Lo que te conté mientras te hacías la dormida.

Después de haberme quedado estática como si me hubieran congelado, probablemente más de lo que yo creía, fui acogida por Luna y Ginny, que me hicieron bajar las escaleras hasta la sala común y me acompañaron hasta el Gran Comedor, porque, por lo visto, había pasado toda la tarde y era la hora de la cena.

No quería darme un baño de multitudes aunque aquello resultara imposible. Todo el mundo me preguntaba cosas que ni siquiera yo sabía, porque aún no había tenido tiempo de preguntarle al cabeza hueca de Malfoy, a quien ahora mismo, lo quería tener lo más lejos posible de mi presencia. El susodicho se movía pavoneándose en la mesa de Slytherin, y mirándolo por el rabillo del ojo, creí odiarlo más que nunca.

Por lo que respecta al tema Ron, no volvió a dirigirme la palabra en toda la noche. Eran muchas las ocasiones en las que nuestras miradas se cruzaban, pero él se daba prisa en apartar sus ojos, fijándolos de nuevo en el plato. Harry y Ginny, como siempre, se encontraban en un intermedio prudencial, siendo Harry el escudo de Ron y Ginny el mío propio.

Las cosas parecían no avanzar y yo cada vez me replanteaba más si todo aquello era un plan bizarro de algún enemigo común, pues no veía lógica alguna en los hechos sucedidos. Sabía de sobra que no había ningún año tranquilo en Hogwarts y menos en los tiempos que corrían, donde la venidera guerra casi podía olerse. Pero ¿Hasta que punto tendrían que llegar? ¿Qué necesidad tenía de estar en medio de todo aquello? Estaba más molesta que irritada, pero más confundida que molesta. Y así procedían las sensaciones, vacilando incluso entre ellas mismas, pues tampoco sabía lo que sentir.

Ginny me acarició el hombro, viendo que había estado removiendo la comida y esquivando las preguntas de Seamus y Dean durante todo el rato que habíamos estado allí.

- ¿Qué te parece si estrenamos la sala común? – Me dijo sonriendo. – Una buena charla de chicas, ¿qué me dices?

Sonreí un poco, dándome cuenta de que no estaba completamente sola y que Ginny me entendía probablemente mejor que ninguno de los asociados a Alea Aurea. Así fue como nos retiramos de la mesa, dejando a Dean en pleno interrogatorio.

- ¿Es verdad que te aliaste con Draco Malfoy para entrar a la sala? – Preguntó aún viendo que me levantaba de mi asiento.

- No te molestes en preguntar Dean. - Dijo una muchacha unos asientos más allá. La miré de soslayo, iba rodeada de un par de chicas más, menores que yo. Supe instantáneamente que aquella era la cabecilla de un grupito de apoyo y admiración al profesor de Defensa Contra Las Artes Oscuras, y que por ende, yo no le caía demasiado bien. No solo me lo había dejado claro durante la materia que impartía este profesor, si no que se había encargado de hacer campaña en mi contra. Recordaba demasiado bien como infravaloró mis aptitudes, antes de salir volando de la sala de Gryffindor aquella mañana, dedicándome una sonora burla delante de todos los alumnos. – Los rumores dicen que ni siquiera Hermione sabe como entró a la sala.

- Los rumores dicen que te calles. – Dijo Ginny apoyando las dos palmas en la mesa, flexionando un poco sus codos, lo justo para quedar a la altura de las Gryffindors que seguían cuchicheando y riéndose en sus asientos. – Vámonos.

Y así lo hicimos, aunque en un silencio que ninguna de las dos se atrevió a romper, pues yo estaba aún barajando posibilidades de cómo pude haber llegado a Alea Aurea y Ginny estaba apretando los puños con el rostro colorado del enfado, al igual que solía hacer su hermano, quien ahora parecía odiarme tanto como yo odiaba a Malfoy. Aunque no estábamos demasiado familiarizadas con la entrada de nuestra nueva sala común, fue fácil encontrarla, pues enseguida la puerta se mostró mientras dejábamos atrás la puerta del baño de los prefectos.

La madera crepitaba, siendo el fuego la única fuente de luz de Alea Aurea. Encontramos una melena rubia y rizada, leyendo el Quisquilloso. Luna nos miró con las lentes puestas por encima de la publicación de su padre.

- Hola chicas. – Susurró apartando la revista de su campo de visión. - Veo que tampoco habéis tardado en subir.

- Sí… - Dije hundiéndome en el sillón que quedaba enfrente del de la Ravenclaw. – No tengo ni el ánimo ni las fuerzas para rodearme de tanta gente ahora.

- Vaya, ¿qué te pasa, Hermione? – Luna puso el Quisquilloso encima de la mesita que separaba los sofás y quitándose las gafas me miró con preocupación.

- Hay un par de estúpidas fanáticas del nuevo profesor. – Afirmó Ginny sentándose con brusquedad al lado de la rubia. – No las soporto. Vienen conmigo a clase y son unas cotorras que solo saben batir sus pestañas y suspirar sonoramente.

- Entiendo. – Luna me miró con sus cejas alzadas. – La verdad es que el profesor Eugene parece muy interesado en ti.

- ¿En mi? – Pregunté, mirándola con el mismo asombro con el que me contemplaba.

- Sí. – Sonrió. – No apartó los ojos de ti en el despacho de Dumbledore.

- ¿Estas segura? – Murmuré dubitativa. - Yo creo que simplemente siente un vínculo al saber que mis padres también son muggl

- Ese no es el problema. – Me interrumpió Ginny. – A parte de que medio Hogwarts nos tiene en el punto de mira para crujirnos a preguntas, mi hermano mantiene esa actitud estúpida. Y el idiota de Harry le sigue.

- No entiendo porque Ron tiene que enfadarse conmigo. – Afirmé despojándome de mis zapatillas y posicionando mis pies en el sofá, abrazando mis rodillas en el gesto. – No he hecho nada… que yo recuerde.

- ¡Ah! Y ese es el colmo. – Espetó la pelirroja, dando una fuerte palmada. - ¿Cómo ha conseguido Hermione entrar a Alea Aurea?

- ¿No lo sabes? – Me preguntó Luna, centrando nuevamente la atención en mí. – Ron gritó mucho cuando se dio cuenta. Bueno, todos gritaron. Fue más sorprendente que la vez que a mi padre le picó un nargle en el trasero.

