Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece, ese es de Akira Toriyama.
Destino
CAPÍTULO DOS
"La zona negra."
—Voy a celebrarte el mejor cumpleaños que hayas tenido en toda tu vida —dijo Mai alargando la 'o' de la palabra toda, al momento de hacer un ademán con el brazo.
—Siempre dices eso —le respondió Bulma.
—Y cada año me supero, no podrás negarlo —la otra chica rio.
—Pero esta vez es diferente —le dijo un poco seria. Mai la imitó.
Se conocían desde hacía tres años, cuando el padre de Mai había logrado un golpe de suerte y logró ser contratado como miembro de seguridad para una empresa de refacciones. Eso le permitió cambiar de barrio, a los de tercer nivel y llevar una vida un poco más cómoda. Al menos, hasta que el vicio de todos los días le ganó la batalla. Su alcoholismo hizo que le despidieran y la familia de Mai se vio en tan precaria situación económica que estuvieron a punto de regresar al cuarto nivel, el más pobre de todos, si no hubiera sido por un poco de ayuda de parte de la madre de Bulma, quien logró colocar a la de Mai en casa de algún cliente.
Además de eso, Mai era muy inteligente y asistía a la escuela gracias a la beca concedida por el gobierno. Beca adicional a la convencional que otorgaban. 'Escuela para todos', rezaba el lema del gobierno, así que se contaba con los programas necesarios para que, desde el cuarto hasta el primer nivel, tuvieran educación. Sin importar la clase social, todos asistían a las mismas escuelas, no había división de que unas instituciones fueran para ricos y otras para pobres. La educación era la misma, cierto, pero las oportunidades se terminaban al momento de comenzar a laborar. Tristemente los mejores puestos seguían en manos de los ricos y los pobres por lo regular seguían siendo pobres.
Una mierda de vida se mirase por donde se mirase.
Mai abrazó a su amiga. Esta vez era diferente porque los padres de ambas ya no estaban. El de Mai, la chica de cabellos y ojos negros, murió en un accidente provocado por sus constantes borracheras y el de Bulma había enfermado de cáncer pulmonar. En realidad, también provocado por su vicio de fumar a todas horas.
—Vamos a trabajar y dejemos de hablar de cosas tristes —dijo la de cabellos oscuros.
— ¿Saldrás temprano? —preguntó Bulma, haciendo caso del consejo recibido.
—Lola dijo que llegaría una hora después, así que tendrás que esperarme.
—Ya que —dijo alzando los hombros. Después de todo siempre era costumbre que Mai le esperara a ella.
Siguieron caminando hasta llegar a la zona de comercios. Ahí la gente las apabullaba con sus apretujones y gritos de los vendedores, todos deseosos de llamar la atención de los clientes y vender más. Llegaron a una esquina y se despidieron con un rápido movimiento al aire con la mano.
Bulma se dirigió a un local que se dedicaba a la venta de ropa, maquillaje y accesorios de moda. No estaba nada mal, a ella le gustaban todas esas cosas, pues era una chica vanidosa, pero en el fondo sentía que eso no era lo suyo. Sabía que al término de su educación podía seguir trabajando en ese lugar y si las cosas seguían así quizá llegar hasta su vejez.
Sonrió. Su madre le regañaría muchísimo si llegaba a enterarse de esos pensamientos pesimistas. Ella contaba en que, gracias a sus 'contactos', lograría colocar a su hija en un buen puesto. Mínimo en la corporación más grande de todo el mundo: la Capsule.
Pero Bulma no quería llegar hasta ahí por medio de los 'contactos' de su madre. No quería que en algún momento la fueran a tomar como algo más. Torció los labios. No le gustaba pensar en eso, pero no podía dejar de sentirse incómoda cada vez que recordaba a lo que su madre se dedicaba.
"La única cosa que pudo hacer después de que papá muriera".
