La misteriosa sala común.

Recorrí la pared de arriba abajo buscando desesperado la puerta por la que estaba seguro había entrado. Pero no había nada, era como si hubiera desaparecido. "Esto me pasa por fiarme de este estúpido castillo" di un puntapié a la pared enfadado haciéndome daño en la punta de los dedos, soltando un taco que de estar Granger despierta se hubiera escandalizado cuál profesora McGonagall.

Un calambre en el brazo izquierdo me hizo reaccionar: o soltaba ya a Granger o acabaría por tener unas agujetas que bien podrían dejarme sin poder realizar ni un simple hechizo. Me alejé de la pared y dándome la vuelta observé por primera vez la estancia.

Alcé las cejas asombrado, aquello era muy parecido a la enfermería pero en formato pequeño. Las camas, de un blanco impoluto, se hallaban repartidas por toda la sala de manera despreocupada, como si alguien se hubiera cansado de colocarlas y las hubiera dejado de cualquier forma. Al lado derecho de cada una de ellas, se encontraba una pequeña mesa con un kit de enfermería lleno de poción tranquilizante y pócimas para dormir. Además, cada cama tenía su biombo propio, haciéndolo todo aún más parecido a la auténtica enfermería.

Pero lo que más me sorprendió de la sala era que a su vez tenía un cierto parecido con la biblioteca del castillo. Grandes estanterías con un montón de libros pesados y antiguos se situaban a la derecha de aquel curioso lugar, haciendo parecer que las camas fueran realmente el lugar donde leer aquellos tomos, puesto que no había otro lugar adecuado para ello. ¿Qué era realmente este sitio?

Lo único que me gustaba y que entonaba con la estancia era el gran ventanal que se encontraba enfrente de mí. Siempre había admirada la belleza de la naturaleza por lo que no me resulto raro quedarme unos segundos embobado, viendo las increíbles vistas del lago y del bosque prohibido. No sabía si era más bonito el reflejo dorado del sol en el lago o el viento moviendo a su merced las copas de los árboles. Hice mentalmente una petición, sabiendo que si pudiera hacer aparecer algo en mi sala común, sería un ventanal como aquel.

Granger se revolvió de nuevo resbalando de entre mis brazos. Me acerqué a paso rápido a la primera cama que encontré. ¡Por fin iba a soltarla para no aguantar más aquella dichosa carga! Pero aunque mi mente ordenaba lanzarla bruscamente contra la cama, mis brazos actuaron por sí solos y la depositaron con tremendo cuidado. Refunfuñé entre dientes maldiciendo a la sabelotodo, ella tenía la culpa de todo.

Me incorporé masajeandome los brazos, un tanto adormecidos, de seguro no podría entrenar en los siguientes días. Granger, ahora tumbada en la cama respiraba acompasadamente pareciendo una niña buena. El sol se reflejaba en su cara resaltando las pecas que adornaban su nariz, y su pelo, alborotado como siempre, se encontraba desperdigado por la almohada.

Me quedé un rato mirándola sin ni siquiera ser consciente de ello. ¿Qué era lo que me pasaba? Sacudí la cabeza en un vano intento de quitarme todas esas tonterías.

Y justo cuando me iba a dar la vuelta para buscar otra salida alternativa por la que habíamos entrado, Granger empezó a mover los párpados levemente. ¡Se estaba despertando! Tenía que salir de allí inmediatamente. Pero supe que fue demasiado tarde cuando noté como su mirada chocaba con la mía reflejando duda en sus ojos. Di un paso para atrás inconscientemente, tenía miedo a su reacción. Vi como abría la boca pero no llegue a saber nunca qué es lo que dijo ya que percibí un tirón debajo del ombligo y antes de que me diera tiempo a reaccionar, el suelo desapareció antes mis ojos reapareciendo en un lugar totalmente diferente al que estábamos. ¿Hoy el castillo se estaba volviendo loco?

Un tremendo ruido seguido de quejidos retumbó por toda la sala. Granger también se había aparecido conmigo, pero ella al estar tumbada se había caído cuan larga era en el suelo llevándose de nuevo otro golpe. Me moví instintivamente hacia ella para ayudarla cuando la vi levantarse, pero recordé al instante que yo era Malfoy y que ella no era más que la asquerosa sangre sucia que no merecía mi ayuda. Bastante había hecho ya hoy. Aunque la manera en que se miraba la muñeca izquierda me inquietase un poco. La chica había caído justo encima de la palma de su mano, y aunque no se quejaba, parecía haberse lastimado en aquel punto que trataba de frotar con cuidado.

- ¿Qué es lo que ha pasado? – Se levantó torpemente apoyándose en un mueble cercano. - ¿Y dónde estoy?

Eso mismo me preguntaba yo. Hacía no menos de cinco minutos habíamos entrado en una sala que por arte de magia había hecho desaparecer la puerta y ahora nos encontrábamos en una sala más pequeña que la anterior y a mi parecer, demasiado cargada de cosas.

