Hola niñas... ¡Ya estoy aqui!

Capi largo, romántico, emotivo... Pero también un poquito triste.

A ver quien se da cuenta de por qué el capítulo tiene un trasfondo triste?

Disfrutarlo chicas...

CAPITULO 18


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Abrí los ojos, sintiéndome de un buen humor asombroso.

¿A qué se deberá? Me pregunté con sarcasmo travieso.

Giré la cabeza buscando a Edward. Él no dormía, pero sabía que estaría a mi lado para cuando despertara. Había sido nuestra primera vez, o por lo menos juntos.

Efectivamente, estaba a mi lado tumbado sobre su costado mirándome; pero cuando pude fijar bien mi vista, su cara me hizo contraerme.

- ¿Qué ocurre? - Pregunté de pronto alarmada.

- Bella... - Susurró. - Yo... - Su rostro era el arrepentimiento y la culpa personificada.

- Edward... ¡por el amor de Dios! ¿Qué ha pasado? - Me alcé, quedándome sentada en la cama, mirándolo fijamente.

Apretó los ojos fuertemente, inhaló una gran bocanada de innecesario oxígeno y alzó la mano, rozándome el cuello.

Fruncí el ceño, y llevé mi mano al mismo punto, notando una ligera punzada de leve dolor al pasar el dedo por encima de un arañazo.

- Pero... - Volví a fruncir el ceño, recordando. - Esto fue lo que sentí justo cuando tu te... bueno, cuando acabaste. - Noté mis mejillas ruborizarse ante el recuerdo.

- Lo siento mucho, muchísimo – Volvió a disculparse.

- Tranquilo Edward... no ha sido nada. - Me incliné de hombros. - No sé a qué se debe tanta preocupación. - Él frunció el ceño confundido.

- Yo crei... bueno, supuse que te enfadarías; o por lo menos que te molestaría – Siguió con su entre cejo marcado. - Fue un impulso, un momento de debilidad – suspiró. Su rostro estaba contraido por la culpa.

- Eso es lo menos que me ha podido pasar, acostándome con un vampiro – Solté una risita traviesa. - Además, te detuviste... no llegaste a morderme – le alcé las cejas, restándole importancia.

- Faltó muy poco – contestó en tono gutural, y la mirada muy seria.

Su forma de decirlo, hizo que me recorriera un estremecimiento. Simplemente fue un roce, pero si su autocontrol hubiese fallado medio segundo más, habría clavado sus dientes en mi yugular, comenzando así mi transformación.

Pero... ¿Está vez lo revocaría como en el salón de ballet, con James? O por el contrario, ¿dejaría que completase mi cambio?

- Si, realmente ha sido lo menos que ha podido pasar – Volvió a fruncir su ceño, ahora, bastante más marcado. - Realmente, no se en que estaba pensando en aceptar a hacer esto – meneó la cabeza. Pero en su rostro no había ningún signo de arrepentimiento; si no más bien una sonrisita.

- No me vengas ahora con arrepentimientos – Meneé las manos al aire – Estabas deseando hacer esto desde que volviste. - Alcé mis cejas con arrogancia, de forma teatral. - Cuando nos miramos en la entrada de la clínica, tus ojos te delataban sin piedad; perdona que te diga – Usé un tono exageradamente marcado de petulancia; pero todo a modo de broma; señalándolo con mi dedo índice.

- No te lo voy a negar. Cuando te giraste y te vi... - suspiró profundo – Te has convertido en una mujer muy hermosa y atractiva. - Sus ojos me miraban con sinceridad; con un brillo muy especial.

Su forma de contemplarme, con esa adoración que antaño me entusiasmaba y que ahora me ponía nerviosa, me devolvió a la realidad y me ayudó a salir de la burbuja que solíamos crear a nuestro alrededor.

Esto había sido una noche, una cita inolvidable. Una única vez entre nosotros.

No podía morir sin haber pasado una noche de amor con Edward. Ahora, podría morir en paz... Más o menos.

Pero después de esto, después de despertar, volvíamos al mundo real. Tal y como le había dicho a él la pasada noche en el coche.

Una noche... Pasemos una noche juntos.

El pensamiento hizo que mi corazón se encogiese.

- Bueno, ¿Qué tal si nos levantamos? Creo que es hora de ir volviendo a la realidad, ¿no te parece? - Le pregunté comenzando a levantarme.

