No lo había puesto antes, así que lo pongo ahora.

Los PERSONAJES, a excepción de alguno, son de Stephanie Meyer

La HISTORIA es completamente MIA.

Si hubiese (que seguramente si) algún otro fic, con una trama similar,

es pura CASUALIDAD.

CAPITULO 7


El tiempo no pasaba, volaba. Ya habían transcurrido casi cuatro años desde la boda y aunque Lau y yo intentábamos mantener contacto, desde hacía tiempo, se basaba en llamadas de teléfono; ya que nuestros horarios y mi agenda, no solían permitirnos vernos tanto como quisiéramos.

Ella tenía su horario de profesora, compras, y tareas varias de hogar; a parte de que tenía a Erik.

Yo, tenía reuniones, comidas, cenas, gimnasio, mis citas ineludibles al salón de belleza, mis salidas nocturnas de "caza" y todo ello, sobre saturado de lecturas y correcciones de manuscritos; ya que después de unos años, y muchísimo trabajo y esfuerzo, era una de las mejores editoras de medio Manhattan.

Aunque no la viese, casi todos los días me acordaba de ella. De nuestros más de ocho años juntas. Habíamos pasado mucho, y siempre salimos adelante apoyándonos la una en la otra.

Si Erik hubiese tardado un poco más en aparecer... Podría haber disfrutado más de mi amiga

La echaba de menos, y su marido, era la principal causa de que no pudiésemos mantener más relación, ya que ella era una esposa ejemplar y nunca hacía salidas nocturnas sin él; a parte de que para quedar, solía tener que preguntarle para poder hacer ella sus propios planes...

Hombres... Siempre jodiéndolo todo

Después de varios meses sin vernos, y tras reorganizar mi agenda varias veces, conseguimos poder quedar a comer.

Laurie tenía una necesidad urgente de verme y, realmente, a mi también me apetecía muchísimo quedar con ella. Hacía mucho que no nos veíamos y echaba de menos a mi mejor amiga.

- ¡Guauu Bella... Estás... Estás... espectacular! - Me halagó Lau. - Casi me da miedo estropearte la ropa si te abrazo – Dijo algo cohibida. - Te ha crecido el pelo... muchísimo.

- ¡Vamos... no seas tonta! La ropa me da igual... y sí, bueno, me lo he dejado crecer más – Me notaba nerviosa y necesita del contacto con mi mejor amiga; necesita abrazarla; y así lo hice. - Te he echado de menos, Lau – Le susurré mientras la estrechaba entre mis brazos.

Nos fundimos en un cariñoso abrazo. Ambas teníamos la necesidad la una de la otra, ya que ninguna rompía el gesto.

- Vamos, tengo una reserva en un sitio que te va a chiflar – Le comenté, apurándola una vez desenlazadas del abrazo.

- ¡Menudo sitio...Me encanta! - Alababa mi amiga el sitio escogido para nuestra comida. Uno de los restaurantes más "chic" de todo Manhattan. - Pero... - Se inclinó sobre la mesa y susurró – Este sitio será carísimo.

- Tranquila... Aquí nos reunimos con algunos de nuestros escritores más célebres a menudo, así que tenemos precio – Le guiñé un ojo cómplice. - Además, ya que soy yo la que siempre tiene problemas para quedar, hoy estás invitada – Le sonreí con ganas.

- Vaya... no sé qué decir... - Conocía a mi amiga y sabía que se sentía algo incómoda en ese moderno y reputado restaurante.

- Pues no digas nada. Solo disfruta de la comida... Te va a encantar.

Llamé al maetre y pedí un vino exquisito; de reserva. Hacía mucho que no veía a mi amiga, y quería tener un generoso y bonito detalle con ella.

Estos sitios son innaccesibles para la gente corriente. Uno, porque es casi imposible coger mesa y dos, por sus precios más que prohibitivos.

Laurie estuvo gran parte de la comida bastante callada, mientras yo parloteaba sobre anécdoras con los escritores, la vida en la oficina, batallitas de las presentaciones de los libros... Incluso le conté alguna cosita sobre mis affers con los hombres.

- Usar y tirar, ¿no? - Su comentario fue cortante como un cuchillo. - Vais a cenar a algún sitio carísimo, os tomáis un vino tan caro o más que este, y luego os vais a su apartamento y te los follas. - Me quedé sin habla - Yo también sé usar esa palabra... No soy ninguna mojigata – Su tono era defensivo.

