CAPITULO 10


Recuerdo: Esta historia es mía. Los personajes (a excepción de algunos) son de .

Ya aparecieron dos miembros de los Cullen.

¿Aparecerá alguno más?

Os dejo leer y que lo descubráis...

Nada más salir, el frío otoñal de Nueva York me dio algo de paz. Me refrescó la cara lo justo para recobrar algo de sentido común y aire renovado en mis pulmones.

Cuando iba a llamar a un taxi, una oleada de remordimientos me hizo quedarme allí parada.

¿Y si le pasaba algo a Laurie y yo no estaba allí?

Recuperé el aliento, respiré profundamente varias veces, y me concentré en serenarme.

Una vez hechos todos los ejercicios de relajación, volví para adentro. Subí a la tercera planta "UCI Coronaria", le comenté a la enfermera de guardia que si el doctor Cullen preguntaba por mí, le dijese que me encontraba en la sala de espera.

Me acomodé allí, recostándome en la silla, que dentro de lo malo, no eran incómodas del todo.

De algo debía servir el haber pagado tal cantidad de dinero por la dichosa clínica - Pensé mordaz.

Abrí los ojos, completamente desorientada. Lo último que recordaba era haberme sentado en la silla de la sala de espera, y ahora despertaba tumbada en una camilla, en una especie de box de hospital.

Me incorporé, sintiéndome mareada, pero eso no me importó. Salté de la camilla y recuperé los zapatos y el bolso que descansaban en una silla.

- Señorita... - Me llamó una enfermera. - El Dr. Cullen dio orden de acostarla aquí. Se durmió y su hijo la trajo en brazos. - Eso me dejó algo aturdida; aun más si cabe.

- Mi amiga... Laurie Dwason... ¿Sabe cómo está? - Le pregunté con miedo.

- No, lo siento. Estamos en la tercera planta... pero en otra ala.

Me indicó como llegar a la habitación de Lau, la hora qué era, y salí disparada.

Ni siquiera paré en un baño, nada. Solo cuando estaba acercándome, y por no llamar la atención aun más, me puse los zapatos. Necesitaba saber si ella... si seguía... viva.

Entré en su habitación sin picar. Ya había olvidado hasta los modales; pero al acercarme y no escuchar nada, solo silencio, los pelos se me pusieron de punta previniendo lo peor.

Mi mirada se fue directa a Laurie, la cual ahora tenía más artilugios médicos que cuando me fui, unas pocas horas antes. La habían intubado y tenía más cables y vías conectados a su débil cuerpo. La imagen era desoladora.

Mi pulso volvió a martillearme salvajemente. Me lleve la mano a la boca para ahogar un grito de pavor, y mis ojos se empaparon de lágrimas.

- Dios mío... Laurie... - Murmuré entre gemidos y lágrimas.

- Bella – Carlisle pasó sus manos por mis hombros, acariciándome dulcemente. - Lo siento muchísimo... pero no hay nada más que pueda hacer. Humanamente hablando – Nos miramos unos instantes. Él buscaba algún cambio de parecer en mis ojos, y encontró la misma respuesta. Asintió y me apretó a él, abrazándome fuertemente; intentando de algún modo reconfortarme. - La única solución sería una intervención, pero está extremadamente débil. No aguantaría ni siquiera 20 minutos con una anestesia tan fuerte como requiere una operación de tal magnitud. - Asentí, aún con la cabeza hundida en su pecho.

Me senté al borde de la cama de mi amiga, y le así su mano pálida y fría; acariciándosela.

- Dejemoslas solas... - Oí a Carlisle decir.

Me voltee y vi que alguien salía antes de él de la habitación, pero estaba tan abrumada, que no era capaz de asumir o identificar nada. Solo Carlisle en aquel momento me parecía algo familiar, algo reconocible y seguro.

- Carlisle – Lo llamé. - ¿Cómo presentas a Jasper? ¿Qué rango de familiaridad usáis? - Le pregunté.

- Lo presentó como mi yerno – Frunció el ceño sorprendido por mi pregunta.

- Es que antes, cuando desperté en el box, la enfermera me dijo que me había llevado tu hijo... - Ahora yo fui quien fruncí el ceño. - Debió entenderte mal. - Suspiré. - Te lo comento por si preguntan, dar la misma versión. - Percibí ligeramente una expresión que me pareció casi divertida en el rostro de Carlisle; pero no estaba lo que se dice serena como para fiarme de mi percepción de las cosas.

- Sí, debió confundirse. - Contestó él. - Estoy por aquí.

Un rato después, Carlisle y Jasper entraron en la habitación. Yo me levanté, casi tambaleándome de la silla para dejarle sitio. Carlisle me miró con el ceño fruncido.

Examinó a Laurie y me comunicó que no había ningún cambio.

- Ahora Jasper te llevará a casa. - Iba a interrumpirlo pero no me dejo – Te voy a dar esta pastilla para que duermas unas horas. Es suave, pero te ayudará a relajarte y descansar. Me da igual que protestes. No puedes contigo misma, y me obligas a ser inflexible. - Su tono era severo sin dar el más mínimo margen a la réplica - Has de recobrar fuerzas. Llevas sin comer dos días. Y sin dormir otros tantos. Así que a casa. ¡Ya!

- No quiero dejar a Laurie sola... Y tu no puedes estar aquí de forma perpetua.

- La percepción del tiempo es distinta para nosotros que para vosotros... Veo que te has olvidado de ese detalle. - Me contestó intentando regalarme una sonrisa.

- Carlisle no estará solo, y Laurie tampoco. - Agregó Jasper. - Alice está de camino para quedarse aquí, con tu amiga en la habitación. - La sola mención de su nombre me hizo ponerme erguida. - ¿Nos vamos? - Asentí con la boca apretada.