Tras un segundo de silencio, las tres empezamos a reírnos a la par, encontrando aquella comparación más graciosa de lo que era. Tal vez fuera el cansancio, la confusión o el hecho de que quería olvidarme de todo lo anterior, pero empecé a reír sin preocupación, sin contención. Luna contó la historia completa y aunque no tenía ni pies ni cabeza, comenzamos una retahíla de anécdotas graciosas familiares, llevándonos una a la otra y pasando el rato en el que tendríamos que haber estado en el Gran Comedor. Pronto llegó Neville, y se unió con unas peculiares historias sobre su abuela.

- …así que el sombrero decidió salir volando de la cabeza de mi abuela. – Puntualizó emitiendo una sonora carcajada al tiempo que escuchamos unos pasos.

Todos dirigimos las miradas hacia allí y un tímido grupo de chicos se plantaron en el umbral de la entrada, mirando con curiosidad hacia los sillones en los que nos encontrábamos.

- ¡Hola! – Dijo Luna, levantando la cabeza por encima de sofá. – ¡Sentaros con nosotros! Así nos conoceremos mejor. – Añadió con un gesto que enmarcaba su aire infantil.

Y así fue como de ser cuatro Gryffindors, pasamos a ser un consolidado grupo de alumnos de Hogwarts. Para cortar el hielo, Ginny contó alguna anécdota de sus inicios en Hogwarts, siguiéndole Neville hablando del boggart con el que se tuvo que enfrentar en tercero, y como este se transformó en su profesión de Pociones, pero con la estética de su querida abuela. Harry y Ron llegaron más tarde, y sin decir nada, Ron se sentó en el sillón más alejado a mí.

- Pues yo en segundo reventé un caldero. – Añadió Mike Chang. – Llenó las mazmorras de un olor fétido que no se fue en una semana. Creedme, la cara que se le quedó a Snape es mejor que cualquier entrada en palco al mundial de Quidditch.

- Eso nunca superara al libro que encanté para que gritara cada vez que alguien lo abría delante de un profesor. – Dijo Mika, retorciéndose en una carcajada.

- ¿De verdad, tío? – Dijo Mike, completamente asombrado.

- De verdad de la buena. – Aseguró, alzando la mano para pedir un "choca esos cinco".

Estaban tan unidos como el mismo Harry y Ron, que ahora mismo parecían haber encontrado unos aliados secretos en su cruzada por dejar de dar pociones como asignatura obligada. Me parecían un curioso par que hubieran encajado de perlas con los gemelos Weasley.

- ¿Cómo entrasteis? – Dijo Mika para todos. – A la sala me refiero… ¿Cómo fue… cómo fue vuestra entrada?

- Ummm… Yo huía de Filch. – Aclaró Mike, sin ningún tipo de tapujos. – Su gata me llevaba siguiendo desde el tercer piso.

- ¡Hey tío, yo también! – Exclamó Mika, haciendo de nuevo que estos dos chocaran sus palmas.

- Yo me confundí. – Añadió Neville, siguiendo el orden del círculo que parecíamos formar alrededor de la pequeña mesa que estaba frente a la chimenea. – Me dejé a mi mascota en el aula nueva, y cuando volví, Trebor estaba allí, en una nueva jaula, aunque aquello era una sala totalmente nueva… ¡Y llena de libros de Herbología!

- Creí escuchar a mi hermano. – Dijo Ginny con desdén. – Y como Harry y yo llevábamos buscándolo mucho tiempo, simplemente abrí la puerta y arrastré a Harry adentro, pensando que mi hermano estaba allí. Lo que no resultó ser cierto.

- Yo no tengo la culpa. – Admitió Ron, abriendo la boca por primera vez. – Además, me metí también sin querer,… - Se aclaró la garganta, y me dispuse a escuchar su historia por primera vez. – Venía del despacho de Snape, porque tenía que cumplir un castigo. Y bueno, tenía tanta hambre…

- ¿Qué…? – Animó Ginny viendo que su hermano se estancaba en el relato.

- Que intenté buscar las cocinas. – Admitió mirándose los pies. – Fred y George me habían dicho que eran fáciles de encontrar… Que con solo seguir mi olfato me daría de bruces con ellas. – Se puso colorado y tragó saliva, mirando las caras de los presentes.

- Sorprendente, Ron. – Se rió Harry, haciendo que el pelirrojo le diera un leve codazo y se cruzara de brazos hundiendo su espalda en el mullido sofá dorado.

- Yo entré con Phoebe. – Dijo la Ravenclaw que había visto hablar con Neville durante el camino del despacho a Sala Común. Elizabeth Smith lucía unos tirabuzones dorados le caían por los costados hasta la mitad de su espalda, y sus ojos eran igual de verdes que los del mismo Harry.

- Bueno… más bien te hice entrar. – Admitió la aludida removiéndose en el asiento, poniéndose tan roja como lo había hecho Ron hacía unos segundos. Y de no ser porque conocía a la familia Weasley al completo, podría haber dicho que aquella Ravenclaw, Phoebe Tyler, era una de ellos, pues lucía una pelirroja melena lisa que le llegaba hasta al final de su espalda, y un flequillo recto quedaba justo por encima de sus ojos. – La verdad es que nos seguía una rata…

- Una rata enorme. – Aclaró Elizabeth, la muchacha del cabello dorado.

- Y corría mucho. Así que huimos de ella. – Añadió la pelirroja encogiéndose de hombros.

- No has contado la parte en la que quise hacerte entrar en un aula para poder esquivarla. - Dijo Elizabeth, dándole un mini codazo mientras una sonrisa pícara asomaba por su rostro, haciendo que Phoebe se pusiera mucho más roja de lo que estaba.

- Bueno… - La pelirroja juntó sus dedos índices y mirándolos fijamente empezó a relatar. – La verdad es que quisimos meternos en una aula de la que justo estaban saliendo un par de alumnos… - Tragó saliva. – Pero había una araña enorme en la entrada.

- Así que salió disparada para la dirección contraria. – Terminó Elizabeth riéndose de su propia historia. – Así fue nuestra heroica entrada.

- No me gustan las arañas. – Murmuró Phoebe, aún muy concentrada en juntar las yemas de sus dedos índices.

- Yo las odio. – Afirmó Ron, haciendo que la muchacha pelirroja le mirara fijamente.

Ambos se pusieron colorados cuando sus miradas se cruzaron y Ginny, que estaba próxima a la escena, alzó las cejas expectante, descubriendo que su hermano no solo se ponía rojo en los momentos de enfado.