- Resumiendolo mucho, sí. - le contesté algo molesta y bastante sorprendida.

- Esta no es la vida de la que tantas horas nos pasamos hablando en la facultad, Bella... - Su tono se relajó para dar paso a uno triste.

- Pero... ¿Laurie, qué te pasa? - Me estaba haciendo sentir mal. Culpable por mi forma de vida, cuando yo no juzgaba la suya. - Yo no critico que tengas que pedirle permiso a tu maridito para poder quedar a comer con tu amiga. - Le contesté con el mismo tono hiriente que ella.

- Estaba mentalizada y preparada para que cambiaras, porque para triunfar en las altas esferas, debías endurecerte. Madurar. Pero, el cambio ha sido drástico y en un tiempo record. No parece que este hablando con mi amiga. - Suspiró - Sé que estás contenta por estar aquí conmigo y compartir esta comida, en este sitio tan lujoso... Te conozco y sé de sobra que no lo haces para pavonearte... Pero... yo quería ver a Bella. No a la señorita Swan – Su voz denotaba pena. - Y no tengo que pedirle permiso a Erik, Bella... Simplemente que somos una pareja, y los planes los hacemos en conjunto. - Me aclaró.

- Laurie... ¡Claro que no lo hago para pavonearme! Lo hago para compartir esto contigo. Hecho de menos a mi mejor amiga... Pero entiendo que tenemos vidas completamente distintas, e intento aprovechar este rato contigo, porque no sé cuando podré volver a disfrutar de ti. - Inhalé aire para tranquilizarme – Laurie, esta es mi vida y me encanta. ¿No puedes estar contenta por mí? - Le pregunté alzando el brazo para cogerle la mano. - Sé que aspirabas a que yo llegase a hacer una vida más parecida a la tuya... Pero nuestros caminos cambiaron hace años. Buscamos y queremos cosas distintas.

- Sí... lo siento. Tienes razón. - Me sonrió tímida, suspirando - Pero estás tan cambiada. Ambas hemos conseguido lo que queríamos... a modo profesional. Pero, yo, he encontrado mi plenitud sentimental con Erik... - Hice un mohín con la boca y ella calló ipsofacto, brillándole los ojos de pronto, clavándolos en los míos. - Es eso... Te estás convirtiendo en una bruja – frunció la boca a modo de broma, rememorando como llamábamos a las mujeres que conseguían triunfar – Estás involucrada en tú trabajo al 200%, para evitar enamorarte. - Casi canturreo.

- Bueno... No estás equivocada, del todo – Me incliné de hombros. - Quería ser editora y lo he conseguido. Mi opinión es lo suficientemente importante, tengo la grandísima responsabilidad de que un escritor llegue a publicar su libro o no. Eso es lo que quería conseguir, porque esto es el culmen profesional para lo que he estado años formándome. - Laurie asintió. - Pero en lo que te equivocas, es en lo de evitar enamorarme... No necesito rehuirlo, porque eso, no pasará jamás.

- Bella... - Me llamó agarrando la misma mano que le había estrechado yo minutos antes.

- Tranquila... Lo tengo más que asumido. - Meneé la cabeza para restarle importancia. Lau movió la suya, instándome a continuar hablando – Fui plenamente consciente de ello, el día de tu boda. - Le declaré.

Seguimos hablando más relajadamente, y ambas nos pusimos al día sobre nuestras vidas. Preferí omitir el tema "hombres", para que Laurie no volviese con el tema. Dejando las cosas aclaradas, el resto de la comida fue genial.

Decidimos ir a tomar un helado a nuestra heladería favorita, de nuestra época universitaria. Pedimos nuestro postre y nos quedamos durante un rato en un agradable silencio; hasta que Lauri lo rompió, para darme una tremenda noticia.

- Tengo una cosa que decirte... - Sonrió – Por eso mi insistencia en quedar.

- Es verdad que me sorprendió tú insistencia – La miré interrogante. - ¿Y bien?

- Estoy embarazada – Me soltó de golpe, con las mejillas coloradas y los ojos vidriosos por la emoción.

- ¡Uauuu! Eso es fantástico... Es... ¡Genial! - Nos levantamos, y agarradas de los brazos, comenzamos a dar saltos como colegialas. - ¿De cuánto tiempo estás? - Le pregunté de pronto alarmada por estar zarandeándola.

