Extrañas coincidencias
Había pasado, sin lugar a dudas, una mala noche. Y por varias razones que acababan derivando en una sola.
Primero estaba el hecho de que no acababa de acostumbrarme a aquel dormitorio. Era especialmente amplio y tenía reminiscencias al mío en Malfoy Hall, pero aun así, a pesar del derroche de muebles, las sabanas de seda y el centenar de objetos ostentosos que se agolpaban en los rincones y vitrinas de mi nueva habitación, no acababa de sentirme cómodo. Y creía saber porque. Aquella dichosa cortina era insuficiente para alejarme de la existencia anodina que representaba Hermione Granger. Para más inri, aquello no insonorizaba, y de vez en cuando un suspiro se colaba entre la opaca y pesada tela que formaba aquel dosel compartido. Dichosa sangre sucia y su manía de suspirar en sueños.
Segundo, y no menos importante, aún estaba conmocionado por aquel misterioso libro. Me devané los sesos durante las horas de sueño, pensando en quien seria Siberius, y en si todo aquello que explicaba podía resultar posible. Era más que obvio que quien quiera que fuera "Siberius S." se había enfrentado a los mismos acertijos y rompecabezas mucho antes que yo, y los había ido resolviendo a manera de diario. Si mis deducciones eran ciertas, aquello solo podía ser resumen de una gran fuente de sabiduría personificada en libro, que, para mi desgracia, estaba debajo de la cama de la Gryffindor. En mi duermevela tramé un sin fin de maneras de colarme en su habitación para buscar entre los faldones de su cama sin resultar cazado, ya no solo por el hecho de parecer un idiota integral si Granger me pillaba, si no por proteger la causa de mi búsqueda. Aquel libro era la gallina de huevos de oro, las respuestas a mis preguntas, quizás no a todas, pero sí a buena parte de ellas. Todo daba vueltas en torno a aquel libro, por que, ¿a quién pretendía engañar? Lo que me quitaba el sueño, sin lugar a dudas, era el solo hecho de lo que había sucedido justo después de la visión. ¿Le había salvado la vida a Granger solo leyendo los pases de aquel libro? ¿Era un conjuro, o una estupidez? Quizás a Granger no le habría ni rozado el hechizo después de todo. Quizás aquel rayo verde que le dio justo en la espalda fuera otra cosa. Resultaba tan ridículoo el hecho de desmentirmelo, que creer que le había salvado la vida por decir una frase en voz alta. Estaba siguiendo los pasos de Dumbledore, la locura me estaba embargando.
Para colmo tenía que evitar que Granger me hablara sobre lo que había descubierto, quien sabe como, de su entrada a Alea Aurea. No permitiría que me dejara al descubierto, aunque bien sabía que tarde o temprano se iba a dar cuenta. La comelibros siempre resolvía todo, era cuestión de tiempo. Pero eso no me quitaba el sueño, pues por todos era sabido que yo había entrado con ella. Lo que me molestaba era que no sabía como podía haber descubierto el hecho de que yo la hubiera cargado en brazos hasta allí en un acto estúpidamente heroico y demasiado Gryffindoriano como para reconocerlo. Me maldije interiormente, cerrando los ojos con fuerza. ¿Cómo podría saber aquello Granger, si estaba inconsciente por aquel entonces? ¿Quién le había revelado aquello? Además, ¿por qué tan repentinamente? ¿Hacia unos días no sabía nada y de repente creía saberlo todo? Nadie podía habérselo dicho, porque yo no se lo había largado a nadie, por muchas ganas que tuviera de restregarselo a Potty y Weasel; escupirles en la cara que me había llevado a la mojigata de Granger conmigo y que ahora compartíamos la misma habitación. Una sonrisa apareció por mi rostro al imaginarme las caras de palurdos que se le quedarían al pensar que nuestra habitación estaba simplemente separada por una pesada cortina. Idiotas.
Después de regocijarme demasiado con la idea me reprimí a mi mismo, descubriendo que el deleite andaba más allá de joder a Potter y a Weasley, maldiciendo una vez más por lo bajo a Alea Aurea, Dumbledore y el mismísimo arquitecto de Hogwarts.
