Las leyes matemáticas.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, estaba helada. Estiré mi brazo izquierdo hacía mis piernas intentando coger la sábana, odiaba cuando se me resbala en mitad de la noche dejándome desprotegida. Pero cuál fue mi sorpresa al encontrarme que no había nada cubriéndome. Me incorporé de inmediato y me di un golpe con la fría piedra. ¿Dónde estaba?

Y entonces me acordé de todo. El suelo movedizo, la llamarada y los sillones que habían cobrado vida. El día anterior la sala no nos había dejado entrar en las habitaciones y había decidido por cuenta propia jugar con nosotros sin descanso.

Me abracé en un intento de darme calor, tiritaba y los pies los tenía un poco azulados. ¡Perfecto! Había cogido frío. Solo esperaba que no me pusiera enferma, las clases ya habían empezado y necesitaba estar al cien por cien. Me senté abrazándome las rodillas dobladas, aún dándome calor, y pensé en los acontecimientos de la noche anterior.

Primero de todo, la sala no me había dejado entrar a mi habitación. ¿Había realizado algún encantamiento sin ni siquiera ser consciente de ello? Rechacé de inmediato aquella idea, la varita no realizaba hechizos a no ser que la bruja o mago lo invocara. Entonces, ¿qué podía haber sido? ¿Algún cerrojo muggle? Pero descarté completamente la idea, sabiendo que mis múltiples "alohomoras" lo hubieran interceptado.

Me resigné a pensar que la habitación no nos dejó entrar por alguna razón que se me escapaba, aunque para alguien como yo, una persona que quería saber hasta el más mínimo detalle de las cosas, era un poco frustrante. Además, había repetido el mismo patrón de conducta, dejando la puerta de salida totalmente bloqueada. No solo no tenía dormitorio, sino que además estaba encerrada en Alea Aurea. Aunque sabía que aquello tenía un poco más de sentido, por la noche todo el mundo tenía que estar durmiendo y no pasearse tranquilamente por los pasillos de Hogwarts.

La única pregunta que no sabía cómo contestar sin acabar haciendo todo tipo de conjeturas de lo más variopintas era el porqué de la revelación de la sala en contra de nosotros. ¿Cuál había sido el cometido de aquello? Por más que pensaba no daba un razonamiento lógico. Había decidido dormir plácidamente en uno de los sillones cerca de la chimenea, cuando ésta se encendió sola y un minuto después me encontraba tirada en el suelo porque el sillón había decidido que era persona non grata para estar allí. Y segundos después Malfoy me había arrollado cayéndose encima de mí, porque el sofá había decidido lo mismo.

¡Malfoy!

Giré la cabeza en dirección dónde le había visto por última vez antes de cerrar los ojos, y efectivamente, allí estaba. Forcé la vista, intentando observar con mayor claridad, ya que llegaba poca luz a aquel lugar. Su cabeza yacía laxa por un costado y su pelo platino caía desordenado, tapándole parcialmente la cara. Sus brazos rodeaban su cuerpo en intento de darse calor y las piernas estaban estiradas haciéndole parecer un muñeco de trapo abandonado. Sentí algo caluroso en mi pecho, pues un sentimiento cercano a la ternura se había despertado al verle en aquella posición. Sin separar mi vista de él pensé en que aquella no era una posición demasiado cómoda para dormir, y que al despertar tendría un dolor increíble por todo el cuerpo.

Recordé la cara que puso cuando la sala decidió que si quería salir de allí la mejor de las opciones era la que yo le ofrecía, pues ésta le lanzó contra la chimenea, llegando hasta donde me encontraba en pocos segundos. Sonreí ante aquello, cuando Malfoy era derrotado era bastante divertido. Luego llegamos aquí y nos sentamos uno en cada parte del pasillo y no volvimos a hablar… ¿o sí? No estaba muy segura. Tenía mucho sueño.

Acomodé mi espalda en la pared y bostecé formando una gran o con mi boca. ¿Qué hora era? Por inercia giré mi muñeca para poder ver la hora en mi reloj, pero recordé que lo había dejado en la mesita de mi cama la noche anterior. Y pensando en los objetos que se encontraban tras aquella puerta, caí en la idea de que tal vez ahora podría pasar. ¿La sala ya me dejaría entrar de nuevo a mi habitación? No perdía nada por intentarlo.

