El contrahechizo

Otra vez había vuelto a pasar, otra vez la estúpida sala nos había llevado a donde le había dado la gana y devuelto cuando a ella más le convenía. ¿Qué tenía de especial todo lo que estábamos viviendo? Sólo habíamos visto morir personas y todas a manos del Señor Tenebroso, ¿acaso esto tenía algún enlace? ¿Veríamos siempre muerte en todas estas visiones, o lo que cojones fuera? Dumbledore sabría seguro lo que estaba pasando, aunque nos había contado que la sala elegía por sí sola, no me creía que él no tuviera nada que ver. ¡Cómo odiaba que pareciera que se preocupaba cuando realmente estaría montándose una fiesta en su despacho con la estirada de McGonagall! ¡Viejo chiflado!

Me enderecé sentándome con las piernas cruzadas y frotándome el brazo derecho, la vuelta a la realidad había sido un poco más brusca que la vez anterior.

- Al menos podrías tener la decencia de dejarme tumbado en la cama. - Murmuré no sabiendo muy bien a quién.

Tenía un dolor de cabeza horrible y la sensación de que habían pasado horas desde que habíamos dejado la habitación, cuando no habían sido más de veinte minutos. Mis túnicas se encontraban desperdigadas por la cama y varios libros de materias mágicas se hallaban formando una columna cerca del escritorio. Antes de que ocurriera la visión de Theo, me disponía a guardar todo en mi baúl y renunciar a aquella ridícula sala. Daba igual si el castillo no me dejaba entrar en la sala común de Slytherin, como si tenía que dormir al borde del lago, pero no iba a aguantar ni un segundo más en esa jaula de locos. Theo y yo abandonábamos el barco.

Estaba seguro de que nadie nos iba a echar en falta, y menos ahora cuando todos habían comprobado de primera mano que el padre de Theo había servido al Lord Oscuro. Aunque su padre había pagado su precio, su mujer había perecido ante las manos de aquellos malnacidos, estaba seguro que los estúpidos de Potter y Weasel no perdonarían tan fácilmente trasladando todo su odio hacía Theo. Y eso era más de lo que podía permitir que le ocurriera. Que se metieran conmigo tenía hasta cierto pase, llevábamos años de prácticas y yo disfrutaba haciendo que el Weasley se pusiera más rojo que su pelo estropajoso; pero Theo no era como yo, a él le afectaban estos desprecios más de lo que quería aparentar.

Me levanté dispuesto a dirigirme hacia la puerta y llevarme a Theo antes de que tuviera tiempo de dar ninguna explicación a nadie, que estuviéramos todos en la misma sala no implicaba que tuviéramos que explicárnoslo todo. Yo no tenía porque saber cuántas veces meaba Potter o si al Longbottom le regañaba Snape; lo mismo que a ellos les tendría que importar una mierda lo que pasara en nuestras vidas. ¿Granger se pondría de parte de sus amiguitos o como buena gryffindoriana defendería al más débil?

Un escalofrío involuntario recorrió mi espina dorsal, provocando un repentino estremecimiento que me hizo girar mi cuello noventa grados. ¿Qué había pasado con Granger después de que aquel rayo verde le impactara en la espalda?

Miré a través de la cortina que separaba nuestra habitación con el pulso acelerado, no había señal alguna que indicara que había alguien en la otra parte. Granger tenía que haber vuelto, ¿Verdad? Todos habíamos vuelto, las visiones no dejaban a nadie atrás, esta no podía ser una excepción. Pero con cierta opresión me acordé de la visión de Potter y el laberinto que la atacaba; si yo no hubiera cortado las ramas, ella podría haber desaparecido. ¿Cierto? ¿Eso significaba que al otro lado de la cortina no se encontraría Granger para gritarme y reprocharme como siempre hacía? ¿Qué sólo hallaría una cama y sus cosas colocadas milimétricamente?

La mano se me congeló antes de que agarrara la cortina, tragué espeso y cerrando los ojos, me colé dentro. La anterior visión nos había dejado en el mismo lugar en el que antes nos encontrábamos; la sabelotodo y yo estábamos discutiendo en nuestra habitación, por lo que lo más lógico sería que se encontrara allí, aunque la lógica no era algo que caracterizara a la estúpida Alea Aurea. Abrí los ojos y busqué frenéticamente en el espacio reducido que era aquello, sólo llegándome a tranquilizar cuando una pequeña mano asomaba por detrás de la cama; Granger había vuelto.

Expulse todo el aire que sin pensar había acumulado en mis pulmones, quitándome una pesada e involuntaria carga sobre mis hombros. Ese mismo desahogo me llevó a sentir una rabia interior solo de pensar que me había preocupado por la insulsa de Granger, ¡me tenía que importar una mierda lo que le pasara!

Me acerqué en dos zancadas y comprobé que respiraba acompasadamente. Pero antes de darme la vuelta pude ver en su perfil una mueca de dolor. Arquee una ceja y me asome un poco. Granger estaba más pálida de lo normal y la expresión de su cara no decía mucho a su favor. ¿Realmente le habría impactado aquel Avada Kedavra? Me gire bruscamente, haciendo caso a mi lado Slytherin, y mandando al mismo carajo mi preocupación por la comelibros, alcancé la puerta de su lado de la habitación y sin dirigir la mirada hacía ella, tiré del picaporte.

Como había pasado en otras ocasiones la puerta no se abrió. Rodé los ojos y me pasé la mano por la cara intentando controlar la ira que poco a poco se iba acumulando. "Será que sólo puedo utilizar mi puerta para salir" pensé un poco más calmado y rogando que fuera aquello, no podría soportar otra noche de peleas con aquella ridícula sala.

Corrí la cortina dejándola abierta y en menos de un paso me aproximé a mi pomo, pero como había pasado con la puerta de Granger, no hizo el menor intento de abrirse. Tiré con fuerza varias veces sin ningún resultado; estaba cerrada.

