Estantería ochenta y cinco.
Habíamos llegado a los alrededores de Hogwarts tras un tropel de alumnos agitados, moviéndose hacia la nada, pues nadie sabía que hacer. Llegando a las majestuosas puertas, uno podía intuir que algo no iba bien; ya no solo por la presencia de la subdirectora intentando controlar a las masas agitadas que ahora era el alumnado, sino que también resultaba extraño la forma en la que las puertas estaban dispuestas, pues solo una de ellas permanecía parcialmente abierta.
McGonagall utilizó un hechizo para elevar su voz por encima de todo el ruido posible, llegando así hasta los más alejados. Fue entonces cuando de un empujón fui separada de Malfoy con total brusquedad. Malfoy, a quien había estado sosteniendo instintivamente de la mano. Malfoy. Alerta. Slytherin. Ir de la mano. Delante de gente. Aunque dudaba que alguien se hubiera percatado de tan nimio detalle con el jaleo que se había organizado en un momento. Conducida casi por la masa enfebrecida, me vi arrastrada hacia el castillo en una pulcra fila de alumnos que andaban cabizbajos. Estaba segura que para muchos aquello había resultado el primer contacto con la realidad que aterrorizaba el mundo mágico, el lado oscuro alzándose. Todo había sido un verdadero caos, aunque de lo poco que había podido oír de la profesora McGonagall, nadie habia resultado herido con gravedad.
La tranquilidad aparente se iba alejando a medida que me adentraba en el pasillo. Por mucho que nos hubieran prometido una explicación clara de los hechos para la mañana siguiente en el Gran Comedor, los grupos de gente esparcida por los corredores susurraban rumores en voz baja, despavoridos por los acontecimientos. Todos eran animados por los prefectos a que volviesen a sus salas comunes, y casi por inercia, camine directamente hacia las puertas doradas. En cuanto traspasé el umbral, un murmullo incesante de conversaciones entrecruzadas me atrapó por completo. Y todas hablaban de lo mismo.
- ¿Cómo han podido llegar tan lejos los mortifagos? - Dijo Mike en el sofá.
- Esta claro que Harry tenía razón todo este tiempo. Han vuelto. Todos. - Mika le respondió y la multitud arremolinada a su alrededor, todos apretados en los sofás, lo miró con cierto pesimismo. - ¿Qué haremos ahora?
- Está claro que no podemos quedarnos de brazos cruzados… - Alguien había intervenido, pero yo había desconectado por completo.
Estaba quieta, manteniendome gracias al respaldo de la puerta cerrada, mis hombros tocando su fría superficie, con las manos recogidas tras de mi. Estaba claro que aquella situación me había pillado por sorpresa, aunque todos sabíamos que era cuestión de tiempo que los mortifagos aterraran al mundo mágico. Es solo que en el fondo, dentro de mi, algo me decía que aquel ataque no había sido por pura diversión. Que buscaban algo... o a alguien.
El rostro de Eugene se materializó en mi mente, como un terrible pinchazo.
Un cosquilleo surgió en mi nuca. Esa clase de sensación que te entra cuando sabes que alguien te está observando desde la otra punta de la habitación. Miré hacia el sofá, y la conversación seguía amena. Harry y Ron me habían dedicado una mirada en cuanto había entrado por la puerta, pero ahora aquel círculo se mantenía repasando los acontecimientos que aquella tarde habían ocurrido, y nadie de allí me prestaba atención. ¿Por qué tenía la fría sensación de que alguien me observaba? Pestañeé varias veces, intentando captar retazos de la conversación, alguien de Ravenclaw había sufrido quemaduras y un Gryffindor se había torcido el tobillo. Los cristales de la tienda de los hermanos Weasley habían estallado por todos los lugares y Madame Rosmerta tendría que trabajar en las reparaciones de la fachada de su negocio. Y como si fuera un resorte, mi cuello se giró levemente a la zona de las escaleras. Alguien me había estado observando, sin miramientos, obstinadamente, con algo de rabia en sus gestos, completamente alejado de lo que se podría llamar discreción.
Draco Malfoy me miraba desde la otra punta de la sala común. En cuanto nuestros ojos se encontraron sus hombros se tensaron. Algo, había algo que había cambiado en su actitud frente a mi. Al principio, él simplemente fingía que yo no existía, después empezó su desprecio absoluta para dar paso a sus estúpidos insultos, y ahora… ¿como funcionaba ahora? Estaba claro que seguiría en su retahíla de palabras malsonantes. Había perdido por completo el rumbo de la relación que llevábamos. "Relación", por ponerle nombre a nuestro acuerdo de mutuo respeto con insultos varios. Pero esa mirada, era extraña, desafiante. Y cargada de intriga. Con la pasividad que le caracterizaba, se giró y subió las escaleras sin casi hacer ruido. Y nadie más que yo advirtió aquel gesto, pues la conversación seguía, sofocada entre anécdotas y posibles soluciones.
Dudé. Me removí un poco, pegando más mi espalda contra la fría puerta, manteniendo las manos tras de mi. Agaché la vista, contemplando mi calzado, más maltrecho de lo que recordaba. Respiré profundo.