- Espera... - Me agarró de la cintura y me tumbó sobre la cama. - No tan deprisa señorita – Su tono era jovial y divertido. El mío se había vuelto algo serio y frio. - Aun queda alguna sorpresa... Nuestra cita no ha acabado. Espera.

Se levantó, desnudo. Tuve que inhalar aire y morderme el labio para autocontrolarme y no saltar sobre él como una pantera.

Así que opté por girar la cara. Gesto que él captó, y por lo que pude verle la cara, le extrañó; aunque lo dejó pasar.

Edward se puso un pantalón de pijama y a mí me paso un camisón largo de seda. No sabía muy bien de donde lo habría sacado; pero no iba a preguntar. No quería romper aun el embrujo.

Se volvió a tumbar en la cama, despreocupado, o fingiendo estarlo, y al momento Maria entró con una carrito y lo que auguraba nuestro, o más bien mí desayuno.

- Espero que te guste – Sonrió con gesto infantil. Me chiflaba este Edward tan... humano.

Comenzó a levantar tapas de los platos que traía el carrito y de pronto mi estomago cobró protagonismo. Estaba muerta de hambre. Pero teniendo en cuenta que había cenado poco y la sesión de sexo brutal que había mantenido horas antes, era más que comprensible.

La mitad del desayuno la pasamos en silencio. Edward sabía que algo no iba bien, Edward era un experto en reconocer los diferentes gestos humanos, y en mí caso, aun me reconocía lo suficiente como para percatarse de que algo pasaba. Que mi mente estaba maquinando.

- Nora está con Rose y Emmet. - Me informó – La han sacado a dar un paseo – Sonrió. Ella y Emmet fueron ayer a comprarle una sillita nueva. - Rodó los ojos – Segun Rose, la nueva es más segura y tiene muchas más comodidades tanto para la bebé como para tí, cuando la cargues.

- ¡Ah! - pestañeé – Vale, genial. No hay problema. Le daré las gracias cuando los vea, al ir por Nora.

- Alice me ha pedido que te entretenga un poco más – Lo miré agachando los ojos. Él sonrió – Te tiene una sorpresa y necesita algo más de tiempo – Su cara se tornó a una de angelito. Yo, rodé los ojos.

- ¿Edward? - Le alcé una ceja. - Miedo me da cuando os confabulaís entre Alice y tu – Reí.

A Alice podría habersele ocurrido cualquier cosa. Conociéndola, me daba hasta miedo. Y más, cuando acababa por liar a Edward en sus tetras.

- Tranquila, no es nada excesivo. Estoy seguro de que te encantara. Ya verás. - Con lo dicho, me soltó un pico en los labios y se levantó de un salto poco humano.

Entró por una puerta, y al cabo de unos minutos comenzó a salir vaho y un envolvente aroma a flores.

Cuando me fui a levantar, Edward apareció, otra vez de forma muy poco humana, y me cargo en brazos justo cuando iba a poner mi pie en el suelo.

- No, no... ¿Dónde ibas? Dejame consentirte todo lo que quiera. - Su mirada fue persuasiva hasta el punto de hacerme callar. - Nuestra cita aun no ha acabado – Me guiñó un ojo.

Le sonreí; con ganas. Me dejé ir un poco más. Aprovechar estas últimas horas. El plan estaba elaborado y decidido. Simplemente disfrutaría mi último tiempo con él. Me permitiría ser feliz, plenamente feliz, junto a Edward por última vez.

Entramos por la puerta donde minutos antes había traspasado él; y no era otra cosa más que el baño. Un baño que era como el dormitorio de mi apartamento; y no era pequeño en absoluto. Pero este baño era algo espectacular.

Tenía una bañera redonda, gigante. De la cual salía el vaho y el aroma a flores, a parte de un millón de burbujas.

Me posó en el suelo, y después de lanzarme una mirada de permiso, a lo que yo asentí, me quitó el camisón con gran delicadeza. Esa no era la palabra correcta: Sensual, erótico, sexy... esas podrían ser palabras que encajaran mejor en su forma de desnudarme.

Ahora me arrepentía de no haberlo dejado hacerlo la pasada noche.

Me dejó desnuda delante de él. Me mordí el labio y después de lanzarme una sonrisa torcida capaz de hacerme duplicar mis pulsaciones en menos de un segundo, se quitó el pantalón de pijama.

Se metió en la bañera, y me tendió la mano para que entrara con él.

Y otra vez esa sensación de encajar. De perfección.

No te dejes influir Bella. Disfruta del momento; embebeté de él, pero manten el control.