- ¿Qué coño quieres? - Grité estirando los brazos hacía el techo y mirando hacía arriba. - ¡Estamos los dos aquí!

Como era lógico no recibí ninguna respuesta, sólo el eco de mi propia voz.

- Granger está ahí. - Seguí mi parloteo señalando hacía su parte de la habitación. - ¿Qué quieres? ¿Qué la despierte?

Y sin esperar contestación alguna, me encaminé a donde se encontraba tumbada y sin ningún pudor pateé no muy suavemente su costado.

- Granger despierta. - Observé su cara no obteniendo ninguna reacción por su parte -¡Despierta! - Grité más fuerte sacudiéndola de nuevo, pero nada, era como si hubiera tomado la poción de los Muertos en Vida.

- ¡Mierda Granger! - La asesté otro par de puntapiés sabiendo que no podría conseguir nada, pero sentía demasiada frustración como para no utilizarla de alguna manera. - ¡Quiero salir!

La Gryffindor seguía igual, tal vez más ladeada debido a un puntapié con demasiada fuerza, pero respiraba acompasadamente y seguía teniendo un gesto de incomodidad. La palidez seguía presente, y pese a haberla zarandeado un par de veces, no volvía en sí. ¿Qué coño le pasaba? Después de utilizar un enervate sin éxito alguno, empecé a ponerme realmente furioso. Quería salir, y quería hacerlo ya. A saber que estaba tramando Potty en la sala común.

- Jodida sala. Jodidas visiones sin sentido. – Y a cada queja, descargue mi ira contra la estantería llena de libros que la sala había elegido para ella. Eran cientos, todos ordenados alfabéticamente como si se tratara realmente de una pequeña biblioteca sólo para ella. La sala debía tener en cuenta sus gustos, porque la mayoría de los libros estaban relacionados con materias de aritmancia y demás temas relacionados con asignaturas escolares. Realmente Granger era la rata de biblioteca por excelencia. - Jodida Granger.

Y el último puntapié hizo que la estabilidad de la madera cediera, y de un crujido, un libro se estrelló contra el suelo, llenando la estancia de polvo por unos segundos. Era un libro pequeño, de pasta dura azul cielo y gastada por las esquinas. Había caído con el lomo en el suelo, y a juzgar por su precario estado, tal vez se hubiera hecho trizas. Mi intención fue la de cerrarlo y colocarlo en un lugar aleatorio, pero antes de poder ni siquiera agacharme a recogerlo, mis ojos, curiosos, leyeron un titular clave: "Alea Aurea".

¿Qué era aquel extraño libro? ¿Y qué hacía Granger con un libro así? Aunque quizás ni siquiera se había dado cuenta, vivía rodeada de libros. Mi experiencia con aquella sala me había enseñado que no me metiera en sitios donde no me llamaban, así que antes de siquiera tocarlo, lo ojee desde mi altura. Parecía manuscrito, con una ortografía detallada y cuidadosa. Había un recorte de lo que parecía ser una hoja de un diario, lacrada con un sello para mantener la sujeción. Las páginas eran demasiado amarillentas y estaban muy maltrechas, ¿cuántos años tendría ese libro?

Me intrigaba la sola cuestión de que aquella hoja adjunta tuviera como título "Alea Aurea" en letras mayúsculas. Me acuclillé y sin tocar el libro, comencé a leer lo que ponía. No entendí nada de aquel recorte, lo único que me llamó la atención fue la fotografía de un cuadro en medio de la noticia, así que lo dejé donde estaba, cogí el libro y guardando que no se moviera de página, comencé a leer una de las hojas escritas a mano.

"Ayer discutí de nuevo con padre. Últimamente parece haber enloquecido respecto a la pureza de sangre. Reconozco que yo solía ser igual que él. Ahora todo ha cambiado. A veces me gustaría ser alguien diferente a Siberius.

A pesar de todo, Godric intervino y consiguió calmarlo. No quiero abandonar esta sala… No ahora.

Mientras padre discutía con Godric, pude estar en el despacho principal. Encima de la mesa había un libro abierto y no pude eludir una lectura rápida. Hablaba sobre la Alea Aurea. No pude leer todo lo que quisiera pues me vi interrumpido, pero aun así, tal vez esto resuelva las dudas de Ellie.

Godric dijo algo al respecto de esta nueva estancia, algo relacionado con la suerte y la fortuna, el camino correcto. Al principio pensé que era para relegar las ideas que padre tenía respecto a esta sala, obcecado en sus ideales de majestuosidad. Siempre nos habíamos dirigido a ella como "la nueva sala común", pero pude captar una conversación de Godric, casi de soslayo, cuando me dirigía al Gran Comedor. Las palabras "Alea Aurea" fueron repetidas constantemente y estaban hablando sin lugar a dudas de la sala en la que permanecíamos los elegidos.

Había dado por hecho que eso era normal, alguna idea de los directores de las casas, con tal de darle un nombre, pero una noche, al desviarme de la lechucería, encontré una majestuosa obra de dimensiones portentosas en la que una mujer yacía en los brazos de un hombre. Nunca había reparado en el cuadro y me resultó extraño, pues el acabado parecía de oro más que de pintura, se me antojaba imposible el hecho de que alguien como yo no hubiera reparado antes en el. Como atraído y embelesado por el suave centelleo que desprendía el oleo, me acerque y mi asombro aumentó al leer en una diminuta lámina de oro, centrada en el marco inferior, las siguientes palabras:

"Y cuando entre Aurea, le seguirá Alea"- Frederic Timolty.

Godric había mencionado "Alea Aurea" como la sala en la que estábamos habitando y aquel cuadro me resultaba extrañamente familiar, a pesar de estar seguro de que nunca lo había visto. Resuelto, indague en la biblioteca sobre "Alea Aurea" pero mi búsqueda resultó un fracaso. Fue entonces cuando reparé que quizás el nombre del supuesto autor me daría la clave.

