Si... no os lo estáis imaginando!
Nuevo capi!
Pero no os acostumbréis... Publico antes de lo habitual porque este fin de
semana no estaré, y por no dejaros sin capi... Os lo adelanto.
Además, algo me dice, que este capítulo os va a encantar!
CAPITULO 11
Me desperté bastante recuperada. Notaba mi cerebro desansado, aunque algo aturdido; pero claro, con la inyección para caballos que me administró Jasper, ¡cómo para no!
Me estiré, sintiendo como mis músculos recuperaban elasticidad, y una sensación de conford me recorrió todo el cuerpo. Hasta que percibí una sensación extraña: me sentí, observada.
Giré la cabeza, aún tumbada en la cama, y cual fue mi sorpresa al comprobar que no estaba sola en la habitación... ni en la cama. Ya que alguien, estaba sentado a los pies de esta, observándome. Y como no podía ser de otra forma, ese alguien no era otro que... Edward.
Me alcé de un saltó, quedando sentada y mirándolo con los ojos desorbitados.
- ¿Qué haces aquí? - Exigí. Él pestañeó, pero no soltó palabra. - ¿Edward? - Abrí los ojos alzando las cejas, exigiéndole de forma muda, que respondiera.
Esperé unos segundos, pero viendo que no hablaba, que no se movía... que ni tan siquiera pestañeaba, comencé a alarmarme.
- ¿Edward? - Pregunté de nuevo, pero ahora en tono suave y preocupado.
- No te haces ni remota idea, de lo muchísimo que me gusta verte dormir... Es... fascinante. - Habló al fin. Yo fruncí el ceño, ya que no entendía a que venía esa declaración ahora, la cual me había hecho y con palabras similares varias veces en el pasado. - Sabía que volvería a verte dormir, antes o después. - Pestañée sorprendida ante su confesión – Sería fácil, la verdad. Solo tendría que entrar a hurtadillas y contemplarte, mientras descansabas ajena a mi acecho – Sonrió, mirando hacía un punto indefinido de mi edredón. - Y pensé en hacerlo muchas veces... demasiadas. Tenía hasta el plan elaborado... - Tuve que cortarlo.
- Edward... no sé a donde quieres llegar con esto, pero... - Ahora fue su turno para cortarme a mí.
- Espera, dejame terminar... solo será un momento – Suspiré.
- Medité durante mucho tiempo ese plan – continuó – Pero había un inconveniente, al cual no le encontraba solución – me mordí el labio intentando así no mostrar ningún gesto de interés, pero aunque no quería reconocerlo, estaba intrigadísima.
Él hizo un silencio, y comenzó a sonreír. Imagino porque notaría el cambio en mis latidos, los cuales delataban mi curiosidad.
- ¿Cuál? - Pregunté al fin, alargando la pregunta, mostrándole así mi más que creciente curiosidad.
- Tú... o yo. Según se mire. - Entonces, al fin me miró. Yo pestañeé mostrando mi confunsión – Si venía, estoy seguro de que, aunque mi intención era solo verte una noche, una se convertiría en dos, en tres... Nunca sería suficiente. No encontraría fuerzas para ponerle fecha. - Hizo una breve pausa, y suspiró - No encontraría fuerzas para irme... otra vez.
El pulso me martilleaba en el pecho con violencia, mi respiración era rápida y jadeante, y mis ojos estaban abiertos hasta el infinito, después de haberlos cerrado bruscamente después de su declaración.
Me sentía ahogada. Intimidada. Frágil.
Al final, me había enredado para entrar en el tema "ruptura".
Aunque lo lógico sería estar deseosa por una disculpa, realmente no la quería. En este momento no necesitaba ninguna explicación por su parte; básicamente porque sería entrar de lleno en un tema que no quería tocar, y mucho menos con él.
Conllevaría acusaciones, reproches, gritos... y yo, acabar llorando.
Definitivamente... No.
- No... No, por favor no sigas. - La súplica era más que patente en mí voz. - ¿Quieres disculparte? Adelante... hazlo sin rodeos y dejemos el tema de una vez.
- Por supuesto que quiero disculparme... Eso antes que nada. - Respondió – pero no es tan sencillo. Con una disculpa no se soluciona nada. - Me miró fijo unos instantes, mientras yo permanecía impasible, o por lo menos, intentaba dar esa imagen – Necesito que entiendas lo que ocurrió, porqué lo hice... - lo corté.
- Eso no suena a disculpa – lo acusé – Incluso tras pasar años después de que me dejaras tirada en mitad de aquel bosque – frunció los ojos en una mueca de dolor, pero no me importó – revelandome que de pronto habías descubierto que no me querías y que no era buena para tí... - Negó - Deseé esa explicación de la que hablas con todas mis fuerzas... pero ahora... Ahora ya no la quiero. - Sentencié fría y cortante.
