CAPITULO 11


Hola mis niñas.

MIL GRACIAS por todos los comentarios que me dejáis.

Veo que el fic, cada vez tiene más seguidoras y eso es alentador,

ya que es sinónimo de que está gustando. Y eso, que ahora es cuando

empieza lo mejor...

Así que no me lío más y os dejo disfrutar... Ahora que ya ha llegado

nuestro querido (y en este fic, odiado) Edward.


Les di tareas a todos. Me puse en modo organizativa, y agilicé mi agenda en cuestión de un minuto.

Tal y como había dicho Alice, estaban aquí para ayudarme, y yo me sentía tremendamente cansada. Por mucho que me esforzara por disimular mis emociones, mi rostro reflejaba claramente lo que mis palabras no decían.

- Carlisle está con Laurie, y con asuntos protocolarios del hospital – arrugue la boca, mostrando mi culpabilidad por meterlo en semejante lio.

- Rose – la mencionada se acerco hasta mí – Si no te importa, y sabiendo lo mucho que te gustan los bebés... - la vampira abrió ligeramente los ojos, con emoción – Podías subir tú a darle el biberón a Nora y pasar un ratito junto a ella.

- Oh, vaya... esa es una tarea, que bueno... - la sonrisa acabó por escaparsele – que haré encantada – le sonreí en respuesta.

- Lo único es que deberás coger, con disimulo otra manta, y ponerla entre tu cuerpo y el de ella, para no transmitirle frío a la niña. - Le aconsejé – Es muy pequeñita, y al pasar tanto tiempo sola, se destempla con gran facilidad. - Ella asintió ensimismada con mis explicaciones.

- Emmet, tu tienes que recogerme en dos librerías, dos manuscritos. Puedo suponer que no te será difícil moverte por Manhattan, ¿verdad? - El asintió y yo le pasé una nota con las direcciones. - Dices que vas de mí parte. No te pondrán problemas... Pero, Emmet, de parte de Isabella Swan, no de Bella. - Le guiñé un ojo.

- Alice, tú me ayudarás a encontrar apartamento. Dejo en tus manos, tus dotes persuasivos y de buena negociadora, para buscar un buen piso, a buen precio. - Saqué de mi agenda otra nota. - Aquí tienes varias direcciones de las zonas donde estoy interesada y la hora de la cita con el agente inmobiliario- Asintió entusiasmada.

- Por mí parte, debo ir a otra librería, uno de mis escritores tiene una firma de libros y hará una lectura de su nuevo libro. Antes pasaré por mi casa a cambiarme y luego ir a la otra punta de Manhattan. - Suspiré – Y tras eso, venir para pasar tiempo con Laurie antes de que cierren el horario de visitas – Callé, recuperando aire. Hasta que alcé la cara, buscando - ¿Dónde está Jasper? - pregunté.

- Está con Carlisle, reunido de forma burocrática. - Contestó Alice – Al aparecer Carlisle aquí, la voz se ha corrido y numerosos médicos se han acercado a la clínica para conocerlo y discutir técnicas médicas. - fruncí los labios. - ¿Para qué lo necesitabas?

- Para que me hiciera de chófer, estos días lo tuve a mi servicio – sonreí de forma culpable, mordiéndome el labio inferior – y la verdad es que me vino genial. Su forma de moverse por Manhattan supera al de cualquier taxista experimentado - Alice me miró sonriendo de forma muy, muy traviesa, para a continuación, lanzarle una miradita a su hermano.

Según fui consciente de ese gesto, me maldije internamente a mi misma. Había caído en su trampa. Esta Alice seguía superándome con creces en manipuladora. Suspire rendida.

- A Edward no le has mandado tarea – Apretaba la boca, intentando en vano, esconder su sonrisa. - Así que él, te hará hoy de chofer. Y de paso te recogerá la ropa de la fiesta - Sonrió triunfal. Yo, abrí los ojos hasta el infinito.

- No. - Sentencié tajante. Apreté los dientes, porque no quería montar una escenita delante del resto de los Cullen.

- Jajajaja – La risa estridente de Emmet se escuchó por todo el vestíbulo de la clínica. - Esto va a ser mejor aun, de lo que imaginé. - Se llevó las manos a la boca, para reprimir otra risotada. Por mi parte, fruncí la boca en un mohín de malestar.

- Vamos Bella, no seas infantil... - Alice rodó los ojos, restándole importancia al tema. Fruncí aun más los labios.

- Bueno... ¿os extrañáis de que no quiera ir con él en coche? Es lógico... yo tampoco me fiaría de montarme en coche con alguien del que no sé nada desde hace una década – Expuso Rose, dándome la razón. - Ahora, es un extraño para ella. - Cruzó sus brazos por encima de sus pechos, dando por zanjada su explicación. Muy Rose.

De pronto... Alice, Rose y Emmet se enzarzaron en una casi inaudible discusión entre ellos. Acción que yo aproveché para hacer una sigilosa salida y zafarme así, de ir con Edward en coche.

Con lo que no conté, fue que había otra persona allí, la cual no me quitaba los ojos de encima, atento a cualquier movimiento.

Justo cuando estaba por atravesar la puerta de salida, una manos me empujaron suavemente por la espalda haciéndome salir del hospital.

Edward.

- Muy bien hecho... Veo que no has olvidado lo muchísimo que se distraen cuando discuten entre ellos – Rodó los ojos, con una gran sonrisa divertida – Porque eso no ha cambiado ni lo más mínimo.

Ahora estábamos en la calle, solos, uno enfrente del otro. Y yo me sentía a parte de exaltada, ofendida por mi pillada.

- No quiero que me acompañes a ningún lado – Solté sin mirarlo. - Cogeré un taxi.

Me giré y caminé unos pasos, hasta que se posicionó a mi lado.

- No puedo dejarte ir con esos tacones. - Sonrió señalándolos – No quiero ser responsable de que te rompas un pie – Rió. Sus labios se curvaron en su preciosa sonrisa. No era "mi" sonrisa, la torcida, pero la que me acababa de regalar, no tenía desperdicio.