Frederic Hamish Timolty resultó ser un respetado mago, poderoso y aclamado por la prensa, pero no por sus obras pictóricas, sino por su literatura y sus predicciones. La expectación me apremiaba, aunque la biblioteca se encontraba vacía de la información que yo quería encontrar.

Me costó una semana dar con algo de información sobre su única obra, y lo encontré en un diario del despacho personal de mi padre. No podía llevármelo, así que arranqué la hoja.

Aun así, las dudas se sobreponían, pero las piezas no encajaron hasta esta semana.

Después de un vaivén, la sala volvió a quedar a oscuras, tuvimos otro sueño conjunto, de los cuales no logro resolver el enigma, ni el proceso, pero el hecho es que Ellie resulto gravemente herida. Justo cuando quise aferrarla para comprobar como estaba, volvimos a esfumarnos. Nunca antes, en ningún otro sueño, nadie había resultado herido. ¿Eran sueños, aquello que vivíamos?

Eso pensaba, hasta que al volver, vi a Ellie tumbada en el suelo. Estaba intacta, sin ninguna herida, pero estuvo horas sin responder. ¿Estaría aun durmiendo?

Me alarmé al ver pasar las horas. Ellie estaba más pálida de lo habitual y en estado de alarma, mi memoria recordó, con un suave eco, una de las frases sin sentido que Frederic, autor de la obra, pronunciaba en su discurso. Al leerlas, Ellie despertó ajetreada, como si hubiera estado aguantando la respiración.

Necesito seguir buscando más información sobre Frederic, y sobre "Alea Aurea" si quiero resolver todas estas dudas. De momento, no le diré nada a Ellie.

Siberius S."

Me quede petrificado. ¿Era una broma? Ojee algunas otras paginas y aquello parecía pertenecer a alguien del pasado. Era un diario. El lomo del libro, azul, no concretaba nada, tampoco había índices ni paginas numeradas, simplemente folios rellenos de pensamientos, y todos tenían una firma concreta: "Siberius S."

Quien quiera que fuera Siberius, había entrado a esa sala. Y con mucha anterioridad a juzgar por su vocabulario y lo deteriorado que parecía aquel libro. El caso es que aquellas dos páginas me habían rebelado grandes cosas, y el hecho de que hubiera caído justo en aquel momento, y abierto por aquella página, sólo hizo que inquietarme más. Miré a la estantería frunciendo el ceño y antes de cerrar el libro, releí las palabras de Siberius.

Hablaba claramente de aquella sala, y al parecer, tenían visiones o como el autor del diario decía, "sueños". La tal Ellie parecía un calco de Granger en aquel momento. ¿Pero que había dicho Siberius para despertarla? Reparé de nuevo en el recorte de diario pegado con el lacrado, a una de las paginas del libro. Parecía ser una especie de entrevista sobre el cuadro que Frederic Hamish Timolty había creado. Al parecer, según lo que podía leer de aquel pedazo de hoja mal cortada, había sido muy polémico en su época. Frederic siempre se había dedicado a la literatura y de vez en cuando hacia alguna predicción curiosa, pero aquella vez había llegado más lejos, descubriéndose como pintor. No respondía sobre su obra, simplemente se dedicaba a repetir una y otra vez la misma frase: "Pronunciar las palabras correctas en el momento exacto siempre es un alivio. Aurea yace dormida, despierta Aurea." En una de las esquinas de aquel recorte de diario, escrito a caligrafía rápida, hecho casi un borrón de tinta, se podía leer "Estantería número 85".

Miré a Granger, y volví a leer para mi mismo la frase en cursiva y negrita de aquel recorte. No paso nada. Gire mi cabeza hacia Granger, que empezaba a presentar unas ojeras muy marcadas y su palidez era muy impropia, resaltando el tono suavemente morado que adquirían sus labios.

Me estaba volviendo loco, era eso. Quizás incluso yo mismo seguía en la visión. La maldita frase no funcionaba, por mucho que leyera y releyera aquellas dos páginas, y mi autocontrol estaba en los mínimos. Me acerque a Granger e hincando mis rodillas en el suelo, zarandeé de nuevo sus hombros. ¿Qué coño estaba pasando? ¿Por qué no funcionaba nada bien en aquella jodida sala?

- Joder Granger, más vale que te despiertes. – Dije sintiéndome el ser más estúpido del planeta sabiendo que nadie me escuchaba. Si seguía así, acabaría hablando con los muebles.

Y como si una luz se hubiera encendido, comprendí el rompecabezas. Fue como haberme arrojado agua fría en invierno, me estremecí de solo pensar en aquel banal hecho. Si aquello funcionaba, estaba claro que tenía entre mis manos una poderosa arma reveladora.

- Debo estar volviéndome loco. – Murmuré antes de dar el paso definitivo. – Aurea yace dormida. Despierta, Aurea.

Un segundo después, y como si le faltara el aire, Granger encorvó la espalda, llenando sus pulmones con todo el aire que le permitían. Abrió los ojos en desmesura y yo, aún anclado de rodillas, me sorprendí sin poder evitarlo. Había funcionado y no me estaba volviendo loco. Quizás la clave de la sala se encontraba en mis manos, personificada en un maltrecho diario de un tal Siberius.

Sin pensármelo dos veces, me levanté, dispuesto a poner el libro a buen recaudo en mi habitación, escondiéndolo detrás de mi espalda. Pero no pude ni recomponerme cuando los enormes ojos de Granger me miraron profundamente, como si supiera todo lo que había pasado en el rato en que estaba inconsciente.

- Yo entré contigo. –Dijo con un hilo de voz irreconocible, aún respirando agitadamente.

