¡HOLAAAAAAAA!

MIS DISCULPAS POR LA TARDANZA...

Pero espero compensaros con este capi. Yo, estoy orgullosísima de él... ¡jajajaj!

Capi cargadito, lleno de sentimientos, y sobretodo, de una muy, muy importante conversación.

DISFRUTARLOOOOO!

.

CAPITULO 26


.

Después de la grandísima discusión, nadie volvió a mencionar nada al respecto. Mucho se debía a mi deplorable estado de humor, estando constantemente con morros y malas caras, por lo que todos median sus palabras y acciones conmigo.

Solo Edward intentó hablarme a la mañana siguiente, pero lo corté radical, no dejándolo soltar ni una sola palabra.

Los tres días restantes me los pasé prácticamente sola. Aunque no tenía a ninguno de los Cullen a mi lado, los percibía a mi alrededor revoloteando y cuidando que nada me sucediese.

De la discusión salieron varias cosas… A mi gusto, de las únicas buenas, fueron que conseguí que volviésemos a Nueva York. Con algunos días de retraso, pero al fin nos íbamos.

Aunque claro, con ciertas condiciones.

.

- Bella. - Mientras desayunaba en la cocina, Carlisle se me acercó. - Mañana salimos hacía Nueva York – Mis ojos se abrieron como platos. - Hay condiciones – Me avisó mirándome con intención.

- Por supuesto, con vosotros es imposible tener una victoria limpia – Solté condescendiente. Carlisle sonrió divertido.

- Nos vamos contigo. Todos. - Aclaró. Mi ceño se frunció en un millón de arrugas. - Tranquila. Hemos alquilado el antiguo apartamento… Bueno, realmente nunca lo dejamos – Su rostro mostró una ligera vergüenza – Pero por las noches, habrá alguno de nosotros contigo. En tu decisión queda que sea de forma consciente o que nos colemos cuando ya estés dormida. - Alzó las cejas. - Y nos tendrás para ayudarte con Nora, con la librería… bueno, con todo en general. Antes de que protestes, tendrás tiempo a solas, si es lo que quieres.

Permanecimos callados unos instantes, hasta que tuve que claudicar. Realmente era una completa estupidez que quisiera ocuparme de todo sola: la cafetería, la casa, Nora… incluso de mí misma, cuando ellos estaban ahí, gentiles como siempre por ayudar.

Nada tenía que demostrar.

- Está bien. Aceptó tus normas. Las entiendo y las respeto. - Concedí. Esas debieron ser mis primeras palabras amables en tres días.

- Me alegro de que pienses las cosas con la cabeza. Aunque no quieras admitirlo, en poco más de un mes, habrá cosas de lo más sencillas, que se tornarán imposibles de realizar por ti sola. - Suspiró – Ya solo con el diámetro que tu abdomen adquirirá, te verás tremendamente torpe.

Me acaricié la tripa, con una sonrisa. Para estar de 19 semanas, tenía la tripa bastante abultada. No había engordado nada de cuerpo, tal vez los pechos un poco más hinchados, y la cara ligeramente más redonda. Pero la tripa… eso era otro tema.

Los bebés venían muy bien de peso y talla, como si fuesen bebés de un embarazo único.

Carlisle estaba contento al respecto, ya que después de descubrirme la lesión cardíaca, estaba seguro que el parto se adelantaría, y al estar los bebés tan bien, eso restaba complicaciones en su salud ante un parto prematuro.

Esa noticia cambió radicalmente mi estado de ánimo, el cual todos notaron.

- Si no te importa, - me comentó Rose – de la preparación de tus maletas nos encargaremos nosotras – Me miró con cuidado.

- Sí, me parece bien… y muy lógico. - Le dediqué un sonrisa de compromiso – Aprovecharé a dar un paseo, para despedirme de la isla.

Aunque iba caminando sola, percibía a Edward a mí lado; escondido entre la maleza que bordeaba la orilla de la playa.

Sabía que era él. Podría distinguir su olor entre cualquier multitud. Mis sentidos estaban en perfecta sintonía con todo lo que refiriera a él.

.

Los Cullen contrataron un avión privado para realizar el viaje hasta Nueva York, alegando que iríamos más cómodos. Eso me pareció algo demasiado, pero para ellos, fue una minucia. Todo lo que conllevase mi comodidad, no era nada en comparanza.

El viaje de regreso fue interminable y agotador. Mucho traqueteo, muchas horas, muchos kilómetros.

Al entrar en mi apartamento, una sensación de bienestar me inundó el alma.