- Tranquilo, no sufras – contesté con mi voz cargada de sarcasmo – No es la primera vez que camino sobre tacones. Y... si me permites el consejo, deja las bromas para Emmet.

Comencé a andar hasta la parada de taxis, y gracias al cielo, había uno libre. Cosa rara donde las haya.

Me subí y no pudiendo evitarlo, giré la cabeza hasta donde había dejado a Edward.

Allí seguía. Erguido y... espectacular, viendo como me iba, con el rostro tenso y muy serio.

Me di una ducha rápida, aplicándome el aceite de esencia igual a mi perfume; una mezcla de flores dulces. Me retoqué el maquillaje, marcándolo un poquito más. Me solté la cola, y me hice un moño bajo, dejando algún mechón suelto. Así, dejaba ver la espalda tan sensual de la blusa.

El conjunto, era matador:

Una mini falda negra de tubo y una blusa de raso, en blanco, entallada hasta la mitad de la cadera. Cuello halter, y la parte trasera al descubierto hasta más de la mitad de la espalda, a excepción de una tira estrecha de encaje desde el cuello hasta donde volvía a cerrarse la blusa, justo por encima donde la espalda pierde su nombre.

Unas medias en negro transparentes. Zapatos de taconazo de Jimmy Choo y bolso del mismo.

Una america blaser oversice en negro.

Me apliqué un ligero toque de perfume, y un poco de brillo de labios en tono rojo.

¡Perfecta!

Mi móvil sonó: Alice.

"Solo una palabra... ¡Espectacular! Baja sin la chaqueta puesta. No hace frío. Hazme caso"

No pude más que sonreír ante el whassap de Alice.

Aunque llevaba la americana puesta, me miré en el espejo del ascensor, suspiré rendida, y me la quité, doblándola sobre mi antebrazo.

Al salir, el portero me saludó muy atento como siempre, intentando ser discreto al mirarme; acto que no consiguió demasiado.

Cuando estaba a punto de agarrar el asa de la puerta, un hombre, más o menos de mi edad, se me adelantó y me la sujetó para que saliese.

- Por favor... señorita... - se dirigió a mí, comiéndome con los ojos.

- Gracias – Le contesté con una dulce sonrisa. Me encantaban estos coqueteos. Además el chico, estaba tremendo.

- Si vuelves a mirarme así, tendré que secuestrarte - Su tono era sensual, y para nada baboso. Divertido, más bien.

¿Este tío era vecino mío... y no lo sabía? Mal Bella, mal.

Nos cruzamos, quedándonos muy cerca el uno del otro, mientras yo pasaba.

- ¿Desde cuando un ángel es vecino mío, y yo no lo sé...? No tengo perdón. - Seguía sujetando la puerta, pero dio un paso hacía mí, para acortar la distancia entre nosotros.

- Eres muy amable... - le di otro aleteo de pestañas, inocente. Su mirada se cargó de sensualidad.

- Bueno... - El chico, de pronto, pareció cohibido, y su vista se escapaba a hurtadillas hacía la izquierda; a la carretera. - Creo que te están esperando. - Murmuró tímidamente.

Seguí su mirada, y cual fue mi sorpresa al encontrarme a Edward, apoyado en su coche, un Volvo negro y reluciente.

Nada más verlo, un escalofrió recorrió mi columna vertebral. Estaba... Indescriptible. Llevaba puesto un jersey fino, cuello de pico, en gris marengo (azulado oscuro), una americana azul marino sport y unos vaqueros azul oscuro. Era la imagen más sexy y más sensual, que mis ojos hubiesen visto jamás.

Esa imagen... apoyado en su volvo, esperándome... Tan familiar, tan conocida... Simplemente, otro escenario de fondo, y diez años de diferencia.

Y para rematar, tenía esa mirada tan especial, tan concreta, tan suya. La que gritaba: Peligro.

Parece ser que a Edward no le había gustado mi encuentro con ese chico.

Mala suerte, Cullen. Pensé con suficiencia.

- Es un tio con suerte... mucha... - Yo devolví mi atención al chico, interrogativa – La forma de mirarle a él, no tiene nada que ver a como me has mirado a mí. - Me mordí el labio y agaché la cara al suelo. - Nunca había visto a un hombre, mirar de esa forma a una mujer... Cuídalo – me alzó las cejas – Está loco por tí – sonrió y desapareció dentro de la portería.

Vaya... encima de estar tremendo, es educado. Y... muy observador.

Cuando me acerqué a Edward, él se movió para abrirme la puerta y darme acceso a su coche; cuando iba a empezar a despotricar porque hubiese venido, la blazer se me escurrió del brazo directa al suelo.

Me agaché en un rápido reflejo, pero, por supuesto, Edward fue más rápido y la cogió antes de que callera.

Cuando alcé la cabeza, aún ligeramente agachada, tenía su cara a menos de cinco centímetros de la mía.

Ambos nos quedamos mirándonos de forma intensa a los ojos.

Ámbar contra azul. Diamante contra zafiro.

Pero a pesar de las diferencias, transmitían sentimientos a raudales. Cristalinos y puros.

Mi respiración era igual que un tren de mercancías, y el pecho de Edward subía y bajaba rápidamente. Entonces él hizo un leve movimiento, supongo que su intención era acercarse más a mí, y eso hizo que el embrujo se rompiese.

Yo me separé de él abruptamente, quedando empotrada contra el coche.

Tragué saliva, bajé la mirada al suelo y giré la cabeza. Y sin más mediación, me metí en el coche.

Mientras él subía por su puerta, apreté los ojos fuertemente. Y respiré profundo varias veces.

Bella... Bella... Controla tus hormonas.

- Ya no recordaba lo que era oír pensamientos de otros hombres sobre ti... - comentó despreocupadamente al cabo de unos minutos, sin girar la vista hacía mí. Pero sabía que me veía más que de sobra. Yo, me incliné de hombros. - Y ahora son muy distintos a los del instituto. - Gruñó ligeramente.