Lo que menos necesitaba ahora mismo, era encontrarme con Alice. No sabía cómo sería mi reacción, ni la suya. Pero estaba demasiado colapsada como para pararme a pensar en eso ahora.

Jasper me acompañó hasta mi apartamento y subió conmigo, ya que como Carlisle no se fiaba de mí, me obligó a tomarme la pastilla en su presencia; la cual comenzaba a hacer sus efectos, atontándome.

- Gracias por acompañarme – le dije a Jasper notando como la lengua se me comenzaba a enredar en la boca.

- No hay de qué. - Sonrió pícaro – Eso nos confirma que te tragaste realmente la pastilla. - Moví la cabeza, sonriendo bobalicona.

Ya en mi apartamento, intenté desabrocharme el vestido, pero no era capaz de atinar con la dichosa cremallera. Jasper me miraba dubitativo.

- Yo la ayudaré, Jasper. Tranquilo. - Una dulce voz a mi espalda me hizo girar, tambaleándome.

- ¡Vaya... Vaya... Esme Cullen! - exclamé con voz atontada. - Vais apareciendo todos, poco a poco... Bueno, habéis necesitado que mi amiga esté al borde la muerte para tener el valor de hacerme frente... - Alcé los ojos al techo, riéndome como una yonki – Una buenísima razón, como otra cualquiera, ¿verdad? - Esme me miraba con las fracciones contrariadas, tristes; Jasper sin embargo lo hacía impasible.

-¿Qué tipo de pastilla le ha dado Carlisle, Jasper? - Le preguntó la matriarca.

- ¡Esta pastillita es magnífica! - Exclamé casi gritando – Debería haber sabido de ella antesss... ¡Es milagrosa! Hacía tiempo... que no me sentía tannn biennnn – arrastraba las palabras con la tontería propia que te brindan este tipo de relajantes.

- ¡Shuu, Bella! Tranquila querida... - Me intentó calmar Esme.

- Jasper... ¿no te atrevías a quitarme el vestido tú? - Le pregunté señalándolo con mi dedo índice, el cual hice girar en el aire. - Mi cuerpo es igual al de cualquier vampira... Solo que más blandito... jajaja – Reí a carcajadas, mientras ellos me miraban entre divertidos y asombrados; o eso creía. - O es que... ¿aun tienes miedo de comerme? - le saqué la lengua como una niña pequeña.

Ambos se acercaron a mí, y yo me puse a la defensiva.

- ¡Nooo! No me toquéis – alcé los brazos al frente. - No quiero que os acerquéis a mí. Os fuisteis hace diez años... ahora no os necesito para nada. Soy una mujer fuerte, independiente y muy inteligente... ¿Quién necesita vampiros? - Seguía peleándome con la dichosa cremallera, mientras daba tumbos sobre mí misma.

- Debería haber venido él... Sabría controlarla – Murmuró Jasper.

Yo capté rápida y perfectamente ese "él", encarándolos y mirándolos fijamente.

- Edward tendría que tener muchos huevos para presentarse ante mí ahora... - Bufé con desdén y rabia. Tambaleandome de lado a lado.

- Tengo dos... Como todos - Contestó una voz aterciopelada a mí espalda. Yo, que me sentía completamente borracha y cargada de rabia, me giré, con gran dificultad para encarar la voz que reconocería en cualquier parte del mundo, así pasasen 100 años.

- ¿Tú?... Edward... - Gimotee, notando el pecho agitárseme y como la visión se me volvía negra.

Y sin más... me desplomé hacía el suelo.

Cuando desperté, me encontraba mucho mejor. Una relajación se había apoderado de mi sistema, y me desperecé lentamente, aprovechando la agradable sensación.

La cual duró escasos segundos, al recordar a Laurie.

Me incorporé en un movimiento brusco, mareándome en el acto.

- Calma Bella... despacio – una voz dulce como el almíbar me habló desde la puerta de mi dormitorio.

- ¡Esme! - Exclamé sorprendida. - Pero... ¿qué haces aquí? - Mi sorpresa era tangible.

- Cielo... - Frunció el ceño – ¿No recuerdas nada de ayer noche? - Negué con la cabeza y ella pestañeó. - Ve a ducharte, mientras, te prepararé el desayuno. - Me sonrió dulce, como solo Esme es capaz de hacer, y yo le devolví el mismo gesto, pero con un claro toque cohibido.

Hice lo que me ordenó, y he de reconocer que la ducha me sentó de fábula. Me ayudó a despertar mis sentidos y quitarme ese olor a hospital y medicamento que arrastraba en mi piel.

Mientras el agua caliente me relajaba los músculos, comencé a ser más consciente de la situación:

Despertaba y me encontraba a Esme en mí casa, la cual iba a prepararme el desayuno. ¡Alucinante! Van poco a poco, haciendo acto de presencia. Uno a uno... Bueno, sabía que Alice llegaba hoy. Esme ya estaba aquí... Ahora faltaban Rosalie y Emmet... Y por supuesto... Edward.

Pero, ¿tendría él valor para encararme diez años después?

Esa cuestión, hacía que mi pulso comenzara a subir peligrosamente, así que preferí no darle más vueltas.

Una vez más despejada, mientras me arreglaba delante de mi impresionante espejo del cuarto de baño, donde me maquillé ligera y me hice una cola alta, con el flequillo suelto, comencé a recorrer mentalmente mi agenda de la semana.

En la reunión "despido" de ayer, nos obligaban no solo a asistir a la fiesta de este viernes, la cual sería en tres días, si no a llevar a cabo algunos compromisos que teníamos concertados.

Hoy toca trabajar

Miré la hora y era temprano, así que tenía mucho día por delante para organizarme. Lo primero, era llamar a Carlisle.