La pared estaba repleta de retratos de gente que si bien algunos estaban dormidos otros nos miraban con el ceño fruncido, seguro preguntándose por qué les habíamos despertado de su siesta. Al fondo se encontraba un enorme escritorio lleno de plumas con sus respectivos tinteros, pilas enormes de pergaminos y libros de todos los tamaños posibles. Y dando majestuosidad al lugar, una butaca de respaldo alto color rojo burdeos. Junto a ese gran escritorio, se hallaba otras mesas más pequeñas con extraños instrumentos de plata que zumbaban y echaban humo. Un armario negro se situaba a la derecha del escritorio, y aunque estaba cerrado, unos finos destellos dorados intentaban escapar por entre las rendijas de las puertas.

Un sonido a mi izquierda llamó mi atención haciéndome girar la cabeza. Un enorme pájaro de color rojo y pico dorado se dirigía hacia mí en un vuelo improvisado. Por puro reflejo me agaché, llevándome las manos a la cabeza. Pero este tenía otro propósito, ya que pasó de largo y se situó en una gran percha que se encontraba detrás de mí. Cuanto aterrizó estiró sus alas y graznó suavemente.

Me incorporé y me alejé rápidamente de allí. Podría haber pasado de largo, pero no sabía como de loca estaba aquella bestia. Necesitaba salir desesperadamente de allí. Había pasado por demasiadas emociones en un solo día, y ni siquiera eran las cinco de la tarde. Una risita cercana se escuchó dirigiendo mi vista hacía la única persona de la estancia.

- ¿Y tú de qué coño te estás riendo, sabelotodo? Vi como su semblante cambió en seguida cuando oyó su mote. Mi orgullo se vio aliviado en cuanto escupí aquellas palabras, odiaba a aquella chica, estaba seguro de ello.

- No voy a seguirte el juego Malfoy. – Sentenció con un tono digno, aunque seguía tocándose la muñeca. – Y estamos en el despacho de Dumbledore.

- ¿Qué quiere ese ahora? – Dije casi en un susurro, haciendo todo lo posible para hacer que aquello no iba conmigo.

- "Ese" es tu profesor, además de director de Hogwarts. Deberías tenerle un mínimo de respeto. – Anunció con reclamo. Seguía manoseándose la muñeca, y aunque yo aparentaba no mirarla, podía ver por el rabillo del ojo como ponía una mueca de dolor.

- Lo que tú digas. – Refunfuñé mirándola de reojo. ¿Por qué coño se seguía tocando la muñeca? ¿Es que acaso le dolía? ¿Tanto daño se había hecho?

- ¿Por qué estoy aquí? – Preguntó intentando disimular su expresión de dolor. Me quedé mirando su semblante unos segundos, discutiendo conmigo mismo sobre que debía de decirle. – Contesta.

- Pues… - No sabía que decir, perfecto. Encima no podía mirarle directamente a los ojos. Joder, estaba quedando peor que Weasley.

- ¿Es que nos hemos metido en algún tipo de lío? – Dijo de repente, poniendo la voz aguda. Me volví a mirarla. Su entrecejo fruncido no ayudó en la situación. ¿Qué le decía? Era obvio que no podía contarle lo que había pasado…- Yo… Estaba en el campo de Quidditch. Y no… - Me miró a los ojos. – No me acuerdo de nada. Pero no pude hacer nada malo. Quiero decir, ¿Entonces qué hago aquí? ¿Qué querrá Dumbledore? ¿Hemos incumplido alguna norma? ¿Será que Harry y Ron se han metido en algún lío? Pero no tiene lógica porque si no tu no estarías aquí conm…

- ¡Granger! – Grité en un intento de hacerla callar. – Cierra el pico.

- No pienso obedecerte. - Replicó, volviéndose a tocar la muñeca en un gesto que supuse que serviría para aliviarle el dolor.

- Y deja de tocarte la jodida muñeca. – Acabé por decir. - Si te duel…

- Sí Malfoy. Me duele. – Alzó la voz tanto o más que yo, dejándome sorprendido. – Y para tu información, puedo hacer lo que se me antoje. No te tengo miedo.

Mis palabras se vieron interrumpidas por un atragantado sonido de pasos. Alguien estaba a punto de irrumpir en el despacho, y sabía que por mi bien no tenían que verme peleando con la alumna predilecta de Gryffindor.

- ¡Hermione! – La puerta del despacho se abrió de par en par y Ginny Weasley apareció por ella, arrollando a la sabelotodo en un abrazo. – ¿Estás bien? Nos tenías muy preocupados.

- ¿Por qué? – Le contestó. Granger me miró de reojo, deduciendo que yo era el causante de todos sus problemas.

- Vimos tu nombre en el tapiz y no te encontrábamos por ninguna parte y ya sabes cómo son Harry y Ron… - Añadió la pelirroja. – Además, que su nombre estuviera junto al suyo no ayudó nada.

- ¿Mi nombre? – Intervine sin quererlo.

- Espera… ¿Qué? – Gritó la estúpida sabelotodo.

- Habéis entrado en Ale…

Pero Ginny Weasley fue interrumpida por un sonoro portazo. De repente empezó a entrar más gente al despacho, un puñado de Gryffindors, otros tantos de Hufflepuff y algunos más de Ravenclaw. Y para finalizar, Theo.

- Serás cabrón. – La voz más que pastosa de Weasley retumbó por toda la estancia. Para cuando pude darme cuenta, tenía a un puñado de personas delante de mí, intentando frenar aquello que parecía una pelea. – Ven aquí si te atreves, estirado.

