El primer elegido.
Me desperté con la emoción a flor de piel; sabía que había vuelto a Hogwarts. Respiré el suave aroma que entraba por una rendija de la ventana, el exterior del castillo estaba más vivo que nunca, con el rocío naciendo de cada brote y vegetación. Sonreí aún con los ojos cerrados, pensando que aquella sensación era insuperable. Pero mi momento idílico se dio a la fuga en cuanto un fuerte aroma a perfume entró por mis fosas nasales.
- Será mejor que te des prisa Hermi, no tenemos todo el día. – Dijo Lavender con un grito ahogado que provenía del cuarto de baño que compartíamos.
Suspiré pesadamente, a veces me arrepentía de estar en aquella habitación. Me desperecé y después de un largo forcejeo para poder obtener mi turno en el baño, me vestí y salí en busca de los chicos para llegar al Gran Comedor.
Aún tenía muy presente toda la charla que el profesor Dumbledore nos había dado la noche anterior, pero nadie pareció nombrar nada cuando subimos a la sala común, pues todos estábamos demasiado cansados como para formar palabra. Pero ahora que volvíamos con las energías renovadas, el ambiente era otro, y ver el atril vacío me hizo recordar cada una de las palabras del anciano mago.
Busqué sitio en la mesa de Gryffindor, sentándome enfrente de Harry y Ron. Hice un mohín sin casi darme cuenta, demostrando mi hastío. Mi cabeza era un gran batiburrillo de ideas, algunas más complejas que otras, pero eso no era nada nuevo, siempre tenía mi mente en mil cosas. Lo que más me inquietaba era que toda aquella información la había recibido en menos de una noche y ahora necesitaba analizarla, o más bien digerirla, así como Harry y Ron parecían digerir sus respectivos desayunos, ávidos y veloces, como si una cuenta atrás les acechara.
Volví a suspirar, sabiendo que nadie me iba a escuchar. 'Bien, Hermione, ordenemos esto', me dije a mi misma, cambiando el peso de la barbilla de mano. 'El discurso de Dumbledore' me susurró la parte razonable y emprendedora de mi mente, parte que a decir verdad, estaba reducida en una esquina, un tanto marginada y olvidada, ya que toda ella era un gran caos.
Bien, que el señor oscuro había vuelto no era ninguna novedad, ni tampoco lo era el hecho de que un puñado de mortífagos acechara la escuela. Ningún lugar era seguro en aquellos momentos. Un leve escalofrío me recorrió la espalda haciendo que me removiera en el asiento con una inseguridad impropia de un Gryffindor. Podía recordar la improvisada trifulca en el Ministerio, con la presencia de los pocos mortífagos que tenía disponibles el lado oscuro del mundo mágico, aunque sabía muy bien que para aquel entonces Voldemort habría ganado, a la fuerza o no, un buen número de nuevos adeptos. Y como un jarro de agua fría un montón de imágenes oscuras, como los negativos de una cámara de fotos, volvieron a mi mente, rápidas, tenebrosas, imborrables. Todos corríamos por salvar la vida en los pasillos de la sala de las profecías. Y como si alguien hubiera pulsado el botón de stop en aquella repentina ruleta de imágenes, la que pertenecía a Lucius Malfoy se detuvo. Soberbio y elegante hasta en situaciones insólitas como aquella, con un rictus de amargura y desprecio en su rostro.
Un respingo me hizo atar un cabo y rememoré con extrañeza la escena del expreso con Draco Malfoy. Si bien es verdad que los varones que conocía de esa familia, a saber Lucius y Draco, eran por inercia elitistas y poseían ese deje de amargura capaz de reprimir los instintos primarios, ese día, por un mínimo instante, dudé de ello.
¡Por Merlin! Seguro que me había vuelto idiota con el golpe que me propiné horas atrás en el suelo, pero estaba casi segura de que en aquel momento Draco Malfoy bajó la guardia y dejó de ser ese petulante estirado. La cosa es que no sabía por qué, pero creía intuir que el Slytherin había descubierto algo aquel día. ¿Tal vez alguna forma de dejar pasar a sus amiguitos los mortífagos? Después de todo, aunque su padre estaba en Azkaban, era hijo de un linaje destinado a la servidumbre de Lord Voldemort. Pero era imposible, allí solo estaban ellos cuatro y nada más. Pero entonces, ¿Qué era esa cosa tal interesante que vio Malfoy, capaz de hacer sucumbir a su rictus interminable, que me había asegurado de ver impoluto durante esos cinco años?