Localicé mi móvil, el cual estaba en su sitio, conectado al cargador de batería.

¡Qué consideración! La ironía y el cinismo eran más que palpables en mi pensamiento.

La conversación con Carlisle fue breve:

- Sigue igual. No ha habido cambios. Se resiste a irse, es una luchadora. Haz tus recados sin prisa. Te vendrá bien distraerte en tus cosas unas horas. La niña está perfectamente. - Me informó.

Pues si... Llevaba tres días en el hospital, volviéndome loca intentando cumplir con todo el mundo. Así que haría unas cosas por la mañana y me pasaría más tarde.

Recuperé mi agenda, la de verdad, y comprobé que mi memoria estaba en plenas funciones, no olvidando nada. En ese momento agradecía ser tan organizada, ya que tenía muchos de mis últimos asuntos laborales bien atados desde hacía días.

Había despejado mi agenda para esta semana lo máximo posible porque el parto de Laurie estaba previsto en estos días.

Me puse un conjunto de pantalón corsario y blusa de cuello halter, en rojo. Unas sandalias altísimas de tiras de colores, y el mismo bolso maletín de ayer. Con una americana tipo blazer, oversice.

Hoy bien podría haber sido la imagen de otoño de Carolina Herrera, en su totalidad.

Me acerqué a la cocina, de donde provenía un olor delicioso, con los nervios a flor de piel, sin saber muy bien qué imagen me encontraría; ya que los Cullen iban haciendo acto de presencia poco a poco.

Esa última frase, provocó en mi memoria un flash black, dejándome aturdida.

Veía a Esme, a Jasper y a... Edward en mí apartamento. En mi dormitorio.

Eso no es posible. Mi mente, confusa por el tranquilizante, ha debido de mezclar cosas.

Con ese pensamiento, distraída, entré en la cocina.

- Buenos días – Me saludó Esme, siempre sonriente. Pero ahora que ya estaba despierta y activa, pude ver perfectamente que yo no era la única que estaba nerviosa.

- Buenos días. Huele delicioso – Gracias a mi trabajo, muchas reuniones, presentaciones, conferencias... Había desarrollado una gran facilidad para sacar temas de conversación y así evitar silencios incómodos.

- Gracias. No sabía qué te gustaba, así que he echo varias cosas. Carlisle me ha dicho que llevas sin alimentarte varios días, e insistió en ello. - Se inclinó de hombros.

- Desayunar – Respondí, mientras me acercaba a la barra que hacía de mesa.

- ¿Perdón? - Repuso ella.

- Se dice, desayunar... No alimentarse. Eso suena muy de médico... O muy – tosí aclarándome la garganta – a vosotros – Intenté disimular la sonrisa ante mi propia broma. Ella también lo hizo, pero abiertamente.

- Siéntate, te pondré todo lo que he echo y escoges lo que más te guste – y tal como dijo, se puso a la tarea.

Después de un rato en silencio, mientras masticaba, ya que no era consciente del hambre que tenía hasta que me puse a comer, inicié otra breve conversación.

Debía hablar y sacar algún tema, si no, sabía que Esme entraría en alguna conversación de tipo sentimental, y no podría con ella.

Debía mantener mis sentimientos a ralla. Que viese normalidad.

- Si te digo la verdad... Debe ser la primera vez que desayuno aquí – Fruncí los labios en un gesto contrariado. Ella alzó los ojos, sorprendida. - Me tomo un zumo de naranja natural y unas galletas que compro en una tienda biológica que hay aquí al lado. Debe ser lo único que hay en toda la cocina. Después me pido un café grande en el Starbucks con algún bollo, el que me entre por los ojos en el momento, y me encamino a la oficina. Son los pocos hidratos que me permito tomar al día – Sonreí algo vanidosa. Esme se me quedó mirando fijamente, estudiándome. Era como si, de pronto, no me reconociese.

- No haces ninguna comida aquí... - No era una pregunta – Lo digo porque la cocina está intacta. Sin usar. - Asentí – Pues es una cocina preciosa.

- Siempre salgo muy temprano de casa y suelo estar muy liada y en cualquier parte de Nueva York, así que no me da tiempo a venir a casa y preparar comida. Además, la editorial paga las dietas cuando son asuntos de trabajo... y, casi siempre suelen serlos – le guiñé un ojo, cómplice. - Me paso la vida fuera de casa. - Me quedé pensativa, mirando a mí alrededor. - ¿Sabes? No sé para que pago semejante dineral por este apartamento, si no paso tiempo en él. - Meneé la cabeza, negando.

Me levanté y Esme no me dejó recoger los restos del desayuno.

- Muchas gracias... - Miré al suelo, intentando controlar mis emociones. Debía seguir con la fachada despreocupada. Pero Esme fue más rápida.

- Estas preciosa... y muy cambiada. Todos estamos muy orgullosos de tus logros – Me dejó clavada en la puerta de la cocina, y mi pulso comenzó a descontrolarse. - Hay alguna cosa que, bueno... Pero las altas esferas es lo que tienen; al final le avinagran el caracter a cualquiera. - Sonrió con tristeza. - A lo mejor este percance en tu trabajo te sirve para encontrar algo que no requiera una implicación tan intensa como ahora. Que disfrutes la vida de otra forma.

- Veo que todos estáis al tanto de mi "percance laboral" – entrecomillé con los dedos en el aire, alzando una ceja, altanera.

- Hemos estado pendientes de ti durante estos diez años, no solo ahora. Alice siempre estaba vigilante y nos informaba – Su gesto era de disculpa. - Realmente no nos desentendimos de ti, como tu crees. - Soltó. Apreté los labios, formando una tensa linea; realmente me había dejado sin palabras.

- Como digas... - Solté con los dientes apretados – He de irme, tengo muchas cosas que hacer antes de volver al hospital.