- Bueno… ya estás en casa. Como tu querías… - Soltó Rose con tono reprobatorio.

- ¡Rose! - La reprendió Carlisle, lanzándole una mirada asesina.

- Me voy a acostar… Estoy exhausta. - Suspiré. - Podéis quedaros, sin falta de colaros… no voy a protestar.

- Claro hija… Descansa. Nosotros nos ocuparemos de Nora y de desempacar tus maletas. - La dulce Esme, siempre tan generosa y nada rencorosa.

Antes de girarme para irme a mi dormitorio, pude captar la mirada de consternación que se lanzaron entre todos.

No hacía falta ser un vampiro para darse cuenta de mi tremendo disgusto con ellos.

El cual no fue por las duras palabras de Edward, si no por la sinceridad que llevaban. Sinceridad aplastante.

.

En un par de días ya me encontré recuperada del viaje, y tras tener una agradable visita de Annie, por fin fui a la cafetería.

Estaba genial. Llena de gente que me saludaba amable llenándome de preguntas y halagos por mi tripa. Y cuando quise darme cuenta, estaba actuando como una auténtica mamá; disfrutando de mi condición de embarazada.

Annie estaba pletórica con mi regreso; ya no solo por sentirse ayudada con la cafetería, si no por mi presencia.

- Me he encontrado muy sola todas estas semanas – Me decía acurrucando su cabeza en mi hombro. - No sé que haré cuando al final inicies una relación seria con Edward. - Su comentario me dejó pasmada. A lo que ella me dedicó una gran sonrisa - ¡Vamos Bella! Realmente no sé a que estás esperando… - meneó la cabeza, confusa. - Sé que tenéis una historia en el pasado, pero… solo hace falta ver como os miráis. - Me regaló una dulce caricia en la mejilla – No pierdas esta nueva oportunidad, Bella. No suele haber segundos intentos, y a ti la vida, te lo ha dejado en bandeja de oro.

.

Los días fueron pasando sin complicaciones. Al sentirme en casa, bien, eso repercutía no solo en mi humor, si no en mi estado de salud en general. Por lo que Rose dejó de molestarme. Aunque también suponía que la intervención de Carlisle influía en que su hija se mantuviese a una distancia de mí.

Pero aunque mi humor se viese mejorado, las cosas entre los Cullen y yo, no iban especialmente bien.

Ya que seguíamos marcando las distancias. No había malas caras, pero se notaba que la comunicación escaseaba y las muestras afectivas, sobretodo por mí parte, también.

Con Edward, aunque nos hablábamos y nos tratábamos, las cosas estaban distantes. Sabía que la discusión en Isla Esme no iba a quedar así. Simplemente estaba dándome espacio para que no me agobiase y mi lesión no aumentara.

Tenía varios meses por delante para decidir qué hacer una vez diese a luz a los gemelos. Y aún después, tampoco corría prisa en decidirme a nada.

.

Un día, poco después de regresar a Nueva York, Edward se sentó conmigo en el sofá, donde estaba estirada, acariciándome la tripa. Su rostro estaba neutro, aunque por mucho que lo escondía, sabía que iba a decirme algo escabroso.

- No quiero que me tengas miedo – me soltó sin más.

Ese día se había quedado él para velarme por la noche, y llevaba rato notándolo extraño.

Al escucharlo decir eso, me giré y lo miré con el ceño fruncido.

- ¿A qué viene eso? No te tengo miedo, Edward. Jamás te lo he tenido. - Le declaré sincera.

- Me refiero a lo que te dije el día de la discusión en la isla… A que te convertiría nada más dar a luz… - Su rostro reflejaba una preocupación absoluta.

- Edward… - lo llamé condescendiente. - Siempre has estado con ese temor… A la expectativa de que saliese huyendo y gritando de tí. Pero cuando alguna vez, has visto el más mínimo síntoma de que pudiese tenerte miedo, te has apresurado a tranquilizarme… - Meneé la cabeza, suspirando – ¡Es agotador!… No sé qué es lo que quieres.

- A ti – Soltó sin dudar. Inhalé una gran bocanada de aire, y sonreí.

- Sabes que yo a ti también.

- Pero no es suficiente… Ahora ya no. - Nos miramos intensamente. Su mirada me quemaba las entrañas.

- Edward… - Solté su nombre envuelto en un sentido suspiro.

- Cuando des a luz, nadie te hará nada sin tu consentimiento previo. Solo quería que lo supieses. - Su rostro se tornó seguro y serio. Asentí.

