Holaaaaaa!
Aqui estoy, tranquilas... Con el capi, calentito, calentito!
Por cierto, me preguntaba una chica de donde soy. Soy española.
Por mucho que quiero apresurarme, no consigo teneros dos capis por semana,
LO SIENTO MUCHÍSIMO!
Así que por ahora, seguirá habiendo un capi por semana.
Cuando acabe mi otra historia "Obligadaa a ti" (que está a puntito), tendré más tiempo
GRACIAS por vuestros coments... son geniales!
BESOSSSSS!
.
CAPITULO 17
- Métete en el coche -
Y así hice. Edward sostuvo la puerta hasta que estuve acomodada dentro del Volvo.
- Dame solo dos minutos – Me informó antes de cerrar la puerta.
Incluso antes de que pasara ese tiempo, ya estaba sentado y arrancando el coche.
Las entrañas me ardían de anticipación. No tenía ni la más remota idea de a donde me iba a llevar, o si llegado el momento, haríamos el amor. Ya que Edward siempre había sido extremadamente comedido antaño... Pero ahora no estábamos en el pasado. Ahora yo era una mujer adulta, diez años mayor. Y él... bueno, él ya era mayor entonces. Además... Creí haber sido suficientemente clara de mis intenciones, ¿o no? Tendría que dejarle más claro...
Estaba tan nerviosa, que mis pensamientos se volvieron algo extravagantes y sinsentido.
Lo miraba a hurtadillas, y aunque estaba segura de que él también me observaba por su finísima visión periférica, conducía con el rictus serio, aparentemente, muy atento a la carrereta.
Aparcó el coche en un parking privado, del cual salimos por una puerta peatonal, de acceso restringido. La cual daba a una especie de hall; aunque no parecía realmente un hotel. Era en madera, muy rural pero muy elegante a su vez. Lo que más me sorprendió fue el olor a mar que embargaba el lugar.
- ¿Señor Cullen? - Le preguntó un hombre vestido de uniforme, entrado en años. - Ya está todo preparado. Realmente nos ha dado poco tiempo, pero lo tenemos todo listo. - Sonrió mirándome de forma agradable.
- Perfecto, gracias. La prisa será recompensanda. - Comentó Edward también muy agradable.
- Espera aquí – me indicó, mientras sostenía mi mano y depositaba un suave beso en ella. Ese simple gesto hizo que me sonrojara.
Observé a Edward alejarse hasta el mostrador donde sacó una brillante tarjeta dorada.
¡Cómo no... American Express... y dorada!
Una vez hecho el cargo, sacó una billetera del dorso de su americana y le entregó al señor unos billetes, el cual al verlos, abrió los ojos asombrado.
- ¡Vaya, señor! Es usted muy generoso. - Exclamó.
Una vez acabados los trámites y halagos, Edward levantó su brazo, sin llegar a tocarme, indicándome que avanzara siguiendo al hombre a través del hall hacía una puerta. Una vez cruzada, descubrí de donde procedía el olor a mar:
Estábamos en los muelles.
Miré hacía Edward con los ojos abiertos. Tanto por la sorpresa como por la espectación.
Recorrimos algunos pantalanes hasta llegar a los pies de una embarcación de lujo. Un jate de medidas imposibles, espectacularmente iluminado nos esperaba meciéndose por las ligeras ondas del rio Hundson.
Otro hombres algo más jóvenes, y una mujer de cierta edad salieron a recibirnos de dentro del jate.
- Hola, soy Alex y seré su piloto y ellos son Maria, su camarera y José mi asistente – Se presentó. Ambos asentimos.
Me ayudó a subirme a bordo, mientras Edward se despedía del otro hombre. Una vez ambos embarcados, nos dirigió una palabras, con una sonrisa un tanco pícara en sus labios.
- Nosotros nos meteremos en la cabina, para conducir esta maravilla y Maria, una vez acabe de atenderles, también. Si necesitaran algo, solo tienen que picar allí – nos señaló la puerta que daba al cuadro de mandos – Dentro del jate, hay varios interfonos que pueden utilizar sin falta de salir aquí. - La cabina está practicamente insonorizada; - su picardía se hizo más evidente, y a mi me salieron los colores – se lo comento para que no nos llamen a gritos, ya que no les escucharíamos.
Intercambió unas palabras con Edward, mientras yo me alejaba unos pasos para curiosear. La embarcación era una autentica pasada. Era la elegancia y magestuosidad, hecha barco.
