Las cosas se piden por favor
Me desperté cerrando los ojos al instante. No es que quisiera volver a dormir pero quería disfrutar de la sensación de ociosidad que se sentía cuando llegaba un domingo. No clases, no apuntes, no horarios. Me desperecé aún con los ojos cerrados y abrí la boca en un sonoro bostezo. La vida se basaba en pequeños momentos de felicidad.
Pero la parte aplicada de mi cerebro me regañó por ser tan vaga y aunque quise ignorarla por unos minutos más, no pude ir contra ella. Así era yo, aplicada aunque no tuviera necesidad de ello. Refunfuñando por lo bajini por mi auto obligada disciplina, me incorporé y posé los pies sobre el frío suelo. Era tan temprano que sabía que no habría nadie en la ducha y menos en un día festivo. Cogí los utensilios para el baño y la ropa y me dirigí rumbo a las duchas que como había sospechado, estaban desiertas.
Después de darme una ducha relajante, me envolví con la toalla recogiendo a su vez mi pelo con una pinza. Fui vistiendome sin prisas, disfrutando de la sensación de poder hacerlo despacio. Pero cual fue mi sorpresa, que al ir a recoger la camiseta que había decidido llevar ese día, no la encontré en la banqueta donde había dejado las demás prendas. La había olvidado encima de la cama. "Seré idiota" Pensé malhumorada y muerta de vergüenza. Ahora tendría que salir en toalla al pasillo, ya que incluso el pijama se había mojado al caerse en el charco de agua provocado por mis pies. "Son sólo unos pocos metros, puedes hacerlo" Me envalentoné aunque sabía que como alguien me pillara no se me quitaría el color rojo de mis mejillas en años.
Me envolví la toalla al pecho y agarrando el manillar, abrí la puerta para inspeccionar el pasillo. Perfecto, no había nadie a la vista. Respiré hondo antes de salir y sin siquiera cerrar la puerta corrí dirección a mi habitación. Pero cuando estaba a punto de llegar a mi destino, alguien vestido con un jersey verde se interpuso en mi camino haciendo que inevitablemente chocara con él. Intenté frenar a tiempo, pero debido a mis pies húmedos lo único que conseguí fue perder el equilibrio. Iba directa a una caída estrepitosa en el momento en que la persona me cogió de los brazos parando así mi batacazo. La toalla se me había movido dejando ahora mi espalda al aire.
- Gracias - Me incoporé colocándome la toalla de nuevo alrededor de mi pecho - Si me hubiera caid...
Pero las palabras se me atascaron en la garganta cuando vi quien había sido mi salvador. El mismísimo Draco Malfoy se encontraba a escasos céntrimos de mí mirándome con aquellos ojos color hielo. Tragué espeso y me separé de él rápidamente. Me abracé a mi misma protegiendome de mi escasez de ropa y sintiéndome más desnuda que nunca. Si alguien me hubiera dicho que algún día Malfoy me vería llevando una toalla, me habría reído en su cara. Pero ahora mismo, ninguno de los dos estabamos para reirnos.
Aunque contra todo pronóstico, y claramente habiendo podido utilizarlo en mi contra, Malfoy se acomodó el jersey y alzando la cabeza con altanería se dirigió a las escaleras para poco después salir por la puerta.
Me quedé atascada en el sitio sin saber que pensar al respecto. ¿Malfoy había desaprovechado una oportunidad para meterse conmigo? Una buena oportunidad, en mi opinión. ¿Sería por qué por las mañanas se despertaba con buen pie? Lo negué en el mismo momento en que lo pensé, Malfoy nunca podría andar con buen pie. Él era odioso por naturaleza.
Un escalofrío involuntario hizo darme cuenta que me encontraba semidesnuda en mitad del pasillo y que si no quería otro momento incómodo con otro de mis compañeros tenía que volver a mi habitación. Corriendo los pocos pasos que me separaban de la puerta, me adentré sentandome en el borde de la cama para poco después tumbarme dejando los pies colgados.
La actitud de Malfoy me tenía completamente descolocada. Me incordiaba, me torturaba y siempre intentaba ponerle la puntilla a todo lo que decía, para luego actuar como había actuado dejándome aún más deshubicada.
Ayer, me había dirigido como siempre a mi aula solitaria, un lugar donde sabía que podía relajarme ya que nadie entraba debido a un incidente con cierto olor a ogro podrido. La llevaba utilizando desde finales del año pasado y me encantaba la idea de tener un trocito del gran castillo para mi sola. Y el día anterior había necesitado un sitio donde poder despotricar a gusto con los idiotas de Ron y Malfoy. El primero llevaba actuando de una manera un tanto extraña desde que habíamos entrada en Alea Aurea. Y cuando decidía ir a hablar con él para poder arreglar las cosas, le encontré en actitud bastante relajada con aquella chica de Ravenclaw. No es que me importara en absoluto, románticamente hablando; mis sentimientos hacía él estaban más que superados, y si bien el año pasado bebía los vientos por él, ahora sólo le podía ver como veía a Harry, como uno de mis mejores amigos. Pero lo que más me había enfadado es verlo sonriendo y hablando con ella, mientras que conmigo usaba una actitud desafiante. ¿Qué era lo que había hecho mal? No entendía nada.
Y por supuesto, el causante de mis repetidos dolores de cabeza era mi compañero de habitación, el idiota de Malfoy. No sólo había dicho cierto comentario revelador en el que claramente confesaba que compartiamos habitación sino que además habíamos vivido un momento un tanto inquietante en el aula. A lo primero, la única posible explicación que podía sonsacar era que quería fastidiar a Ron hasta hacerle perder los estribos, ¿sino a qué venía? Y a lo segundo, aún estaba tratando de asimilar la información. Me paró, me cogió del brazo; temiendo por un momento que me fuera a hacer algo, para luego sonreír y expresar que teníamos algo en común. Y para colmo, ahora me ignoraba teniendo una muy clara oportunidad para meterse conmigo. Bufé desesperada. Malfoy seguiría siendo un rompecabezas para mí y no por mucho pensar en su actitud la averiguaría antes. Tenía que dejarlo correr.
Pero aún había algo que me inquietaba más que todo, nuestra entrada en Alea Aurea. Sabía que habíamos entrado juntos porque lo había visto pero, ¿cómo había sido capaz de averiguarlo? Estaba inconsciente, ¿había sido por un sueño? Pero no entendía nada, si era un sueño, ¿por qué estaba tan segura que era de esa manera y no de otra? No tenía ni idea, pero sólo conocía un sitio donde poder averiguarlo, la biblioteca. Y así fue como, terminando de vestirme y peinarme me dirigí rumbo allí sin pasar por el comedor a desayunar, tenía cosas más importantes de las que ocuparme que llenar mi estómago.