- Y si… - Me mordí el labio, dubitativa. Él alzó las cejas, instándome a continuar hablando. - Mi vida corriese peligro después de dar a luz, y yo no pudiera dar ese consentimiento… ¿Qué pasaría entonces?

- No necesitaría ese consentimiento… Al igual que un médico, en peligro de muerte de su paciente, no necesita permisos de la familia. Esto, es lo mismo. - Sentenció.

- Tú no me salvas la vida… me regalas la inmortalidad. - No lo pensé. No medí mis palabras. Como siempre me pasaba cuando hablaba de forma seria con Edward, y lo solté así. Envolví esa simple frase, en la más absoluta devoción.

En su perfectísimo rostro, se dibujo su sonrisa torcida. Mí sonrisa. La que podía derretir el iceberg en el que se había convertido mi corazón. Frío y opaco, lleno de dudas y miedos.

- Creo que no hace falta agregar más – Lo miré interrogativa. - Acabas de darme tu pleno consentimiento. - Su sonrisa se hizo más amplia, a la vez que mi respiración se entrecortaba.

Me quedé muda. Por supuesto. Me disculpé con él y me fui al dormitorio. No tenía sueño, ni estaba cansada o pesada, pero era la única manera de cortar la conversación; la cual se me acababa de ir de las manos.

.

Las semanas pasaban volando y el otoño comenzaba a dar paso al invierno.

La relación con la familia, poco a poco, fue volviéndose más cariñosa, aunque nadie había olvidado las palabras dichas aquel día en la isla.

Rose había cambiado de actitud hacía mi de forma más que considerable, en un intento sin paradigma de hacerme entender que su cambio de sentimientos hacía mí, no se debía exclusivamente a que fuera a regalarle su tan ansiada maternidad.

Por supuesto, con ella también hubo alguna que otra charlita para meterme en mi "dura mollera" que ese cambio se debía a varios factores.

- Bella… por favor… Ahora te quiero más porque me vas a dar el mayor regalo que pudiesen hacerme… no te lo voy a negar. Pero mi cambio de sentimientos hacia ti, no es solo por eso. - Explicaba mirándome muy intensamente – Después de observar lo mal que lo habíais pasado Edward y tu por vuestra obligada separación, me puse en vuestro lugar, pensando qué sería de mí, sin Emmet. Y no podía concebir dolor y sufrimiento más terrorífico. Aunque en su momento no quería entenderlo, y me negaba, ahora sería tremendamente feliz de que te unieras a nosotros. A no correr el riesgo de perderte nunca. - Sus manos apretaban suavemente las mías, transmitiéndome ese cariño que intentaba explicarme con palabras.

Desde eso, nuestra relación se vio mejorada considerablemente.

Alice.

Ella era otro punto a parte. Sabía que estaba sufriendo terriblemente por nuestro distanciamiento desde aquel día. Y yo, también.

Echaba de menos a mí niña.

Pero ambas sabíamos que mi dolor más arraigado por su marcha, residían en su persona y en la de Edward.

Una vez de vuelta en Nueva York, intentaba acercarse a mí con cualquier excusa, pero yo no se lo ponía fácil. Estaba demasiado dolida… y el embarazo y su manera de cuidarme hasta la asfixia, fue el detonante para mostrarme así de hostil hacía ella.

Pero a base de intentarlo, dio con el punto clave: La cafetería.

Como cada vez me sentía más torpe y pesada, necesitaba ayuda con ella. No quería cargar con más horas a Annie, ya que seguía estudiando, pero yo no era capaz a resistir un turno sola. Así que se ofreció para relevarme cuando yo me empezaba a agotar.

Poco a poco, fue llegando antes, y trabajábamos juntas durante un rato hasta que yo me iba. Eso, fue haciendo que limásemos asperezas; las cuales ambas, estábamos deseando destruir entre nosotras.

- Bella… ¿te apetece que te vaya a buscar luego a casa y salgamos a cenar? - Me preguntó un día justo cuando me disponía a irme. La miré, sopesando. - Desde que llegaste no has salido a comer fuera; así, charlamos tranquilas y te doy alguna idea para la cafetería. ¿Qué me dices?

Después de sopesar durante unos instantes, acepté su oferta. Con cierto reparo, pero yo también añoraba pasar tiempo a solas con ella.

Fuimos a cenar al restaurante favorito de Laurie. A aquel antro donde tanto le entusiasmaban las hamburguesas a ella.

Y aunque seguía pareciéndome un sitio horrible, me apeteció llevar a Alice allí; compartir con ella, ese sito especial entre mi mejor amiga humana y mi mejor amiga vampira.