Me apollé en la barandilla, disfrutando el paisaje y el ruido relajante del agua.
- ¿Impresionada? - me susurró Edward acercándose por detrás.
Me rodeó con sus brazos a la altura de mi cintura, apretándome contra su pecho, con sumo cuidado y hundiendo su cara en mi clavícula, exhalando su fresco aliento en mi yugular. La sensación de todo el conjunto fue indescriptible. Aunque su contacto era tenue; casi inexistente. Sabía que estaba actuando con cuidado, no queriendo pasarse de la línea imaginaria que yo hubiese interpuesto.
Pero aun así, mi entrepierna tembló de anticipación.
Y para darle un poco de margen, coloqué mis manos encima de las suyas.
- Si. Tengo que reconocerte el mérito – Le susurré. El momento se había vuelto de pronto, tan íntimo, que llamaba a hablar así... De forma suave y susurrante.
Nos quedamos así, abrazados, mientras el jate comenzaba a navegar, alejándose poco a poco del muelle.
Las luces de ambas orillas del rio, se unían de forma mística en el horizonte, creando un ambiente más romántico y magnético entre nosotros.
- La cena está lista, ¿vamos? - Su aliento volvió a dar de lleno en mi cuello, haciéndome estremecer, cosa que hizo a Edward soltar una risita.
- Señores, la cena está servida, acompáñenme – Ofreció Maria muy formal apareciendo de pronto. Edward se tocó la cabeza, en señal de que la había sentido llegar y pensar.
Entramos dentro del barco y si por fuera me dejó sin palabras, lo que estaba descubriendo a cada paso, me dejaba sin respiración.
Una sala en tonos claros y suelos de madera, iluminado con sumo gusto y decorado imitando una isla paradisíaca. Una piscina rellenaba la estancia, rodeada de palmeras con cocos, y helechos repartidos estrategicamente. Al fondo, una mesa con dos sillones de bambú, nos esperaba vestida con una preciosa vajilla y copas grandes de finísimo cristal.
Edward me ayudó a sentarme, para posteriormente ocupar su silla a mi lado. María comenzó a servirnos, mientras explicaba cada plato.
Comenzamos con un poco de vino, y de un carrito que había a un lado de nuestra mesa, sacó los platos con unos entrantes variados de estilo delicatessen.
María nos dejó para darnos privacidad, y Edward comenzó a hablar muy natural.
Ese era el único punto de la noche donde sentía temor y cierta angustia. Cuando estuviésemos así, formales con tiempo e intimidad para hablar.
- Viendo lo mucho que te ha impresionado esta decoración, que es todo artificial, me ha venido a la cabeza una idea. - Comentó, mientras yo comía y él iba haciendo desaparecer los pequeños bocados de su plato. - Cuanto todo se normalice, me gustaría llevarte a Brasil. - Abrí los ojos, sorprendida.
- ¿A Brasil? - repetí, mientras él asentía.
- Te encantará. - Frunció los ojos unos instantes, antes de volver a hablar. - Te imaginé cientos de veces, en miles de formas, sitios y situaciones distintas mientras estuve allí. - Inhalé aire forzosamente, dejándole continuar antes de interrumpirlo. - Por favor, no quiero que te sientas incómoda. He estado en muchísimos sitios... Solo que ese, bueno, es especial para mi ahora. Dejemoslo así, ¿de acuerdo? - Respiré más alivada, y meneé la cabeza. - Lo planearemos, e iremos.
- Me encantaría Edward; en serio.
Seguimos con el primer plato, una crema amariscada. El estómago me agradeció introducir algo caliente. Me sentó tan bien, que incluso sentí mis mejillas colorearse.
- Bueno, yo no he salido de Nueva York, pero me lo conozco bastante bien. He descubierto un montón de sitios... y bueno, siéndote sincera, en muchos de ellos, también te imaginé allí conmigo – Sonreí algo tímida – Mi plan, es más fácil de llevar a cabo. - Le alcé las cejas, retándolo.
- Para mi, no hay nada imposible... O casi. - Su mirada fue directa a mis ojos, con clara intención.
Llegamos al segundo plato. Merluza con crema de boletus, y crema de patatas. Exquisita con solo mirar el plato.
- Me comeré la mitad del mío, y la mitad del tuyo, - le insinuaré a Edward. - Así no tendras que esconderlo. - Le guiñé un ojo.