- No lo conocía. Saludar a los vecinos es de buena educación. - Contesté sin mirarlo a la cara.

- Si... ya – Contestó con desdén.

- ¿Sabes dónde vamos? - Cambio de tema.

- Sí. Te dejo en la librería y voy a recogerte un vestido a la boutique Carolina Herrera. Cuando acabes te estaré esperando para llevarte al hospital, así podrás estar un rato con Laurie. Además, siendo paciente de Carlisle, no dirán nada porque estés un poco más después de cerrar el horario de visitas.

- Seguís haciendo magia haya donde vayáis. Es... ¡increíble! - Giró la cabeza para mirarme de frente, con el entrecejo arrugado. - Si... la influencia que ejercéis sobre la gente... ¡Fascinante! - Exclamé meneando la cabeza, con cierta irritación.

Llegamos a la librería, una de las más conocidas de Manhattan, en tiempo récord. Su manera de sortear el trafico de Nueva York era aun más genuina que la de los propios taxistas, y ellos eran unos auténticos expertos.

- Puntual como un reloj suizo.

- Estaré esperándote cuando acabes.

Me giré, y él, como si hubiese leído mi pensamiento y supiera que iba a hacer ese movimiento, estaba inclinado sobre el asiento, quedando así, nuestras caras muy cerca. Otra vez.

Pero cometí el error de mirarlo, justo antes de separarme... Craso error haber posado mis ojos en los suyos. Una vez me hubo cautivado con su mirada, me quedé hipnotizada.

Y otra vez esa sensación de que el tiempo se detenía. De que dejaba de tener importancia.

- No imaginé que pudieses llegar a dar un cambio tan... increíble en estos últimos años - Su mirada se volvió dulce, y sus labios dejaron entrever una sonrisa tierna. Tragué saliva – Te he visto a lo largo de los años ir cambiando, en las visiones de Alice, hasta hace algún tiempo - Dejó salir el aire por su boca, rozando su aliento en mis labios, agitando mi respiración. - Pero ahora, en persona... Es muy diferente. - Al fin conseguí despertar de mi hipnotismo. Mientras él, intentaba ocultar la sonrisa.

- Es lo que tiene envejecer... Cambiar... Antes, era poco más que una niña – Bajé la mirada. - Ahora... Bueno, ya me ves.

- Es lo que hago. Mirarte... - Susurró, con sus ojos extremadamente fijos en mí.

Había dos opciones: O el aire dentro del coche se estaba agotando, o yo lo había absorbido por completo. Pero de cualquiera de las maneras, me estaba ahogando.

Salí del coche, e inhalé aire. Justo cuando me disponía a irme, me giré de golpe, apoyándome en la ventanilla del flamante Volvo.

- No tengo tú número de móvil.

- Lo tendrás. - Sonrió y yo volví a morderme el labio. Asentí, de forma seca, y me giré sin voltearme.

Entré en la librería, y mi móvil sonó: Edward.

"Estás espectacular... y no solo por el conjunto que llevas puesto"

Apreté los labios para esconder mi sonrisa; hinché mi pecho de vanidad femenina. Su piropo, me había encantado más que cualquier otro que me hubiesen dicho jamás.

Me sacudí la cabeza para sacarme la idea. No podía dejarme liar por sus "truquitos".

La presentación comenzó con normalidad, siendo todo un éxito. Como debía ser.

Y mientras mi escritor leía un párrafo de su nuevo libro, el recuerdo de un comentario que Edward acababa de decirme en el coche, llegó a mí:

- Te veía cambiar en las visiones de Alice, hasta hace algún tiempo -

¿Qué significaba eso? ¿Ahora ya no miraba en las visiones de su hermana? ¿O es que no estaban juntos?

Al acabar, el escritor al que acompañaba, me paró en un aparte.

- Isabella, siento mucho lo que ha pasado con tu trabajo. - Me comentó – Realmente – Meditó unos segundos – Hace tiempo que nos conocemos, este es mí segundo libro publicado por tí; y gracias a tí, han podido ver la luz – me sonrió, gesto que le devolví – Pero desde que nos conocimos, hace casi dos años, a ahora... - Se mordió el labio – Has cambiado. No me malinterpretes... Tu trabajo es aún más magnífico, si era posible. Tus correcciones son espectaculares, y tu ojo clínico es inigualable... Pero tu carácter... - Apretó los labios, en un gesto triste.

- Sí... Lo sé. Me he vuelto una zorra insensible – lo miré con intención – Tranquilo, no te haré sufrir buscando palabras similares, pero que al final digan lo mismo – Giré la boca, en una especie de sonrisa.

- Sé que alcanzar, y aun más, mantenerse en las altas esferas, acaba volviendo a todo el mundo así... -Giró la boca, ocultando una sonrisa pícara.

- Sí... - rodé los ojos, de forma simpática – una zorra insensible. - Él asintió.

- Pero por lo que tú destacabas, era exactamente porque no eras así. Por eso todos te queríamos a tí. - Abrí los ojos sorprendida - ¿No me digas que no te habías dado cuenta? - Me preguntó aún más extrañado que yo - ¿No tenías más trabajo que otros editores de tu rango? - Y me miró de soslayo, dándole énfasis a su pregunta.

- Bueno... realmente creí que trabajábamos todos más o menos por igual... - medité unos instantes – Alguna vez si que me percaté de que yo tenía más manuscritos que otros compañeros, pero... supuse que era la típica técnica de llevarte al límite, para ver si soportabas la presión – Contesté convencida de mis palabras.

- Pues no... Al principio, pudo ser eso, no digo que no. Pero después de un tiempo, cuando ya tenías tu puesto más que fijo... ¿Por qué era? - Negué – Todos nos peleabamos por ti. Porque sabías como tratarnos, como hacernos aceptar las correciones y darnos un argumento de porque eran necesarios. Siempre estabas pendiente, aguantando nuestros nervios, nuestros ataques... - Sonrió, mirando al cielo – Tenías tantísima dulzura... - sonrió melancólico. Y yo estaba, completamente sin palabras. - Recupera tu carisma Bella.

