La visión de Harry.

Había pasado una semana desde que me había desplomado en el despacho del profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, y había llegado a la enfermería sin saber como. Pude huir de los cuidados de la señora Pomfrey excusándome, culpando a la sobrecarga de información matutina y al haber faltado al desayuno de aquella mañana.

Las cosas iban bien en Alea Aurea, todos empezamos a entablar amistad y las tardes se hacían amenas en la sala común. Encontré nuevas amigas en Ravenclaw con las que compartir la pasión por los libros y las visitas a la biblioteca, Harry y Ron se aliaron con Mike y Mika en sus travesuras por la escuela, y para mi sorpresa, Theodore Nott era un agradable compañero con el que acabar las tareas, pues siempre me pedía consejo y ayuda cuando me veía por las mesas de la sala común acabando mis deberes.

Digamos que, en resumen, mi primera semana en Alea Aurea había sido excelente, las instalaciones eran cómodas, las vistas al lago inmejorables, mi habitación tenía todo lo que podía desear y los compañeros eran muy amables conmigo. Además, a parte del comportamiento extraño que estaba teniendo Malfoy, nada fuera de lo normal había vuelto a suceder. El Slytherin había estado evitándome durante toda la semana, cosa que no me molestaba en absoluto. Y es que esto no era lo raro en su comportamiento, lo que realmente me inquietaba era el hecho de que no se había vuelto a quejar por compartir habitación. Simplemente entraba mucho más tarde que los demás, evitando quedarse algo más de lo necesario. El único contacto que pude tener con él fue antes de que se fugara por el despacho de Eugene, después, las escasas veces que le había visto, había sido a través de los reflejos de la cortina que separaba nuestra habitación, y procuraba no mirar a aquella tela poco opaca.

El reloj de mi muñeca marcaba las diez y media de la noche, era domingo, y me dispuse a revisar mis tareas por segunda vez. Snape había mandado varias redacciones, una de las cuales tenía que medir como mínimo cuarenta centímetros de pergamino. Por supuesto, la tenía acabada, mi redacción sobre la Amortentia y sus propiedades mágicas estaban más que corregidos y revisados, pero me vi con necesidad de comprobarlo otra vez.

La sala común estaba llena, Harry y Ron jugaban al ajedrez mágico con Neville de árbitro. Luna, Elizabeth, Ginny, Phoebe y Stefani mantenían una charla sobre un nuevo artículo muy polémico en "El Profeta". Theodore Nott estaba en otra de las mesas redactando a prisas el mismo trabajo que yo había acabado hacía ya una semana. Mike y Mika, ya inseparables, acababan de entrar por la puerta de la Sala Común. Malfoy no me interesaba.

Reinaba un silencio ligero, pues podía oírse el crepitar del fuego, la suave charla que mantenían las chicas y las correcciones de Neville en los movimientos cuestionables de los jugadores de ajedrez. Yo rasgaba el pergamino, cambiando palabras aquí y allá. Me había focalizado tanto en centrarme en clases que ahora no tenía realmente nada que hacer, puesto que ya había adelantado los deberes de toda la semana.

Justo en el momento en el que había deliberado que había acabado aquella redacción y ponía mi nombre en la parte superior derecha, la luz de toda el aula se fue de repente. Miré en dirección a donde se suponía que estaba el fuego, intentando esclarecer el porqué de aquel repentino apagón. Obviamente, no vi nada, y al parecer todos se habían quedado tan sorprendidos como yo, porque la sala había enmudecido. Solo se escuchaba un fuerte tic-tac de algún reloj.

- ¡Lumos maxima! – Dijo la voz de Harry al otro lado de la Sala Común. - ¡Incendio!

Y hecho esto, la chimenea volvió a tener fuego. Las cosas parecieron volver a la normalidad, pues todos volvimos a nuestras tareas. Yo volví al papel, garabateando "Granger" y finalizando mi redacción. La enrollé delicadamente y la guardé en la mochila. Mientras cerraba la cremallera, el ligero tic-tac del principio se volvió más descarado, haciendo incluso que me molestara, poniéndome un poco nerviosa.

Para colmo, la chimenea se volvió a apagar, y Harry volvió a repetir el proceso. ¿Es que alguien se había dejado una ventana abierta por la que venía la corriente de aire que apagaba la única fuente de luz de la Sala Común? Miré enfadada de donde el rayo que desprendía fuego provenía, y cuando la calma volvió a Alea Aurea por segunda vez, me di cuenta de un detalle.