- ¿En serio quieres cenar aquí? - Miró alrededor con asco. - Si Rose viese donde vas a cenar, le daría un pasmo – Sacó la lengua exagerando su gesto de grima. Yo no pude más que echarme a reír.

Una vez sentadas, le expliqué lo que ese tugurio representaba para mí. Era el último sitio donde habíamos estado juntas Lau y yo.

- ¡Oh… vaya! Me siento… honrada porque quieras compartir conmigo algo así. - Se excusó sofocada. Estoy segura que de poder, estaría colorada.

- No encuentro otra persona, otra amiga, con la que compartir esto- La miré fija, mostrándole sinceridad.

- Bella… - Solo por la forma en que pronunció mi nombre, supe que la "conversación" había comenzado. - Yo… no encuentro palabras para disculparme. La eternidad se me parece, por primera vez, corta para seguir pidiéndote perdón.

- No necesito que sigas disculpándote… Solo, necesito sentirme segura entre vosotros. - Agaché la cabeza, con pesadumbre.

- ¡Bella! - Me llamó asombrada – No hay cosa que más queramos que llegue la hora en que decidas ser como nosotros. - Suspiró. Me miró durante unos instantes, y por su mirada, sabía que estaba sopesando en revelarme algo.

- Suéltalo Alice – mi tono sonó más condescendiente de lo que pretendía.

- Bella… - Ella estiró sus manos sobre la mesa acunando las mías entre ellas – Quiero que sepas, y hablo en representación de toda la familia… - Respiró – Que tienes la opción de transformarte sin tener que ser la pareja de Edward. - Lo soltó de golpe, dejándome pasmada.

Necesite varios minutos para que la sangre volviese a regar mi cerebro con normalidad.

- Gracias por tus palabras, Alice. No te haces una idea de lo que significan para mí. - Notaba los ojos aguados, y un nudo en mi garganta.

Y era verdad. Sus palabras me habían dado la confianza de que su amor, no era simplemente porque su hermano estuviese enamorado de mí. Si no que me había ganado ese amor por méritos propios.

- Te queremos a ti. Por quien eres, no por ser el centro de la locura absoluta de Edward – Sonrió pícara.

.

Estábamos a tan solo unos días de Navidad y mi tripa tenía unas dimensiones astronómicas. Emmet no dejaba de hacerme bromas respecto a eso.

- Es igual que una bola de mapa mundi, pero más grande, aún… ¡jajaja! - Se reía de mí, mientras yo le sacaba la lengua.

Cuando hacía eso, solía ponerle una mano en mi tripa. Los bebés, que parecían reconocer la mano de su padre, se movían al contacto. Este gesto, lo callaba de golpe haciéndome sentir a mí todopoderosa.

Desde que comencé a tener esos gestos, tanto con Emmet como con el resto, fue un nuevo comienzo entre la familia y yo. Fue "sacar la bandera blanca".

Pero esos gestos duraron tan solo unos días, ya que pasé de hacer eso, a echarme a llorar; cualquier mínima cosa, me sacaba las lágrimas más profundas. Lo bueno es que tan rápido venían, se iban.

Edward se revolvía ansioso cada vez que pasaba, ante su sentimiento de impotencia de verme derramar lágrimas incontroladas.

A otro que también tenía descolocado, era a Jasper; ya que mis rápidos e imprevistos cambios de humor lo traían de cabeza.

- Por favor, Bella… mi vida… - Suplicaba con voz atormentada Edward – deja de llorar cariño.

- Son las hormonas – Respondió Carlisle. - Ya está de 35 semanas… Todo su organismo está alterado.

- Estoy agotada de esto… - me señalé la barriga – quiero que nazcan ¡yaaa! - Grité la última palabra entre lágrimas.

Todos me miraban compungidos, menos Carlisle, que me dedicó una mirada cariñosa y comprensiva.

- Pronto, Bella… Tranquila – Respondía con su habitual calma, mientras yo resoplaba, y volvía a llorar.

- Ya te dije hace unos días, que tenías un centímetro de dilatación – Recordó – Y has perdido el tapón del cuello uterino. Un par de semanas más… ¿Crees que podrás aguantar? Por el bienestar de los pequeños… No querrás que haya ningún problema porque nazcan demasiado pronto, ¿eh? - Me miró con ternura, regalándome una caricia en la mejilla, sabiendo mi respuesta. Asentí, frustrada.

- Carlisle… odio que hables de mi dilatación tan alegremente… Estás hablando de mis partes nobles – Le recordé, algo molesta. Otro cambio de humor; radical. De triste y agobiada, a enfadada.