Su tono irónico indicaba que no creía que fuera la única solución y por eso Bulma había tomado la decisión de trabajar a medio tiempo, aun y con toda la oposición de su madre. O al menos eso pensaba que sucedería, porque la verdad era que hasta el momento no le había dicho nada. Como siempre llegaba hasta la madrugada o muy temprano por la mañana, todavía no se daba cuenta. Y las veces en que llegaba a estar en casa temprano, Bulma siempre salía con alguna excusa creíble.
En medio de esos pensamientos y los muchos clientes es que las horas dentro del local se fueron como el agua.
— ¡Hasta mañana! —se despidió Bulma al término de su jornada.
— ¡Buen trabajo, hasta mañana! —le respondió la dueña. Claro, no podía quejarse si la chica le hacía las mejores ventas. Tenía una facilidad increíble para esas cosas.
Bulma miró su reloj, eran apenas las ocho y tendría que esperar una hora más o menos, así que decidió ir a curiosear un poco y de paso comprar un café para el camino. El de Mai ya lo compraría cuando estuviera a punto de salir o de lo contrario se enfriaría.
Se enfiló para la cafetería más cercana cuando le pareció ver cierto cabello negro en punta en medio de la multitud.
"¿Vegeta? ¿Qué hará aquí?"
Es el tipo más engreído, mal humorado y problemático de mi barrio.
Recordó las palabras de su amiga. Mai solía referirse al cuarto nivel todavía como suyo, como para nunca olvidar sus verdaderas raíces.
"El cuarto nivel. Ya veo".
Vegeta bien podía también trabajar en alguna parte de la zona comercial o…la idea de imaginárselo pidiendo alguna moneda o peor aún, robándola le hizo estremecerse. Pero un chico que estuvo dispuesto a ayudarla como lo hizo no podía hacer ninguna de las dos cosas. O al menos eso era lo que pensaba.
Llena de curiosidad, comenzó a seguirlo. Si trabajaba en algo, no lo sabría pues ya era la hora de que los negocios debían dejar salir a los estudiantes. Pero si se dedicaba a otra cosa, podía descubrirlo en unos instantes, suficientes para llegar a tiempo con su amiga.
Caminaba detrás de él, manteniendo una distancia prudente y notó que daba la vuelta en una de las calles, directo a la zona negra. Tragó saliva. La zona negra era llamada así porque era el lugar donde se comerciaba con drogas y la trata de personas era lo más común. Ni en la compañía de Mai se hubiera aventurado a ir a esos lugares.
Su mirada se entristeció ¿Era posible que se dedicara a eso?
"Dicen que también encuentras medicina de la buena a bajos precios. Quizá su madre o alguien de su familia la necesita".
Ese pensamiento la alentó y la justificó para seguir al chico. Tuvo que apretar el paso, pues ya había perdido un poco de tiempo en sus reflexiones, pero todavía fue capaz de verlo entrar a un edificio de pintura desgastada. Una lámpara de luz parpadeante iluminaba la entrada y no había nadie más por los alrededores.
Sintió que el corazón le martillaba en las sienes y las manos le sudaban, pero la curiosidad podía más que cualquier otra cosa. Con paso cauteloso se acercó y probó a darle vuelta a la perilla de la puerta y esta cedió. Adentro parecía estar oscuro, pues no salía ni un haz de luz. Entreabrió la puerta y probó a asomarse un poco.
Lo que parecía ser el vestíbulo estaba oscuro, pero a unos metros más allá una luz roja iluminaba las escaleras que descendían. No había nada más, así que supuso que Vegeta había ido por ahí. Entró, el sonido de la puerta al cerrarse se extendió por efecto del eco, lo que la sobresaltó un poco, esperando que los maleantes le cayeran encima de un momento a otro. Pero no sucedió tal cosa.
Las escaleras eran cortas y terminaban en otra puerta. Imaginó que quizás era igual que la anterior y trató de abrirla, pero ésta vez el pomo no cedió.
— ¡Hey! —escuchó una voz ronca detrás de ella, lo que le provocó que soltara un grito por el susto. Se giró y una figura alta y musculosa salió de debajo de las escaleras.