- Bella... por favor... solo te pido que me escuches... - Suplicó.
- Yo también pedí muchas cosas... pero nunca se me dieron. He pasado diez años preguntándome qué pasó para que cambiases de idea sobre nosotros en cuestión de unas horas... Y sé que teníamos muchos impedimentos. Pero... - cerré los ojos con fuerza y sacudí la cabeza – Ya no importa Edward... sigue con tu vida, y deja que yo siga con la mía.
Me levanté de la cama, sin tan siquiera mirar lo que llevaba puesto. Hasta que al llegar a los pies de la cama, dispuesta a entrar al baño, Edward se levantó, quedándonos así a una distancia de unos cuatro pasos.
Su mirada, la cual recorrió mi cuerpo de pies a cabeza, para después, desviarla mientras se pasaba la lengua por los labios, fue tan intensa y tan erótica, que me dejó clavada en mi sitio, obligándome entonces, a comprobar lo que llevaba puesto.
Alguien, me imaginaba que Alice, (rodé los ojos mentalmente) me había puesto para dormir un camisón... bueno, esa es una palabra muy larga en comparación a la tela que llevaba puesta.
Era un salto de cama, un camisón diminuto, completamente transparente, con un dibujo de encaje sobre los pechos, dejando al descubierto una gran cantidad de piel, tapando poco más que los pezones.
Gracias al cielo, Alice había tenido la consideración de dejarme el tanga puesto. El cual, cubría excasamente mi monte de Venus.
- ¡Joder...! - Gruñí. Ni siquiera intenté cubrirme, ya que era una completa tontería. Edward, me había visto, estudiado, más que de sobra.
- Yo no hubiese escogido una exclamación más acertada – Comentó, volviendo a mirarme con ojos completamente negros.
Intentaba fijar sus ojos en mi cara, pero le era harto imposible, ya que la mirada se le escapaba y bajaba a través de mi cuerpo.
- Puedes mirarme Edward... No me voy a sentir ultrajada, si es lo que estás pensando – le solté con sarcasmo. Sin saber muy bien cómo, di un paso en su dirección – O es que acaso... ¿no te gusta lo que ves? - Me mordí el labio, y noté como mi mirada había cambiado a una muy sensual. Felina.
Estaba... ¡seduciendo a Edward! Pero sinceramente, no era consciente de ello. Fue algo instintivo, irracional. Completamente sensorial.
Al distinguir en su mirada, como los ojos se le habían vuelto negros por el hambre... Hambre por mi cuerpo, el pecado capital de la lujuria, o sea mis hormonas, se arremolinaron en mi cerebro, cegandome. Reconocía perfectamente esos ojos... y la imagen era arrebatadoramente sexual.
- Bella... - Me aviso con tono amenazante. Su pecho subía y bajaba rápido y me miraba con los ojos agachados. Estaba nervioso.
- ¿Sí? - le pregunté con voz inocente, alzándole una ceja y mordiéndome el labio.
En un movimiento vampírico, se acercó a mí, sugetándome con una mano de la cintura y posicionando la otra en mi mejilla, rozándome el cabello de detrás de la oreja con sus dedos.
Acercó nuestras caras hasta quedar a unos escasos centímetros de mi boca. Abrió la suya, y dejó salir su aliento, llenándome la mía con su olor. Por supuesto, enloqueciéndome.
Esperó un segundo, observando mi rendición entre sus brazos y acabó por recortar ese centímetro que separaban nuestros labios, lanzándose a por mi boca. Por mucho que me molestara admitirlo, le respondí el beso de inmediato. Sin dudar.
Mientras, había fortificado su agarre sobre mí, acercándome más a su cuerpo.
Justo cuando introdujo su lengua en mi boca encontrandose con la mía, mi cadera también se encontró con otra cosa: Edward estaba... Erecto. Y mucho.
Sentí la extrema dureza de su miembro, mientras se movia, casi imperceptiblemente, buscando mi centro.
Al sentirlo, la comprensión llegó a mi cerebro, haciéndome consciente de lo que estaba pasando... O, a punto de pasar.
Abrí los ojos de golpe, mostrando terror. No miedo, no. Auténtico terror.
Mi cuerpo traicionero le había ganado por goleada a cualquier resquicio de razonamiento arrastrándome inconscientemente a un juego de seducción.
¿Creías en serio que podrías ganarle a un vampiro? Aí, Bella... Me reprendí mentalmente.
No imaginé que Edward actuaría así, ni por asomo. Supuse que se controlaría, mostrando sus habituales y exagerados modales caballerescos. Pero no... supuse mal.
