Una bludger caprichosa.
Se organizó un gran revuelo en el Gran Comedor. No había pasado ni un día y el misterioso tapiz ya había garabateado un nombre y los presentes parecían estar muy sorprendidos con la primera elegida, ni más ni menos que Luna Lovegood. Yo estaba muy orgullosa de ella, a la misma vez que confundida, así que me dirigí a Finnigan con pasos firmes y le arranqué la famosa lista de las manos, puesto que aún iba luciéndola por todo el comedor.
- ¿Ahora te quieres apuntar? – Preguntó Seamus con un tono burlón.
- ¿Estaba Luna? – Le dije con dejadez intentando leer los nombres del pergamino.
- Pues la verdad es que no. – Me quitó la lista. – Nadie se esperaba que fuera a estar interesada en entrar…
- ¡Pero no se trata de interés! ¡La sala te hace entrar! ¿Aún no lo veis? – Ahora gritaba para todos, aunque sin formar revuelo, pues nadie estaba prestándome demasiada atención.
Hice una especie de rugido sordo y me alejé de allí arrastrando la mochila. Estaba claro que nadie me iba a hacer caso y que aquello era peor que la selección del Torneo de los Tres Magos y los piques e inventos que los participantes intentaban hacer para poder poner su nombre en el cáliz.
Y así pasaron los días. Logré encontrar a Luna un día en los jardines del castillo. La pobre estaba bastante ajetreada, la gente no le dejaba de preguntarle cosas.
- Yo no me di cuenta. – Me dijo con su hilillo de voz. – Estaba intentando averiguar el mensaje de mi padre. – Alzó la revista del Quisquilloso. – Ya sabes que él me envía mensaje a través de esta revista, ¿verdad? – Asentí con la cabeza, pensando que en realidad era una forma curiosa la de escribir cosas en la publicación y que su hija pudiera leerlas girando el papel 180 grados. – Yo solo estaba andando por un pasillo, pero no tenía mis gafas. No pude repararlas desde que se me rompieron en el vagón.
- ¿Y entraste sin más? – Pregunté curiosa.
- Sí. – El silencio invadió la estancia durante unos segundos – Allí había un par de gafas nuevas. – Sonrió misteriosamente. Entonces me di cuenta que no solo llevaba unas lentes puestas, si no que a modo de diadema llevaba otras.
- Ya veo. – Sonreí. Me encantaba la personalidad de la pequeña Luna Lovegood. - ¿Entonces no ocurrió nada más?
- Descifré el mensaje de mi padre gracias a las nuevas gafas. – Me miró con los ojos iluminados. – Y tomé un poco de pudding que alguien había dejado allí, junto a un sofá. Al principio creí que era la sala de los menesteres – Dijo antes de que formulara mi pregunta acerca del tema. – Pero cuando estuvimos la última vez la sala no cambió, y esta si lo hizo.
- ¿Cambió? ¿A qué te refieres? – Pregunté casi sin darme cuenta.
- Mientras yo estaba adentro. La sala era enorme y no sabía cómo volver. Justo cuando entré la puerta desapareció. – Me miró intentando decirme algo. – Al final unas criaturas extrañas aparecieron de la nada y me indicaron la salida.
- Entiendo. – Murmuré pensativa.
La conversación no derivó a más. En vez de resolver mis dudas, esto solo hizo que aumentarlas y no pude volver a hablar con Luna, pues siempre se veía intimidada por un montón de alumnos que intentaban saber modos de acceder a la famosa Alea Aurea, para así llevarse la fama y la gloria consigo al verse escritos en el tapiz. Por lo que a mí respecta, vagaba por el castillo bastante inquietada. No quería tropezarme con ninguna aula misteriosa y me movía con sigilo e indeterminación. No sabía que se suponía que tenía que hacer ahora que nadie parecía hacerme caso, ninguno de mis amigos parecía entenderme, simplemente se sumaban a la excitación de la aventura rodeaba a casi todos los alumnos de Hogwarts.
Para confirmar mis palabras, el siguiente elegido fue Theodore Nott, un chico que cursaba sexto en Slytherin. No es que creyera que aquel Slytherin era menos que ningún otro alumno, es que simplemente sabía que aquel chico no tenía ningún interés particular en recrearse en la fama que precedía a que tu nombre se estampara la destellante tela. Harry empezó a creerme a pies juntillas. Ron seguía empeñado en que su nombre estuviese reflejado en aquella zona del Gran Comedor. Por lo que respecta a los demás, seguían haciendo o aumentando apuestas y nadie parecía poder hacer nada para detenerlo.
Y los días pasaban, y la gente seguía tan alterada como siempre. Antes de que la primera semana acabara el tapiz ya tenía tres nombres impresos, Luna Lovegood, Theodore Nott, y Mike Chang, un chico de Hufflepuff de quinto curso. Harry vigilaba a Ron de cerca, para advertirle de que no hiciera ninguna tontería. Yo sabía que Ron tenía la cabeza bastante amueblada, pero Seamus no paraba de retarle y las cosas no se hacían nada fáciles.