- ¡Uff, Bella! - Jadeaba Jasper agarrándose la cabeza.

.

Un par de días después, me levanté con desasosiego; con una aprensión en el pecho muy rara. Como si algo mala fuese a suceder.

Intenté calmarme, pero no lo conseguía por mi misma.

- ¡Jasper! - alcé la voz, con el timbre agudo por la ansiedad.

Alice se materializó de la nada, y su esposo dos segundos detrás. Ella se quedó ida, estaba teniendo una visión.

La miré con pánico.

- No… no vas a dar a luz. Por lo menos no hoy. - Me guiñó un ojo.

- Jasper… - Supliqué, alzando las manos.

Él se acercó; desde que había velado mis sueños en la isla, hablando durante horas hasta que me rendía al sueño, habíamos creado una conexión especial.

Se sentó a mi lado en la cama y me acurruqué en sus brazos, los cuales me recibieron algo sorprendido, pero con una grandiosa sonrisa.

Alice contempló la escena maravillada.

Pronto, comencé a sentirme más tranquila. Mucho más.

- Son cosas de las hormonas, Bella. Carlisle ya te lo ha dicho. Tú cuerpo está preparándose y estás nerviosa. - Me susurró él. - No te pasará nada. Ninguno dejará que nada te ocurra. - Calló, debatiéndose en si continuar su discurso - Incluso yo mismo, llegado el momento, te transformaría, ¿sabes? - Pudimos escuchar un jadeo proveniente de Alice. Incluso ella misma se asombró de la confesión de Jasper.

.

Mas tarde y mucho mas tranquila, salí a dar un paseo alrededor de la manzana de mi casa con Esme.

- ¿Puedo pedirte un favor?… uno muy importante – Íbamos agarradas del brazo, y Esme redujo el paso, asombrada por mis palabras.

- ¡Claro cariño! Lo que quieras.

- Pero necesito que mantengas tus pensamientos controlados. No quiero que Edward lo vea en tu mente y se vuelva loco – Sonreí, rodando mis ojos. Asintió. - Si algo pasase… Si algo me pasase a mí – Iba a interrumpirme, pero no la dejé – Necesito que me prometas que cuidarás de Nora. - Esme jadeó. Paré la caminata para mirarla directa a los ojos - ¿Me lo prometes?

- Claro Bella… Por supuesto. No tienes que preocuparte de nada. Pero… ¿crees de verdad que dejaríamos que te ocurriese algo? - Negué, con una mueca de dolor en el rostro.

Esa misma tarde, quedé con el abogado que llevaba los temas jurídicos de la editorial. Siempre habíamos tenido buena relación, así que pensé automáticamente en él.

Le entregué datos concretos de Edward. Aunque le pedí a Esme que la cuidase, la custodia legal se la dejaría a él.

También aproveche a redactar documentos legales para el traspaso de la librería a nombre de Annie. Con una más que suculente suma de dinero.

Pensé que dejando eso solucionado, me sentiría más tranquila, pero no resultó así. Simplemente percibía una leve sensación de paz, por hacer las cosas bien.

Sabía que a Edward le vendría bien tener la custodia de la niña si a mi me ocurriese algo; eso mitigaría su dolor y lo obligaría a no hacer nada descabellado.

Y a Annie le ayudaría para no estar sola; otra vez.

.

.

Era la mañana de Navidad; muy temprano; pero desde hacía días, me despertaba varias veces durante la noche para ir a hacer pis. Estaba agotada de que mi vejiga se viese tan exageradamente limitada.

En el salón, estaba reunida toda la familia; estaban hablando animados, distraídos, porque no se percataron de mi presencia.

Cuando me acerqué al pasillo, las voces comenzaron a hacerse claras, pudiendo escuchar perfectamente la conversación.

Me quedé pasmada ante las palabras que salieron de la boca de Carlisle.

- El parto es inminente – Sentenció. - Un día, tal vez dos… no le doy más. - Calló – Debemos estar preparados para lo que pueda pasar.

- ¿Qué quieres decir con eso? - Interrumpió Rose alarmada.

- La lesión cardíaca de Bella ha empeorado considerablemente en esta última semana. - Se oyó un jadeo colectivo. Yo misma tuve que llevarme la mano a la boca para no soltar un grito.

- Pero… ¿Por qué no has dicho nada? - La voz de Edward dejaba claro su reproche.

- Para que no la agobiaseis. Si os lo decía, ella notaría el cambio en vosotros y eso solo la perjudicaría. Y más ahora que volvía a reinar la armonía entre todos; que ella, volvía a ser ella. Solo Alice y yo lo sabíamos. - Explicó.