- De seis semanas. Me enteré hace unos días. De ahí mi insistencia por que quedásemos. No quería decírtelo por teléfono y menos aún a tu asistente - rodó los ojos - y me corría prisa por hacerte conocedora de la noticia. - Su cara reflejaba la felicidad más plena. - Llevábamos un par de meses tonteando un poco, en plan "a ver qué pasa". Íbamos a darnos unos meses más de plazo hasta ir a por el bebé de forma más seria, pero no hizo falta – Rió feliz.

- En serio que estoy maravillada... Estoy pletórica por ti. - Le confesé sincera.

Y mi herida, mi cicatriz, la cual había estado tranquila y controlada desde mi promesa "escrita", se revolvía inquieta, ante mis propios anhelos ocultos.

Y eso no hacía más que confirmar mi determinación de que jamás encontraría el amor. Ya lo había descubierto hacía mucho, y se había acabado tan fugaz y explosivo como había llegado.

Jamás encontraría a nadie con quien me pudiera plantear en serio la posibilidad de tener hijos. El único hombre al que le entregaría tal regalo, a parte de que biológicamente no podía engendrarlos, se había ido; me había dejado abandonada en el claro de un bosque sin explicaciones.

Nos despedimos con un gran abrazo, sabiendo que pasaría tiempo sin vernos. Pero prometí hacer huecos más a menudo para ir viéndole crecer la tripita.

Realmente me hacía ilusión ser partícipe de este acontecimiento en la vida de mi amiga.

Los meses fueron pasando y haciendo malabarismos, pude hacer esos huecos para quedar con Laurie muy a menudo y así ir viendo el desarrollo de su embarazo; hasta reduje a mínimos mi agenda nocturna para poder estar más espabilada por las mañanas y así adelantar trabajo y tener tiempo para ella y su tripita.

Incluso, desde que el embarazo de Laurie fue más notorio, no me apetecía tanto quedar con hombres. Estaba tan frágil e incluso maternal, que me habían pasado por la cabeza en varias ocasiones la idea de plantearme un embarazo sola. Pero ahora, en el culmen de mi carrera, era lo que menos me convenía.

Una de mis citas habituales, Richard un "folla/amigo" con el que mantenía una relación fantástica, y para mí idónea., se había ido convirtiendo en una especie de confidente. Habíamos llegado a crear un vínculo de amistad agradable y leal.

Cuando nos apetecía "tema" quedábamos, teníamos sexo salvaje durante horas y luego pedíamos comida china. Y por la mañana según donde quedásemos, uno u otro se iba a su apartamento para prepararse y comenzar otro día. Así llevábamos más de un año.

A parte de esa "relación", fuera de la cama, no manteníamos más contacto. A todo más, algún whasap esporádico.

Por lo que él, Richard, sabía más de mi vida y de mi entorno que el resto de mis "citas".

- ¿Sabes? - Lo miré alzando la cabeza, ya que estaba tumbada muy cómoda en su cama; completamente desnuda, por cierto – Estoy pensando que te veo muy animada e ilusionada con el embarazo de tu amiga, de Laurie. - Me comentó. Yo afirmé con un ronroneo – A tí... ¿no te gustaría ser madre algún día? - Su pregunta me interesó y me senté, doblando las piernas cual indio.

- Pues sí, la verdad. Siempre creí que no tenía instinto maternal, pero al estar siguiendo el embarazo tan de cerca de Lau, parece que poseo alguna vena materna dentro de mi organismo – Hice una mueca.

- Estaba pensando... bueno, creo que no hace falta que te diga que me gustas – Me miró con intención.

- Y tu a mi también Richard. - Le sonreí y le acaricié la cara con mi dedo índice de forma sensual.

- Había pensado... que bueno, tal vez te gustaría que tuviésemos una cita. - Pestañee sin entender por donde iba – Sí, como una pareja normal. - Esas palabras resonaron en mi cabeza como un taladro. - Podíamos ir a cenar, a un restaurante, no en la cama – Sonrió pícaro – Quedar a comer en medio de nuestros trabajos... Hacer algún plan. - Respiró profundo, algo nervioso. Imagino que mi silencio estaba agobiándolo. - ¿Qué te parece? Podíamos intentar algo... juntos.