- Suéltame... - jadeé removiendome entre sus brazos, empujándo su pecho con mis manos. El cual no se inmutaba lo más mínimo. - Suéltame, ¡AHORA! - Grité.
Aflojó su agarre, pero no me soltó del todo, aún firmemente sugeta por su mano en mi muñeca no permitiéndome ir.
- Bella... Espera, ¡maldita sea! - maldijo, agarrándome del otro brazo, mientras yo seguía removiéndome como un pez fuera del agua. - ¿Por qué te has apartado? Por qué me miraste así cuando te besé? - Su pregunta me sacó momentaneamente del estado de nervios, y me quedé quieta, mirándolo asombrada.
No sabía qué contestar.
- Responde Bella... - Siseó. Estaba molesto, pero estaba segura que no era exclusivamente por lo del beso. - ¡Ahora! – Increpó, haciéndome pestañear, sacándome de mis pensamientos.
- Yo... - cargué mis pulmones de aire. - Yo... No quería que me besaras. Solo era un juego... Un tonto y absurdo juego- Solté atropelladamente.
Él abrió los ojos, mostrando un más que patente disgusto. Pero esa mirada duró poco, ya que cambió a otra de sospecha, mostrándome a su vez, una sonrisa irónica.
- Mientes. - Soltó mirándome fijamente a los ojos. Yo contuve la respiración - Me miraste con miedo. Jamás, me habías mirado así. Nunca. - Quedamos mirándonos fijamente, el uno al otro. - ¿Por qué?
- Ya te lo he dicho... ¡Joder, suéltame! - Gruñí.
- No hasta que respondas.
- No quería que me besaras. No soporto que me toques – Le escupí con veneno, mirándolo con rabia.
- Vuelves a mentir. - Inahló aire, con su sonrisa de superioridad aun puesta en sus labios. - Tu cuerpo y tu misma, deseábais ese beso. No soy tonto, Bella. Reconocí perfectamente tu rendición. Tu deseo. - Su sonrisa se potenció más – Te recuerdo, que mis sentidos son inmensamente superiores a los tuyos. Creo, que jamás fuiste completamente consciente de eso. - Sacudió la cabeza, negando.
- Maldito cabrón egocéntrico... - Rugí. Pero su agarre no se inmutaba lo más mínimo.
- No soy egocéntrico, solo te digo lo que observé... La subida en tu temperatura, las gotas de sudor que comenzaban a brotar de tus poros, el cambio en tu ritmo cardíaco, la dilatación de tus pupilas... y tu olor. - Me miró abriendo ligeramente sus ojos – Sigue siendo arrollador, hipnótico... tan... sexual - Pronunció esas últimas palabras con adoración. Mientras yo, estaba estupefacta, intentando respirar, porque literalmente, me estaba ahogando. Ahogandome con mi orgullo maltrecho.
Estaba tan, tan ofendida, que sin pensar, cualidad que estaba empezando a observar que Edward conseguía aturdir con frecuencia, alcé mi mano derecha, la cual estaba libre del agarre del susodicho y sin más, con todas mis ganas, le estampé un bofetón en plena cara.
Sonar, sonó como si hubiese roto una vajilla entera, pero de igual manera, mi mano comenzó a arder.
- ¡AHH! ¡Joder! - chillé.
Edward cambió su semblante y me soltó la otra mano instantaneamente. Sus ojos ahora no mostraban arrogancia, si no una preocupación extrema.
- Bella... ¡Bella! Joder... ¿Cómo se te ocurre hacer eso? - Preguntó a la vez que intentaba cogerme la mano herida para comprobar los daños.
- ¡No me toques! - Bramé, alejándome de él dando un giró hacía atrás. - ¡Vete...! ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué ahora? Maldita sea... Cuando estaba... – respiré hondo – cuando ya te tenía superado, tienes que volver para joderme la vida, otra vez.
- Bella... no. Perdoname, no debí dejar que esto llegara tan lejos... pero... verte así... - pestañeó, lanzándome una rapídisima mirada al cuerpo - Lo siento muchísimo. Dejame ver tu mano, por favor. - Suplicaba.
- ¿No me has escuchado? - Pregunté abriendo los ojos con asombro. Intentaba eludir las frases que no le gustaban, pero a buen sitio había ido a topar. - ¿Por qué has vuelto, por qué ahora? - Agachó la cabeza, frunciendo el ceño – Cuando te negabas a transformarme – Relaje mi voz, y le hablé con suavidad, él alzó la cabeza – era que no querías condenar mi alma. Robármela. - Agachó los ojos - En eso, también mentiste Edward. Porque mi alma, se fue contigo cuando me dejaste. - Cerré los ojos con fuerza, y suspiré – Y ahora, ahora que ya había conseguido ser capaz de vivir sin ella, sin ti... que los recuerdos no me torturaran... Volveís. Apareceis de la nada, intentando ayudarme... pero... ¿ayudarme a qué? ¿Por qué me han despedido? ¿Por qué mi amiga se muere? - Apreté los ojos otra vez, ante el recuerdo de Laurie – Seré capaz de sobrevivir, Edward... Todo eso, no es nada en comparación con lo que sufrí cuando os fuisteis. Cuando me dejaste... - Paré; tuve que callar porque las lágrimas empezaban a ahogarme.