Lo que creía que sería algo fácil de encontrar me llevó más tiempo del esperado. Cualquier libro relacionado con sueños no era más que patrañas propias de la asignatura de "Adivinación" que tanto odiaba. ¿Cómo podía encontrar algo cuando lo más lógico que había leído era: "Bebe un té a medianoche y cuenta las estrellas que ves en el cielo, estás te dirán tus sueños"? Estupideces.
Iba a abandonar mi búsqueda cuando un sonido proveniente de mi derecha hizo que levantara la vista de la lectura, un pequeño grito salió de mis labios al encontrarme con dos ojos marrones que me miraban fijamente. La señora Pince se llevó un dedo a la boca y señaló el cartel que rezaba: "Silencio". "Cómo sí fuera la primera vez que vengo aquí" pensé irritada.
- Me ha asustado, Profesor. - Dije en susurros con la mano derecha en mi pecho.
- ¿Cuántas veces tengo que decirte que soy Eugene? - Se sentó a mi lado mientras dejaba su carpeta de trabajo encima de la mesa. - Tengo la edad suficiente para ser tu hermano o tu primo.
- Pero me cuesta hacerlo, Eugene. - Pronuncié su nombre sintiendome que estaba cometiendo una falta muy grave.
-¿Ves? - Me guiñó un ojo. - No es tan difícil sí te lo propones.
Sonreí cohibida y dirigí mi vista de nuevo al libro que tenía entre mis brazos, no sabía cómo comportarme ante un profesor tan poco profesor, era algo nuevo.
- "Sueños y más sueños". - Le oí decir leyendo la portada de mi libro. - No sabía que te interesaban este tipo de libros.
- Realmente no me interesan. - Me encogí de hombros. - Pero siempre es bueno mantenerse informado.
- Déjame adivinar, ¿algún sueño específico que quieras recordar? - Me miraba con una sonrisa pícara en el rostro. - ¿Alguno en el que apareciera un chico?
- Umm... esto... - Empecé a titubear ruborizandome ante su pregunta. ¿Qué era lo que se supone que tenía que responder? Si, estaba buscando algo relacionado con un chico, pero no de la manera en la que él se estaba imaginando, entonces, ¿por qué me ponía nerviosa? Sin embargo, no me dio tiempo a pensar una buena respuesta cuando la severa señora Pince se acercó a nosotros echándonos de malas maneras "La biblioteca no está para hablar, jovencitos"
- Creo que va a ser difícil que este año consiga acceso a la "Sección prohibida". - Rió Eugene cuando nos encontrábamos fuera de la Biblioteca. - O puede que me quede sin su regalo de Navidad este año.
- Teniendo en cuenta que hubieras recibido un jersey que pica. - Respondí guardando mis libros en la mochila. - Me molestaría más el acceso.
- Tienes razón. - Sonrió mientras me ayudaba a guardar mis últimas pertenencias. - Mi piel es algo muy importante. - Dijo con una sonrisa burlona.
Terminé de guardar mi último libro en la mochila, "Maravillosas plantas del fondo del mar" y me incorporé no sabiendo muy bien lo que hacer a continuación. Era mi profesor y yo su alumna y nunca, a parte de las veces que nos metiamos en líos, había mantenido una conversación más informal con alguno de mis profesores. Y tenía que reconocerlo, me sentía un poco cohibida.
Me acomodé la mochila al hombro y carraspeé varias veces sin saber que decir, ¿por qué de repente sentía que me había quedado sin palabras?
- ¿Vas hacia Alea Aurea?- Preguntó Eugene a lo que asentí casi sin mover la cabeza. - Te acompaño, me pìlla de camino al despacho.
Y entonces empezó a andar por el largo pasillo por lo que tuve que andar deprisa para poder alcanzarle, sus zancadas eran el doble que las mías.
- ¿Cómo van las cosas por allí? ¿Algún incidente más? - Sonrió sacando a relucir de nuevo su blanca sonrisa.
Su pregunta me pilló de improvisto y no supe que responder, ¿le contaba que la sala nos llevaba por visiones, sueños o lo que quiera que fuera aquello? Él era nuestro jefe allí, ¿sabría él todo lo que acontecía? ¿Podía aclarecer las dudas que todos nos planteabamos? Si Dumbledore le había otorgado ese puesto había sido por algo, ¿verdad? Dumbledore no ofrecía su confianza al primero que pasara por allí sin saber que era de fiar, por mucho que bastantes personas lo catalogaran de loco. Yo confíaba plenamente en su criterio. Entonces, ¿me podía fiar de Eugene?
- Hermione, ¿estás ahí? - Me zarandeó del brazo haciendo que fijara mi mirada en él.
- Si, perdona. - Me ruboricé. - Estaba pensando en una cosa.
- Ya veo, ya. - Rió acomodándose el pelo. - Te preguntaba si había ocurrido algún incidente más o ¿ya os habéis acostumbrado que no le dais importancia?
- No, no ha ocurrido ningún incidente más. - Mentí sin saber el porqué. Podía haber confiado en él, podía haber contado todas nuestras dudas pero decidí que lo primero sería hablar con Harry y ver que es lo que él pensaba. - Aunque el otro día Mika y Mike incendiaron la alfombra al intentar realizar un hechizo. - Reí recordando lo gracioso que había sido el ver como empezaron a gritar y echarse la culpa mutuamente. - Me recordaron demasiado a los gemelos Weasley.
- Te lo dije. - Me comentó Eugene sonriendo. - Alea Aurea junta sabiendo lo que hace. ¿No te llevas ahora mejor con Draco?
- Umm... - No sabía que alegar. Malfoy era un completo interrogante para mi pero, ¿significaba que en algún momento de nuestra estancia en la sala nos llevariamos bien? ¿Por eso estábamos en la misma habitación? Me molestó un poco pensar que podríamos soportarnos mutuamente, él era el idiota de Draco Malfoy y no tenía porque aguantarle más de lo debido. Aunque sabía, que muy en el fondo, no me disgustaba aquella idea. - Tal vez. - Me encogí de hombros en una actitud pasota. - Pero para él siempre seré la asquerosa sangre sucia, no creo que sea capaz de llevarse bien con nadie que no sea él mismo.
- Pues déjame decirte que no es lo que opino yo. - Se paró en una bifurcación de pasillos haciendo que también me detuviera. - Todas las personas podemos cambiar, y Draco va a comprobarlo antes que tú.
Arrugé el entrecejo sin saber a que se estaba refiriendo. ¿Qué Malfoy iba a comprobarlo antes que yo? ¿El qué? ¿Lo estúpido que era? Si por eso nos había juntado la sala, estaba más que emocionada ante la idea, ver a un Malfoy constatando que su cerebro era más pequeño que su dedo meñique era algo que no se veía todos los días y yo tendría pases en primera fila.
- Bueno, aquí nos separamos. - Miró hacia el pasillo de la izquierda. - Ese es mi camino.
- Sí, y aquél es el mío. - Asentí colocandome la mochila y señalando el pasillo contrario. - Que pases buena tarde, Eugene.