Se hizo el silencio entre nosotros durante unos minutos. Hasta que lo miré fijamente a los ojos, notando como se me ponía esa cara, la de cuando iba a convertirme en el ser más despreciable de la tierra.

- Richard... Creo haber dejado claro, lo que pretendía con esta relación, si quieres llamarla así. Solo sexo. Nada más. - Lo miré alzando ambas cejas. - Me encanta estar contigo estos ratos. Nos hemos convertido en nuestros confesores. Tenemos confianza el uno con el otro, porque estaba claro lo que había.

- Si, y yo estaba de acuerdo porque quería exactamente lo mismo. Pero eso fue hace más de un año.

- Si... ¿y? Nada ha cambiado en este tiempo. Solo el que nos entendemos bien, somos una especie de amigos. Y que el sexo contigo cada vez es mejor. - Le sonreí muy sensual. - Pero solo follamos, nene. No aspiro a nada más, ni contigo ni con nadie.

- ¡Joder nena! - Exclamó algo molesto. - Después de todo este tiempo... No sé si tu has intentado algo más con algún otro, pero yo si con otras. He quedado varias veces con dos o tres mujeres con las que parecía encajar. Y que al final... nada. Y me he dado cuenta, ya hace tiempo, que te tengo en el pensamiento muy a menudo. Que tengo cada vez más ganas de verte... y eso quiere decir algo.

- Richard... no. Para – Intenté detenerlo, pero ya estaba envalentonado.

- No, déjame seguir. Y ahora, viendo esa venita maternal, acabas de romperme aún más. No sé lo que te ha pasado con algún hombre para volverte así de fría, pero, ya tenemos una edad. Hemos triunfado en nuestras carreras... somos tan iguales. - Sonrió, mirándome con ternura. - Podíamos intentar encajar nuestras vidas. Sabes que yo soy como tu para el trabajo, así que no interferiríamos con reproches o falta de tiempo.

- Richard... Siento si te he dado a entender una idea errónea. Cuando me refería a que sí me gustaría ser madre, me refería a mí sola. - Richard abrió la boca, perplejo - No quiero depender de ningún hombre para nada. Te soy sincera y he de admitir que contigo me he permitido más cercanía, más confianza porque me pareces genial, y si que somos muy parecidos, y congeniamos. Pero nada más. Me encanta quedar contigo porque las horas que pasamos juntas son perfectas.

- Pues por eso – Estaba emocionándose con mis palabras, no esperando mi estacazo final.

- Son perfectas porque me hechas unos polvos increíbles. Me dejas tan satisfecha que durante una buena temporada ando muy calmadita... Eres fabuloso – Sonrió, mostrando cierto rubor – Y porque después de dejarme temblando, pedimos comida china, nos quedamos tirados en la cama desnudos y mantenemos una conversación que me es de lo más agradable y entretenida. Tengo confianza contigo para hablarte cosas que no hablo con nadie más... Pero... ¡Ya! Nada más. Luego o tú te vas a tu apartamento o yo al mío... y durante un tiempo no se nada más de ti. Y te vuelvo a llamar cuando quiero tener sexo del bueno asegurado. Al igual que tú a mí.

- No me puedo creer que seas tan fría. - Me contestó resentido. - Es increíble que me estés diciendo todo esto. - Se había ofendido. Con razón a medias, ya que estaba avisado de antemano de lo que iba a haber entre nosotros.

- Siento que te parezca tan mal. Pero es lo que hay – Lo miré arrogante, alzándole una ceja.

- Pues me voy. Eres una completa zorra. - Me escupió como veneno.

- No voy a disculparme porque tu ego masculino se haya visto afectado – el desdén y la sorna en mi tono de voz eran palpables.

Cuando acabó de vestirse y se disponía a irse, me levante de la cama y desnuda como estaba, salí hasta el salón.

- ¿No vamos a volver a quedar más? - Le pregunté con tono zalamero.

- No. Por supuesto que no. - Su tono era muy diferente al mío.

- ¿Estás seguro de que quieres dejar de disfrutar de esto? - Me señalé el cuerpo con una mano, y la mirada felina.

- He de reconocer que el sexo contigo es increíble, pero estoy seguro de que encontraré a otra zorrita que la chupe igual o incluso mejor que tú. - Me espetó dejándome sin palabras.

- Tú mismo nene... No pienses que eres mi único recurso... Ni mucho menos. - Le devolví.

