Rescates y encuentros fortuitos.

- ¡Vamos Harry, o llegaremos tarde! – Grité para los chicos que iban delante de mí, dándose prisa y apartando de vez en cuando a los viandantes del andén 9 ¾.

Llegábamos tarde, eso lo sabía bien, pero no quería escuchar los disparates que Ron gritaba delante de mí. Al menos sabíamos que nuestros baúles estaban dentro del expreso, gentileza de la familia Weasley, que había llegado mucho antes con Ginny y habían subido todo el equipaje. Pero nosotros nos habíamos quedado rezagados y ahora nos estábamos debatiendo con el montón de gente (a juzgar por lo quietos que estaban, todos familiares), para poder subir al tren y regresar a nuestro sexto año en Hogwarts.

- Sigo pensando que deberíamos haber cogido el nuevo coche de mi padre… Esta es la nueva versión y no pasará nada malo, ¿no veis que ya no llegamos? – Espetó un malhumorado Ron unos pasos más allá de mí.

- Ni hablar Ronald. – Sermoneé. – Estaríamos incumpliendo más de la mitad de las normas de Hogwarts, por no decir de que el Ministerio no nos dejaría poner un pie en la escuela… ¡De por vida!

- Y ya no hablemos de lo mal que conduces. – Se burló Harry, en cabeza de la fila imaginaria que formábamos. – ¡Vamos chicos! – Dijo subiendo el gran peldaño que suponía el tren.

En ese mismo momento, un silbido acompañado por una bocanada de humo avisó a los familiares de que el expreso estaba a punto de arrancar. Yo, que estaba aún enumerando el número de reglas que nos saltaríamos, no me di casi ni cuenta de cómo Ron se lanzó prácticamente al suelo de madera del tren mágico.

- ¡Hermione! – Dijo un alarmado Harry, amarrándose a la barandilla y alargando una mano, justo en el momento en el que las ruedas del tren cobraron vida. – ¡Hermione!

Elevé el rostro por pura inercia e intenté agarrarme a la mano de Harry a la vez que era empujada por un padre, que en un gesto emotivo, saludaba a su hijo moviendo la mano en el aire. Con mi precario sentido del equilibrio, avancé un paso más y agarré la mano de Harry en el momento exacto en el que el tren hizo ademán de moverse y como por arte de magia, y nunca mejor dicho, algo me arrastró con suma fuerza hacia adentro, haciendo que lo primero que viera fuera la madera lacada del expreso.

-¡Maldita sea Hermione! ¿¡Se puede saber que estabas haciendo!? – Dijo Ron, intentando levantarse del suelo.

- Bu-bueno, no me di cuenta… - Me froté la nuca apartando mi mejilla del suelo, como si eso pudiera calmar el leve dolor de mis cervicales. Mientras Harry intentaba apartarme un poco para poder levantarse. Habían hecho una especie de sándwich humano al intentar cargarme y yo era la pieza superior, siendo Harry el relleno. – Lo siento chicos.

Y estando aún aturdidos y un poco doloridos, escuchamos como la puerta del compartimento se abría, dejándonos sin tiempo a reaccionar.

- ¿Estáis intentando cazar Nargles? – Sugirió con un hilo de voz una muchacha rubia, aferrándose al marco de la puerta, sin acabar de entrar, visto que nosotros le bloqueábamos el paso.

- ¡Luna! - Grité medio aliviada medio contenta, hacía mucho que no la había visto y tenía ganas de hablar con ella.

- ¿Que tal Hermione? – Me saludó con su vocecilla. A ninguno nos pareció sorprender que luciera unas gafas parecidas a las que los muggles utilizaban para ver 3D, cada cristal era de una espiral de colores diferentes, y con una sonrisa nos miraba, sin encontrar nada extraño, por encima de sus curiosas lentes. – Tienes un nargle en el pelo. Espera, que te ayudare a cazarlo.

- Aparta Lunática. – Dijo una voz altamente familiar justo en el momento en el que Luna intentaba agacharse.

Esto provocó que Ron, erguido, volviera a caer con el empujón que recibió Luna.

