CAPITULO 5


Holaaaaaa, otra vez!

Sorpresaaaaaaa! Os adelanto el capi, porque estos días voy a estar fuera,

asi que no quería dejaros sin capi nuevo, ok?

Este, es un capi, de transición (como yo los llamo)

Capitulo tranquilo, que explica como los personajes van cambiando,

lo que hacen... y como va pasando el tiempo.

Aunque siempre intento daros información y que tengan intensidad, para que

no se hagan aburridos, ok?

Pronto comenzará lo interesante

Dos años después, Laurie y yo, comenzábamos a estabilizarnos, laboralmente hablando.

Seguíamos compartiendo aquel apartamento que habíamos conseguido como un chollo al acabar la facultad, y hacíamos nuestra vida de forma independiente, sin protección de padres, hermanos o novios. Solo nosotras, tal y como habíamos hablando y planeado tantas y tantas veces.

Laurie comenzó a trabajar en escuelas y academías como suplente para engordar su curriculum, a parte de sacar algún curso extra, y así lograr que alguna de ellas se fijara y le diese, por fin, un puesto fijo de profesora de literatura.

Yo, trabajaba como extra en tres editoriales distintas. Intentando conseguir contactos que me pusieran en el camino de algun editor importante y dar mi salto a alguna editorial renombrada.

A parte de mandar varias veces al año, mi curriculum a varias de ellas.

Y mis ratos libres, los pasaba en un local que me encantaba:

Era una pequeña cafetería/librería. Allí la gente iba a tomarse un café o infusión, acompañada de un emparedado o un trozo de tarta casera mientras leía en un ambiente relajado y agradable, lejos de los ruidos y estres de la ciudad.

Podías llevar tu propio libro, o escoger alguno de los que allí había; ya que algunos clientes habían donado al establecimiento muchos títulos, y otros los había ido adquiriendo la dueña tras muchos años allí.

La señora Potter, era la propietaria. Una viuda sin hijos que había dedicado gran parte de su vida a ese negocio. Sobre todo desde que su esposo había fallecido, cerca de quince años atrás.

Me encantaba estar allí. Era un sitio tan acogedor, tan entrañable. Lleno de recuerdos, de magia. Empapado de olor a libros, buen café y tarta casera. Fascinante.

Era una pena que no existiesen más sitios como ese.

Y entre trabajar, estudiar y alguna que otra diversión, el tiempo pasó volando. 24 veranos yo, y 24 otoños Laurie.

Eramos dos jovencitas más, en mitad del gran universo que era Nueva York.

En ese tiempo, ambas, pudimos hacer huecos en nuestros trabajos, para realizar visitas a casa. A la de Lau, fuimos tres veces; siendo la última muy triste, ya que la madre de mi amiga enfermó de un cancer terminal y en muy pocas semanas se fue. Laurie lo llevó mucho mejor de lo esperado, siendo ella de caracter tan sentimental. Pero yo estaba muy pendiente de ella, mucho más de lo habitual.

- Tu compañía y apoyo, están siendo mi pilar para sobre llevar esto, Bella – me confesó un día que alabé su entereza ante la desgracia familiar que acababá de padecer – Tú eres mí todo ahora.

- Me siento sumamente halagada por tus palabras – la miré con gran cariño – Tú también eres mi gran... y único apoyo en la vida. No sé que haría sin tí. - Ambas nos abrazamos con amor fraternal.

Laurie era sorprendente. Era una de las mejores personas que había conocido en mi vida; por no decir que la única que podía albergar dicho título.

Entre las dos, sobre llevamos el gran disgusto de su familia. Ya que yo a mi manera, también me había disgustado ya que les había adquirido gran cariño a todos. Eran una familia estupenda. Una familia... normal.

A Forks fuimos una vez más. Una última vez. Sinceramente no me apetecía demasiado ir, ya que imaginaba como iba a sentirme allí, pero sabía que a Laurie le vendría bien, a parte de que a ella, incomprensiblemente, le encantaba aquel lluvioso pueblo.

Creí, que después de varios años, mis recuerdos, los cuales estando fuera de aquel pueblo estaban bastante controlados, también lo estarían en mi regreso a casa. Pero no. No lo estuvieron.

Nada más acercarnos a la entrada de la casa, mi vista, inconscientemente se dirigió a la puñetera ventana, y nada más entrar en mi dormitorio, los recuerdos me golpearon con violencia, dejándome por unos instantes aturdida.