Me quedé en blanco unos segundos, observando las hendiduras de la madera que poseía la mesa.
- ¿Te vas a comer esto? - Dijo Ron señalando un muffin de mi plato, obligándome a volver a la realidad.
- ¿Eh? – Miré al pelirrojo y después de un improvisto respingo negué con la cabeza, haciendo que mi compañero se encogiera de hombros y se adueñara de la magdalena de chocolate.
Entonces, cuando volví a zarpar rumbo a mis pensamientos, me di cuenta de lo ridículos que se veían ahora que se había alejado lo suficiente de ellos. Inconscientemente busqué a una cabeza alvina en la mesa de las serpientes, y lo vi allí, con su actitud altanera, mirando a un punto fijo del plato, sin perder la rectitud impoluta de su postura elegante. Un atisbo de duda se volvió asomar por mi cabeza al verlo un tanto cabizbajo.
'Por favor, Hermione, Malfoy es Malfoy', Pensé, reprimiéndome a mí misma. Sacudí la melena mientras negaba instintivamente y apartaba los ojos del rubio.
Si, definitivamente aquel golpe me había trastocado.
- ¿Te vas a apuntar? – Me preguntó Seamus, sentado a mi lado. Agitaba un trozo de pergamino. – Vamos Hermione, no me digas que te echas atrás.
- ¿Echarme atrás? – Pregunté curioseando el papel. Finnigan tan solo lo soltó encima de la mesa y señaló el encabezado: "Los elegidos de Alea Aurea". - Vaya Seamus, no sabía que te fueran las predicciones.
Reparé en los nombres un poco después, dándome cuenta que aquello no eran ni mucho menos una lista de los supuestos elegidos que creían que podían salir. Más bien era un tablón de apuestas, puesto que en dos columnas se dividían los nombres y el tiempo en el que se proponían encontrar lo que Alea Aurea fuera.
- Ni siquiera sabéis lo que es chicos. – Murmuré levantando el papel con aire cabreado. – No puedo creer que seáis tan inconsci…
- ¡Dos semanas Weasley! – Me interrumpió Dean Thomas, que se sentaba al otro lado de la mesa. Al parecer todos llevaban una especie de pelea masculina.
- Ni lo sueñes, pienso encontrarla esta misma tarde. – Dijo Ron, tragando pesadamente su último bocado de desayuno.
- Si claro. – Dijo Ginny, sumándose al jaleo. – No la encontrarías ni aunque se paseara con carteles luminosos.
- ¡La pienso encontrar hoy mismo! – Espetó Ron, esta vez más envalentonado que nunca, levantándose del asiento. Harry lo agarró del hombro para hacerlo sentar otra vez, puesto que algunos Slytherins habían estado curioseando demasiado en los grititos que se daban los unos a los otros.
- Ya está bien chicos, no puedo creer que seáis tan infantiles. – Dije haciendo una mueca de disgusto. - ¿Es que no escuchasteis a Dumbledore? ¡Esto no es un juego! Además, ni siquiera sabéis de lo que se trata.
- Mi abuela me dijo una vez que había una sala en Hogwarts que se manifestaba cuando ella quería. – Añadió Neville casi con un susurro temeroso. – Pero según ella, Alea Aurea es una leyenda.
- También decían eso de la cámara de los secretos. – Supuso Ron encogiéndose de hombros.
- Aún así. – Miré con furia a Ron, no me podía creer esta actitud tan aniñada de todos ellos. – No deberías querer meteros en más líos. Ni siquiera sabéis si esas leyendas tienen fundamento. Podría tratarse de la sala de los menesteres de lo que tu abuela te hablaba Neville. – Añadí mirando al aludido con compasión. – Y Dumbledore no nos especificó nada. Está claro que no quiere que sepamos lo que es por alguna razón.
Me crucé de brazos mientras miraba la lista de nombres del pergamino. Estaba claro que era una apuesta y muchos de los participantes eran muy positivos al respecto. Y lo que más me sorprendió fue ver el nombre de Harry entre todos ellos.