Me incorporé lentamente, intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a Malfoy, y avancé hacia mi habitación rogando que esta se abriera. Pero, como pasó la noche anterior, esta no se movió ni un ápice cuando bajé el manillar para abrirla. Bufé enfadándome con la sala, ¿qué había hecho yo para merecer aquello? No sólo tenía que compartir habitación con el engreído de Malfoy, sino que además me hacía dormir pasando un frío de mil demonios en un lecho muy poco recomendable para gente con lumbago.

Me dirigí de nuevo hacia mi sitio cuando al pasar cerca de Malfoy la varita, que llevaba en el bolsillo del pijama, desprendió destellos dorados como otras veces había hecho. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué lo hacía de vez en cuando? ¿Me estaba avisando de algo? Saqué la varita y la moví un par de veces, pero esta permaneció igual que siempre. Nada indicaba que hacía un momento había soltado chispas doradas. Me encogí de hombros, prometiendome que iría a buscar información más tarde a la biblioteca, cuando noté una mirada sobre mí. Giré la cabeza y me encontré con unos ojos grises que me miraban fijamente con aire enfadado.

- ¡Malfoy! – Alcé la voz llevándome la mano al pecho. – Me asustaste.

- Y tú me acabas de despertar. Estamos en paz. - Contestó malhumorado. Miraba fijamente la varita ¿Habría él visto también las chispas doradas? ¿Sabría él por qué lo hacía? Pero decidí no preguntar, no era el momento ni el lugar. En realidad, nunca lo era con Draco Malfoy.

- Lo siento. - Me disculpé. - No lo pretendía.

- ¿Has intentado abrir la puerta? – Preguntó obviando mi disculpa.

- Sí. – Asentí con la cabeza. – No se abre.

- ¡Perfecto! – Dijo alzándose todo lo dignamente que podía. – Encerrado de por vida en esta estúpida sala con la sabelotodo.

- Para mí tampoco representa una escena bucólica. – Le contesté poniendo mis brazos en jarras.

- Mira Granger, no estoy de humor, así que será mejor que no tienes a la suerte. – Me contestó dando dos zancadas hacia mí, aproximándose tanto que tenía que alzar mi cabeza para verlo. En aquel momento, mi varita, que aún estaba en mi mano, desprendió otro chispazo dorado que quedó encerrado entre nosotros. – Y arregla tu estúpida varita.

- A mi varita no le pasa nada. – Le repliqué. – ¿Y tú podrías dejarme de una vez en paz? ¿O voy a tener que pasar un sexto año consecutivo escuchándote decir "sangre sucia" por todas las esquinas de este castillo? – Malfoy me miraba con cara de asco desde su altura. – Si tanto me odias, aléjate de mí. – Y diciendo esto, le empujé con las dos manos, evitando esa distancia tan intimidatoria.

Después de hacer aquello me di cuenta en donde me había metido. Estaba claro que no podía huir a mi habitación. Tampoco podía volver a la sala común, o salir de la misma, porque no sabía si todo seguiría en orden. Y mejor no pensaba en la opción de petrificar a Malfoy, no llevaba ni 24 horas allí, tenía que demostrar responsabilidad.

Y siguiendo lo esperado, Malfoy no tardó en contraatacar. Tan pronto como sus pies le detuvieron del empujón, volvió a la misma posición de la que había vuelto. Nos separaba un palmo de distancia, solo que esta vez, él sujetaba el cuello de mi camisa de dormir, obligándome a mirar hacia arriba en una postura de lo más incómoda. Fruncía el ceño y me miraba con repulsión. El pelo le volvía a caer por la cara, fino y liso, tan pálido como su piel. Sus ojos, ahora puro hielo, se enmarcaban por una mata de espesas pestañas albinas. Era la primera vez que tenía a Malfoy tan cerca, tan pegado a mí que podía sentir hasta su aroma.