- Vaya, vaya…- Dijo Draco Malfoy en el marco de la puerta, acompañado por dos Slytherins. – San Potter y Pobretón montándoselo en medio del expreso con una loca y una sangre sucia…

Dio un repaso a la escena y con su innata sensación de superioridad cruzó con elegancia la estancia, apartando a puntapiés todo aquello que se chocara con su paso. Y con ello, se llevó una de mis manos por delante, produciéndome una leve quemazón con el roce de sus lustrosos zapatos, haciendo que sin querer, me quejara con un susurro. Y ese fue mi mayor error, porque Malfoy parecía buscar una respuesta para soltar su retahíla de insultos hacia nosotros; y es exactamente lo que esperaba que fuera a pasar en ese justo momento en el que solté mi alarido, pues Malfoy se giró para clavarme sus penetrantes ojos azules hielo. Y cuando creía que iba a decirme algo malsonante o a recordarme de que clase de familia provenía, el joven de los Malfoy simplemente se dedicó a escudriñarme, relajando sus hombros en un tímido y casi invisible gesto, perdiendo ese toque de altanería que lo definía. Sus labios dejaron de estar tensos en su mueca de desprecio, simplemente me contemplaba como si fuera la primera vez que me había visto. No sé cuánto tiempo nos mantuvimos la mirada, y no sabía qué era lo que se pasaba por su cabeza, así que simplemente continué mirándole intensamente a las pupilas, como si aquello fuera un desafío impuesto.

- ¡Mis gafas se han roto! – Dijo Luna levantándose del suelo y recogiendo una de sus lentes que estaba entre los dos Slytherins. Fue entonces cuando desvié la mirada, aunque Malfoy se negaba.

Y con un gesto mudo, recobró su compostura y desapareció por la puerta que daba al pasillo, separando los compartimentos.

- Que alguien me explique que acaba de pasar. - Preguntó retóricamente Ron, ayudándome a levantar del suelo.

Y erguida, algo distraída intentando buscar algún rastro del Slytherin por cristal que mostraba el pasillo contiguo, me encogí de hombros como respuesta.


Había observado el panorama desde la ventana de un compartimento alejado, sabía que Potter y Weasley llegaban tarde, y desconocía por completo el paradero de la sabelotodo, pues no la había visto en la carrera por coger el expreso que llevaban aquellos dos. Y en el fondo eso me extrañaba, pues sabía que el trío no se separaba casi nunca. Mentiría si no dijera que encontré la escena divertida, Weasley lucía tan rojo como su pelo mientras decía cualquier cosa que parecía un quejido desde los ventanales en los que contemplaba. Caminaban apartando a la gente, Potter con más delicadeza que el pelirrojo, que a veces simplemente daba algunos empujones. Me reí un poco por lo bajini en la soledad del compartimento.

Y el momento se volvió más hilarante cuando el expreso hizo ademán de arrancar, viendo como el cabeza rajada subía y Weasley saltaba literalmente en el tren. No pudiendo contener la risa, deje que mi frente chocara contra el helado cristal, intentado contemplar la situación en todo su esplendor.

Lo que no vi venir fue lo que sucedería a continuación. Una chica con el pelo bastante alborotado internaba colarse entre el grupo de personas, esquivando a un afectuoso grupo de padres que saludaban a sus hijos con bastante ímpetu. La muchacha en su menudez intentaba alcanzar algo que se extendía más allá del tren.

Me cercioré de que no venía nadie y recosté mi espalda en el asiento, teniendo un campo de visión más amplio. El expreso crujió entonces, volviendo hacia atrás para poder coger impulso y emprender la carrera. Miré a la muchacha, congelada frente a una mano que se extendía por la puerta. Entonces la reconocí.

Hermione Granger se erguía sobre unas zapatillas azules eléctrico, algo desgastadas y maltrechas, al decir verdad. Al igual que su tejano, desgastado y estrecho en los tobillos, seguido de una sudadera azul pálido con motivos que me parecieron algo infantiles. No reconocería en voz alta que me sorprendió algo, por no decir mucho, el aspecto que tenía. En vez de meses, parecía que habían pasado años… Granger distaba mucho de la niña que conocí en Hogwarts, estaba tan… cambiada, tenía tantas curvas y era tan… tan mujer. Tragué saliva inconscientemente, queriendo alejar la mirada de la muchacha. Pero antes que mi voluntad reaccionara, lo hizo aquella mano atrayéndola hasta el tren que empezaba a arrancar.