A pesar de todo aquello, disfruté mi primera clase de Defensa contra las Artes Oscuras. Este año la impartía el nuevo profesor, según los cuchicheos, escritor de una multitud de libros y auror; Eugene Abraham Horace. Muy famoso entre las féminas de Hogwarts y al parecer asiduo a salir en reportajes de la revista corazón de bruja. Intenté no juzgarlo antes de conocerlo, pero me daba la sensación de que sería otro intento de profesor más. Extrañaba a Lupin, me había parecido el mejor de todos en esa asignatura y a veces me resultaba imposible imaginarme a alguien remplazando su puesto.
Nos tocaba compartir la clase con los Slytherins y Nott iba con ellos. Algunos revuelos por la presencia del segundo elegido se vieron ofuscados en cuanto el profesor Abraham entró por la puerta. Un chico joven, con el pelo castaño oscuro cayendo un poco más allá de sus orejas, luciendo una perilla y una sonrisa increíblemente blanca, entró por la puerta del aula.
- Bienvenidos a Defensa contra las Artes Oscuras. – Y en cuanto dijo esto, un montón de suspiritos se escucharon por toda el aula. – Como bien saben, mi nombre es Eugene Abraham Horace, pero podéis llamarme Eugene. – Sonrió ampliamente mientras su nombre era escrito por una tiza en la pizarra.
Aquella clase sirvió para introducirnos a la materia y a los temas que íbamos a tocar aquel año, así como para presentarnos a nosotros mismos, según "Eugene" (me costaba llamarlo por su nombre de pila y no su apellido), para tener un trato más personal con el alumnado.
- Felicidades Theodore. – Dijo después de que Nott se presentara. – He sabido que has sido uno de los seleccionados por Alea Aurea. Espero que sepas lo que ello significa. – Guiñó un ojo y otro suspiro conjunto se escuchó. De repente me recordó demasiado a Gilderoy Lockhart y no supe si disgustarme o no, puesto que yo fui una de aquellas que suspiraba cada vez que aquel profesor propinaba alguna mueca atractiva. – Y usted tiene que ser Malfoy.
Miré y me di cuenta entonces como al lado de Theodore Nott se sentaba Draco Malfoy. De repente dejé de escuchar y me di cuenta de que no había pensado en él desde que Dumbledore anunció su discurso ante todos. Estaba otra vez impasible y como mi memoria lo recordaba, hablaba con su altanería y no torcía nunca su gesto, pareciendo tener algún tipo de peso en sus hombros que lo hacía mantenerse recto.
- ¿Podría saber un humilde mago el nombre de esta preciosa señorita? – Preguntó el profesor. No me di por aludida y seguí mirando a Malfoy, que parecía haber acabado con su discurso. Pero la situación cambió repentinamente, ahora no era yo la única que lo miraba, pensando en todo el asunto del expreso, si no que aquellos ojos me devolvieron la mirada. Y cuando pensé en retirar mis pupilas de aquellas azules hielo, volví a vislumbrar ese punto de asombro y curiosidad, seguido de una dejadez en su impoluta postura. Espera. ¡Lo acababa de hacer! Había puesto esa cara otra vez ¡La misma que en el expreso! Me estaba mirando sin… ¡sin asco! De repente recibí un codazo y me giré. - ¿Señorita?
- Hermione Granger. – Dije apresurada. Harry me había propinado un leve codazo para hacerme reaccionar.
- ¿Puedes explicarme algo sobre ti, Hermione? – Me dio un pequeño escalofrío al ver como un chico tan atractivo como él podría ser un profesor y a la vez tratarme de tú.
- Eh… sí… Sí profesor. – Tartamudeé para mi asombro.
- Eugene, llámame Eugene, Hermione. – Volvió a sonreír y mientras un grupo de chicas de Slytherin me miraban de mala manera empecé a pensar que le decía a aquel chico que estaba plantado frente a mí, mirándome con suma atención. Tartamudeé un par de frases explicando cosas sobre mi misma y mi vida estudiantil y me di por resuelta. – Tengo entendido que eres hija de dos dentistas, ¿no es así?
- ¡Sí! – Exclamé contemplándolo por primera vez. ¿Sabía que eran muggles? ¿Cómo? La mayoría de los magos desconocían por completo lo que era ser "dentista".
- Mi padre también lo es. – Respondió felizmente. – Una gran profesión. Si no hubiera sido por él ahora tendría los dientes más torcidos de Hogwarts.
- ¿Entonces sus padres son muggles, profesor? – Pregunté sin dilación.
- Solo mi padre, como bien he dicho, es dentista. En cambio mi madre es bruja y trabaja en San Mungo. – Anunció mirando a la clase. – Y por favor, llámame Eugene. – Guiñó su ojo izquierdo en mi dirección y por primera vez creo que me ruboricé.