- Bella... si dejaras que te explicase... - Casi murmuró.
- No. No quiero explicaciones. Quiero recuperar mi... vida. Y solo lo conseguiré una vez que os hayais marchado. - Sentencié.
Me giré, dándole la espalda. Suspiré.
- Vete Edward. Entre nosotros... no queda absolutamente nada. Lo que teníamos, se quedó flotando en aquel bosque.
- Si no queda nada... ¿Por qué me miraste con ese terror al besarte? - Agaché la cabeza – Yo contestaré por tí... Porque tuviste miedo de dejarte llevar, y que acabaramos haciendo el amor. Tuviste miedo a sentir, a entregarte a mí en una intimidad que no sabrías controlar. No es lo mismo hacer el amor con alguien a quien amas, que follarte a un tio que conoces en un bar. - Sus palabras fueron duras. Pero también, muy sinceras.
Dos lágrimas brotaron de mis ojos sin control. Esas, eran lágrimas que conocía muy bien, porque eran una lágrimas "especiales". Solo por y para él.
Me metí en el baño sin voltearme. Abrí la ducha y me introduje de lleno en el agua caliente de mi hidromasaje, con una alcachofa gigantesca, que dejaba caer el agua en un millon de chorros, imitando el efecto de la lluvia.
Como la lluvia en Forks.
.
Me demoré en el cuarto de baño bastante más de lo necesario, pero quería asegurarme que él no estaría. Aunque podría estar esperando ahí clavado durante días, ya que no necesitaba descansar.
Nada más agarrar la manilla de la puerta, recé todo lo que me vino a la mente, esperando que ya se hubiese ido.
Él no estaba... pero si otro Cullen: Alice.
- Por favor... - rogué con desesperación.
- Tranquila. No hace falta que me expliques nada. Se os escuchaba discutir a varios kilómetros de aquí. - hizo una mueca con la boca, casi divertida – Es increible el genio que tienes. Jamás lo huibese creido posible; siempre tan formal, tan sumisa... - alzó las cejas, como pensando.
- Esa Bella ya no existe. ¿Cómo puedo haceroslo entender? - Pregunté gesticulando con mis manos al aire.
- No puedes. - Contestó sumamente tranquila. Yo la miré con los ojos abiertos como platos – Porque eso no es verdad – Rodé los ojos. - Sigues siendo tú, pero el rencor, el orgullo y el miedo no te dejan salir, aun, del pozo en el que te has metido. - Recitó cual maestro enseñando a sus alumnos.
- No quiero sermones, Alice. - Pasé a su lado, dirección a mi vestidor. - Llegas muchos años tarde.
- ¿Por qué miraste a Edward así? Con ese miedo en tus ojos – Preguntó suavemente. Me giré encolerizada.
- ¿Tú también? No tengo porque daros ninguna explicación sobre nada. Te digo lo mismo que a él... No quería que me besara, no soporto que me toque. - Solté con odio.
- Pues tú cuerpo no decía lo mismo – me miró con arrogancia.
- No, no decía lo mismo... un calentón, es un calentón. - Solté. Alice pestañeó sorprendida y lanzó una rapida y brevísima mirada a la puerta.
Umm... Así que Edward está por ahí, ¿escuchando? Pues se va a enterar.
- Sí, no me mirés así. Hay que reconocer, que Edward tiene un polvazo – Alice abrió más los ojos, si eso era posible – Y perdona, pero una no es de piedra... y mi cuerpo goloso, simplemente vio un dulce al que comerse. Solo que bueno... recapacité, y no voy a arriesgarme a morir por hechar un polvo, ni con él ni con otro, por supuesto. Le tengo mucho apego a mí vida. Solo tengo una – Alcé la ceja con una superioridad inmedible. Alice se quedó de piedra, literalmente.
Comencé a andar hacía mi vestidor, otra vez, con la sensación de haberle metido un gol, no solo a ella, sino a su hermano, el cual estaba escuchando atento nuestra conversación.
- Mientes – Soltó ella con una más que notable rabia. - No sé como has podido soltar algo así – Su cara estaba desencajada por completo. Yo me incliné de hombros.