- Será mejor que te tranquilices, Weasel. – Me defendí, intentando enterarme de lo que había hecho. ¿Se habría enterado toda la escuela de que me había llevado a Granger a cuestas por medio castillo?

Empecé a mirar las caras de la gente. Allí no solo estaba Weasley, también Potter (quien ahora se dedicaba a frenar a su amigo de propinarme un puñetazo), Lunatica, Longbottom, Chang y Footman. Si bien me costó reaccionar, habría que ser muy lento para no darse cuenta de que en aquella sala, a parte de mí, había doce personas más. Aunque no conocía a todas las caras, encajé las piezas, y al parecer, todas habían sido elegidas por Alea Aurea. Lo que no sabía era que pintaba yo en todo aquello. Yo no había ido a ningún sitio, me había dedicado a hacer una vida "normal" de estudiante. Y aparte de haber ido a entrenar aquella tarde al quiddi…

- Maldita sea. – Mascullé cuando me di cuenta.

Theo, que estaba a mi lado, se dio cuenta en aquel instante de lo que pasaba. Y al parecer, nadie sospechaba que alguien como yo podía ignorar lo acontecido. Tensé los músculos en un movimiento involuntario. Volví a contar las cabezas y siempre salían doce. ¿O es que alguien de allí sobraba? Repasé las caras de los presentes y para mi asombro, todas coincidían con los nombres que yo mismo había estado leyendo a lo largo de las semanas. No cuadraba. Éramos trece en total. ¿No había dicho el arcaico director que eran doce, y solamente doce, los elegidos de Alea Aurea? ¿Era aquella sala a la que había entrado Alea Aurea? Si era así, estaba con Granger, y solo faltaba un elegido… ¿Quién de los dos había logrado entrar?

Si el pobretón de Weasley actuaba así estaba claro que había sido Granger. ¿Entonces por qué la pagaba conmigo? Estaba seguro de que él no me había visto llevando a su amiga en brazos. De todas las personas del castillo que podrían haberle visto, Potter y los Weasley estaban descartados. Los había esquivado con maestría, aunque para ello había tenido que entrar en aquella sala.

- ¡Bienvenidos! – Dijo la voz de Dumbledore desde detrás de aquel repleto escritorio. - Antes de empezar nuestra pequeña reunión, dejarme darle la bienvenida a los nuevos elegidos. – Alzó un poco las manos haciendo un gesto de júbilo y dirigió la mirada hacia la sabelotodo, que sostenía su muñeca izquierda con su mano derecha. – Bienvenida señorita Granger. – Volvió su cabeza hacia mí, haciendo que mi espalda se irguiera. – Bienvenido señor Malfoy. – Sonrió a todos los presentes. – Curioso caso el vuestro. Pero Alea Aurea es sabia, y sabe lo que hace en todo momento. - Se sentó en su lujosa butaca y con un golpe seco de mano, trece sillas aparecieron, en fila, justo delante de su mesa. – Tomen asiento.

Apreté mi mandíbula, haciendo presión contra mis dientes. Me obligué a mantener un resignado silencio, sabiendo que tenía que mantener la compostura si quería enterarme en donde me había metido.


Tomé asiento junto a Ginny aún un poco mareada por todo lo que acababa de pasar. Tenía que asimilar demasiadas cosas en poco tiempo. Lo que más me inquietaba era el hecho de que yo estuviera allí, esperando a Dumbledore. Intentaba hacer memoria, volviendo los minutos hacia atrás, pero en mi mente había un gran espacio en blanco, y no sabía cómo resolverlo. Todo lo que podía recordar eran unos ojos azules abriéndose por la sorpresa y haber caído literalmente en el despacho del director, con nada más y nada menos que Draco Malfoy.

Le miré de reojo, se había sentado junto a Nott. Tenía los puños apretados y por la manera en que se movían las aletas de su nariz, respiraba con enfado. Intenté recordar algo, alguna pequeña cosa que me diera una pista de cómo había llegado a esta situación, pero era tarea imposible. Lo único que podía recordar eran unas estanterías con libros y aquella mirada asustada. ¿Qué significaba todo eso? Me masajeé las sienes intentando remitir el dolor de cabeza. Pero un pinchazo agudo en la muñeca me hizo retirar la mano, ¿Cómo me había hecho esto? Llevaba molestandome desde la llegada.

Además, ¿Por qué Harry y Ron ni siquiera se habían molestado en hablarme? ¿Y que era todo eso que Ginny decía de haber entrado en Alea Aurea? ¡Yo estaba en el campo de Quidditch y luego…! Luego, nada. No recordaba nada.

Un carraspeo hizo que levantara la mirada encontrándome con Dumbledore que me miraba por encima de sus gafas de media luna con una sonrisilla dibujada. Enrojecí al momento y me incorporé en mi silla. Ahora no tenía tiempo de pensar todas aquellas tonterías, necesitaba concentrar toda mi atención en lo que el director nos iba a contar. Y estaba segura de que no me iba a gustar.