- Me parece perfecto. Además, debe estar exquisito, solo por la forma en que lo miras – Rió.
- Dime, ¿has estado en más sitios a parte de en Brasil? - Le pregunté tranquilamente. Me encantaba escuchar a Edward relatar.
En mi trabajo había escuchado a mucha gente hablar en público, narrar... Pero como él lo hacía, jamás había encontrado a nadie.
Me relató las ciudades donde habían estado toda la familia. Ya que se habían mantenido juntos hasta los últimos años, en donde él se había ido solo a Brasil.
Mientras hablaba y yo escuchaba ensimismada, habíamos acabado de cenar, incluso me dio tiempo a tomar un delicioso café.
- Ven, veamos el barco.
Lo seguí con ganas.
El barco era algo espectacular. Lujoso, espacioso, elegante... Un auténtico sueño.
Un salón enorme, con sofás gigantes, mullidos y llenos de cojines, presidía la entrada; con una tv panorámica de medidas imposibles y varios muebles, exquisitamente colocados. A un lado, se abría paso una cocina office, a la cual a simple vista, no parecía faltarle detalle. Y un gran bar, con unas luces estratégicamente puestas, para realzarlo sobre los demás muebles.
Varias puertas por detrás del sofá auguraban varios camarotes.
- Es precioso, Edward. - Fruncí el ceño, poniendo cara de póker – Me dejas asombrada, viendo cómo has sido capaz de organizar algo así, en cuestión de minutos – Meneé la cabeza.
- Es solo cuestión de dinero, Bella. Esto ya no se trata de ser o no ser "distinto"... - Me guiñó un ojo cómplice – Cualquiera con una jugosa cuenta bancaria, podría haber organizado lo mismo.
- Supongo que si...
- Hoy querías algo mágico, algo distinto... algo "glamuroso". Lo único que yo en diferencia a "otros", es la rápidez en pensar y elavorar un plan así. - Sonrió triunfal. - ¿Seguimos la visita?
- Voy a servirme una copa – Giré la cabeza hacía el champang encima de la barra del bar, dentro de un enfriador, con dos copas a un lado.
Estaba segura, que Edward sabía perfectamente qué había tras cada puerta, y que estaba relantizando el momento de abrir la puerta que llevaba al camarote principal; en el que suponía, compartiríamos.
Esa idea me hacía sentirme asustada, vulnerable. Así que esa copa de champange me vendría perfecta.
Comenzamos a abrir puertas, y fuimos viendo distintos camarotes e incluoso una sala de juegos con una preciosa mesa de billar en el centro.
Y por fin... la última puerta.
Edward parecía muy tranquilo, sin preocupaciones aparentes. Pero lo conocía, y pude distinguir varios gestos de cierto nerviosismo en él.
Abrió la puerta y... ¡bingo! Un camarote enorme y lujoso, con una cama de dosel igual a la de los reyes del siglo XIX, se mostraba en todo su esplendor. Una cómoda, dos mesitas y algun que otro mueble pequeño completaban el mobiliario; entrar allí, era como retroceder dos siglos en el tiempo.
Era entrar en el dormitorio de un rey.
De pronto, y sin venir muy a cuento, recordé la botella de champange. Ahora me vendría estupenda para encontrar algo del valor que, de pronto, se había esfumado de mi sistema.
Edward alzó su mano, ofreciéndomela. Era la primera vez que lo hacía desde que habíamos comenzado nuestra cita. En todo el tiempo en que habíamos estado juntos en el pasado, habían sido contadas las veces que habíamos ido de la mano.
Cuando entrelazó sus dedos con los míos comprendí, justo en ese instante, que mi mano no encajaría en ninguna otra que no fuese la suya, que este era mi sitio; el correcto. Aquí y ahora... Con él.
Y como por arte de magia, mis nervios se disiparon. Su mano, me transmitía la fuerza, el valor necesario para comerme el mundo.
Era la misma sensación que antaño siempre me transmitía. Me cedía parte de su fuerza vampírica a través de ese gesto tan simple y a la vez, tan lleno de sentimientos.
- ¿Te gusta? - Me susurró, mirándome con emoción. - ¿La cama será suficientemente grande? - Se inclinó hací a mi y rozó los labios, y un poquito los dientes, por mi yugular y un suspiro salío inconsciente de mi boca.
