Hola niñasssss!
FELICES FIESTAS!
Y debido a esto, he tardado un poquito más en actualizar.
Pero ya estamos aquí, con un capítulo bonito, emotivo y lleno de dudas.
Espero que lo disfrutéis.
.
CAPITULO 24
Los días pasaban sosegados y felices. El sol constante desde que amanecía, nutría mi piel de vitaminas, aportándome un ligero bronceado, haciendo que mis mejillas se mantuviesen permanentemente sonrojadas.
Según todos, el clima de la isla me estaba sentando estupéndamente, alzando más aún mi belleza.
Llevábamos en Isla Esme casi un mes. Los días habían pasado fugaces; aunque siempre se dice, con gran razón, que cuando uno es feliz, el tiempo pasa más rápido; como así fue.
Mi barriguita, ahora ya era una barriga en toda regla. Había crecido varios centímetros, aunque era lógico ya que mi interior guardaba dos vidas; tres, contándome a mí misma.
No había engordado practicamente nada, solo tripa. El calor de la isla y las cantidades de fruta me hacían estar saciada sin calorías y estar pegada a una botella de agua de forma permanente; por lo que estaba siguiendo una dieta buenísima sin proponérmelo.
Pocos días antes, había sentido a los bebés por primera vez. Fue una de las sensaciones más maravillosas de toda mi vida. Algo inexplicable; sublime.
Estábamos tumbadas todas las chicas en las hamacas bajo la sombra de unas palmeras a la entrada de la casa, mientras los chicos jugaban un partido de voley ball playa, cuando de pronto sentí como un gusanito me recorría por dentro.
Di un grito tan fuerte, que del esfuerzo me quedé sentada en la hamaca.
Por supuesto, incluso antes de acabar de gritar, Rose, Emmet y Edward, seguidos del resto de la familia, estaban encima de mí.
- ¡Bella! - Gritó Rose con los ojos saliéndosele de las órbitas.
- ¿Qué te pasa Bella? - Edward estaba igual de histérico que su hermana.
- Se han movido... - Susurré, hipnotizada. Figé la mirada en Rose – Tus bebés... se han movido por primera vez – Sonreí, y la "mamá", después de suspirar profundamente, sonrió conmigo.
- ¡Por Dios bendito, Bella! - Edward meneó la cabeza, ahora más tranquilo. - Solo tú, podrías conseguir llevar al borde del infarto a siete vampiros. - Su tono era risueño, lo que me sacó una carcajada.
- Lo siento... pero me ha pillado tan desprevenida, que... Siento mucho si os he asustado – Me disculpé.
- No te disculpes, es normal que te haya sorprendido. - Le restó importancia Carlisle. - En unos días, al ser dos, los comenzarás a notar de seguido. Después, se convertira en un ritual diaria; será tu forma de saber que los bebés estan bien. - Su forma de explicar siempre me había cautivado, pero está vez, su explicación estaba cargada de sentimiento; de implicación personal.
Aunque todo iba bien, mucho más que bien... No podía evitar sentirme algo abrumada por las sensaciones y sentimientos que se arremolinaban dentro de mí; algunas veces llegaba a ser tan axfisiante, que la sensación conseguía ahogarme.
Todos estaban pletóricos con mi presencia en Isla Esme, y más de una vez comentaban abiertamente que así debería ser siempre; todos juntos.
No es que no lo quisiera así, pero me sentía eso, ahogada, entre todos.
Toda mi vida había sido muy independiente, y la única vez que conseguí delegar en alguien, dejarme cuidar por otra persona, me había plantado en mitad de un bosque, diciéndome que no me amaba como había demostrado durante meses. Ese circunstancia, no había echo más que potenciar mi independentismo y meterme aún más en mi misma.
Y ahora, después de diez años sin la más mínima comunicación, aparecen diciéndome lo mucho que me quieren y que me han echado de menos... Y, sobre todo él. La persona que más daño y más he amado en mi vida, llega declarándome su amor y disculpándose por el daño ocasionado.
Aunque lo sigo queriendo muchísimo, no puedo obviar ese daño. Esa muesca irreparable que dejó en mi corazón.