- Igualmente Hermione. - Me dí la vuelta para dirigirme por el pasillo cuando la voz de Eugene interrumpió mi caminata. - Por cierto, se me había olvidado. - Se acercó en dos pasos posicionándose de nuevo frente a mí. - No hagas planes para este fin de semana, tenemos una cita.
Mi cara debió de ser todo un poema en ese momento, la mochila incluso se me resbaló un poco al oír aquello ¿Había oído bien? ¿Acababa de decir que teníamos una cita? Enrojecí y me odié por ser tan vergonzosa.
-¿U-una cita? - Repetí la palabra sin todavía creermelo.
Vi como apretaba los labios haciendo muecas raras con la boca, pero antes de que me diera opción a preguntarle si estaba bien, una risa cantarina salió de sus labios transformándose en una sonora carcajada
- Tendrías que haberte visto la cara. - Contestó aún riéndose mientras se secaba pequeñas lágrimas de su ojo derecho. - Eres muy graciosa.
Me ruboricé más ante aquello sintiéndome la persona más tonta del planeta. Me crucé de brazos encogiendo la espalda en un intento por protegerme de mi estupidez. ¿Cómo había llegado a pensar que me estaba pidiendo una cita? Aparté los ojos de su vista queriendo desaparecer en ese momento y que la tierra me tragara.
- Bueno, lo que te quería decir es que este fin de semana. - Paró a mitad de frase creando expectación. - Se va a hacer una excursión a Hogsmeade con motivo de Halloween.
Asi que era eso. Asentí contenta, que se celebraran excursiones a Hogsmeade siempre era motivo de alegría. Podríamos ir todos juntos a tomar cerveza de mantequilla a "Las tres escobas" y mientras Harry y Ron irían a comprar bromas a Zonco yo me pasaría por la librería para revisar si había algún ejemplar nuevo que no tuviera.
- Pero ya sabes como están las cosas este año. - Continuó cambiando su semblante jovial por uno más serio - Con todo lo de los ataques... Dumbledore ha estado luchando para que se pudiera realizar esta excursión, la gente necesita distraerse. - Asentí mientras que un escalofrío me recorría la espalda. Dentro del castillo era tan fácil obviar los hechos que acontecían fuera que era como si estuviéramos viviendo una realidad paralela. - Pero yo he votado a favor y además quiero que participes en mi equipo de vigilancia especial.
Fruncí el ceño sintiéndome perdida. ¿Equipo de vigilancia? ¿Desde cuándo necesitábamos a alguien que nos protegiera? Hogsmeade se consideraba el segundo lugar mágico más protegido, detrás de Hogwarts; por lo tanto, ¿por qué deberíamos tener supervisión? Pero entonces comprendí, sólo podía haber una razón.
- Ha sucedido algo, ¿verdad? - Vi como movía la cabeza admitiendo que tenía razón clavándose una desazón en mi pecho. - ¿Ha... ha habido algun...?
- No. - Negó aliviando el peso que se había instalado en mí. - Parece ser que sólo quisieron establecer el temor conjurando la Marca Tenebrosa en el cielo. Y eso ha generado tanto miedo entre el profesorado que querían cancelar la excursión. Pero Dumbledore no quería que se suprimiera por lo que se me ocurrió crear el equipo de vigilancia especial. - Sonrió recordandome a los niños cuando abren sus regalos la mañana de Navidad. - Y a excepción de los cursos más bajos, de primero a cuarto, todo el mundo puede ir a la excursión, siempre y cuando esté acompañado de un monitor, como tú. ¿No te parece una buena idea?
Al principio me llené de orgullo, los profesores me habían elegido a mí para un cargo muy especial, proteger a mis propios compañeros y aunque me generaba un poco de pavor, sabía que estaba preparada, Dumbledore no expondría a sus alumnos a una amenaza evidente. Pero a los pocos segundos, mi alegría se esfumó. Eso significaba adiós a las Tres Escobas y adiós a pasarme por la librería. No lo veía justo, yo también necesitaba despejarme, pero no pude más que fingir que me alegraba delante de Eugene.
- Por supuesto, habrá turnos. - Comentó como si me estuviera leyendo la mente. - Así podrás disfrutar de un rato en compañía de tus amigos. O de no tan amigos. - Sonrió socarronamente dejandome un tanto descolocada. ¿Por qué tenía la sensación de que Eugene siempre hablaba con doble sentido?
- Si, tenía pensado ir a las Tres Escobas con Harry y Ron. - Mencioné no dando importancia a su alusión. - Ya sabes, una especie de tradición.
- Entiendo, ¿quién se puede resistir a una buena cerveza de mantequilla?
- Exacto, y ver la cara de Ron embelesado mientras la Señora Rosmerta le atiende no tiene precio. - Reí
- Es que la Señora Rosmerta es muy linda. - Manifestó sonriendo. - Yo también estaba fascinado por ella cuando tenía vuestra edad.
Entonces empezó una retahíla de historias a cada cuál más graciosa. Me contó una anécdota de una vez que tropezó tirando toda su cerveza a una persona importante del ministerio sólo porque la Señora Rosmerta le había tocado el hombro. Lo contaba con una gracia tal que hacía me dolieran los carrillos de tanto reír. No sé cuánto tiempo pasamos así, pero de repente me incorporé sintiéndome muy avergonzada. Por mucho que él nos dejara llamarle Eugene, era mi profesor y no un alumno con el que establecer una amistad.
- Entonces. - Carraspeé nerviosa, tenía que cambiar de tema. - Se harán turnos y sólo los de quinto a séptimo podremos bajar a Hogsmeade, ¿cierto?
- Cierto. - Confirmó. - Y una cosa que se me había olvidado comentarte, Hermione. Es muy importante. - Se acercó dos pasos a mí generando una atmósfera de misterio que me hizo ponerme nerviosa. - Nadie más puede saber lo del ataque a Hogsmeade.
- ¿Y por qué yo si lo puedo saber? - Me aproximé a él introduciendome en aquel ambiente sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda debido a la intriga que acarreaba esa pregunta.
- Porque confío en ti. - Contestó sin más sonriéndome con su blanca dentadura.
Me ruboricé por quinta vez aquella noche y me incorporé de inmediato dirigiendo mi vista hacia el gran ventanal que se encontraba a nuestra derecha. Ahora entendía un poco porque todas las féminas de Hogwarts estaban prendidas de su encanto. Vi por el rabillo del ojo como seguía sonriendo mientras sacaba un reloj de bolsillo mirando la hora. Había perdido la noción del tiempo y ya ni recordaba porque había querido ir a la biblioteca.
- Creo que es hora de irme. - Guardó el reloj de vuelta y acomodó su carpeta. - Cosas de profesores. Un placer hablar contigo Hermione, nos vemos en clase.