Así, deje escapar un hombre que si valía la pena. Uno que realmente estaba interesado en mí, y con el cual, poniendo un poco de mí parte, estoy casi segura hubiese funcionado.

En ese momento, fui consciente de que a las que Laurie y yo llamábamos "brujas" cuando acabamos la universidad, por ser fanáticas del trabajo, ascendiendo, sin formar familia, y sin casi tiempo para nada más que trabajo y más trabajo... Ese término era incorrecto. No eran "brujas"... Eran unas auténticas zorras; y ahora, yo era una de ellas. Con título honorífico.

Aquella discusión con Richard, de antemano no me hizo pensar mucho; sentía rabia y pena por perder a mi mejor amante por excelencia. Pero después de unas semanas, donde varios acontecimientos fueron encadenándose, me hizo volver a pensar en aquella discusión, viendo la situación desde otra perspectiva, y dándome cuenta de que yo no quería ser así. Que me había portado mal con un hombre que había sido un encanto conmigo. Que no me había presionado. Que hubiese sido un candidato más que idóneo para mí.

Nunca me había gustado tratar a la gente así. Y ahora lo hacía de forma casi habitual.

Los únicos momentos en que parecía que mi antigua yo salía, era viendo las ecografías de la pequeña Nora, si, traía una niña, porque me conmovía sobremanera contemplando aquella personita que se formaba dentro de la tripa de mi amiga.

- Es increíble que estés tan emocionada con Nora, pero sigas rehuyendo de los hombres... Bella, para tener hijos, se necesitan hombres, ¿sabes? - me decía con su ya gran abultada tripa, mientras me sacaba la lengua.

- Se necesitan por su semillita, nada más. A día de hoy, no necesitas casarte con ellos y aguantarlos toda tú vida. - Le refutaba, devolviéndole el gesto con la lengua.

- Eres imposible... - se acariciaba el vientre – no escuches a tu madrina... es una antihombres – refunfuñaba riéndose.

Puse la mano sobre su tripa y la acaricé con suma ternura.

- Tranquila Nora... tu madre te contará los cuentos de hadas... y yo te enseñaré la vida de verdad, cuando llegue el momento – y guiñaba un ojo, como si el bebé pudiese verme. - Venga, sigamos con las compras antes de que se te hinchen los pies – le daba un beso en la mejilla y Lau se derretía de mimos por mí.

La llevaba a sesiones de masajes, de cuidados estéticos, de compras... a mil sitios para que estuviese relajada. Incluso leí libros para estar bien informada sobre lo que le convenía.

Ella protestaba por hacerme cargo de los costes de estos tratamientos pero conseguía callarla. El dinero no era ningún problema para mí.

Incluso le pague en una reputada clínica la obstreta, las ecografías y los costes del parto en la misma.

Sé que era mucho, pero llegamos al acuerdo de que era mi regalo "especial" por ser la madrina de su hija.

- No lo hago por tí... Lo hago por mi ahijada. Si tu estás bien cuidada, ella crecerá sana, feliz y perfecta – Sonreía, poniéndole cara de angelito.

- No sé cuando aprendiste a poner esa cara... Pero es imposible negarte nada cuando haces ese puchero – Me sacaba la lengua refunfuñando. - Y lo más increíble es como has ido despejando tu agenda para pasar tanto tiempo conmigo – Sonreía pletórica – No sabes lo feliz que me haces. Quiero que sepas que valoro los esfuerzos que estás haciendo para estar desocupada y no pasar tanto tiempo en la oficina. En serio que te lo agradezco. - Me agarró y nos fundimos en un amoroso abrazo.

Lo que Laurie no sabía era los esfuerzos titánicos que hacía, a parte de dejar un poco de lado, sobre todo estos últimos dos meses, mi organizada vida, para pasar esas últimas semanas antes del nacimiento de la niña con ella.

El trabajo que no hacía durante las horas que pasábamos juntas, las recuperaba por la noche, llegando a dormir algunas veces, poco más de tres horas.

La vida familiar y mi trabajo, eran completamente incompatibles.

Un día, casi en la recta final del embarazo, salimos a comer a uno de los restaurante favoritos de Laurie. Igual que ella no se negaba a mis pucheros, yo no me negaba a cualquier petición que saliese por su boca.