- ¿Por que no le practicas una cesárea ya? - Preguntó Emmet.

- Ella no quiere. Y no quiero agitarla. Esperaré a que se ponga de parto, ya que tiene la ilusión de dar a luz, o por lo menos sentir la sensación. Su corazón no aguantará mucho una vez iniciado el trabajo de parto; En cuanto perciba que la cosa se complica lo más mínimo, que será pronto, perderá la consciencia y entonces la sedaré y le practicare la cesárea. En cuanto los bebés estén fuera, la transformaré. - Mis ojos se abrieron de la impresión y volví a apretar la mano contra mi boca. - Sé que estabas decidiendo si hacerlo tu – Supuse que se dirigiría a Edward – Pero, no quiero riesgos, lo siento. No va a ser una transformación fácil… Iremos contrarreloj. Un segundo de más y la ponzoña no podrá devolverla a la vida – Explicó.

A mí se me heló la sangre en las venas. Estaba relatando mi muerte… O en este caso, mi no muerte.

- Si ella diese a luz en un hospital normal… - La pregunta de Esme quedó en el aire.

- No sobreviviría. No tendría ni la más mínima opción. Ya que aunque tuviese un equipo médico para ella sola, no tendrían tiempo de reacción. - Su voz denotaba una absoluta tristeza, pero también al mismo nivel, rotundidad y seguridad en sus palabras.

- ¿Por eso nos mandaste a cazar estos días? - Preguntó Rose. - ¿Necesitaras ayuda, verdad?

- Exacto. No quiero errores entre nosotros, ya que deduzco que querréis estar presentes en el alumbramiento. - Hubo un silencio - En cuanto la abra, saldrá sangre. Mucha. No quiero estoicismos, ¿de acuerdo? El que no pueda aguantar, que se vaya. Nadie lo tendrá en cuenta. Pero si que necesitaré que alguien se quede para ayudarme.

- Yo me quedaré. Te ayudaré en lo que necesites. - Sentenció Edward.

- Bien. Cuando las cosas se compliquen y su corazón comience con las arritmias, deberás comenzar a dar masaje cardíaco suavemente para que no entre en parada; mientras tanto, yo sacaré a los bebés. Rose…

- Yo también me quedaré, por supuesto. Aguantaré lo que sea, así tenga que morderme a mí misma. Puedes contar conmigo.

- Rose, hija, yo también me quedaré para ayudarte con los bebés y así Carlisle y Edward puedan estar centrados en Bella. - Esme habló con claridad y seguridad.

- Estupendo. Os daré unos libros para que memoricéis y así saber qué hacer exactamente. - La voz de Carlisle se relajó notablemente.

Hubo un silencio enrarecido; eso quería decir que estaban hablándose de forma muda; a su forma.

En ese lapso de silencio, yo intenté procesar todo lo que acababa de escuchar.

En cuestión de uno o dos días, podría morir. Pero ellos no me dejarían. No sabía cómo sentirme al respecto. Estaba paralizada mentalmente hablando.

- ¿Estamos seguros sobre su transformación? - Preguntó Rose. - No me mal interpretéis… me refiero a si ella… ¿ha dado su consentimiento? No quiero que pueda lamentarse durante toda la eternidad, como me sucede a mí. - Su voz denotaba una profunda tristeza.

- Llegado el caso, la convertiría aunque ella no lo hubiese echo, de alguna manera. No voy a perderla, otra vez… - Carlisle sonó muy convincente. - Y menos aún, habiendo riesgo de muerte inminente como es el caso – Susurró; por su tono de voz, adivinaba el gesto abrumado de su cara.

- Hace unas semanas, le saqué el tema sobre lo que le había dicho de transformarla yo mismo – Aclaró Edward. - Por su forma de responderme, no hay lugar a dudas. Ella sigue queriendo ser una de los nuestros. - Sentenció.

- De diez posibilidades, ella quiere convertirse en 8. - Intervino Alice. - Creo que la media, coloca la balanza de forma bastante clara. - Su voz sonaba incluso divertida. - La decisión está tomada y es definitiva, la visión ha sido clara.

Esa fue la visión que tuvo el otro día… Por eso me dio aquella mirada, casi hasta feliz.

Pensé, y mientras tanto, estaba casi en shock. Hablaban de mi transformación, como si tal cosa. A mis espaldas. Sin estar presente y poder opinar.

¿Por qué no lo hablaban conmigo? Jamás había dado mi consentimiento de forma clara a convertirme. Solo habían sido divagaciones y palabras que se le escapaban a mi inconsciente.