Y sin dar ninguna otra explicación, se giró y le vi alejarse hasta que dobló otra esquina. Me crucé de brazos sin saber cómo sentirme. Él actuaba de manera tan informal conmigo que hacía que fuera más sencillo cogerle confianza, lo que hacía más difícil pensar con claridad lo que pensaba de él. No es que creyera que me estaba empezando a gustar ni mucho menos, pero si tenía que reconocer que algo extraño pasaba con él. Sin querer darle más vueltas al asunto, me coloqué la mochila al hombro y girando mis talones me dirigí rumbo a la sala que hacía que mi mundo estuviera un poco patas arriba.
Fantástico. No había pasado ni un minuto desde que había decidido mantenerme alejado de la sabelotodo cuando me la encontraba en medio del pasillo. La muy idiota había estado a punto de arrollarnos a los dos por su estupidez pero que sin embargo, gracias a mis reflejos de cazador, pude parar a tiempo el golpe. Pero como siempre ocurría cada vez que me encontraba con ella, las cosas no eran normales. Llevaba una toalla alrededor del pecho, que se resbaló en el tropiezo, dejando ver gran parte de su espalda. Un leve cosquilleo recorrió mis dedos en ese momento y sentí un impulso de comprobar lo lisa que era aquella parte de su cuerpo. ¿Qué era lo que me estaba pasando? Estuve a punto de utilizar una de mis frases de doble sentido, pero se me atascaron en la garganta, por primera vez me quedaba mudo ante Granger. Lo único que quería era largarme cuanto antes de allí porque sabía que podía acabar diciendo algo de lo que me arrepentiría más tarde. Así que colocando mis prendas torcidas, me dirigí como un rayo a la puerta de entrada notando la mirada escéptica de Granger tras mi espalda.
No sabía que pasaba últimamente conmigo, ¿dónde estaba el cabrón que se metía con ella? ¿Dónde estaba el cabrón que la llamaba sabelotodo y rata de biblioteca a cada oportunidad? No sólo ella estaba poniendo mi cabeza patas arriba sino que además le decía cumplidos y pensaba que su sonrisa era bonita. ¡Gilipolleces! Tenía unos dientes de conejo que hacía que pareciera un ogro cada vez que reía, ¡su sonrisa no era bonita! ¡Todo en ella era horroroso! Pero su imagen risueña se me apareció difusa confundiendome en todo lo que me había dicho y de alguna forma, autoimpuesto. ¡Estupida sabelotodo!
Me senté en un banco cerca de un gran ventanal azul. No sabía donde estaba, mis pies habían decidido por mí en mi loca huida de aquella sala aunque deduje por las vistas desde el cristal, que me encontraba en los pisos superiores, pues podía ver el límite del tan temido Bosque Prohibido. Eché hacia atrás la cabeza estirando las piernas para encontrar la manera más cómoda de acoplar mi cabeza al borde del banco, lo que mi madre solía llamar "postura de reflexionar".
Pensar en mi madre me entristeció. Desde que había entrado en Hogwarts no había recibido ni una sola carta de ella, ni un sólo paquete con alguna exquisitez de Malfoy Manor o algún objeto que ella pensara que pudiera necesitar y no sabía lo que pensar al respecto. Sabía que mi padre aún se encontraba en Azkaban, leía cada día el profeta y una noticia tan jugosa como que Lucius Malfoy había abandonado la cárcel habría sido portada, estaba en el punto de mira de todos. Por eso no entendía el porqué del silencio de mi madre. Mi tía Bellatrix se instaló en nuestra casa al día siguiente del encarcelamiento de mi padre, "ayuda entre hermanas" había declarado, aunque yo supe que había otro plan entre medias, conocía a mi tía. ¿Acaso estaba pasando algo grave? Un escalofrío me recorrió la espina dorsal ante la simple imagen de mi madre sufriendo. Decidí apartar aquella idea de mi mente, manteniendo un sólo pensamiento en ella, mi madre sana y a salvo.
Cerré los ojos para concentrarme en una tarea que aún no sabía como llevar a cabo, rescatar el libro de debajo de la cama de Granger. Sabía que aquel simple diario me llevaría a descubrir los más intrínsecos secretos de aquella sala, necesitaba recuperarlo para encontrar una forma de salir de aquella locura. Tenía que haber algo escrito, nadie en su sano juicio habría deseado quedarse para siempre allí. Pero aún no sabía cuándo ni cómo hacerlo. Granger era lista y si me pillaba en su parte de la habitación sospecharía que algo raro pasaba, necesitaba cubrir mis espaldas e idear un plan digno de un Malfoy.
Mi estómago rugió fuertemente indicando sólo una cosa, necesitaba sustento. Me levanté de un salto y me dirigí rumbo al gran comedor. Al ser domingo, la gente bajaba más tarde a desayunar por lo que me encontré con bastantes alumnos que habían decidido dormir más. Entre ellos vi la cabeza castaña de Theo y me acerqué a él en dos pasos.
- Creía que habías bajado más temprano a desayunar. - Me comentó al acercarme a él. - Te estuve esperando un rato, pero ya sabes. - Se señaló el estómago. - Un buen Slytherin no puede estar sin desayunar.
- Lo sé. - Me reí y nos sentamos juntos en la mesa de Slytherin. - Tengo el mismo problema.
- Pues toma. - Me acercó un vaso de zumo de calabaza. - Sirvete.
Recogí el recipiente que me ofrecía dándole un gran trago. No era el zumo que teníamos en casa pero estaba bastante bueno. Me limpié el zumo que se quedó en mi labio con una servilleta, no había nada más horrible que hablar con alguien que tuviera el bigote manchado de cualquier bebida.
- Prueba las magdalenas. - Me señalaba un plato en el que había unas recubiertas con una crema oscura, lo que me supuse que sería chocolate negro. - Están riquísimas.- Me comentó sirviéndose varias en su plato.
- Hoy prefiero los cereales. - Aclaré a lo que él se encogió de hombros sirviéndose más zumo de naranja. Los cereales siempre habían sido una de mis debilidades. De pequeño, una vez, comí tantos que tuvieron que llevarme a San Mungo por un dolor agudo en el estómago, tenían demasiado fibra. Recordarlo me hizo sonreír con nostalgia, cuando eres niño cualquier problema es sencillo de resolver.
Llené mi tazón de "Bombones explosivos Tookies", uno de mis favoritos, cuando algo captó mi atención dos mesas más adelante. El pobretón y el cara rajada se encontraban hablando en susurros mirando fervientemente hacía la puerta. Todo habría sido menos raro si Granger hubiera estado entre ellos, maquinando planes estúpidos que sólo el Trio Dorado podría realizar, como hacer que Longbottom parezca inteligente o quitar el dinero a los ricos para dárselo a los pobres. Pero no, aquellos dos pobretones seguían hablando en voz baja sin apenas prestar atención a su desayuno. ¿Por qué Granger se había levantado tan temprano sino era para estar con esos dos mequetrefes? Aunque ayer comentó que el Weasley se merecería cualquier golpe, por lo tanto, no creo que estuvieran en una amistad pacífica ahora mismo. Sonreí recordandolo, la sabelotodo se había parecido tanto a una Slytherin diciendo aquello que bien hubiera pasado por una de las serpientes. Di un golpe furioso a la mesa con el tazón de los cereales rompiendo el ambiente de los que se encontraban cerca mío, tenía que dejar de pensar en estupideces desde tan de temprano. ¿Qué coño me importaba a mí a quién se pareciera la sabelotodo? ¿O que no hubiera bajado a desayunar? ¿O que...? Un momento, Granger no había bajado a desayunar pero yo la había visto irse temprano, ¿significaba aquello que la habitación estaba vacía? ¿Podía coger el tan deseado libro? Sólo había una manera de averiguarlo y se me estaba ocurriendo una idea.