Y en mi estado de estupefacción fue interrumpido por Theo que entró sonoramente en el compartimento, haciendo que inconscientemente metiera un bote en el asiento, apartándome violentamente del cristal, como si realmente estuviera haciendo algo malo.

- Ey, ¿Qué estabas mirando? – Dijo Theo dándome un codazo.

- Cambiémonos de compartimento, este apesta. – Espeté como respuesta.

Casi movido por un afán inconcebible, recorrí el pasillo deshaciendo lo andado. Mis piernas parecían buscar algo, aún procesando la escena anterior. No sé qué cojones estaba haciendo pero lo hacía y Theo me seguía sin murmurar.

Y después de descartar numerosos asientos, crucé el vagón, para dar con el pequeño recinto que separaba los pasillos y uno de los accesos al tren. Y casi con el ansia al descubierto abrí la puerta de par en par, aferrándome al marco como si fuese mío. Y evidentemente, allí estaba lo que yo me esperaba encontrar.

-Aparta Lunática - Dije empujando a la chica que se hallaba agachada hacía donde estaban todos.

- Vaya, vaya… San Potter y Pobretón montándoselo en medio del expreso con una loca y… - Y mis ojos se desviaron débilmente hasta la chica que se extendía encima del desorientado y ojeroso Potter. - una sangre sucia…

¿Qué cojones pasaba con esos cuatro? ¿Se puede saber porque estaban unos encima de los otros? ¿Por qué Potter siempre tenía ese dichoso afán de protección con la sangre sucia? Por mí, la podían haber dejado en la maldita estación de King Cross, a Hogwarts no le hacía falta una marisabidilla con aires de sangre noble.

Y casi sin darme cuenta crucé la estancia llevándome conmigo la mano de la estúpida Granger, que se atrevió a quejarse. Y no sé porque me giré a mirarla. ¿Qué cojones estaba pasando por mi cabeza? Era como si una fuerza sobrenatural me obligara a escrudiñar en su mirada, preguntándole en el silencio. Maldita hija de muggles, y malditos vaqueros que dejaban poco a su imaginación.

- ¡Mis gafas se han roto! – Dijo alguien a quien no me molesté a mirar.

Y cuando Granger se giró y vi su perfil, me di cuenta de que me había detenido en ese punto demasiado tiempo. ¿Pero que me estaba pasando? Era una asquerosa sangre sucia, ¡Por favor!

Así fue como me perdí por el siguiente pasillo, maldiciendo a San Potter y su perfecta amistad y dominio de la situación. Odiaba a ese trío tanto como odiaba la amistad y asqueroso y falso cariño que se propinaban.

O eso quería creer.


-¡Bienvenidos a Hogwarts!

El murmullo de voces se fue apagando hasta convertirse en un susurro cuando el director de Hogwarts se levantó y alzó las manos para, como cada año, empezar su discurso de bienvenida.

Volví la vista hacía él no sin antes dar un codazo a Ron para que dejara de hablar sobre una nueva escoba y la nueva técnica para parar las quaffles, no entendería nunca la pasión que ponían para ese deporte.

-¡Auch, Hermione!- Se quejó frotándose el costado. -¿Por qué me...?- Pero mi mirada de "cállate" hizo su efecto y cruzándose de brazos se quedó callado mirando fijamente un punto de la mesa. Rodé los ojos y fijé mi atención de nuevo en Dumbledore, él ahora era más interesante que el infantil de Ron.

- Antes que nada quería pediros disculpas por haceros esperar por la suculenta cena que los elfos están preparando- Dijo el anciano sonriendo. Pero no puedo dejar pasar la oportunidad de ser el centro de atención por unos minutos- Guiñó un ojo ante el confuso público. "Daría un galeón por saber que se les pasaba a los chicos de primer curso" Pensé mirando las caras de los chiquillos asustados. – Antes que nada, quería presentaros a nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras Eugene Abraham Horace. – Dijo haciendo un gesto seco, alzando una de sus manos en dirección al muchacho que con cierto nerviosismo se levantó, atendiendo a los aplausos y las miradas curiosas.