- Cuando este año me enteré de que Alea Aurea iba a volver a abrir sus puertas, reconozco que en un principio me asusté. – Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, que Dumbledore se hubiera asustado consolidaba mis teorías. – No sabía si este año era el adecuado. - Miró fijamente a un punto hacía mi izquierda, donde creía recordar que se encontraban los Slytherins. - Pero como bien he dicho en otras ocasiones, Alea Aurea es sabia y sabe lo que hace en todo momento. – Sonrió con un gesto tranquilizador.

Mi cabeza seguía siendo un hervidero de ideas. Bien, tenía que empezar a aceptar que de alguna manera que se escapaba a mi razonamiento, había entrado en la sala. Me reconfortaba saber que no estaba sola en aquello, tenía a mis amigos, y la sola idea de pensar que estaba rodeada de ellos me relajó un poco más. Tenía que saber porque Harry y Ron estaban molestos conmigo, y de alguna forma tenía que descubrir porque había entrado y porque Malfoy estaba conmigo en cuanto aparecí en el despacho del director. Estaba segura que aquellos ojos que vi en esa extraña estancia eran los de Malfoy, siendo tan profundamente azules hielo. Y aquella sala llena de estantes… ¿Era la biblioteca? O era… ¿Era Alea Aurea aquello que recordaba?

Desvié la mirada, volviendo de nuevo a prestar atención al discurso.

- Alea Aurea os hace a vosotros, a la vez, que vosotros la formáis a ella. Agudizará vuestras mentes, uniéndolas a la vez que separándolas, haciéndoos valer de vuestras elecciones en los momentos más inesperados. Será en el momento oportuno en el que ella decida cuando hondar en vuestros sentimientos, y os mostrará vuestros más profundos miedos si lo cree necesario. No flaqueen en la debilidad, recuerden que no estarán solos. – Se detuvo a mirar a su derecha de la fila de sillas, donde me pareció ver a los Slytherins juntos. - Si han llegado hasta allí es por algo. – Sonrió para ellos, haciendo unos segundos de misterioso silencio. - Alea Aurea es inteligente, y os lo demostrará con creces. Hagan las correctas decisiones en el momento, no se dejen intimidar por las travesías fáciles, pues no siempre son las más factibles. – Miró por encima de sus gafas de media luna volviendo a enmudecer por un fugaz instante. – Recuerden que todo lo que necesitan se halla en su interior.

La estancia se volvió pesada entonces. Parecía que todos en aquel momento pensábamos y cargábamos el ambiente. Por lo que respecta a Dumbledore, calló mirando a su fénix, sonriéndole al tiempo que el animal parecía comprender su gesto, pues con un suave aleteo, desapareció del lugar al instante, cumpliendo una muda orden de su dueño.

- Si se lo preguntan, los elegidos son los correctos. – Miró a Harry, quien parecía más dispuesto a preguntar que ninguno de nosotros. – Todos ustedes deben formar parte de los discípulos de la sala. No hay vuelta atrás.

- Pero profesor, usted mismo nos anunció que eran doce los elegidos de la sala. – Argumentó Harry.

- Así es, yo mismo dije esas palabras señor Potter. Pero debéis saber que Alea Aurea es totalmente consciente de sus elecciones, y ha escogido a trece candidatos. – Miré a Harry de reojo, intentando advertirle que el libro que leímos no hacía mucho en la sala común tenía la razón. – Y creo que la señorita Granger bien sabe que eso es cierto, ¿no es así?

- Profesor. – Dije de repente enmudeciendo al no saber cómo continuar mi relato. – Leí en un libro de la biblioteca, que según algunas leyendas y manuscritos, no es la primera vez que esta sala se presenta en Hogwarts. – Me detuve justo a tiempo de mirar como el anciano mago me miraba por encima de sus gafas, uniendo sus delgados dedos a la altura de su barbilla. – Y esas leyendas hablan de un treceavo elegido.

- Ha hecho usted los deberes señorita Granger. – Sonrió, haciéndome enrojecer. – Lo que dice usted es cierto. No es la primera vez. En su día, Alea Aurea escogió a trece elegidos. Aunque mi memoria es más frágil de lo que reconocería, y como ya os he dicho, la sala se presenta con un claro fin, y esta vez os toca descubrirlo a vosotros. – El fénix, volvió a presentarse en la sala, apareciendo por uno de los ventanales. Seguido de su llegada, un tímido golpe repiqueteó en la puerta. – Bien hecho Fawkes. Adelante.

Me giré para ver quien entraba por aquella puerta, sorprendiéndome al ver al nuevo profesor de Defensa Contra Las Artes Oscuras.

- Bienvenido Eugene, por favor, pasa. – Dijo Dumbledore en tono afable mientras hacía un gesto con su mano. – Os presento al jefe de vuestra sala común. – Un montón de reclamos de dudas se escucharon en la estancia. – Ya sabéis que no siempre puedo asegurar mi estancia en este castillo, así que Eugene se encargará de ayudaros en cualquier momento que tengáis dudas.

- ¿Sala común? – Preguntó Ron no pudiendo resistir la duda que ahora pesaba en todas nuestras cabezas.

- Sí señor Weasley. Os hago saber que vuestras pertenencias se encuentran en ella. Alea Aurea os hará pasar a vuestros respectivos dormitorios de alguna forma. – Rió, como si aquello fuera una broma privada. – Mantenme informado. – Le dijo a Eugene, quien también parecía encontrarlo divertido. – Siempre me fascina saber su modus operandi. – Se levantó del asiento muy solemnemente. – Y ahora, ya pueden ir a emprender su aventura.