Nos tumbamos en el agua caliente, la cual ayudó a mis entumecidos músculos a relajarse. Cerré los ojos y disfruté el momento en todo su explendor. Capté todo a mi alrededor con precisión para tener buenos recuerdos, en los que rememorar cuando esto acabase. Cuando él se volviese a ir.

Edward se tumbó y yo apoyé mi espalda en su pecho. Aplicó en una suave esponja gel y comenzó a limpiarme. Pero su tarea de limpieza pronto se vio delegado a otro tipo de tarea, ya que mis revoluciones comenzaron a subir peligrosamente.

Él tampoco era inmune a recorrerme el cuerpo de esa manera, ya que algo tremendamente duro se clavaba en mi baja espalda.

Me giré y lo miré. Ahora había más luz que en la noche. Ambos éramos más conscientes de lo que pasaba y de lo que hacíamos.

Igual que la primera vez fue un tanto más sexy, está fue más... romántica. Todo fue más despacio. Hubo muchos más besos, más caricias mutuas.

Edward comenzó a hacerme el amor con sus labios, con sus dedos, con sus besos... y yo me creía morir de extasis. Y... de amor.

Me sacó de la bañera una vez el agua se hubo enfriado, llevándome a la cama. Allí, hicimos el amor de forma más dulce; más lenta. Captando el momento de otra manera. Disfrutándolo de una forma más madura, podríamos decir.

Después de hacerme acabar varias veces, otra vez. Una vez él terminó, caí rendida.

Al despertar, era cerca del medio día. Y después de que Edward se alabase a sí mismo que era un fenómeno por hacerme dormir tanto, veáse la ironía de la frase, y reirnos por ello, nos vestimos para disfrutar del siguiente paso de nuestra cita.

Teníamos otra ropa para vestirnos, ya que nuestro atuendo era de velatorio. Muy sobria, muy oscura y seria.

- No sé si atreverme a preguntar de dónde salió esta ropa – Rodé los ojos, a la vez que meneé la cabeza divertida.

- Bueno, tuve cierta ayuda para este tipo de detalles.

Al coger la ropa para vestirme, me di cuenta de que esa ropa era mía. Alcé una ceja, mirándolo inquisidora.

- ¿En serio no adivinas? - preguntó divertido.

- ¿Me acerco si me refiero a una vampira, hermana tuya, de pelo corto, negro y que es un torbellino...? - Edward comenzó a reirse.

Me trajó ropa interior, unos vaqueros, un jersey gordo de lana y cuello vuelto grande y un chaleco. A Edward, también vaqueros, un jersey pegado de cuello cisne y también un chaleco.

- ¿Nos ha puesto a juego? - Pregunté miestras la risa se me escapaba. Edward rodó los ojos y se inclinó de hombros.

- Es Alice... Esta vez no voy a quejarme, ella me ha ayudado a hacer algunas de las cosas de nuestra cita.

Salimos a cubierta, y pudimos comprobar, o por lo menos yo, que estábamos navegando, a punto de llegar al muelle. La vista, ahora con la luz de un día ligeramente soleado, pero lo justo para que no hiciese brillar a Edward, era impresionante.

Ver ambas orillas del rio Hudson, acercándonos a Nueva York en todo su esplendor como escenario de fondo, era una imagen que te dejaba sin aliento.

Edward sacó su móvil del pantalón y me sacó un foto. Lo miré sonriente.

- Un recuerdo... Estas preciosa – Murmuró acercándose a mi cuello.

Y como si me hubiese leido el pensamiento, me abrazó uniendo nuestras caras, alzó su brazo y nos hizo un selfie.

Ambos miramos la pantalla del móvil para ver la foto.

El corazón volvió a palpitarme al ver nuestro retrato. Juntos. Acaramelados y sonrientes, como una pareja normal.

- Pásamela por washapp, ¿ok? - Esta vez no quería quedarme sin recuerdos palpables.

- Claro... - Edward comenzó a toquetear el móvil. - ¡Listo! Ahora ambos tenemos un recuerdo de nuestra cita – Sonrió feliz. Estaba irresistible. Su belleza con esa luz, era cegadora.

El polvo le ha sentado de fábula... igual que a mí

Pensé, mordiéndome el labio y notando como de los ojos me salía una sonrisa pícara y mis mejillas comenzaban a arder.

Edward me alzó una ceja, con ojos traviesos.

- Ummm... ¿Y esa sonrisa? No sé si quiero saber lo que tu mente traviesa, está pensando ahora mismo? - Pronunció la pregunta casi como una acusación, pero su cara, era la viva imagen de la felicidad y la picardia.