Su puño se cernía a mi camisa con tanta fuerza que podría haber deformado la tela. Su mirada penetrante no salía de mi rostro, y yo tenía que quedarme de puntillas si quería no sucumbir en aquel gesto. Parecía el perfecto campo de batalla para empezar una guerra pactada tras una larga tregua. Solo hacía falta que uno de los dos bandos moviera ficha para enzarzarse en una pelea.

Contra todo pronóstico, Malfoy me soltó lentamente, apartándose de mí tras aquel aventurado ataque, aunque sin rendirse, pues aún podía sentir su mirada penetrante y fija en mi persona. Podía percibir ese sentimiento de culpabilidad en su ser, como si se diera cuenta demasiado tarde de lo que había hecho. Aunque estaba segura de que no se arrepentía, porque seguía mirándome desafiante, expectante por la replica, pidiéndome más, sabiendo que aquella batalla no estaba ganada si yo no sacaba mis dientes y uñas para defenderme. Malfoy había traspasado la línea de lo verbal y había rozado lo físico al sostenerme demasiado tiempo. Había cruzado una nueva frontera inexplorada y yo no sabía como reaccionar. Ahora simplemente lo examinaba con otros ojos, sabiendo que realmente no era capaz de descifrar qué había detrás de esa tez albina, de esos aires de señor, y de esas maneras más que educadas. Malfoy era Malfoy y nunca había convivido tan cerca con un Slytherin tan auténtico como él. Así estaban las cosas y no podía olvidarme de ello. Como muy bien le aseguraba mi exprofesor Moody: "alerta permanente". Esa era mi decisión. Y como haciéndosela implícita en una mirada, entrecerré mis parpados, demostrando que aún seguía teniendo orgullo. No iba a caer en su trampa.

- Buenos días chicos. – Saludó Mike saliendo de la última puerta a la izquierda de aquel pasillo.

Como dos polos del mismo signo, nos vimos repelidos el uno del otro, Malfoy dejaba de mirarme y yo dedicaba mi atención al asiático Hupplepuff. Acto seguido, la habitación de al lado se abrió y Luna apareció luciendo una sonrisa.

- ¡Buenos días! – Anunció alegremente la Ravenclaw, cerrando su puerta con el mínimo sonido. - ¿Qué creéis que habrá hoy para desayunar?

Y sin decir nada más, la rubia pasó entre nosotros, dando pequeños saltos alegres, bajando rápidamente las escaleras que conducían a la sala común.

- ¡Espera, Luna! – Exclamé sin poder evitarlo.

Era evidente que si la sala seguía en las mismas condiciones que la noche anterior, Luna iba a encontrarse con bastantes problemas. No solo no podría no salir al Gran comedor, si no que el suelo ondeante le haría replantearse el volver a su dormitorio, si es que podía volver a entrar.

- ¿Sí? – Preguntó la muchacha desde la sala.

El suelo no se movía, y ella simplemente lucía bien. Me preguntaba si todo lo que había pasado habían sido alucinaciones mías, pero el rostro y enfado de Malfoy eran lo suficientemente reales como para contradecir a cualquier posible duda.

- Na-nada. – Murmuré dándome cuenta que Mike me miraba dubitativo.

Y diciendo esto, Luna desapareció de la sala, sin el más mínimo percance. Mike siguió a la muchacha, y se plantó en medio de la sala común, sin ningún problema. Lo misma pasó con Mika, que bajó pasado unos minutos. Cuando vi a las Ravenclaws bajar sin el más mínimo percance, me armé de valor para bajar aquellas escaleras que me separaban de lo que había sido una locura la noche anterior.

Pero antes de que pudiera dar un solo paso, Malfoy me solucionó las posibles dudas, porque con la dignidad que le quedaba, bajó seguro y rápido las escaleras, y cruzó la sala común, abriendo de un brusco tirón la puerta, y desapareciendo por los pasillos del quinto piso de Hogwarts.


La asquerosa de Granger se atrevía a provocarme una vez más. No solo le bastaba con hacerme dormir en el dichoso suelo, sino que ahora no le importaba culparme de su desventurada vida de colegiala. No era mi culpa. No la había estado persiguiendo a todos lados durante estos años en Hogwarts, ¿de qué coño se quejaba? Tampoco es que la hubiera insultado tanto… ¿no?