- Theo, ¿tienes que hacer algo después de desayunar? - Negó con la cabeza. Estupendo, todo iba a salir a pedir de boca.
Terminamos de desayunar a los cinco minutos ya que no dejé de meterle prisa para que acabara rápido, tenía que llegar a la habitación antes de que la sabelotodo decidiera volver. Theo no paró de mirarme mal durante todo el recorrido hacia Alea Aurea, a él le gustaba desayunar despacio disfrutando de lo que comía y no engullir como si del pobretón se tratara. Ya robaría un par de magdalenas de las cocinas en compensación por el rápido desayuno.
Paré en un pasillo cercano a la puerta de entrada, girando mi cabeza de derecha a izquierda para cerciorarme de que no hubiera nadie cerca. Estaba todo solitario, incluso los ocupantes de los cuadros cercanos habían abandonado su marco, como si supieran que nos tenían que dejar a solas. Pero en cuanto me giré para explicar a Theo mi plan, este se encontraba en posición totalmente de enfado, brazos cruzados y mentón levantado.
- Sé que te gusta desayunar despacio. - Asintió lentamente como queriendo recalcar aún más que estaba enfadado. - Pero te lo pagaré con unas cuantas magdalenas hechas por los elfos. ¿Te parece bien?
- ¿Tendrán virutas de colores por encima? - Aún seguía mirándome enfadado.
- Si, aunque quitaré las rojas y doradas. Ya sabes, cuestión de principios. - Sonrió casi imperceptiblemente, no iba a ceder tan fácilmente, Theo nunca jugaba con la comida.
- ¿Y estarán rellenas de caramelo y vainilla? ¿Y tendrán nueces? ¿Y una será de chocolate entera? ¿Y...
- Está bien, está bien.- Le corté, rodando los ojos exasperado. - Lo que tu quieras, ¿quieres también que una chica salga de una de ellas? - Ironizé, estábamos perdiendo el tiempo en tonterias.
- Si tuviera que elegir, preferiría que fuera una veela.- Sonrió de medio lado olvidando su gesto enfadado. - Ya sabes, por la pasión que ponen.
- ¡Theo! - Alcé ambas manos en un gesto de desesperación, si seguía perdiendo el tiempo Granger aparecería y nos estropearía el plan.
- Eres muy divertido cuando te irritas. - Soltó una pequeña carcajada. - Y como estás enfadado las veinticuatro horas del día, definitivamente eres la persona más divertida que conozco. - Me guiñó un ojo haciendo que me irritación subiera más rápido que una Saeta de Fuego.
- Eres una persona exasperante. - Bufé haciendo que los mechones de la frente se movieran. - No sé para que te pido ayuda.
- Porque sabes que no puedes vivir sin mí. - Le dirigí una mirada enfadada cruzándome de brazos, esto por fín pareció hacerle recapacitar. - Está bien, ¿para que me necesitas?
Había estado pensando en el recorrido hacía la sala si debía contarle el contenido del libro o no. Theo era mi amigo, mi mejor amigo; y podía confiar en él, pero aún ni siquiera sabía lo que realmente contenía sus páginas por lo que sería un poco raro explicarselo como: "Un libro del que conseguí devolver la vida a Granger y además hacerle recordar cómo entramos." Aunque fuéramos magos hasta eso sonaría extraño. Así que opté por no contarle toda la verdad.
- Hay un libro que se encuentra debajo de la cama de Granger. - Ignoré la cara de desconcierto de Theo al oír la palabra cama. - Y necesito recuperarlo.
- ¿Qué hace debajo de su cama? - Alzó una ceja entre divertido y confundido, tenía que haber comenzado de otra manera.
- Se me cayó el otro día. - Comenté sin más rogando que no me hiciera otra pregunta. Pero era Theo, tenía que saberlo todo.
- ¿Por qué no se lo pides directamente a ella? - Sonreía de una manera que hacía crispar mis nervios - Tu y ella no tenéis lo que se dice una relación amistosa, pero no se negará a darte el libro, tampoco es tan mala.
- Creo que tenemos una visión totalmente diferente de ella. - Me estaba empezando a enfadar, ¿no podía Theo decir que me ayudaba y ya está? Tanto preguntaba me incomodaba.
- En eso, estoy totalmente de acuerdo contigo. - Se burló y sus palabras me dejaron un poco descolocado, ¿a qué venía aquello?
- Bueno, ¿me vas a ayudar o no? - Pregunté más borde de lo que quería, pero es que todo lo relacionado con la sabelotodo me enervaba y la mirada socarrona de Theo no ayudaba para nada.
- Está bien, pero una condición. - Estiró el dedo índice. - Ya que sé que no me cuentas toda la verdad. - Intenté protestar pero chistó haciendo que no tuviera oportunidad de replicar. - Me merezco una taza de chocolate caliente con cuatro nubes y nata por encima.
Rodé los ojos, este chico nunca cambiaría, lo que me sorprendía es que no se parecería al Fraile Gordo, el fantasma de Hufflepuff.
- Lo que tú quieras. - Esta conversación me estaba cansando más que un entrenamiento de quidditch, sólo quería tumbarme en mi cama con el libro entre mis manos.
- Te estás convirtiendo en un blandengue. - Se rió acercándose a darme un golpecito en la espalda. - Ese libro tiene que ser algo muy importante.
- Esto... Theo. - No quería que pensara que no confiara en él, era la persona en la que más confiaba, pero tenía que averiguar primero lo que se encontraba entre esas páginas. - No es que no quiera contarte nada pero...
- No te preocupes. - Sonrió tranquilizador.- Sé que cuando puedas, me lo contarás.
Theo era un buen amigo, un poco crispante, pero en cuestiones importantes sabía comprender que necesitaba mi espacio. Y eso decía mucho de él. Le sonreí agradecido, en cuanto supiera lo que ese libro contenía sería el primero con quién comentarlo.
- Bueno. - Carraspeó dando un paso para atrás. - ¿Me vas a explicar el plan o esperamos a Granger para que me lo cuente ella?