Ya me había despedido de todo el mundo dando por acabada la presentación, dejando mi trabajo bien atado y el nombre de la editorial en su podio habitual; ya estaba en la acera, oteando en busca de Edward, cuando volvió a pararme.

- Isabella... Muchos de nosotros, te seguiremos donde vayas – Abrí los ojos fuera de mí – A muchos nos has tratado muy bien – me guiñó un ojo. - Recuérdalo, ¿ok? - Asentí, con un nudo en la garganta. - Bueno, voy a disfrutar de mi éxito – volvió a hacerme el mismo gesto – A ver si de esta, encuentro novia... ¡jajaja! - Y riendo, entró en la librería.

Yo me quedé allí parada, viendo como desaparecía dentro del local, meditando sus palabras, cuando alguien me habló por la espalda.

- ¿Lista señorita editora? - Su dulce voz, me pilló desprevenida, sobresaltándome.

Sonrió ante mi saltito y pequeño grito. Me abrió la puerta del coche y me subí sin pronunciar ni una sola palabra.

Después de incorporarse al tráfico, inició conversación. Estaba nervioso. Aun lo conocía... o lo distinguía; y sus formas lo delataban sin piedad.

¿Así que yo no soy la única que está nerviosa? ¡Perfecto!

- Veo que todo ha ido muy bien – lo miré pestañeando – Lo digo por tu cara. Llevas una bonita sonrisa en tu rostro de forma permanente – Rodó los ojos – Y puedo suponer que no es por venir conmigo en coche.

- Muy acertado... y muy suspicaz – Le respondí con tono cantarín. - Carlisle...

- No, tranquila. No hay novedades. - Me respondió, ahorrándome el trago de formular la pregunta.

- Te he recogido la ropa... - Calló, y frunció el ceño, haciéndome a mí, copiar su gesto. - No sé que es peor... el vestido, o lo que va debajo... "si, si lo sé. Maldita sea" – murmuró esto último frunciendo la boca, pero pude escucharlo, haciéndome abrir los ojos; no sabía si disgustada, sorprendida, encantada... o una mezcla de todas. - No he abierto las cajas, si es lo que estás pensando... - Sonrió forzado – Lo he visto en la mente de la dependienta.

- Me alegro de que te haya gustado mi elección... - le alcé una ceja, vanidosa. Él alzó alzó la suya, frunciendo la boca.

El resto del viaje, que fue corto, no volvimos a hablar. Al cabo de un par de minutos, cuando Edward se percató de que se había acabado la conversación, subió el volumen del equipo estéreo, y nos mantuvimos en silencio, escuchando música.

Por muy relajada que pareciese, por dentro estaba descontrolada. El tenerlo aqui a mí lado, me parecía surrealista, después de diez años, de los cuales más de la mitad me los pasé suplicando por que volviese... bueno, suplicando, si... pero realmente la esperanza no la había perdido del todo hasta hacía unos dos años. Justo cuando mi carrera ya había subido como la espuma, y mi vida era irreconocible.

Irreconocible. Si, era la palabra perfecta.

¿Cómo toda tu vida puede ponerse patas arriba en cuestión de un segundo?

De pronto... en el stereo del coche, comenzó a sonar: "Il Divo, Regresa a mí". Por poco se me sale el corazón del pecho. No recordaba ya las veces que había escuchado esta canción, por la más que patente similitud con mis sentimientos cuando Edward se fué.

Sin darme cuenta, comencé a mecerme al son del compás, y alguna palabra se escapaba de mi tarareo.

- ¿Lo entiendes? - Me preguntó sorprendido.

- Ajá. Lo estudié en la carrera y me doctoré en Español como segundo idioma en literatura. - Lo dije de forma sumamente natural, sin ningún signo de prepotencia. Pero en su cara se veía la sorpresa.

- ¡Vaya...! No tenía ni idea – Sonrió, orgulloso y complacido. - Mi enhorabuena.

- Para ser una buena editora, hay que saber hablar y entender perfectamente el Español, ya que hay muchos autores latinos que comienzan a despuntar. Yo, he descubierto un número considerable de ellos, gracias a mi nivel en ese idioma. - Expliqué; ahora mi tono si que tenía algún pespunte de vanidad. Pero... Estaba orgullosísima de mí misma.

- Me dejas gratamente sorprendido – Obvió mi tonito. - ¿Te gustan estos chicos? Il Divo, me refiero.

- Sí... muchísimo. Me parecen espectaculares – Contesté envuelta en la sensación de sus voces.

- Actúan en Nueva York en unos meses – Lo dijo muy natural, pero capté un trasfondo en su voz.

- Sí, lo sé. Estoy esperando a que saquen las entradas a la venta. No me lo perdería por nada.

- Puede, que pudiese conseguirte las entradas antes de tiempo, y en un palco de honor – Me miró de lado, sonriendo torcido. Por poco infarto al ver su sonrisa... Esa sonrisa que me robaba el aliento, y que aún hoy, conseguía el mismo efecto en mí.

No tuve más remedio que agachar la cabeza y girar la cara hacía la ventanilla. No podía permitirme que viera la más mínima debilidad por mí parte.

Volvimos a sumirnos en un silencio, no cómodo, pero tampoco molesto. Solo captaba mi propia tensión, por el momento. Porque nunca imaginé que si volviera a verlos, al cabo de unas horas de reencontrarnos, estaría subida en el coche de él.

- Llegamos – Anunció Edward sacándome de mis cavilaciones.

Volvió a inclinarse hacía mí, y yo volví a contener el aire.

- Siempre me ha atormentado no oírte los pensamientos... y ahora mismo, daría lo que fuera para saber que está meditando tu linda cabecita – musitó, mirándome fijamente, como siempre hacía cuando su curiosidad innata lo mataba por saber qué pensaba.