—Yo… yo…
El tipo media como dos metros y algo en su cabeza le dijo que acababa de meterse directo a la boca de lobo. El hombre la agarró de los brazos y la cargó como si de un costal de papas se tratase y entraron por la única puerta que había. La luz blanca del interior la deslumbró y por un instante no fue capaz de ver algo. Escuchaba, sin embargo, ruido de voces, hombres con tono malhumorado que hablaban dando órdenes y otros que maldecían en voz alta, mezclado con el ruido de maquinaria.
De pronto, el golpe y dolor al ser soltada sin ninguna clase de consideración en el suelo la dejó aturdida, no lo suficiente para soltarle una palabrota al grandullón.
— ¡Bruto, animal! Podrías tener un poco más de cuidado —le espetó.
— ¡Jefa! —llamó el hombre y una chica de cabellos rojos y ojos azules volteó al llamado— Al parecer tenemos una curiosa.
La mujer se acercó ladeándole el rostro con la punta de su bota.
—Jovencita, no nos gustan los mirones —dijo la mujer y luego miró al hombre— Ya sabes qué hacer con los curiosos.
—Sí, jefa —tomó a Bulma igual que antes, cuando en medio de explicaciones que no eran tomadas en cuenta, se escuchó una voz joven, pero profunda.
— ¡Akira! La chiquilla viene conmigo —la mujer se viró, y antes de que el grandullón que cargaba a Bulma hiciera lo mismo, ella alcanzó a verlo.
—Vegeta ¿esta jovencita? —el chico no dijo nada pero seguro que asintió con la cabeza o debió hacer algo pues la mujer dio la orden de soltarla.
Bulma volvió a caer al suelo.
— ¡Eres un cabrón! —le volvió a decir.
—Una jovencita muy linda, pero con un vocabulario nada propio —la del cabello rojo se inclinó para inspeccionarla de cerca, cosa que incomodó a Bulma— ¿Pero eres indicada para él? Bueno, qué más da, los jóvenes son así. Mi nombre es Akira, soy la jefa en este lugar. Bienvenida…
—Bulma —dijo todavía confusa por lo sucedido.
Akira se incorporó y dando órdenes al hombre, ambos se marcharon.
—Gra-gracias —balbuceó Bulma levantándose y acomodándose un poco la ropa. Mientras todavía se sacudía el polvo, Vegeta se le acercó.
—Tú eres peor que un fuerte dolor en el culo —le soltó con molestia y mirándola de arriba a abajo como si mirase un escarabajo pelotero— ¿Qué diablos estás haciendo aquí?
—Te seguí —le respondió con sinceridad.
—Evidentemente ¿crees que no me di cuenta?
—Entonces sí ya lo sabías ¿para qué me preguntas qué hago aquí? —la respuesta dejó por un instante desconcertado al chico, pero al reponerse, su enojo creció una décima más.
—Lo que no pensé es que fueras tan idiota como para seguirme hasta aquí.
—Me sorprende que alguna vez hayas siquiera intentado pensar. Ahora comprendo el porqué de ese gesto en tu rostro. Debe doler esforzarse tanto.
—Claro, tú que vas a saber de eso si todavía no lo experimentas —la sonrisa socarrona de Vegeta se acentuó al quedarse Bulma callada.
—Imbécil —le respondió finalmente.
—Mantente cerca. No quiero que te coman —Vegeta comenzó a moverse por el lugar.
— ¿Te estás preocupando por mí, querido? —la chica simuló un tono cariñoso, cosa que pareció asquearlo porque le dedicó una mirada tosca.
—Es sólo que si lo hacen, seguro que el lugar se impregna de tu olor al ser cocinada, si es que lo hacen porque probablemente te coman viva.
—No hablarás en serio —Vegeta sólo alzó los hombros como respuesta y a ella la invadió un escalofrío. Miró a los que deambulaban por el lugar, llenos de grasa mecánica y con tatuajes. Tragó saliva.