Este, podría ser mi último día como humana. Pensé con un nudo que me ahogaba en la garganta.

Tengo tantas cosas por hacer… Tanta gente de la que despedirme…

- Carlisle… ¿Y los padres de Bella? ¿Qué diremos? - Preguntó Edward tenso.

- Que ha muerto. - Sentenció.

Me contraje, apretando la mandíbula y formando de mis manos dos puños, de pura indignación.

Noté como mi corazón repiqueteaba, con un dolor agudo, obligándome a llevar la mano al pecho.

- Creo que Bella se ha despertado. - Dijo de pronto Jasper. - Estoy captando… ¿pánico? - Era una pregunta, pero sonó a asombro. - Creo haber escuchado su corazón, cerca.

- Sí… está levantada – Aseguró Edward.

- No podemos dejar que nos escuche… Que ni tan siquiera que sospeche que algo va mal. Ya está bastante revolucionada, como para alterarla más, metiéndole miedo. - Resolvió Carlisle.

Fui dando pasos sigilosos hacía atrás; realmente estaba al lado de mi habitación, así que me metí dentro y me recoloqué la bata, haciendo como si acabase de levantarme.

Sabía que no tardarían en venir; como así fue.

- ¿Bella? - Edward entró despreocupadamente en la habitación. Que buenos actores eran.

- ¿Sí? - Me giré haciéndome la despreocupada. Yo tampoco era mala actriz.

- Me pareció sentirte… ¿Estás bien?

- Dentro de lo que ahora mismo puedo definir como bien, si. Lo estoy – le sonreí. - Me he vuelto a despertar para ir al servicio – Rodé los ojos con fastidio. - Iba a comprobar como estaba Nora, no creo que tarde en despertar.

- Rose se ocupará, no te preocupes. Tú descansa.

Edward me miró. Profundo. Intenso.

Se acercó a mí y me acarició el vientre mostrando un gesto cargado de ternura en su rostro.

Alzó la mano y la depositó en mí pecho. El momento cambió a uno más íntimo, algo nuestro, incluso antes de rozarse nuestros cuerpos. Nada más notar los latidos arrítmicos de mi corazón, su cara se deformó. Fue tan solo una fracción de segundo, antes de recomponerse y sonreírme, pero estaba tan sumamente atenta a su cara, que pude distinguirlo.

- ¿Ocurre algo? - Le pregunté – Te noto… preocupado. - Sonrió, pero sus ojos, aunque intentaba fingir, estaban cargados de tensión.

- No, para nada. Sabes que me gusta escuchar tu corazón.

¿Se está despidiendo de mí? ¿De los contados latidos que le quedan a mi corazón?

Me estremecí, y por supuesto, él lo notó mirándome con el ceño fruncido.

- Tengo algo de frío… - Contesté, fingiendo una disculpa.

- ¡Oh, perdona! - Quitó la mano de inmediato.

Ambos nos quedamos callados; de pie uno enfrente del otro; incluso evitándonos la mirada, observándonos de reojo.

Es como si los dos supiéramos que el otro sabe; era una sensación extraña e intensa. Por un momento, pensé que Edward había averiguado que estaba al corriente de su conversación.

Lanzó un suspiro lastimero, el cual me volvió a hacer estremecer, ganándome una mirada escrutadora por su parte. De esas donde sus ojos se volvían dos lineas de lo que los agachaba.

- ¿En serio estás bien? Hay una temperatura de 26 grados en casa, y tu no eres friolera… - Los ojos de Edward estaban cargados de pánico. Sentimiento que intentaba esconder mostrando un rostro relativamente preocupado.

- Sí. Me encuentro bien… en serio. Estoy un poquito destemplada, pero no sé… me dan escalofríos. - me incliné de hombros; restándole importancia.

Yo sabía bien porque sufría esos espasmos; y no eran de frío, en eso no le había mentido a Edward. Lo que mi cuerpo tenía era auténtico pánico.

- Voy a ver si convezco a Esme para que me haga tortitas para desayunar – Alcé la voz, a sabiendas que la mencionada podría oírme. Edward meneó la cabeza, divertido.

- Recibido cocina – Respondió ella desde la cocina, supuse.

Cuando me disponía a moverme, Edward me agarró del brazo, girándome hacía él y estrechándome entre sus brazos. En ellos se captaba tensión.

Sin dudar, envolví su cintura con los míos, lo que mi tremenda tripa me permitía, y así nos quedamos durante unos instantes.