- Bella... Si estás tan pletórica con mi embarazo, pero no quieres estar con nadie, o como tu lo dices, no aguantar a ningún hombre, ¿por qué no te haces una inseminación? Podrías tener tú bebé – Me soltó entre bocado y bocado de su grasiento emparedado.

- Bueno... no sé... - Me había pillado completamente por sorpresa su pregunta. - Ahora mismo no me conviene por el trabajo. El ritmo que llevo , no podría soportarlo embarazada. - Guardamos silencio unos segundos – Pero, a raíz del tuyo... Debo confesarte que sí que me lo he planteado... Bastante en serio – Sonreí pilla – Me he estado informando y el tratamiento no es tan complicado como parece.

Laurie se emocionó exageradamente con mi declaración, hasta que la tranquilicé y la frené, diciéndole que era una idea. Y que de llevarse a cabo, sería dentro de bastante tiempo; de años. Ahora lo que me importaba era mi carrera.

- Quiero seguir comprando zapatos, no pañales, Laurie. Así que tranquilízate, a ver si te vas a poner de parto en este restaurante mugroso. - Rematé la frase haciendo un gesto exagerado y pijo, de asco; para acabar riéndonos.

Realmente si que había pensado y buscado información sobre tener un bebé yo sola; desde el embarazo de Laurie, parecía que mi vena materna había asomado. La cual creía no poseer.

Pero tal y como le había dicho a Lau, era un idea a largo plazo. Ahora adoraba demasiado mi vida, como para plantearme un cambio tan drástico como era el tener un hijo. Y además, sola.

Pero lo que no le había comentado a Laurie, es que había ido a una clínica de fertilidad y congelado unos óvulos.

No sabía cuánto tiempo querría seguir con mi vida, y antes de que me volviese demasiado mayor para una inseminación natural, me quedaba la opción de inseminar mis propios óvulos en un vientre de alquiler.

Tenía ambas opciones bien estudiadas y pensadas.

El embarazo iba llegando a su término y todos estábamos tensos y nerviosos. Bueno, todos menos Laurie, que se lo estaba tomando genial. Con un temple fuera de lo habitual en ella.

-No sé como puedes estar tan tranquila – Le decía... Bueno, más bien le gruñía.

- Porque el parto va a llegar. Nora tiene que nacer, si o si. - Hablaba mientras se acariciaba el vientre con cariño. - Lo que estoy es ansiosa por verle la carita a mi niña. - Y su cara, como siempre que hablaba de la bebé, se le cambiaba, rebosándole amor por doquier. Ya era una mamá.

Pocos días antes del parto, me acerque al extrarradio de Manhattan, casualmente muy cerca de donde vivíamos antes Laurie y yo. Había encontrado por una pagina de facebook una tienda vintage muy chic y en su catálogo digital me había enamorado de un vestido precioso, muy de estilo años 20 y quería verlo fisicamente. Ya que me parecía perfecto para el bautizo de Nora.

Me hizo mucha ilusión pasar por nuestras antiguas calles. Las del principio. Donde nuestra vida comenzó.

Allí apenas había extrés. Las calles estaban llenas de gente, ya que era hora punta, pero exceptuando a algún peatón apurado, toda la genta caminaba más o menos tranquila. Sin las prisas habituales de Manhattan y alrededores.

Encontré la tienda y para mi alegría, el vestido era aún más precioso si cabía; lo probé y el amor entre esa prenda y yo, saltó al instante.

- Le queda genial – me aduló la dependienta – Según para que ocasión, le pone unos complementos u otros y es una vestido muy ponible.

- Sí, me encanta por eso. Es divino... y muy versátil. - Comenté muy natural, mientras la dependienta se quedaba algo... cohibida. - Me lo llevo. En un par de meses es el bautizo de mi ahijada y quiero estar impoluta. Magnífica. Y este vestido hará que lo consiga. - Sonreí al reflejo de mi imagen en el espejo.

- Tal y como está ahora mismo, iría perfecta – Me sonrió tímida la chica; la cual no debía pasar de los 20 años.

- ¿Cómo voy ahora? - Pregunté extrañada – No, para nada. Ahora vengo de trabajar, que me he escapado para venir a probarme el vestido. - La informé, casi hasta divertida por lo que la chica acababa de decirme – Para ese día, mi look será muy distinto. - Me miré con altanería en el espejo.