Llegaron hasta un rincón y notó que algo estaba cubierto con una gruesa lona gris.
— ¿Qué hacen aquí? —preguntó Bulma acercando la mano a la lona, pero recibiendo un manotazo. Ella dejó escapar un gemido de dolor.
—No dejo que nadie se le acerque ni siquiera con esto puesto —le advirtió Vegeta recargándose en lo que estaba oculto.
El chico la miró con una sonrisa que Bulma no supo descifrar si se trataba de burla o de diversión.
En tanto Vegeta recordaba la advertencia de Mai y pensó en lo que pasaría si no le hacía caso. Torció más su sonrisa. No le interesaba acercarse, pero tampoco hacerle caso a sus palabras. Y finalmente, se decidió por lo último.
—Si te lo digo te verás involucrada —le respondió sin dejar su postura.
— ¡Oh, vamos! —Bulma rodó los ojos— Acabas de decir que venía contigo y en vez de echarme del lugar haces que te siga. No puedo estar más involucrada.
Vegeta soltó una sonrisa irónica y se dio vuelta, descubriendo lo oculto. Los labios de Bulma dejaron escapar un silbido de asombro.
— ¡Es un modelo R-22 con motor de aleación S-2, capaz de llegar a una velocidad de…! Vegeta ¿de dónde lo has sacado?
El chico no supo si lo que le sorprendió más fue el entusiasmo demostrado o el conocimiento que tenía sobre la máquina. Se trataba, en pocas y simples palabras de una motocicleta, de vivos azules y con una franja blanca.
Bulma se acercó, haciendo caso omiso de la anterior advertencia de Vegeta, toqueteando en todas partes, sintiéndose al borde de las lágrimas por la emoción. Desde que su padre le enseñara una cuando apenas tenía diez años, jamás volvió a ver alguna otra. El chico de cabellos en punta la dejó ser por unos momentos. De alguna manera se sentía a gusto mirándola en ese estado de excitación.
— ¿Y las llaves? —le preguntó cómo niña ante los dulces.
—Oye, oye eso ya sería bastante. Quita, chiquilla —la hizo a un lado y luego la miró—. Bien, te lo diré. Este lugar es un taller clandestino, porque todos los que trabajamos aquí nos dedicamos a las carreras ¿comprendes? Se manejan apuestas, grandes cantidades de dinero, sobre todo cuando se compite con los chulos del primer nivel.
—Pero eso es ilegal —la respuesta simplona e inocente de la chica le provocó una carcajada.
—De eso se trata, chiquilla. De la adrenalina de la carrera, de ser o no ser pillado y, claro, del dinero. Además, lo que tu madre hace tampoco es muy propio que digamos.
—A mi madre no la metas, bastardo. Yo lo sé, pero no lo menciones.
Vegeta alzó las cejas, pero no dijo más. Tampoco era como que se fuera a disculpar ni mucho menos.
— ¿Y llevas mucho tiempo en esto? —preguntó la ojiazul acariciando la parte superior del tablero.
—Un par de carreras —le respondió sacando una caja de herramientas. Estaba a punto de afinar la maquinaria.
— ¿Puedo ayudarte? —preguntó emocionada— Papá y yo solíamos hacer varios trabajos juntos.
— ¿Tu papá? —dijo como no queriendo la cosa.
—Él era mecánico y yo le ayudaba, claro cuando mamá no se daba cuenta. Ella siempre dijo que esas cosas no son propias de una chica.
—Ja, qué reverenda estupidez
Bulma, sin embargo, no le respondió nada. Tenía tantas ganas de tomar una llave inglesa por lo menos. Miraba todas las herramientas en la caja, debidamente acomodadas como su padre le enseñó. Había llaves mixtas, de estrías, alen, dados de diferentes tamaños y hasta un pie de rey.
Antes de que Vegeta pudiera tomar una de las llaves, la chica se le adelantó y le pasó la indicada. El de cabellos negros gruñó, pues lo que menos deseaba era tenerla merodeando como a una niña pequeña a su alrededor. Pero al mirarla se dio cuenta de que eso era casi imposible.