- Yo leía la revista de mi padre… - Aclaró Luna con su vocecilla que casi parecía un susurro. – Y entré en Alea Aurea sin darme cuenta, porque intentaba descifrar el mensaje que mi padre me había puesto.

- Yo… Estaba leyendo apoyada en un muro… - Dijo una chica muy menudita, con el pelo tan rubio como el mismo Lucius Malfoy y un flequillo que quedaba justo encima de sus ojos. Algunos bucles se formaban al final de su melena que llegaba justo a su cintura. – Y caí hacia atrás. – Se puso un poco colorada y Luna le puso una mano en el hombro tratando de mostrar compresión. – Seguramente apareció en aquel momento y me caí de espaldas…

Se hizo un pequeño silencio algo inquietante, era el momento en el que yo dijera algo, pero no sabía que añadir. Tenía que improvisar, decir algo convincente que no me metiera en más líos y que solucionara un poco las cosas. Algo lo suficientemente bueno que…

- Hola. – Dijo Theodore Nott, sacándome de mis pensamientos bruscamente.

Los dos Slytherins habían llegado justo en aquel momento. Yo los miraba embobada, pues no me había casi ni dado cuenta que habían entrado, es más, Nott ya se sentaba al lado de Luna mientras ella le contaba lo que habíamos estado hablando y le resumía algunas cuantas cosas. La verdad es que no conocía a Theodore demasiado, pero me parecía alguien amable, aunque muy reservado. Malfoy se sentó en el lado contrario en el que estaba Harry y Ron, en uno de los sillones que quedaban más alejados, a la derecha de la chimenea, cerca de donde Theodore se había sentado. Me extrañaba que Malfoy accediera tan dócilmente a unirse a la improvisada reunión que habíamos creado. No dijo nada, simplemente se sentó con su altanería reconocida y se dedicó a observar. Yo me recogí más las rodillas en aquel sillón uniplaza.

- Bueno… - Dijo Nott, sonriendo. – Yo estaba buscando un aula vacía. Draco me había dicho que había algunas en la quinta planta… - Miró a Malfoy, quien seguía impasible. – Y evidentemente, me equivoqué.

Una pequeña carcajada acompañada por un encogimiento de hombros decoró el ambiente. Estaba bastante estupefacta, pues Nott me pareció un muchacho bastante natural y resuelto, aunque muy envuelto en esa especie de misterio que también parecía envolver a Malfoy. Además, que lo hubiera llamado Draco denotaba una confianza que ninguno de los presentes tenía. Lo había explicado con tanta sencillez y espontaneidad que se me hizo más raro de lo normal.

- ¿Y tú cómo entraste? – Preguntó Luna a Malfoy, haciéndome abrir los ojos desproporcionadamente. Sabía que la Ravenclaw poseía una extraña franqueza y sinceridad, con aquel toque de dulzura que parecía darle a todo lo que decía. Pero preguntarle algo tan abiertamente a Malfoy y que te contestara por voluntad propia, era bastante improbable.

- No me acuerdo. – Respondió el Slytherin mirando a un punto fijo en el fuego.

- Vaya… - Murmuró Luna. – Estas igual que Hermione.

Y esa conclusión de Luna fue para mi como un jarro de agua helada, haciendo que incluso incorporara un poco mi espalda y aflojara el agarre que tenía en mis rodillas, viéndome de repente desprevenida y muy vulnerable. Me preparé mentalmente y en pocos segundos para que Malfoy empezara a soltar sus ya conocidos adjetivos despectivos a mi persona, mirándole de reojo.

Pero ese momento no llegó, porque sus ojos dieron con los míos, y los reconocí como aquellos que habían estado asustados horas atrás en la extraña aula repleta de altas estanterías. Ahora me contemplaba sin fruncir el entrecejo, sin contener las palabras, sin apretar la mandíbula ni estrujarse sus puños. Simplemente me miraba directamente a los ojos, haciendo que sujetara más mis rodillas, sabiendo que esta vez teníamos espectadores, haciendo el momento inquietante y algo incómodo. Malfoy pestañeó sus rubias pestañas un par de veces más antes de que me diera cuenta que yo también estaba manteniendo aquella mirada demasiado tiempo. Como si el tiempo se hubiera detenido, comprendí que quizás ese era el momento idóneo para preguntarle el porque de aquel recuerdo borroso en mi mente. Y digo quizás, porque se fugó al resonar el crujir de unos de los sofás, haciéndonos reaccionar, y estando a tiempo de ver como Ron subía por las escaleras que llevaban a los dormitorios, seguido por Harry, que intentaba hacerlo entrar en razón.

- Será mejor que nos vayamos a dormir. – Aclaró Ginny, intentando romper aquel bloque de hielo que había surgido.

La miré con una expresión de estupefacción y me levanté como pude del sofá, moviéndome con rapidez hacia mi dormitorio, cerrando la puerta tras de mi, ahora ya visible para todos.

Sin cambiarme me tumbé boca arriba, contemplando el techo, agudizando mí oído más que nunca, pendiente de si mi compañero de habitación utilizaba su puerta para entrar a la estancia. Miré a la mesita de noche, sin sorprenderme al encontrar todas las cosas dispuestas tal como las había dejado en mi dormitorio de Gryffindor, descubriendo mi despertador, que justo marcaba las doce de la noche. Era muy tarde, sabía que no tardaría en llegar. Y eso me inquietaba tanto como el hecho de desconocer mis propios recuerdos, pues el contacto visual que acababa de mantener, así como la personalidad que tenía Malfoy, eran desconcertantes. Como si de repente su carácter se hubiera suavizado. ¿Podía ser eso cierto? Tan de la noche a la mañana…

Se oyó el picaporte de la puerta moverse, y la luz de la habitación contigua se encendió. Me quedé petrificada en mi posición, sintiendo la incomodidad de la situación. No sabía que tenía que hacer, porque incluso cuando había estado en casa de los Weasley había compartido la habitación con Ginny, así que simplemente me quedé quieta, mirando de reojo a aquella sombra esbelta que se movía con sigilo por la habitación. Me sentí culpable por estar observando en cuanto deduje que se estaba quitando la capa, y giré mi rostro justo al lado contrario, fijándome en las grandes estanterías. ¿Draco Malfoy se estaba cambiando a dos o tres pasos de mí? Qué repulsivo, pensé, aunque mis sentidos decían todo lo contrario, pues Malfoy, aunque no lo reconociera, no dejaba de ser un chico atractivo. Bastante atractivo, para ser exactos.