No me fijé demasiado en él, un poco cohibida por el hecho de que Dumbledore quisiera extender su discurso. Estaba casi segura de lo que iba a tratar y de que el no sería una noticia memorable ni satisfactoria en lo más mínimo. Pero era un hecho irrebatible y eso era sabido por todos desde el mismo día en el que el propio ministro se vio forzado a recular en sus propias palabras. Ante el silencio expectante, tragué saliva en un taciturno ademán de tranquilizarme.

- Como todos sabéis, todos los alumnos de Hogwarts, así como todos los profesores, han sido registrados a su entrada. – Dijo Dumbledore, apoyándose en el mágico atril. Movía sus ojos aquí y allá, en ajetreos aleatorios. – Y tenéis derecho a saber porqué. Mi efímera memoria aún recuerda como no hace mucho tiempo, un joven como vosotros se paseaba por los pasillos de este castillo. Comía y dormía bajo este techo, al igual que todos vosotros. A ojos del mundo, parecía un alumno como otro cualquiera. Su nombre: Tom Riddle, aunque hoy, claro está, el mundo le conoce por otro nombre. - Se detuvo, alargando el misterio durante unos segundos. – Y esa es la razón por la cual ahora que os tengo a todos aquí quiero recordaros algo de suma importancia. Cada día, cada hora, quizás en este mismo instante, fuerzas oscuras intentan penetrar los muros de este castillo y su arma más peligrosa sois vosotros. – Se detuvo, mirando por encima de sus gafas de media luna. - Es algo sobre lo de que debéis reflexionar.

Y juraría que recreaba su mirada en algún punto fijo de la mesa de Slytherin al no ser porqué sin previo aviso, y cuando creía que todo estaba dicho, prosiguió su discurso, alzando sus manos al aire, mostrándonos sus palmas.

- Pero eso no es todo, mis queridos alumnos. – Sonrió ante la sorpresa de todos. – Quiero que sepan que este año Hogwarts es, más que nunca, un reto – Y juntando sus palmas por encima de su cabeza, haciendo una sorda palmada, apareció ante todo el alumnado una decoración nueva por todo el comedor. Una tela dorada se desplegó, colgando sobre las cabezas de la mesa de los profesores. En el centro se podía leer con una alargada letra elegante en tonos sepia "Alea Aurea", y había, debajo de ella y dispuestos en horizontal, cuatro columnas con tres huecos en cada una. El cielo encantado de Hogwarts brilló con estrellas de destellos dorados y todo se cubrió de estandartes con insignias del color del oro. – Alea aurea, después de mucho tiempo, se ha manifestado para buscar a sus doce elegidos. – Señaló con las palmas a la pesada tela que caía, y entonces entendí el porqué de los espacios en blanco. – Y dejarme advertiros de que los elegidos estarán solos ante la magia de Alea Aurea y una vez escogidos no habrá vuelta atrás. Siendo así, ruego a los alumnos encarecidamente que piensen en las consecuencias, y que no se dejen llevar por la seductora idea de la fama, pues son nuestras elecciones las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades. Alea Aurea les conducirá a sitios desconocidos y a lugares inhóspitos de vuestra mente sin andarse con rodeos. – Sonrió, y escrudiñando lentamente por la mesa de Gryffindor, sus ojos dieron con los míos. - Mi mayor consejo es que no subestimen su sabiduría y que no prevalezcan. No en vano al saber le llaman suerte. ¿Y qué es la suerte si no que un destello de fortuna?


¡Bienvenidos a Alea Aurea!

Nos alegramos mucho de presentaros nuestro trabajo, ya que Alea Aurea surgió hace algún tiempo, tras charlas y fangirleos varios. Durante este tiempo, hemos escrito, hemos releído los libros de la gran J.K. Rowling e incluso hemos visitado las instalaciones donde se rodaron las películas teniendo en cuanta este fanfiction.

Esperamos que lo disfrutéis tanto como nosotras, Lidia y Patricia, dos chicas que un día, fantaseando, decidieron escribir juntas. Si queréis conocernos un poquito más, pusimos algo de información en nuestro perfil. Y ya, sin más dilación, dejamos que las puertas de Alea Aurea se abran y que todos aquellos aventureros que lo deseen, escuchen sus historias.

Besos y abrazos

*se alejan haciendo la croqueta*