Salí de la cocina sin mirar a tras. No podía, porque sabía que acabaría entrando en una discusión con Esme, porque ninguno tenía culpa del abandono de Edward, pero si de no contactar conmigo en ningún momento durante estos diez largos años, y eso había conseguido que mi herida fuera más grande y dolorosa aun de lo que debería haber sido. Haciendo que les fuese adquiriendo rencor durante todo ese tiempo.

Tomé un taxi y mientras llegaba a mi destino, iba realizando gestiones por el móvil:

Confirmé la cita de la peluquería para la fiesta. Contacté con un agente inmobiliario para buscar otro apartamento. Llamé a varias librerías para confirmar pedidos y visitas...

Recogí ropa de la tintorería y fui a la editorial para resolver algunos asuntos. Realmente no estaba despedida hasta el viernes y me quedaba trabajo por hacer.

Laurie estaba excelentemente atendida por Carlisle y yo necesitaba dejar mi trabajo bien atado y bien hecho. No era un despido definitivo, y debía quedar bien con los jefes y que lo tuviesen en cuenta a la hora de pensarse en volver a darme mi puesto. O darme una buena recomendación para otra editorial.

Y siendo sincera, también me daba cierto miedo el llegar al hospital y no saber con qué Cullen podría encontrarme.

Aunque con quien realmente temía encontrarme era con Alice, y sobre todo con Edward.

Hice acopio de mi valentía y de mis ganas de ver a Laurie. Ya que sabía que no nos quedaba demasiado tiempo juntas.

Piqué suavemente en la puerta y entré despacio. No sabía qué podría encontrarme, aunque cuando Carlisle me informó sobre su estado esa mañana no me comentó nada significativo.

- Hola... - saludé bajito. Carlisle me dio acceso con su mano.

Al entrar, en los pies de la cama de Lau sentado, estaba Erik; el cual lucía un rostro completamente ceniciento y deteriorado.

- Hola Bella... - me saludó tímido. En respuesta lo fulminé con la mirada. - El Dr. Cullen me ha informado del estado de Laurie... - suspiró y miró a su mujer con gran tristeza. - He subido a ver a Nora – Abrí los ojos enfurecida.

- ¿Qué? No puedes acercarte a ella hasta... - Me cortó, enseñándome un papel con el sello del hospital. Fruncí el ceño sin entender.

- La psicóloga jefe me ha dado visto bueno para estar con la niña; dice que estoy sobradamente cuerdo para hacerme cargo de mi hija... Lo que me pasó, es completamente normal, un episodio de estrés traumático, muy normal por la situación. Aunque eso ya lo sabía yo más que de sobra. - Rodó los ojos.

- No estoy tan segura – murmuré mordaz. Él agacho la cabeza, abatido.

- Siento mucho lo que ocurrió el otro día, en serio... Dije cosas que... bueno, me siento avergonzado. Te pido mis más sentidas disculpas. Si Laurie se enterara de lo que te dije, me arrancaría la piel a tiras – Yo alcé una ceja, arrogante.

- Estoy completamente segura... Y eso fue lo que me apeteció a mí misma hacer. - Sentí una risita, la cual supuse que sería Carlisle, ante mi bravuconada. - ¿Vas a hacerte cargo de Nora? - Le pregunté sin rodeos.

- Sí. Es mi hija... Es lo único que va a quedarme de Laurie... Una parte de ambos. - Agachó la cabeza, sin poder seguir hablando. Arrugué el ceño y apreté los labios, me daba pena. Este si era el Erik que yo había conocido. - Además, si mi cuñado se hiciese cargo de ella, no podría verla; económicamente hablando, me sería imposible pagar billetes a Francia de forma regular. - Se quedó pensativo unos segundos. - Podré con ello... No seré el primer ni el último padre que se encarga solo de sus hijos. - Miró hacía Laurie, abatido. - Había pensado en que podríamos criarla juntos – Mis ojos se abrieron hasta el infinito, y una mueca de asco se dibujo en mi cara.

- No de esa forma – Sonrió levemente, mientras negaba con las manos en el aire – No como pareja... Si no como su padre, y como su madrina. La tita Bella. - Ahora su sonrisa se hizo más genuina. - Que formes parte de su vida, tal y como tenías pensado desde el principio. Si se la llevan, ninguno la verá crecer.

- Espero que estés seguro de lo que haces, y que estés preparado para cuidar perfectamente de Nora – mi tono sonó a amenaza más de lo que realmente pretendía. - Si no, me echaré sobre ti igual que un tiburón – alcé ambas cejas, dándole más fuerza a mis palabras, él me miró malhumorado.

- Bueno, ahora que te has quedado sin trabajo, tampoco dispondrás de tanto dinero como para quitarme a mi hija, así sin más – Sonrió pagado de si mismo.- Esos abogados con los que me amenazaste son extremadamente caros – Sonrió arrogante. Apreté los labios, impotente por sus palabras. Este también era el Erik que conocía.

- A lo mejor ella no lo tiene... pero nosotros sí. Mucho. - Me quedé catatónica; por un momento, tuve el impulso de ponerme el respirador de Laurie en la boca y así evitar ahogarme. Alice se posicionó a mí lado, haciéndole frente a Erik; el cual se quedó mudo. - Además, mi hermana Rosalie es una gran abogada; de las mejores. Podría quitarte a tu hija, incluso antes de que salieses hoy por la puerta del hospital. Así que ándate con mucho cuidado – El tono amenazador de Alice, era bastante peor que el mío; mucho peor. - Los Cullen protegen lo suyo – alzó las cejas y ladeo la cabeza, sin perder el contacto visual con Erik, el cual seguía enmudecido. Al igual que yo misma.