- ¡El reloj! – Grité, levantándome del asiento bruscamente.

Aquel aparato que el primer día me había llamado tanto la atención, rodeado de engranajes de oro y con la superficie de madera, estaba en funcionamiento. Recordaba claramente como a nuestra llegada sólo parecía un objeto viejo y roto, pero ahora, estaba en plena acción. Todo el mundo dirigió la mirada al extraño artilugio. La única aguja que tenía se movía al igual que lo haría un segundero, marcando sesenta golpes de los segundos que tenía un minuto. Justo ahora, cruzaba el número once, y se dirigía decidida al número doce. Me quedé anonadada pensando en que es lo que iba a pasar una vez pasase el último número, pues no tenía ningún minutero que sumara aquel minuto. Y justo cuando cruzó el número doce, la más grande de las tuercas que enmarcaban a aquel singular artefacto, empezó a funcionar.

Arqueé las cejas, sin comprender su extraño funcionamiento. La primera tuerca ahora empujaba a tres más, que a su vez empujaban a otras, y así hasta que todas ellas, de diferentes tamaños y velocidades, formaron un conjunto activo. Fue entonces que el que antes parecía segundero, se movió de un golpe seco hasta el número uno, y descendiendo su péndulo, una campanada resonó por la sala.

- ¿Qué ha sido eso? – Dije, sabiendo que aquello no alcanzaba a mis conocimientos.

Y antes de que alguien pudiera contestarme nada, pues todos estaban observando el extraño aparato, la oscuridad volvió a hacerse. Sentí una brisa helada en mi cara, y me froté los brazos con rapidez, sosteniendo mi varita, que en aquel momento había sacado del bolsillo.

- ¡Lumos! – Murmuré, haciendo que de la punta de mi varita saliera un destello de luz capaz de iluminar más de un metro a la redonda.

Pero lo que vi no fue el sillón cercano a la mesa en la que trabajaba, pues ni siquiera ésta estaba tras de mi. Me giré sobre mi misma, desesperada ante la idea de que todo había tomado una nueva dimensión. No había aparecido, así que no podía estar en otro lugar, ¿verdad?

Y como respuesta, una corriente de aire congelado me hizo cerrar los ojos con fuerza, para que cuando los abriera viera ante mí una bifurcación recogida por arbustos enormes, parecidos a un gran laberinto lleno de enredaderas y niebla espesa. Me quedé parada, escuchando de fondo una música demasiado familiar, una marcha de trompetas alegre y festiva, y un griterío de gente animando. Me giré para divisar el camino que tenía atrás, y pude ver una silueta femenina traspasar de derecha a izquierda la salida en la que yo estaba. Era sin duda Fleur Delacour.

Aquel movimiento llevaba implícita mi respuesta. Estaba en el torneo de los Tres Magos.


Aún estaba intentando asimilar que es lo que había pasado. Estaba sentado en el sofá, y de repente, después de un grito de la sabihonda y una corriente helada, me encontraba en el suelo de lo que parecía sin duda alguna un laberinto. Una enredadera empezó a treparme por el tobillo, y echándole un hechizo, me deshice de ella a tiempo, levantándome. Bien, aquello estaba encantado, oscuro, y había un montón de niebla.

Comencé a caminar dispuesto a encontrar a algo o a alguien que me dijera porque no estaba en el sofá a punto de caer rendido, porque esa estúpida sala estaba en mi contra y porque a parte de juntarme con la asquerosa sangre sucia como compañero de habitación, no me dejaba dormir. Pero ya encontraría una manera de pegar ojo, aunque tuviera que ser en pleno Bosque Prohibido.

Escuché crujir la hierba justo delante de mí, a tiempo de ver una muchacha que se movía con rapidez, cruzaba justo el paso en el que estaba, donde más adelante podía vislumbrar una bifurcación muy marcada. La chica traspasó corriendo el pasillo de vegetación en el que me encontraba, pasando de izquierda a derecha con una rapidez impactante.

Me adelanté a tiempo de asomar mi cabeza hacia la derecha, para ver por el camino en el que se perdía aquella chica de cabello rubio. Alzaba la varita y por su movimiento desesperado podía decir que huía de algo. Miré impactado a mi izquierda, sin ver nada, volviéndome de nuevo para el lugar donde la muchacha había desaparecido. Había visto su rostro demasiado rápido, pero podía decir que su cara me recordaba a alguien, aunque ahora no lo recordara.