—Chiquilla, al otro lado de este lugar encontrarás un tipo rubio, su nombre es Glen. Dile que te he enviado, él te dará algo.
—Sí —respondió feliz y se marchó casi corriendo, sólo para voltear y asegurarse de seguir la dirección correcta, la cual Vegeta le indicó con un movimiento de su cabeza.
La chica de cabello azul llegó a donde estaba un joven con una coleta que en esos momentos intentaba arreglar una avería menor en uno de los motores.
—Creo que esta medida te irá mejor —Bulma le pasó una llave de estrías más pequeña. El chico se la recibió—. Tú debes ser Glen.
— ¿Quién pregunta? —le respondió dando el último apretón a la tuerca.
—Vegeta me ha enviado. Dijo que me darías algo para él —el de la coleta se rio, tomando un trapo para limpiarse las manos.
— ¡Oye, Glen! —gritó— Aquí hay una jovencita que dice que viene por lo de ese bribón de Vegeta.
— ¿En serio? Porque lo único que tengo para ese enano es una buena tunda —un hombre musculoso, rubio y de expresión huraña salió de debajo de una aeronave. Llevaba, al igual que todos, un overol lleno de grasa.
Bulma dio un pequeño paso hacia atrás y los miró confundida. Glen se le acercó con la mano derecha en la barbilla, mientras que el brazo izquierdo descansaba sobre el abdomen. Hizo un ruido gutural como si estuviera decidiendo que hacer con ella.
—Parece ser que sabe algo de mecánica —le dijo el chico de la coleta.
— ¿En serio? Pues tendremos que hacer algo con esa ropa, sería una pena que abrigos tan bonitos se estropearan. Flavius, dale algo para que se cambie.
El de la coleta le hizo ademán de que lo siguiera, descolgó un overol de una de las ménsulas y se lo entregó.
—Allá puedes cambiarte —le señaló lo que, en apariencia era un cuarto de baño.
Bulma no se detuvo a pensar si el lugar estaría en buenas condiciones o no. La emoción palpitante que el olor a aceite, el ruido de los motores y todo el ambiente en sí, le proporcionaba opacaba todo lo demás.
Pronto se vio debajo de una de las aeronaves, escuchando explicaciones por parte de Glen y haciendo unos arreglos por aquí y por allá. Por primera vez en su vida, se sintió completamente feliz y en libertad.
— ¡Hey, chiquilla! Es hora de irnos —el pie le fue pateado por la punta del zapato de Vegeta. Bulma salió de debajo con una mancha en la mejilla de aceite. Él alzó una ceja.
— ¿Ya es hora? —preguntó con tono de niña que no desea dejar su juego favorito.
—Yo diría que más que hora. Pasan de las 3 a.m.
— ¿Eh? ¿¡Las tres?! Santo cielo, es tardísimo. Mai va a matarme.
El entrecejo de Vegeta se arrugó y, tomándola del brazo, la empujó levemente.
—Ve por tus cosas ya.
—Quédate con la ropa, seguro que vuelves —le dijo Glen— Vegeta, esta niña es una joya y tiene mucho potencial para la mecánica, podría ayudarte para…
—Nadie te ha pedido que te metas en mis asuntos, sabandija —le cortó antes de que pudiera decir algo más.
— ¿En serio? A otros por menos que eso les he roto todos los huesos, enano. Así que no pongas a prueba mi paciencia.
—Como sea, sabes que el sentimiento es el mismo —Glen torció los labios en una sonrisa, pasando a un lado de Vegeta y hundiendo la mano en medio de los cabellos ébano. El chico hizo a un lado la cabeza con aparente molestia.
—Vamos —dijo Bulma otra vez vestida con su abrigo. Había guardado el overol en una bolsa de plástico que Flavius le dio.