Encima me hacía dudar. Eso era lo peor, sobrellevar ese poco de culpabilidad que me había arrojado con todas sus palabrejas y quejas varias. ¿Qué la dejara en paz? Bien. Ahora sabría que sería dejarla en paz. No iba a aguantar un minuto más en esa repugnante sala común llena de gente que estaba menos cuerda que el mismo Dumbledore.

Estaba dispuesto a estampar a Granger contra la puerta, pero una vez la había tomado del cuello de la camisa, me arrepentí profundamente. A parte de dolerme la espalda una barbaridad por haber dormido de cualquier forma, la estúpida sangre sucia desprendía un olor descomunal a vainilla. Así que no pude hacer otra cosa que quedarme como un idiota mirándola. Granger me hacía imbécil. No era una excusa, era una realidad. Eso es todo.

Así fue como dejé la sala común, llevando la misma ropa que el sábado, luciendo peor que el pobretón, y estando más despeinado que el cara rajada. Estaba más que furioso, y aparté a empujones cualquier persona que se paseara cerca de mí. Iba derecho a hablar con Dumbledore. No había vuelta atrás, quería volver a Slytherin, quería dejar de formar parte de aquella secta de desequilibrados, quería dejar de ver a Granger hora sí hora también y sobretodo, quería volver a ser Draco Malfoy, el de siempre.

Para colmo, después de haberme desplazado de un lado a otro intentando buscar al artífice de todo aquello, McGonagall me vino a decir personalmente que Dumbledore no estaba en la escuela, y que si quería hablar con alguien, tendría que ser con el jefe de Alea Aurea, Eugene Abraham.

- Buenos días Draco. – Me saludó el engreído del profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, nada más llegar a su despacho.

- Serán para usted. – Recriminé por lo bajini.

- ¿A que se debe tu visita? – Preguntó ofreciéndome asiento.

- Quiero fugarme de esa asquerosa asociación de chiflados que ha creado Dumbledore. Y créeme que no me importa si esta él o no presente, pienso irme hoy mismo. – Dije acotando tajantemente mis motivos.

- Inténtalo. – Fue lo único que mencionó sonriendo de medio lado.

- ¿Qué significa eso? – Respondí a su provocación.

- Me temo que la sentencia de Alea Aurea está más que clara señor Malfoy, usted no puede abandonar la sala. – Tomó una taza que tenía cercana y dio un sorbo, como si aquello no fuera con él.

- Dejad de hablar de ella como si fuera alguien. – Dije hundiendo las palmas de mis manos en un sonoro golpe que fue a dar contra el escritorio del profesor.

- Deberías sentirte agradecido por formar parte de algo tan noble. – Afirmó levantándose de su asiento, mirándome a los ojos por primera vez.

- Pues usted debería saber que en ningún momento he querido formar parte de esta patraña. – Contesté sin dejar de apretar mis manos contra la madera.

La mirada de mi nuevo profesor ya no era afable, aunque tampoco mostraba un desafío. Los dos nos manteníamos apoyados en la mesa de su despacho, inclinándonos ligeramente sobre nuestro eje para mirarnos los ojos con mayor intensidad. Yo estaba furioso y tenía mis razones, ¿pero que le sucedía a aquel mojigato? Si yo suponía un problema, ¿por qué no me dejaban irme sin más?

Además, yo era el que sobrara en todas aquellas leyendas y embustes, el inoportuno número trece. Nadie confiaba en un Slytherin como yo, aún menos si este se veía consumido por la sombra del gran Harry Potter. Mi reputación se cernía sobre mis actuaciones, fueran intencionadas o no, así que yo era el excedente de una elección arbitraria. Nadie culparía a Granger, la alumna perfecta, de haberse colado en la sala a destiempo. Siempre pensarían que yo habría tenido algo que ver con aquel asunto sin esclarecer.

Solo había pasado un día y ya me pesaba. Me costaba mucho tener que admitir que aquello era algo natural, algo normal que sobrellevar. Podía soportar a los Gryffindors, podía aguantar las quejas de Weasel y las excentricidades de Lovegood, incluso podía entablar amistad con los Ravenclaws y los Hufflepuff, pero lo peor era Granger. Me absorbía lentamente dejándome sin mi personalidad, mi autenticidad. Y lo peor es que no podía hacer nada, porque nada parecía funcionar, no con la sabelotodo, si no conmigo. Me estaba atontando.