Apoyó la mejilla sobre la coronilla de mi cabeza, para posteriormente olisquearme de esa manera que aún en aquel momento, me resultaba divertida.

Cuando nos separamos, apoyó las palmas de sus manos en mis mejillas, se agachó y me besó dulcemente. En sus labios y en su forma de besarme había el mismo sentimiento: Tensión.

¡Maldita sea…! Esta despidiéndose… Estos gestos huelen a despedida.

Mi corazón dio un repique. Pero esta vez no era por la lesión; era por la cercanía con Edward. Por nuestra corriente, la cual nos atraía el uno al otro de forma irremediable.

- ¿Ves por lo que no me acerco demasiado a ti? - Se separó de mi, mirándome con un gesto divertido, más bien pícaro. En ese momento, la tensión y la angustia desaparecieron.

- ¿Y no te gusta como mi cuerpo reacciona a tu cercanía? - Contraataqué alzándole una ceja de forma erótica.

Se agachó, acercando su cara a mi oido. Sus movimientos eran extremada y deliberadamente lentos y sensuales.

- Más de lo que crees… - Su aliento rozó mi oreja y mi pulso se disparó. - Pronto volverás a ser mía – El tono ronco de su voz, me nubló el pensamiento. Era la lujuria en estado puro. Se separó abruptamente y mirándome divertido, sentenció – A desayunar… ¡ahora!

.

El resto del día pasó tranquilo. Sin ninguna complicación. Si no hubiese escuchado la conversación, no habría notado ningún cambio en ellos. Pero ahora estaba pendiente de sus gestos.

No había sobre protección, parecía que en vez de estar nerviosos por lo que se avecinaba, el saber qué hacer los había relajado.

Pero lo que si había eran miradas cargadas de tensión enfocadas a la tristeza.

Después de comer, y dormir a Nora, me fui a la habitación y me cambié. Llevaba todo el día en camisón. Pero no era por eso. Necesitaba salir y despedirme de la ciudad, observándola por última vez con mis ojos humanos.

También querría haberme despedido personalmente de Annie, pero habíamos decidido cerrar ese día y ella se había ido a casa hacía ya días a pasar las fiestas con su familia.

La volvería a ver, pero… para eso faltaría mucho tiempo. No sabía cuánto me llevaría acostumbrarme a estar entre humanos, pero lo haría; costase lo que costase.

¡Dios…! Ya me estoy despidiendo de mí misma…

Pero no había más que dos opciones, y lo sabía…

Morir.

Eternidad.

.

Al entrar en el salón, donde estaban la mayoría de la familia, todos se giraron para verme con sus ceños fruncidos.

- ¿Bella? ¿Quieres salir? - Rose ya se incorporaba del sofá donde estaba acurrucada a Emmet.

- No te levantes, tranquila… - Le sonreí. - Voy a dar un paseo por los alrededores. Quiero ir a sentarme a mi banco – narré. - Necesito estirar las piernas y que me de el aire, llevo días sin salir y no quiero estar entumecida para el parto. - Eso lo dije con toda la mala intención, para ver sus reacciones.

Se convirtieron en estatuas.

- Te acompaño – Se ofreció Edward.

- No. - Casi no lo deje terminar.

- ¿No pensarás ir sola, verdad? - Me sorprendió que Emmet fuese el primero en protestar.

- No… ¿Cómo voy a ir sola, con semejante barriga? No me veo ni los pies – Bromeé. Pero la diversión me duró poco. No sabía qué decir, como continuar.

- Estaré encantado de acompañarte. - Me sonrió Carlisle. Toda la sala nos miró de ito en ito a ambos. Yo, ignorando sus caras perplejas, asentí.

.

Una vez en la calle, me ofreció su brazo para que me agarrase.

Nos mantuvimos en silencio durante un buen rato. Pasar tiempo junto a Carlisle era placentero, cómodo.

- ¿Me viene bien pasear? - pregunté de pronto.

- Así suavemente, y un poco, sí. Lo importante es no forzarse nada en absoluto. - Contestó.

Llegamos a mi banco y tomamos asiento. Después de otro largo rato de silencio, Carlisle fue el encargado de romperlo.

- ¿Qué es exactamente lo que te preocupa, Bella?

- Carlisle… si yo te pidiese expresamente que no me convirtieras, si fuese necesario… ¿Qué harías? - Alcé la cara y clavé mis ojos en los suyos, los cuales me escrutaban intensos.

.

... ... ... ... Continuara... ... ... ... ...

.

¿Qué responderá ahora Carlisle?

¿Bella a decidido no transformarse?

PROMETO NO TARDAR EN ACTUALIZAR!