Todas estas dudas se veían potenciadas con la intervención de Nora en nuestras vidas. Ya que ellos se realacionaban con la niña como si fuese su nieta o sobrina auténtica. Su amor incondicional por ella, era más que evidente viendo como la abrazaban y la cuidaban. No tenía ni la menor duda que entregarían su vida por mi, o por Nora sin dudarlo lo más mínimo.
Incluso Edward se relacionaba con la bebé con una naturalidad y amor asombrosos. Después de unos días y con mi consetimiento tácito a que se acercará sin miedo, se podría decir que la trataba casi como si fuese su hija.
Y sabía más que de sobra, que esa sería su mayor ilusión; que yo consintiera al fin a que fuésemos pareja "oficial" y que compartiésemos la crianza y custodia de Nora. Convirtiéndose Edward en su padre legítimo.
Pero...
Siempre había un pero...
Y para darme más dudas, la niña adoraba a Edward sobre todas las cosas. Nada más despertar, le pedía los brazos, y que le diese su bibi. Se había acostumbrado a que fuese él, quien le diera su desayuno, recostándose en sus brazos mientras él le cantaba "mi nana", cosa que me hacía estremecer y a Nora contemplarlo maravillada mientras comía sin gurgutar su bibi.
Jugaba con ella en la playa, a la orilla del mar, haciendo a Nora reír a carcajadas. La cargaba en brazos, la zarandeaba, la besaba... Le prefesaba su amor incondicionalmente en cada gesto.
Ambos estaban enamorados, fraternalmente, el uno del otro.
Ver imágenes como esa, me estremecían el corazón; por un lado, era algo muy tierno y dulce de ver; un padre amoroso cuidando de su hija. Y por otro, hacía que la sensación de ahogo se viese potenciada al infinito porque me hacía sentir culpable por no decidirme, por no arriesgarme, de una santa vez y darle la oportunidad a Edward que ejerciese de marido y padre, como sabía él quería hacer.
Pero...
Por muchas trabas que intentó poner Rose, al final fuimos a tierra, a Río de Janeiro.
Fue una experiencia única. Era una ciudad exótica y muy diferente al tipo de ciudad a la que estaba acostumbrada. Aunque tenía cierta parte cosmopolita, no empapaba su aire tropical, desenfadado y en cierta manera, rural. Obviando todo lo que conlleva edificios, trajes y seriedad.
La gente hacía corrillos en la calle, bailando y tocando timbales. Puestos de venta ambulante de todo tipo; tanto comida como alajas típicas. Taxis formados por una carreta, tirada por un burro. Todo llamaba mi curiosidad y me hacía girar la cara en todas direcciones. Incluso el aire que se respiraba estaba cargado de su cultura, de sus formas, de sus tradiciones.
- Te veo encantada – Me susurró Edward, haciendo que lo mirara.
- Sí. Estoy... maravillada – Le contesté entusiasta. - Es un sitio... precioso. Mágico.
- Está es una de las ciudades que quería enseñarte; de las que hablamos aquel día... En nuestra primera cita – Sonrió pícaro.
- Umm – Le contesté pícara, enarcándole una ceja. Me acerqué a él y le susurré al oido – No voy a estar embarazada siempre. - Está vez, mi mirada era más que pícara; era la sensualidad en estado puro. La suya, no se quedaba atrás.
Volvimos a Rio un par de veces más, ya que me había encantado y en la Isla me aburría un poco al no poder hacer "travesuras" con los chicos.
Rose, al ver que no había pasado nada con el primer viaje, no volvió a poner "peros" en que fuésemos a la ciudad.
Unos días antes de acabar las vacaciones, Edward me invitó a salir, solos. Otra de nuestras citas.
Por supuesto, Rose protestó alegando mi seguridad. Pero esta vez, estaba sola en contra de todos. Incluso Emmet le quitó la razón, cosas casi imposible de pensar.
- ¡¿Cómo?! - Exclamó Rose alterándose de inmediato. - ¿Solos, a tierra? NO. - Sentenció.
- No te estoy pidiendo permiso. Te lo estoy comentando por deferencia a tí, que eres mi hermana y sé que estás nerviosa por tu próxima maternidad. - Le contestó pausadamente Edward.
- ¿Y si pasa algo? ¿Y si sufrís un accidente? Puede pasar cualquier cosa.