Y como si alguien la hubiera llamado, apareció de repente, dando dos toques a la abierta puerta. La odiaba profundamente, quería alejarla de mí todo lo posible. No la soportaba, no me soportaba. ¿Qué coño me estaba pasando? Nunca la había odiado tanto.

Con un golpe seco, empujé mis manos contra el filo del escritorio, dando por acabada aquella conversación. Encontraría alguna forma de huir, aunque me costase semanas.

- Será mejor que vuelva en otro momento. – Dijo Granger, alejándose lentamente, viendo que el ambiente no era el mejor para hacer estúpidas preguntas sobre materias que aún no daríamos hasta dentro de un curso.

- Tranquila, puedes pasar Hermione. – Contestó Eugene, quien recobró su postura y volvió a erguirse como si nada hubiera pasado. – Esta conversación ya había acabado.

- Pero… - Murmuró mientras yo me encaminaba hacia la puerta.

- Por favor, toma asiento. – Anunció a la vez que yo salía de aquel despacho.

Estaba dispuesto a dar un sonoro portazo, pero con tal de no quedarme ni un minuto más, salí airado por las escaleras que daban al aula de Defensa contra las Artes Oscuras. El despacho del profesor estaba conectado a aquella clase, así que aún me quedaba recorrer el pasillo de pupitres para poder dejar de oír su pegajosa voz.

- ¿Qué te ocurre Hermione? – Le preguntó mientras se escuchaba el arrastrar de una silla.

- Verá profesor, quería preguntarle algo que pasó anoche en Alea Aurea… - Contestó la estúpida de Granger, siempre queriendo saber todo.

- Sé que es mi deber ayudaros, pero aún así, no puedo ofreceros toda la información. – Contestó hoscamente.

- Pero, profesor, no entiendo algunas cosas. – Por fin había algo que aquella Gryffidnor no entendía. Quería ponerme a aplaudir de la euforia. Ya me había recorrido toda el aula y solo me quedaba empujar el picaporte de la puerta para ser libre, pero aquello de que Granger no supiera algo era muy tentador, no pasaba nada si me esperaba un poco más.

- ¿Qué es lo que no entiendes? – Preguntó la voz del profesor. Retrocedí en mis pasos, acercándome un poco más con cautela.

- Son demasiadas cosas… - Murmuró la muchacha.

- Me temo que tu compañero también está desconcertado. – Afirmó la voz masculina soltando una leve carcajada.

- ¿Malfoy? – Cuestionó Granger.

Aquello se estaba poniendo demasiado interesante y dado que el aula aún conservaba muebles que habían sido encargados por el mismo Gilderoy Lockhart, siendo esta su clase y despacho de entonces, dando solo unas cuantas zancadas pude apoyarme a un extraño armario lleno de espejos. Desde allí ellos no podrían verme aunque yo tenía una visión panorámica de la escena.

- Digamos que no está demasiado contento por cómo se están desarrollando las cosas. – Sentenció el idiota de Eugene.

- Puedo imaginármelo…

Hubo un silencio en el que creía que me habíam pillado, Granger fue a hablar entonces, pero fue interrumpida por el discurso que se disponía a dar el aburrido de Eugene.

- Hermione. – Dijo solemnemente. Odiaba que la llamara de aquella manera, ni siquiera yo me refería a ella por su nombre y llevaba compartiendo curso seis años. – Sabes más de lo que los demás elegidos podrían imaginar sobre la sala y yo lo sé. Pero no sé hasta qué punto conoces las capacidades de Alea Aurea, y para serte sincero, nadie sabe a ciencia cierta cómo puede actuar. – La sostuvo de la mano mientras yo luchaba para no largarme de allí y dejar de presenciar la escenita. – Y no puedo contarte nada…

- Yo… Lo entiendo. – Afirmó, asintiendo con la cabeza.

- Dime Hermione, ¿sabrías contestarme cuales son las leyes matemáticas de la suma? – Aquel tipo había pasado demasiado tiempo con Dumbledore, o simplemente es que era un imbécil integral.