No tenía palabras. Me había quedado muda. Su voz, su tono, sus roces... todo me parecía erótico. Cada acto, cada palabra, hacía que mi entrepierna reaccionara por la gloriosa sensación de anticipación.
Estaba humeda, estaba excitada... lo sabía y él, también.
- Me encanta como hueles... - Volvió a susurrarme – Imagino que esta vez no negaras que estás... - No lo dejé acabar.
- No, no lo voy a negar – Contesté atropellada, notando mis pulsaciones totalmente revolucionadas.
Me giré y clavé mis ojos en los de él; que leyera a través de ellos, mi hambre más interna. Mi necesidad carnal por él.
Como de costumbre, su reacción no me defraudó, ya que sus ojos, algo oscurecidos, se volvieron completamente negros.
Me separé de él, un par de pasos caminando hacía atrás. Su mirada estaba atenta en cada movimiento que yo realizaba. Tenía su atención y eso me hacía sentirme poderosa.
Me quité suavemente la coleta, dejando mi pelo caer y meneando el cuello hacía atrás introduciendo mis manos y sacudiéndolo para ayudar al manto a caer elegante. Todo muy despacio, y sin apartar la mirada de sus ojos.
Moví las manos hacía mi nuca, y con una lentitud espasmosa, comencé a bajar la cremallera del vestido. Edward seguía mis movimientos con ojos de cazador; sin perder ningún detalle. Cuando llegué a mitad de espalda, donde las manos no me alacanzaban, cambié mi mirada y le lancé de forma muy sensual un:
- Ayúdame -
Me di la vuelta y antes incluso de haber completado el gesto, ya lo tenía detrás de mí, bajándome lentamente la dichosa cremallera. El vestido, al fin, comenzó a caer despacio por mis hombros. Volví a girarme para encarar a Edward. Y cruzando los brazos, agarré el vestido y comencé a bajarlo.
- ¿No se supone que eso debería hacerlo yo? - Preguntó con sus iris negros como una noche sin luna y la respiración acelerada.
- Quiero que me mires... Que memorices mi cuerpo... - Susurré sin apartar los ojos de los suyos.
El vestido dejó al descubierto mi sugetador, bajándolo hasta la cintura. Paré y me mordí el labio dejando salir el aire, exhalando, de mi boca.
Meneando la cadera, le di el último golpe de gracia al vestido, dejándolo caer por si solo una vez pasado esa zona de mi cuerpo.
A Edward se le salían los ojos de las órbitas, y eso me daba incluso más valor que cualquier champange.
Él comenzó a desabotonarse la camisa, pero hoy estaba muy activa, muy juguetona y lo detuve.
- No... Eso, voy a hacerlo yo también – Le sonreí, mordiéndome el labio otra vez.
- Entonces... ¿Qué es lo que voy a hacer yo? - Preguntó, fingiendo inocencia.
- Estoy segura, que algo se te ocurrirá. - Reí mirándolo con ojos felinos.
Los botones comenzaron a dejar ver su pecho, sus abdominales tallados sobre marmol, y esa magnífica "V" que predecia algo mucho más interesante.
Metí mis dedos entre la cinturilla de sus pantalones, jugueteándo y alzando mi mirada de forma, fingidamente, inocente.
- No puedo esperar más... lo siento... - Gruñó.
No me dio tiempo a procesar lo que acababa de decirme, porque lo siguiente que vi fueron sus pantalones volar.
Me alzó en brazos y me depositó en la cama. Me tumbó suavemente en mitad de la gran cama, mientras él se quedaba de rodillas a los pies, contemplándome.
Por supuesto, todo esto, en cuestión de un pestañeo.
Mi risa resonó en el camarote, mientras él me devolvía el gesto, mostrándome su, "mi", sonrisa torcida.
- Me encanta oirte reír. - En su voz, se distinguía también un deje de diversión.
No dijo nada más ni me dio tiempo a contestar, porque su boca cubrió la mía en un beso urgente y pasional.
- No te haces una idea lo de mucho que te deseo... De lo muchísimo que te he deseado desde la primera vez que te vi. - Nunca había escuchado su voz tan sensual.
- El sentimiento es más que mutuo – Le contesté entre jadeos. - Pero tu nunca... - me mordí el labio, parando la queja que se formaba en mi garganta.
- Lo sé... Y siento mucho todo lo que tuviste que soportar. Pero ahora las cosas son distintas. Tengo mucho más autocontrol... o eso espero – me guiñó un ojo, yo alcé las cejas; pero sin ápice de miedo o duda.