Me quedé allí, mirando por donde la chica había pasado, intentando saber de que la recordaba y de paso, resolver el misterio de donde estaba. ¿Era todo aquello real? ¿Había caído inconsciente del cansancio y estaba teniendo un sueño demasiado auténtico?

Exploré el lugar detenidamente, pero todo lo que podía ver era verde, arbustos muy grandes y gruesos y un trozo de cielo que quedaba enmarcado por el follaje y las enredaderas que aparecían por todos los sitios. Además, hacía un frío terrible. Suerte que no me había quitado mi jersey de cuello alto, aunque me estuviera cociendo enfrente de la chimenea un rato atrás.

No sabía dónde dirigirme, pues aún había algo en mi cabeza a punto de resolver aquella duda, era como si faltara una pequeña pieza para acabar de encajar toda esa situación. De repente un sonido de trompetas entonando una melodía reconocida se escuchó por encima de aquellos bloques de vegetación, y como si me hubieran dado una colleja, comprendí que aquello ya lo había vivido, pero no justamente en aquel lugar.

Aquello tenía que ser el laberinto del Torneo de los Tres Magos, y la chica que acababa de salir huyendo era ni más ni menos que la representante de Beauxbatons, Fleur Delacour. ¿Por qué estaba yo dentro del laberinto? Es más, ¿por qué estaba allí? Eso había pasado dos años atrás, y no había alumno en Hogwarts que no lo recordara.

De repente se me heló la sangre en las venas, comprendiendo lo que escondía aquel laberinto, sabiendo que no muy lejos de allí había una copa que marcaría el vencedor, y recordé como Potter había vuelto con la copa en brazos, y con Cedric Diggory. Tenía que salir de allí lo antes posible, tenía que salir pitando de ese laberinto en cuanto pudiera.

Como respuesta a todo mi miedo, escuché un grito agudo provinente de la bifurcación que estaba enfrente de mí. Un grito que me recordó al que profirió la estúpida sangre sucia la noche pasada. Un momento…

Y no se porque coño lo estaba haciendo, seguramente por instinto, pues sabía que tenía que salir de allí, me puse a correr, pero en la dirección errónea. Estaba corriendo como un gilipollas hacia el lugar en donde creía que se había escuchado el grito. Y otro, otro chillido seguido de una queja, de esa voz que me había estado siguiendo todo ese fin de semana. Giré bruscamente una esquina, y me encontré con el marrón de frente. La mente se me quedó en blanco, y vi a Granger atrapada por un montón de enredaderas que ahora mismo empezaban a cubrirle la boca y el cuello peligrosamente.

Mi cuerpo se quedó en shock, y a metros de ella no podía hacer nada más que observar cómo se retorcía, y como su varita estaba a centímetros de ella, tirada en el suelo y desprendiendo las mismas chispas doradas que habían salido de ella la anterior noche. Hice un paso hacia atrás, cerrando los ojos fuertemente, intentando borrar esa escena de mi mente. Granger estaba a punto de ser devorada por un arbusto enorme. Mejor… ¿no? Me libraría de ella de una vez. Es más, por la manera en la que aquella planta trepaba por su cuerpo, lo haría por siempre.

No volvería a ver a Hermione Granger.

Y ese solo pensamiento, ese único y intrincado sentimiento de soledad que salía de lo más profundo de mi estómago, angustiándome e inquietándome al mismo tiempo, hizo que abriera los ojos y me mi mano ordenara un hechizo que yo no había pedido. Y la planta empezó a chamuscarse, y Granger calló al suelo, abriendo los ojos.

Otra corriente de aire agresiva y violenta sacudió todo el lugar, haciéndome retroceder unos pasos de la misma fuerza que portaba. Abrí los ojos mirando el oscuro pasillo de donde provenía la ráfaga, y contemplé como el mismo laberinto se consumía en sí mismo, juntando las dos paredes, estrechándolas al punto en el que formaban un solo bloque parecido al hormigón. Y todo esto lo hacía a una velocidad terrorífica, aproximándose a mi situación con una celeridad sobrecogedora.

Granger, que apenas había acabado con su tarea de liberarse de todas las enredaderas reduciéndolas con su varita, no se había dado cuenta del peligro que corríamos, pues ahora el viento empujaba aún con más fuerza nuestros cuerpos, teniendo a pocos metros el fenómeno de estrechamiento. Como si mi mente me abandonara y solo ordenara mi instinto de supervivencia, aferré a Granger de la muñeca sin delicadeza alguna, y la arrastré justo hacia donde la corriente nos llevaba, esquivando todas las enredaderas que parecían cobrar vida al darse cuenta de que estábamos escapando al pasillo más próximo.