Tal vez no estaría tan mal tenerlo como profesor. Se portó muy bien cuando Harry reveló su identidad, así como lo hizo con Ron y Neville. Es más, halagó profundamente a la familia Weasley y a sus hermanos Fred y George, de quien decía ser fan acérrimo de sus "bromas y productos varios". Parecía que Eugene se había hecho con todos los alumnos de aquella sala, y más después de prometer que no iba a poner ningún ejercicio teórico como tarea.
Y así pasaron los días, con mil cosas en mi cabeza. Y el tapiz seguía escribiendo nombres, al principio de la segunda semana que pasábamos en Hogwarts escribió dos nombres femeninos: Elizabeth Smith y Phoebe Tyler, dos chicas de Ravenclaw de quinto año, que habían entrado de alguna forma a la nueva y popular sala. Al final de la semana Mika Footman y Stefani Tranter, de Hufflepuff y Ravenclaw respectivamante, ya estaban en el sexto y séptimo puesto. Y para el fin de semana el Gran Comedor era algo así como un punto de reunión. Los elegidos eran avasallados a preguntas y las mesas se acumulaban en el punto en donde aquellos se sentaran.
- ¡Será posible! – Dijo Seamus levantando un trozo muy maltrecho de pergamino. - ¡Ningún Gryffindor! – Exclamó. – ¡Se puede saber que le pasa a esa sala!
- ¡Bien! Al fin admites que no se entra al libre albedrío. - Dije masticando un trozo de pescado. La suculenta cena no era rota por nada más que por el murmullo de las demás casas que intentaban sonsacar material exclusivo de los elegidos, mientras que Gryffindor se mostraba impasible y algo apesadumbrada. – Déjalo correr Finnigan.
Ginny propinó un grito entonces y antes de poder mirarla me di cuenta de lo que se trataba porque Seamus se puso a gritar como un loco lleno de alegría y jubilo.
- ¿Neville? – Dijo Ron sentado a mi lado, con el tenedor aún levantado y una cara de desconcierto máxima.
Y en efecto, una vez más el proceso de escritura del tapiz estaba haciendo que el nombre de Neville Longbottom estuviera reflejado en él. La mesa de los leones estaba ahora llena de personas que hacían caso omiso a su cena, y mientras unos aplaudían otros esperaban en la puerta, dispuestos a recibir a Neville Longbottom con los brazos abiertos.
Y al cabo de unos minutos el muchacho se presentó allí confuso, intentando dejarse explicar.
- Lo siento Hermione. – Me dijo, como si yo le diera miedo. – Me había dejado a Trebbor en el aula nueva y como no sabía volver me metí en una que no era , cuando me di cuenta, la puerta se cerró y ya no había salida. – Dijo a modo de disculpas.
- No te preocupes Neville. – Le dije en tono afable.
- Pero Trebbor estaba allí… ¡Y metido en una jaula nueva! – Dijo sonriendo y tomando asiento al lado de Harry y Ginny. – ¡Aquella sala era inmensa y estaba llena de libros de Herbología!
- ¡Bien hecho! – Le dijo Seamus dándole palmaditas en el hombro. Entonces me di cuenta que Neville venía cargado con un montón de libros nuevos que trataban sobre plantas poco conocidas.
A mí se me quitó el apetito por completo y subí a la sala común, dispuesta a olvidarme de los asuntos extraoficiales de Hogwarts y dormir.
El día siguiente me levanté sobresaltada por los gritos que se escuchaban desde mi dormitorio. Me vestí rápidamente con las primeras ropas que vi, afortunadamente no tenía que ponerme el uniforme, y pude enfundarme mis pitillos preferidos. Mis padres me habían regalado bastante ropa antes de entrar a Hogwarts y entre mis prendas más preferidas estaba aquel set de pantalones de colores. De un tirón saqué unos azul eléctrico del baúl y con la primera sudadera que vi, bajé atándome las zapatillas a los tobillos.
- ¡Hagan apuestas! – Dean Thomas capitaneaba una larga cola de gente de Gryffindor. - ¿Quién de los Weasley ganará?
- ¿Será Ginny? – Añadió Seamus, que para colmo, estaba al lado de Dean, apuntando lo que le decía la gente que iba apareciendo por el extremo de la fila.
- ¿Será Ron? – Volvió a decir Dean.
No hacía falta mucho más para saber que aquello era una mesa de apuestas en toda regla. Intenté buscar a Ron con la mirada y no di con él, ni con Harry. Ni siquiera pude encontrar a Ginny. Me llevé las manos a la cara en busca de algo que se alejara de aquel batiburrillo de personas que se reunían en aquella sala común. Salí precipitadamente al Gran Comedor, sintiéndome mareada. Tenía que preguntarle a alguien, tenía que saber que había pasado. Estaba claro que ni Dean ni Seamus estaban en su mejor momento como para hablar, por no decir que era prácticamente imposible sacarles algo "sincero". Neville estaba rodeado de gente que le preguntaba cómo acceder a la "misteriosa aula" y no sabía a quién más acudir.