- Rose... ¿Tú crees que dejaría que le ocurriese algo a Bella? - Le preguntó muy serio y algo molesto. - La he cuidado siempre anteponiendo cualquier cosa a su seguridad. - Se pasó la mano por el pelo, nervioso – Incluso la dejé, amándola como jamás había amado a nadie, por su propia seguridad, pisoteando mis sentimientos. - Sus palabras me hicieron contraer el gesto.
- No lo veo claro... No creo que os pase nada por estar aquí, todos juntos. En unos meses los bebés nacerán y todo volverá a su ser. Bella volverá a estar a tu disposición, si ella quiere, como siempre. No me hagáis pasar el mal trago y estar intranquila hasta que volváis...
- Rose... - Viendo que su discusión no terminaría nunca, decidí intervenir, como parte implicada.
- A ver... Tranquilos. - Me interpuse entre ellos. - Rose... Edward tiene razón, sintiéndolo mucho, no te estamos pidiendo permiso. Soy mayor de edad y no eres mi tutora legal. Y en el contrato que firmé me comprometí a entregarte los bebés al nacer y cuidarme y velar por mi salud mientras durase el embarazo... Pero no firmé el entregarte mi vida privada. - Rose apretó la mandíbula, molesta. - Necesito hacer algo sola, sin tu supervisión constante; además, que quiero tener mi cita con Edward. He estado aquí, entre todos durante más de un mes, sin rechistar por no alterarte y preocuparte. Pero ya está bien. Voy a bajar a Río y disfrutar de mi noche con tu hermano. - Rose abrió los ojos alertada. - No Rose... no vamos a tener sexo. - Meneé la cabeza molesta - No me voy a arriesgar a que pase algo... - Rodé los ojos, sintiendo como mis mejillas se coloreaban. - Pero está decidido.
- No pasará nada – Intervino Carlisle. - El embarazo va estupendamente y Bella está sana y fuerte. Además, te recuerdo que tu hermano también es un vampiro – Río – Y que la ama más que a su propia vida. No le pasará absolutamente nada. - Edward negaba, dándole la razón a su padre.
- Querida, Bella tiene razón, debes aflojar un poco. Estás demasiado paranoica. - La mencionada le lanzó una mirada matadora a su marido – Puedes mirarme como quieras, pero esta vez no tienes razón y me da pena por Bella. Ella está dándote el mayor regalo del mundo y tu estás amargándole la vida... A ella y a todos. - Suspiró – Edward tiene toda mi confianza, cualquiera de nosotros cuidaría de ella como yo mismo lo haría. Pero no porque ahora esté embarazada; siempre lo hemos hecho... Porque ella, siempre ha sido especial para toda la familia. Y ahora, ha conseguido unirnos más con su regalo.
- Hermana... no he visto que pase nada. Solo que Bella va a disfrutar de su velada, muchísimo. - Sonrió Alice, tranquilizando así un poco a Rose.
Al final, viendo que nadie la apoyaba, tuvo que ceder. Aunque realmente no le quedaba de otra.
Edward lo tenía todo perfectamente planeado:
Una vez en tierra firme, un taxi de carreta tirada por dos burritos nos esperaba en los muelles. El cual nos dio un paseo por la cuidad, ya iluminada por las luces, dándole una intensidad y un misterio cautivador.
El estar envuelta entre los brazos de Edward, le daba el toque "perfecto" al paseo, haciéndolo más especial, más romántico.
- Sabía que estabas deseando montar en uno de estos taxis – Rió Edward travieso.- Pero cualquiera le decía a Rose de subirte... - Rodó los ojos – Seguro que pensaría que el burro se embrabaría y te tiraría del carro. - Su tono de fastidio nos sacó a ambos las carcajadas.
- Sí... Estoy segurísima de ello. Gracias por darme el capricho. - Le acaricié la cara con mucha dulzura.
- Para ti, todo es poco. - Su mirada se hizo intensa. Muy intensa.
Sabía que tenía dudas en dar el paso que su mirada me gritaba, así que yo acorté la distancia que nos separaba, y lo besé.
Por supuesto, él me devolvió el beso al instante.
Fue un beso bonito. Tierno.
Y una vez que nuestros labios se encontraron, al fin, no éramos capaces de dejar de besarnos, dándonos húmedos y sensuales picos.
Dimos un paseo entre la gente, que bailaba, reía y comía. Llenando el ambiente de olores excitantes y notas musicales, entre sones trivales y samba.