- Edward, - Alcé ambas cejas – Por muy fijamente que me mires, no podrás escuchar mis pensamientos. Ese truco, nunca te sirvió de nada – Hice un mohín con la boca. Él asintió, frunciendo los labios.

Cruzamos el hospital en un silencio cómodo. Ahora mismo, viéndome otra vez aquí mi cabeza no estaba en él, si no en la dulce y maravillosa mujer que peleaba contrareloj para ganarle una carrera a la muerte; una carrera que tenía ya perdida.

Pensando en eso, nos metimos en el ascensor.

Notaba mi pulso acelerado y descompasado, dándome fortísimas sacudidas contra las costillas.

Si yo podía escucharlo... ¿Entonces él?

Lo miré a hurtadillas, mordiéndome el labio.

- Sé que es difícil... pero has de intentar tranquilizarte un poco, si no, Carlisle tendrá que volver a darte otra pastilla como la de ayer, para evitar que sufras algún tipo de colapso. - Comentó serio.

¡Espera! ¿Cómo sabía él eso? ¡Mierda! Mi recuerdo de él en mi dormitorio, no era algo creado por mi imaginación... Realmente había estado allí.

Entonces me giré, con el ceño completamente fruncido.

- ¿No te acordabas, verdad? - Realmente no era una pregunta. Negué con la cabeza. - Estaba esperando a comprobar si hacías memoria... Si no, te prometo que te contaría que había subido a tu apartamento. Solo estaba esperando el mejor momento. No sabía si... Te molestaría. - Sus ojos eran suplicantes.

Suspiré sonoramente, borrando el gesto de enfado de mi rostro.

- Es bonito... A Alice le encantó – Sonrió – Pero es... tan impersonal. No tiene nada de tí.

- No tiene nada de la Bella que tu dejaste... - Abrí los ojos, cortando la frase de inmediato. Las palabras habían salido de mi boca sin pensar.

Edward me miró y vi la intención de hablar, cuando... ¡Bingo! Las puertas del ascensor se abrieron, salvándome de un momento para el cual, no estaba preparada... Y realmente dudaba que fuese a estarlo en algún momento.

Salí disparada del cubículo, en dirección a la habitación de Lau.

Cuando estaba delante de la puerta, Edward me agarró suavemente por el brazo, deteniéndome.

- Tenemos una conversación pendiente... y lo sabes. Por mucho que la rehuyas, acabaré pillándote y no tendrás más remedio que por lo menos, escucharme. - Relató muy serio.

Me mordí el labio, porque no sabía qué responderle.

- Sabes que pude haberte sacado el tema en el coche, hemos tenido tiempo más que de sobra... pero – suavizo su gesto – prefiero que pasen unos días antes. Que te sientas algo más cómoda conmigo.

- No creo que eso pase, Edward – Frunció el ceño, en un gesto muy de él cuando algo le preocupaba. Mi boca hizo una leve mueca de sonrisa. - Siempre me gustó cuando hacías ese gesto – e inconscientemente alcé mi dedo índice hacía su entrecejo. Acababa de perder completamente el raciocinio.

Lo rocé levemente, mientras Edward me miraba conteniendo el aliento. Fue menos de un segundo, ya que nada más que nuestras pieles se rozaron, esa electricidad cosquilleante, comenzó a crecer y expandirse por mi cuerpo.

Aparté el dedo bruscamente, con los ojos abiertos como platos y con el miedo reflejado en mi rostro.

- Lo siento... yo... yo no debí... - Tartamudee - ¡Joder, no se que me ha pasado! - Gruñí.

Piqué y sin que me dieran acceso, entré.

Necesitaba alejarme de Edward. ¡Ya!

Los presentes, toda la familia Cullen al completo, se me quedaron mirando atónitos.

- ¡Joder! - Exclamó Emmet - ¡Madre mía, Bella!

- No... Esta no es Bella... Es Isabella... - Comentó Jasper mirándome. - Bella fue la de ayer noche. - Su gesto estaba cargado de picardía.

- Ya me contaréis lo que ocurrió ayer en mi apartamento... - miré a Carlisle, señalándolo con mi dedo acusador – No volveré a tomarme otra pastilla de esas. Estas avisado. - Alcé una ceja, mientras fijaba mis ojos en los de él. A lo que el señalado mostró un gesto travieso.

- No ocurrió nada, cielo – Contestó Esme – Simplemente que estabas... ¿Cómo decirlo? Muy simpática. - Se inclinó de hombros. Meneé la cabeza.

Me acerqué a la cama de Laurie cogiéndole la mano y acariciándola. Ella descansaba tranquilamente. Su rostro estaba dulce, sereno... Pero los cables que se introducían en su cuerpo, estropeaban esa imagen. Hundiéndome a mí misma en la más absoluta tristeza.

- No hay nada que hacer, solo esperar... ¿verdad? - pregunté sin voltearme.

Carlisle se acercó, poniendo sus manos en mis hombros.

- Humanamente, no. - Contestó.

- Ya hemos hablado de eso, Carlisle. No soy quien para decidir algo así.

- ¿Nunca hablasteis sobre la inmortalidad? - Preguntó Alice.

Eso me hizo girarme y encararla completamente crispada. Cada vez que Alice abría la boca, parecía que me ofendiera tremendamente; tenía contestación, y no en demasiados buenas maneras, para refutarle por y para todo.

- No Alice. - Le solté enfadada. - No es un tema que se trate fácil, la verdad. - Suspiré, buscando paz. La cual no encontré, por supuesto - No es algo para decir en plan... Tengo unos amigos, que dándote un mordisquito te curan, te arreglan y, ¿sabes? Vivirás eternamente... ¿que te parece la idea? ¿Los llamamos? - rodé los ojos. Mi tono vaporizaba veneno por doquier. - Además ella jamás supo de vosotros.

- Esa ha sido buena – Contestó Emmet tronchándose de risa. Hasta que Alice lo fulminó con la mirada. - ¿Qué? Ha tenido gracia. - Se inclinó de hombros, y me miró con un brillo travieso en los ojos.