Cruzamos corriendo la bifurcación por la que habíamos venido, y de repente me di cuenta que aquello iba a ser más difícil de lo que yo creía, porque ya no solo se trataba de buscar la salida, si no que no podíamos mantenernos quietos en el mismo sitio demasiado tiempo, o si no todo aquello empezaría a cobrar vida.

Empecé a moverme importándome mas bien poco o nada por donde se metiera la sangre impura, le había soltado la muñeca metros atrás, apartando a puntapiés enredaderas, sorteando caminos, metiéndome en cualquiera que veía desprovisto de movimiento. Caminaba y caminaba, con la respiración alterada, con todos mis sentidos en el más primitivo instinto de lucha, aferrando con tanta fuerza la varita que me dolían los dedos. Los minutos pasaban y cada vez me encontraba más perdido y cansado, notando la falta de sueño en mi espalda, flanqueándome las rodillas. Me giré para mirar hacia atrás, donde escuché cómo crujían algunas ramas al ser pisadas, y me encontré a la corrompida hija de muggles. Ese sentimiento de odio que sentía por ella, por haberme hecho hacer una obra de caridad con justamente una Gryffindor traidora al linaje puro, solo se veía magnificado entre aquellas estrechas paredes. Arrugué mi nariz del asco que me profesaba. No quería mirarla. Aceleré el paso lo más que pude para perderla de vista, y al mirar al frente, mis ojos divisaron un destello azul que provenía de un objeto que estaba al fondo del pasillo.

Sorprendido me encaminé hacia ello, y mientras más me acercaba más lo reconocía. Aquella era la Copa de Los Tres Magos, y estaba en un pequeño pódium, rodeada de espacio. Aceleré mi paso esperando encontrar allí un lugar diferente y pacífico. Draco Malfoy, ganador de la copa de los Tres Magos. Sonaba abrumador. Podía imaginármelo con más claridad mientras más me acercaba a la copa de cristal azul plateado, adornada con asas en forma de dragones.

- No la toques. – Dijo de sopetón una voz a metros de mí.

- ¿Por qué no debería hacerlo, jodida sangre sucia? – Espeté, girando ciento ochenta grados.

- Simplemente no lo hagas. – Me ordenó, acercándose un poco más, tanteando el terreno.

- A ver, sabelotodo, hay cosas que se te escapan. – Tosí aclarándome la garganta. - Primero, estamos en un puñetero problema por tu culpa. Segundo, esto es la copa del torneo de Los Tres Magos, y como tu reducida capacidad de razonamiento habrá deducido, estamos metidos en el laberinto de la tercera prueba. Tercero y último. – Dije levantando la mano, mostrándole mi pulgar, índice y corazón. – Pienso salir de aquí, y tú no me vas a parar.

- A ver, idiota. – Dijo elevando la voz, acercándose tanto a mí que nos separaban menos de cincuenta centímetros, teniendo Granger que elevar el rostro para enfrentarme. – Esto no es mi culpa.

- Oh, para nada, tu nunca te entrometes. – Ironicé.

- Segundo. – Añadió, haciendo como que no había escuchado mi última réplica. – Sí, esto es el torneo de Los Tres Magos. Y tercero, haz lo que te de la gana, pero no pongas un solo dedo en esa copa.

- Hasta en situaciones límite te preocupas por la integridad y la reputación de Hogwarts; vaya sabelotodo, esto dice mucho de ti. – Me crucé de brazos, y me moví, rodeando el pódium que sostenía el trofeo.

- Malfoy. – Protestó, intentando decir algo que me encargué de estropear.

- Olvídame sangre sucia. – Arrugué mi nariz. – Sé que quieres que Potter siga siendo el dichoso ganador del Torneo, pero yo no…

- Confía en mí por una vez, Malfoy. No te acerques a ese objeto. – Volvió a acercarse a mí, dando la espalda a la copa y interponiéndose entre esta y yo. – Aunque solo sea por una vez…

Y diciendo esto, el camino por el que habíamos venido se abrió, recibiendo a una tanda de gente. Esta vez Potter y la chica Weasley llegaban corriendo, agarrándose de la mano.