Me di cuenta de mi conclusión y abrí los ojos de nuevo, más sorprendida de lo que lo había estado en ese día. Vale, tenía que dejar de admitir cosas que no eran ciertas. Malfoy no era atractivo, era un pedante. Y un chulo, un sinvergüenza, un granuja, y además, un presumido. Por no decir lo muy idiota que era.

Pero otro sonido me hizo reaccionar, y me giré por instinto cuando escuché la puerta abrirse, y por las sombras, comprobé como Malfoy salía de la habitación y apagaba la luz. ¿Dónde iba? Eran las doce y cuarto de la noche de un sábado, si lo pillaban por los pasillos podía ganarse un buen castigo. Bueno, eso no tenía que importarme, claro que no, por mi como si Malfoy se iba de fiesta a Hogsmeade.

Tenía que dormir. Eso es lo que debía hacer. Notaba el cansancio en cada uno de los músculos de mi cuerpo, aunque me era muy difícil relajarme, pues mi mente era como un ordenador en pleno proceso, reconociendo y recolectando sensaciones y momentos. Además, tenía que ponerme el pijama, así que me puse a rebuscar en mi baúl y me dispuse a encontrar los baños, que creía haber visto en el rellano de las habitaciones. Me metí por un pasillo que sorprendentemente conducía al baño de los prefectos, y rápidamente me cambié. Podría parecer una tontería, pero quería evitar la posible embarazosa situación de estar cambiándome y que el inquilino de mi habitación entrara, así que allí estaba yo, poniéndome como bien podía el pantalón rosa pastel, y abotonándome la camisa a conjunto. Me gustaba ese pijama, tenía estrellas blancas estampadas por toda la tela, y abrigaba lo suficiente como para que no sintiera en este momento el frío que hacía en los baños. Además, tanto silencio me ponía un poco nerviosa. Salí a prisa de allí, sosteniendo mi ropa a la altura de mi pecho, abrazándola mientras mis piernas se movían con rapidez.

Llegué al rellano de los dormitorios y casi me abalancé sobre mi puerta. Tiré del pomo un par de veces, pensando que se había encallado. Respiré hondo y volví a tirar, sin ningún nuevo resultado. Me quedé mirando la madera, resolviendo mi duda. Tal vez debía decir algún "alohomora" para entrar, aunque no recordaba haber dicho ninguno. Cogí la varita, que estaba entre las ropas y pronuncié el hechizo moviendo la mano al compás.

- Alohomora. – Dije en un susurro. – Alohomora. – Volví a repetir al ver que no surtía efecto alguno.

Aceptando que estaba bloqueada por algo que me impedía entrar, miré de reojo la puerta de Malfoy, pensando que si entraba por allí tan solo tenía que correr la cortina y colarme en mi habitación. Buena idea, pensó una parte de mí. Tan solo debía hacerlo rápidamente, porque una vez adentro nadie podría verme, y me movería con tanto sigilo que ni Malfoy se daría cuenta que había estado allí.

Fui directamente hacia la puerta, sin pensar que estaba haciendo, no siendo consciente de mis actos, y tironeé del pomo, casi rogando que se abriera. Pero la puerta no se abrió, y yo me separé de ella, dando un paso hacia atrás y contemplando mis posibilidades.

Miré las demás puertas, pensando encontrar una especie de explicación. ¿En cual estaba Ginny? Tampoco podía ir tocando a cada una de ellas… Ni entrar sin permiso, siempre y cuando estas estuvieran abiertas.

¿Qué hacía ahora? ¿Y si me iba a mi habitación en Gryffindor? Aunque me podían pillar… Pero era la mejor opción que encontraba.


Seguramente había hecho el ridículo delante de todos en la Sala Común de Alea Aurea por culpa de la estúpida de Granger y las entrometidas preguntas de Lunática. ¿A quién le importaba como coño había entrado? Estaba ahí y punto. Además, en contra de mi voluntad. Y joder, encima tenía que compartir habitación con Granger, ¿Qué más querían?

Me estaba comportando demasiado bien con tal de pasar desapercibido y a Lunática solo se le ocurría preguntarme cosas que no debía preguntar. Estaba claro que no iba a decir la verdad. Aunque me resultó difícil tener que contener que entré con Granger en brazos, solo por ver la cara que pondrían los palurdos de sus amigos. Para más inri, Weasel se fue sin decir nada. Bueno, al menos podía contar aquello como una victoria.

Aunque debía admitir que los ojos de Granger me desarmaron por completo. ¿Qué quería? ¿Qué coño quería de mí, esa sabelotodo? ¿Por qué no podía dejar de mirarla? ¿Por qué quería contarles a todos que había entrado con ella a Alea Aurea? ¿Por qué me sentía tan descontrolado? Esa sala me estaba volviendo loco a cada segundo que pasaba allí, estaba seguro de que manipulaba mi mente. Yo no era así… Estaba casi seguro.

Y el tema de la habitación simplemente quería obviarlo de mi mente. Una cortina era lo único que le separaba de dormir al lado de la marisabidilla. Aún tenía que encajar esa puñalada.

Y por eso me encontraba sentado de cualquier forma en el sillón de la Sala Común. Había dejado la capa en mi cuarto y había vuelto después de haber intentado una huída hacía Slytherin. Resultó ser imposible, pues la sala se había cerrado. Apoyé los codos en las rodillas, llevándome las manos a la cara, intentando buscar una oscuridad en la que pensar.

Pese a que Theo me había estado hablando durante toda la comida, era prácticamente el único al que no le importaba como había accedido a ser uno de los elegidos (al parecer, el número trece según el tapiz), me había estado contando cosas como el porqué de su entrada. Es cierto que yo le dije que había aulas vacías en el quinto piso, pero nunca me había dicho porque las buscaba. Aunque si sabía por fuentes exteriores que Theo había estado intentando encontrar algún sitio con el que estar con su novia, alguna alumna de Hogwarts que desconocía. Tampoco sabía porque tenía que "esconderse". No pregunté. Estaba demasiado ocupado pensando algún plan para explicar el hecho de mi entrada, porque sabía que no podría estar dando excusas siempre, tenía que encontrar una buena explicación y colársela a todo el mundo lo antes posible. Sentía su conversación sin escuchar, así que no me enteré de la mitad. Y luego cuando llegamos a la Sala Común estaban allí todos, observando. Y la estúpida de Granger encogida en un sofá.