En resumen: odiaba a Granger más de lo que la había odiado en estos últimos tiempos. Su existencia me perturbaba y me cargaba de emociones contradictorias y situaciones demasiado complicadas de resolver.
Aquella mañana me desperté temprano y partí hacia los primeros entrenamientos de Quidditch de la temporada. Slytherin se iba a preparar para escalar puestos en el tablero y luchar por una semifinal digna. Eso me desintoxicaría la mente de sangre sucias indeseadas, parásitas de mis divagaciones diarias y causantes de quebraderos de cabeza. Además era una buena excusa para escabullirme pronto de la habitación y de temas de conversación que no quería tocar.
La sensación de pánico inminente aún rezumaba en mi interior. La oleada de frío que había penetrado en mi ser justo antes de esfumarme de aquella visión había calado hondo. Fue como hundirse en lo más hondo del gran lago: frío, oscuridad, inseguridad y anhelo.
Tenia claro que aquel hechizo del mortifago había acabado impactando en mi espalda, ejerciendo de diana humana. Había escuchado a alguien gritar mi nombre justo antes de sentir la gélida conmoción; era como estar petrificada, pero pudiendo sentir la tirantez de mi piel y la confusión de mis sentimientos. Y en trasfondo, un sentimiento cálido por el que me vi recogida después de la aterida espera.
Mi cuerpo convulsionó en una respiración, llenando los pulmones por pura inercia. Y en aquel momento, una visión fue rebelada, una duda resuelta, un cabo atado de mi puzzle sin resolver. Vi claramente como Malfoy me sostenía, como me cargaba y como entraba a Alea Aurea. Abri los ojos sorprendida, seguía faltándome el aire, pero pude distinguir unos ojos grises observarme con cierto recelo y malestar. ¿Qué acababa de pasar? Ahora no importaba, tenía conmigo una nueva respuesta.
Pero Malfoy no me contestó, como era de esperar, y aquella noche me costó dormir, sintiendo más frío de lo habitual. Mi mente repetía una y otra vez las escenas vividas en la visión, la dureza de la guerra y lo extraño en los ojos del Slytherin. ¿Por qué se había comportado de aquella manera cuando estábamos en la cocina de los Nott? Seguramente seguiría siendo el mismo estúpido y engreído de siempre cuando me levantara por la mañana y me lo cruzara por los pasillos, pero en aquel momento, tal vez por la tensión de la situación, Malfoy me pareció una persona mínimamente decente.
Aparté los buenos pensamientos sobre el inquilino de mi habitación de mi mente, relegándolos al olvido. Draco Malfoy seguía siendo Draco Malfoy, de los pies a la cabeza, un Slytherin de pura casta.
Me desperté con los primeros rayos de sol, demasiado inquieta como para permanecer durmiendo. No me moleste en mirar la hora y en cuanto pude, baje al gran comedor, donde había menos actividad de lo normal, debido a ser día festivo.
- ¿Debería preocuparme el verte aquí tan temprano? – Pregunto Ginny cuando tomé asiento frente a ella en la mesa de Gryffindor. - ¿Hay alguna clase de examen pronto, o simplemente Malfoy te dio demasiado la vara?
- No a ambas. – Contesté pausadamente, acomodándome en el asiento mientras me servía un poco de zumo.
- ¿Por qué será que no me convence tu respuesta? – Arremetió arqueado una ceja.
- Malfoy ha desaparecido del mapa desde que ayer descubrí como entré a Alea Aurea. Parece no querer darme la razón aunque es obvio que se como entram…
- ¡Espera, espera! – Ginny me miró con los ojos abiertos como platos. - ¿Me estas diciendo que Malfoy te dijo sin más como entrasteis?
- Para nada… - Pronuncie negando con la cabeza mientras encogía los hombros.
- ¿Entonces? – Dijo la pelirroja dubitativa.
- Es una historia un poco extraña… - Suspire pesadamente. – Y por lo que veo, tienes entrenamiento… - Ginny lucía el uniforme del equipo de Gryffindor, y a juzgar por el aspecto, parecía nuevo. Siempre le había encantado el Quidditch así que no era de extrañar que los Weasley invirtieran en su nueva equipación. - Así que será mejor que vayas ya o los chicos me culparan de entretenerte.