Esta vez fui yo la que buscó su boca, y él se dejó hacer sin restrinciones. Si no fuese por su tacto frío y pulido, podría haber pensado que era un hombre humano. No se resistió, ni opuso ningún tipo de fuerza ante mi, y eso, me encantó.
Por un momento, parecíamos un hombre y una mujer normales. Iguales en condiciones.
- Shuuu... - Me detuvo, agarrándome de las manos sobre mi cabeza – Quiero disfrutar de ti, segundo a segundo.
- Edward... - Gimoteé lastimera.
De no sé donde, sacó un pañuelo y con una velocidad inhumana, me lo puso sobre los ojos. Seguido, percibí por mi cuerpo, como deslizaba algo suave, recorriéndome y haciéndome cosquillas.
Fue subiendo, desde mi brazo hasta mi cara y puso su "objeto" misterioso sobre mi nariz, dejándome olerlo.
Era una rosa. Una rosa roja.
Una vez comprobó que me quedaba más tranquila al saber qué era, comenzó a usarlo a través de mi piel, recorriendo mi cuerpo. Mientras descendía, iba exhalando su helado aliento en mi piel, la cual se estremecía poniéndoseme el bello erizado ante la magnitud de la sensación.
- Me encanta como tu cuerpo se estremece... ¡Ummm! - Exclamó con éxtasis.
- Oh, Edward... por favor – Supliqué.
Siguió con su recorrido, pasando la rosa por mis pechos hasta llegar a mis pezones erectos y sensibles. Él siguió con su acción de helarme cada zona con su aliento, y esta no iba a ser menos.
Pero esta vez, en esta parte, no solo exhaló si no que los presionó entre sus labios, chupándolos.
Mi espalda se arqueó de forma autómata, escapándoseme un leve gemido.
- Tienes unos pechos preciosos... - Algo lo había hecho callar; supongo que pudor.
- ¿Y...? Sigue... hoy es nuestra noche. No hay pudor, no hay vergüenza ni lamentaciones...
- Te sonará a confesión de adolescente hormonado, pero... siempre tuve muchísima curiosidad por verte los pechos. - Podía imaginarme su cara confesándome eso, y una sonrisa asomó por mis labios.
Y fiel a su "obsesión" de adolescente, se detuvo deleitándose en ellos. Jugando con mis montañas erectas y sensibles. Las tocó, besó y chupó de mil maneras distintas. Y a cada caricia, yo estaba más y más cerca de tocar el cielo.
-Edward... - jadeé – Si sigues no podré aguantarme... acabaré... - no encontraba palabra adecuada.
- ¿Acabarás qué? - Preguntó con voz grave y masculina. - Dilo Bella... Quiero que seas grosera, que no te controles. Quiero ver su sensualidad y tu sexualidad salir para mí.
- Si sigues tocándome así, acabaré corriéndome.
Parece que mis palabras lo activaron más, porque no contento con lo que estaba haciendo, empezó a regalarme pequeños mordiscos intercalándolos con succiones. Sentir el peligro de sus dientes en una zona tan frágil y sensible de mi anatomía, era extasiante.
Tal como le había dicho, desde mi centro, dentro de mis entrañas, los espasmos comenzaron a hacerme retorcer, y gemidos escapaban sin control desde lo más interno de mi garganta.
- Oh, vamos Bella... déjate ir para mi. - Susurró.
Su petición fue el detonante. El espasmo final llegó, justo con un mordisco un tanto más fuerte que los otros. Una última descarga desde mi pezón a mi clítoris, fue mi fin.
- ¡Oh... Diosssss... Edward! - Grité.
Caí en la cama retorciendo mis piernas, ya que mi centro pedía a gritos atención inmediata. Edward pareció entender los gestos ansiosos de mis extremidades, y comenzó a descender otra vez con la rosa y su boca por mi cuerpo. Rozó y besó mi estómago, mi vientre, mi ombligo. Y justo cuando pensé que le dedicaría atención a mi parte más necesitada, la bordeó besándome la parte interna de los muslos, para seguir su camino por mis piernas hasta mis pies; los cuales beso y chupó cada uno de mis dedos.
- Tienes una piel tan suave... - murmuró sobre mi piel.
- Edward... - Mi pecho subía y bajaba errático por la necesidad.
- No seas ansiosa – su voz llevaba un claro tono risueño.