Llegué a las puertas de Gran Comedor y me topé con Luna. Y así fue como vi en ella mi salvación.
- ¡Luna! - Exclamé precipitada.
- ¡Hola Hermione! – Me dijo con una sonrisa de oreja a oreja, moviendo con un tintineo de cabeza los rábanos que llevaba como pendientes.
- ¿Has visto a Ron? – Pregunté precipitadamente.
- No. – Me contestó aún sonriendo. Me apagué un poco ante su respuesta y de repente me di cuenta que sostenía a la muchacha por los hombros. – Pero creo que eso te ayudará bastante. – Señaló al fondo del aula contigua, justo en dirección al tapiz.
- ¡NO! – Grité, llamando la atención de algunos presentes. – No me lo puedo creer.
- ¿Qué te pasa? – Me preguntó Luna preocupada, viendo que había apretado el agarre de sus hombros. De repente la solté, pensando que quizás le había hecho daño.
- ¿Desde cuándo Ron ha entrado en la sala? – Y al decirlo en voz alta mi espina dorsal sintió un enorme escalofrío. ¿Qué pasaba si Ron ahora estaba en peligro? Volví mi vista al mágico lienzo dorado y sin lugar a dudas, "Ronald Weasley" era el elegido número 9.
- Justo antes de que aparecieras se escribió su nombre. – Me contestó. – No te preocupes, Alea Aurea es divertida. Además, ahora tendré dos compañeros. – Sonrió profundamente y entonces me di cuenta que hasta ese entonces Luna había estado sola en el asunto. Estaba tan ofuscada en aquel sentimiento de protección que no me di cuenta de la situación que vivía la pequeña Ravenclaw. Fue entonces cuando me sentí un poco culpable por ello y abracé a Luna instintivamente, quién me devolvió el abrazo sin decir nada. – Creo que deberías mirar a tus espaldas.
- ¿Qué? – Dije sin entender, intentando mirar a Luna a la cara. Me giré un momento y por el pasillo más cercano vi aparecer a Ronald Weasley con una cara de estupefacción impoluta. – ¡Ron! ¿¡Se puede saber en qué estabas pensando!?
- Hermione, no es lo que tú crees. – Dijo como respuesta, mostrando las palmas de sus manos elevadas a la altura del pecho. – No negaré que tenía ganas de encontrar la sala pero en esos momentos no estaba pendiente de aquello, te lo aseguro Hermione.
- No te creo. – Espeté retirándole la mirada dolida.
- Hermione, tienes que creerme, de verdad. – Me cogió de la mano en un tierno gesto para que le devolviera la mirada. Estábamos en la puerta del gran comedor y claramente llamábamos la atención del público.
- ¿Dónde está Harry? – Le pregunté entonces, intentado desviar el tema todo lo posible.
- Se fue con Ginny hacia… - Entonces otro sonoro gemido de exaltación sonó en el Gran Comedor, previendo lo que yo temía.
La suave y elegante caligrafía volvió a escribir sobre la tela dorada, prácticamente cubierta de nombres. Con el número diez y once, Ginny Weasley y Harry Potter entraban en los elegidos de Alea Aurea. Y yo, estupefacta en mi puesto, como si me hubieran enganchado los pies en la tierra, me vi consumida de energías. Me llevé una decepción aún mayor que la anterior, sabiendo que Harry no había escuchado mis palabras. ¿No se suponía que estaba de mi parte? ¿Qué hacía allí? Mis pensamientos se vieron cortados abruptamente después de recibir un sonoro empujón, que de no ser por Ron, me hubiera enviado al frío suelo.
- Ten más cuidado niñato. – Gritó Ron a alguien que se alejaba unos pasos más allá de donde estaba.
Me separé del pelirrojo como pude, intentando encontrar respuestas en mi cabeza. Me alejé del Gran Comedor, intentando refugiarme en un lugar en el que estuviera yo sola. Necesitaba soledad y silencio y no sabía dónde podía encontrarlo, puesto que la sala común estaba llena de gente que ignoraba que sus apuestas estaban siendo en vano ahora que prácticamente todos los elegidos habían salido a la luz. Solo quedaba uno, para ser más sinceros, y la leyenda de Alea Aurea sería cierta. Estaba bastante asustada y decepcionada, aunque un sinfín de sentimientos irreconocibles se amotinaba en mi interior. Subiendo las escaleras del tercer piso me di de bruces con el chico con la cicatriz en forma de rayo.
- Hermione, ¿Dónde estabas? – Me dijo su acompañante, Ginny.
- Eso me preguntaba yo de vosotros hace unos minutos. – Dije entre enfadada y asustada. Aunque ambos estaban sudorosos, ninguno de los dos parecía haber recibido el menor daño.