- ¿Qué? – Pregunte retóricamente. ¿Qué coño estaba diciendo de entrar? ¿Entrar a donde?

- ¡Tú! – Exclamo incorporándose. – Tú y yo, entramos juntos a Alea Aurea. Lo recuerdo perfectamente. Tú me recogiste y… y cruzamos juntos la puerta.

Sobresaltado, el libro se escurrió de mis manos, cayendo al suelo con un golpe seco. Retrocedí un paso atrás, sin pensar, y para más inri, el diario de Siberius se vio arrojado hacia el interior del faldón que formaba la cama de Granger, quedándose escondido, pero no a mi alcance. Perfecto.


Habíamos vuelto a Alea Aurea, el crepitar del fuego de la chimenea y los sillones tapizados en tono dorado lo confirmaban. Me levanté del suelo torpemente masajeándome la espalda. Harry, a mi lado, se colocaba las gafas, mientras que mi hermana se acomodaba la túnica. Miré a mi alrededor y todos, a excepción de la chica pelirroja de Ravenclaw, habíamos aparecido desperdigados por el suelo, al menos la vez anterior la sala había tenido la decencia de colocarnos de la misma manera en la que nos había recogido.

Odiaba esas visiones o lo que narices pasara, ¿qué era lo que debíamos sacar en claro? ¿Qué El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado y sus seguidores conseguían lo que querían a base de asesinatos? No entendía nada y sólo hacía que me enfureciera más con todo lo referente a él. ¿Acaso nosotros éramos una especie de Ejército de Dumbledore y por eso éramos elegidos? ¿Nos mostraba todo esto para intentar conseguir alguna manera de derrotarle? Si fuera así, Dumbledore nos lo habría contado, ¿no?

Antes de que pasara la visión, Nott nos había reunido para comentarnos algo, aunque todos sospechábamos lo que podía ser, su partida de Alea Aurea. He de reconocer que aquello me agradó en sobremanera, tener serpientes día y noche no era algo que catalogara de paraíso. Pero lo que más me alegraba era que con ello, Malfoy se largaba también. Ese engreído hurón ya había ocasionado demasiados problemas y además, ¿por qué la sala le había elegido? No tenía nada de especial.

- Ron. - Harry me tocó el brazo y señaló con la cabeza en dirección a Nott que se encontraba de pie cerca de la chimenea mirando fijamente las llamas.

- Tenemos que hablar con él. - Nos susurró a Ginny, que había aparecido al lado mía, a Neville y a mí.

- ¿Pero qué decimos? - Preguntó Neville revolviéndose las manos nervioso. - Hemos visto como moría su madre, no podemos empezar una conversación así como así.

- Luna se lleva bien con él. - Ginny resolvió y moviendo la mano hacía Luna, indicó que se acercara.

Luna se unió a nosotros con expresión abatida y triste. Nunca la había visto así y eso me sorprendió bastante. ¿Tanta relación tenía con Nott? Ni incluso cuando nos habíamos enfrentado en el ministerio el año pasado había abandonado su tono alegre y jovial. ¿Había algo que me había perdido en estas semanas?

- Luna, necesitamos tu ayuda. - Dijo Harry nada más apareció a nuestro lado.

- Lo que quieras Harry. - Contestó con la voz demasiado apagada.

- Tendríamos que hablar con Nott de lo que acaba de pasar. - La rubia asintió apenada. - Y tú te llevas bien con él, ¿verdad? - Harry sonrió y acarició cariñosamente el brazo de Luna.

- Nosotros iremos contigo. - Confirmó Ginny y cogiéndole delicadamente el brazo, la acompañó hacia la chimenea.

- ¿Tan bien se lleva con Nott? - Pregunté sin poder acallar mi curiosidad

Pero ninguno pareció oírme y yo me seguí preguntando que es lo que me había perdido.

- No sé porque ha pasado esto. - Oí que decía Nott al acercarme a ellos. Aún no apartaba la vista de las llamas. - Yo no quería que ocurriera nada de esto.

- Lo sabemos, Theo. - Ahora Luna acariciaba la espalda de Nott intentando reconfortarle.

- La sala no tenía derecho a mostrarnos nada que tú no quisieras. - Agregó Harry. - Y créeme, te entiendo perfectamente.

Ante la mención de aquello, Nott apartó la vista de la chimenea dirigiéndola hacía Harry. Se quedaron varios segundos callados sin decirse nada, solo mirándose mutuamente a los ojos. Intuí que aquello era una conversación muda de aquellos que había perdido sus seres queridos a manos del Señor Tenebroso. Y a pesar de que sabía que estaba mal, no pude más que sentir envidia de la conexión que se había formado entre ellos, nunca podría llegar a tal vínculo con Harry.

Sacudí la cabeza espantando aquellas absurdas ideas, Harry era mi amigo y siempre lo sería. Y aunque nunca llegara a tener tal vínculo con él, estaría para ayudarle en lo que me necesitara.

- ¿Quieres contarnos lo sucedido? –Preguntó Harry sentándose en uno de los sillones cerca de la chimenea. – Pero sólo si tú quieres.

Nott miró a Luna que asintió con una sonrisa triste y juntos se sentaron en el sillón opuesto al de Harry, eran tan menudos que cogieron juntos sin ningún problema. Ginny se sentó en el brazo del sillón en el que se encontraba Harry; Neville y yo, junto a las chicas de Ravenclaw nos sentamos en el sofá grande, y los demás se acomodaron en la alfombra apoyándose en los huecos que dejamos en el sofá. Todos nuestras miradas se dirigieron hacía Nott.

Aquella situación, con todos sentados alrededor de él, me hizo recordar cuando mi madre me llevó a Flourish & Blotts porque un reconocido cuentacuentos iba a recitar una de sus famosas historias. Aunque al principio no quise ir por considerarlo algo infantil, yo ya tenía 10 años, salí encantado de toda la magia que podía albergar un relato. En esta ocasión, Nott era el cuentacuentos y nosotros sus oyentes, sin embargo, la historia que iba a relatar era una mucho más trágica para poder ser contada a los niños.