Al salir el frío de la madrugada le caló los huesos y se sorprendió de que Vegeta sólo llevara puesto el saco del uniforme. Se dio cuenta de que, aunque aparentaba, lo rígido de su cuerpo demostraba que sentía la baja temperatura. Sin pensarlo demasiado, se quitó la bufanda y, haciendo un movimiento rápido, se puso enfrente de él y le colocó la prenda alrededor del cuello.
—Estás muriéndote de frío, digas lo que digas y no quiero escuchar un 'no la quiero ni la necesito' —dijo tercamente, dándole la espalda.
—En verdad que eres peor que…
—Sí, sí, ya lo sé. Peor que un fuerte dolor en el culo.
—En realidad esta vez iba a decir peor que un refriado mal curado —Bulma soltó una pequeña risa. No sabía exactamente la razón, pero esa clase de comentarios, aún y con todo el sarcasmo, le hacían sentirse a gusto con el chico.
Siguieron caminando, en silencio, las dos únicas almas en las calles desiertas y parecía que a ninguno de los dos le molestaba el mutismo del otro. Era como si en el fueran capaces de entenderse y complementarse. Era la primera vez que les pasaba eso, se sentía bien y se sentía raro. Sentían paz y sentían temor. Alegría y también nostalgia.
Vegeta…
Una voz que parecía ser esparcida por el aire, pero que al parecer sólo Bulma fue capaz de escucharla. Era la voz de una mujer que llamaba al chico… no, al hombre. De alguna forma supo que el dueño de ese nombre era ya un adulto… la misma persona que caminaba a su lado en ese momento. El chico y el hombre, la misma persona.
Bulma volteó a verle y sin razón alguna las lágrimas se le agolparon, resbalando por las mejillas. Vegeta se detuvo y giró el cuerpo al percatarse de que la joven le miraba. Los ojos de la chica le jugaron una mala pasada, eso debía ser, pues en un instante le vio con otras ropas. Un traje azul, guantes y botas blancas llenas de sangre.
Ella dio un respingo y dio un paso hacia atrás, asustada. El movimiento repentino provocó que chocara con un contenedor de basura y tambaleara. El ruido la hizo distraerse momentáneamente.
—Chiquilla ¿ya te cansaste? Porque todavía falta como una media hora más para llegar al tercer nivel.
Bulma parpadeó, Vegeta vestía como un escolar más y por un instante se sintió aturdida y no le respondió nada. El sonido del pitido del celular hizo que lo sacara de su bolsillo.
—Son mensajes de Mai, ha estado buscándome por un buen rato. No entiendo cómo no sonó cuando estábamos allá.
—Es la zona negra. Allá tienen su propia señal, todas las demás simplemente se pierden ¿Vas a llamarla?
—Creo que se lo debo —Bulma estaba a punto de oprimir la tecla cuando Vegeta agregó algo más.
—No puedes contar nada de lo sucedido, ni en donde estuviste. Porque si lo haces, te comerán viva y esta vez no estoy bromeando.
Vegeta siguió caminando y ella se quedó con el celular en la mano sin decidirse a llamar o no. Al final volvió a guardarlo, tendría que pensar en una buena historia que contarle a Mai. Miró la espalda ancha del chico, esperando volver a tener esa visión, pero no sucedió nada. Corrió para alcanzarlo, sin poder apartar de su mente esa escena.
Mientras tanto, Vegeta escuchó un suave murmullo en el aire.
FIN DEL CAPÍTULO DOS
Bueno, el comienzo del acercamiento entre los chicos. Se les hará extraño que Vegeta le llame chiquilla. Bueno, es que por su edad no puede llamarla mujer, sonaría raro. Aunque ahora que lo pienso, él sólo la llamó un par de veces 'mujer' ¿por qué los fans entonces lo hacemos cliché XDD? Pero ustedes dicen si lo dejamos así o hacemos algo al respecto.
¿Vegeta participando en carreras? Bueno, existe una razón para eso y que él mismo lo dirá más adelante.
Gracias por leer y que han dejado algún comentario.