Y ya no solo por los recuerdos, si no porque nada más traspasar el umbral, mis sentidos, supongo que atontados por el remolino de recuerdos, me hicieron creer reconocer el olor característico e inigualable de Edward.

Su esencia eran tan palpable, tan real... Reconozco que durante unos instantes absorví su olor; me regodeé en el recuerdo. En su recuerdo. Y me sorprendió la facilidad que, después de cinco años, tuve para distinguir sin problemas su esencia.

Pero todo era debido a volver allí. Esta vez había dejado pasar demasiado tiempo; me había evadido estando ocupada en la carrera, en cambiar, en Laurie... en todo. Pero ahora, volviendo al meollo de mi peor sufrimiento... Todo parecía recobrar intensidad.

Estuvimos allí 8 días, y todas las noches, sin excepción, soñé con él. Eran sueños muy parecidos a los de la otra vez. Él se acercaba a mí y me acariciaba, susurrando un – Mi dulce Bella – pero cuando yo intentaba tocarlo a él, se esfumaba negando con la cabeza.

Una mañana, el sueño fue más intenso que los anteriores y me despertó sobresaltada, acalorada y enfadada. Era muy temprano aunque ya había amanecido, pero la casa estaba sumida en el silencio del sueño; bueno, el de mi padre y el de Lau.

Me puse un chandal y salí como un vulgar ladrón por la puerta de atrás.

Hacía años que no andaba ese recorrido, pero mi mente, mis recuerdos, me llevaron al punto exacto sin el más mínimo error:

El pequeño claro unos 40 metros detrás de casa de mi padre.

El pequeño claro donde Edward me había dejado aquel 11 de septiembre. Un día después de mi 18 cumpleaños.

Reconocí el saliente donde Edward se había posicionado para encararme y sin ningún tipo de escrúpulo o duda, dejarme. Cerré los ojos, y por vez primera en muchos años, abrí con fuerza mi caja de pandora y dejé salir el recuerdo de lo sucedido aquella tarde.

Cada palabra, cada gesto, cada mirada... Todo.

Fue extremadamente doloroso. La herida de mi pecho se resquebrajo, y dolió y abrasó como en aquella época. Caí de rodillas en la fresca hierba, llevándome las manos a la cabeza y gritando. Gritando de dolor, de impotencia, de desamor... De amor por él.

- Edward... ¡Dios Edward! Dijiste que sería como ni nunca hubieses existido... Pero, has incumplido tu promesa... Sal de mi vida. Déjame olvidarte – Grité como una chiflada. - No puedo más... No puedo soportar más tu ausencia y tu recuerdo... ¡Joder... vete... sal de aquí! - Grité agarrándome la cabeza con fuerza.

Los pájaros a mi alrededor levantaron vuelo, alarmados y asustados por mis gritos. Eso me sacó de mi ensoñación, volviendo a comportarme como una persona cuerda.

Regresé a casa y nadie se dio cuenta de mi falta. Comencé a preparar el desayuno y todo quedó en algo mío personal.

También estuvimos en la Push varias veces, donde los chicos nos hicieron reir y pasar muy buenos ratos.

Jake estuvo simpático y cariñoso como siempre, pero varias veces lo pillé mirándome fijamente; con intensidad.

Realmente no quise darle vueltas a eso. Ahora éramos adultos, no unos jovenzuelos, y una mirada así, sabía lo que podía traer como consecuencia. Y lo que menos quería eran rollos con él.

No porque no estuviese bien... Porque bien, era quedárse muy corto. Se había convertido en un joven muy, muy atractivo. Alto, moreno, pelo corto despeinado y negro como el azabache, con su cuerpo definido de hacer ejercicio... ¡Todo un monumento!

Uno de los días que subimos a la Push, los chicos nos invitaron a cenar una barbacoa y quedarnos a pasar la noche, así que Jacob y yo aprovechamos y nos escapamos a dar un paseo por la playa.

Hacía mucho tiempo, demasiado, que no lo hacíamos; y sin falta de decirlo con palabras, entendimos que los dos necesitábamos reencontrarnos durante unos instantes a solas; volver a nuestra adolescencia, donde todo iba bien. Antes de los Cullen, antes de su cambio, de mi cambio... Antes de que todo se complicase.

- Estas muy cambiada – Lo miré con una ceja alzada, de forma divertida.

- No sé como tomarme eso... - le golpé su hombro con el mío mientras paseábamos.