Empezó contando porque su padre había llegado a ser mortífago, que todo había sido una mezcla de circunstancias y que él realmente nunca quería unirse a ellos, que no había tenido otra opción. Aunque advirtió que su padre nunca llegó a matar a nadie bajo mandato de ellos y que no compartía ninguno de los pensamientos que el Señor Tenebroso les inculcaba, pues él mismo era hijo de padre muggle.

Pero en una de las tantas misiones que realizaban, conoció a la que sería su futura esposa. Había llegado a creer que esa era su única vida pero no tardó en comprobar cuan equivocado estaba. Juntos decidieron escapar y empezar desde cero, a ambos le habían arrebatado algo importante pero podrían construir una nueva vida juntos. Huyeron a un sitio desconocido donde nadie pudiera encontrarlos.

El final del Señor Oscuro llegó, cuando un simple niño de un año pudo acabar con todo el mandato de oscuridad. Su hijo, que había nacido un año antes, se criaría en un ambiente dichoso y seguro. ¿Qué más podían pedir? Vivieron cinco años felices, dando gracias a Merlin por haberse encontrado, hasta que ocurrió la fatídica noche que habíamos vivido apenas quince minutos atrás.

Su padre llevaba varios meses notando algo extraño, como si alguien vigilara todos sus pasos y teniendo miedo de que fueran aquellos de los que habían huido hace años, decidieron abandonar el único hogar que conocía Nott, no podían arriesgarse a que alguien les encontrara. Pero la noche de la partida, todo se fue al traste. Los mortífagos, que habían descubierto donde vivía y no pudiendo dejar escapar a un desertor, decidieron tomar la justicia por su mano, como siempre hacían, para adentrarse en la casa y exigirle cuentas. Pero la situación acabó con fatales consecuencias para la familia Nott, su madre había muerto y ellos dos, no pudiendo volver a su antigua casa, tuvieron que convertirse en fugitivos a la fuerza.

Vivieron en diferentes lugares durante mucho tiempo, no se podían arriesgar a que los volvieron a encontrar. Nott empezó la escuela y todo parecía que había vuelto a la normalidad. Su padre no se mudó de la última casa que compartieron y Nott le enviaba una lechuza cada semana; estaban construyendo una familia de nuevo.

Pero en el cuarto año de Nott, recibió una última carta de su padre. En ella explicaba que la marca que tenía en el brazo, la marca de los mortífagos, se hacía cada vez más nítida y dolorosa. Y que eso solo podía significar una cosa, el Señor Oscuro regresaba. En esa carta, su padre rogaba que no tuviera ningún contacto con él, que no intentara contactar con él bajo ningún medio posible, que él hallaría la forma de hacerlo. Y así había sido, de vez en cuando le mandaba mensajes cifrados que sólo conocía Nott y en ellos le contaba en pocas palabras que estaba bien y que no se preocupara de él. El Señor Oscuro había regresado y él no había tenido otra opción que volver a unirse a ellos, esta vez iba a ser mucho más difícil escapar.

Todo se quedó en silencio cuando Nott terminó su historia, incluso las llamas se oían a un volumen bajo, como queriendo demostrar su tristeza. Siempre había oído la historia desde el punto de vista de los "buenos" y nunca llegué a pensar que los mortífagos tuvieran una vida diferente a la de servir al Señor Oscuro. Me los imaginaba como seres sin corazón y escrúpulos que seguían todos como corderitos a una persona con unos ideales obsoletos, y aunque estaba seguro que la mayoría eran así, habría algunos con historias parecidas al del padre de Nott. Volví a recordar todo lo ocurrido en la última visión y me reprendí mentalmente por ser tan obtuso y no haberle dado un voto de confianza.

- ¿No has vuelto a saber de tu padre? – Preguntó la chica callada de Ravenclaw, sino recordaba mal, ellos compartían habitación.

- No. - Negó Nott. - No le había vuelto a ver desde, bueno, desde que le vimos en la visión del otro día. – Miró a Harry que asintió imperceptiblemente.

- ¿Y crees que estará bien? – Murmuró Ginny suavemente, aunque por la manera en que se tapaba la boca sentí que no quería haber preguntado nada.

- Estará bien. - Sonrió Luna apretando cariñosamente la mano de Nott. – Los Nott son fuertes y cabezones, pueden con todo.

Nott sonrió de vuelta a Luna e incluso se le escapó una pequeña risita. El ambiente pareció relajarse y se respiraba algo menos de tensión. Pero yo seguía con la misma sensación de antes sin lograr identificarla, ¿me estaba volviendo loco?

- Quiero pedirte disculpas. - Harry se había aproximado al sillón de Nott. - No merecías el trato que te dimos. ¿Compañeros de Alea Aurea? – Terminó estirando el brazo derecho.

El slytherin miró al brazo y a Harry indistintamente y sonriendo estrechó con fuerza la mano de Harry.

– Compañeros.

Y como si ese simple gesto nos valiera, todos los demás nos levantamos a estrecharle la mano pidiéndole perdón. Nott no era un mal chico, sólo había acabado en una casa en la que se juzgaba a la gente metiéndolas en el saco de los malos. Si Hermione me escuchara me echaría la bronca. "Ron nunca deberías juzgar antes de conocer" parecía como si realmente la oyera hablar cerca de mí. Por cierto, ¿dónde estaba Hermione?


¿Cómo podía haber averiguado que habíamos entrado juntos a Alea Aurea? ¿Por qué de repente lo sabía y ya? Malfoy me observaba como si fuera un bicho raro de la clase de Criaturas Mágicas de Hagrid, y en cierta manera me sentía así. De repente, las imágenes se habían alojado en mi cabeza como si alguien me hubiera contado una historia, como si alguien hubiera introducido ese recuerdo en mi cabeza, un recuerdo en el que yo era la protagonista y me sentía como tal. Pero, ¿cómo?