El plan era bastante sencillo y como buen plan creado por mí, nada podía salir mal. Entraríamos a la sala y Theo esperaría afuera de la habitación porque estaba completamente seguro que Alea Aurea no le dejaría entrar, así que él sería mi señuelo en caso de que Granger decidiera volver y me pillara en su parte de la habitación. Si eso sucediera, yo me volvería a mi habitación como si nunca hubiera estado allí y por supuesto llevando el libro entre mis manos. Iba a ser más fácil que robarle una rana de chocolate a un niño.
Cruzamos la puerta manteniendo una conversación distendida, echando un rápido vistazo a todo aquel que se encontraba en la sala. Parecía que todo el mundo había bajado tarde a desayunar y aún se encontraban en el Gran Comedor ya que sólo Lovegood estaba sentada en uno de los mullidos sillones en frente de la chimenea. Su varita se encontraba detrás de la oreja y llevaba esas gafas ridículas que me colocó aquella vez en la enfermería, por mucho que pasaran los años nunca llegaría a entender nada relacionado con ella.
Pero aunque era un pequeño inconveniente, ya que era mejor que no hubiera nadie en la sala, se trataba de Lovegood y Theo se llevaba muy bien con ella.
- Estupendo.- Susurré. - Así parecerá menos raro si Granger hace acto de presencia, Lovegood la saludara y tú podrás avisarme con tiempo.
- ¿Cómo habíamos quedado al final que era la señal? - Theo también hablaba en voz baja. - ¿Era "Granger, Malfoy está en tu habitación así que ten cuidado por si al abrir la puerta le das en la cabeza" o era "A Malfoy le gusta ponerse ropa de mujer y ahora mismo está en tu habitación probándose tu uniforme"? - Se burló riéndose al ver mi cara de espanto al oír aquello. - ¡Era una broma!
- Eso espero.- Contesté ya enfadado, Theo no se tomaba nunca nada en serio. - ¿Por qué estás tan bromista últimamente? ¿No era que querías irte de aquí cuanto antes?
- Es que he descubierto que sin mí no pueden vivir. - Respondió sin más aún con esa aura burlona.
Tan concentrado estaba en recuperar el libro, en fastidiar a Weasley y en no pensar en tonterías con respecto a mi compañera de habitación que había olvidado completamente a Theo y su intento de fuga. Íbamos a escapar de esta celda dorada llena de leones, pero sucedió todo lo de su visión y lo del descubrimiento de Granger a como entramos en Alea Aurea, que ya sólo por principios debía quedarme a descubrir cómo había ocurrido todo eso, por lo que el tema de Theo había quedado en el olvido. Me reprendí por no haberme dado cuenta antes de ese detalle, sólo estaba pensando en mí. Me fijé en él, su sonrisa sincera demostraba que había descubierto su lugar en aquella sala y conociendo a Theo, y lo obstinado que estaba a abandonar todo aquello, sabía que en parte se debía a que los de la sala le había dado una segunda oportunidad. Y aún a mi pesar, agradecí internamente aquel gesto, Theo se lo merecía.
Iba a responderle, cuando una voz aguda me interrumpió.
- ¡Hola Theo! ¡Hola Malfoy! - Lovegood se había acercado a nosotros. Ahora llevaba las gafas como diadema y la varita seguía en su oreja, por lo que una parte de las gafas estaba más levantada que otra.
- ¡Hola Luna! - Saludó Theo. Aún me sorprendía la facilidad con la que se habían hecho amigos.- ¿Qué es lo que andabas haciendo?
- Estaba intentando descubrir Bowbuns en el fuego de la chimenea. - Dijo como si fuera algo tan normal como decir que estaba haciendo los deberes de pociones. - Son criaturas pequeñas que si las cazas te dan una rana de chocolate como premio. Y como tenía hambre... - Se encogió de hombros sin terminar la frase. Definitivamente estaba como una cabra.
- ¿Y conseguiste alguno? - Preguntó Theo en un tono tan normal que temí por su salud mental, ¿sólo le seguía la corriente o es que él también creía en esos seres imaginarios?
- Parece que hoy no querían salir.- Se encogió de hombros y dirigió la vista hacia mí. - Te dejaste el pelo como te dijo Hermione, a mi también me gusta.
Me llevé la mano al pelo por inercia mientras abría los ojos con sorpresa sin creerme lo que la Ravenclaw acababa de decir. Vi por el rabillo del ojo como Theo me miraba burlón y quise borrarle esa sonrisa de un plumazo. Lovegood me miraba con gesto risueño y la odié por ponerme en un aprieto. Quise decirle cuatro verdades pero sabía que Theo saldría en defensa suya y en cierto modo, sabía que tendría razón. Era verdad, me estaba convirtiendo en un blandengue, la sala me estaba convirtiendo en un Hufflepuff.
- Me voy a mi habitación. - Anuncié sin más dirigiendo una mirada significativa a Theo. Su rostro burlón me crispó los nervios y apreté los puños por dentro de los bolsillos del pantalón. No sabía porque me miraba así, pero no me gustaba nada.
- ¿He dicho algo malo? - Oí que preguntaba sorprendida a Theo mientras yo subía las escaleras. ¿Qué si había dicho algo malo? Aún me asombraba la capacidad que tenía esta chica de no darse cuenta de las cosas y vivir en su mundo de fantasía, San Mungo la esperaba a la vuelta de la esquina.
Me acerqué a grandes zancadas a la habitación, estaba enfadado. Sólo quería recoger el maldito libro y encerrarme en mi habitación olvidandome de los cabezas de chorlito con los que compartía Alea Aurea.
Agarré el pomo de la puerta y empujé, la puerta debería haberse abierto y yo haber podido entrar sin ningún problema; pero como siempre ocurría con todo lo de Alea Aurea, las cosas no eran tan fáciles como a simple vista parecían. La puerta no se había abierto. Me quedé mirando fijamente la puerta sin entender nada de lo que ocurría. Era mi habitación, ¿verdad? Di dos pasos atrás contemplando las otras entradas y mirando en la que estaba, sin ninguna duda me encontraba ante la mía. ¿Entonces por qué no podía abrirla?
Forcejeé un par de veces obteniendo el mismo resultado, la puerta cerrada a cal y canto. Parecía que el mundo se había puesto de acuerdo para que hoy tuviera un día de mierda. Agarré el manillar con más fuerza y tiré del pomo varias veces, pero la puerta continuaba igual, como si se estuviera burlando de mí. Y sabía que cuando la sala decía que no, era que no. Di un puntapié enfadado haciéndome daño y maldije murmurando cosas ininteligibles.
Me acerqué a la chimenea donde ahora se encontraba Lunática y Theo charlando tranquilamente y me senté en uno de los sillones contrarios. Theo alzó la ceja escéptico e iba a hablar cuando le interrumpí.
- No puedo entrar.- Dije llanamente. Estaba tan enfadado que no les dirigí la vista en ningún momento.
- ¿No puedes? - Preguntó dudoso Theo. - ¿Lo has intentado?
- No Theo, no lo he intentado. - Ironizé malhumorado mirandole a la cara. - He subido ahí arriba y he estado haciendo de todo menos intentar abrir una jodida puerta.