- Bien – Canturreo. - Pero creo que la expresión correcta sería decirte que estas preciosa. - Noté como me sonrojaba, y una sonrisa tímida asomaba por mis labios.

- Gracias, Jake... tú – suspiré – Te has convertido en un hombre muy atractivo. Estás... bueno... ¡Guau! - El rió.

- Me alegro de tenerte aquí. Si dejamos volar la mente un segundo, parece como si no hubiesen pasado más de ocho años desde que te mudaste aquí. Tan tímida, tan callada. Tan dulce – Me sonrió meloso. - Aun recuerdo el día que bajamos mi padre y yo a darte la camioneta. Tú regalo de bienvenida – su mirada se tornó melancólica, pero a su vez, tierna.

- ¡Guau... sí! Era genial – Canturreé ilusionada por el recuerdo.

- ¿Sabes? Pero me alegro de que te vaya tan bien en Nueva York. - Su cambio de tema me pillo desprevenida. - Realmente, viendo como te fuiste, no creí volver a verte por aquí – El corazón empezó a martillearme bajo el pecho frenético – Siento mucho no haber estado ahí para tí cuando... bueno, ya sabes a cuándo me refiero – Asentí en silencio – Pero creeme que no podía estar, por mucho que me jodiese.

- Eso fue hace mucho tiempo Jacob, tranquilo. No pasa nada. Ahora ya está superado – Le sonreí.

- ¿Seguro? - Me preguntó mirandome con intencion. Yo tragué saliva en seco y asentí forzando el gesto.

- Tu... no tienes pensado salir del pueblo, ¿verdad? - Cambié de tema radical, ya que no me gustaba nada la derrotera que estaba tomando el otro. Jake negó con la cabeza.

- He montado el taller de coches aquí, en la reserva, como ya sabes. Y no me puedo quejar. - Sonrió complacido consigo mismo.

- Y tú... ¿volveras algún día aquí? - dejó de caminar y me encaró, mirándome fijo a los ojos.

- Supongo. Algún día...

Se acercó a mí, despacio. Me agarró sauvemente por los brazos, impidiéndome huir. Sus intenciones estaban más que claras... Iba a besarme.

- Jacob... no es buena idea... Yo...

- Bella... Por favor. Solo un beso.

Lo dejé hacer. No es que deseara fervientemente ese beso, ni mucho menos. Pero ante su suplica y su forma de mirarme, no me moví. Realmente, era algo que habíamos dejado pendiente desde nuestra adolescencia, y ahora, teniendo su perfectísimo cuerpo delante de mí, y su forma de mirarme... Un cosquilleo comenzó a recorrerme las entrañas.

Él apoyo sus labios calientes sobre los míos y me besó. Clasificándolo dentro de algún género, lo haría en el romántico.

Fue lento, cálido y sensual.

Me agarró la cara con ambas manos y yo posicioné las mías en sus brazos. Le correspondí el beso, más que gustosa, y después de unos segundos nos apartamos.

- Espero que no te haya incomodado – Preguntó con cierto miedo. Negué.

- Me ha pillado de sorpresa – Me incliné de hombros y sonreí de lado.

- Estaba esperando... Llevo siete años esperando a que estuvieses preparada. Lista para abrir tu corazón y tu mente... Pero no lo estás, y creo que jamás lo estarás. - Nos miramos a los ojos. Él tenía la mirada cristalina y limpia. Yo arrugue la frente, no queriendo entender por donde iba.

- Jake... Yo siempre tuve claro que me iría fuera a estudiar. Que no me quedaría. Pasar una temporada aquí es una cosa, vivir de forma permanente otra. Esto está hecho para tí, lo llevas en la sangre. - Suspiré – Estoy genial en Nueva York y para nada entra en mís planes volver.

- Si él te lo hubiese pedido, te quedarías aquí sin importar nada más. Lo hubieses dejado todo por él. Y no te lo tomes como un reproche... No siempre se es correspondido – Hizo un amago de sonrisa para quitarle hierro a su frase, pero a mí me había dejado seca. - Quería darte ese beso. Regalártelo – Rió – para que lo tengas de recuerdo en tu memoria. Así, pensarás en mí de vez en cuando y en nuestro primer y único beso.

- Gracias... Aún sin el beso... Me acuerdo de tí. - Le sonreí cálida.