- Las… ¿Las leyes matemáticas? – Tartamudeó Granger.

- Sí, seguro que las estudiaste en tu colegio muggle. – Sonrió abiertamente mirando a la sabelotodo.

- Pero… - Murmuró antes de ser interrumpida.

- Dime las tres esenciales. – Que alguien despidiera a ese hombre, por el bien de todos. Estaba loco.

- La ley conmutativa. – Granger miraba al escritorio, sin saber bien qué estaba haciendo. – La ley distributiva y la ley asociativa.

- ¡Perfecto! – Dijo mientras rebuscaba algo en su cajón. Sacó una caja de grageas de todos los sabores y vaciando el contenido en su mano, arrojó un puñado de ellas al escritorio. – La ley conmutativa dice que el orden de los sumandos no altera al producto. – Alargó la mano para coger un tarro de cristal que estaba en su escritorio, lo abrió y metió una a una las grageas que había separado. - ¿Qué ves aquí?

- Trece grageas. – Respondió sorprendida la sabelotodo. El chalado de Eugene sonrió y empezó a zarandear el bote de cristal, haciendo que los pequeños caramelos de colores se movieran e hicieran ruido.

- ¿Ahora, que ves? – Paró de zarandearlo y se lo mostró a la muchacha.

- Trece grageas. – Susurró. Me giré un poco justo a tiempo de ver como Granger arrugaba el entrecejo.

- Exacto, no importa cuanto se muevan, siempre van a ser las mismas. – Añadió felizmente. - Ahora dime, ¿de qué trata la ley distributiva? – Sonrió, sacando todas las grageas del bote de cristal.

- Mmmm… Se puede distribuir una suma que a su vez contiene una multiplicación, multiplicando el número por cada uno de los términos de la suma, no importa cual escojamos, pues el resultado será el mismo. – Miró de soslayo al movimiento de Eugene.

- Excelente. – Movió las grageas por la mesa. - ¿Qué ves aquí?

- Dos grageas. – El profesor había hecho dos montones, habiendo uno de once y otro de dos. No entendí que coño estaba haciendo, así que espere a saber el veredicto de Granger.

- ¿Qué pasa si meto solo dos de ellas, dejando estas afuera? – Preguntó de nuevo.

- Que quedaran dos de ellas adentro, y once afuera.

- Así es. – Miró a Granger de una manera un poco extraña, parecía que quería traspasarle un pensamiento. – Pero eso no alterará el hecho de que tengo trece grageas, aunque estas entren más tarde al bote de cristal. Digamos que no importa como las distribuya, siempre serán las mismas. – Se hizo un silencio pesado. Granger abrió mucho los ojos, comprendiendo algo que a mi se me escapaba. – ¿Qué me dices de la ley asociativa?

Ahora fue la sabelotodo la que cogió el bote de trece grageas, y empezó a repartirlas de manera distinta por el escritorio. En orden, puso un grupo de tres, más a la derecha, puso seis, seguida de dos grupos de dos. Seguía sin encontrarle sentido. La estupidez se le había pegado.

- No importa como se resuelva la operación, su resultado acabará siendo el mismo sin importar la manera en la que se agrupen. – Miró directamente a Eugene. - ¿Quiere decir que es así como funciona Alea Aurea? ¿Funciona con las leyes de agrupamiento matemáticas?

- No esperaba menos de ti, Hermione. – Sonrió mirando a las grageas. – No es del todo así, pues las matemáticas son exactas y Alea Aurea funciona a través de los sentimientos. Lo has resuelto antes de lo que esperaba. – Miró a Granger, descifrando su semblante. – La ley conmutativa responde al orden de entrada en la sala. No importa la manera en la que entrasteis, el orden, o como lo hicisteis, pues todos vosotros habíais sido previamente elegidos desde el mismo momento en el que pisasteis Hogwarts, y la sala siempre supo que erais trece. – Se hizo el silencio, y yo comencé a comprender todos los movimientos que la sabelotodo había estado haciendo con las grageas, las había dividido como si ellas fueran los elegidos, y las había distribuido tal y como los dormitorios estaban dispuestos. Por lo tanto, mi gragea, la que correspondía a "Draco Malfoy" era la última de aquella fila. – La ley distributiva corresponde a como Alea Aurea ha decidido vuestro lugar en la sala, a como os ha distribuido. Tengo entendido que el señor Chang y el señor Footman no se conocían antes de ser elegidos. ¿No crees que son tal para cual? – Guiñó un ojo. – Aunque, no es tan fácil como parece, hay una lógica tras todo lo que hace. Y créeme cuando digo que cada una de sus razones son diferentes. – Y señaló a los cuatro grupos de caramelos.