Notaba la mirada de Alice clavada en el lateral de mi cara, inamovible. Pero yo no era capaz de girarme y encararla. No sabía cuando había sido la última vez que me había sentido tan intimidada y acobardada... pero hoy me sentía así, y mil sensaciones más.

Erik ni pestañeaba mirándonos de ito en ito a Alice, a mi y por último a Laurie; estaba perplejo. Y de mano no caí en que lo tenía tan estupefacto.

Hasta que mi mirada se dirigió a Laurie y entonces caí en la cuenta:

Alice y Laurie se asemejaban físicamente muchísimo. En ese momento, y sin venir a cuento, recordé las palabras de mi padre la primera vez que conoció a Laurie, mencionando lo mucho que se parecían.

Ahora, viéndolas juntas, podía comprobar que no exageraba.

- ¿Y tú eres? - preguntó extrañado.

- Soy Alice Cullen. La hija del Dr. Cullen. Amiga de Bella. - Pronuncio sus palabras despacio y claro.

- ¡Ah! Nunca os había mencionado – respondió él sin rastro de acritud.

Percibí, por el rabillo del ojo, que Alice achinó los ojos levemente. Fue una centésima de segundo, pero conseguí observar el gesto.

Imagino que fue un golpe inesperado y que la cruda realidad de su abandono le dio una bofetada en plena cara.

- Aunque durante unos años, no hemos mantenido contacto, - suspiró – siempre hemos estado pendientes de Bella. Y ahora, nos necesitaba. Y como he dicho antes, y repito, los Cullen cuidan de lo suyo. - Volvió a arquear sus perfectas cejas, mostrando una sonrisita de superioridad.

Alice jamás pierde.

- Bueno, yo... Perdí la cabeza por un momento – Comenzó disculpándose, previo aclararse la garganta con un carraspeo – Mi mujer, a la cual adoro, estaba al borde la muerte por dar a luz a nuestra hija... Que sí, es sangre de mi sangre... pero... en aquel momento lo hubiese dado todo por ella. - Agachó la cabeza abatido – Y claro que quiero a nuestra hija, ¿cómo no la voy a querer? - Dejó vagar la mente unos segundos – Además, se parece mucho a ella, es una preciosidad de niña. - Sonrió meloso. - Simplemente quiero compartir con Bella su vida, como hubiese querido Lau – miró a su esposa, que descansaba ajena a todo – Y siendo egoista, me ayudará a criarla. Porque yo no tengo familia. Así que me veo completamente solo para atender a Nora.

- Te ayudare. Claro que te ayudaré – Contesté al fin.

- Me alegro. Aunque nunca hemos conseguido congeniar demasiado... - me miró con ojos culpables – Confió plenamente en ti. Eres sumamente inteligente y capaz. Tú presencia, en la vida de Nora, será buena. La ayudarás a ser una gran mujer. - Abrí los ojos sorprendida. Él sonrió – Ya te digo, que aunque no haya estado de acuerdo contigo en determinados aspectos de tu vida, no significa que no te valore. Y de algún modo, te tenga aprecio. - Suspiró – E imagino, que criando juntos a Nora, llegaré a entenderte mejor, y adquirirte más cariño.

Durante unos instantes se hizo el silencio en la habitación. Realmente no tenía palabras.

Hasta que Carlisle, me salvo el trasero, interviniendo.

- Me alegro mucho de que todo haya quedado aclarado y hayáis llegado a un buen entendimiento por el bien de la bebé. - Comentó satisfecho. Ambos asentimos.

- Yo he de irme... Aun me quedan algunos asuntos que acabar antes de dejar mi trabajo – Comenté.

Por un instante, me dio miedo girarme, ya que no sabía quien más podría estar en la habitación. Pero no iba a salir caminando hacía atrás como un cangrejo. Así que llene los pulmones de aire, más bien de valor, y me voltee.

El aire salió de golpe de mis órganos respiratorios, al comprobar que allí solo estaban Carlisle y Alice.

Pero... ¿Estaba aliviada, o... por el contrario, defraudada?

Porque sabía perfectamente a quien esperaba ver allí, por mucho que me maldijese a mí misma por eso. Pero sabía que él, no tardaría mucho en hacer acto de presencia. Una intuición me lo decía.

- Espera, salgo contigo. - Anuncio Alice. Debía esperar algo así.

- Tengo prisa... Mucha. - Le contesté, sin mirarla a la cara, mientras comenzaba a caminar a través del pasillo.

- ¿No vas a mirarme? - Preguntó; pero no era un reproche.

- No tengo tiempo de juegos, Alice. - Le contesté sin parar mi enérgico taconeo hasta el ascensor.

- Bueno, por lo menos puedo comprobar que no has olvidado mi nombre – En su voz se podía adivinar un toque divertido. Yo menee la cabeza, mientras rodaba los ojos. - Y también, que sabes caminar genial en tacones Jimmy Choo.

Llegamos al ascensor y ahí, ya no tuve más excusas para no pararme. Además, esa situación era ridícula. Era una mujer de casi 30 años... No podía dejar que su presencia después de tantos años, me impresionara. Porque tenía más que superada su marcha...

¿O quizás no tanto?

Me giré y la encaré, al fin.

- Gracias por tu defensa ahí dentro... El marido de Laurie es un capullo integral, cada día lo tengo más claro – Suspiré – Pero obviando ese detalle, del que presumo te habrás dado cuenta... ¿Qué quieres, Alice? - Le pregunté directa.

- Llevas tres días esquivándome, reconócelo – Arqueó su perfecta ceja.

- ¿Y? - Copié el gesto, levantando mi también perfectamente depilada ceja.

- Te he echado de menos... mucho – sonrió dulcemente. - Llevo todos estos años viéndote en mis visiones, - yo abrí los ojos alarmada - ¡Jajaja! Tranquila, no es como una cámara de vigilancia, no he visto nada íntimo – me guiñó un ojo – Te veía cuando tomabas decisiones, así es como me entran las visiones.