- ¿Cómo puedo saberlo? - Murmuré para mí misma, aunque en el fondo esperaba alguna contestación del desconcertado Malfoy. Le enfrenté la mirada. - Fue así, ¿verdad?

El Slytherin apartó la vista y se concentró en un punto de mi habitación sin contestar a la pregunta. "El que calla, otorga" decía siempre mi madre, y en este momento no había mejor explicación que aquella.

Rememoré los momentos vividos aquella tarde, intentando buscar una solución a aquel rompecabezas. Había venido de la enfermería, había peleado con Malfoy, con el que tendría unas palabras más tarde; habíamos tenido la visión en la casa de Theo, habíamos visto a esos mortífagos y…

Me levanté de un golpe del suelo al comprender la gravedad del asunto. Theo niño, mortífago y Avada Kedabra. Esas cinco palabras me hicieron estremecer. Debía comprobar si estaba bien.

- ¿Dónde está Theo? - Grité a un Malfoy, que si antes estaba sorprendido, ahora no dejaba de mirarme como si me hubiera crecido un cuerno en la frente. - ¡¿Dónde está?!

- ¡Y yo que coño sé! - Se levantó quedándose cerca mío.

- ¡Eres su amigo! - Seguía gritando, la necesidad de saber si estaba bien era urgente. - ¡Tienes que saber dónde está! El Avada Kedabra…

- El Avada Kedabra no alcanzó al niño. - Me cortó. Sabía a lo que me refería, él también lo había visto. - Tú lo paraste.

Mi respiración se hizo pesada y mi cabeza empezó a dar vueltas. ¿Cómo que yo había parado la maldición? Eso era imposible, era una maldición imperdonable, yo tendría que estar muerta. Alguien tendría que estar muerto. No entendía nada.

- No te creo...- Dije en un hilo de voz. - Yo me interpuse, la maldición tuvo que alcanzarle.

- Granger…

- No es posible. - Le corté negando con la cabeza. Era la maldición asesina. Si no él no había muerto…entonces, todo mi cuerpo se paralizó y le miré más asustada que nunca. - ¿Quién ha muerto?

- No ha muerto nadie Granger. - Contestó como si aquella conversación le cansara. - Tú paraste la maldición.

- ¿Y cómo que yo no estoy muerta? - Grité exasperada apuntándome con el dedo. - ¿Cómo es que estoy aquí viva y discutiendo contigo? - Alcé los brazos exagerando mucho los movimientos. - Explícamelo si eres tan listo.

- Umm… - Murmuró y antes de que apartara la mirada, pude ver la duda reflejada en sus ojos. Y en ese preciso momento supe que había pasado algo. Quería zarandear a Malfoy hasta que me contara la verdad, ¿cómo había podido ser tan ruin de ocultarme que algo malo había pasado? Alguien podía estar herido, alguien podía estar… Tenía que bajar inmediatamente a la sala.

Sin dejar que Malfoy me parara, corrí la distancia que me separaba de la puerta de mi habitación y tirando del picaporte con todas mis fuerzas abrí la puerta adentrándome en el pasillo. Bajé las escaleras como si el mismísimo Voldemort me estuviera persiguiendo, mientras que no dejaba de rogar que todos estuvieran bien.

Pero me paré en seco al ver una escena que no me esperaba encontrar, todos alrededor de la chimenea como si fuera una tarde más en Hogwarts. Ignorando sus caras de desconcierto e ignorando las señales que me advertían que no había ningún peligro, no me quedé tranquila hasta que no conté a todos los presentes. Harry, Ron, Ginny, Neville, Luna, Theo, Stefanie, Mika, Mike, Elizabeth y Phoebe. Once cabezas, no faltaba nadie.

Un ruido proveniente de las escaleras hizo que dirigiera mi vista hacia allí, Malfoy habia salido de la habitación y me miraba con la arrogancia que le caracterizaba. Su postura me decía todo, él tenía razón y no le había creído. Pero, ¿cómo era posible? Si yo había parado la maldición, ¿por qué no había muerto? Las visiones nos habían dejado bien claro que podíamos ser atacados como si nos estuviera ocurriendo en la vida real, ¿entonces? Mi cabeza era un hervidero de preguntas. Y necesitaba respuestas.

- Hermione.- La voz soñadora de Luna me despertó de mi trance.- ¿Estás bien?

Todos me observaban. ¿Habrían visto que me había interpuesto entre Theo del pasado y la maldición? Recordaba ver a Luna, Theo y Harry en la planta de abajo, pero todos mis recuerdos estaban un poco confusos. Puede que su ángulo a la cocina fuera diferente y no hubieran distinguido nada de lo que ocurría allí. En cambio Malfoy, había visto todo. Me giré una vez más y el Slytherin dio un respingo como si le hubiera pillado haciendo algo indebido.

- ¿Hermione? - Ginny se había acercado y observaba el hueco de la escalera donde se encontraba Malfoy.

- ¿Estáis todos bien? - Agarré a Ginny por los hombros, apretando más de lo necesario. - ¿Nadie está herido?

- Estamos todos bien, Hermione - Me cogió los brazos dándome un pequeño apretón, haciéndome entender que todo estaba en orden. - ¿Estás bien? - Susurró más cerca mío. Asentí supe que no me había creído.

- Hablábamos de las visiones. - Luna comentó mientras me sentaba en el hueco que me había dejado Neville en el sofá. - Y de que no entendemos porque ocurren.

- Yo tengo una teoría. - Dijo Mike misterioso. - Somos los conejillos de indias para un nuevo torneo de magos. ¿Cómo se llamaba aquel torneo de hace unos años? ¿El torneo de los tres magos? Bueno, pues ahora que somos trece… ¡El torneo de los trece magos!