- Porque es la verdad... Él me pidio – mene la cabeza – No, me exigió que viviese experiencias humanas, y el sexo, forma parte importante en esas experiencias, el cual él se negó siempre a darme, otros hombres estuvieron más que complacidos en concederme. - La miré inclinando mi cabeza hacía un lado, con superioridad.
De pronto, se oyó un golpe fortísimo de una puerta cerrándose. Alice miró hacía donde provenía el sonido y yo seguí la misma dirección, a la par que di un respigo.
Sabía perfectamente quien se había marchado ofendido y muy, muy enfadado.
Y entonces, me sentí mal. Aunque lo que había dicho era la más pura verdad, no debí decirlo, y menos a sabiendas que Edward escuchaba. Me había pasado de la raya, y mucho.
Noté los latidos pesados en mi corazón del remordimiento, la culpa y la pena.
Alice captó mi mirada apesadumbrada, clavándome su mirada sin piedad.
- Tu mirada te delata. - soltó – Si no siguieses completamente enamorada de él, ahora mismo no tendrías esa cara. - Fruncí el ceño, respirando forzadamente – Te duele porque sabes que le has echo daño. - Sus palabras eran certeras e iban a matar.
- Vete... por favor. - Le hablé bajo. Casi en un susurro.
Notaba como los ojos me picaban. Las ganas de llorar estaban claramente ahí, y no tenía fuerza ni ánimos para seguir discutiendo.
Me daba exactamente igual estar enamorada aun de Edward, que lo estaba. Me había hecho demasiado daño; me había dejado sufrir durante una década, y ahora no podía pretender llegar como si nada y que lo recibiese con los brazos abiertos.
Además... ¿Quién me aseguraba que no volvería a irse ante otro incidente?
Prefería morir sola, antes que volver a pasar por un dolor similar al de la otra vez. Eso, ¡jamás!
Me vestí: Un pantalón negro estilo buggi de traje, una blusa blanca de encaje y una americana over side. Me maquillé un poco y sujeté mi melena en un semi recogido.
Lo que menos me apetecía ahora mismo, era tener que posturearme tanto, pero aún debía hacer actos en la editorial, y no podía permitirme que me viesen mal.
Y lo que menos de todo, hundida. Eso nunca, bajo ningún concepto.
.
Entré al salón, y saludé intentando mostrar la mayor de las naturalidades.
- Hola, buenos días – Saludé a los Cullen que aún estaban en casa.
Todos excepto Edward, Alice y Carlisle.
- Menudo golpe bajo que le has dado a Edward en las pelotas – La broma de Emmet me dejo sin habla; pero una sonrisa traviesa surcaba mis labios.
- ¡Emmet! - lo reprendió Esme desde la cocina.
- ¡Oh, vamos! Bella ya no es ninguna mojigata – Respondió él – Ahora ya no hace falta tener tanto "pudor" – entre comillo en el aire – delante de ella. - Se acercó a mi y me susurró – Hay ciertas partes de esta Bella, que me encantan – Se separó, aún quedando a escasos centímetros de mi cara, y me alzó las cejas, pícaro.
- Me alegro... Debes de ser al único. - Bufé, rodando los ojos.
Fui a la cocina, de donde provenía un delicioso olor. Un desayuno completo me esperaba en la barra americana, como la otra mañana.
- Gracias... de nuevo – Me dirigí a Esme, la cual me sonrió, pero noté sus ojos cargados de pena – Estas mal acostumbrándome – Sonreí algo forzada. Ella gesticulo otra sonrisa, pero aún más forazada que la anterior.
Bueno, qué quería... Había ofendido tremendamente a su hijo predilecto. Me merecía esa cara de disgusto. Por bruja.
Emmet, Rose y Jasper entraron en la cocina.
- Tranquila Bella, se le pasará. - Habló Jasper. - Solo que bueno... oir eso de tu boca, ha sido un golpe duro. - Se inclinó levemente de hombros.
- No sé porque tanto alboroto, la verdad - Exclamé con mi habitual arrogancia. - Él ya tuvo que ver algo así en las visiones de Alice. Por mucho que las censurase... Alguna siempre se escapa. - Contesté con tono de suficiencia, mientras degustaba mi desayuno.
Después de un par de minutos, comencé a captar una sensación extraña. Se había instaurado un silencio bastante incómodo cargadose el ambiente, y cuando alcé la cabeza, entre los cuatro se lanzaban miradas significativas. Estaban hablando a su forma.
- Siempre odié cuando hacíais eso – Expuse molesta. - A parte de que lo considero de bastante mala educación y falta de tacto. No todos tenemos los mismos sentidos que vosotros... - Rose cortó mi retahila altanera.
- Bella... ¿Por qué no te callas y dejas ese "tonito" petulante? - Se soltó, haciéndome pestañear sorprendida.
