Capítulo 1: El rapto
Pocas veces se podía apreciar un paisaje más hermoso en el Olimpo: el sol brillaba en todo su esplendor en mitad de un cielo azul zafiro, por sobre un campo repleto de flores multicolores. Por todas partes los pájaros cantaban volando entre los frondosos árboles. Sin embargo, la belleza del lugar quedaba opacada por la de las criaturas que ahí se hallaban: ninfas de finos rasgos y ojos brillantes trotaban grácilmente por la verde hierba, escoltando nada más y nada menos que a la doncella de la primavera: Perséfone. Tanto mortales como dioses se habrían maravillado de la apariencia de esta doncella: su cabello, del color del fuego, caía como una cascada sobre sus hombros, sus ojos, verdes como esmeraldas, parecían tener el brillo de una estrella. Su piel era pálida como la nieve y sus labios color rubí mostraban una gran sonrisa. Su alegría al jugar con sus amigas era tal que se podía sentir en el aire. Al fin, la joven se cansó y se sentó a orillas de un riachuelo para recuperar el aliento. Se miró en las cristalinas aguas y observó su reflejo. Al verse, la felicidad en su corazón se mezcló con una nota amarga. Su madre, Deméter, era demasiado sobreprotectora. La chica ya había llegado a la edad de casarse, pero ella no la dejaba. Decía que los hombres eran todos unos aprovechadores y egoístas, y que no debía mezclarse con ellos. Pero Perséfone podía ver el verdadero significado de esas palabras: Deméter quería que su hija fuera suya y de nadie más. La sola idea de que estuviera con alguien más la aterrorizaba. La muchacha suspiró y decidió dejar de pensar en eso. "Si algún día me caso, estoy segura de que será muy adelante". Se dijo. Esta inocente criatura no podía siquiera sospechar lo equivocada que estaba.
Protegido de la vista del grupo por su casco de invisibilidad, el sombrío dios Hades la observaba. Hacía esto desde hace varios días, fascinado con Perséfone. Aunque nunca lo hubiera imaginado, empezaba a enamorarse de ella. Esto significaba, de hecho, una desgracia para él, pues sabía que su madre nunca permitiría que fuera su mujer. Desesperado, tomó una decisión extrema. Esperó que las ninfas estuvieran distraídas, la tomó por la fuerza y la obligó a subirse a su carro. Luego, con un simple movimiento de su mano, los negros corceles que lo tiraban se adentraron veloces en las profundidades de la tierra. Un grito de terror, uno solo, logró salir de la garganta de la muchacha. El suelo se cerró detrás de ellos. La aterrorizada Perséfone trató de luchar dando patadas y golpes, pero de nada le sirvieron. El carro iba cada vez más rápido entre oscuros pasadizos de roca. Al fin se detuvieron frente un enorme palacio, construido de mármol negro y piedras preciosas. La niña bajó del carro mirando a su raptor con una furia indescriptible.
-¿Cómo te atreves a arrastrarme hasta aquí de ese modo? ¿Y quién eres tú?
-Serénate, hermosa niña. Te diré todo lo que quieras saber. Soy Hades, dios de los muertos y el inframundo. He pasado muchos días admirándote, invisible, hasta que la flecha de Eros atravesó mi corazón. Te he traído aquí para que seas mi esposa, mi reina.
-Pero, ¿estás loco? Yo adoro el canto de los pájaros, el aroma de las flores, la luz del sol. Si me amaras, sabrías que no soportaría vivir en este mundo oscuro y triste.
Hades sonrió. Esa doncella era uno de los pocos motivos que tenía para sonreír.
-No debes juzgar tan rápido un lugar que no conoces.- le dijo- Ven conmigo.