- ¿Qué torneo? - Preguntó Mika escéptico y burlón. - ¿El de los trece... enanos del árbol?

- Es Erebor, los enanos viven en Erebor, tonto.- Mike se enfrentó a Mika. - ¡Bien sabes que Smaug les quito la montaña! ¿Cuántas veces he tenido que repetírtelo?

- Perdonad. - Neville interrumpió la conversación más confundido que si Snape le hubiera dicho que bailara la conga en la clase de pociones. - ¿De qué estáis hablando?

- Es el libro del Hobbit. - Explicó Elizabeth. - Un libro muy popular entre los muggles. - Añadió al ver que Neville seguía con la misma expresión de desconcierto.

- ¿Conoces el Hobbit? - Mike se acercó gateando hasta donde estaba la Ravenclaw. Su rostro irradiaba felicidad.

- Es uno de mis libros favoritos.- Contestó Elizabeth más cohibida que antes. Mike la miraba como si hubiera visto el cielo por primera vez.

- Pero por mucho que Tolkien fuera un mago reconocido en el mundo muggle por sus relatos. - Aclaró Stefanie sentada cerca del sillón. - Creo que eso sería exceder la línea de los surrealista.

- ¿Alguien podría hablar normal, por favor? - La paciencia de Ginny había llegado a su límite y se cruzaba de brazos irritada. - ¿Por qué hablamos de ese Token?

- ¡Tolkien!- Mike y Elizabeth contestaron al unísono, riéndose cuando se dieron cuenta de lo sucedido

- Perdón, perdón. - Alzó las manos en señal de disculpa, aunque la conocía lo suficiente para saber que no lo sentía para nada.

- Por el momento mi teoría gana. - Mike sonreía mirando de reojo a Elizabeth. - Así que, torneo de los trece magos.

- ¿Quién más tiene otra versión? - Mika animó a los demás a dar su versión de los hechos. - La que sea más disparatada se llevará mi caja entera de "Grageas de todos los sabores".

Y así comenzó la más extraña conversación que había tenido desde hace mucho tiempo. Se oyeron las más variopintas versiones, desde que realmente todos estábamos dormidos porque Dumbledore no nos quería ese año en Hogwarts, hasta que estábamos viviendo en un mundo paralelo y todo esto no era más que una historia ficticia creada por dos amigas. Pero al llegar a la conclusión, Mika dijo que nadie debía de ganar porque a las teorías les habían faltado originalidad; por lo que recibió una lluvia de cojines por parte de todos los presentes. Reconocía que había hablado poco con Mika y Mike, pero sabía que habían querido calmar el ambiente, haciéndolo más distendido y ameno. Y entendí porque Alea Aurea les había escogido.

- ¿Tú que crees de todo esto Harry? - Preguntó Luna interrumpiendo la atmósfera creada. Todos dirigimos la vista hacia él esperando el veredicto. Nadie le había nombrado nunca líder, pero Harry poseía todas las cualidades que un buen líder debería tener. Y aunque él siempre prefería mantenerse al margen, era inevitable que todos le viéramos de esa manera.

- La verdad.- Harry se acercó al borde del sillón, colocándose las gafas que se le resbalaron por el puente de la nariz. - No sé porque ocurren todas estas visiones o viajes al pasado. Pero si tengo clara una cosa. - Fijó su vista en todos nosotros. - Sea lo que sea, se aleja mucho de lo que son los pensaderos, para empezar, podemos interactuar con los objetos y los hechizos dañan.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal; si los hechizos dañaban, ¿por qué yo no estaba muerta? Me había interpuesto en una maldición, y no en una cualquiera, sino en la más mortal de todas. ¿Por qué entonces no había sufrido ningún rasguño?

- Así que os ruego.- Continuó Harry ajeno a mi estado de desconcierto y duda. - Que no os pongáis en medio de ningún hechizo. Y que evitéis cualquier contacto con encantamientos.

- Pero… - Se atrevió a preguntar Stefanie. Su voz sonaba un poco más aguda de lo normal - Si nosotros les atacamos con hechizos, ¿funcionaría igualmente? ¿Les dañaríamos?

- Sinceramente no lo sé.- Contestó Harry abatido pasándose una mano por el pelo desordenado. Le conocía lo suficiente para saber que aquello se le escapaba de las manos y que le gustaría darnos más respuestas que las que nos estaba dando. - Pero ateneos de realizar cualquier intento. - Miró a Theo de reojo. - No sabemos lo que podría pasar.

- Pero es imposible. - Intervino Ginny. - Si pudiéramos realizarlos estaríamos cambiando el pasado y nadie puede hacerlo, ¿verdad?

Ante esa simple mención, Harry, Ron y yo dimos un respingo; sabíamos que eso era posible pues hacía tres años atrás lo habíamos realizado, salvando a Buckbeak, el hipogrifo de Hagrid, de una muerta segura. Aunque ahora yo incluía el salvar al pequeño Theo como éxito de cambio del pasado.

- Eso no es del todo cierto. - Me sinceré con ellos. Sabía que Dumbledore me había hecho prometer que no dijera nada, pero la sala merecía más mi atención en este momento. - Yo he podido conseguirlo.

- ¿Cómo? - Se interesó Luna.

- Con un giratiempo. - Expliqué. - Es un objeto que me autorizaron a usar en mi tercer año aquí. Pero ya no lo mantengo en mi poder.

- ¿Entonces podríamos defendernos de los mortífagos se volviéramos a viajar a otra de esas visiones? - Preguntó la pelirroja de Ravenclaw, Phoebe.

