme de la nuestra.

—Tontita, ha sido trasladado. Seguro y suspende este año.

—Su nombre, Mai. Quiero saber su nombre —le dijo ansiosa.

—Vegeta, pero te aconsejo que ni te le acerques.

((…))

En cuanto la campanada del receso de clases se escuchó, Bulma salió corriendo del aula revisando los pasillos de la escuela. Entonces le miró, a lo lejos, que salía de uno de los salones y se dirigía a las escaleras que conducían a la terraza.

— ¡Espera! —le gritó, pero él no le hizo caso, ni siquiera se inmutó a voltear. Seguía su camino con las manos en los bolsillos. Llevaba el saco del uniforme desabotonado y la camisa desfajada. Nada del chico bien arreglado que viera en la mañana.

Bulma sintió que el aire se le agotaba, iba corriendo pero aunque el otro iba caminando no podía alcanzarlo. La angustia la invadió, se sintió como en aquellas pesadillas en las que uno corre y corre pero no es capaz de llegar a ninguna parte. Vio la luz brillante de la puerta al final de la escalinata y la abrió de un solo golpe.

— ¡Vegeta! —le gritó, a pesar de su sofoco la voz le salió nítida y apremiante.

Lo encontró de pie frente a la enrejada, mirando a través de ella.

—Por fin te alcancé —le dijo con un sentimiento de alivio, como si hacerlo significara ganarse la vida misma.

— ¿Qué quieres? —le preguntó molesto y eso le sorprendió a la chica. Se había imaginado que podía ser más amable. Pero ya había escuchado la advertencia de su amiga y se repuso a la impresión.

—Sólo… sólo quería darte las gracias por lo de esta mañana.

—Jum, ¿crees que lo hice por ti?

— ¿Cómo? —esta vez los ojos de Bulma le miraron con asombro ¿Por qué, sino, lo había hecho?

Vegeta le dedicó una mirada fría, tan gélida que a Bulma le pareció que la temperatura descendía varios grados bajo cero.

—Mírate nada más. Eres la típica chiquilla que lo tiene todo ¿no es así? Que va por el camino presumiendo sus buenas ropas y lo bonita que es, sólo con la esperanza de que el tipo rico la invite a salir y con un poco de suerte, termine casándose con él. Todos los de tu clase me dan asco. No, no lo hice por ti, lo hice porque tenía cuentas pendientes con ellos. Eso es todo.

Vegeta volvió su vista hacia las rejas, como dando por terminado la charla. Si es que a eso se le podía llamar así.

—Yo no soy esa típica chiquilla de las que odias. Estas… estas ropas de las que hablas fueron un regalo que le hicieron a mi madre por un trabajo. Un tipo rico que deseaba la compañía inteligente de una mujer —Vegeta le miró de reojo—. Sí, mi madre es una escort.

La atención completa de parte del chico. Notó que los ojos de Bulma estaban cristalinos. Ella misma no sabía por qué le había revelado esa verdad. Muy pocos lo sabían fuera del barrio y era la primera vez que hablaba de ello con un extraño. Pero él no era un extraño.

Bulma le miró directamente a los ojos. Sentía que en ellos podía perderse, descubrió que le gustaba hacerlo, pero al mismo tiempo sentía una infinita tristeza, de nostalgia. Como si lo hubiera perdido en algún momento y no pudiera recuperarlo.

Vegeta giró su cuerpo completamente, todavía agarrando la reja con la mano izquierda y ambos se quedaron en silencio. Su mano apretó el agarre y su expresión seguía siendo la misma de enfurruñado, pero se quedó quieto como esperando a que sucediera algo.

El viento arreció por un instante, haciendo que Bulma encorvará un poco el cuerpo y buscara refugio en lo primero que se le cruzara en el camino y eso fue el calor de Vegeta. La cercanía le provocó un escalofrío, pero le fue tan agradable que no quiso moverse. Él, sin embargo, seguía sin mover un solo músculo.

— ¡Bulma! —se escuchó el llamado de parte de Mai. La chica de cabellos azules volteó de inmediato, separándose al momento en que le sonreía— Te hará daño seguir aquí, te enfermarás y tu madre me dirá que no te cuidé como debía ser.

—Sí, sí, ya sé —Bulma caminó hasta donde estaba su amiga—. A veces olvido que eres peor que mamá.

— ¡Oye! —Mai le dio un codazo, cediéndole el paso. Esperó un instante y miró a Vegeta, quien ahora estaba de nuevo de espaldas— Yo sé lo que eres, así que más vale que te alejes de ella o lo lamentarás.

Dio media vuelta y se marchó, dejando a Vegeta con su mutismo. Le molestaron las palabras de Mai, su advertencia absurda, pues él no tenía la más mínima intención de acercarse a Bulma ni a nadie más.

Una sonrisa de medio lado se le dibujó en el rostro. Se le hizo gracioso haberse aprendido el nombre de aquella chiquilla, como si fuera importante. Bueno, después de todo no pasaba nada, no permanecería mucho tiempo en ese lugar, pues él sólo tenía un único objetivo: descubrir el verdadero asesino de su madre.

Achicó los ojos y apretó su agarre a la reja, deformándola en el proceso.

Recordó el día en que regresaba de clases. Llevaba el uniforme desarreglado, como ahora lo tenía, además de un buen golpe en el rostro. Para variar le habían emparejado con uno de los chicos mayores en el club de artes marciales y ambos salieron con unos buenos moretones. A Vegeta le encantaban esas clases y según los profesores tenía un buen futuro si seguía entrenando. Su madre era la única que lo alentaba a seguir adelante, pues en las visitas esporádicas de su padre eso era objeto de discusión.