Edward controlaba todo a su alrededor para que yo no fuese a sufrir ningún golpe en mi abultada tripa; pero fue muy discreto en su cuidado no hacíendome sentir agobiada.
Fuimos a un restaurante típico. Nada de cursilerías donde Rose había solicitado explicitamente ir a que yo comiese las otras veces que habíamos bajado a Río.
Una vez hicimos el pedido, Edward se disculpó y se ausentó unos instantes.
Regresó por mi espalda, trayéndome un precioso ramillete amarillo. Me dio un beso en la mejilla, mientras yo olía la preciosa flor, y volvió a sentarse en su silla.
- He ido a ojear la cocina. - Abrí los ojos sorprendida. - Para ver qué tal llevan aquí el tema de la limpieza y la calidad. Puedes comer tranquila. Aunque el sitio tiene mala pinta... bueno, estamos en mitad de la parte baja de Río, esto es lo típico aquí, la limpieza es excepcional.
- Gracias... Me parece encantador cómo me cuidas... y ¿está flor?
- Es un ramillete de Ipe. Es la flor típica de Brasil. - Me miró intensamente – Una flor hermosa, para una mujer más hermosa aún. - Mis mejillas se sonrojaron ante su piropo.
Durante la cena, estuvimos conversando sobre mil cosas. Actividades y estudios que había estado realizando él y yo en respuesta le narraba mis aventuras en la librería, con los clientes, con Annie... Y como lo iba llevando todo ahora con el embarazo.
- ¿Sabes que nos tienes a todos a tu disposición, verdad? - Me preguntó con su mirada clavada en la mía. - No solo a Rose y Emmet por su participación en esto.
- Sí, lo sé. Pero somos tres, más la ayuda más que valiosa de Annie... Más gente, serviría para roces y disputas. - Ahora la que lo miró con intención fui yo. - Y lo sabes... - Se sonrió, agachando los ojos.
- Sí, tienes razón. Todos nos mataríamos por hacer algo, sobretodo algo que fuese útil para ti, y al final no haríamos más que agobiarte. - Reconoció – Pero los Cullen, somos así. Siempre nos ayudamos entre nosotros. Aunque mantengamos cierta privacidad en algunos asuntos... sabemos que podemos contar los unos con los otros de forma incondicional.
No sé porqué, sus palabras me hicieron bajar la cabeza. De pronto me sentí abrumada; casi ahogada con su contestación, notando una presión extraña en mi pecho.
- ¿Bella? ¿Bella? - Me llamó. La segunda vez que me nombró, alzó la voz haciéndome levantar la cabeza - ¿Qué ocurre? - Su rostro mostraba incertidumbre y preocupación.
- Nada, no te preocupes... Sólo que tus palabras están llenas de tanto amor – Le sonreí; aunque era verdad y mi gesto era auténtico, la sonrisa no me llegó a los ojos, si no que la forcé un poquito, para restarle importancia a la preocupación de Edward. El cual, por supuesto, no lo dejó pasar.
- Bella... Sé que algo te preocupa. Algo sobre lo que estaba hablando de la familia; hasta un humano podría haber notado el cambio en tu gesto.
Me incliné de hombros, agachando la cara, otra vez. No sabía que era lo que me había molestado, si podía denominarlo molestia.
O puede que si lo supiera, pero no quisiera verlo o admitirlo.
- ¿Puedo serte sincero? - preguntó de pronto serio.
- Si, por supuesto. Por favor.
- Creo que tienes varios motivos por los que tienes dudas a la hora de transformarte – tomó aire esperando cómo reaccionaba yo al "tema". Me mostre normal, dándole pie a que continuase. - Uno de esos motivos, es que a veces te sientes abrumada por la familia. Me refiero a que todos están excesivametne encima de ti, preocupados e intentando facilitartelo todo en demasía. - Asentí en un mínimo movimiento de cabeza. - Bella, - estiró la mano hasta tocar la mía – Esto es porque eres humana. Si fueses como nosotros, no estarían tan pendientes de ti así, agobiándote. Creeme. Ahora eres frágil, una pieza de porcelana única e irremplazable. No podemos permitirnos que te ocurra nada, ni un solo rasguño. - Suspiró, sonriendo meloso. - Yo mismo no aparto los ojos de ti ni un minuto del día; incluso cuando duermes, velo tus sueños – le alcé una ceja – Bueno, eso es un ritual que traigo desde nuestros tiempos en Forks – Rió – Simplemente he aprendido a hacerlo con disimulo para que tu no te veas agobiada... Además, yo soy uno. No siete vampiros pendientes de cada respiración que des. Entiendo que te sientas presionada. Y ahora con Nora y el embarazo – Suspiró sonoramente – Estamos incluso más pendientes.