- ¿Por qué no me acompañas? – Me preguntó sonriendo. – Los primeros entrenamientos suelen ser un poco aburridos porque no tenemos ninguna estrategia aun planificada… Además, quiero enterarme de todo.
- Pero… - Murmuré sin estar del todo convencida.
- Nada de peros, necesito saber esa historia. – Y bebiendo el último trago que quedaba en su copa, se levantó y espero que la siguiera hasta la puerta principal.
Ginny no creyó cuando le conté como había averiguado como entramos en Alea Aurea a pesar de que lo explique con todo lujo de detalles en nuestro camino hacia el campo de Quidditch. Lo cierto es que había obviado ciertas partes de la historia, como que casi me matan en la visión y que Draco estaba muy agitado, y había estado bastante rarito todo el día restante. Le expliqué la sensación extraña que sentí antes de volver de la visión, y de cómo Draco apartó la mirada cuando le pregunté acerca de Alea Aurea y nuestra misteriosa entrada.
- Esta claro que lo que vistes es cierto. – Acortó tajantemente justo cuando faltaban pocos metros para alcanzar las gradas. Andábamos a grandes zancadas porque llegaba con unos minutos de atraso. – Si no el mismo Malfoy hubiera negado todo en ese mismo instante.
- ¿De veras lo crees? A veces pienso que ha sido una alucinación pasajera. - Dije con resignación mientras pasábamos la primera grada. – Y dudo que Malfoy lo reconozca en voz alta.
- Allá él con su orgullo Slytheriano. – Se encogió de hombros antes de que nos detuvieramos al pie del campo.
Pero un gran ajetreo unos metros más allá detuvo todo tipo de conversación restante. Ambas giramos a cabeza para el lugar de donde provenían las voces y nos sorprendimos al encontrarnos el equipo de Gryffindor y el de Slytherin en medio del arenal, vociferando palabras y altercando la oscura mañana. Ginny me miró rápidamente, y con un entendimiento mudo, nos dimos prisa hasta alcanzar el lugar del conflicto.
- El campo es de Gryffindor. – Afirmo Harry con tono severo, mirando directamente al capitán del equipo de Slytherin. – Aquí tengo el permiso que McGonagall nos concedió el fin de semana pasado. – Añadió alargando un pergamino enrollado.
- Muy bien Potter. – Dijo el capitán mirando con aburrimiento el papel. – Aquí tienes el permiso que nos concedió Snape a nosotros. – Y repitió el proceso que Harry había hecho con anterioridad.
Se hizo un silencio un tanto espeso en el que los jugadores se miraban con recelo los unos a los otros. No era la primera vez que aquello pasaba, y lo mejor era poner las cosas en su lugar lo antes posible. Lo cierto es que la hostilidad entre Gryffindor y Slytherin había disminuido considerablemente, pero aquello no tenía porque desencadenar en nada más si dialogábamos desde un buen principio.
- ¿Qué tal si solo por esta vez compartimos el campo? – Murmuró un muchacho de Slytherin con tono conciliador.
- No es mala idea, por ahora tendremos que conformarnos. –Afirmó Ginny, encogiéndose de hombros. – Dentro de poco va a empezar a llover así que sería una tontería partirnos el tiempo.
- Quizás yo pueda ayudaros. – Murmuré dubitativa. – Quizás si hacemos un horario, podamos aprovechar las horas y no crear confusiones la próxima vez.
- Nosotros estábamos antes en el campo. – Espetó Ron bastante malhumorado aferrando su escoba con más fuerza de lo habitual.
- Esa no es la cuestión Ronald. – Dije mirándole directamente. Ron llevaba muchos días molesto por mi actitud neutral, pero no iba a ponerme a crear disputas innecesarias y menos en un campo de Quidditch en el que estaba a punto de caer el diluvio del año. – Ellos también tienen un permiso válido, las normas dictan que ambos equipos tienen el derecho de permanecer en el campo.
- Tu y tus dichosas normas. – Ron puso cara de asco y después de mirarme largo y tendido se giró para dar media vuelta.
- ¡Ronald! – Grité intentando llamar su atención.
- La próxima vez, Hermione, podrías ponerte de nuestra parte. –Sentenció con voz dolida.