A Vegeta no le gustaba su padre. Había ocasiones en que lo odiaba profundamente, por dejarlos abandonados, aunque con un poco de caridad cada que se marchaba. El hombre era asquerosamente rico y de todas formas no aportaba mucho para la manutención de ambos, obligando a su madre a trabajar arduamente o eso era hasta que Vegeta, empecinado, se lo impidió y empezó hacerlo él.

Sí, él recordaba ese día en que regresaba de clases, con su moretón en la cara, enseñándolo con orgullo y dispuesto a presumírselo a su madre. Llegó a la casa, era un invierno como ahora, así que él no trabaja en los campos y podían mantenerse de los ahorros que sacaba de la primavera-verano y de algún que otro trabajo que realizara en estos meses de frío.

Vegeta entró a casa y desde el instante que lo hizo supo que algo andaba mal. Su madre no había salido a recibirlo y la hornilla estaba apagada. Normalmente, a esas horas, la mujer tenía preparada la comida, pues su hijo arrasaba con cuanto alimento se le ponía enfrente.

No olía a su estofado favorito, más bien olía a sangre. Su olfato, tan desarrollado como el sentido del oído, le indicó que el olor provenía de la parte más interior de la casa. Dejó sus cosas botadas en la entrada, ni siquiera se dio a la tarea de cerrar la puerta. Si había alguien más no quería sobre avisarle. Entró sigiloso, pero con prisa.

Y lo que encontró jamás lo olvidaría. El cuerpo de su madre ensangrentado en un charco espeso de color rojo. No lloró, ni gritó, ni llamó a nadie. Sólo se quedó, primero de pie y recargado en la pared; luego en cuclillas y, finalmente, sentado, todo sin quitarle jamás la mirada de encima. Observando sus ojos negros fijamente, unos ojos que parecían decirle: 'sé un buen chico y no te metas en problemas, Vegeta'.

No fue hasta que, pasado no sabía cuánto tiempo, la policía llegó y retiraron el cuerpo. Por supuesto, los interrogatorios llegaron, pero por más esfuerzo que se hizo (incluso se acudió a la ayuda de un psicólogo) él jamás pronunció palabra alguna. De hacerlo tal vez hubiera dicho su decisión y jamás lo dejarían en paz. Lo único que quería era vengar la muerte de su única familia.

Las investigaciones no dieron ninguna clase de fruto y jamás se resolvió el caso, aunque hubo quien sugirió la posibilidad de que el chico la hubiera asesinado. Algunos más lo creyeron, pero sin pruebas era imposible hacer algo.

Y el caso se quedó así.

Vegeta recordaba todo eso y muchos detalles más, cosas que jamás diría a nadie. No tenía el mínimo interés de interactuar con los demás. Escuchó las risas de los chicos y entonces se dio cuenta de que se había pasado el resto de las clases ahí arriba. Ahora todos los alumnos salían ya de la escuela.

Entonces la vio. La chica de cabellos y ojos azules que ayudó por la mañana. Ni él mismo sabía qué lo impulsó a hacerlo. Simplemente cuando quiso darse cuenta ya había golpeado al primero.

—Es una torpe —dijo al viento. Una ráfaga de aire apareció de nuevo y él hizo un ademán con la mano como si fuera a tomar algo. Llevó ésta a la altura de sus ojos y sus dedos pulgar, índice y medio estaban apretados como si sostuvieran algo. Torció los labios y soltó lo que fuera que sostenía, siguiendo con la mirada la trayectoria.

Abajo, Bulma sintió que algo cayó sobre sus cabellos. Al subir la mano agarró algo. Era una pluma blanca.

—Hey, como pluma de ángel ¿no te parece, Mai? —dijo la chica mostrándole el objeto.

— ¿Eh? ¿De qué hablas? —la chica de cabellos negros no veía más que la palma blanca de su amiga— Claro, claro tienes unas manos increíbles, pero andando, princesita, que se hace tarde.

Mai tomó de la mano a la chica y ambas se marcharon.

((…))

En el otro mundo...

—Annin Sama ¿me mandó a llamar?

—Sí, querido. Es peligroso lo que intentas hacer y si Enma se da cuenta te quitará tus alas. Eres un ángel guardián y no se te está permitido intervenir en los asuntos humanos, a menos que sus vidas estén en peligro y todavía no haya llegado su tiempo ¿comprendes?

—Sí, Annin Sama.

—Veo en tus ojos el gran amor que sientes por ellos y lo duro que te resulta mantenerte al margen, pero debes dejar que el destino siga su trayecto.

— ¿Destino?

— ¿No te habías dado cuenta? Ha sido éste el que los ha hecho encontrarse, quizá él también desee que se unan otra vez. No intervengas más o algo malo podría pasar. Ahora vete que tengo mucho trabajo con el Hakkero.

—Sí, Annin Sama. Y, gracias por no decir nada —la mujer hizo un ademán con la mano para indicarle al ángel que se marchara.

"Mantenerme al margen. Eso es lo más difícil que me ha tocado hacer hasta ahora".

Los ojos azules del ángel, sin embargo, brillaron de emoción, mientras proseguía su camino en medio de las almas.

FIN DEL CAPÍTULO UNO

Annin, para quienes no lo recuerden, es la guardiana del Horno Mágico en la Montaña de los Cinco Elementos y quien, se supone guía las almas hasta el más allá.

Bueno, no crean que esto será sólo romance y miel. Habrá batallas y descubrimientos por parte de los personajes.

Gracias por leer y no se olviden de dejar un review.