Miré a donde había estado sentada y me fijé en el detalle en el que dos pequeñas zapatillas del tipo que solía llevar estaban en el pie del sofá. Eran de un color que dañaba a la vista, demasiado llamativo para poder mirarlo sin tener que parpadear dos veces. Y todos aquellos cordones de colores… Los muggles eran extrañamente raros.

Aún con los codos hincados en mis rodillas y pensando en las posibilidades que tenía de no ser decapitado cuando se destapase mi heroica entrada a Alea Aurea, un ruido casi imperceptible llegó a mis oídos. Era tan inapreciable, tan inaudible, que manteniendo la postura, agudicé mi audición, esperando resolver el misterio. Algo que se movía; sin duda, pues ahora sonaba a mi espalda y en unos segundos estaba atravesando mi lado derecho, justo al lado contrario a donde estaban los dormitorios.

- Alohomora. – Susurró una vocecilla femenina. Fruncí el ceño y miré en aquella dirección, aún agachado, sabiendo que Hermione Granger no se había percatado de mi presencia, dado que el sofá estaba de espaldas al recorrido que había hecho aunque de frente a la chimenea. – ¡Alohomora! Arg, ¿Por qué? ¿Por qué no te abres?

Y diciendo esto, agitó su varita un par de veces. Unos destellos dorados salieron de ella, formando el recorrido que esta hacia al revolver su varita. Era la primera vez que veía ese hechizo, si es que eso era magia. Arqué una ceja observando a la muchacha que pataleaba contra la puerta, intentando empujarla para conseguir que esta se abriera. Llevaba puesto un pijama tan infantil como todo su estilo e iba descalza. Tenía el cabello recogido en una trenza bastante maltrecha, pues los mechones se le salían por todos lados. Creo que era la primera vez que veía a la sangre sucia con el pelo recogido.

- ¡Ábrete! ¡Te lo ordeno! - Amenazó a la puerta con el dedo índice apuntando hacia ella. - ¡Déjame salir de aquí!

Me acerqué sigilosamente sabiendo que la sabelotodo estaba ajena a mi presencia. Había un montón de ropa en sus pies, justo al lado de donde había dejado la varita, pues ahora aferraba el pomo con las dos manos a la vez que lo zarandeaba hacia abajo y hacía arriba, intentando por todos los medios salir de allí. La situación era hilarante en todos los aspectos.

- ¿Intentando escapar? – Le susurré cerca de la oreja puesto que la sabelotodo estaba de espaldas a mí.

Pero lo que no me esperaba era su reacción desmesurada, pues la Gryffindor se puso a gritar como si un troll le hubiera pisado un pie. De la impresión di un paso hacia atrás y ella estrelló su espalda contra la cerrada salida. Era tan agudo y estridente su grito, que resuelto a no acabar en la enfermería por una paliza de Potter, le tapé la boca sin pensármelo.

- ¿Quieres que todo Hogwarts sospeche que estoy arrancándole la piel a tiras a Hermione Granger? – Murmuré enfadado a escasos centímetros de su cara ahora parcialmente cubierta por mi mano. – Porque con el escándalo que has formado, no me extrañaría que tu amigo Weasel se arrancara a darme la paliza que está planeando.

- Ezta enfhadado. – Intentó decir Granger por encima de mis dedos.

Sus labios eran cálidos y suaves, y al moverlos sentí la humedad que desprendían. Granger me miraba con los ojos muy abiertos y su nariz sobresalía por encima de mi meñique. Tenía los brazos encogidos encima de su pecho y su espalda estaba erguida en un gesto tenso. Las cejas se alzaban más allá de lo normal, y en sí, la sabelotodo estaba pálida y fría. ¿Era miedo eso que percibía? ¿Me tenía pánico? ¿Qué se pensaba que iba a hacerle? Solo la intentaba callar… Aunque estaba disfrutando demasiado de la calidez que desprendían sus labios…

- Zuelhtame. – Dijo intentando coger mi muñeca, empujándola lejos de su ser. Tenía las manos heladas. ¿Dónde coño se había metido? ¿De dónde venía? ¿De las cuevas de Gringotts?

Retiré la mano casi repelido y me giré para alejarme de ella, tratando de no maldecirme a mí mismo en voz alta.

- ¿Con qué tus amiguitos se han dado cuenta que es mejor dejarte de lado?- Refunfuñé sentándome de nuevo en el sillón. – Hasta Potter parece tener un poco de lucidez.

- Cállate estúpido. – Susurró Granger.

La miré de soslayo, sorprendiéndome porque ella hubiera dicho un taco. Estaba con los brazos cruzados encima del pecho y aún pálida le brillaban más los ojos de lo normal. Parpadeaba rápidamente intentando contener las lágrimas. Espera, ¿Lágrimas? Giré la cabeza descaradamente y la sabelotodo se sentó en el sillón más alejado al mío. ¿Qué pasaba ahora con los estúpidos Gryffindors? ¿Por qué la habían dejado de lado? ¿Y por qué coño yo me sentía culpable?

- Uhh, nos has salido peleona la Gryffindor. - La aguijoneé casi por inercia. Ella como respuesta me dirigió una mirada desdeñosa y encogiendo las piernas se recostó en el sillón, no sin antes taparse los pies desnudos con la ropa que llevaba en brazos.

La miré sorprendido, ¿iba a dormir allí? ¿Qué pasaba con su cuarto? ¿Es que me iba a tener que hacer la puñeta siempre? Yo había decidido dormir ahí para no tener que compartir con ella la misma habitación, ¿y ahora ella venía y se acomodaba tranquilamente? Esto no quedaba así, yo había llegado primero por lo tanto, yo elegía.

- Granger, ya te estás moviendo de ahí. Hoy duermo yo aquí. - Pero ella me ignoró completamente aún con los ojos cerrados. ¿Se pensaba acaso que me creía que estaba dormida? – Sé que estás despierta, no te las des de lista conmigo.

- No se puede abrir. – Me contestó acomodándose nuevamente en el sillón, su improvisada almohada se le estaba resbalando. – La habitación no me deja entrar.

- ¿Qué? - Repliqué mirándola fijamente. ¿De verdad no se iba a levantar? – ¿No será que has intentando entrar en una habitación ajena, Granger? - Esa pregunta si que la hizo reaccionar, ya que alzó su cabeza y me miró fijamente achicando sus ojos.