- ¿Tu también? – Le reproché al pelinegro señalando su nombre en el papel. - ¿Y en dos días?
- Vamos Hermione. – Harry sonrió. – Si se trata de Hogwarts no puede ser nada tremendamente peligroso, además, el mismo Dumbledore no lo permitiría si así fuera. Y bueno… yo no fui quien se apuntó a esa lista. – Y riéndose una vez más hizo un gesto brusco de cabeza, apuntando a Seamus.
- ¡Es Harry Potter! ¿Cómo no va a encontrar al bicho ese? – Se excusó Seamus señalando a Harry.
- Sois unos inconscientes. – Suspiré – Nadie va a encontrar nada. Y no se llama bicho… Dumbledore dijo que sería Alea Aurea la que escogería a sus alumnos y aunque no sepamos mucho más tendremos que confiar en eso. No podéis desacatar una orden del mismo director de Hogwa…
- Apuesto a que Hermione tardaría dos meses. – Dijo Ron. – Y eso siendo positivos…
- ¡Ronald! – De repente me enfadé de verdad. – No me apuntéis en esa cosa ilegal. – Me levanté con un golpe y los miré. – Sois todos unos idiotas irresponsables.
Me dirigí con furia a la salida del Gran Comedor, empujando a alguna que otra persona sin apartar la vista de mis pies. ¿Se puede saber que estaban pensando esa panda de Gryffindors? A veces odiaba toda esa valentía que profesaban. Además, nadie sabía nada del tema "Alea Aurea", las conjeturas que Neville les había dado no servían demasiado si contamos que la mitad estaban basadas en leyendas. Sería mejor que buscara algo por la biblioteca y creía saber cuál era el libro adecuado, puesto que el nombre me sonaba de haberlo leído en algún sitio y creía que era "Historia de Hogwarts". Tenía el suficiente tiempo libre como para ir a coger el libro antes de mi primera clase, dado que mi primer desayuno había resultado nefasto y ahora tenía unos generosos minutos por delante.
Estaba muy enfadada con la actitud de todos en general, pero lo que más me pesaba era que no me creyeran capaz de encontrar lo que fuera que tenía que encontrar, si es que había que dar con algo.
-¡Lo sabía!- Dije irrumpiendo en la sala común horas más tarde. Me había pasado la mitad de la tarde en la biblioteca buscando toda la posible información de Alea Aurea que podría encontrar. Dejé caer pesadamente el libro en la mesa cerca de la chimenea e ignorando los gritos de protesta de Ron, ya que había arruinado su partida de ajedrez, me senté con las piernas cruzadas y con el libro en mi regazo.
-¡Iba a hacer jaque mate!- Espetó señalando al tablero- ¡Eh, tú, no te vayas!- Intentó agarrar la reina blanca que dignamente se dirigía a su caja.
- Sólo es un juego de ajedrez, esto es más importante. - Hice un gesto con la mano mientras buscaba frenéticamente la página que necesitaba que vieran. Por el rabillo del ojo vi como Ron se llevaba un dedo a la boca quejándose. La Reina le había atacado.
-¿Qué es más importante que ganar a Harry al ajedrez?- Dijo Ron recibiendo un codazo en las costillas por parte del aludido.
-¡Mirad!- Exclamé para llamar su atención. -¡Es que lo sabía! ¡Sabía que era eso!- Me emocioné mientras giraba el libro hacía ellos queriendo que vieran lo que había encontrado.
-¿Las escaleras de Hogwarts?- Alzó Ron la vista arqueando una ceja- ¿Para qué quiero saber que hay 142 escaleras en el castillo?
Irritada arranque el libro de las zarpas de Ron y colocándolo entre las rodillas cité textualmente:
- Alea Aurea, que en latín quiere decir Suerte Dorada, es la sala que sólo se revela cuando cree necesaria su participación con el castillo de Hogwarts. Posiblemente creada por los cuatro fundadores de la escuela, Alea Aurea escoge un número de doce personas que ella requiere. Aunque cuenta la leyenda que la primera vez que se dejó mostrar, fueron 13 los asociados. Poco se sabe de lo sucedido, pues las historias se remontan a la época de los fundadores y han perdido credibilidad con el paso de los años. Lo único que se pudo encontrar fue una inscripción escrita en los marcos de un cuadro en el que aparece un hombre sosteniendo a una mujer: "Y cuando Aurea entre, le seguirá Alea"
-¿Y qué hay de alarmante en todo esto?- Preguntó Harry alzando las cejas.