- Yo, fui detrás de Ginny,… y para cuando quisimos darnos cuenta… - Dijo Harry blandiendo el mapa del merodeador.
- ¿Entrasteis a propósito? – Fue lo único que pregunté.
- No. – Me respondió solemnemente Harry.
Pero la verdad es que no sabía si creerle cuando estaba con el mapa en las manos. Ahora que ellos habían entrado, el tapiz estaba casi completo, solo faltaba un elegido más. Miré a Harry de nuevo, no sabiendo cómo sentirme. Lo aparté a un lado con delicadeza y seguí mi recorrido hasta la sala común, dispuesta a buscar algo de abrigo para poder hundirme en los bosques de Hogwarts. Pero fue una nefasta, equivoca y horrible elección, pues si pensaba que aquellos que se encontraban allí estaban aún con la idea de las apuestas a favor de los Weasley me equivocaba por completo. Toda la sala común festejaba la victoria de Gryffindor y yo no pude más que dar un paso antes de ser descubierta.
- ¡Hermione! – Dijo un feliz Seamus. - ¿Para cuándo tu magnífica entrada a Alea Aurea? – Dijo alzando lo que me pareció una copa de cerveza de mantequilla.
- ¿Crees que sería capaz, Seamus? – Dijo una chica a la que reconocí como una de las que me miraban mal la pasada clase de defensa contra las artes oscuras.
Arrugué el entrecejo y fruncí los labios. Perfecto, si creían que pensaba seguirles la broma estaban muy equivocados. Preferiría congelarme de frío en el bosque antes que pasar un minuto más allí arriba, en aquella celebración de su ego y pedantería que no veía nada lógica y necesaria dado que aquello no tenía porque ser motivo de festejo. Eran un grupo de inmaduros críos que no sabían donde se estaban metiendo, y yo no tenía nada que envidiarles a ellos. Incluso si mis amigos parecían haberme dejado de lado con aquel asunto, yo sabía bien que si quería podía encontrar la dichosa sala, y ser la última elegida, pero no quería hacerlo. Aunque sólo fuera para llevarles la contraria.
No sabía que me había pasado en la clase de Defensa Contra Las Artes Oscuras, y ahora me culpaba por ello. El estúpido engreído de mi nuevo profesor no hacía más que pasearse y lucir su melena por aquí y por allá, otro arrogante como Gilderoy Lockhart. Para más inri intentaba flirtear con todos los presentes, o eso me parecía a mí. Odié profundamente como se jactaba de ser hijo de muggles; como si eso fuera una cualidad envidiable. Otro sangre sucia más para el mundo de la magia. Pero todo el odio se fugó en el instante en el que noté como la profusa de sabiduría, Hermione Granger no dejaba de mirarme. ¿Se puede saber qué había dicho? Justo acababa de presentarme a mí mismo en el tono más neutral que había encontrado. No había ni siquiera ironizado, y a mi favor tengo que decir, que había sido lo más políticamente correcto y educado que podía serlo con aquel tipo llamado "Eugene", que ni siquiera me convencía como profesor. No tenía porque recibir ningún reproche, y menos de la idiota de Granger, así que no sé porque seguía mirándome de aquella manera.
Pero sus ojos no mostraban una actitud de desafío, eran más bien vidriosos, con algún tipo de duda escondida. Ni siquiera se dio por aludida cuando el profesor le preguntó. Detestaba a ese melenas y como se regocijaba con Granger de compartir algo en común. Dejé escapar una bocanada de aire violentamente y esperé con paciencia que acabara todo aquello lo antes posible.
Mi monotonía consistía en ir a clases, dormir y comer y pasar olímpicamente de todo el asuntillo por lo que todos exclamaban en el Gran Comedor. Pero era prácticamente imposible no haberme dado cuenta como Theo había entrado en aquel club o lo que fuera creado por Dumbledore, todo el mundo susurraba por los pasillos quién o quién no había entrado y más si una de aquellas personas era una serpiente. Al día siguiente de enterarme de su entrada, le abordé en la sala común y aunque él me negó rotundamente que hubiera entrado a la fuerza y que simplemente se le apareció, noté que estaba contento por esta circunstancia y ese simple hecho sin quererlo, me preocupó y me asustó más de lo que llegaría a reconocer. Por lo que respecta a Gryffindor, nadie había propasado las puertas de aquello a lo que llamaban Alea Aurea, o eso es lo que yo creía, puesto que el viernes y con mal humor me fui a la cama mucho antes de lo previsto. Pero para cuando me desperté aquella mañana de sábado, y volví a repasar el aburrido tapiz, me di cuenta que el nombre de Neville Longbottom se había sumado, y es más, justo en aquel instante en el que levantaba la cuchara de mis cereales, Ronald Weasley se apuntaba a la lista.