- Lo sé... Lo recuerdo – Sonreía tímidamente, pero se percibía que aguantaba la risa.

- Me alegro de saberlo. Me refería a que te veía unos pocos segundos, interactuar en tu vida... y estaba ansiosa de poder tenerte al fin así, en persona, y poder verte. - Me miró de arriba a abajo. - Carolina Herrera, ¿eh? - me miró de soslayo, sonriendo cómplice. - Me encanta el modelito. - Se inclinó de hombros, en un gesto casi infantil. En un gesto muy "Alice".

El ascensor se abrió y ambas nos metimos dentro, en silencio. Alice parecía cómoda y tranquila, pero era una vampira, o sea, una tramposa. Yo, estaba que me consumía por dentro.

- He visto que hoy has decidido deshacerte de tu apartamento... Si quieres, puedo ayudarte a buscar otro. - Se ofreció – Es una pena que lo cambies, - hizo un mohín con la boca, y yo arrugué el ceño. Algo escondía – De ante mano, te pido disculpas, pero el otro día, subí a verlo. - Alcé las cejas, pero sin enfado. Realmente no me importaba. No era mi hogar, solo lo mantuve porque era precioso, céntrico, podía sobradamente pagarlo y... me daba sensación de poder. No eras nadie si no vivías en Manthattan.

- No me molesta, la verdad. Ahora es como un piso de revista – me incliné de hombros – Cuando me mudé, si que hacía más vida allí, pero ahora... - suspiré – No necesito un apartamento tan céntrico y tan caro.

Alice comenzó a preguntarme si tenía algo en mente, que avistaba algún que otro destello proveniente de decisiones inconscientes que planeaba sin siquiera darme cuenta. Yo hacía mohines con la boca o me inclinaba de hombros, sin saber qué contestarle.

Mientras la conversación avanzaba, íbamos dirigiéndonos hacía la salida.

- Ahora mismo no sé decirte nada, Alice. Estoy perdida. - Murmuré abatida. - Ese trabajo se había convertido en mi vida – Rodé los ojos – Estoy disgustada, porque hacía lo que mejor se me da y me gusta. Me apasiona la vida que llevo. - Agaché la cabeza, tristemente.

- No creas que tanto... - Se limitó a contestar. Yo la miré con el ceño fruncido - Estabas sola. Siempre estabas sola. A excepción de Laurie, no has dejado que nadie se te acerque realmente – sus ojos brillaban de una emoción que no supe identificar. - Y bueno... con ella, llegaste a perder también contacto. Hacíais vidas completamente dispares. Pero su embarazo, te hizo replantearte muchas cosas – Me miró con una ceja alzada.

- Sí, tienes razón. Pero, llevaba la vida que yo había escogido. Para mí no era un sacrificio. No debía elegir entre formar una familia y mi trabajo... Yo no quería una familia. - Suspiré frustrada. - Ya tenía a Laurie – Agaché la cabeza de forma triste - ¿También a tí tengo que exponerte mis razones? - Le pregunté algo molesta, volviendo a mirarla – Te suponía bastante más aguda e inteligente... Además, tú eres protagonista estelar de la razón por la que no quiero formar una familia, el porqué no intimo con nadie... - Respiraba forzadamente y captaba mis latidos alterados.

- Si, lo sé perfectamente... Pero quería oírtelo decir con tus propias palabras – Me miró, intentando esconder una mirada pícara.

- No... no... No me malinterpretes – meneé las manos en el aire, nerviosa, por el camino que estaba adquiriendo la conversación. - Eso no quiere decir nada, de forma actual. - Aclaré - Ese acontecimiento de mi pasado me dejó marcada y por el motivo qué sea, no lo he superado, o no me he esforzado en intentarlo realmente. - Recité rápidamente – Pero a día de hoy, repito, no significa nada.

- ¿Por el motivo que sea? - Preguntó, aunque algo me decía que realmente no era una pregunta. - Creo que ambas sabemos cual es "ese"motivo, ¿verdad? - Su rostro ahora, había adquirido una seriedad notoria, mirándome muy fijamente.

- Óyeme bien, Alice Cullen – La encaré, parándonos ambas a la entrada de la clínica – No quiero saber nada de tu hermano, por que sé de sobra que tus tiros van directos por ahí, ¿entendido? - Respiré – Os agradezco muchísimo el que esteis aquí ayudándome con el tema de mi amiga, pero cuando esto acabe, os marchareis y cada cual seguirá su vida. - Mi mirada era seria, al igual que mis palabras. Tenía muy claro que no iba a volver a sufrir igual que la primera vez que se fueron. - Y respecto a Edward – titubee ligeramente al decir su nombre, y por supuesto Alice se dio perfecta cuenta de ello – Voy a recitar sus últimas palabras: "Será como si nunca hubiese existido". - La ira salía a borbotones de mis ojos.

A Alice se le descompuso la cara durante dos segundos, mostrando dolor por mis palabras. Por las palabras que tuve que escuchar de boca de su hermano. Sus ojos se apartaron de los míos, mirando durante una centésima de segundo algo detrás de mí.

- No sé si él es conocedor de que estáis aquí, si está de acuerdo, o si no lo está, pero...

- Sí, estoy al tanto y sí, estoy de acuerdo – La dulce, aterciopelada y, familiar voz de Edward cortó mi retahíla de golpe.

Siempre supe que podría reconocerla, si volvía a escucharla, pasaran los años que pasasen en cualquier situación... Y así fue. Entró en mi cerebro, mandándome una descarga de miles de voltios por mi columna vertebral, como si mi cuerpo quisiera decirme... " Es él "

Y en un nanosegundo, por mi mente pasaron mil imágenes, a la velocidad de la luz, de nosotros dos. Imágenes que me tenía prohibido recordar desde que había escrito aquel memorándum la noche de la boda de Laurie. Y la última imagen, la más terrible, la más dolorosa... Su despedida.