Más que ofendida, había quedado herida por el comentario de Ron, que parecía dispuesto a encerrarse en sí mismo. Era un chico de costumbres, y pese a que era una de las mejores personas que había conocido en Hogwarts, tenía que reconocer que le costaba salir de sus estamentos. No es que Ron no se socializara con los Slytherins, es que simplemente le costaba creer que jugaran limpio de manera natural. Pero eso era una opinión impuesta que él precisamente él tenía que empezar a considerar puesto que estaba en una sala común totalmente nueva, con alumnos de todas las casas.
No me dio tiempo a reaccionar cuando una voz que arrastraba las palabras, paladeándolas, se impuso, y hizo que Ron detuviera su cabizbajo paso.
- Reconócelo Weasel, tu querida amiga tiene razón. – Malfoy se adelantó un par de pasos, poniéndose de espaldas a mi. – Quizás se haya cansado de sobrevivir entre cabezas huecas.
- ¿Qué? – Susurre medio sorprendida mirando como Ron había detenido su paso.
- ¿Te das por vencido tan fácilmente pobretón? – Escupió Malfoy con tono altanero mientras veía como Ron daba media vuelta. – ¿O es qué consideras que Granger tiene razón por primera vez?
La espalda de Ron se curvó momentáneamente, dejando de cargar el peso en sus hombros para alzarse en su altura, completamente recto y erguido.
- Vaya, será que desde que compartimos dormitorio piensa con mayor claridad. – Malfoy se regodeo de su comentario, y miró al frente, por mucho que yo le aguijoneara con la mirada, impactada de que alguien como él hiciera publica la situación que Alea Aurea había planificado para los dormitorios. Esto daría pie a rumores absurdos que estaba segura que me seguirían en las semanas venideras.
- Repite eso otra vez jodida sanguijuela. – Fueron las palabras que alcance a escuchar antes de que un torbellino pelirrojo se acercara a marchas forzadas.
La pelea se formó antes de que pudiera ni siquiera reaccionar a las palabras que acababa de decir Malfoy. ¿Me acababa de defender o simplemente habría querido vacilar, haciéndome daño en el trayecto? Escuche un quejido grave y un grito femenino acompañado por un movimiento repentino. Enfoque mi vista y pude ver como Nott intentaba agarrar a Malfoy y como Harry y Ginny sujetaban a Ron sin éxito alguno. Malfoy se zafo de Nott como pudo, pero antes de que pudiera volverse a adelantar, me interpuse, sin saber bien que hacer en aquella extraña situación. Alargué las manos, intentando en vano resolver la situación. ¿Qué se supone que tenía que decir en un momento como aquel? Evidentemente no estaba de parte del Slytherin, pero no veía correcta la actitud de Ron.
- Ya esta bien. – Pretendió ser un grito enfadado, pero solo me salió un hilo de voz algo pastoso debido al nudo que se había formado en mi garganta. –Parecéis dos críos estúpidos. – Murmure por lo bajini.
- Apártate Hermione. – Grito Ron, con un movimiento brusco del que se intentó separar de Harry.
- No. – Dije mirándolo severamente.
- Dejarme darle su merecido a ese gilipollas lechoso. – Se sulfuró, intentando colarse por los brazos de Ginny.
Pero Malfoy fue más rápido, y como una escurridiza serpiente, se adelantó varios pasos, arrollándome en el camino hasta Ron, haciéndome perder el equilibrio por momentos. Quizás había sido mala decisión ponerme entre los dos bandos, pero no iba a permitir que aquello se desmadrara, y menos aun sabiendo que aquellos dos tenían que convivir día a día viéndose la cara. El puño del Slytherin voló por encima de mi cabeza impactando en la cara de Ron; hinqué ambas manos en el pecho de Malfoy, expulsándolo del territorio fortificado que formaban Harry y Ginny, haciéndome daño en la mano que había estado molestándome desde hacia semanas. Me queje sin querer, pero eso no me reprimió de obsequiar a Malfoy con una mirada llena de odio.
Como si mis manos le hubiesen quemado, Malfoy retrocedió casi repelido por mi presencia. Me gire a echar un vistazo a Ron, al quien le sangraba levemente el pómulo izquierdo.
- ¿Cuándo vais a dar por acabada esta demostración de testosterona? – Grité por encima de las cabezas que me superaban en altura.