Me agarró de la mano y tiró de mí hasta donde estaban el resto de los chicos. Continuamos la noche todos juntos con normalidad, entre risas y bromas. Pero ese beso, y sus palabras no dejaban de rondarme la cabeza.

A la mañana siguiente, Jake vino a mi tienda, ya que habíamos acampado en la playa todos juntos.

- Bella... despierta – Abrí los ojos perezosa. - Ven... No hagas ruido. Vamos.

Me puse las vans y la chaqueta y lo seguí en silencio hasta la zona de las casas. Me llevó de la mano hasta su coche. Hasta la puerta del conductor y me entregó las llaves y un billete de 20 dolares. Yo lo miré extrañadísima.

- Toma... Este es mi otro regalo. De bienvenida y de adiós. Sé que no tienes vehículo aquí, te lo dejo por si quieres acercarte a ver algo que te quede lejos y donde no quieras que nadie sepa que vas. - Me guiñó un ojo. - Creo que sería bueno para acabar de intentar cerrar esa etapa. Tú herida. - Me alzó las cejas – El dinero es para que pases por Cam's y traigas unas cajas de donuts para el desayuno. Eso te servirá de excusa. Tienes un par de horas hasta que estos lobos empiecen a despertar y quieran desayunar – Sonrió divertido.

- Jacob... yo... - Mi respiración eran tan forzada que no me permitía ni hablar.

- Venga... sé que estas deseando ir hasta esa casa. Será nuestro secreto – Me abrió la puerta del coche. – Empuja la puerta principal. Está dura, pero conseguí abrirla para ti - Volvió a guiñarme el ojo.

En media hora estaba delante de la gran casa Cullen. Había llegado allí de forma automática. Como si hubiese recorrido ese camino la semana pasada.

Aparqué, donde tantas veces lo había hecho antaño con mi camioneta descolorida y ruidosa. Bajé del coche muy decidida, pero en cuanto tuve la escalinata justo delante de mis pies, los nervios se apoderaron de mí y tuve que agacharme, agarrándome las rodillas y respirar varias veces.

- Vamos Bella... tú puedes. ¡Venga! - Me infundé ánimos a mí misma.

Me alcé, inhalé profundo y comencé a subir. Miré hacia arriba y ahora, un poco más serena, me fije en que estaba completamente abandonada. Llevaba deshabitada muchos años, sin nadie que se ocupara de ella y las inclemencias de tiempo no habían pasado en valde. Se veía tan... fúnebre. Tan vacía. Tan muerta. Ahora, sí parecía que fuese habitada por seres invivos.

Eso me confirma que no han vuelto aquí a nada. Esme no permitiría que la casa estuviese así.

Tal y como me dijo Jake, la puerta estaba dura, pero después de empujar con fuerza, conseguí abrirla. Entré y el silencio que reinaba fue mortal, haciendo que el alma se me callese a los pies.

Era irónico que antes, habitada por siete vampiros, en esa casa se respirara más vida que ahora. Sumida en el silencio, la oscuridad y un aura de tristeza y desasosiego.

Recorrí toda la casa, dejando la habitación más dificil para la última. La de Edward.

Cuando entré, y la vi vacía, descolorida. Cerrada... Un nudo intenso se apoderó de mis entrañas. Cerré los ojos y me la imaginé como era antes, y noté como en mi cara se dibujaba una sonrisa.

Bajé y fui a la última estancia que me quedaba por mirar, el salón. Y más concretamente donde antes descansaba el gran piano.

Me acerqué hasta su sitio, y unas tenues marcas en el suelo desvelavan que algo muy pesado había ocupado aquel espacio.

Acaricié el aire, imaginándome el hermoso instrumento... Como me gustaba oirlo tocar. Y a él... Siempre creí que le estusiasmaba el que lo escuchara ensimismada. Forzando los recuerdos, visualizaba su cara mirándome mientras yo lo observaba acariciar aquellas teclas; y realmente creí que sus ojos me transmitían amor. No tan intenso como el mío por él, por supuesto... Pero amor, de todas formas.

¿Cómo una persona puede llegar a mentir de esa forma? ¿Cómo se puede fingir así?

- ¡Maldito seas, Edward Cullen! - Grité a la nada. - Ojalá no hubieses existido de verdad...

Caí desplomada sobre mis rodillas llorando desconsoladamente. Me di permiso para hacerlo. Mi alma, mi cuerpo y mi corazón se sincronizaron y me suplicaron ese permiso.