Ese día iba sencillita. Un pantalón estilo buggi/traje, una blusa de encaje blanca y una americana holgada en negro, en conjunto con los pantalones. Unos zapatos de tacón Jilly Choo y un bolso toten del mismo diseñador. Alguna exquisita joya siempre me acompañaba para complementarme.

El pelo recogido en una cola alta, con el flequillo para atrás, y un poco de maquillaje.

Era un look de lo más sencillo.

Aprovechando que estaba allí, me probe un par de blusas de encaje preciosas. Eran una autentica monada. Y muy versatiles al igual que el vestido.

- Ha sido un placer, señora. Gracias – Me despidió muy educada la chica.

- Volveré otro día a ver que modelos recibes. Aunque te sigo por tu página de Facebook, la cual comparto a menudo. - Le sonreí – Te haré publicidad entre mis amigas. - Le guiñé un ojo y la chica sonrió con el mismo semblante cohibido de antes.

Salí de la tienda dándole vueltas a la actitud de la dependienta.

¿La he abrumado? Si he sido muy educada y correcta...

Y si. Había sido todo eso. Pero también algo estirada en mi forma de expresarme, para estar en un barrio obrero.

Esa chica, podía haber sido yo hace siete u ocho años... Tan tímida, intentando ser amable, correcta y profesional; pero abrumada por una "bruja" de Central Park. Sonreí de mi propio pensamiento.

Entonces, vi mi reflejo en un escaparate y la sonrisa se me esfumó ya que volví a ser consciente, otra vez, del cambio que había dado en estos últimos años.

Ya no era ni mi sombra. Estaba feliz con mi vida, pero había algo que me faltaba. Solía tener la sensación, sobre todo desde hacía varios meses, que estaba incompleta. Algo había en mi vida que no acababa de encajar.

Pudiese ser el estrés al que estaba sometida diariamente. Que era agotador. Abrumador. Pero, mirando mi reflejo, no me reconocía. Y por primera vez desde que había cambiado radicalmente, me sentí mal conmigo misma.

Seguí por la zona, para ver y recordar mi comienzo adulto en esa ciudad. El paseo y los recuerdos estaban haciéndome bien. Sobre todo alejarme un poco de Laurie, ya que ella estaba de lo más tranquila, pero yo estaba de los nervios.

En una esquina, de casualidad, encontré la vieja librería donde me solía ir a esconder para leer tranquila y tomarme una taza de café; el más rico que había probado en mi vida.

No me lo pensé ni un segundo. Empujé la vieja puerta de madera ornamentada y entré.

- Hola – Saludé con una sonrisa radiante al reconocer a la señora Potter. La dueña.

- Hola – Me devolvió el saludo algo tentativa. Por supuesto, no me reconocía.

- Soy la señorita Swan – Meneé la cabeza y volví a empezar – Soy Bella, señora Potter.

Entonces a su rostro llegó el reconocimiento.

- ¡Dios bendito! ¿Bella? ¿Eres la dulce y tímida Bella? ¡Quién lo diría viéndote ahora! - Contestó ella asombrada. - ¡Menudo cambio querida!

- Si, bueno... he cambiado un poco. - Me incliné de hombros – Han pasado muchos años. Aunque usted sigue exactamente igual. - Le sonreí como hacía mucho tiempo no hacía. Realmente estaba emocionadísima de estar allí, aunque no entendía mi sobrada ilusión.

Me sirvió un café con un trozo de su riquísima tarta y me invitó a sentarme a su lado. Conversamos, poniéndonos al día sobre estos años.

Conversar con la señora Potter era fácil y agradable.

Hasta que al alzar la cabeza, mis ojos dieron de frente con el reloj, el que siempre había estado allí, y vi que habían pasado más de dos horas.

- ¡Madre mía! Tengo que irme... Se me ha echo tardísimo. - Me excusé mientras me levantaba del sillón.

- Espero que no pasen otros siete años, Bella. Siempre me ha gustado conversar contigo. - Me sonrió cálida.

- Claro... Haré por venir a verla pronto. Se lo prometo. - Me sonrió algo triste.

- Te lo digo porque no tardaré en jubilarme. En unos meses... – Se inclinó de hombros melancólica. Yo me quedé pasmada. - Y la tienda se cerrará.

- Pero... - Fruncí el ceño; la noticia me había dejado trastornada – ¿Ha llegado a la edad de jubilación?