- ¡Hermione! – Gritó Potter. – No toques la…

- ¡Lo sé! – Dijo la aludida, aferrándose costosamente al pódium. Parecía más cansada que todos nosotros, y estaba muy pálida.

- ¿Por qué no podemos tocar la dichosa copa? – Pregunté, intentando descifrar todo el misterio.

Pero nadie me contestó a la pregunta porque el sitio se fue llenando de más participantes. Esta vez, Theo venía acompañado de Longbottom y Lunática. Potter les volvió a hacer el mandato claro y conciso de "no tocar la copa". ¿Qué tenía ese dichoso trofeo? ¿Es qué se estaban esperando a que estuviéramos todos para poder salir de allí de la manita? ¿Era el único que veía el peligro que corríamos contra más tiempo pasáramos allí? Y mientras más miraba la copa, menos lo entendía. No parecía desprender ningún tipo de magia, ni reflejaba ninguna imperfección que diera alguna pista de haber sido manipulada. ¿Qué era lo que ocurría entonces?

- Harry, ¿Qué hacemos? – Preguntó Granger al que parecía el cabeza de grupo.

- No lo sé… - Dijo el muchacho sin desviar la atención de el calce azulado.

- ¡Chicos! – Gritó Footman, que venía corriendo, seguido por la muchacha del cabello rubio de Ravenclaw.

- ¿Estáis bien? – Preguntó la sangre sucia.

- ¡Sí! – Respondió el Hufflepuff de cabello rizado. - ¿Dónde estamos? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

- No lo sabemos. – Contestó Ginny Weasley, aferrándose al brazo de Potter.

Allí había algo que el grupo de Gryffindor sabía, o al menos la mayoría de ellos. Por no decir claramente que estaba casi seguro que sabía que Granger sabía tanto o más que Potter. Dichosa sabelotodo.

- ¡Harry! – Dijo Weasley, quien llegaba corriendo y sofocado. - ¿Qué ha pasado? ¿Qué hacemos aquí?

- ¿Por-Porque hemos venido a parar a este sitio? – Preguntó la pelirroja de Ravenclaw que llegaba al mismo tiempo que el pobretón.

- No sabemos porqué, pero al parecer, ha sido la sala. – Contestó Granger, cada vez más pálida y sudorosa. Tenía mal aspecto… ¿Tanto le afectaba el rollo de tocar la copa?

- Vaya, Ron. – Dijo Ginny mirando a su hermano. – No pierdes oportunidad. – Bromeó intentando cortar aquella tensión mientras miraba a su hermano y a la Ravenclaw con la que había llegado.

- Y por lo que veo Mike tampoco. – Dijo Footman, mirando a lo lejos del único pasadizo que nos mantenía unidos con el laberinto.

Mike Chang y Elizabeth Rain llegaban corriendo, y tras de ellos, la misma corriente que nos había perseguido a nosotros. Justo cuando llegaron al círculo que formábamos todos alrededor del trofeo de los Tres Magos, el pasadizo se cerró, dejándonos a todos en aquella especie de jardín secreto.

- ¡Estáis aquí! – Exclamó la chica, agarrándose al pódium, intentando recobrar el aire que le faltaba.

- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estamos de repente aquí? – Preguntó Chang.

- No lo sabemos. – Le contestó Stefani Tranter. La Ravenclaw respiraba con dificultad, aún sobresaltada por todos los hechos.

De repente se hizo el silencio en aquel lugar tan extraño. Estábamos rodeados por matas de hierbajos y enredaderas, y el frío iba aumentando sin dar tregua. Todos nos dirigíamos miradas los unos a los otros, todos sabíamos que había algo que no encajaba, y todos estábamos igual de desconcertados, incluso Potter, el único que parecía manejar la situación. Era como si un debate interno se hallara en él, pues miraba a un lado y a otro, acabando siempre por poner sus ojos en el trofeo.

- Tenemos que hacerlo. – Murmuró de repente, mirando a la sabelotodo.

- No Harry, no podemos. – Le contestó, dando por acabado el diálogo.

- No hay otra forma de salir de aquí. – Potter la miraba sosteniendo su varita, y sus ojos parecían exclamar con súplica las palabras. – Es la única manera de avanzar.

- Pero, ya sabes que va a pasar. – Bien, mis sospechas eran ciertas, la sabelotodo sabía lo que iba a ocurrir a continuación.