Me crucé de brazos, mirando de reojo a Ron y Malfoy. Estaba indignada porque la cosa había llegado más allá de un par de insultos. Quería reprimirles, echarles un sermón, decirles que esa no era forma de actuar, o simplemente seguir mirándoles de forma reprobatoria, pero me había quedado sin fuerzas. Últimamente vivía en un ambiente de tensión continuo y no tenia ganas de seguir batallando en disputas inmaduras. Negué con la cabeza para reafirmarme a mi misma que aquello era perder el tiempo, suspiré pesadamente y levantando la cabeza, me fui con dignidad de aquel lugar.
Desde que había entrado en aquella estrambótica sala, me había pasado de todo. Aunque nunca se puede esperar un año tranquilo en Hogwarts, después de todo estaba cursando quinto de magia y hechicería en un colegio invisible para muggles, y era una orgullosa Ravenclaw.
Al principio fue todo muy precipitado, enterarme de mi origen mago y recibir mi propia varita. Después adaptarme a la escuela y a sus asignaturas. Era todo increíble y fantástico, a veces pensaba que vivía en mis propios sueños. Los compañeros de Ravenclaw eran muy amables conmigo, y los de los cursos superiores me ayudaron en cuanto pudieron. Entablé amistad con Elisabeth rápidamente, y todo salió rodado. Aunque al principio, recibía todo tipo de preguntas acerca de mis orígenes, algunos incluso me preguntaban que porqué no había ido a Gryffindor. No entendía muy bien porqué me hacían aquella pregunta hasta que di con el kit de mi cuestión. Al parecer me confundían creyéndome parte de una de las familias con más antigüedad y descendencia en Hogwarts, característicos por su pelirrojismo y su gran descendencia. Los Weasley. Indagué y busqué a los sujetos, Ginny Weasley compartía curso conmigo, y coincidíamos en algunas clases. Por otro lado, Ronald Weasley era más inaccesible y distante. Siempre andaba metido en líos, la mayoría seguidos por Harry Potter, el niño que sobrevivió.
La verdad, es que el menor de los hermanos de los Weasley creo cierta simpatía en mí. Me descubría a mi misma girando mi cabeza cuando hacía presencia en el Gran Comedor, o prestándole más atención de la requerida a los partidos de Quidditch, en los que hacía de portero de su casa.
Y ahora aquí estaba, elegida por razones desconocidas, con mi mejor amiga a mi lado, y con Ronald Weasley como representante de Gryffindor. Elisabeth me daba codazos cómplices de vez en cuando, y yo sonreía con disimulo, intentando no llamar demasiado la atención.
Todo iba bastante bien, después de aquellos viajes al pasado y el terror inicial que aquello provocó, el grupo pareció fragmentarse en diminutos guetos, a los cuales Luna Lovegood parecía inmune, pues iba y venía con tranquilidad. Una mañana después de "la gran pelea", entrando por la sala común, desde entonces bastante deshabitada, me sorprendió encontrarme a un abatido jugador de Quidditch sentado en uno de los sillones más cercanos a las brasas.
- Hola. – Dije tímidamente, intentando no enturbiar su evidente enfado.
- Hola. – Murmuró Ronald, con una evidente apatía.
- ¿Es-estas bien? – Dije acercándome cautelosamente, resuelta a recibir algún tipo de contestación.
- Podría estar mejor. – Contestó casi arrastrando las palabras, gruñendo un cansado "tsh" mientras elevaba los hombros con pasotismo.
- Entiendo. – Asentí sin mucha convicción. Nos quedamos unos segundos más en silencio mientras yo me empezaba a poner nerviosa. Era la primera vez que estábamos a solas y lo desaprovechaba mirando la chimenea. "¡Ánimo!" me alenté.
Me acerqué lentamente no sabiendo si sería bien recibida. La convivencia en Alea Aurea me había demostrado que su temperamento podía variar en cualquier momento. Si se ponía así con sus amigos, ¿qué es lo que no haría con una desconocida?
- ¿Ha pasado algo en el entrenamiento? – Contestó con un bufido, confirmando mi pregunta. - ¿Te-te han metido muchos puntos?