- Yo no voy por ahí metiéndome en habitaciones que no son mías. - Sentía su mirada de odio directa a mi persona. – Y si no me crees, compruébalo tú mismo. – Me retó con su tono de sabiondilla. Se recostó en el sillón y se cruzó de brazos. Ahora mismo todo su cuerpo me desafiaba completamente.

Pues claro que iba a comprobarlo. ¿Qué se creía esa engreída? Me di la vuelta y subiendo las escaleras que llevaban a las habitaciones me dirigí tranquilamente a la que sabía que era la suya, ya que su cuarto estaba al lado del mío. La miré con chulería desde mi posición, aunque no sabía si ella lo había notado porque todo estaba bastante oscuro. Agarré el manillar y tiré de este para abrir la puerta, pero como efectivamente había vaticinado la sabelotodo, no se abrió. Maldije interiormente y casi pude oír como una risilla se escapaba de su boca. Genial, has quedado como un imbécil arrogante. Pero no cejé en mi intento y una idea se me vino a la cabeza: esta puerta no podía abrirla porque no era mi habitación. Sonreí altaneramente mientras me dirigía hacía la mía. Se iba a enterar esa estúpida de Granger. Pero mi orgullo se vio doblemente magullado pues esa puerta tampoco se abría.

Bajé las escaleras más cabreado si podía, no era la primera vez que la estúpida sala me dejaba encerrado con la sabelotodo. Al menos la vez anterior Granger estaba inconsciente y no podía ver como su sonrisa de marisabionda asomaba por sus labios. La sala iba a pagármelas muy caro.

- ¿Qué, ya te quedaste a gusto? – Me provocó nada más sentarme en el sofá. Aún portaba esa sonrisa de listilla. – El gran Malfoy no se podía quedar tranquilo sin comprobarlo él mismo.

- ¿Que, ya dejaste de llorar por esos dos estúpidos a los que llamas amigos? - Provoqué intencionadamente.

Supe que aquello había hecho efecto cuando noté como sus ojos se ahogaban de nuevo y mirándome despectivamente se giró en el sillón haciendo que lo único que pudiera ver fuera su espalda con aquel ridículo pijama de estrellas. Sonreí con gesto altanero. ¿Qué más daba si la había hecho daño? Pero una parte muy pequeña de mí se sentía culpable.

Bufé malhumorado incorporándome en el sofá, tenía que dejar de pensar ya aquellas cosas estúpidas. Era la sala, estaba seguro de ello. No sólo me había dejado encerrado de nuevo con Granger sino que además me hacía pensar cosas ridículas. Estaba decidido, mañana iba a hablar con el cabeza hueca de Dumbledore. No iba a pasar un día más en una aquella sala en la que ni yo mismo había decidido tomar parte, y menos compartir habitación con la sabelotodo de Granger.

Miré de nuevo hacía el sillón donde se encontraba, estaba en la misma posición de antes, la espalda era lo único que podía ver. Pero observé algo más, su cuerpo se estremecía de poco en poco, y eso solo podía significar una cosa, estaba llorando. ¿Tanto le había afectado lo que quiera que le hubieran hecho esos dos idiotas? Pero no tuve tiempo a pensar más, cuando la chimenea por arte de magia, encendió sus brasas como si un dragón hubiera escupido fuego en ellas. La estancia, por un momento, se iluminó de luz anaranjada.

- ¡¿Qué pretendes?! - Chilló Granger con su voz aguda. Se había incorporado y agarraba la varita fuertemente con su mano derecha. Una mueca de dolor cruzó su semblante pero hizo como si no hubiera pasado nada, ya que ahora me miraba interrogante.

- No he tenido nada que ver. - Contesté enfadado. ¿Acaso se pensaba que yo iba encendiendo chimeneas por diversión? ¡Yo sólo quería dormir tranquilamente!

- Pues aquí solo veo que estés tú, Malfoy. - Respondió sin creerme en lo más mínimo.

- ¡Ja!- Reí sarcásticamente. - Seguro que aunque estuviera toda la panda de estúpidos que han entrado aquí, tu sólo pensarías que habría sido "el capullo de Malfoy". ¡No me vengas con gilipolleces!

- Yo no…

- ¡Shh! –Había notado un ruido extraño proveniente del lado más cercano a la chimenea.

- ¡No me mandes callar, engreído! - Continuó sin hacerme el mínimo caso – Eres tú el que…

- ¿Te quieres callar de una jodida vez? - Grité desesperado. ¿No podía mantener la boca cerrada?

Esta vez sí pareció hacerme caso y se calló inmediatamente. Se cruzó de brazos enfadada y me dirigió lo que catalogué como su mirada de rencor más profunda. Yo la ignoré completamente, tenía cosas más importantes de las que preocuparme, así que agudicé el oído intentando captar otra vez el sonido que estaba seguro había escuchado antes. Pero lo único que se escuchaba era el crepitar de las brasas que se estaban consumiendo lentamente.

- Malfoy, yo no oigo na…

Pero no pudo acabar su frase ya que el sillón pareció cobrar vida y agarrándola con lo que antes eran los reposabrazos, la empujó fuera haciendo que cayera sentada en la alfombra. Casi había rozado su cabeza con el pico de la mesa. El sillón se estremeció y tan rápido como se había empezado a mover, paró su actividad, manteniéndose quieto a excepción de los faldones que se movían ligeramente. Yo me enderecé en mi asiento apuntando con mi varita aquella cosa. ¿Qué era todo esto?

- ¿Qué ha sido eso? - Granger se levantó frotándose los riñones- ¿Qué le has hecho a la habitación Malfoy?

- ¿Qué coño crees que me dedico a hacer en mi tiempo libr… - Pero no pude terminar mi comentario. El sofá, que había decidido seguir los pasos del sillón, cobró vida y antes de que tuviera tiempo de bajar de él, me empujó no muy delicadamente haciendo que chocara directamente con Granger que se llevó un golpe en la espalda ya que estaba incorporada y no vio mi llegada.

- ¡Quítate de encima! – Gritó apartándome de encima suyo.

- No hace falta que lo pidas. – Me alejé masajeándome el brazo izquierdo, en la caída había chocado con algo. – No me gusta el contacto con sangre sucias.

- Muy original, Malfoy. – Contestó con tono cansado. - ¿Qué está pasando aquí? –Apuntaba con su varita al sillón y al sofá indistintamente. Pero estos parecían estar de vuelta a la normalidad, nada incitaba a pensar que segundos atrás habían querido hacer lucha libre con nosotros.