La cicatriz de mi pecho, comenzó a doler. Recordándome su daño. Los diez interminables años de sufrimiento y agonía que él me había obligado a padecer.

Miré para Alice con los ojos saliéndoseme de las órbitas. Mientras ella, miraba para mí y para su hermano, el cual estaba justo detrás de mí, entre sonriente y sorprendida. Más bien, aguantando la carcajada.

Él, es lo que llamó su atención y por eso miró por encima de mi hombro instantes antes.

Inhalé aire, relajé mi gesto de terror, alcé una ceja y puse mi cara de arrogancia para infundirme valor a mí misma. Básicamente porque no confiaba en la reacción de mi propio cuerpo cuando lo encarara.

Intentando obviar los síntomas de nervios absolutos que me recorrían el cuerpo entero: Pulsaciones a mil, piernas de gelatina, manos temblorosas y respiración forzada.

- Hola Edward – lo saludé, con mi perfectisima ceja en alto y mirada de gata, mostrando una cara arrogante, rozando lo petulante. Pero por dentro, sentía mi corazón a dos mil voltios.

Necesitaba sentirme segura, ahora más que nunca. Qué él no viese ni un ápice de debilidad. Así que usé mi imagen más cínica, por pura medida de autoprotección. Contra él.

- Hola Bella – Me devolvió el saludo con una sonrisa un tanto tímida. Pero sus ojos brillaban más de lo que recordaba, le hubiesen brillado jamás.

Ambos nos quedamos mirando el uno al otro fijamente. Observándonos. Estudiándonos.

Pudieron haber pasados unos segundos, como una semana entera. Ya que el tiempo, de pronto, perdió todo significado.

Después de diez años... ¡DIEZ! Y te tengo delante de mí.

No era capaz de asimilar que lo tuviese aquí. Ya que hacía mucho tiempo que había perdido toda esperanza de volver a verlo. Tenía el pelo un poco distinto, un poco menos alborotado, lo que hacía parecer que se lo hubiese recortado. Pero su rostro, tallado a la perfección seguía igual. Sus ojos de un ámbar brillante y claro, lo que me daba a entender que se había alimentado hacía muy poco, seguían igual de hipnóticos y espectacularmente bellos... Y, su boca... sus carnosos labios sonrojados y aterciopelados... Seguían mandándome el mismo mensaje: Bésame.

Y de pronto, algo cambió: mi postura corporal dejó de ser defensiva, mis ojos estaban cristalinos, mi ceja bajó a su posición normal y mi corazón latía de una forma que hacía muchos años, no hacía; exactamente diez.

Y entonces esto, fue el último síntoma que necesitaba para ser completamente consciente de porqué no había intimado con nadie... La suposición de que nadie le igualaría, quedó relevada a una confirmación rotunda.

Ya no era por él; era por mí misma. Nunca había sentido con otro hombre, algo que se le asemejase a lo que él me hacía sentir tan solo con su presencia.

Corté nuestra comunicación visual, girando la cabeza, mirando hacía el suelo. Necesitaba serenarme. Sobre todo, una vez mis ojos se quedaron hipnotizados mirando sus labios, al igual que aquella adolescente ingenua y estúpida de hace diez años.

Un carraspeo muy oportuno, nos hizo a ambos, sobre todo a mí, volver al mundo real.

- Creo que podemos seguir hablando luego, Bella – El tono "chistoso" de Alice me hizo fruncir la boca, molesta – Voy a dejaros a solas... El ambiente se ha, cargado demasiado, y... creo, que yo, sobro. - Levantó las cejas, de forma pícara.

¿A solas? ¿Con él? Nooo... ¡Ni de broma!

- Yo me voy – sentencié – Tengo mil cosas qué hacer – Y con las mismas, me dispuse a irme.

- Espera – su dulce voz, me recorrió las entrañas, haciéndome respirar profundo.

Edward, que se encontraba como a unos cuatro pasos de distancia, acortó dos de forma urgente.

- ¡No! - Alcé un poco la voz, y ambas manos en señal de que se frenara. - No se te ocurra acercarte a mí. - Lo miré saliéndoseme los ojos de las órbitas.

- Vamos Bella... No te va a morder – Alice quiso hacer un chiste "gracioso", pero yo estaba excesivamente tensa, y ahora, solía tener salida para todo.

- No... estoy segura de eso. Edward no sabe morder – Lo miré con la ceja alzada, la mirada prepotente y tonito sarcástico. Y todo ello, con una risita irónica en mis labios. Alice abrió los ojos como platos, mirando hacía su hermano, al cual no le había hecho mucha gracia mi comentario.

Aunque claro, esa era la intención. Por supuesto.

- Si me disculpáis... he de irme. - Volví a decir. Mi salida iba a ser triunfal. Cargada de dignidad.

- Bella, estamos aquí para ayudarte. Por mucho que quieras, se te han agolpado mil cosas ahora mismo. Y a cada cual más difícil - Explicaba Alice – Déjate ayudar. - Su declaración me distrajo.

Y fue lo justo para que Edward se acercara sin que yo me percatase.

Me agarró de la muñeca derecha, volteándome la palma arriba. Su agarre era firme, no permitiéndome ni el más mínimo movimiento. Su extrema cercanía, también influyó para que mi cuerpo quedará sin funciones.

- Esa marca, prueba que si. - Bajé la vista, para observar los dientes de James, y por encima los suyos, cuando chupó la ponzoña de aquel vampiro sanguinario. Su semblante mostraba una sensualidad arrolladora, pero no me dejé intimidar.