No me dio tiempo a insultar mentalmente al aludido todo lo que quisiera cuando un grito agudo se escuchó desde la puerta. Hermione Granger estaba montando una escenita enfrente de Lunatica, que sonreía y ahora abrazaba a la muchacha. La sensación que sentí no hacía mucho entre los pasillos de la biblioteca se volvió a apoderar de mí, y no sabía que era aquello, pero tenía que apartar mis ojos de aquella teatralidad que estaba formando la sangre sucia. Me deshice como pude de mi desayuno y me levanté con calma, dispuesto a entrenar con la nueva escoba que me había agenciado antes de entrar al castillo.
Para colmo, el héroe panocha hizo su aparición poco después, e intentaba confortar a la pavisosa de Granger. No me hagáis vomitar, pensé. Sostenía con calidez la mano de la sabelotodo y adelantando mi paso empujé como pude a la parejita feliz, haciendo que la estúpida hija de muggles cayera redonda en sus brazos. La situación no mejoró y con asombro me di cuenta de que me molestaba que el idiota de Weasel la consolara. ¿Quien se creía reconfortando a la sangre sucia? Seguramente todo lo que sentía en mi interior era un sinfín de ganas de abuchear al trío, pero no pude pensar nada más, puesto que el pobretón se atrevió a llamarme "niñato". ¿Qué sabía él? Me iría a entrenar, eso era lo mejor que podía hacer. Eso me calmaría los nervios. Estaba seguro.
En las afueras de Hogwarts hacía un frío considerable. Por suerte llevaba ropa de abrigo lo suficientemente gruesa como para no tener que sufrir mientras hacia el rutinario entrenamiento. Mi nueva Nimbus era más que rápida y estaba expectante por probar nuevas técnicas ahora que podía disfrutar de un campo de quidditch para mi solo. Empecé dando rodeos, certificando la velocidad de la escoba, seguí intentando cazar la snitch en el menor tiempo posible y después pasé a golpear la bludger y esquivarla al mismo tiempo. Un buen jugador tenía que estar preparado desde todas las posiciones posibles.
Para cuando quise darme cuenta el sol estaba en su punto álgido, aunque seguía haciendo bastante frío. Me anonadé un momento, pensando en que hora sería. En un movimiento repentino la bludger, que había embrujado para que se moviese sola a modo de entreno, salió disparada hacia arriba, y esquivándola como pude me di cuenta que caía en picado y en diagonal, en busca de un pequeño punto que estaba a los alrededores del campo.
No me dio tiempo a advertir a quien fuera quien estaba allí, pues la pelota, furiosa, rebotó justo en lo que creí que era su cabeza. Me acerqué instintivamente para darme cuenta que aquellos pantalones chillones y aquel pelo imposible de domar era de Granger, y me maldije para mis adentros cuando vi que la pelota intentaba agredirle una vez más, aunque esta ya yacía inconsciente en el suelo. Como pude bloquee el encantamiento de la caprichosa bludger y aterricé estrepitosamente al lado de la chica, que para colmo, estaba pálida del frío. No llevaba más que una fina chaqueta y los labios estaban empezando a tomar un color más próximo al morado que al rosa natural. ¿Qué se supone que tenía que hacer ahora?
Pensé en varias alternativas y aunque todas ellas terminaban con dejarla tirada en los alrededores del campo, sabía que tendría que llevarla a la enfermería porque el idiota de Weasley me había visto llevar la escoba en la mano, y aunque no parecía muy avispado podría atar cabos y más si se trataba de su querida Granger.
Rechinando los dientes me agaché junto a ella pensando la mejor manera de cogerla sin tocarla demasiado, no quería que mis manos se mancharan de su impureza. Pero al acercarme a ella un dulce aroma a vainilla se instaló en mis fosas nasales, bajando todas mis defensas. Me fijé en su cara que debido al golpe tenía una expresión de dolor y me sentí un poco culpable. Espera... ¿culpable? No era mi culpa si la estúpida de Granger andaba merodeando por el medio del campo de Quidditch. Además, ¿qué cojones hacía allí? Su habitat natural era la biblioteca, no el césped del campo. Proferí un quejido molesto. Me estaba metiendo en problemas. El perímetro de distancia que debía mantener con los amigos de Potter estaba siendo flanqueado por alguien como yo, si alguien me veía ahora, estaba perdido.
Bueno, la situación era clara, tenía a Granger aparentemente inconsciente, esparcida en los alrededores del campo de Quidditch. Las posibilidades: infinitas. A cual más disparatada. Lo que me apetecía era obviar el asunto y largarme sigilosamente por donde había venido. Mi conciencia se remordió, incómoda. Tenía que mover a la sangre sucia y cargarla hasta algún punto donde supiera que mis manos estarían limpias de culpa.