- ¡Shh!- Me llevé el dedo índice a la boca y continué mi lectura. - Algunos de los textos antiguos citan a Alea Aurea como antojadiza y quizás sea cierto pues se dice que la suerte es caprichosa. – Alcé las cejas mirando a Harry mostrando mi vanidad al respecto. - Alea no admite la codicia, pues protege su fortuna intimidando a aquellos que quieran buscarla. Las conjeturas aseguran que desde el primer momento en que se presenta en el castillo, ya sabe quiénes serán los elegidos; estos deben saber que estarán sometidos a todo momento a las acciones y parecer de la sala, ya que algunas runas muestran que esta estancia nunca mantiene una forma constante. – Tosí levemente aumentando el tono de voz. - Queden advertidos aquellos que quieran penetrar en la sala sin ser escogidos.
El texto terminaba muy abruptamente. Ron cogió con desdén el libro, asegurándose que lo que acababa de leer era cierto. Miré a Harry con perspicacia, y supe que me había entendido.
El regreso a Hogwarts fue más lamentable de lo que yo creía recordar: una multitud de personas con caras afables, abrazándose, sonriéndose, o simplemente intercambiando palabras. Todo aquello me ponía escandalosamente incómodo. Incluso Blaise formó una escenita en cuanto vio a Pansy. Idiotas, pensé para mis adentros mientras me hacia paso entre una pareja de amigos. Demasiada ordinariez para un Malfoy. Pero aún me quedaba la ardua parte de escuchar al arcaico de Dumbledore y sus discursos de bienvenida. Todo lo que yo quería hacer era salir de aquella escuela y tener vía libre, y justo acababa de empezar. Perfecto.
La ceremonia de iniciación con el sombrero seleccionador fue más amena de lo que creía recordar, aunque simplemente me interesaban los nuevos fichajes para Slytherin, al fin y al cabo era mi casa y tenía ganas de saber quién nos precedería. Después de todo aquello, un nuevo y inesperado discursito por parte del director de Hogwarts, intentando meter miedo a los melones de sus alumnos. Sus palabras parecían desmesuradamente calculadas, hablando de Tom Riddle y de todas aquellas parafernalias que no sabía si eran inventadas o simplemente estaba tratando de demostrar con pruebas y hechos lo que nos esperaba afuera de los muros de aquel castillo.
Mi orgullo se dañaría si alguien hubiera visto como se me ponía la piel de gallina con el solo hecho de pensar que mi propia familia quería condenarme al trabajo de mortífago. Mi madre había sugerido que por mi seguridad sería mejor permanecer en Hogwarts, puesto que mi padre seguía en la cárcel y era una de sus voluntades. ¿Qué sabía mi padre? Siempre dando órdenes y mirándome por encima del hombro. Y mi pobre madre simplemente le seguía la corriente, defendiendo mi posición de vez en cuando. Lucius Malfoy no sentía apego por nadie, y a veces dudaba que sintiera algo por su esposa e hijo. Pero yo no era un peón más en su plan magistral y no iba a obedecer sus órdenes ni las de nadie. Aunque no supiera hacia dónde dirigirme, eso no significaba que tuviera que aferrarme al primero que me ofreciera algo.
Y mientras yo divagaba mirando a la cubertería, el discursito seguía acerca de algo nuevo en Hogwarts. No me interesaba lo más mínimo, así que dejé mi mente volar unos minutos más, apartando los asuntos familiares de mi mente.
La monotonía parecía empezar a mostrarse en el castillo; como un rebaño de ovejas íbamos y veníamos de aquí para allá. Horarios y libros, mochilas y hechizos… el primer desayuno en la mesa de Slytherin fue de lo que cabe esperar, todos seguían demasiado emocionados por el nuevo curso. Theo charlaba con Blaise a mi lado, animado por las nuevas asignaturas. Yo me reducía a observar, haciendo un escrutinio de todos los comensales. Justo cuando estaba evaluando a una nueva alumna de Slytherin una voz aguda de dos mesas más allá llegó a mis oídos, obligándome a elevar la vista por encima de algunas cabezas.