- Pues nada. - Me encogí de hombros – Que la sala no sólo ha decidido que sería una maravillosa idea juntarnos en una misma habitación sino que además ha decidido que esta noche muramos aplastados por dos sillones. ¿Alguna pregunta más inteligente, sabelotodo? Que quiero descojonarme.

- Qué elocuente. – Respondió mirándome fijamente.- ¿Lo has aprendido tú solito o te han ayudado los cabeza hueca de Crabbe y Goyle?

- ¿Metiéndote con alguien menos inteligente que tú, Granger? - Repliqué moviendo la varita de una mano a otra. – No, no, no. - Negué con la cabeza dramáticamente. - Eso no es propio de la ojito derecho de McGonagall. ¿Qué pensaría de ti si te oyera hablar de esa manera?

- Oh, cállate estúpido. – Bufó cruzándose de brazos y aguantándose las ganas de lanzar todos los maleficios que se sabía contra mí. Me reí ante aquello, en ese momento se parecía tanto a la comadreja que de un momento a otro pensé que su pelo se volvería rojo y un montón de pecas le iban a adornar la cara. - ¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia?

- Tú. - Dije simplemente. Pero antes de que tuviera tiempo a contestar de nuevo, un portazo hizo que nos callaramos enseguida. Miramos hacía todos lados atentos a cualquier otro sonido, pero la sala estaba en completo silencio. Yo no me fié de aquello, estaba seguro que volvería a actuar. Sólo faltaba que la estúpida sala hiciera que la alfombra nos enrollara y nos friera como un aperitivo en la chimenea.

- ¿Pero dónde cojones nos ha traído el chalado de Dumbledore? - Grité con la varita en alto apuntando con ella a toda la habitación. Esperaba que de un momento a otro apareciera un bicho cualquiera y nos atacara.

- "Alea Aurea es inteligente, y os lo demostrará con creces". – Recitó la sabelotodo alumbrando con su varita la estancia. – Ya nos lo advirtió Dumbledore.

- Olvidé que me encontraba con la sabionda. – Repliqué- ¿Quieres que le de cinco puntos a Gryffindor por acertar la respuesta?

- A veces eres un completo…

Pero su contestación se quedó en el aire, porque en ese preciso momento la sala decidió atacar de nuevo.

El suelo se levantó justo en el lugar en el que estábamos sentados, haciendo que este se convirtiera en un tobogán gigante que nos llevaba directo a la pared más cercana. Oí el grito insoportable de Granger cerca de mi oído derecho. ¿Qué le pasaba en las cuerdas vocales? ¿Acaso era descendiente de una Banshee? Íbamos a estamparnos irremediablemente con la pared sino pensábamos algo rápido.

La vi apuntar con la varita a la pared, seguro dispuesta a realizar un hechizo, pero la sala decidió jugar sus cartas de nuevo, no nos lo iba a poner fácil. Esta vez fue el suelo más cercano a la pared el que se elevó, por lo que resbalamos hacía el otro lado alejándonos del muro.

- ¡¿Qué está pasando?! - Chilló con su penetrante voz.

- No tengo ni la más jodida idea. - Contesté más para mí que para ella.

El suelo subía y bajaba rápidamente, como si debajo de este se encontraran un nido de escregutos de cola explosiva que intentaban por todos los medios salir de allí. Lo que más me sorprendía, era que el sillón, el sofá y demás objetos no se movían desplazándose y chocando mutuamente, sino que seguían la trayectoria del oleaje, como si se hubieran convertido en goma y estuvieran anclados al suelo.

Miré desesperado por toda la habitación intentando buscar alguna manera de escapar de esa locura. ¡Yo sólo quería dormir tranquilamente! ¿Era mucho pedir?

- Tenemos que subir- Oí que decía Granger señalando las habitaciones. – Ahí el suelo no se mueve.

La sabelotodo tenía razón. Las habitaciones parecían no formar parte de aquel disparate. La única manera que había de subir hacía las habitaciones era por las escaleras, que seguían ancladas a su sitio sin moverse en lo más mínimo. Me coloqué a cuatro patas, con la varita en mi mano derecha, y me dirigí directo hacía allí. Pero la habitación, dándose cuenta de mis intenciones, levantó el suelo de nuevo haciendo que cayera de espaldas.

Me incorporé murmurando entre dientes, la sala se estaba divirtiendo de lo lindo. ¿Cómo cojones íbamos a salir de allí?

- ¡Sígueme! - Escuché como me ordenaba Granger mientras que se dirigía a gatas hacía la chimenea.

¿Pero qué se creía? ¿Qué iba a seguirla como un corderito? Estaba lista si pensaba que iba a imitarla. Ya buscaría la manera de salir de allí, no necesitaba la ayuda de nadie. Giré mi cabeza buscando alguna forma de poder acceder a las habitaciones, pero parecía que la sala había decidido que debería seguir a la sabelotodo porque con un simple movimiento del suelo me lanzó directamente hacía donde esta se encontraba.

- ¿Has tomado la vía rápida? - Rió sonoramente mientras se ponía de pie cerca de la chimenea.

Refunfuñé entre dientes ycon un ágil movimiento ella se sentó en la encimera de la chimenea. Los pies desnudos le colgaban cerca del fuego formando extrañas figuras en el suelo. Su idea era bastante buena, la chimenea no parecía atacada por esa convulsión del suelo, por lo que se mantenía estática y hacia que fuera el lugar más estable por el momento.

- ¿Qué, no subes? - Sonrió burlona. Era un Malfoy y tenía orgullo, pero ¡Joder! No quería seguir en esa especie de goma elástica que se había convertido el suelo. Refunfuñé todo lo que pude mientras me incorporaba y de un salto me subí a la encimera, alejándome de Granger.

Miré hacia el suelo. Este seguía convulsionándose, aunque noté que bajaba la intensidad poco a poco. ¿Podríamos fiarnos? Cogí un candelabro que había cerca y lo tiré. En cuanto este tocó el suelo, volvieron los temblores y todo volvió a cobrar vida. ¿Nos íbamos a quedar aquí para siempre? ¿Tendríamos que esperar a que pasase algún profesor o alguien se dignase a abrir la puerta de las habitaciones? Me negué rotundamente, ni en mis peores pesadillas iba a permitir que San Potter me viera de esa guisa y que además me rescatara cual caballero de radiante armadura.