- No me lo recuerdes – Lo miré con ojos enfurecidos – Jamás he pasado algo tan traumático y doloroso.

- ¿Y querías transformarte? Aquello solo fue el principio... - lo corté.

- No me refería a eso... - Lo miré fijamente, mostrándole toda mi rabia – Si no al hecho de enfrentarme a un vampiro cazador, sola. - Recalqué con maldad extrema esa última palabra. - Y ahora... haz el favor de soltarme – le escupí.

Meneé la mano y él, desencajado, soltó su agarre al instante. Mis palabras, sobre todo el incapie de "sola", le habían afectado, como suponía.

Pero no pude obviar, por muy enfadada que me sintiese, la corriente eléctrica que recorrió mi cuerpo nada más sentir su tacto sobre mi piel.

Y me maldije interiormente por eso. Por sentir. Por el.

- Vamos chicos... - intervino Alice, ya que el ambiente podía cortarse con cuchillo – Hace diez años que no nos vemos... No estropeemos el momento, ¿eh? - sonrió ampliamente, mientras posaba sus manos en el hombro de Edward y otra en el mío. Pero yo giré mi brazo, no dejándola ni rozarme.

- Lo de no me toques... también va para tí. No lo olvides – Clavé mi mirada como una daga envenenada en sus ojos, dejándola perpleja.

Ambas nos quedamos mirándonos fijamente, en un duelo de diosas.

- ¡No me puedo creer que estés sobre esos altísimos tacones y no te caigas! - El reconocimiento vino a mi mente tan rápido como con los demás. A parte de que ese tipo de bromas solo podían pertenecer a una persona: Emmet.

Me giré, separándome de Alice y Edward, apretando los labios para controlar la enorme sonrisa que se estaba instaurando en mi cara.

- Emmet... - Murmuré sofocada.

El nombrado esbozó una gran sonrisa y sus ojos se iluminaron una vez me hube girado y me tuvo frente a él.

Con Emmet nunca llegué a intimar demasiado. No hablábamos de cosas personales, nunca hacíamos nada especial juntos... Pero entre nosotros, siempre hubo entendimiento. Desde el principio me transmitió un gran apego, el cual fue creciendo a medida que mi trato con la familia Cullen iba en aumento. Y él, fue uno de los que más calma y protección me brindó cuando sucedió lo de James y Victoria, aquello nos hizo crear una camaradería entre nosotros.

Y ahora mismo, de todos, era al miembro que más ilusión me hacía ver.

Se acercó a mí, sin titubeos, sin miedos y sin la menor duda. Despreocupadamente como era él. También mi expresión corporal lo alentó, ya que deshice mi fachada y le mostré mi sonrisa de forma natural y sincera, dándole ánimos más que de sobra para que se acercara.

- Enanaaaa – Me saludó una vez me tuvo a tan solo un par de pasos.

Dicho lo cual, me alzó en brazos y giró sobre si mismo, arrancándome varias carcajadas. Hasta que una enfermera nos llamó la atención, como era de esperar.

- Lo siento señorita, - se disculpó Emmet por los dos. Volvió la atención a mí - Estas preciosa, Bella... ¡Menudo cambio! – Me miró de arriba a abajo, sacándome los colores.

- Han pasado diez años, Emmet – Respondió una voz a nuestro lado, diciendo en voz alta mi propio pensamiento. - Estaba claro que iba a ser una belleza de mujer.

- Rosalie – La salude, aun sonriendo por las bromas de su marido, y algo sorprendida por su cumplido. - Gracias – Le agradecí.

- Bella... - Me nombró en forma de saludo. Me miró de arriba a abajo – Hay que reconocerlo... ¡Menudo cambio! - Rió con su perfectísima boca.

- Señores, por favor... Me parece muy emotivo su reencuentro – Nos interrumpió la enfermera, - Pero están en la entrada de una clínica hospitalaria, y están armando demasiado escándalo. - Nos regañó – Tienen la cafetería aquí al lado. Por favor, sean conscientes.

- Por supuesto... Lo sentimos mucho – Me disculpé yo. - Como bien ha dicho, hace tiempo que no nos vemos, y hemos perdido las formas por la emotividad del momento. Ahora mismo nos vamos, señorita. - La enfermera, agradecida por mis modales, sonrió y se fue al mostrador.

- Lo dicho... menudo cambio, enana – Emmet me miraba completamente alucinado – Ya no necesitas que Edward hable por tí como antes – Soltó tan tranquilo; natural como él mismo, acabando con una suave carcajada.

El resto de los acompañantes me miraban con los ojos salíendosele de las órbitas, esperando cual pudiese ser mi reacción ante el comentario, un tanto inoportuno.

- ¡Emmet! - Lo reprendió Rosalie.

- No tranquila... No pasa nada. Tiene toda la razón. - Admití – Ahora ya no necesito que nadie hable por mí, Emmet. Muchas cosas han cambiado en estos años. - Él me miró con comprensión infinita, y yo le devolví una mirada similar.

- Creo que debemos irnos, o volveran a reprendernos. - Comentó muy acertada Alice.

Mientras todo esto pasaba, en cuestión de diez minutos, Edward se mantuvo dentro del grupo que habíamos formado, tal vez un paso por detrás, manteniendo una distancia de seguridad conmigo. Pero en varias ocasiones, me figé muy discretamente, que no me había quitado los ojos de encima.

- Bueno, ya habéis aparecido todos – Comenté. - Y ya que estáis aquí para ayudarme, organicémosnos. -Todos asintieron, con entusiasmo rozando lo infantil.

Bueno... ya los tenéis todos aquí.

Ahora empieza lo bueno.

MIL GRACIAS POR VUESTROS COMENTARIOS!

BESOSSSSSSSSSSS!