Le alcé ambas cejas, y con las mismas, no me dejo decir nada porque sus labios, callaron cualquier palabra que fuese a salir de mi boca.

Su beso, ahora una vez probado su cuerpo, me sabían incluso mejor de lo que nunca me supieron. Noté como me subía un escalofrio por la columna y mi centro palpitaba de anticipación.

- Ufff... - dejé salir el aire, con suspiro incluido. - Si vuelves a besarme así, tendré que raptarte otra vez en ese camarote.

- La idea suena de lo más tentadora... - Se inclinó para volver a besarme, pero fuimos interrumpidos.

- Señores, perdón por la interrupción – Se disculpó Alex. - Estamos a punto de llegar. Si necesitan algo...

- No, no, Alex. Gracias – Contestó Edward. - Todo está bien.

Llegamos a los muelles, y después de despedirnos de la tripulación y del mismo señor que nos acompañó hasta allí la pasada noche, recogimos el Volvo en el parking y Edward condujo sin querer decirme nuestro destino.

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Atravesamos parte de Manhattan, hasta la Quinta Avenida donde Edward paró el coche en un aparcamiento reservado en la acera. Justo de frente del Rockefeller Centre. Lo miré inquisitiva.

Salió del coche, me abrió mi la puerta, y un aparcacoches salió de un reservado al lado de una de las entradas principales a recogerle las llaves para llevarse el coche a algún parking privado.

Edward le entregó las susodichas y ya de forma automática, nos dimos la mano para caminar por la calle... como... una pareja normal.

Pero no lo eramos.

Bella... no te emociones. No sois una pareja normal, y lo sabes más que de sobra.

Subimos en el ascensor hasta la última planta. Una donde jamás había estado, ya que era un ala privadísima, solo apta para las altas esferas de Nueva York.

- ¿Edward...? - Pregunté nerviosa.

- ¡Shuuu! - Puso su dedo índice sobre mis labios para callarme.

El ascensor al fin se abrió entrando en una sala amplía y luminosa, elegantemente engalonada; suelos de madera clara, jarrones, cuadros, sofás, mesitas... Todo era finísimo y prometía ser extramadamente caro.

- En esta sala es donde se organizan fiestas del calibre de la gala de Porcelanosa, fiestas privadas de gente de las más altas y poderosas esferas de esta ciudad. - Informó Edward al verme la cara de pasmo.

Tiró de mí, ya que no habíamos soltado nuestras manos, recorriendo la enorme sala.

- Mi sorpresa está fuera. - Me guiñó un ojo, y yo me mordí el labio en respuesta.

Salimos por un pórtico a lo que suponía sería la terraza.

Una vez fuera, me quedé en shock. Mis ojos se abrieron a medidas imposibles observando lo que tenía frente a mi:

En la gigantesca terraza, había una mesa redonda engalonada, y un carrito enorme a un lado con un montón de bandejas con tapas en plata. Un camarero y una camarera estaban de pie, uno a cada lado del carrito, con pose muy formal.

A un lado, pero lo suficientemente de la mesa, había una pequeña orquesta. Un violín y un piano, los cuales estaban tocando "Claro de Luna".

La mesa estaba atechada por un cenador precioso, decorado con flores y telas de puntillas caían dandole intimidad a la zona de la comida.

- ¿Te gusta? - La voz ligeramente nerviosa de Edward me sacó de mi impresión; aunque aún no había conseguido recuperar la voz. Asentí con la cabeza de forma enérgica. - Me alegro – Sonrió. - Pero antes disfrutemos de las vistas – Volvió a tirar de mí y me acercó a la barandilla para contemplar las extraordinarias vistas.

El frio era aterrador ya que estando a 260 m de altura, el aire azotaba de forma escalofriante, pero a su vez era muy reconfortante. Imagino que el conford era debido a mi acompañante. Podía verse la zona oeste de Manhattan, parte de Brooklyn y algo del Bronx.

Edward sacó otra vez su móvil y nos volvió a sacar varios selfies a parte de algunos primeros planos mios.

- ¡Edward! - lo llamé de forma juguetona – Para yaaa... - Alcé la mano para intentar quitarle el móvil, pero como era de esperar fallé estrepitosamente.

Lo único que conseguimos de esto, fue ponernos a jugar con niños. Primero intenté darle alcance, hasta que al final Edward comenzó a correr, a paso humano, tras mí. Pero se cansó rápidamente y de golpe me agarró por la cintura, alzándome y dándome vueltas.