Después de torturarme con caricias por todo mi cuerpo, exceptuando mis zonas más necesitadas y frágiles, por fin, y sin esperarlo, comenzó a rozar mi centro. Fue menos que un roce. Un suspiro, pero se sintió como gloria.
Poco a poco, comenzó a dedicarle una atención más exclusivo; investigando, descubriéndolo. Si no fuese que tenía los ojos vendados, estaría muerta de vergüenza.
- Toda tu eres preciosa – Lazó su aliento justo en mi centro. Mi clítoris palpitó por el cambio de temperatura haciéndome arquear la espalda y soltar un grito de puro éxtasis.
- ¡Joder! - Grité.
Edward siguió explorando con sus dedos. Hasta que, al fin, metió uno de ellos en mi interior. Poco después de comenzar a moverlo, mi cuerpo combustionó sin previo aviso en un orgasmo de escala imposible en la tabla Richter.
Mi grito fue tan alto y tan profundo que por un momento pensé que la tripulación vendría pensando que Edward estaba matándome.
- Joder... - Dejé salir el aliento, agotada y complacida – Lo siento... No lo he podido evitar. - me mordí el labio, pero no estaba avergonzada para nada.
- No lo sientas... Me ha encantado... No sabes lo excitado que estoy. Y la necesidad de estar dentro de ti, ahora. - Su voz era gutural, profunda e intensa.
Me quité el pañuelo de los ojos, me incliné y lo besé con desesperación.
- Necesito tenerte dentro... ¡ya! Llevo esperando esto, demasiados años y no quiero ni puedo esperar más... - no me dejó acabar.
Lo siguiente fue estar tumbada en la cama con él encima de mí, notando su más que prominente erección rozando mi entrada.
Con sumo cuidado fue introduciéndose en mí. Su tamaño era a tener en cuenta, por lo que fue despacio.
Pero mi cuerpo parecía reconocerlo, por lo que facilitó el acceso. Me notaba completamente mojada, por lo que absorbí su miembro. A parte mis caderas lo buscaban con desesperación.
- ¡Oh, Dios... Mi vida! - Exhaló su aliento con devoción. - Tú llevas años esperando esto... yo llevo esperándote toda mi vida. - Me miró a los ojos, con una mezcla de amor y hambre.
En un movimiento poco humano, retrocedió y volvió a entrar de una sola estocada, provocándome el mayor placer que jamás hubiese experimentado en mí vida.
Esto era el paraíso, y yo era Eva mordiendo la manzana prohibida. Pero no me importaba que me desterraran por probar a mi Adán personal. Podían mandarme al mismisimo infierno y estaría complacida.
Edward se movió de formas distintas: lento, fuerte, rápido... pero yo no era capaz de durar demasiado. Después de acabar dos veces más, me moví y me puse a horcajadas sobre él.
Introduje su pene en mí, una vez más, mirándolo a los ojos. Me deslicé suavemente por toda su largura, disfrutándola mientras le rozaba el pecho, arañándolo con las uñas.
Verlo recibir el placer que yo le regalaba, era mi propio placer.
Me corrí otra vez, y fue apoteósico. El placer que otorga esa posición es indescriptible.
Edward volvió a movernos y después de unos pocos movimientos más, comenzó a prepararse.
- Nena... - Respiró profundo.
- Acaba Edward... quiero sentir como te corres dentro de mí. - Mordí mi labio con sensualidad.
En dos estocadas certeras, Edward empujó algo más fuerte y noté como se venía en mi tras varios espasmos y jadeos. A la vez, que yo misma volvía a acabar. Jamás, había tenido tantos orgasmos. Estaba literalmente agotada; pero feliz. Feliz y plena.
- ¡Dios Bella...! - Gruñó. Su voz se había vuelto profunda y oscura, electrizándome.
Según le daban los espasmos característicos después de acabar, a la vez que los míos propios, Edward giró la cara y noté una ligera punzada en el cuello y como mordía uno de los almohadones de plumas, llenando toda la cama de ellas. Volando sobre nosotros.
No recuerdo nada más, porque según salió de mi, me quedé profundamente dormida. Pero alcancé a escuchar unas últimas palabras.
- ¡Dios Bella...! No he podido evitarlo... Perdóname. - silencio - ¿Bella? Despierta nena... Por favor.
.
.
¡Uyyyy!...¿?¿?¿?¿?...