- ¿Nunca le hablaste de nosotros? - Alice me miro con intención, y su tono destilaba sarcasmo por doquier.

Suspiré.

- Me refiero a que no le conté lo que erais – rodé los ojos – Y nunca hablamos sobre inmortalidad. - Hice una mueca de una sonrisa – A Laurie le apasionan las películas de miedo, de miedo psicológico... a mi también me gustan, la verdad – fruncí los labios, divertida. - Aunque no tantísimo como a ella. - Meneé la cabeza – Pero las de... - cerré la boca automáticamente; me costaba decir la palabra en voz alta.

- ¿Sobre nosotros? - Preguntó Emmet inmerso en mi relato, al igual que el resto.

- Sí... vampiros, zombies, hombres lobo... Ese tipo de cine no le gustaba. Recuerdo un día, en el videoclub que hay al lado de la universidad, que salió el tema mientras escogíamos una película para una tarde de pelis y palomitas. - Pose mi mirada en un punto, sin mirar nada; recordando aquel momento – Mientras escogíamos, el chico del videoclub conocedor de nuestro gusto por el terror, nos recomendó una... ummm ¿Cómo se llamaba? Val Hensin – Abrí los ojos, pero seguía mirando a la nada – Cuando nos contó de qué iba, a mi se me escapó la risa – Reí. – Y Lau puso cara de asco. Dijo que a ella, esas cosas le daban miedo de verdad, que había visto hacía años una película sobre vampiros y que estuvo días sin cerrar los ojos... ¡jajaja! - Al final la risa escapó de mis labios. - Y yo le entré al tema, preguntándole si creía en ese tipo de seres... Me contestó que rotundamente no. Y que por eso no le gustaban ver esas pelis, porque no quería correr el riesgo de llegar a creer en ellos. - Pestañeé, para desaletargar mis ojos, y miré para Alice – Esa fue la única vez, que se tocó el tema. Y aún habiéndolo hablado, jamás le hubiese dicho sobre vuestra condición. - Volteé para Carlisle – Hace años, en una cocina, por cierto preciosa – sonreí hacía Esme, la cual me devolvió el gesto – Le hice una promesa a una persona... y la he cumplido durante todo este tiempo – Carlisle me dedicó una sonrisa que derretiría un iceberg.

Él se acercó a mí, y me sugetó con sus manos por los hombros.

- Nunca dudé de tu palabra. De tu lealtad hacía nosotros – Me dijo mirándome fijamente. Con ternura, mucha ternura.

- Pero si llegaste a contarle de nuestra existencia... Aunque fuese en un plano humano. - Insistió Alice.

- No sé para qué me preguntas, Alice... Sabes más que de sobra que sí. - Inhalé una gran bocanada de aire.

- Ella lo sabrá, pero nosotros no... - Emmet puso unos simpáticos pucheros. - Ella filtraba muchas cosas que veía de tí. - Asentí, lanzándole al vampiro una mirada casi maternal.

Respiré hondo, y aunque estaba agotada física y mentalmente, me apetecía hablar. Por primera vez en mucho tiempo, necesitaba estar acompañada y hablar. Lo necesitaba tanto como el respirar. Por lo que mis palabras comenzaron a salir de mis labios sin sin ser consciente de ello.

- La primera vez que fuimos a Forks de vacaciones, nos encontramos con Jacob Black – pude distinguir el atisbo de un gruñido, procedente de Edward. - Ella, no me preguntó nunca sobre novios de instituto, hasta el día que nos encontramos con él. - Me detuve unos instantes, mientras la contemplaba respirar enganchada a aquellas máquinas y dejé a mi memoria invadir mis sentidos – Cuando me fui de Forks, Jake llevaba una temporada muy extraño, ya antes de... - Inhalé aire, pestañeé y completé la frase – iros... apenas teníamos contacto, y después, desapareció... Nunca llegue a saber lo que le había sucedido, la verdad, pero cuando nos reencontramos dos años después, fue algo muy emotivo. - Otro gruñido gutural - Edward... deja de gruñir... - rodé los ojos, meneando la cabeza con fastidio – Esa debió ser la primera vez que Laurie me vio interactuar con un chico en un año que llevábamos de amistad – Mis labios hicieron un mohín de fastidio, pero simpático – Y ella había llegado a la suposición de que tuvo que haber un "él", que me había hecho evitar cualquier contacto masculino, y creyó que era Jake... - Volví a sonreír abiertamente.

No era apenas consciente del tema que estaba tratando. En aquel momento, era tal la necesidad de hablar, de comunicarme con alguien conocido, con gente segura... El simple hecho de contar anécdotas, de charlar, para mí en esos momentos, era vital. Y más, hablando de Laurie. De ese modo, imaginaba que la sostenía más a este mundo.

– Una vez en privado, me preguntó con esa sonrisa pícara tan de Lau que si Jake y yo... se lo desmentí, pero cuando intentó preguntar sobre el tema "él", vio mi reticencia a contar y no insistió. - Me giré hacía Alice – En eso no os parecéis. Ella sabía cuando parar – La nombrada me sacó la lengua en contestación. - Años después, volvimos a Forks. A Laurie le encantaba ir – meneé la cabeza – y después de morir su madre me pareció buena idea llevarla allí y que desconectara unos días. Esa vez, Jake estaba normal... me refiero, a que era el mismo chico simpático y divertido que había conocido, solo que unos años mayor, claro. - ladee la cabeza, dándole lógica a mis palabras – Después de aquellas vacaciones, Laurie si me preguntó más abiertamente sobre ese... "él" – Miré de reojo a Edward, el cual no apartaba su intensa mirada de mi – Teniamos muchísima más confianza por aquel entonces, y bueno... a raíz de otras circunstancias que no vienen ahora a cuento, me pareció buen momento para contarle lo que me había pasado en Forks, y porque mi reticencia en volver. - Concluí mi relato sin ánimo de seguir dando más explicaciones.