- ¡Jajaja! - Las carcajadas salieron de mi boca sin poder ni querer contenerlas. - ¡Edward, deja de darme vueltas! ¡Jajajaja! - las risas seguían saliendo.

Edward, conmigo cargada en brazos, me llevó al cenador hasta el borde de la silla.

- ¿No me irás a decir que me vas a sentar tu también, no? - Pregunté mofándome un poco. Edward achinó los ojos en respuesta.

- No será por ganas – Sus cejas se alzaron, para darme a entender que estaba de broma.

Cuando me puso con los pies en el suelo, y comprobé la mesa, recaí en un detalle que se me había pasado por alto al primer vistazo:

Un enorme ramo de rosas rojas completaba la decoración de la preciosa mesa.

- ¡Oh, Edward...! Son... son preciosas. Me encantan – Estreché el ramo entre mis brazos, embebiendome de la fresca y dulce fragancia de las rosas.

- Estoy encantado viendo como todo está a tu gusto. - Sonrió feliz. - Dame, las guardaremos hasta que nos vayamos.

La camarera se acercó a nuestra posición para recoger las flores.

- Las metere en agua, para que estén perfectas para cuando se vayan, señores – Era la formalidad en estado puro.

Le rodé los ojos a Edward, sacándole una sincera sonrisa traviesa ante mi gesto de burla.

Nos sentamos a comer acompañados de la melodía del piano y el violín. Los camareros, como excelentes profesionales, nos servían y se retiraban discretamente lo suficientemente lejos para no escuchar nuestra conversación.

Cosa que me alegró, ya que por un primer momento, supuse que estarían pegados a nosotros.

Otro detalle que no pasó desapercibido, es que el cenador estaba calefactado. Edward había pensado en absolutamente todo.

Mantuvimos una comida completamente contraria a lo que se esperaría de tal formalidad y elegancia. Reimos, muchísimo; sobre todo yo ante las mil y una ocurrencias de Edward.

A parte del plano divertido, hubo tiempo para seguir contándonos cosas de nuestras vidas durante todos estos años. Ambos hablábamos y escuchábamos al otro, con total atención y ensimismamiento.

También hubo momento para comentar sobre nuestra primera vez, sacándome los colores; aunque si Edward pudiese sonrojarse, lo habría hecho.

- La verdad, es que no solo estaba nervioso por tener mi control más a raya de lo que jamás lo había tenido... - Se pasó la mano por el pelo, nervioso – También tenía mis temores sobre si sabría estar a la altura... de tus... espectativas. - Murmuró algo atropellado. Noté como me asomaba una sonrisa tierna en los labios.

- Edward... - envolví su nombre en un susurro amoroso – Cielo... has estado mucho más que a la altura, creeme. - le guiñé un ojo.

- Me alegro – respiró – Es que bueno, yo no he estado nunca con nadie y sé que tú si. Por eso mis nervios. Sabía que esas espectativas tenían un listón altísimo por varias razones... Nuestra primera vez juntos, la atracción que siempre hubo entre nosotros... y sobre todo, porque yo soy, bueno. Un vampiro.

- No te lo voy a negar. Tu último motivo, era el que más espectativas mantenía. - Reí, con las mejillas ardiéndome. - Pero – me incliné sobre la mesa para acercarme a él – Has aprovado con matrícula – alcé las cejas para darle más intensidad a mis palabras. - No me importaría tenerte en mi cama todas las noches – Me mordí el labio de forma sensual.

Según pronuncié mis últimas palabras en voz alta, me maldije internamente. Se habían escapado de mi garganta sin darme ni cuenta.

Bella, joder... ¿Para qué das falsas expectativas? ¿Por qué? Porque mi subconsciente ha hablado por mí misma... ¡Maldita sea!

Después de un silencio un tanto raro, cambiamos de tema y volvimos a estar bien como si nada. Pero sabía que Edward había captado que algo no andaba bien conmigo. Pero estaba segura de que no se imginaba lo que era realmente.

Cuando quisimos darnos cuenta, el tiempo había pasado volando y comenzaba a oscurecer en el horizonte.

- ¡Edward! - Exclamé de pronto al darme cuenta de la luz - ¿Qué hora es?

- Son las 17, pasadas... pero tranquila. Vamos bien de tiempo – Su sonrisa se volvió pícara.

Sabía que algo escondía. Él y toda su familia.