Solo había llorado así el día que me dejó; después de intentar, absurdamente, alcanzarlo cuando se marchó, me quedé parada en mitad del bosque y tras analizar la situación y ser completamente consciente de que se había ido, que me había dejado para siempre... Estallé en lágrimas descontroladas.

Desde ese día, no había vuelto a llorar así. Como ahora mismo estaba haciendo.

Después de un rato, en que ya estaba más tranquila, me levanté del suelo, me sacudí las rodillas y me fui.

Cerré la puerta, dándole una última mirada a la silenciosa y muerta casa...

- Siempre estaréis en mi corazón... Todos. Adiós...

Agaché la cabeza y me fui sumida en una tristeza atroz.

Llegué a la reserva con la mejor de mis sonrisas, y con tres cajas de donuts para el desayuno. Nada más aparcar el coche en el garaje de Jake, él ya estaba allí esperándome.

Me sonrió y me regaló una tierna caricia en la cara. No hubo sermón, no hubo preguntas. Respetó que era un momento muy privado e íntimo y ninguno hizo más alusión al tema.

Jake y yo nos despedimos con un gran abrazo y una mirada pícara que solo nosotros entendimos. Nuestro "momento beso", como él había dicho, quedaría en el recuerdo de nuestras vidas.

Ya que algo me decía que tardaría mucho, mucho tiempo en volver a ver a mi amigo.

- Ojalá te decidieras a venir algún día a Nueva York. - Casi le supliqué – No imaginas la ilusión que me haría – clavé mi mirada en sus ojazos negros – Sería... - sonreí imaginándomelo - ¡Genial! - Alcé las manos.

Jake se acercó a mí, para susurrarme en el oido.

- Si fuera a verte... querría volver a besarte – noté como sonreía, al igual que yo misma – y sin ánimo de ofenderte ni sonar pretencioso, no nos quedaríamos solo en un beso.

Separó su cara de mi oreja, aún quedando en una estrecha cercanía. Me miró a los ojos, dulce como siempre, como solo Jake sabe mirar, pero había un trasfondo extremadamente sensual en ellos. Ese pensamiento, me hizo ruborizarme.

Me acarició la cara con ternura, sin apartar la mirada. Y nos fundimos en un tierno y en cierta medida sensual, abrazo.

- Mi dulce Bella... - Murmuró melancólico. - Si puedo, no dudes que iré a verte. - Le sonreí – No querría morir sin verte otra vez. - Su voz tenía ese tono, el de una despedida muy, muy larga.

Ambos lo sabíamos. Pero ninguno quería decir las palabras "nunca" "años" "viejos", en voz alta. Así, parecía menos real.

Aunque en aquel momento, me prometí que antes de convertirme en una vieja decrépita, vendría a verlo. A volver a ver a mi amigo, antes de que nuestras vidas acabasen.

Bueno, quien sabe, podría volver cuando fuese una viejecita y acabar mi vida aquí. Sería una gran despedida de este mundo, pasar mis últimos años en mí casa.

Ya que por mucho que dijese odiar este pueblo, lo había considerado mí casa más que cualquier otro sitio.

La hora de regresar a Nueva York llegó, y aunque no lo había pasado mal, ya que habíamos estado muy entretenidas haciendo mil actividades, estaba deseando volver.

Ahora Nueva York era mi sitio. Mi hogar.

Forks tenía demasiados recuerdos dolorosos en exceso para mí. No podía permitirme, casi seis años después, seguir sintiéndome así de débil. Aquel pueblo verdoso, estaba embrujado para mí, asborviendo mi energia y mi fortaleza.

No quería pensarlo en demasía, pero estaba segura de que tardaría mucho tiempo en volver.

Y aunque no tuviese una gran razón de peso para hacerlo, el simple hecho de sacar unos días libres para venirme de vaciones, me era harto dificil. Ya que trabajar en tres editoriales distintas, era complicado para organizar vaciones.

En unos días... Más!

Y por supuesto... GRACIAS! por los comentarios, y por las solicitudes de "favoritos y seguidos" que recibo.

Estoy asombrada de la buena acogida que ha tenido el fic... Sobre todo, porque lo interesante, no ha ni empezado (jajajaja... risa de bruja mala)

Por cierto... yo, que también leo fic's, pierdo un segundo en dejar algun comentario a la escritora, a parte de que vea que la sigo.

A los que escribimos... Nos gusta que nos dejen unas palabras

(No seais vagas...)

BESOS MIS NIÑASSSSS!