- No... no me mires así. - Se acercó a mí, clavándome una mirada seria – Estoy orgullosa de ti, por haber conseguido valerte tan bien sola, por tus méritos profesionales, por dejar de ser aquella Bella mogigata, como acababa de decir Emmet. Pero ese tono que te gastas... Es... Cargante. - Su retahila me dejo sin palabras. - Sabemos que lo has pasado mal, muy mal. Pero, aunque no comparto con mi hermano su decisión de haberte dejado de aquella forma, - inhalé una profunda bocanada de aire – él lo ha pasado extremadamente mal.
Me levanté de la silla, arrastrándola hacía atrás produciendo un tremendo ruido, apoyé mis manos en la barra, acercándome más a Rose, encarándola.
- ¿Qué el ha sufrido me dices? Tú no te imaginas lo que ha sido mi vida durante estos diez años... No te haces ni una mínima idea. ¿El dolor de la conversión?... Me rio de eso en comparanza. - Mascullé como una perra herida – Noches sin dormir llorando desconsolada, levantándome igual que un puto zombie. Pesadillas horribles. El corazón en un puño constantemente, golpeándome. Cualquier cosa me recordaba a él... a vosotros... Esperanzas que se van esfumando con cada día que pasaba y era más y más consciente de que me habíais dejado tirada como un trapo inservible. Que jamás os había importado ni lo más mínimo – Respiré, porque me ahogaba. Y hasta ese momento, no fui consciente de que estaban cayéndome lágrimas sin control – Y siempre, a todas las malditas horas del día, esa sensación de aprensión en el pecho. - Jadeé – Tu hermano... me dejó una cicatriz imaginaria en el pecho, que ha dolido durante estos diez años, como si me hubiesen abierto y sacado el corazón. - Hipé y jadeé, otra vez, debido al nudo de mi garganta – Eso, es sufrir. Y ahora me juzgais porque me he hecho fuerte, porque encontre la manera de poder hacer una vida donde mi pecho no doliese a cada maldito instante... No me juzgues, sobre todo tú. - Respiré, apretando los ojos con fuerza, intentando buscar un poco de calma.
- ¡Oh, Bella... mi niña! - Esme gimoteaba – Si supieras la de veces que le intentamos hacer entrar en razón; pero él siempre decía que lo superarías. Que eras joven y te quedaban mil cosas por hacer y que si no te dejaba, no verías cumplida ninguna. Que no podía ser tan egoista de permitir que sacrificases tú vida por él. - Gimoteó, mientras yo negaba con la cabeza – Carlisle se pasó toda la noche, aquella fatídica noche, hablando con él.
- Realmente, al principio, llego a convencernos a todos. Toda la familia vio que realmente era necesario que os alejaseis. Pero... no de aquella forma – Explicó Jasper. - Él se sentía tan culpable por lo que había pasado en tu fiesta de cumpleaños – Arrugó la frente. - Aquel día fue plenamente consciente de que tendría que convertirte; siendo humana, tú vida corría peligro incluso entre nosotros... pero, no quería arrevarte la vida. Lo hizo por amor.
Me giré, dándoles la espalda. Ahora mismo, no podía ni tan siquiera mirarlos.
- ¿Y vosotros? - Pregunté dolida – Porque lo de él, tiene excusa... pero ¿y para vosotros? ¿Qué excusa tenéis?
- Él nos pidió encarecidamente, nos ordenó – enfacitó Esme – que no interviniéramos. Si lo hacíamos, tú no llevarías una vida humana normal. Y por mucho que nos doliese, Edward tenía razón. - Suspiró – Además, él sabía que si manteníamos contacto contigo, al final cederíamos para verte, y acabarías convenciendo a Carlisle de que te transformase. - Jadeé ante su confesión – Porque Edward sabía perfectamente que él, que Carlisle, estaba más que dispuesto a hacerlo. - Apreté los ojos ante esa declaración. - Todos nos sentíamos extremadamente culpables, pero él, era de los que más. Siempre pensó que debió convencer a Edward de volver. - Me miró con ojos sinceros.
Me volteé notando mis ojos encharcados en sangre de puro odio.
- Erais mi familia... La única familia real que había tenido en mi vida. Me acogisteis y me integrasteis como una más aun siendo humana. - Respiré y Esme se estremeció – Siempre me decíais "Eres una Cullen... y pronto lo serás completamente" – Emmet agachó la mirada al suelo, abatido – Siempre lo tuve claro... ¡Había nacido para ser como vosotros, para ser una Cullen! - Grité encendida. - ¡Pero me abandonasteis!
- ¿Y ahora... sigues pensando lo mismo, queriendo lo mismo? - Preguntó Rose clavándome la mirada.
- ¡SI! - Abrí los ojos, comiéndome a Rose.