Nos levantamos y de pronto, me agarró y comenzamos a bailar. La orquesta había comenzado a tocar Lost y todos mis pelos se pusieron de punta.

- Esta ahora, es nuestra canción – Me susurró al oido, mientras danzábamos despacio y muy acaramelados.

Edward me regaló tiernos besos y delicadas caricias. Todo era tan romántico, tan sensual, tan... perfecto.

El único fallo es que esto, tenía fecha de caducidad, la cual llegaría pronto.

Recuperamos el coche y Edward condujo hacías las afueras del barrio de Manhattan. A la zona "pobre". Donde yo vivía después de graduarme y justo donde tenía el nuevo piso alquilado.

Edward nunca hacía nada por casualidad, así que supuse que alguna cosa habrían ideado con el tema del nuevo apartamento; ahí, es donde entraba Alice.

- ¿Preparada para una última sorpresa? - Preguntó entusiasmado.

- Por supuesto – Contesté al tiempo que me mordía el labio. Me sentía igual que una niña el día de Reyes.

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Aparcó cerca de mi nuevo portal. Me abrió la puerta y, cómo no, volvió a darme la mano. Llevaba en su rostro una sonrisa feliz y un tanto nerviosa por la anticipación.

¡Qué habrán ideado!

Debía reconocer que la incertidumbre estaba matándome.

Entremos en mi portal, y subimos hasta mi piso. Ya tenía un dato, la sorpresa, estaba relacionada con el apartamento.

Sacó un llavero del bolsillo de su chaleco, con dos llaves colgando. Abrió la puerta y...

El piso estaba completamente amueblado.

Abrí los ojos y la boca a la par. Estaba anonadada. Giré la cara hacía Edward el cual sonreía emocionado de ver mi reacción.

- Pero... pero... - No encontraba léxico - ¡Edward! - Sin pensarlo, salté a sus brazos rodeándolo fuertemente por el cuello. - Gracias... muchísimas gracias.

- Esto no es nada en comparación a lo que mereces – Susurró en mi oido, ya que seguíamos abrazados.

Entré y me puse a husmearlo todo. Esos muebles, la decoración... eran las cosas que habíamos estado mirando Alice y yo en revistas de decoración. Se había quedado con todo lo que le había dicho que me gustaba.

Pero por supuesto, la mayoría eran cosas que no podía costearme. Pero ellos si. Así que, ahí estaba todo. Incluso recordaba uno de los cojines por costar casi 400 $; cojín, uno de ellos, que ahora decoraba mi sofá. El cual no quería ni recordar lo que costaba.

Todo eran muebles carísimos por ser antigüedades y de diseño, pero con gran funcionalidad. Para el día a día.

Aunque claro, ¿quién dejaría que ese cojín se estropease?

- Esto, es demasiado... - Mi tono era una mezcla de fascinación y reproche. - Os habéis gastado una fortuna.

- Te repito... nada en comparación a tí. - Contestó muy natural. - Bella, deja de darle valor al dinero... Sé que lo tiene y tu como humana debes dárselo, pero cómo debo explicarte que para nosotros esto no es nada. Tenemos dinero como para vivir lujosamente tres vidas. - Abrí los ojos perpleja, a la vez que meneaba la cabeza.

Seguí curioseando, y cada cosa que veía, me gustaba más que la anterior. Iba a ser muy fácil acostumbrarme a vivir aquí.

Este era mi barrio, el origen de mi vida adulta. Había sido muy feliz viviendo en esta zona, donde todo era más simple; sin jaleos de apariencias y gente ajetreada con trajes de chaqueta y tacones de alturas imposibles.

Edward iba guiándome por el apartamento, el cual no estaba exactamente como lo habíamos visto en el anuncio.

La cocina y el salón estaban unidos, pero ahora había algo distinto. Era parecía un espacio más amplio, más luminoso.

- Hemos... bueno... han – Rodó los ojos - echo unas pequeñas reformas. Alice se quedó con todo lo que ibas diciéndole y lo hemos rediseñado un poco a tu gusto. La cocina y salón, antes estaban más diferenciados, ahora lo hemos modificado para que sea una zona conjunta. Y hemos acomodado allí, al lado de una de las ventanas, una pequeña zona con una mesa para que tengas un sitio para escribir, o tener el portatil cuando tengas a Nora en casa. - Explicaba.