Noté que me había pasado cuando vi su cara dolida, él no tenía la culpa de que la puerta no se abriera, pero en ese momento me daba igual, estaba cabreado. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró al instante, se había pensado mejor lo que decirme. Me crucé de brazos hundiéndome en el sillón e ignorando todo a mi alrededor. Estaba harto de la sala, estaba harto de sus trucos estúpidos y estaba harto de que no me dejara entrar a mi habitación si me daba la gana.
Nos sumimos en un silencio, sólo oyéndose el sonido del viento contra la ventana y el crepitar del fuego. Estaba tan enfadado que no sabía como no había empezado a hacer hechizos contra todo el mobiliario de la sala, aunque una de las razones era que temía que los muebles se revelaran en mi contra. Era todo tan surrealista.
- ¿Has intentado pedirlo por favor? - La voz de Lovegood rompió el silencio autoimpuesto y tanto Theo como yo la miramos extrañados. ¿Pedirlo por favor? Si, ya oía a los camilleros de San Mungo venir a llevarsela.
- ¿Por qué dices eso Luna? - Theo se adelantó en la pregunta que tenía en la punta de la lengua, eso sí, la mía era un poco más ácida.
- Porque es la verdad. - Respondió sin más dejándonos más extrañados si cabe. Lunática hacía mención a su nombre.
- ¿Cómo va a ser verdad? - Me mofé moviendo la cabeza incrédulo. - No hay criaturas invisibles que son como los elfos para ir abriendo puertas.
- Lo sé, esas criaturas sólo aparecen cuando hay luna menguante y le das cerveza de mantequilla. - La miré sin saber si se estaba burlando de mí o lo decía en serio. - Pero observa bien la luna, porque si te confundes, te tiran la cerveza de mantequilla a la cabeza. - Hablaba totalmente en serio y temí por mi seguridad por compartir estancia con tal lunática.
- Pero, ¿por qué hay que decir por favor? - Encaminó de nuevo la conversación Theo. - ¿A quién hay que pedírselo?
- ¿No está claro? A Alea Aurea.
Y aunque en un primer momento me reí pensando que todo aquello eran patrañas de la Ravenclaw, tengo que reconocer que dudé, la sala no era una sala cualquiera y ya lo había demostrado varias veces. Miré a Theo, él estaba pensando lo mismo que yo y al cruzar nuestras miradas vi como abría mucho los ojos y asentía sonriendo. Quise saber lo que estaba pensando, pero no quería preguntar con Lovegood cerca.
- Tú intentalo.- Me retó Lovegood con esa mirada soñadora. - Sino lo consigues, llamame lunática cuantas veces quieras.
Me quedé mirándola sin saber que hacer al respecto. Si me levantaba y lo intentaba, quedaría en claro que creía, al menos un poco, lo que me decían y no era así, ¿verdad? Pero sino me levantaba perdería la oportunidad de poder llamarla lunática siempre que quisiera, y después de lo que había hecho hoy, se lo merecía.
- ¿Y qué pasa si consigo abrir la puerta? - Miré a Theo de refilón que sólo sonreía divertido escuchando nuestra conversación.
- Me deberás un favor. - Dijo simplemente y movió su mano señalando las escaleras.
Pensé varios segundos antes de decidir que hacer, pero ver las sonrisas de autosuficiencia de ese par me infló de orgullo y me dirigí raudo a la habitación para demostrarles que yo tenía razón. Aún sin entender muy bien cual era mi opinión en todo aquello.
Llegue a la puerta y me quede observandola sin saber lo que hacer a continuación. ¿Tenía que pedirlo en voz alta? ¿Tenía que hacer algún movimiento? Pero ya era suficientemente vergonzoso pedir "por favor" a una sala, que no me iba a exponer a decirlo en voz alta. Así que cerrando los ojos, y negando incrédulo por lo que iba a realizar, elaboré mi petición.
- ¿Podría entrar a mi habitación, por favor?
Pasaron varios segundos sin que ocurriera nada, la puerta seguía igual de hermetica que antes. Sentí un gran orgullo en mi interior, yo era el que tenía razón y ahora podía llamarla Lúnatica cuantas veces quisiera, tenía todo su permiso. Oí un carraspeo al final de la sala y aunque desde mi posición no podía verlos, supe que con ello Lovegood me indicaba que volviera a intentarlo. Rodé los ojos desesperado, ya lo había intentado y con eso tenía que bastar. Pero no sé como me vi repitiendo la misma frase.
- ¿Podría entrar a mi habitación, por favor?
Nada ocurría, el truquito de Lovegood no funcionaba y aunque estaba contento porque había ganado la supuesta apuesta, me sentía frustrado porque había sentido por un momento que era la respuesta correcta y que podía entrar. Pero la imagen del libro y las ganas que tenía de tenerlo entre mis manos, hicieron que lo intentara por una vez más. No iba a perder nada, y siempre se dice que a la tercera va la vencida. Aunque esta vez, mi petición fue diferente.
- Por favor, necesito ese libro.
Estaba claro que no había forma de abrirla, ya iba a darme la vuelta y bajar las escaleras cuando oí un click y la puerta se abrió revelando su interior. Escuché la risa cantarina de la Ravenclaw que me hizo enfadar, ahora le debía un favor. Crucé la entrada sin mirar a ese par que seguro se estarían riendo a mi costa en el sofá.
La puerta se cerró nada más que entré y me encaminé rápidamente a su parte de la habitación. Temí que la tela que separaba nuestra habitación no me dejara pasar como había ocurrido con la puerta, pero pude descorrerla sin ningún problema y me colé en la parte de la habitación de Granger. Todo estaba colocado en perfecto orden, hasta los muebles parecían alineados con la ventana. Los libros se encontraban amontonados en el escritorio ordenados alfabéticamente, y tuve la tentación de descolocarselos sólo por el mero placer de que se volviera loca. Pero me contuve, tenía que parecer que allí no había entrado nadie.
Me agaché junto a la cama levantando la colcha que colgaba y allí al final, justo debajo del cabecero, se encontraba el libro que tantos quebraderos de cabeza me había dado. Sonreí aliviado y estiré la mano para alcanzarlo, pero sólo llegué a rozarlos con los dedos y en mi intento por cogerlo lo metí más para adentro. Resoplé enfadado y dí gracias a que nadie me viera arrastrarme por debajo de la cama.
Por fin, atrapé el libro y la tensión que había sentido antes se esfumó relajandome al instante. Tenía el libro, ya podía averiguar todas mis dudas de la sala y descubrir todo acerca de aquel individuo que había vivido experiencias similares a la mía. Me coloqué el libro debajo de la axila y me arrastré de nuevo hacia el exterior. Ya tenía medio cuerpo fuera cuando oí un click conocido y pude ver como la estancia se llenaba de una luz nueva, alguien había abierto la puerta y ese alguien sólo tenía un nombre, Granger.