- Pero, profesor… - Intenté decir, quedándome atrás en aquel pelotón de alumnos que se veían arrollados por las palabras o las indicaciones que el director de Hogwarts les estaba dando.

- Recuerden – Dijo antes de que algunos alumnos salieran por la puerta, ahora animados también por Eugene. De alguna forma u otra, sabía que aquel discurso se había acabado y que nadie podía sonsacar más información. - Aunque cuestionables, los senderos de Alea Aurea os conducirán al lugar correcto. – Y diciendo esto, volvió a tomar asiento, prestando atención a un montón de cartas. – Buen trabajo, Abraham- dijo Dumbledore levantando la vista del montón de papeles, dirigiéndose a la única persona que permanecía en la sala.

- Oh, Albus, sabes de sobra que prefiero que me llames Eugene.- Se escuchó una suave risa, aunque yo estaba de espaldas, justo a punto de traspasar el umbral de la puerta.

Quise quedarme a escuchar la conversación, y de paso, preguntar hasta quedar saciada de dudas, pero aquello era interrumpir la intimidad del mismo director de Hogwarts, así que me vi obligada a cerrar la puerta tras de mí y bajar las escaleras con resignación

- ¿Qué es todo eso de "Sala Común"? – Pregunté a Harry y a Ron, las dos personas más cercanas en aquel momento.

Pero nadie me respondió, porque al acabar las escaleras de caracol, nos esperaba Filch custodiado por su querida gata, la señora Norris. El conserje era hombre de pocas palabras y con un rudo gesto nos indicó que le siguiéramos. Harry y Ron no dijeron nada durante todo el camino. Ginny, entre susurros, me absorbía a preguntas. Yo intentaba contestarlas lo más sinceramente que podía, pero había un vacío temporal entre mi paseo por las afueras del castillo y la aparición en el despacho de Dumbledore. Por lo que respecta a los demás, Luna iba a mi lado, dando pequeños saltitos de alegría, mirando a todos lados. Neville intentaba entablar conversación con tres chicas de Ravenclaw. Encabezando el grupo iban los Hufflepuff y di por supuesto que detrás de mí estaban los dos Slytherins.

- ¿No te acuerdas de nada? – Me susurró Ginny mientras subíamos las escaleras que nos conducían a la quinta planta.

- Solo de un montón de estanterías y… - "Y de Draco Malfoy" es lo que tendría que haber dicho, pero no me atrevía a decirlo en voz alta. - …y de nada más.

- ¿En serio? – Preguntó Ginny, agachando un poco su cabeza para no ser descubierta por el conserje. – Pues Harry y Ron han pillado un buen mosqueo.

- ¿Qué? – Exclamé demasiado alto. - ¿Por qué?

- No podrás negar que tu aparición por Alea Aurea, a la hora de la comida, y junto al rey de los Slytherins, es un tanto… Extraña. – Se encogió de hombros. – Todo el colegio estaba en el Gran Comedor en ese instante, y ¡bum!, vuestros nombres aparecieron al mismo tiempo.

- Pero… - Quise reclamar.

- Y la gente sabe que es porque entrasteis juntos. – Echó la vista hacia atrás, vigilando al chico rubio. - ¿Cómo?

- No lo sé. – Dije intentando recordar. Me froté la sien con la mano, y di un respingo de dolor. – Solo sé que me duele barbaridad esta mano, además de la cabeza.

- ¿De verdad que no puedes recordar absolutamente nada? – Volvió a preguntar, esta vez más interesada.

- No, y no sé por qué tendríamos que haber entrado juntos. Es totalmente ilógico. – Sentencié.

- Pues porque Harry y yo entramos juntos, y nuestros nombres aparecieron a la misma vez. Todo el colegio lo sabe y ahora es imposible negar que vosotros lo hayáis hecho. – Me miró de reojo, esquivando la mirada de Filch, que empezaba a sospechar de nosotras como las alborotadoras. – Y creo que el único que lo sabe es Malfoy, así que mejor cuanto antes se lo saques.

- ¿Y que se supone que le tengo que preguntar? – La única chica de la familia Weasley me miró con cara de pocos amigos. - "Hey Malfoy, refréscame la memoria!" – Ironicé, tratando de decirle en pocas palabras que aquello no se me daba bien.

- No te preocupes, ya se nos ocurrirá alguna manera de hacerle hablar. – Y calló, viendo que todo el mundo paraba de andar.

Cuando me quise dar cuenta, Filch se estaba alejando, y nos había dejado cerca del baño de los prefectos. No entendía nada.

- ¿Dónde tenemos que ir ahora? – Preguntó una Ravenclaw, era rubia con el pelo rizado, había estado todo el camino al lado de Neville y Luna.

- Parece ser que Filch nos ha dejado aquí intencionadamente. – Le contestó Harry amablemente. Sonrió un poco y se giró, intentando averiguar algo. – Tendremos que averiguarlo nosotros mismos.