Levantó su cabeza rápidamente, a claras, enfadado. "¿Por qué tenía que haber dicho esa pregunta tan tonta?" Pero toda mi timidez se fue a un lado, cuando me fijé en el gran morado que adornaba su pómulo izquierdo. Al parecer, el entrenamiento había sido más duro de lo que me había imaginado.
- ¡Rebufa! – Solté sin darme cuenta y me agaché a su lado para mirarle más de cerca aquel morado. El golpe había sido por debajo del ojo, y aunque el iris se encontraba un poco rojo, no había nada mayor por lo que preocuparse. Le iba a preguntar como se lo había hecho cuando le oí reírse entre dientes.
- ¿De qué te ríes? – Estaba muy confundida, hacia un rato soltaba fuego por los ojos y ahora se reía acariciándose la mejilla dolorida, seguro doliéndole el esfuerzo.
- ¿Qué acabas de decir? - Sonreía levantando sólo el labio derecho. No sabía a que se refería, ¿De lo de los puntos? Hice un repaso mental descubriendo por fin el origen de aquello. Me puse colorada al instante.
- Es una expresión de la lengua de mi madre. – Agaché la mirada avergonzada, oí como seguía riéndose. – Cuando me sorprendo o me enfado las digo sin pensar.
- Me gusta. - Alcé la cabeza al oír aquello. – Rebufa. – Repitió y me reí ante aquello.
- Lo estás diciendo mal, se dice así "Rabufe". – Le corregí.
- Claro lo que he dicho, "Robufe". – Me reí sin saber si no sabía decir bien la palabra o lo estaba haciendo adrede. – Enséñame más palabras.
Y así pasamos toda la tarde. Yo enseñándole palabras de la lengua de mi madre, y él poniendo todo su esfuerzo en aprenderlas. El golpe del pómulo había quedado olvidado y aunque cada vez que se reía, notaba como su cara se contraía por el dolor, no mencioné nada no queriendo estropear la atmósfera que se había creado entre nosotros.
En un momento dado, oí como la puerta de entrada se cerraba, y aunque giré la cabeza en aquella dirección, no conseguí distinguir nada más que la pesada puerta dorada. "Habrán sido imaginaciones mías". Centré de nuevo mi atención, riéndome ante la manera que Ron decía la palabra "Caram" y desee que esa tarde no acabara nunca.
Recorría los pasillos del castillo a grandes zancadas apretando fuertemente los puños en intento por controlar mi furia. La estúpida sabelotodo lo había vuelto a hacer, me había hecho quedar como un estúpido. Un gruñido escapó de mi garganta haciendo que unos chicos de primero se apartaran rapidamente de mi camino. Así es como tenía que ser, yo andaba y los demás huían.
El uniforme de Quidditch se me pegaba al cuerpo pues, como la pequeña pelirroja vaticinó, la lluvia nos pilló a todos dejándonos calados en dos minutos. Todos se alejaban hacia el castillo tapándose la cabeza con las manos, aunque yo no hice ningún intento en moverme, notando como el agua se metía entre el cuello de la chaqueta. Oía como Theo me llamaba, le ignoré completamente, no necesitaba ver a nadie en ese momento.
Un trueno iluminó el pasillo del tercer piso dejándose oír el trueno medio segundo después, la tormenta estaba encima del castillo. Me acerqué a la ventana y me apoyé en el alfeizar observando como pequeñas gotas mojaban el cristal. En ese momento necesitaba tranquilizarme, y la lluvia siempre había tenido ese efecto é mi mente divagar ante los acontecimientos ocurridos hacía menos de media hora descubriendo, muy a pesar mío, que el causante de todo aquello había sido el engreido de Weasley.
¿Por qué no se daba cuenta de una vez de lo idiota que era? ¿Qué solo era "famoso" por ser amigo del cara rajada? Si Granger no se hubiera puesto en mi camino, el pelirrojo se hubiera llevado más que un ojo morado a casa. Llevaba buscando pelea desde que pisé la sala "¡Qué yo no había querido entrar, joder!" Di un golpe al cristal con el puño, haciéndome daño en los nudillos, calmandose al instante por el frío contraste.
Y Granger parecía que tenía que estar siempre en todos lados. Siempre esa áurea de sabionda y de santa, protegiendo a todos y comprobando que las cosas fueran bien ¡A la mierda ella y a la mierda sus santeces! ¿Cuándo aprendería a no ser tan metomentodo? ¡Y encima me había empujado para que no tocara a su querido Weasel!