Y en medio de lo que parecía una batalla verbal estaba la tonta de Granger, que parecía querer llamar alarmantemente la atención. Eso, o simplemente se estaba peleando con el idiota de Weasel y San Potter. A ver si es verdad, pensé irónicamente. Pero me costaba determinar qué era lo que estaba pasando, así que entretenido fingí abandonar el Gran Comedor con lentitud, mirando de vez en cuando a los Gryffindors enfrentados, que ahora habían bajado el volumen de su conversación. Para cuando estaba a dos pasos de las puertas de salida, vi como un remolino castaño se dirigía hacia mí, y torcí mi cabeza para no ser descubierto. Un olor a vainilla precedido de un leve empujón me hizo trastabillar. Justo cuando me iba a quejar en voz alta me di cuenta que la sabelotodo abandonaba el comedor y que efectivamente, había sido ella quien me había empujado.
Como si tuviera un resorte automático, la seguí decididamente. Era bastante idiota si creía que me iba a empujar sin recibir nada a cambio. Pero la muchacha se movía con suma agilidad por los pasillos y no fue ninguna sorpresa que se encerrara en la biblioteca. Parecía saber donde se movía y esquivando estantes y algún que otro libro volador, fue directamente a por lo que quería. Encubierto por una estantería lejana observé, expectante por mi momento de gloria. Y a los minutos salió con un pesado tomo bastante maltrecho y con la cabeza gacha. Me recliné un poco para observar como Granger se dirigía al escritorio de la señora Pince. Era cuestión de tiempo que la mujer saliera por alguna parte, así que decidí que ese era el momento de salir.
Granger empezó a refunfuñar, cual vieja, por lo bajini. Estaba... ¿enfadada? Me quedé clavado al suelo. ¿La sabelotodo enfadada y reguñona? Eso era nuevo. Y como respuesta, Hermione Granger volvió a murmurar una retahíla de cosas sin sentido. Sí, estaba enfadada. ¿Qué coño le pasaba? ¿No había suficientes libros en la biblioteca y eso le producía desagrado? Estúpida sangre sucia. Para cuando la señora Pince estaba atendiéndola su gesto se volvió sereno, ni rastro de una posible emoción de contradicción. Era, cuanto menos, extraño. Tal vez el enclenque de Potter y el pobretón de Weasley le habían dicho algo.
Y muy a mi pesar una sensación se asentó en la boca de mi estómago, dejándome anclado en las estanterías que precedían a la sección prohibida.
Mi cabeza, que últimamente no parecía estar de mi parte, se mantenía en un suave vaivén de temas mientras asistía a mi primera clase. Me posicioné en la última fila, en una esquina, ignorando por completo la asignatura que allí se impartía. Luchaba por no pensar en la sangre sucia, pero mi curiosidad quería saber que era lo que le había pasado. Así que cuando me dirigí al Gran Comedor para cenar la busqué con la mirada y con un punto de amargura noté como seguía pegada a los estúpidos de sus amigos.
No me dio tiempo a nada más, pues el alumnado presente se sumió en un grito ahogado, y algunos aplausos surgieron de un grupo de Ravenclaw. Todas las cabezas se dirigían con anhelo al tapiz dorado que coronaba la mesa de los profesores. Justo cuando miré anonadado la tela que profería destellos, me di cuenta que en el primero de los doce huecos que allí había, y como si se estuviera escribiendo en ese instante, estaba apareciendo un nombre.
Luna Lovegood había sido escogida.
¡Hola a todos! Aquí actualizando Lili ;)
Estamos tan nerviosas porque conozcáis nuestra historia, que no podemos resistirnos a colgar capítulos, aunque creo que no habrá quejas jeje.
Muchas gracias a todos los que habéis followeado o favoriteado nuestra historia, no sabéis la ilusión que nos hace. Y muchas gracias, por supuesto, a los que nos habéis dejado un review. También quiero agradecer a los que se han pasado por aquí gracias al enlace que pusimos en la página de facebook de "Muerdago y mortífagos"
Pronto habrá sorpresitas que estamos preparando y os iremos informando de ello por aquí. ¡Qué ganas tenemos de enseñaros todo!
Besos y abrazos
*se aleja haciendo la croqueta mientras dice: "Por favor, un review. Por favor, un review" =P *