- ¡Hey! – Exclamó uno de los chicos que habían ido delante de nosotros. Era muy alto y delgado, y aunque no tenía el pelo muy largo, unos grandes tirabuzones le nacían de su castaña cabellera, haciendo que algunos cayeran por su frente.

El muchacho, a quien creía reconocer como Mika Footman, presenciaba a la par que nosotros, como más allá del baño de los prefectos, se formaba una elegante puerta, decorada con lujosos detalles de oro. Tardó unos segundos en aparecer por completo, ya que era doble y realmente alta. Cuando estaba formada por completo, una de sus puertas se abrió, invitándonos a pasar. Footman, que seguía siendo el alumno más cercano a la puerta, miró hacia atrás, contemplando que el asombro era compartido. Tragó saliva y se adentró en el aula, seguido de su compañero de casa Mike Chang. Harry y Ron siguieron después, y yo me adentré tras ellos, acompañada por Ginny y Luna. Detrás de mí, todos los alumnos entraron con normalidad, dando por supuesto que aquel era el lugar que habíamos estado buscando.

Me encontraba en medio de una brutalmente espaciosa sala circular, decorada con un gusto más que exquisito, pues todo parecía material de lujo. Una chimenea era rodeada por un montón de sillones tapizados en una tela parecida al tapiz que había estado ondeando encima de la mesa de los profesores semanas atrás en el Gran Comedor. Y al decir verdad, casi todo parecía acabado con aquel tono dorado: las sillas que rodeaban las mesas, los marcos de los cuadros, el asiento del gran ventanal con vistas al lago, incluso las escaleras que subían a lo que creía que serían los dormitorios. Todo tenía ese toque dorado que parecía emitir destellos. Pero lo que más me llamaba la atención era un reloj de madera, que se erguía encima de la chimenea, ahora, misteriosamente encendida. Y me llamaba la atención por dos razones: una, y la más lógica, era que su aspecto parecía no encajar con el resto de los muebles, pues era bastante viejo a la vez que peculiar. No seguía la línea de elegancia y sofisticación, era demasiado humilde, modesto a la vez que espléndido. A simple vista podía decirse que alguien se había entretenido tallando las miles de tuercas que formaban la madera que lo rodeaba, quedando el reloj en medio de todas ellas. Dos péndulos colgaban, manteniéndose a centímetros del mármol que era la chimenea. Y todo estaría en orden si no fuera por la segunda razón por la cual aquel objeto parecía fuera de serie. Aquel reloj solo constaba de una aguja, alzada donde debería estar el número doce. Pero tampoco contaba de números, ni siquiera de las pequeñas señales que ahora se acostumbraba a poner a los relojes modernos.

- ¡Wooooho! – Gritó alguien, sacándome de mi ensimismamiento por aquel elemento de la sala. – ¡Esto es enorme!

- ¡Mira esto! – Gritó el muchacho que había entrado primero. – ¡Comunica con el baño de los prefectos!

- ¡No me lo puedo creer tío! – Dijo un chico asiático, con pelo liso y castaño, cortado a capas. Era sin duda Mike Chang, de Hufflepuff. - ¡Somos los reyes!

- ¡Somos los reyes! – Repitió Mika, agachándose un poco para propinar un sonoro abrazo a su compañero. Se dieron algunos manotazos en la espalda, se separaron y volvieron a revolver todo por aquel sitio, recordándome fervientemente a los gemelos Weasley.

Avancé por las escaleras, dando por supuesto que era allí donde me encontraría los dormitorios. Todo el mundo estaba muy emocionado, y yo no podía salir del asombro. Además aquel dolor de cabeza seguía acompañándome, y no tenía muchas ganas de estar allí en ese momento, menos aún sabiendo lo que sabía de aquel lugar: nada.

- ¡Cuidado! – Giré mi cabeza alertada por la advertencia que había soltado Harry. Y lo hice a tiempo de ver como una melena lisa, de color platino, desaparecía por un muro. Como si la pared la hubiera absorbido. ¿No era aquella que había entrado, la chica de Ravenclaw? Stefani Tranter si la memoria no me fallaba.

- ¿Qué ha sido eso? – Dijo Ron, con la voz aguda por la sorpresa.

Pero no fue la única que traspasó un muro, pues todo el mundo lo hacía. ¿Qué era eso? ¿Qué estaba pasando?

- ¿Cómo has hecho eso? – Le pregunté a Luna de repente, viendo que salía del trozo de muro por el que había entrado.

- ¿El qué? – Dijo, sonriéndome.

- Traspasar… ese muro. – Señalé con la cabeza.

- Es una puerta, Hermione. – Me contestó algo risueña. – Hay una puerta.

- Yo no veo… ninguna… - Intenté pronunciar, mientras veía a una chica pelirroja traspasar el mismo muro. – Pe-Pero…

Nott, al otro lado, entraba también por un trozo de muro, al igual que la entusiasta pareja que formaban Mike y Mika lo hacían un poco más allá de donde yo me encontraba. No entendía nada, pues la única puerta que yo veía estaba arrinconada a la derecha, al borde de la pequeña sala contigua a las escaleras. Me dirigí hacia ella y cuando la crucé me quedé fascinada por lo que vi.