- Cálmate. - Me pasé la mano por el pelo y respiré hondo. - Si mi padre me viera ahora mismo... - Me reí tristemente, hasta cuando no estaba presente le tenía miedo-
La tormenta ya había escampado, y aunque pequeños rayos iluminaban aún el pasillo, el cristal solo recogía gotas antiguas. Me levanté de un salto, y tirité de frío al notar las frías ropas pegadas a mi cuerpo. "Al menos me constiparé y así no aguantaré más a esa panda de bufones" Recogí la escoba que había quedado tirada en el suelo y al incorporarme una sombra cruzó el pasillo que tan rápido como había aparecido, desapareció por una puerta cercana. No era una persona curiosa y me importaba un comino quién estuviera detrás de aquella habitación sino fuera porque aquella sombra se había parecido mucho a la estúpida de Granger.
Antes de ni siquiera saber lo que hacía, tenía la mano en el picaporte y empujaba la puerta encontrandome de espaldas a la comelibros.
Se giró al oír como la puerta se abría reflejando sorpresa al verme parado bajo el marco. Su mirada de asombro pasó rápidamente a una de molestia aunque pude ver reflejado un halo de ¿tristeza?
-¿Qué haces aquí Malfoy? - Se cruzó de brazos alzando la cabeza con altanería. Pude ver marcas de lágrimas debajo de sus ojos y eso me exasperó. ¿Tenía que llorar por cada problema del mundo?
-¿Tengo que pedir permiso para estar en el castillo en el que vivo? - Rodó los ojos y respiró exhalando todo el aire por la nariz.
-Malfoy, no estoy para aguantar tus estupideces. - Cambió el peso de una pierna a otra. - Así que...
Y alzando la cabeza se dirigió rumbo a la puerta de salida. No tuve tiempo de reaccionar cuando mi mano actuó por sí sola y agarró su brazo en un intento por detener su camino. Sus ojos se posaron primero en mi mano y segundos después los fijó en mí. Aunque mi agarre era suave, su mirada era intensa y por primera vez en mi vida tuve miedo de Granger.
-Suéltame. - Ordenó sin moverse un ápice. Nuestras miradas seguían aquel duelo impuesto que por supuesto, no iba a perder. - Malfoy, no te lo vuelvo a repetir,suéltame o...
-¿O qué? ¿Tienes miedo de sufrir lo que tu querida comadreja? - Mi boca, como mi brazo, parecía no estar de acuerdo con mi cerebro y se movían antes de que tuviera tiempo de pensar. No quería decir aquello, no tenía ni porque insinuarlo, pero tuve que realizar mi mueca desdeñosa de siempre para que no sospechara.
Pero para sorpresa mía, Granger no reaccionó como esperaba.
-Por mí, como si le hubieras dado dos veces más. - Y alzó los hombros manteniendo una actitud pasiva.
Su respuesta me dejó descolocado. ¿Granger defendiendo la agresión? Y no sólo eso, ¿la violencia contra la comadreja? Arrugé el ceño y la miré dubitativo, ¿a qué venía esa contestación? ¿Se había vuelto a enfadar con el pelo zanahoria? La verdad no me extrañaba, Weasel tenía el coeficiente mental de una cuchara. La agarré más fuerte, no se iba a ir hasta que apagara mi curiosidad.
- Vaya, vaya. - Moví la cabeza de un lado para otro. - ¿Granger queriendo usar la violencia? ¿Dónde quedó la alumna modelo? - Sentí su brazo tensarse.
- No defiendo la violencia- Rectificó en tono monótono. - Sólo la que tiene que ver contra él.
Una sonrisa se me escapó contra mi voluntad, me había gustado su respuesta. ¿Quién lo hubiera dicho?
- Nunca pensé que tuviéramos algo en común. - Granger se rió.
Y de repente la atmósfera cambió. La tensión de hacía un momento había desaparecido, instalándose una más relajada. Ella sonreía tímidamente y me descubrí a mí mismo pensando que tenía una sonrisa bonita. Un momento, ¿bonita? Solté su brazo como si me hubiera electrocutado y di un paso hacía atrás llevándome la mano a la nuca. Ella, igual de sorprendida que yo, se frotó el brazo en el que segundos antes estaba mi mano y un pequeño rubor se instaló en sus mejillas.