Hasta que fui consciente de lo que acababa de decir, y pestañeé saliendo de mi trance de ira.
- Ah... - Se limitó a contestar, mirándome con una sonrisita arrogante en su cara. Tragué saliva.
- No... me has... liado. Me refería, a entonces... No a ahora. - tartamudeé, con el pulso encendido por mi descuido.
- Creo que ese "si", ha sido lo más sincero que has dicho desde que llegamos. - Sentenció.
- Llegáis muchos años tarde – Le contesté mirándola petulante – No puedo pertenecer a una familia que me dejó tirada sin la más mínima explicación. Por mucho que él os dijese que no interfirieseis... una carta. Una simple carta de despedida me hubiese servido.
- Y te hubieses aferrado a ella con todas tus fuerzas... - le dediqué a Jasper una mirada envenenada. - Era lo mismo. Él sabía como reaccionarías, y sabía que solo con esa carta, albergarías esperanzas.
- ¡LAS ALBERGUE DE IGUAL MODO! - volví a gritar. - Durante más de siete años, tuve esa esperanza de que cualquier día, recibiría una carta, un email, una visita... ¡algo! Pero no. Me olvidasteis... - Sollocé, notando las lágrimas agolpadas, otra vez, en mis ojos.
- Jamás... ¡óyeme bien Isabella! - Alzó la voz Esme. - No ha pasado un solo día de estos casi diez años, en que no nos acordásemos de tí.
- Tarde... Simplemente, ahora ya es tarde. - Contesté en un murmullo, saliendo de la cocina.
Volví al baño y me retoqué la cara. Menos mal que siempre usaba productos waterproof, y eso logró que no me arrollase todo por la cara. Aunque se notaba a un kilómetro que había llorado. Mucho.
Recogí mi bolso, comprobando que lo llevaba todo y salí del apartamento sin tan siquiera despedirme.
.
Paré un taxi y me encaminé al hospital.
Hoy estaría con Lau por la mañana, ya que después debía pasar por la editorial y al medio día, tenía una cita para comer con un escritor.
Mi último escritor. Pensé con dolor.
Nada más entrar en la habitación de Lau, tuve que apretar los ojos con fuerza dos segundos. No me podía creer lo que estaba viendo, así que los cerré con la esperanza de que al abrirlos, hubiese sido una mala jugada de mi imaginación.
Pero no. Alice y Edward estaba allí, sentados en los butacones de la habitación, mirándome con el ceño fruncido de preocupación.
- ¿Hubo charlita en casa? - Preguntó Alice con tono irónico.
- Por hoy, bastó. Te lo digo en serio, Alice. - Suspiré. - He venido a pasar un rato con Laurie, tranquilas y solas. - Recalqué. - No quiero más mierda hoy. - Murmuré con tono vencido. - Por favor, dejarme a solas con mi amiga. Os lo pido por favor... os lo ruego – Mi voz se quebró al final de la frase.
- Vamos Alice... dejemos a Bella con Laurie. - Susurró Edward, cogiendo a una no muy convencida Alice del brazo y arrastrándola fuera.
Dejé pasar unos minutos, confiando en que se hubieran ido, para dejarme caer de rodillas al lado de Laurie, atrapando su mano entre las mías. Apoyé mi cabeza sobre nuestras manos enlazadas, y me eché a llorar.
Lloré como hacía mucho tiempo que no lloraba. Con sentimiento, con ganas... Dejando todos mis sentidos al descubierto, y sobretodo, dejando a mi cicatriz quemarme.
Puedes abrirte... pero hazlo de verdad. Sácame el corazón y mátame en el acto.
- Laurie... no puedo más. Debería... Querría con todas mis fuerzas ser yo la que estuviese en esa cama, y tú, llorándome. - Me sorbí los mocos como una niña pequeña. - Tienes una familia, un marido que te adora por encima de todo, y una hija que ni siquiera te conoce... Y yo... ¿qué dejo yo? Nada... no he conseguido realmente nada en 28 años de vida. 28 años perdidos... ¿Y me sermonean sobre almas? ¿Qué alma? No sé ni siquiera qué significa eso... Pero tú, tienes lo más parecido a lo que imagino que debe ser una. Una buena y pura... y te vas. Te vas dejando a tanta gente que te ama... dejándome a mí. Más sola aún. No me queda nada... no tengo fuerzas para nada. Te suplico que me lleves contigo. No tengo nada que hacer en este maldito mundo... Por favor nena... llévame contigo. Mátame y evítame el sufriendo de otro abandono. - Las palabras, sinceras como hacía mucho que no lo eran, salieron de mi boca, brotando solas. Necesitaba desahogarme, decirlo en voz alta.