- Esas otras circunstancias... ¿Se debieron a lo que ocurrió con aquel chico, con Jonh? - Preguntó Alice, más bien afirmando, a lo que yo abrí los ojos quedándome infartada. El resto de los Cullen, clavaron su mirada sorprendida en mí persona - No pongas esa cara... - Rodó los ojos, gesticulando, restándole importancia – Yo sé de todos tus ligues – Me guiñó un ojo cómplice. Yo seguía en estado de shock. - Pero eso, no lo he compartido con nadie. Me lo he guardado solo para mí. - Asintió convencida de sus palabras.

Por mi visión periférica, podía ver a Edward, al cual se le había desencajado el rostro. Estaba molesto. Mucho. Conocía esa cara muy bien.

- ¡Es genial! ¿Sabes? - Alice me miró sin comprender, pasmada por mi reacción – El que no te dignaras a mandarme ni un simple email, pero si fisgaras en mí vida privada. Me parece estupendo, en serio – Mi voz era sarcasmo en estado puro.

- No te enfades... las cosas más íntimas, no solía verlas... - Volví a abrir los ojos, aun más, si eso era posible. - Y las que se podían filtrar, las cortaba. Tranquila. Como ha dicho Emmet, esas partes de tu vida, solo las veía yo... - Imagino que fue un gesto inconsciente, pero una rápida y fugaz mirada se fue directa a su hermano; a Edward.

Fui cobarde y no me atreví ni a mirarlo.

Notaba mis mejillas arder. Hacía tiempo que no percibía la sensación de sonrojarme... y por un momento se me hizo agradable. Aunque nada más recordé el motivo de mis coloretes, el horror se dibujó en mi rostro.

- Si me permites opinar... Ese chico, era poco para tí – su conclusión de dejó intrigada, aunque seguía muy molesta – No era una persona excesivamente inteligente. Pronto te hubieses cansado de él, porque no te llenaría intelectualmente. - Se explicó – Hiciste muy bien en seguir con tu decisión de irte con Laurie. - Me sonrió afectuosa – Aunque se lo tomo bastante mal... - Se mordió el labio ladeando la cabeza, aguantando la risa. Rodé los ojos.

- Sí... es verdad que no se lo tomo nada bien... - Yo imité su gesto, mordiéndome el labio para que la sonrisa no se me escapase. - Además, el pueblo de sus padres, era aun peor que Forks – puse los ojos en blanco – Debía esta loco para ni tan siquiera suponer que me iría con él... - Bufé.

- Bueno, loco si estaba... por tí. - La risa se me cortó de golpe. - Realmente te quería. Pero no hubiese funcionado. - Pestañeé, sorprendida por la confesión de Alice.

- ¡Yo eso no lo sabía! - protestó Emmet, volviendo a poner pucheros.

- Emmet, hijo – lo calmó Esme – Esas cosas, son de chicas – Me miró y me sonrió maternal.

- ¿Vosotras sabíais que Bella tenía novio? - Preguntó incrédulo.

Rose, Esme y la propia Alice, rieron viendo como Emmet se enfadaba gesticulando como un niño. Incluso a mí, se me fue el enfado por ver sus mohines.

- Bueno – Rose que se había mantenido al margen, intervino, rompiendo el silencio que se había creado – Al final... ¿le hablaste de todos, o solo de Edward? - Rose tan directa como siempre. Sus formas, sin rodeos, la hicieron ganarse otra de mis sonrisas auténticas.

- Solo se sacó el tema en profundidad unas pocas veces. Una de ellas, le hablé de todos, pero en general. Sin entrar en detalles de cada uno. - Incliné los hombros, al ver su gesto cómico de desilusión. - De quien ella sabía era de Alice y... - me aclaré la voz con un carraspeo – de Edward. Aunque si no recuerdo mal, nunca le llegué a decir vuestros nombres... - Miré a los nombrados asombrada por ese hecho. - Erais "él" y "ella". - Me incliné de hombros.

- Sí... éramos los innombrables. - Alzó Alice la cabeza divertida. Yo asentí, pero sin el toque divertido.

Un bostezo se escapó de entre mis labios. Estaba agotada. Exhausta.

- Señorita – me llamó Carlisle – A casa. Ya. - Me miró dándome a entender, más que de sobra, que no había lugar a réplicas.

- Hoy no voy a discutírtelo – Le contesté, bostezando otra vez.

- Eso es una novedad – Rió. - Yo me voy a quedar aquí con Laurie. Y no te preocupes, si hubiese algo, te lo haré saber de inmediato. - Asentí, agradecida.

Me levanté y le di un beso en la frente con suavidad. Antes de soltarle la mano, me la pasé por mi mejilla, acariciándomela.

- Ya no huele a ella... Ha perdido su esencia. - murmuré apesadumbrada. - Y está... fría – achiné los ojos cristalinos por las lágrimas que se acumularon, hundida.

- Son los medicamentos. Tiene el organismo repleto de ellos. - Me explicó Carlisle. - El frío, es debido a que su corazón, no late con normalidad. - Asentí, sumamente triste.

Cuando me giré, y vi a todos los Cullen allí, me di cuenta de un detalle:

- ¿Tenéis donde alojaros? Sé que no dormís, pero... en algún sitio tendréis que meteros, ¿no? - Les pregunté. Se miraron entre ellos, pero ninguno decía nada.

- La verdad es que no he reservado hotel. - Comentó Alice. - Con el jaleo de venir aquí, y el encontrarnos contigo – me miró sonriente – Se me había pasado. La miré alzando una ceja.

¿A Alice Cullen, pasándosele algo? ¡Increíblemente falso!

- Podéis quedaros en mi apartamento. - Les ofrecí – Es amplio y cómodo. Además, tiene dos habitaciones. Estaremos todos bien allí. Y a mí no me molesta para nada. - Les aclaré. - Sé que tu "despiste" es porque quieres meterte en mi casa – Rodé los ojos.