Estaba sacando algo en claro de todo aquello, y no me gustaba nada. Lo primero, es que no importaba a donde me fuera, o que hiciera, Alea Aurea hubiera encontrado la manera de sumarme a su lista para completar su operación. Otra cosa que me horrorizaba era el hecho de que si había decidido que su distribución era aquella no era porque Granger no cabía en la habitación con Potter y Weasley, era porque había una razón tras ello. Perfecto.

- Entonces, ¿de qué trata la asociativa? – Tenía el ceño muy fruncido y miraba con nerviosismo al idiota de Eugene.

- Digamos que Alea Aurea ha hecho asociaciones. – Señaló a los caramelos. – Y hay que respetarlas si queremos que el resultado de la suma sea el mismo.

- ¿Quiere decir eso que no podemos alterar el orden establecido? – Preguntó Granger. - ¿No podemos volver a nuestras casas? ¿Ni siquiera salir de nuestro dormitorio?

- Digamos que si quito esta gragea… - Cogió la última pareja de aquella fila. – Esta también sufrirá los percances, porque ambas forman una asociación.

- Entonces, todo lo que ocurrió anoche… - La vi asentir sin decir nada más mirando fijamente las grageas. Entonces comprendí, todo lo que ocurrió anoche era porque yo había decidido que no iba a dormir compartiendo habitación con ella, por lo que la sala, sabiendo de mis intenciones, jugó con nosotros. Ya que formamos una asociación, como había dicho el idiota de Eugene. Entonces, ¿estaba condenado a permanecer en esa sala junto a Granger sólo porque había decidido que eran un equipo? Genial, simplemente genial. Me crucé de brazos y miré fijamente a la sangre sucia, seguía observando las grageas sin pestañear, ¿qué tendrían de interesante?

- ¿Qué es lo que pasó anoche? – Preguntó riéndose Eugene. – Los dos vinisteis muy alborotados y conociendo las triquiñuelas de Alea Aurea… - Sonrió apoyándose en el respaldo. – No me extrañaría que hubiera hecho algo de las suyas.

Bufé enfadado mirando directamente al profesor. ¿Qué si había hecho algo de las suyas? No, no sólo había hecho que el suelo se comportara peor que aquella Nimbus hechizada que Potter tuvo que soportar en primero, sino que además había tenido que dormir en mitad de un pasillo como si fuera un zarrapastroso mendigo. Nada, lo normal que haría una sala común. Cada vez estaba más enfurecido con todo lo referente a la estúpida Alea Aurea y con aquel engreído que no dejaba de sonreír a la sabelotodo. ¿Acaso no podía apartar su mirada de Granger?

Esperaba la contestación de ella a aquello. ¿La alumna modelo contaría todo o sólo contestaría con evasivas? Pero la sabelotodo estaba más callada que de costumbre, y eso era bastante extraño. Alce un poco la cabeza para poder observarla mejor, seguía mirando las grageas fijamente aunque su cabeza estaba más agachada y ¿era sudor lo que veía en su frente?

- Hermione. – Se incorporó el profesor del respaldo, pero al no obtener respuesta se levantó acercándose a ella. – ¿Hermione? – La volvió a llamar meciéndola suavemente por el hombro. Ella sólo profirió una sonora queja y antes de que ninguno de los dos nos diéramos cuenta cayó de la silla haciendo un ligero ruido en la alfombra. Se había desmayado.

- ¡Hermione! – Gritó Eugene agachándose junto a ella. Me incorporé de un salto mirando directamente la escena sin importarme que el engreído del profesor me descubriera. ¿Qué le había pasado a la sabelotodo? ¿Hasta hace un momento estaba comentando aquellas estúpidas leyes y ahora se desplomaba sin más?