- Sí... no lo has podido definir mejor. - Respiré – Ni yo misma, lo habría podido explicar mejor. Estoy acostumbrada a estar sola, a no pedir permiso ni opinión para nada y de pronto, después de tantos años... Volvéis con vuestra familiaridad, compartiéndolo todo, haciéndolo todo juntos... Algunas veces me siento algo, ahogada. - Dejé salir el aire de los pulmones, alivada. Edward asintió conforme a mi declaración.
- Pero hay más motivos para tus dudas... - Ambos nos mirados, clavando nuestros ojos. - Y ese motivo, soy yo. - Sus orbes no se separaron de los míos, capturándolos sin opción a escape. - Sé que estas dolida y resentida. No dudo tu amor por mí, en absoluto. Pero sé que tienes miedo. Y lo peor de todo, es que no hay nada que pueda hacer para erradicarlo; es algo que solo tu misma, debes superar. - Agaché la cabeza sin saber qué decir – Sabes que te amo, ¿verdad? - Asentí. - Bueno, algo es algo. Solo que me gustaría que fueses sincera conmigo y me dijeras exactamente a qué tienes miedo.
- Edward, yo... - Pestañeé, con las palabras atragantadas en mi garganta. - No sé qué decirte.
El tiempo entre nosotros se detuvo, llenándose de silencio. Edward no mostraba malestar en su rostro, era un buen actor; el mejor. Esperó, paciente, mientras mi corazón tronaba.
Ahora sería el momento, pero no me sentía segura para hablar. Además, con el embarazo, me sentía en un estado más bulnerable, más frágil; y no quería agitarme en exceso, y estaba completamente segura de que así sería.
- Está bien. - Habló al fin – No te voy a presionar. Tenemos todo el tiempo del mundo. - Sonrió, aunque sabía que estaba forzando un tanto el gesto.
- Bueno... el tiempo lo tienes tú – Susurré sin ser consciente de que podía escucharme perfectamente.
- Tu puedes cambiar ese aspecto cuando quieras. - Respondió serio.
- Edward... Contestame a una cosa – Asintió solemne.
- ¿Por qué ahora? ¿Por qué has cambiado de opinión tan fácilmente? - Llevaba mucho tiempo queriendo hacerle la pregunta.
- Porque no puedo vivir en un mundo donde tu no existas. - Sentenció tajante. - He tenido diez largos años para darme cuenta – Sonrió, ahora si, sincero. - Aunque realmente me di cuenta del error de no haberlo echo en su momento, cuando te vi a la salida de la clínica donde nos reencontramos. Tardé en comprender el sentimiento que me invadió, pero lo tuve claro desde ese mismo instante. - Aguantó el silencio unos instantes hasta que volvió a hablar. Yo me había quedado sin palabras – Te amo Bella, y me pasaría la eternidad diciéndotelo, y pidiéndote perdón por abandonarte, mientras la pasases conmigo.
- Edward... - Dejé salir su nombre envuelto en un suspiro cargado de intensidad.
- Siento mucho no haberme dado cuenta en su momento – Se pasó la mano por el pelo. - Pero solo lo hice porque no quería arrastrarte a una existencia como la mía; creí que era condenar tu alma – Suspiró – Hasta ahora, que por fin he comprendido que tú estabas destinada a ser una de los nuestros. Y ya no solo por mí... Si no por toda la familia. Todos tenían asumido desde el principio que eras una Cullen. Todos lo veían menos yo.
- Ellos habían aceptado mi unión a la familia desde el principio – Murmuré, convenciéndome a mí misma. Él asintió.
Su mirada dorada relucía como el más brillante de los astros. Su mirada era de un hombre enamorado, no tenía duda de ello.
Él me amaba y yo lo amaba.
Y ahora, por fin, accedía por voluntad propia a transformarme.