Me metí corriendo de nuevo debajo de la cama conteniendo el aliento, si me descubría estaba perdido.
- Ahora estoy con vosotros. - Oí que decía. Me coloqué mirando hacia la entrada para tener controlado todo, Granger cerró la puerta y la luz desapareció encendiéndose la de la habitación. Vi como dejaba la mochila en el suelo cerca del escritorio y maldije mentalmente a Theo por no haberme avisado a tiempo. El libro, que se encontraba entre mí y el suelo, se clavaba en mi estomago.
Granger se aproximó a la cama y se sentó en el borde. Desde donde estaba le podía ver las pantorrillas y las zapatillas azul eléctrico que le había visto en su primer día de este año. Eran las zapatillas más feas que había visto nunca y sabía que si las viera mi madre las catalogaría de "vergüenza para la moda", pero tenía que reconocer que a Granger le sentaban bien. Oí como suspiraba y se tumbaba en la cama, aún con las piernas colgando. El colchón bajó un poco en contacto con su cuerpo y di gracias porque el espacio allí abajo fuera bastante, si no hubiera muerto aprisionado.
- ¡Qué vergüenza Hermione! - Sus pies daban pequeños golpes en el suelo indicando que se encontraba un poco nerviosa. Esas palabras me hicieron prestar más atención, ¿qué había avergonzado a la sabelotodo? - ¿Cómo puedes haber pensado que Eugene te quería pedir una cita?
Ante la simple mención de ese profesorucho me tensé y apreté fuertemente los puños y esperé a que Granger dijera algo más. Pero la sabelotodo dió un par más de golpes con sus pies y levantándose de la cama abrió la puerta y salió de la habitación. Me quedé quieto unos segundos más por si decidía volver. Notaba en mis oídos el palpitar del corazón y no sabía si debía a que por casi me cazan o al haber escuchado cita y Eugene en la misma frase, quise creer que era lo primero.
Cuando había pasado un tiempo considerado y no volvió, decidí salir rapidamente de mi escondite y dirigirme a mi habitación. En el momento en que estuve en la otra parte de la cortina, sentí un gran alivio. Aunque mi plan no había salido como había planeado, tenía el libro entre mis manos y era lo importante.
Pero el tema Eugene me había hecho olvidar la euforia de haber conseguido por fin el libro. ¿Ese profesor había pedido una cita a Granger? Si se enteraba el claustro de profesores se le podía caer el pelo. Aunque lo que había dicho la Gryffindor era que ella había pensado que él le había pedido la cita, ¿eso es que Granger quería que le pidiera una cita? ¿Acaso estaba enamorada de él? Podía entenderlo de las demás chicas del colegio, él expandía ese aura de "mirame y enamorate" pero creía que la sabelotodo tenía más sentido común y que no se dejaría engatusar por esos trucos. ¡Qué equivocado estaba!
Decidí olvidar todo ese tema, ¿Granger quería salir con un profesor? Muy bien, como si quería salir con el mismísimo Dumbledore, a mi me daba igual, aunque sabía que una pequeña parte de mi se sentía dolida por lo que había oído.
Sacudí la cabeza espantando cualquier otra absurda idea que se instalara en mí, tenía cosas más importantes que pensar como, por ejemplo, el libro que tenía entre mis manos. El libro, azul y pequeño, estaba gastado por las esquinas pareciendo más antiguo que el colegio mismo. El recorte del diario que leí la otra vez, sobresalía un poco debido a la rapidez con la se cerró.
Estaba deseoso de seguir leyendo donde me había quedado, pero sabía que para entender algo tenía que leerlo desde el principio. Me senté en mi silla del escritorio y sin más preámbulos abrí el libro por la primera página. Pero lo que esperaba ver era una caligrafía demasiado pequeña y antigua y no encontrarme la página en blanco. Pasé más páginas adelante pero era como si alguien las hubiera borrado. Recordaba perfectamente que todas las hojas se encontraban llenas de aquella caligrafía, ¿por qué ya no había nada? Me enfurecí y tiré el libro encima de la cama, había planeado todo eso por un diario vacío.
- Definitivamente, hoy va a ser un día de mierda.
¡Hola a todos! Lili al habla :)
Si, por aquí estoy de vuelta actualizando no habéis visto doble jejeje. Esta vez le tocaba a Patri, pero me ha pedido que actualice por ella ya que anda muy mal de tiempo con los cosplays, que es una experta en cosplays, de la convención de Noviembre en Barcelona. Está la pobre todo el día cosiendo, cosiendo y volviendo a coser. Pero sé que la recompensa valdrá la pena cuando su traje esté hecho, ¡qué ganas de verla cospleyada!
Bueno, bueno, ¿qué os ha parecido el capítulo de hoy? Primero de todo decir que me encanta la relación de Theo y Draco, ¡son tan monos juntos! Y luego nuestro *cough* sexy *cough* profesor Eugene. (Creedme, Patri y yo seríamos las que andaríamos locas por él jiji) Que pillín gastando esa broma a Hermione, ¿y nuestro Draco celoso? Ay, lo que le queda de aguantar al pobre jaja.
ALEA AUREA MOMENTS.
Este momento no va muy relacionado con Alea Aurea, pero queríamos comentarlo con vosotros. Cuando me quedaba en casa de Patri por unos días, siempre buscábamos un hueco para poder pensar ideas y también escribir. Pero como pasa muchas veces, y los que escriban lo saben, la musa se va de vacaciones y te deja sin ninguna idea de como seguir con tu historia. Por lo que cuando Patri tenía que hacer la tarea de clase, y mi musa se había ido de paseo, la leía a Patri fanfics en voz alta. Era algo muy divertido, porque leía haciendo voces y cuando pasaba algo emocionante oía a Patri decir: "uhhh" y comentábamos lo que estaba pasando. Ahora que vivimos más separadas que antes, es una cosa que echamos mucho de menos. Pero sé que pronto lo volveremos a hacer ;)
Antes de que me despida tengo que hacer mención a una cosa que me comentó Patri que nos ha hecho mucha ilusión a las dos. El otro día, cuando Patri iba en el metro, se encontró con una lectora de Alea Aurea y al reconocerla lo primero que dijo fue: "Actualizad" Pues bien, ya estamos actualizando así que tu deseo se ha cumplido :) Muchas gracias por hacer que esta pequeña locura que es Alea Aurea tenga su recompensa con momentos como este.
Patri me pide desde su exilio con la máquina de coser, que la animaría mucho leer reviews y comentarios vuestros mientras hace cosplays y cose hasta tarde en la madrugada. Y oye, a mi también me haría mucho ilusión jeje.
Mucha fuerza y energía positiva para los que empezáis de nuevo las clases. Las vacaciones de Navidad están a la vuelta de la esquina.
Muchas gracias a todos los que leéis, favoriteais y dejáis comentarios, nos hace muy feliz.
Nos vemos en la próxima actualización.
Un besito ^_^