Miré a la sabelotodo que se encontraba recostada contra la pared respirando agitadamente, su mano izquierda acariciaba su muñeca derecha. ¿No era la misma muñeca de la que se había quejado cuando aterrizamos en el despacho de Dumbledore? ¿Aún le seguía doliendo?

Ella notando mi mirada abrió los ojos y me miró fijamente. Iba a preguntarla si estaba bien, cuando me di cuenta que a mí me importaba en lo más mínimo. Giré la cabeza hacía el frente enfadado, ¿Acaso yo me iba a dignar a preguntarla como estaba? ¡Qué estupidez!

- Creo que tengo una idea para intentar llegar a las habitaciones. - Dijo Granger incorporándose con cuidado. El sitio no era ancho y cualquier movimiento la llevaría de nuevo al suelo, que ahora parecía como si nada hubiera pasado en él. Cogió su varita y apuntando hacia la barandilla de piedra gritó: "petra tractum". Al principio parecía como si nada fuera a suceder, pero de repente las piedras rompieron su situación y enfilaron una a una hasta convertirse en una pasarela que llegaba hasta nosotros.

Granger se guardó la varita triunfante y comenzó a caminar segura de sí misma por la pasarela. Yo me quedé asombrado por el hechizo que acababa de realizar, realmente era uno bastante poderoso y estaba seguro que no nos lo enseñarían hasta el siguiente año, ¿Cómo lo conocía?

- ¿No vienes? - Me preguntó Granger a mitad de camino. Me miraba expectante y yo no pude más que rehuir su mirada. – Es seguro, no sólo lo he hecho para los Gryffindors. - Se rió de su propio chiste y encogiéndose de hombros terminó el recorrido que la llevo hacia el pasillo de los dormitorios, donde mágicamente el suelo estaba quieto.

Me incorporé a regañadientes. Iba a ser salvado por la estúpida sabelotodo, no sabía si era peor o mejor que ser salvado por Potter. Me acerqué a la pasarela y apoyé el pie derecho en ella, era solido y no parecía que se fuera a caer. Anduve los pasos que esta había realizado antes y llegué al otro lado sano y salvo. Agradecí mentalmente porque el suelo no se moviera y apoyé la espalda en la pared. Oí como Granger realizaba otro hechizo y las piedras volvieron a su sitio como si nunca se hubieran convertido en otra cosa.

Se movió rápida hacia la esquina más cercana a nuestras habitaciones y cerró los ojos. Pensé que se había dormido, y casi arrastrándome del puro cansancio, me coloqué en la pared contraria, enfrente de mi puerta. Cerré los ojos y disfruté de la sensación, notando como mi espalda se destensaba por completo y buscaba la piedra que formaba el muro para relajarse con el crujir de algunas articulaciones. Respiré hondo, deseando con todas las fuerzas poder dormir y dar por acabado aquel periodo de estrambóticas pruebas. Aquello parecía un campo de entrenamiento más que un colegio de magia y hechicería.

- ¿Cómo entramos? – Dijo una suave voz enfrente a mí. – Quiero decir, ¿No te preguntas como lo hicimos? ¿Cómo acabamos aquí?

Granger me miraba apoyada en dos paredes, su espalda cercana a la puerta que pertenecía a mi dormitorio, y su cabeza y costado derecho a la que daba al baño de los prefectos. Tenía los ojos cerrados, así que pensé que estaba hablando en sueños.

- Malfoy… ¿Estas dormido? – Dijo aún manteniéndose quieta.

A los segundos abrió los ojos, y buscó los míos en la oscuridad. Se removió en su posición al ver que no lo estaba y volvió a abrazar sus rodillas, dejándose caer de costado, reposando más su peso en la pared que tenía la puerta del pasillo que conducía al baño de los prefectos. Me volvió a repasar con la mirada, y como si se diera cuenta de quien era, apretó los labios y volvió a cerrar los ojos.

Encogida y abrazándose a si misma del frío que debería tener al estar en aquella estancia, Granger no volvió a abrir la boca. Y al verla tan quieta y respirar tan tranquilamente, me sentí enteramente culpable. Parecía una niña, pequeña y solitaria. Y eso me recordó un poco a mí. Sentí algo parecido al miedo, sabiendo que estaba mirando a Granger de una manera que nunca la había visto; sabiendo que estaba descubriendo cosas de ella que me gustaban y me atraían, y sin duda, sabiendo que estaba perdido si seguía aquel camino. No quería la amistad de la sabelotodo. No debía querer ser amigo de Granger. No podía serlo.

- Es mejor que no lo sepas. – Susurré como respuesta.

Y esperé que Granger no hubiera escuchado aquello.


¡Hooooola a todos!

Esta vez la que actualiza es Patri... Asi que... ¿Qué tal todos, bellos?

¡Me han encantado vuestras reviews!

Hace unos días actualicé mi fanfiction (el de mi cuenta individual) y les comenté a mis lectores sobre The Magic Glitter y el fanfiction conjunto de Harry Potter que llevamos a cabo, así que, no se si por aquí habrá algún fan de Avengers, pero si lo hay, tengo un fanfiction en progreso sobre Loki y un personaje original en mi cuenta (LadyCharisma).

Bueno, desvelaré uno de nuestros secretos con el permiso de la bella Lidia, aunque no todo, para mantener estas pequeñas charlas después del capítulo más interesantes.

Bien, si habéis leído mi perfil, sabréis que dibujo. Y si habéis leído algo más sobre nosotras, sabréis que la historia lleva alrededor de un año en funcionamiento. Durante ese tiempo, me dediqué a hacer dibujitos sobre los personajes. Y los queremos compartir con vosotros. Próximamente veréis de que manera.

Os dejo nuestro email por aquí, por si, a parte de un review, queréis comentarnos lo que sea vía mensaje. Es como contestamos las reviews de los lectores sin cuenta en fanfiction, pero hemos pensado que sería divertido si alguno de vosotros quiere comunicarnos algo o simplemente curiosear.

Themagicglitter (arroba) gmail (punto) com

Estaos atentos a la siguiente nota de autor en la actualización, por que desvelaremos algo nuevo sobre la historia, más interactivo y divertido, y estrenaremos la sección "alea aurea moments", que es, básicamente, nuestras aventuras como escritoras.

Muchísimos besos, preciosos. Espero que os haya gustado este episodio.

*hace la croqueta alegremente*