- ¡Eso sería genial! - Exclamó emocionado Emmet. - Así podremos seguir juntos, y tu no estarás sola. No creo que eso fuese lo mejor para ti ahora mismo. - Su comprensión me pareció de lo más tierno. Alice me lanzó una mirada aprobatoria y... dulce.

Cuando nos disponíamos a irnos, Carlisle me sujetó por los hombros, deteniéndome.

- Has hecho muy bien en decirles a los chicos que se alojen en tu casa. Como bien ha dicho Emmet, no es conveniente que estés sola. Te hará bien tener compañía. - Depositó un beso en mi frente, bajo la atenta mirada de Edward.

Mi mirada viajó hacía Laurie, sintiendo como me robaban otro puñado de fuerza, percibiéndome agotada hasta la extenuación.

- ¿Cuánto, Carlisle? - Pregunté. No hizo falta agregar más.

- No puedo darte una fecha exacta. Pero... - Lo miré inquisitiva. - Una semana. Diez días a lo mucho. - Contestó mirándome precavido.

Apreté los ojos, hasta casi hacerme daño. Mi cerebro era incapaz de asimilar algo así. Todas las emociones que estaba viviendo en cuestión de tres días, me superaban.

- No... no... ¿10 días?...NOOO - Respiraba forzada y voz salía entre jadeos entre cortados.

No lloraba, era incapaz de hacer el esfuerzo que eso requería, bastante tenía con concentrarme en respirar. Estaba completamente exhausta, pero tenía tantos nervios y tantas emociones encontradas dentro de mí, que era incapaz de encontrar el sopor que incita al sueño; y menos ahora, después del pronóstico que Carlisle acababa de darme.

- Lau... - Suspiré. - Mi niña... ¿Cómo puedes dejarme? Eres... lo único... lo único que tengo...- Las palabras se me atragantaban en la garganta, gimoteando y las lágrimas comenzaron a rodarme por las mejillas.

Oí murmurar algo a Carlisle, el cual estaba pegado a mí. Ni siquiera me di cuenta cuando el resto de la familia, volvió a entrar en la habitación.

- Tranquila pequeña... Estoy aquí. - Murmuró Carlisle en mi oído. El cual no me tenía simplemente abrazada, si no que me sostenía para que no cayese. - Me he lamentado tantas veces por haberte dejado sola, por no haber obrado de otra manera... Pero ahora será distinto, estaré aquí, mientras tú me quieras a tu lado – Me alzó la cara, para comprobar que lo escuchaba, por lo que asentí, para confirmárselo.

De pronto, su agarre se intensificó, sujetándome más fuerte, y al segundo, noté un pinchazo en mi brazo que me hizo alarmarme.

Giré la cara, y me encontré a Jasper inyectándome algo. Pestañeé sorprendida.

- Es un relajante. No te preocupes. - Me habló suavemente, transmitiéndome tranquilidad – No te emborrachará como el de ayer. Este te dormirá instantáneamente. - Me explicó.

Al extraer la aguja de mi brazo, una gota de sangre brotó del orificio del pinchazo. De forma automática, me tensé mirándolo con miedo. Él me devolvió la mirada, con dulzura en sus ojos. Me pasó un algodón y apretó suavemente con gran calma y naturalidad.

- Ya te dije, que las cosas habían cambiado. Ya no pierdo el control por una gota de sangre... Y mucho menos si es tuya. - Me explicó. - Un susto me vale para toda la eternidad, sobretodo contigo. - Me guiñó un ojo. Yo estaba alucinada. - ¿Ves? No ha pasado nada. Estás infinitamente más nervioso tú que yo. - Le habló a Edward, el cual seguía en un segundo plano vigilando la situación. - Puedes relajar tu posición, hermano. Nadie va a atacar a Bella... A no ser que ahora seas tú el que pierdas el control. - Podía notarse la guasa en su tono. Edward puso cara de fastidio ante las palabras de su hermano. - Bella... - pestañee, saliendo de mi ensoñación por fin - Realmente, el olor de tu sangre, es... indescriptible. - Yo abrí los ojos con alarma, y él se echo a reír.

Apoyé la cabeza en el pecho de Carlisle, ya que comenzaba a pesarme de manera ilógica. La sensación de seguridad que transmitía su cercanía, era incomparable. Por lo que pasé mis brazos alrededor de su cintura, abrazándome a él. Apoyó su barbilla en mi coronilla, y depositó tiernos besos en ella.

Comencé a sentir las piernas pesadas y Carlisle, al darse cuenta de que las rodillas se me doblaban, me cargó en brazos.

- Ahora estás a salvo. Duerme Bella. - Me susurró y yo cerré los ojos.

Noté como me movían, y otros brazos me sujetaban. Un olor muy familiar, uno que conseguía activar todas y cada una de mis células, se me enredó en las fosas nasales. Sabía perfectamente quien era el propietario de ese olor hipnótico.

- Está dormida, y en varias horas, no despertará. Te la cedo a tí, porque sé que estas ansioso por tenerla cerca. - Oía la voz de Carlisle justo en el límite de la consciencia. - Aprovecha este tiempo, porque te lo va a poner difícil.

- Lo sé... y realmente no tengo nada que reprocharle. Pero no voy a darme por vencido. La perdí una vez, por necio, por ciego, por...

- Por estar enamorado... - acabó la frase Carlisle – Esa sensación, siempre da miedo, Edward. Y más, cuando tu amada, es humana.

- No voy a volver a perderla otra vez. Lucharé por ella, por su perdón y por su amor, hasta el fin de mís días.

- Tendrás que conseguir su perdón... Porque no creo que necesites que te diga, que sigue completamente enamorada de tí.

Ahí, por mucho que el tema me interesase, sucumbí al efecto del tranquilizante, y dejé de ser consciente.

En el último segundo antes de dormirme, pensé:

Aprovecha este momento Bella... saborea la sensación de estar entre sus brazos, aunque sea una vez más.

Así que... ¿Edward viene con intención de reconquistar a Bella?

De no volver a perderla...

Veremos a ver, como se toma ella esto.

Nos leemos en unos días!