- Los años pasan también para los demás, querida. - Sonrió divertida. - Durante estos últimos años, he ahorrado bastante, así que pasaré mis últimos años en una residencia preciosa. Allí estaré perfectamente atendida – Sonrió complacida – Y mientras la salud me acompañe, realizaré algún viaje pendiente.

- Eso suena fantástico, en serio – Lo decía de corazón, pero en el fondo estaba triste. - Siendo sincera, me da pena que cierre; que se vaya... Este sitio para mí, siempre ha sido especial.

- No conozco a nadie que disfrute lo suficiente estando entre libros, como para hacer de esto su trabajo diario. Así que no me queda otra que cerrar. Y yo, aunque no te lo parezca, ya estoy mayor. El estar aquí tantas horas, atendiendo, limpiando, colocando, peleándome con las editoriales para que me den libros... - Resoplo – Ya estoy cansada, cielo. - La entendí. Yo misma me sentía así muchas veces.

Nos despedimos, esta vez con un fortísimo abrazo. Y volviendo a prometer que me pasaría pronto. Muy pronto.

Le dejé una tarjeta con mi número y dirección, para que me tuviese localizada, por cualquier percance. Sobre todo una vez cerrada la tienda.

- Cariño, sé que la vida que llevas ahora, es el sueño de todo el mundo que viene a Nueva York. Pero... - me miró cariñosa – Haz balance de tu vida, lo que tienes y lo que pierdes. Eres una chica lista, estoy segura de que sabrás que camino seguir. - Hacía tiempo que nadie me soltaba un sermón. El cual no me molestó, en absoluto.

Tanto su consejo como la noticia del cierre me dejó apenada. Muy baja de moral durante todo el día. Y no sé porqué... Edward vino a mi mente. De repente. Después de... No sabía cual había sido la última vez que había pensando en él. Estaba tan ocupada, que no tenía tiempo ni para pensar.

Cuando vivía en aquel barrio, iba muy a menudo a aquella tienda. Me gustaba para desconectar, para leer tranquila... Pero sobre todo, era mi refugio cuando quería olvidarme de Edward, de los Cullen en general, durante un rato.

No sé que tenía aquel sitio, que cuando entraba, su... "aura" me hacía desconectar de todo. Incluido "él". Y por aquel entonces, que pudiese sacar a Edward de mi mente, era algo inimaginable. Por eso, me refería a aquel sitio como mi "refugio mágico".

Aquel día, al llegar a casa, me miré fijamente en el impresionante espejo de diseño de mi vergonzosamente grande cuarto de baño, intentando encontrarme. Buscando algún resquicio de mi antiguo yo. Pero no encontré nada.

Inclinándome sobre el lavabo y mirándome tan cerca que los ojos me hicieron zoom, solo el color de estos y los rasgos generales de mi cara, me recordaron a "Bella".

Solo pude ver una cara bonita. Bonita, pero... vacía.

Y aunque me gustaba mi nueva yo, me sentía abatida por haber perdido la dulzura que siempre me había caracterizado. La cual intentaba encontrar a base de un maquillaje bien aplicado y mi milagroso colorete rosa. Por el cual pagaba una cantidad de dinero vergonzosa.

Durante días, me sentí decaida. La sensación de que algo no encajaba, me perseguía como un mosquito insistente.

Unos días después, Lauri se puso de parto. Por fin el gran día había llegado.

Casualmente, cuando comenzó el proceso, estábamos juntas en casa. Llamé a Erik, que estaba trabajando y quedamos en vernos en la clínica.

- Ya tengo la bolsa, y acabo de llamar a un taxi. - Le informaba, mientras ella contaba sus respiraciones – Todo está controlado – Parecía que necesitaba yo más que ella escuchar esas palabras.

- Tranquila Bella. Todo va bien. La bolsa está lista, Erik avisado y el taxi está de camino. Además, estamos a tan solo unos minutos del hospital. - Sonreía. Estaba feliz. Y yo, de los nervios.

Todo estaba controlado. Nada podía salir mal. Llevaba semanas planeando el acontecimiento, para que nada se nos escapase llegado el momento.

Pero, no todo sale como uno planea.

Bueno nenas...

Menudo notición, ¿eh?

Y menuda vida que se pega nuestra Bella.

Pero... ¿qué es lo que le faltará a Bella en su vida?

A ver quien me lo sabe decir :-)

En unos días, el siguiente... Que esto se empieza a poner interesantísimoooooooo

BESOSSSSSSSS!