Aquello era enorme, y estaba lleno de estanterías, que se encargaban de cubrir las paredes, haciendo excepción en una de ellas, que era el lugar para una gran ventana vistas a los exteriores de Hogwarts. La ventana era tan profunda, que entre la pared y los vidrios, había un espacioso hueco, cubierto por un montón de cojines de tonalidades violeta. También había un amplio escritorio, lleno de cajones y utensilios escolares. Rodeando aquel sinfín de muebles, estaba una cama con dosel, y a sus pies, y como respuesta inmediata a sus dudas, estaba mi baúl y muchos objetos que reconocía como propios. Y un poco más apartado de aquello, una coqueta adornada con un espejo que me ofreció mi reflejo.

- Estoy horrible. – Me dije a mi misma, llevándome las manos a las mejillas. Tenía la cara algo pálida y mi pelo estaba más revuelto que lo de costumbre.

Pero enseguida me fijé en la sombra que apareció por la cortina que delimitaba aquella peculiar estancia gracias al reflejo que el espejo me propinaba. No me había dado cuenta, pero solo había tres paredes, y en lo que tenía que ser la cuarta, había una fina cortina de seda, que ahora reflejaba una esbelta sombra que se movía con lentitud. Con algo de duda me vi en la obligación de saber quién era el que estaba allí, deseando que fueran Harry o Ron, ya que mientras más me acercaba, más sospechaba que aquella sólo podía ser la sombra de un hombre.

Me fui a la esquina de mi nueva habitación, estiré la punta de los dedos para poder coger la delicada tela con las manos, y observar con cautela quién era aquel inquilino. Pero mi sorpresa fue mayor cuando no llegué a tocar la cortina antes de que esta se moviera sola.

- ¿¡Granger!? – Dijo una voz a escasos centímetros de mí. Me volví hacia atrás. – Esto tiene que ser una jodida broma.

- ¿Qué haces tú aquí? – Le pregunté a Draco Malfoy. Me devolvía la mirada extrañado, escudriñando mi lugar, a la vez que yo escudriñaba lo que había detrás de aquella cortina. Pero solo pude ver atisbos de muebles lacados en negra y cosas de terciopelo verdes, antes de que el inquilino de la habitación de al lado volviera a hablar.

- Dime que no duermes aquí Granger. – Murmuró el Slytherin.

- Lo siento mucho, pero no voy a satisfacer a tus ruegos. – Contesté, molestándome por completo, girándome bruscamente y volviendo por la puerta por la que había entrado, dejando a Malfoy aún con la cortina en la mano.

Salí enfadada conmigo misma y con lo que fuera que era aquella artimaña. ¿Sería verdad que tendría que compartir mi habitación con el estúpido y engreído de Draco Malfoy? ¿Podría ser todo aquello una gran broma? Al menos, y por lo que yo sabía, teníamos dos puertas diferentes, aunque compartíamos el mismo espacio separado por una cortina, no todo lo opaca que yo hubiera querido.

- ¿Cómo has hecho eso? – Dijo la voz de Ron. - ¿Por qué todo el mundo lo hace?

- ¿Hacer qué? – Pregunté, mirando a mí alrededor. Todos habían salido de sus respectivas habitaciones, y me miraban atónitos.

- ¡Traspasar ese muro! – Señaló el pelirrojo.

- ¡Es una puerta! – Dije señalándola, viéndola con mis propios ojos.

- ¡Ahí solo hay un muro! – Exclamó Ron, mirándome con cara extrañada.

Y antes de que nadie más pudiera decir nada, Malfoy salió por un trozo de muro al lado de mi puerta, mirándonos a todos con cara de asco.

- ¡¿Por qué la sanguijuela también puede hacerlo?! – Preguntó Ron, ahora más molesto.

Pero la pregunta se contestó a sí misma, porque de repente, de donde yo había visto muros, aparecieron puertas. Y de forma automática me di cuenta de que aquella había sido la artimaña usada por Alea Aurea para hacernos pasar por nuestros respectivos dormitorios.

- ¡Chicos! – Advertí entendiéndolo todo. – ¡Esto es de lo que hablaba Dumbledore!

- Alea nos ha enseñado el camino sin nosotros saberlo, ¿verdad? – Dijo Luna de repente, sonriendo ante la pequeña reunión que habíamos formado en el rellano de las escaleras.

- Eso parece. – Le contestó Harry.

- ¡Me encanta esto! – Exclamó Mike Chang, más ilusionado si cabe que antes.

Todos los demás que ya habían salido de sus habitaciones se acercaron donde estábamos nosotros, como si se hubiera formado una pequeña reunión. Observé como Malfoy se alejaba y se sentaba de cualquier manera en uno de los sofás cerca de la chimenea. Nott le siguió sentándose al otro lado e inclinando la cabeza hablaba con él en susurros. Me pregunté cómo se sentirían dos Slytherins como ellos en aquél lugar.

- ¿Tú qué crees Hermione?- La cara sonriente de Luna me despertó de mi trance. Había estado tan absorta mirando a Malfoy que no me había enterado de la conversación. Volví la vista y vi como todos me miraban expectantes a mi respuesta.

- Esto… yo…

- ¿Tú también crees que las puertas que veíamos sólo nosotros eran nuestras habitaciones, y además con quién vamos a compartirlas durante nuestra estancia en Alea Aurea? – Repitió Luna ayudándome.