- Es... perfecto, Edward. ¡En serio! Es perfecto como habéis conjeniado las zonas entre si. La cocina, salón, mi pequeño despacho y esta zona con juguetes para la niña. - Estaba emocionada a la par que nerviosa de ver las cajas de almacenamiento infantil con juguetes para Nora.

- Hemos buscado que haya mucho espacio para que puedas tener a la niña siempre contigo, como querías. - Informó, señalando la mini cuna que ahora descansaba a un lateral del sofá. - Rose fue la encargada del tema infantil y Esme de la decoración. Alice les dijo lo que te gustaba y entre ellas, se han arreglado muy bien.

Mi dormitorio era impresionante. Moderno, amplio, luminoso... Con una decoración en tonos grises, blaco roto y marrón chocolate. Varios cojines de colores, daban la nota artística y colorida al conjunto. Perfecto.

El baño de la habitación también había sido reformado. Ahora ya no había paredes, si no unas cristaleras biseladas con puertas correderas. El cual estaba equipado con todo lo que se podría pedir.

Todas mis cosas estaban ahí, más un numero consierable de articulos de belleza nuevos.

Pero lo más espectacular, era que el dormitorio estaba a dos alturas. Todo estaba al mismo nivel, menos una zona, al fondo del dormitorio, ocupando uno de los dos grandes ventanales que poseía la estancia. Era un despacho, dentro del dormitorio. Pero separándolo de la zona propia de la habitación.

Una estanteria repleta de libros, una mesa preciosa con su sillón de director, mi portatil y un montonazo de equipamiento de despacho. Algún jarrón repleto de flores y algún cuadro completaban el conjunto a modo de decoración.

- Este si es tu despacho – Informó, hablandome por detrás al oido. - ¿Te gusta la idea? - Me giré para encararlo.

- ¿Qué si me gusta? ¡No! - Edward comenzó a sonreír al entender mi sarcasmo. - ¡Me chiflaaaa! - Grité lanzándome a su cuello, otra vez.

- Alice decía que aunque no lo habías dicho, querías tener una zona más privada, más tuya. Un despacho. Así que, como el dormitorio es tan grande, y los techos altísimos, Emmet estudio la estancia y dijo que era viable hacer esta obra. Así la otradel salón, queda para que cuando Nora comience a moverse, puedas seguir haciendo tareas allí con ella, pero tengas este espacio para ti. - Explicaba.

- ¿Esa otra puerta? - Pregunté mientras me dirigía a abrirla.

- Ábrela... estoy seguro de que va a encantarte – Sonrió malicioso.

Abrí la sobria puerta de madera corredera, y unas luces automáticas iluminaron el interior de la estacia: Un ropero replto de perchas, estantes, y zapateros quedaron a mi vista.

El aire escapó de mis pulmones de golpe. Dejándome casi hasta mareada.

- Solo puedo decir... ¡uf! Jajaja – Reí casi como una chiflada. Edward se unió a mi en mis carcajadas contagiosas.

- Sabía que te gustaría.

- Está toda mi ropa aquí – Me percaté de que todas mis cosas habían sido trasladadas, incluida, por supuesto mi enseres personales. - Aunque... hay más ropa que antes no había. - Edwrad se inclinó de hombros.

- Eso son cosas de Alice... a mí no me digas nada – Sonrió de forma inocente.

Recorrí el vestidor, tocando la madera de los estantes, rozando mi ropa y mirando de vistazo rápido la nueva.

- Queda otra puerta... ven, vamos... - Volvió a entrelazar los dedos con los mios y me guió fuera del armario y de mi dormitorio.

Justo en frente, había otra puerta cerrada. La abrió y de pronto me vi inmersa en un cuento rosa de princesas.

Cuna de dosel, cambiador, armario, estanterias, una hamaca de mimbre con cojines, y cientos de peluches estrategicamente colocados. Por supuesto, varias lamparas y una enorme lafombra de pelo persa que reinaba la habitación.

- Es... una auténtica pasada. - Murmuré. Estaba muy emocionada.

- Rose se volvió loca conjuntándolo todo. Esme le echó una manita, porque había comprado mil cosas y al final no encontraba el modo de unirlas y meterlas en el dormitorio, jaja – Rió meneando la cabeza.

Recorrimos el piso una vez más, de pasada, para llegar otra vez a la cocina/salón. Y allí, me esperaba la última sorpresa: Todos los Cullen estaban allí.

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Les dediqué una gigante y sincera sonrisa a todos. Pero mi primera mirada se fue irremediablemente hacía Alice.

Me lancé a sus brazos, los cuales me recibieron amorosos.