Me acuclillé, dejando la escoba olvidada a un lado. Granger respiraba con dificultad. A esta distancia, podía contar con facilidad las pecas que le adornaban la cara. Tenía un aspecto muy infantil. ¿Qué le habría mosqueado tanto el día de la biblioteca? Mi mente seguía en funcionamiento, pero sabía que tarde o temprano tendría que moverla de allí. Lo primero era limpiar las pruebas del delito. Con un práctico conjuro que aprendí en verano, ordené al baúl contenedor de las pelotas de Quidditch, recogiéndose por sí solo. Repetí lo mismo con la escoba. Ahora llegaba la parte desagradable.
Una campana sonó en todo Hogwarts anunciando que se acercaba la hora de la comida. Sabía que como no la llevara pronto todo el mundo se preguntaría dónde estaba y no quería saber nada más de todo ese asunto. Así que me agaché de nuevo y sin ningún cuidado la cogí, pesaba menos de lo que me imaginaba. Su cabeza quedó ladeada hacia mi pecho y el aroma a vainilla volvió a inundarme. Cerré la mente a cualquier pensamiento agradable y me alejé hacia el castillo con ella entre mis brazos.
Rodeé el edificio entrando por la parte de atrás ya que era el camino más rápido para la enfermería y además si entraba por la puerta principal todo los alumnos que se dirigieran al comedor me verían portando a Granger y no sería agradable el tener que contestar preguntas incómodas.
Me dirigía al paso más rápido que podía llevando a la tonta de Granger a cuestas, aunque no pesara demasiado, mis brazos comenzaban a estar agarrotados y ya empezaba a notar cómo me temblaban ligeramente. "Maldita Granger" pensé mientras cruzaba otro pasillo "Si por tu culpa no puedo volver a jugar al quidditch, me las pagaras y caro"
El camino parecía interminable y mi olfato seguía percibiendo aquel estúpido aroma suyo, que si bien me había prohibido asociarlo a algo agradable, mis fosas nasales no pensaban lo mismo y acogían la fragancia como si la vida dependiera de ello. Resoplé enfurruñado aligerando el paso, quería cuanto antes desprenderme de aquella tortura que me hacía pensar cosas ilógicas.
Pero cuando ya me quedaba poco para alcanzar mi ansiado destino, antes de girar un recodo, oí voces provenientes del pasillo al que me dirigía. No sabía si eran profesores o alumnos, pero en cualquiera de los dos casos estaría perdido. Giré la cabeza a ambos lados buscando un escondite y como si el castillo me hubiera escuchado una puerta apareció delante de mí. No pensé en nada más y en dos zancadas me presenté ante ella, que como me imaginé no estaba cerrada. Abrí como pude, ya que no era tarea fácil llevándola entre los brazos y cerré la puerta justo cuando las voces se oían más cercanas.
-…cuando se dé cuenta que no es para tanto... -Aquella parecía sin duda la voz chillona de Weasley.
- ¡Pero ella tenía razón! -Y como no ahí estaba su inseparable Weasel. Porque era sabido en todo el colegio que el idiota de Potter y la chica comadreja tenían algo, sino pensaría que eran pareja de hecho. – La sala escoge a su elección y no a quién intenta buscarla.
- Hermione ha estado muy rara últimamente. - Pegué más mi oído a la puerta cuando escuché hablar a la Weasley de la sangre sucia. ¿Qué había estado rara?- ¡Y vosotros dos la habéis tenido abandonada este tiempo! - Su voz autoritaria no tenia nada que envidiar a la de la profesora McGonagall.
- La verdad es que últimamente no le hemos hecho mucho caso. - Se excusó el cara rajada.
- Deberiais pedirle perdón. -Señaló la pelirroja. - los dos.
- Está bien, está bien. - Refunfuñó Weasel. - A lo mejor está en el Gran Comedor.
Y con estas últimas palabras, oí como sus pasos se alejaban al doblar la esquina. Suspiré aliviado. Si me llegan a ver aquellos tres con Granger cargada a cuestas y semiinconsciente, me habrían lanzado maldiciones antes de ni siquiera haber abierto la boca. Aunque en el fondo lo hubiera disfrutado, necesitaba una pelea para descargar adrenalina. ¿Y qué mejor que aquellos dos panolis?
Sentí a Granger removerse entre mis brazos y me asusté. Que me vieran aquellos dos idiotas me daba igual, pero que la sangre sucia descubriera que yo me había encargado de llevarla a la enfermería y además como si de una princesa se tratara, no era algo que se encontraba entre mis planes favoritos.
La levanté un poco más aplastándola contra mí, ya que se estaba resbalando, y busqué con mi mano derecha el pomo para poder salir de aquella locura. Pero cuál fue mi sorpresa, que al intentar agarrarlo fue aire con lo que se topó mi mano. Di un paso hacia atrás para observar mejor el sitio por el que había entrado, encontrándome sencillamente con un muro ¿Me había movido y no me había dado cuenta?
Busqué desesperado a derecha y a izquierda el sitio por el que había entrado. Estaba seguro que no me había movido y que lo que había aparecido ante mí era una puerta y no una pared. Entonces, ¿dónde coño estaba?