No sabía que había pasado pero no quería indagar más en el asunto, lo único que quería era escapar de allí cuanto antes. Pero ahora que mandaba órdenes para que mi cuerpo se moviera, mi cerebro parecía estar de vacaciones.
- Esto... - Empezó a hablar apartando la mirada cuando me fijé en ella. - Si... - Carraspeó. - Tengo que volver a Alea...
- Si. - Dije más alto de lo normal. - Y yo voy a la biblioteca.
Y sin dar tiempo a ninguna otra réplica, abrí la puerta y me alejé a zancadas por el solitario pasillo. A los dos segundos oí la puerta cerrarse y pasos que se dirigían hacia el otro lado del corredor. Hasta minutos después no me di cuenta que la biblioteca quedaba hacía el otro lado y que Granger habría visto mi equivocación. Hoy, definitivamente, no había sido mi día.
¡Hola queridos todos! ^_^
Al habla Lili. Aquí os traemos otro nuevo capítulo de Alea Aurea con el que estamos muy emocionadas de compartir con vosotros. Estos chicos no se pueden estar sin pelear, y encima involucrando a la pobre Hermione. Si es que la testosterona... Y aunque poquito, ¡HA HABIDO DRAMIONE! ¡Yuhuuuuuuu! Creernos, somos las primeras que nos gusta meter dramione, pero también queremos que las cosas se cuecen bien, pero ya algo se ve... ¿Y los monos que son estos dos? *^* Aunque claro, son más cabezones que antes besan a Snape que reconocer que se gustan.
Sé que siempre estamos pidiendo perdón por la tardanza, pero realmente está siendo difícil escribir. La última actualización fue justo un mes antes de que me cambiara de destino, esta vez a mi maravilloso LONDRES ^_^ ¡Si! Ahora vivo en Londres, en la misma cuna de un montón de cosas que me emociono de sólo pensarlo *^* Los primeros meses fueron un caos, porque me trasladé a un hotel completamente nuevo y cuando digo nuevo, digo que se abrió cuando empecé; por lo que todo era nuevo y teníamos que acostumbrarnos. Pero ahora todo va bien y bueno, ahora soy jefa :) Nunca me hubiera visto como una jefa y aquí estoy. Pero, aunque todas estas distracciones nos mantegan alejadas de escribir, nunca vamos a dejar Alea Aurea. Porque, creo que Patri está de acuerdo en esto, es una parte de nosotras y tenemos que terminarlo, ¡así que Alea Aurea va a haber hasta el final!
Y ahora, ¡ALEA AUREA MOMENTS! Esta vez, es de los últimos que hemos tenido. Como no tenemos la oportunidad de poder llamarnos tan a menudo a como hacíamos como cuando estábamos en España, utilizamos el Skype como medio de "teléfono" Eso si, antes de empezar prometemos hablar solo del fic, porque nos conocemos y acabamos hablando de calcetines :P Pues bien, debe ser que a Patri le gusta mi voz cuando leo los capítulos que tenemos y las ideas que tenemos apuntadas en nuestros documentos que le entran unas ganas terribles de dibujar. Fue tal, que la última vez hizo como cuatro o cinco dibujos seguidos PERFECTOS. Pero no sólo eso, la musa ese día estaba para las dos, pues yo pude terminar una parte del fic que me estaba costando un poco. Si es que estamos compenetradas hasta para tener musa.
Y hasta aquí esta nueva actualización. Y antes de irme, quiero dar las gracias a todas las personas que nos dejan reviews porque no sabéis la ilusión que nos hace. MUCHAS GRACIAS. Nos encanta leer que la historia os deja enganchados al ordenador y que no podéis parar de leer. Es que me dan ganas de estirar los brazos y dar abrazos a todo aquél que nos deja review, que le da a favorito o que sigue la historia, porque ¡sois geniales! Gracias de todo corazón.
*Lili hace la croqueta hacía la cama porque mañana se levanta a las 5:00 para trabajar pero estaba tan emocionada por publicar que no le importa dormir pocas horas*