Vi como Eugene la cogía en brazos como aquella vez lo hice yo en el campo de quidditch y no sé porque ese simple gesto me hizo aún odiar más al estúpido del profesor. Estaba haciendo lo que cualquier profesor haría si uno de sus alumnos se desmayaba, pero que lo hiciera él me enervaba la sangre. "Yo también sé hacerlo" murmuré entre dientes. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué sentía la necesidad de empujar al idiota ese y cogerla yo? Moví negativamente la cabeza. ¿Qué más me daba lo que la pasara? Esta mañana había dejado muy claro que quería que la dejara en paz, pues así iba a ser.

Me di la vuelta y me dirigí hacia la salida sin echar la vista atrás. Se había desmayado, bien. Tenía ya a alguien que la cuidara, bien. Por lo tanto no formaba parte de aquella escena tan encantadora. Metí las manos en los bolsillos, necesitaba salir de allí cuanto antes. Pero no ande dos pasos cuando Eugene pasó por mi lado chocando los hombros sin ni siquiera disculparse. Iba a protestar pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta cuando vi la cabeza de Granger sobresalir de entre los brazos del profesor. Su rostro estaba blanco, como si ella misma se hubiera convertido en uno de los fantasmas de Hogwarts.

Me paré al instante notando una opresión en el pecho. ¿Qué le había pasado? Esta mañana estaba bien, ¿verdad? Me regañé mentalmente por preocuparme de ella, ¿qué me importaba a mí la sangre sucia? Pero mis piernas no respondieron hasta varios minutos después en los que el profesor, cargando a Granger en brazos, hubo desparecido por la puerta.


¡Hola a todos!

Lili actualizando :)

¿Qué tal estamos? Esta vez la actualización ha llegado un poco más tarde que las anteriores, pero hemos tenido muchas cosas estas últimas semanas y nos ha sido un poco más difícil. Pero, ¡aquí estamos! :D

¿Os ha gustado? Ya se van descubriendo más cosas sobre Alea y ya sabemos un poco como actúa. Es una sala un tanto loca, ¿verdad? Y ese profesor Eugene, que dice y no dice cosas =P Es que nuestro Eugene es muy misterioso. Quiero que sepáis que es un personaje que nos encanta y nos divertimos mucho cuando escribimos sobre él.

Y, ¿os acordáis que Patri en la otra actualización dijo que estrenaríamos "alea aurea moments"? Pues bien, aquí comenzamos nuestra sección :D En la que contaremos lo que nos pasa cuando decidimos que vamos a escribir, pequeños secretos o momentos graciosos escribiendo; todo lo vamos apuntando y todo ello lo iremos escribiendo, ¡e incluso documentando con fotos! :D

Así que sin más dilación el primer "alea aurea moments": ¿Quién está detrás de Eugene? Una de las pelis favoritas de Patri es Enredados/Tangled, también es una de las mías, además la vimos juntas y siempre la recordamos con gran cariño. Pues bien, uno de los personajes que más nos gustaba era Flynn, ese príncipe que no es tan príncipe, y al crear el personaje de Eugene inmediatamente nos vino su imagen a la cabeza. (Además si habéis visto la historia sabréis que Eugene está relacionado con Flynn en cuanto a nombre) Pero bien, no sólo ahí se quedo esa imagen sino que, por si no lo sabíais, el actor Zachary Levi es el que puso la voz en inglés a Flynn y el que los dibujantes de Disney se basaron para crearle. ¡No sólo teníamos a un personaje de dibujos animados, sino que teníamos al de verdad! :D (Si no le conocéis os invito a que le busquéis en google, porque hay que verle ;) Además es un actor super majo, he tenido el placer de conocerlo y es encantador :D) Así que cada vez que tenemos que escribir de él o leemos sus partes, una sonrisilla nos aparece en la cara :)

Muchas gracias a aquellos que nos han dejado reviews y seguido la historia, ¡sois geniales! Y bienvenidos a los nuevos, ¡nos encanta ver caras nuevas por aquí! :D

Muchos besitos y hasta la próxima actualización ^_^

*hace la croqueta mientras espera que Eugene la cargue en brazos*