De camino al Gran Comedor me vi asolado por un montón de dudas, ¿habíamos hecho bien en entrar en Alea Aurea? Aunque como bien había dicho Hermione, era la sala la que te seleccionaba y no había manera de negarse, ¿pero y si había alguna y no la habían descubierto? ¿Y si la sala no era tan peligrosa como decía Hermione? Miré a mi derecha donde Ginny caminaba con semblante pensativo, seguro estaba cavilando los acontecimientos de esta mañana.
Aunque si bien Ginny no quería entrar en la sala y hacía caso de las advertencias de Hermione, aquella mañana se había dejado influenciar por los piques de Seamus y Dean por ver cuál de los dos Weasleys entraba primero. Asustado cuando no la vi en la sala común, cogí mi mapa y busqué su nombre en el. Se encontraba en el quinto piso y a juzgar por la velocidad, estaba corriendo. Sin dudarlo ni un momento crucé el retrato de la señora gorda, ignorando a Seamus y a Dean que me preguntaban si apostaba por mi novia o mi cuñado.
La encontré frente al retrato de un mago vestido como si fuera a un baile de gala, aunque el hacha en su mano hacía que pareciera un príncipe siniestro. Intenté por todos los medios que Ginny dejara de buscar la sala, pero ella, cabezota como todos los Weasleys, se negó en redondo y siguió buscando sin hacerme caso. Y antes de que nos diéramos cuenta, cruzamos una puerta que desapareció a nuestras espaldas mostrándonos un paraje maravilloso. Y en ese momento supe que habíamos encontrado Alea Aurea y que habíamos sido elegidos.
Pero a diferencia de lo que había llegado a pensar, y de las advertencias del libro que Hermione nos había leído, no me parecía un lugar al que tuviera que temer. Al contrario, me hacía sentir como si fuera parte de mí y realmente había estado esperando el momento idóneo para encontrarla. Fuera lo que fuera, necesitaba hablar con Hermione y aclarar las cosas.
Un gran barullo proveniente del comedor me sacó de mis pensamientos, ¿qué era lo que pasaba? Miré a Ron y a Ginny buscando una respuesta, y como si una bludger nos hubiera golpeado a la vez nos dimos cuenta que había ocurrido. ¡El último elegido!
Cruzamos las puertas del Gran Comedor y reconozco que me alegré cuando vi a la mesa de Gryffindor aplaudir y gritar como nunca, el elegido había sido de nuestra casa. Pero había algo no me cuadraba en la escena. Dos mesas hacía la derecha, los Slytherins gritaban también en euforia, más incluso si cabe que los Gryffindors. ¿Se alegraban?
- ¡VOY A MATAR A ESE CABRÓN!- Ron gritó por encima de todo aquel ruido haciendo que todas las cabezas se giraran hacia nosotros.
Levanté la vista para buscar en el tápiz el causante de tanto revuelo. Y lo que vi me dejó más desconcertado de lo que estaba. Efectivamente, Alea Aurea había hecho de nuevo una elección. Todos los huecos de las columnas estaban ocupados por nombres de alumnos de las diferentes casas de Hogwarts. Pero algo no encajaba, pues no se había conformado con un alumno más. Rememorando las palabras del libro que Hermione nos mostró, sentí una suave carga de responsabilidad en mis hombros.
Como la leyenda indicaba, se había escrito el número trece.
¡Hola a todos!
¿Qué os ha parecido este capítulo?
Bueno, antes de seguir, deciros que estoy encantada. Soy Patricia, pero hablo de parte de the magic glitter cuando digo que estamos fascinadas con el recibimiento que estamos teniendo. Adoramos todos los reviews, nos encanta que nos contéis vuestros puntos de vista, vuestras sugerencias y nos digáis vuestra opinión. Es un autentico placer.
Y ahora que mi compañera anda perdida por algún lugar de Madrid, os confieso que es muy divertido escribir un relato con otra persona. Somos algo así como Harry y Ron. A veces es complicado poder compenetrarse, ambas vivimos en diferentes sitios de la península ibérica y no siempre coincidimos para escribir. Revisamos y revisamos y nos ayudamos mutuamente. Le tenemos mucho cariño a este fanfiction, por que lo hemos trabajado durante más de un año y por que la saga de Harry Potter es simplemente perfecta y ideal y escribir sobre sus personajes es una total delicia. Hay muchas sorpresitas que nos gustaría enseñaros poco a poco, ya que no todo lo que podréis ver es escrito.
¿Qué pensáis de los elegidos? Nos encantaría saber que sensación os ha transmitido este capítulo. ¡Animaos a escribirnos un review! Recordad que nos encanta saber vuestra opinión. Si tenéis alguna duda o sugerencias, podéis escribirnos también.
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¡Tenemos muchas ganas de compartir este fanfiction con todos vosotros!
Muchísimos besitos y abracitos bellos (~ * 3 *)~
*rueda por el suelo haciendo la croqueta*