- De hecho. - Comencé antes de que tuviera tiempo a pensar lo que estaba haciendo. - En esta visión…

Pero fui cortada bruscamente de mi relato cuando unos ruidosos pasos se escucharon bajar las escaleras hasta que llegaron a la sala común. Malfoy se había unido a nosotros, aunque estaba segura que había escuchado toda la conversación desde lo alto de las escaleras. Me miró por un segundo, negando con la cabeza rápidamente. Y no sé porque, pero le hice caso y me callé.

- Quería ir a dormir.- Dijo con arrogancia mirando a todo el mundo por encima del hombro. - Pero parece que hay una fiesta montada. - Miró el reloj de la sala.- Son las dos, ¿no podríais callaros un poco?

- Es la una.- Contestó Harry aprentando los dientes. - Y si tanto te molestamos usa un hechizo para taparte los oídos. Por si lo habías olvidado, eres mago.

- Créeme que lo haré para no oír ninguna de las chorradas que soltáis al cabo del día. - Se giró para volver a la habitación. - Y podrías arreglar el reloj de tu sala común, Potter. Marca las dos.

Y sin dejar que Harry le replicara o ninguno de los presentes lo hiciera, subió las escaleras elegantemente como sólo él podía hacer. Y como si hubiera impuesto la orden, fuimos poco a poco levántandonos y yendo a nuestras habitaciones.

No sé porque había hecho caso a su mirada, no sé porque no había seguido hablando, ¿qué más le daba a él que lo contara? Sabía que Harry podría ayudarme a resolver el puzzle que era ahora mi cabeza o al menos introducir un poco de paz. Pero aún así había callado. Además estaba segura que el ruido que había hecho al bajar, había sido para crear distracción y que sólo se fijaran en él y olvidaran que yo estaba hablando. Malfoy nunca bajaba los peldaños de esa forma. ¿Habría querido advertirme a su manera?

Me adentré en la habitación y eché un vistazo a su lado ¿estaría durmiendo? No habían pasado más de diez minutos desde que había bajado a la sala. No supe lo cansada que estaba hasta que llegué al borde de la cama. Y cuando por fin cerré los ojos, retales de recuerdos del día se agolparon, entumeciendo más mi mente. Definitivamente, había sido un raro. Pero estaba viva.


¡Hola mis queridos magos del mundo mágico! Al micrófono Patri, con ganas de que leáis este capítulo, posiblemente, el más difícil de los que hemos escrito hasta ahora. Ha sido escrito, retocado y modificado tantas veces que he perdido la cuenta.

¿Y Siberius? ¿Quién es Siberius? Hagan apuestas. Quiero escuchar teorías, aunque sean tan disparatadas como las de Mike y Mika.

La última vez que actualicé por mi cuenta os hablaba de que Manchester estaba muy cerca de Liverpool, y Liverpool, magos mios, es la ciudad. LA ciudad. Con artículo. Y sí, he tenido el placer de poder ir gracias a Lily. Y de gritar por las esquinas de la ciudad, por que, queridos míos, una fangirl no puede contener sus emociones. Creo que me pasé una media hora frente a The Cavern Club, donde un John Lennon de metal posa con una sonrisa incansable. Y así es como me encontraba yo, con una sonrisa de oreja a oreja. Y mis pataleos al ver Strawberry Fields, que pataleos, por favor. Me faltó poco para besar el suelo de Penny Lane antes de subirme al autobús de The Magical Mystery tour que nos llevaba a todas partes. Y en resumen, cumplí un sueño.

O dos. Pues también conocimos a muchísima gente que participa en la serie inglesa de Doctor Who. Entre ellos Matt Smith. Como diría mi gran Lady Gaga, "Oh, boy, you left me speechless"

Sigo con mis dibujos, mis diseños y ahora, mucho más que antes, con mis cosplays. Mis queridos padres me regalaron una maquina de coser, y tras haber sido el Capitán América, haber hecho una aparición o dos por televisión, haberme unido a un grupo de cosplayers y haberme recorrido mi ciudad con el escudo echado a la espalda, ahora me encuentro en plena creación de mi tercer cosplay (ya que el segundo fue the 11th doctor para la convención del 50 aniversario), nada más y nada menos que mi querida Rapunzel, de Tangled. Metros y metros de tela. Y la de tutoriales que voy a tener que leerme.

Pero no puedo detener esta creatividad.

También os informo de mi amor absoluto por Imagine Dragons, a quienes estoy escuchando ahora mismo, y a quienes recomiendo, por que para mi ya eran grandes antes de verlos en directo, y ahora son imprescindibles en mis listas de música.

ALEA AUREA MOMENTS: Lily os contó quiénes eran Elizabeth y Phoebe, pero lo que no os dijo es que hay detrás de esos nombres. Bien, digamos que Elizabeth es el nombre por excelencia de Lily. Es como ese nombre musical que suena bien en vuestras cabezas y al que le pondríais a vuestros hijos, o a algún personaje querido. Lo mío fue más simple. Siempre ha habido una similitud, aunque sea pequeña, con Phoebe Buffay de Friends. No conduzco un taxi, ni llego a sus puntos de locura extrema, pero hay algo entrañable en ella que me recuerda a mi. Y los apellidos son fáciles de intuir, "Smith", por nuestro querido Matt, el onceavo doctor de Doctor Who, y "Tyler" por Rose Tyler "defender of the Earth", el gran amor del Doctor.

¡Sorpresa! Hacía tiempo que lo andábamos planeando y ahora hemos querido mostrároslo, el blog de Alea Aurea, donde podréis ver las mismas actualizaciones que aquí, pero con mucha más información e imágenes. Para aquellas intrépidas que necesitan un poquito más de la misteriosa sala común, os hemos dejado el link en nuestro perfil. Hecho con todo el amor del mundo, para mejorarnos día a día.

Besitos y abrazos a mis magos hermosos, haced mucho la croqueta, sed todo lo creativos que queráis ser y nunca dejéis de ser vosotros mismos.

Paz y amor.