Pero las palabras se me agolpaban en la garganta, no dejándome explicarme; o no queriendo hacerlo.
Porque... cómo le explicaba que no estaba segura de pasar mi eternidad con él. Que tenía muchas inquietudes, cosas por hacer, explorar, aprender... y que en él y en su familia veía un impedimento.
Estos diez años me habían hecho ver las cosas desde otra perspectiva, siendo consciente de que podía hacer cosas por mi misma. Que era una mujer autosuficiente y con posibilidades.
Aunque es verdad que también había necesitado de alguien que me reconfortara cuanod ocurrió lo de Laurie.
Ufff... Estoy hecha un lio
- No te voy a agobiar más. - Habló rompiendo el curso de mis pensamientos Edward – Hemos conseguido poder tener una cita solos – Sonrió pícaro – No la malgastemos con meditaciones, ¿de acuerdo?
- No puedo estar más de acuerdo.
Así fue, nuestra cita continuo haciendo borrón y cuenta nueva tras nuestra intensa conversación.
Edward me llevó por donde habíamos pasado antes en el taxi, y nos integramos con la gente de la zona, donde bailaban y cantaban.
Me abrazó por la cintura con sumo cuidado, y acercándome a él, comenzamos a bailar el son que tocaban los músicos callejeros con gran suavidad; meciéndonos creando nuestro propio ritmo.
Nos dejamos envolver por la sintonía, por el ambiente, por los aromas almizclados, mientras Edward me abrazaba, regalándome dulces y electrizantes caricias.
Se acercó a mi cuello, dejando exhalar su aliento en mi yugular, haciendo a mi corazón brincar exaltado.
- Bella... - susurró, hechizándome.
- Umm...
- Así debería ser siempre... Así podría ser, para siempre – Mi pulso se alteró y no por la misma razón de hacía unos instantes.
Edward tenía razón, así podría ser para siempre. Nadie que nos observase podría poner en duda lo mucho que nos amábamos.
- Y... - Suspiró, y supe que iba a decir algo que le resultaba difícil – No puedes hacerte una idea de lo mucho que desearía ser el padre de esos bebés – me acercó un poco más a su cuerpo, para rozarme la tripa con su abdomen. - Su padre... biológico – Expecifico.
Inhalé una gran bocanada de aire, porque sentía que me ahogaba; se me formó un nudo tremendo en la garganta ante la magnitud de su deseo porque era el reflejo del mío propio.
Claro que me encantaría que estos, u otros, bebés pudiesen llegar a ser suyos. Eso sería el culmen de nuestra relación. Como la de cualquier pareja, humana; normal.
- Edward... no te martirices con esas ideas. Sabes que eso es imposible – Le contesté en un murmullo, manteniendo nuestra misma posición, abrazados; yo con la cabeza apoyada en su clavícula y él con la suya agachada en mi cuello.
- Yo... - Lo corté. Sentí ser insensible, pero sabía perfectamente lo que iba a proponerme.
- Edward... - Alcé la cara, obligándolo a mover la suya – Sé lo que me vas a pedir... y por favor, no lo hagas. No me acarrés un quebradero más de cabeza meditando si quiero tener más hijos. Nora me ha llegado sin pedirla, aunque ahora no podría vivir sin ella... Yo no quería tener hijos. Y después de estos años de independencia, viviendo por y para mí, tomando decisiones que solo me afectaban a mí... Ahora tengo que pensar como una mamá. Sintiendo el peso de una carga que nunca quise. - Edward me miraba fijamente, y tras acabar mi retahíla, agacho los ojos levemente. Fue un gesto apenas imperceptible pero nuestros ojos estaban tan fijos los unos en los otros, que pude pillarlo.
- Por favor cariño... No malinterpretes mis palabras. - Le supliqué viendo que él no intervenía – Te conozco y sé que ahora le darás vueltas al asunto, pensando que no te quiero lo suficiente ya que no te quiero dar un hijo... Pero, si lo nuestro sigue adelante, tú serás el padre de Nora. Ella, en su mente de bebé, te siente como tal. - La mención de la niña, suavizó su gesto, endulzándole la mirada – Ella... te adora. - Le sonreí.