- Hermione, debemos hacerlo. – Y fue tan cortante, que Granger no pudo decir nada más. – Bien, a la de tres, todos deberéis tocar la copa.

Dirigí una mirada hacia Potter, intentando descifrar su rostro. Repasaba nuestras caras con sentimiento de culpabilidad, no había duda, pues miraba a un lado y a otro con nerviosismo. Volvió a repetir lo de la cuenta atrás y cuando todos afirmaron a las órdenes, volvió a echar un vistazo a los presentes, como queriendo comprobar algo. Cerró los ojos, y empezó a decir los números en voz alta. Me adelanté un paso más, y cuando pronunció el tercer numero, sentí en la yema de mis dedos el frío cristal fundiéndose. De repente todo empezó a moverse, todo se distorsionaba, se movía y no dejaba de balancearse. Dejé de sentir el tacto de mi mano contra el trofeo, y casi sin darme cuenta, caí bruscamente al suelo.

Me levanté maldiciendo en voz alta al mismo tiempo que alguien me mandaba a callar. San Potter dando órdenes a todos de retroceder, mandandonos a esconder tras un enorme roble. Quise replicar, pero cuando recuperé el campo de visión, distorsionado por la oscuridad, me di cuenta de que aquello no era las afueras del laberinto. Se me heló la sangre al ver que eso era un cementerio, y como si fuera una oveja, me dispuse a seguir al rebaño.

- ¡Hermione! - Susurró Potter.

Todos estaban ya tras el tronco de un gran roble, que si bien no ofrecía protección, si servía de escondite. Aún desconocía qué o quién era el enemigo que se suponía que tendríamos que enfrentar, pero Potter parecía más tenso de lo normal, y hasta yo mismo podía decir que aquello no era propio del cabeza rajada. Hacía no mucho le había visto enfrentarse a un dragón o desafiar a los dementores. ¿Qué era lo que se escondía en aquel lugar?

Me giré para ver lo que los ojos horrorizados contemplaban, un rayo verde cruzaba el cielo nocturno, y yo seguía allí parado mirando a todos lados. Se me aceleró el corazón de repente, al saber mi subconsciente que aquel rayo tenía nombre de maldición imperdonable, y que alguien, no muy lejos de allí, lo había convocado. Miré al suelo, intentando contestar a todas mis preguntas, y me horroricé al ver a Granger tendida.

Y sin desearlo, y sin ni siquiera pensarlo, me moví hacia atrás, volviendo a campo descubierto, parándome como un idiota al lado de Granger.

- ¿Estas bien Hermione? – Dijo Potter, quien ahora, y sin yo saberlo, estaba a mi lado. Sentí algo parecido al alivio cuando vi a la sangre sucia retorcerse en el suelo. Estaba igual de pálida que antes en el laberinto, y su frente se había llenado de perlas de sudor. Entonces caí en la cuenta de que aquella tarde había estado en la enfermería, y que no estaría en su mejor momento. – Ayúdame.

Potter me estaba pidiendo ayuda. Potter. A mí. A Draco Malfoy.

Me miraba con ojos suplicantes, intentando levantar a la inconsciente de Granger. Le miraba desde arriba, pues aún estaba de pié, y todos los presentes contemplaban la escena tras la madera del roble. Mi mente estaba tan repleta de cosas que no podía llegar a entender algo tan simple como eso. ¿Era aquello una tregua? ¿O simplemente es que estábamos en un peligro aún mayor del que yo me habría podido imaginar?

Y como si alguien hubiera escuchado mis respuestas, otro rayo decoró el cielo. Alguien, a metros de donde se encontraba el roble, había convocado la marca tenebrosa.

Sin decir nada más, me agaché y ayude a Potter, sabiendo que todas nuestras vidas corrían un grave peligro.


La serpiente de la marca tenebrosa se movía por el cielo oscuro de Little Hangleton, el cementerio donde años atrás Lord Voldemort recuperó su cuerpo físico.

No sabía qué hacía allí por segunda vez, tenía que haber vuelto a recorrer los pasillos extraños del laberinto, solo que esta vez junto a Ginny. Y ahora, sin poder remediarlo, había enviado a todos al lugar al que no quería volver. Y aunque todo era igual, era distinto.

No estaba con Cedric, no tenía catorce años, aquello no era el Torneo de Los Tres magos y Moody no estaba en la escuela. Yo estaba jugando ajedrez en mi nueva sala común. Sí, eso no era el Torneo. ¿Pero por qué lo estaba viendo todo de la misma forma, entonces?