- Gracias... por esto, y por todo. Gracias por volver – Le susurré.

Sabía que todos nos habían escuchado, pero quise imaginar que había sido algo privado entre nosotras.

- Gracias a ti por volver a aceptarnos – Me devolvió el susurro.

El siguiente abrazo fue para Esme, por su dedicación y tacto con todo. Después, me lancé a por Emmet, el cual había sido el artifice de las obras, me alzó en cuello girándome como hacía siempre y sacándome la risa.

Seguí con Carlisle. Nos fundimos en un abrazo digno de padre e hija. Él, era mi héroe sobre todas las cosas.

Me quedé plantada delante de Jasper sin saber muy bien qué hacer. Él capto mis dudas, y fue el que acortó la distancia, dándome un ligero abrazo. Imaginaba que no habría abrazado a muchos humanos, sin matarlos claro, así que su cuidado era extremo.

Por último, y no menos importante... Rose. La cual dejó a Nora en brazos de Esme para abrazarme.

- Gracias... su habitación es... bueno... un cuento de pricesas – le susurré.

- De eso se trataba. Me alegro de haberlo conseguido y de que te guste. - Murmuró aun abrazadas. - Quería que fuese preciosa, pero funcional.

- Te lo diré en unos días – le guiñé el ojo.

Me giré acercándome a Esme. Necesitaba ver a mi niña.

- Hola mi vida... - le canturreé. Esme se movió para cedermela.

- Mira quien está aquí, Nora... - Canturreó con el típico tono infantil. - Ve con mamá.

Me quedé helada. Incluso el corazón dejó de latirme por un segundo.

- Ahora eres su madre, Bella. Es mejor que la trates como hija hasta que tenga edad suficiente para explicarle la verdad. - Comentó Carlisle. - En cuanto tenga uso de razón, ella te verá como su madre.

- Si, por supuesto. Creo que es lo mejor. - Contesté mientras agarraba a Nora entre mis brazos.

La mecí y le besé la cabecita con adoración. La estrugé contra mi pecho, con cuidado, notando su brioso corazón latir junto al mio.

Era apasionante y estremecedor sentir como se unían sus latidos con los mios.

Nos repartimos por el salón, mientras seguía disfrutando de mi niña... De mi, hija. Hablando sobre las reformas, de la diferencia en el apartamento.

- Bella... - llamó Esme – ¿Me das permiso para estrenar la cocina y así hacerte algo sabroso de cena? - Preguntó con cuidado.

- Claro Esme... por supuesto. Faltaria más... - Le regalé una tierna sonrisa, que agradeció.

- Así celebraremos tu nuevo apartamento – Sonrió complacida.

Los chicos seguían hablando de la reforma, y eso me hizo plantearme una duda, la cual les expuse.

- Todas estas reformas... ¿El dueño os ha dado permiso? Aunque estaría loco para no hacerlo. Ha quedado fantástico.

- Bueno... él no tenía que darnos nada, realmente. - Habló Carlisle. - Podemos hacer todas las reformas que nosotros queramos. - Su comentario hizo que un estremecimiento recorriese mi columna vertebral.

- Eso... ¿Qué significa, Carlisle? - Pregunté mirándolo con una ceja alzada.

El susodicho, sacó un sobre del bolsillo interno de su americana y me lo tendió. Pero al tener a Nora en los brazos no podía cogerlo. Cuando tuviese más práctica podría hacerlo pero aun me sentía insegura cuando tenía el bebé en brazos.

- ¿Qué es eso? - Alcé un poco a Nora, para que entendiese porque no lo aceptaba.

- Bueno, - sonrió con disculpa. Ese gesto me gustó aún menos. - Es la escritura del apartamento... a tu nombre. - Dejé de respirar.

- Y esto... - Alice se acercó con una carpeta – Son los papeles de la librería. - Abrí los ojos, pasmada. - Respira Bella...

No sabía si la angustia que sentía en mi pecho se debía por la sorpresa de todo el conjunto o que estuvieran al tanto de mi negociación para quedarme con la liberia. Me sentía pillada. Incluso mal por haberles ocultado eso.

Ahora tocaba dar explicaciones.

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¿De verdad Bella creía que los Cullen, o Alice más concretamente, no iba a estar al tanto de su aventura empresarial?

Esta Bella... a veces es un poco ilusa... jajajaja!

La semana que viene, veremos a ver qué explicaciones da Bella y como acaba el asunto.

Besossssssss y buen fin de semana a tod s!