Y crucé la estancia, esperando que nadie advirtiera mi ausencia.
Estúpida. Estúpida Granger.
Era lo único que no podía dejar de repetir después de una tarde como aquella. Repetir esas palabras, culpando a la Gryffindor de todo, era casi como un sedante para calmar los músculos. Aunque no podía evitar pensar que hubiera pasado si Granger no hubiera estado esa tarde en aquel preciso lugar. Probablemente ya estaría en la Mansión Malfoy, rodeado de mortífagos. ¿Y era eso lo que yo quería? Después de todo lo que había visto, no estaba seguro que aquella vida fuera la que me habían prometido, tan perfecta y llena de lujos, idealizada para una mente que no quiere comprender y no ve más allá de lo que le dejan mirar.
Las cosas habían sucedido muy deprisa. Para empezar, ¿era necesario que Bellatrix se comportara de aquella manera? Aunque para ser francos, ¿cuando Bellatrix se había comportado de otra manera que no fuera aquella? Estaba dispuesta a quemar la casa con todas sus consecuencias, ¿todo para que? ¿Para que me uniera a ellos? Supuse, en cuanto escuché su risa haciendo eco en la hueca casa de los gritos, que habían venido a buscarme para llenar el vacio que había dejado mi padre, para sustituirlo. Malfoy por Malfoy. Ese era el trato que se daba en el bando oscuro. Lord Voldemort no se andaba por las ramas. Necesitaba ganar a toda costa.
Había subido a la habitación con la esperanza de aclarar las cosas conmigo mismo y no estallar en pedazos enfrente de toda la sala común. Además, tenía ganas de recalcar a la estúpida de Granger que casi habíamos sido vendidos al mejor postor, en este caso, por su querido profesor de defensa contra las artes oscuras. Tenía algo, había algo en él, algún secreto, algo oculto que no me había gustado. Ahora sabía que era. Y no sabía que era lo que me resultaba más asqueroso, sus aires de don Juan o el hecho de que fuera un espía, un traidor. Y pensar que si Granger no lo hubiera visto, no me creería. ¿O seguiría correteando por los pasillos con ese engreído?. La sangre me ardía por las venas. Y la confusión. Qué me dolía más, ¿la imagen de Granger con Eugene o el hecho de que ella nunca me hubiera creído de no haberlo visto con sus propios ojos? Era un vendido. Un asqueroso vendido.
Y después de haberlo visto desde esa perspectiva, estaba claro que yo no quería ser un calco de aquel que se hacía llamar profesor.
Y con un crujido, la puerta del cuarto continuo se abrió y una silueta femenina entró con paso lento, indeciso, aun dudando de si había sido buena idea pasar.
Se encontraba en su parte de la habitación, y aunque la cortina no me dejaba verle con toda la claridad que desearía, su postura desafiante y enfadada se palpaba en el aire. Con un largo suspiro, en el que intenté expulsar cualquier nerviosismo, aparté la tela que nos separaba y por primera vez me adentraba en su territorio.
- Debería decirle a la chiflada de McGonagall. - Se giró para encararme completamente.- Que su querida alumna se cuela en habitaciones de chicos. ¿Qué crees que pensaría?
- Técnicamente sigo en mi habitación.- Ignoré el calor de mis mejillas y me apoyé en el mueble más cercano. - Así que no estoy infringiendo ninguna norma.
- Tú y tus jodidas normas. - Bufó. - No eres más que una ridícula copia de la vieja profesora.
- Malfoy, no…
- ¿Tienes hueco en tu cerebro para anotar una más? - Me cortó acercándose en dos zancadas. - No vuelvas a tocarme. - Las palabras salieron lentas, recreándose en cada una de ellas. - ¿Te ha quedado claro?
Le miré fijamente e intenté controlar las lágrimas que se me habían acumulado en los ojos. ¿Cómo podía ser tan egoísta? Había ido a buscarle, me había adentrado en aquella casa llena de mortifagos, le había salvado de los dementores y ¿lo único en lo que podía pensar era en la estúpida pureza de sangre?. Tan típico de Malfoy. Me enfurecí conmigo misma por haberme creído por un momento que iba a agradecerme el gesto. El Slytherin no se rebajaría a tal nivel. Deseé más que nunca pegarle un puñetazo.
- Cuando tu estupidez te deje pensar.- Contesté elevando más mi cabeza. - Estaré esperando tu gracias.
- ¡Ja! - Rió sarcásticamente.- Pues espera sentada, te puedes cansar.
- ¡Eres desesperante! - Grité frustrada tapándome la cara con las manos. - Acabo de salvarte el culo…
- ¿Salvarme de quien?- Me cortó de nuevo irguiéndose hasta parecer más alto que nunca.- ¿De tu querido profesor?
Ya está, lo había dicho. Todo había sido real. No había sido producto de mi imaginación.