La copa no nos había llevado justo al mismo lugar, cosa que agradecía. El rayo grisáceo que conjuró la marca tenebrosa había salido despedido desde mucho más lejos de donde estaban. Y forzando la vista reconocí la estatua donde estuve atrapado tiempo atrás, haciéndome retroceder, exclamando una retaguardia conjunta, mandándonos a todos tras un gran roble que se encontraba cerca de las verjas que comprendían Little Hangleton. Tuve que pedirle ayuda a un Malfoy muy inestable, porque Hermione se había desplomado en medio del césped. La apoyamos contra el tronco de madera del roble, y Ginny se encargó de ella mientras yo intentaba divisar algo.

Busqué con la mirada la copa, pero había desaparecido. Intenté buscar la salida siguiendo las altas verjas negras, pero pese a que había una, se encontraba muy desviada de donde estaban como para salir sin llamar la atención. Y sabía que el tiempo se acababa, porque aquello estaba lleno de mortífagos y Voldemort ya tenía su aspecto físico completo.

Antes de poder pensarlo, dos rayos de luz enmarcaron el cielo próximo y recordé la conexión de varitas, "priori incantatem". Ese era el momento de huir de allí pero, ¿hacia donde?

- Harry, tenemos que hacer algo. – Susurró Ron a mis espaldas.

De repente comprendí que no estaba solo, y que no era solo mi vida la que estaba en peligro. Miré las caras de expectación de mis acompañantes, todos esperando sin duda una orden. Y Ginny, sosteniendo la mano de Hermione, quien tiritaba fuertemente contra el roble, seguramente presa de una alta fiebre. Teníamos que salir, estaba claro, no todos sabíamos a lo que nos enfrentabamos.

- Se acerca alguien. – Dijo Stefani, aferrándose más al árbol.

- Pero Señor... – Decía la voz masculina de alguien no muy lejos de allí.

- Avery. – Fue lo único pronunciado por aquella voz atroz que recordaba tan vivamente.

Las siluetas del montón de gente que caminaba hacia nosotros se detuvieron, y otro de los hechizos imperdonables volvió a ser pronunciado, mandando a aquel mortífago que suplicaba al suelo, retorciéndose de dolor.

Las figuras que antes se detuvieron, ahora volvían a andar, caminando todos al compás, manteniendo un frío silencio lleno de culpabilidad. Los mortífagos seguían a una figura pequeña y encogida, que a la luz de la luna pude reconocer como Colagusano. Se miraba la nueva mano, la que recordaba que el señor oscuro le había conjurado, moviendo los dedos, fascinado.

Colagusano seguía, a su vez, a Lord Voldemort, que guiaba a su escasa tropa de mortífagos a la salida de Little Hangleton, y andaba con aire enfadado. Nadie gozaba decirle nada, nadie le suplicaba, ni le reprochaba que uno de ellos hubiera quedado rezagado, encogido en el suelo. Nadie dijo nada, porque nadie se atrevía a hacerlo.

Reconocí a Lucius Malfoy como el último de la fila, como el más dubitativo y asustado, como el mortífago que más se lo replanteaba. Estaban asistiendo, todos y cada uno, al segundo comiendo del señor oscuro. A la nueva forma de Lord Voldemort.

Me llevé la mano a la cicatriz, que seguía extrañamente impasible a los hechos. Aún teniendo a Voldemort a metros de mí, no había hecho ademán de hacerse notar. No me dolía, ni me quemaba. No tenía esas nauseas ni ese malestar. Simplemente parecía no estar.

- Colagusano. – Dijo la figura huesuda de Voldemort, sin detenerse. – Necesito tomar Azkaban. Un día u otro, los dementores volverán a nosotros, como nuestras fieles criaturas que son. Deberemos contactar con los gigantes. Que todo el mundo sepa que Lord Voldemort ha regresado. - Profirió una risa grave, viéndose victorioso.

Se hizo de nuevo el silencio, mientras todos casi traspasaban la alejada verja negra. La primera figura paró en seco, haciendo que todas las demás obedecieran.

- Y que nadie se equivoque. Harry Potter se ha escapado gracias a un golpe de suerte. Demostraré mi poder matándolo. Pero no por ahora. Dejaremos que Dumbledore se trague su propia ilusión, que piense que está bajo su protección. Nosotros tenemos mejores cosas que hacer… - Se giró, mirando de nuevo a sus secuaces. – Nott, Malfoy, necesito de vosotros para ir a por Lestrange. Fue a la prisión antes que renegar de mi… - Su boca sin labios y su nariz de serpiente se mantenían en una mueca de asco por sus seguidores. – Será recompensada.