- ¿Sabes? - Su gesto volvió a cambiar a uno más risueño – Me gusta esta conversación. - Lo miré alzándole una ceja. - Es una típica conversación de parejas humanas. Hablar de un segundo hijo, de los pros y los contras... - Soltó una carcajada. - Debe ser la primera vez que me siento feliz por estar en desacuerdo contigo.
- ¡Vaya! Pues me alegro – Al final, yo también acabé riéndome.
Al llegar a casa, le pedí a Edward que durmiese conmigo. Por supuesto que no íbamos a hacer nada, pero necesitaba sentirlo junto a mí. Que velase mi sueño, rodeada por sus brazos.
Ya que hasta ese día, yo me acostaba sola en la cama, aunque sabía que en cuanto me dormía subía a mi dormitorio y nos veía dormir a Nora y a mí.
- Tranquila Rose... - Le habló a su hermana, imagino por algún pensamiento que hubiese recibido de ella al decir que dormiríamos juntos – Tu incubadora sigue intacta y así seguirá hasta que de a luz. - Edward me lanzó una mirada cargada de sensualidad que me hizo estremecer.
- Edward... - Lo llamó con advertencia su hermana, ante las carcajadas de Emmet. El cual se ganó una mirada reprobatoria por parte de su esposa.
- Rose – me acerqué a ella y le puse la mano en mi tripa. - Estoy genial – Le sonreí – Siente a tus bebés. - Eso la relajó sobremanera dejando de protestar en el acto.
- No es justo... Tienes un poder absoluto sobre mi voluntad. - Refunfuñó con voz mimosa.
- Ella puede modificar tus sentimientos más rápida y eficazmente que yo mismo – Intervino Jasper jocoso, ganándose las sonrisas del resto de la familia.
Desperté a la mañana siguiente sintiendo a Nora gurgutar; justo cuando me iba a mover, sentí a Edward hablar por lo que me quedé quieta escuchándolo.
- ¿Qué tal está mi niña esta mañana? - Nora comenzó a balbucear, contestándole a su manera – Te has levantado activa, ¿eh? Vamos, upa a mis brazos tesoro. Te traigo el bibi que te ha hecho la yaya Esme.
La cargó entre sus brazos con total adoración y se sentó con ella en su regazo en el butacón de mi dormitorio.
- ¿Quieres que te cante la nana? Si, ¿verdad? Pero esa, es la nana de tu mamá. A ti te compondré la tuya propia... ya estoy en ello. Será igual o incluso más preciosa que esta. - Y comenzó a tararear mi nana, con una maestría tal que pareciese que estuviese sonando un piano.
La escena era tan emotiva, que el corazón comenzó a latirme a una velocidad imposible. Y sabía que su sonido, había delatado que ya estaba despierta.
Me levanté, quedándome sentada en la cama, observando a Edward dándole de desayunar a Nora. Él alzó la mirada y nuestros ojos se encontraron quedándose enlazados.
Mi pecho subía y bajaba errático ante la prisión de sus ojos, que me miraban con una adoración incomprensible.
- Buenos días mi vida. Después te traeré el desayuno a ti – Me sonrió.
Esto, era la imagen de una familia normal:
El papá dándole el desayuno a la niña mayor mientras la mamá despertaba tranquila, y esperaba que le subiesen el desayuno, ya que estaba embarazada del segundo hijo.
Esa idea me contrajo el pecho, agarrotándome la garganta; aguantando unas inmensas ganas de llorar. Era la estampa perfecta.
Mi corazón retumbaba, latiendo de una forma extraña. Nunca antes había sentido tal sensación; apabullante, ahogante y con una presión desorbitada.
- Bella... - Me llamó Edward sacándome de mis reflexiones - ¿Te encuentras bien? - Me miró ceñudo. Y yo, me llevé una mano al pecho...
.
.
Un capi cargadito de mil emociones. No os quejaréis, ¿eh?
Escenas bonitas, divertidas y alguna que otra tensión...
Bella sigue con sus dudas, que nos ha revelado en sus pensamientos mientras cenaba con Edward.
Las cuales le desveló sin darse cuenta, cuando bailaban hablando, sin llegar a pronunciar la pregunta, sobre tener otro hijo juntos.
¿Creéis que Edward se dio cuenta de los motivos de Bella?
Y... ¿Que le pasa a Bella para llevarse la mano al pecho?...
... ... ... ... ...
BESOSSSSSSSSSS!