- ¡Sí, claro!- Contesté un poco más efusiva de lo normal. La miré y le sonreí agradecida. – Además mis pertenencias estaban ya allí.

- ¡Genial!- Gritaron a la vez Footman y Chang chocando los cinco.

- Pues en nuestra habitación somos bastantes – Añadió Harry- Y además es mixto.- Miró hacia Ginny haciendo que esta sonriera con timidez.

- En la nuestra somos sólo tres – Dijo Luna ajena a las miradas de Harry y Ginny. – Stefani y el chico de Slytherin, Nott.

- ¿Y tú con quien estás, Hermione? - Me preguntó Ginny haciendo que todos dirigieran su atención a mí. Tragué saliva. ¿Cómo se lo tomarían Harry y Ron cuando se enteraran?

Me quedé en silencio, pues mis palabras no querían salir de mi garganta. Se habían estancado en mi boca, y solo pude mirar a Ginny con expresión de socorro, intentando que la pelirroja comprendiera que aquella no había sido la mejor pregunta, y menos en aquella ocasión.

Pero alguien que no era Ginny me devolvía la mirada con el fervor que sólo puede contener un enfado, o una decepción. Ron se había dado cuenta, o eso era lo que yo creía. Me miraba mientras apretaba sus puños y todos los músculos de su cara se tensaban en una mueca de desafío.

- Yo…- Dije más para Ron que para Ginny.

- No te esfuerces. – Murmuró Ron. - Ya lo sé.

- Pero yo no he decidido nada de esto… Yo no sé… - Intenté explicarme, dubitativa en la tentativa de hacerme entender.

Se escuchó el crujir de un sofá cercano, y Malfoy tomó parte de la historia. Lo que faltaba. Estaba seguro que a Ron le faltaba un aliento para saltar encima del Slytherin y arrancarse a puñetazos.

- ¿Qué comadreja?, ¿celoso de que vaya a compartir cama con ella antes que tú? – Se mofó Malfoy con su habitual sonrisa despectiva. Yo me sentí humillada y me enfadé enseguida. ¿Qué era eso de compartir cama? ¿Qué se creía ese estúpido de Malfoy?

Ron enrojeció hasta las orejas y temí que se lanzara contra Malfoy. Pero para sorpresa mía, y de todos los presentes, no sólo no contrarrestó con ofensas verbales sino que además se giró dirigiéndose hacia lo que supuse sería su nueva habitación. Y de un portazo acalló todas mis dudas. Estaba enfadado.

Todos nos quedamos callados sin saber cómo reaccionar en ese momento. Pero Harry, siempre pendiente de su amigo, re anduvo los pasos de Ron y se metió en la misma habitación, cerrando la puerta a su paso. Sentí un montón de miradas puestas en mí, pero yo agaché la cabeza ignorando a todas. El comportamiento de Ron me había dolido. ¿Por qué había actuado de esa manera? ¿Por qué estaba enfadado conmigo, si todo había sido idea de una estúpida sala que hacía las cosas a su antojo? Cerré los ojos conteniendo las ganas de llorar. Desde que Alea Aurea había decidido ponerme en su lista de elegidos todo estaba yendo de mal en peor. Y para colmo tenía que compartir habitación con el desagradable de Draco Malfoy. ¿Había algo peor que eso?


¡Hola a todos! Lili actualizando :)

¡Nos alegra saber que mucha gente se queda con nosotras en Alea Aurea! Cada día somos más y ya sabéis, cuanta más gente más diversión ;) Gracias por todos vuestros reviews maravillosos y nos encanta que nos contéis vuestras teorías de lo que va a pasar, ¡es muy emocionante! Por cierto SALESIA, ¡muchas gracias por tus comentarios! No teníamos manera de comunicarnos contigo, por eso te lo agradecemos por aquí :)

Volviendo al capítulo, ¿os esperabais así la sala común de Alea? Se va conociendo un poco más de toda esta sala, que creedme, dará mucho de que hablar :) ¿Os gusta Eugene? Como veis es el jefe de Alea Aurea, por lo que le veremos más por ahí :)

Otra cosa aparte, nos ha sorprendido la aversión hacia Ron en muchos de los reviews. Ron es un personaje al que le tenemos mucho cariño, y sabemos que es un poco bocazas, pero tiene buen corazón. Pero intentad comprenderle, le han metido con su archienemigo en una sala, yo la verdad no estaría muy contenta =P

Cada vez que nos escribís dejando un review, nos escribimos la una a lo otra emocionadas: "¡Un nuevo review!" Así que si queréis que vayamos como locas buscandonos por las redes sociales, escribid un review ;) ¿Qué mejor que hacer feliz a dos chicas a la misma vez?

Esto es un poco off topic, pero me hacía mucha ilusión compartirlo con vosotros. En Diciembre me examiné del First Certificate en inglés, esta semana me dieron los resultados y, ¡he aprobado! :D Estoy muy contenta, porque es algo que deseaba tener desde hace mucho :) Así que ahora, directa a por el Advanced ;).

Y sin más, un besito enorme y ¡Nos vemos en la sala común más dorada de Hogwarts! ;)

*se va haciendo la croqueta mientras piensa si tiene suerte y se encuentra a Draco por el camino*