Se volvió a girar, y miró en nuestra dirección. Se me heló la sangre. Alguien de nosotros había pisado una ramita, y el diminuto sonido no había pasado desapercibido.

Durante un instante pensé que iba a vernos. Todos estábamos amontonados detrás del roble, casi sin respirar para no hacer ruido. Como estatuas, mirándonos los unos a los otros, en alerta. Hermione seguía semi inconsciente, y Ginny, agachada frente a ella, no apartaba los ojos de los míos. Rogaba y suplicaba por que nadie se enterara de nuestra presencia. Que nadie notara que nosotros estábamos allí, presenciando cosas que ni siquiera dos años atrás yo había presenciado. El "priori incantatem" me sirvió para huir, y aquello había pasado muchos minutos atrás. Ahora sabía que había pasado mientras yo era observado por todas aquellas personas, tendido a pies de Cedric Diggory. Ahora luchaba por mantener la calma, y rogaba por salir de allí como lo había hecho la primera vez.

- Mi señor, yo podría encargarme de los gigantes. – Uno de los mortífagos que había estado bajo los efectos de un crucio minutos atrás, había vuelto a la fila, y se arrastraba frente a Voldemort, besándole los pies. Esté giró su vista hacia el mortífago suplicante, y con cara de asco se giró 180 grados, volviéndose para la verja, dispuesto a salir de aquel sitio.

- Que vuestra lealtad no vuelva a flaquear. – Gritó sobre todas las cabezas la figura huesuda de Lord Voldemort, traspasando las verjas de aquel lugar.

Y como si la luna se hubiera apagado, todo se volvió oscuridad.


Holaaaa a todos. ¡Aquí Patri actualizando!

¡QUE INTERESANTE!

Aquí me encuentro en algún lugar de Madrid, sentada en el comedor de la magnifica Lily, presas de un ataque de risa después de leer y repasar por duodécima vez este capítulo. Lo cierto es que no produce risa, ya que es un gran punto de inflexión en esta trama, por eso mismo, queremos que seáis vosotros quienes comenten la jugada. ¿Demasiado inesperado? ¿Qué habrá pasado?

Estamos pasando una semana juntas, ya que, os informo a todos, que nuestra querida Lidia se va a Manchester a trabajar de manera indefinida. ¿Que os parece? Nuestro bebé se hace grande. ¡Manchester! Creo que lo primero que dije cuando me lo contó fue algo así como: "¡Manchester está cerca de Liverpool! ¡LIVERPOOL! La ciudad de los Beatles."

Y entre unas cosas y otras, no he podido traeros los dibujos. Pero tenemos la sorpresa apunto de caramelo, y si podemos, esta misma semana volveremos a actualizar, aprovechando que estamos juntas en Madrid.

Y hablando de dibujos, y contándonos cosas varias, os confieso que no hace mucho me entrevisté con un director de la empresa Disney. Lo sé, lo sé, muy increíble todo. O al menos, para mí. Que alguien de ese calibre profesional le dedique tiempo a tus dibujos es demasiado fantástico.

Y me dispongo a apretar el botón de "publicar" mientras suena "I saw here standing there" y Lidia se tapa con una manta extra, por qué son las cuatro y veinte de la mañana y aún vestidas, nos reímos de todo. Estamos en esa fase antes de caer rendidas del sueño en los que el sonido de una mosca te puede producir una carcajada inesperada.

Esperamos vuestras reviews, ya que mañana, y creo que toda esta semana, estaremos pendientes desde bien entrada la mañana, ya que estamos un poco ocupadas haciendo cosas por aquí y por allí en Madrid, visitando platós de televisión y asistiendo a conciertos, vaya, en nuestra línea.

ALEA AUREA MOMENTS: Hace alrededor de un año, o un año y medio... o, no sé, hemos perdido la cuenta. Nos encontrábamos en este mismo sofá, con dos hojas en blanco, yo garabateaba a Hermione mientras Lidia apuntaba ideas para la trama.

Peace and love, mis pequeñas croquetas rodantes. Mamá y papá croqueta se van a dormir, o en su defecto, comer cereales. *se alejan con Missy, la gata de Lily, haciendo la croqueta*