Callé y seguí con la cabeza allí hundida, apretándole la mano a mi amiga, en un intento más que inútil de hacerla seguir allí conmigo, o que de otro modo, me llevase con ella.
Después de un tiempo indefinido allí arrodillada junto a la cama de mi amiga, conseguí serenarme.
Me incliné sobre ella, y le di una tierna caricia y un beso en la frente.
- Te quiero... Nos veremos en el cielo, nena – Le susurré al oído.
Aun era algo pronto, pero necesitaba aire, y sobretodo... alejarme de los Cullen, ya que no tardaría en hacer acto de presencia alguno. Por lo menos, durante un rato.
.
Paré un taxi y me fui al apartamento. Cuando entré, no había nadie cosa que agradecí sobre manera, ya que iba mentalizada a encontrarme con algún Cullen.
Me di una ducha rápida, aunque ya la había tomado por la mañana, pero la necesitaba como el respirar. A ver si el agua caliente descontracturaba un poco mi cuello, ayudándome a relajarme aunque fuese levemente.
Por supuesto, me cambié de ropa. Solo era una comida como otras tantas... pero era mí última comida como editora de mi empresa. Por lo que quise ir más preparada para darle mi propio homenaje de despedida a esa reunión.
Me puse la blusa de encaje blanco que había comprado en la tienda vintage en el barrio donde vivíamos antes Lau y yo. La acompañé con una falda negra de tubo hasta debajo de las rodillas, entallada y con una sugerente abertura por detrás. Lo acompañé con un trench negro, también de encaje, que ataba con un cinturón de raso, con un lazo.
Un collar de perlas largo con un capullo de rosa blanco hecho de tela, engarzado a un lado y unos pendientes con anillo a juego también de perlas, eran mis complementos.
Un bolso grande, en negro, de piel de cocodrilo y unas sandalias de taconazo, tipo botín; todo de Dolce y Gabbana.
Dejé la melena suelta y me apliqué el serum que me habían recomendado en la peluquería para que se ondulara, y el flequillo a un lado, con un poco de forma en las puntas. El maquillaje sutil, pero marcado. Apliqué un sutil efecto ahumado en los ojos, alargando las pestañas con un par de capas de rímel. Y mi colorete rosa, mi aliado para el toque de dulzura.
¿Por qué ahora tenía que usar cosméticos para recrear dulzura? ¿Dónde había quedado la mía propia?
Descarté el pensamiento. No quería volver a agobiarme otra vez, ahora que estaba lista para salir, para mi cita a comer, para comerme el mundo.
¡Estaba espectacular!
Joder Bella... ¿Solo te levanta el ánimo vestirte y maquillarte? Llevas más tres mil dolares puestos sobre ti... ¿y es lo único que te hace sonreír?
No eres una bruja, no... Eres una bruja despiadada y zorra materialista.
Mi mente no me daba descanso. Pero era la más maldita verdad. Que me gustara vestir bien y caro, hasta un límite no era malo. Lo que lo era, es que fuese lo único que conseguía levantarme el ánimo, y hacerme sentir fuerte.
Era una armadura para enfrentarme al mundo.
Esto tiene que cambiar.
La reacción de mi "futuro" escritor, no me decepcionó. Se me quedó mirando embobado, con la boca ligeramente abierta. Incluso tropezó cuando se levantó de la silla para recibirme.
Eso me hizo sentirme bien. Un poco de vanidad femenina, no estaba mal.
- Hola, siento el retraso – no, no lo sentía; siempre llegaba unos minutos tarde a propósito para hacerme notar aun más – ¿Te parece si pedimos? Así mientras nos sirven, vamos entrando al tema – Le pregunté con mi voz más suave y dulce. Por supuesto él asintió sin poner ni la más mínima objección.
Así fue. Nos tomaron nota de la comanda, y comenzamos con los trámites propios cuando un escritor comenzaba su carrera con nosotros.
Era la primera vez en días, que estaba cómoda, relajada. Como pez en el agua. Y esas sensaciones eran palpables solo con escucharme.
El escritor, que se trataba de un chico joven, estaba cómodo y seguro. Era más que visible por su forma relajada de interactuar conmigo. Él se sentía así gracias a mí. A mí talante, a mi empatía.
Había recobrado mis valores. Pero ahora ya era tarde.
¡Dios... cómo me gustaba este trabajo!
.
.
Bueno, este capi ha sido... completito, eh?!
Edward, en momento seducción total con Bella...
Ella, cayendo bajo sus encantos. Y al final?! "momento discusión"
Los Cullen intentan explicar sus motivos, pero Bella no los deja.
Lógicamente... Después de diez años, ¿Qué querían?
¿DEBERÍA BELLA ESCUCHARLOS?Que opináis!
Besosssssssss!