Me encogí en mi sitio aturdida por la mirada violenta de Malfoy e imágenes sobre lo ocurrido acudieron a mi mente. Eugene, nuestro profesor, en el que Dumbledore había puesto su confianza para ser el mentor de Alea Aurea, aparecía de la nada en un lugar lleno de mortífagos para hablar misteriosamente con alguien cuando su deber era dirigir a los alumnos de Hogwarts al castillo. ¿Con quién hablaba? ¿Por qué no se había dirigido al castillo para tener la conversación allí? ¿Qué era tan privado o prohibido que no pudiera hacer bajo el techo de Dumbledore? Y aunque todas las pistas me llevaran a confirmarle como culpable, no quería dejarme llevar por la intensidad de los acontecimientos generando mi último veredicto. Necesitaba pensar fríamente. Y además una parte de mí quería creer con todas sus fuerzas en la inocencia de mi profesor.
- No estarás pensando en defenderle, ¿verdad? - Preguntó al ver duda reflejada en mi cara. Le miré de nuevo y el enfado se hizo más notable en la cara del chico.
- Yo no tengo porque darte ninguna explicación Malfoy.- Me crucé de brazos e intentando con eso zanjar el asunto. Me arrepentía de haber apartado la cortina y tener esa conversación con el Slytherin cuando aún no la había tenía conmigo misma.
- Te creía con algo más de sentido común, Granger.- Escupió las palabras con odio, como si yo tuviera la culpa de que Eugene se encontrara en la Casa de los Gritos. - Los dos sabemos lo que hemos visto.
- Pero… - Intenté protestar. Aunque ni yo muy bien sabía lo que quería protestar.
- Y me jode que intentes defender lo indefendible sólo por el hecho de que sea un profesor. - No sabía en que momento el espacio entre nosotros se había hecho más escaso.- A no ser que sea otra cosa para ti.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Qué había querido decir con eso? Le miré a los ojos sin entender nada. Estaba cabreado, furioso y ¿celoso? Me reí mentalmente en el mismo momento en que esa palabra apareció ante mí. Malfoy de lo único de lo que podría estar celoso era de que su sombra pareciera más atractiva que él mismo. Aunque la misma Hermione lógica que había averiguado que Eugene era la persona de la chimenea, gritaba a los cuatro vientos que tenía razón. La callé de inmediato e hice lo que mejor se me daba con Malfoy, defenderme peleando.
- No sé que quieres decir con eso.- Alcé la cabeza ofendida.- Pero si yo fuera tú, tendría cuidado con lo que dices.
- La que tendría que tener cuidado eres tú.- Me apuntó con el dedo disminuyendo más el espacio entre nosotros.
- ¿Quieres hablar claro de una vez? - Grité irritada. Su cercanía me estaba poniendo nerviosa.
- Creo que sabes muy bien de lo que estoy hablando.
- No, no tengo ni idea.- Confesé enfadaba viendo como Malfoy disfrutaba de mi ignorancia. No sabía que jueguecito se traía entre manos y eso me preocupaba y enojaba a partes iguales.
- Vaya, vaya.- Continuó con su tono de burla.- Pues va a ser verdad lo que dicen.
- Malfoy… O me hablas claro o…
- ¿O qué? - Me interrumpió disminuyendo más el espacio entre nosotros, sobrepasando la frontera del espacio personal. - ¿Qué es lo que vas a hacerme?
Y ya no pude aguantar más.
- ¡Ahh! - Grité frustrada alejándome de su presencia.- ¡Eres insoportable! ¡Me voy!
Y antes de que me arrepintiera por no pegarle un puñetazo en la cara, me adentre a mi parte de la habitación apartando la cortina de un manotazo.
- ¡Tú no te vas a ningún lado!- Malfoy me siguió.- ¡Hasta que me expliques lo de tu cita con ese profesorucho!
Mi corazón dio un vuelco al oír aquello y me giré justo en el mismo momento en el que Malfoy apartaba la cortina y esta, como por arte de magia, desaparecia ante nuestro ojos haciendo que nuestra habitación dividida se convirtiera en una sola.
- ¿Qué cojones…? - Malfoy miraba a todos lados intentando buscar la inexistente cortina, pero iba a ser una tarea difícil, había desaparecido.
En otro momento me hubiera puesto a pensar en las consecuencias que acarreaba compartir la habitación con la serpiente sin tener más privacidad que la que tuviéramos en la sala común, pero sus últimas palabras se repetían en mi mente como si las hubieran grabado a fuego. Estaba confundida, muy confundida. Miles de preguntas se formaban en mi cabeza pero ninguna llegaba a mis labios. Mi pulso parecía haberse instalado en mis oídos y cuando un fuerte tic-tac se adueñó de Alea Aurea, no fui capaz de darme cuenta hasta que la imagen de Malfoy desconcertado desapareció ante mis ojos.
Otra visión. Lo supe en cuanto el suelo a mis pies desapareció. Era como quedar atrapado en la nada momentáneamente. No es que revivir recuerdos pasados me gustara, la verdad, sabía que era con algún tipo de fin, pero odiaba tener que pasar por ello después de haber sido atacada por una banda de dementores, un mortifago y un Slytherin enfadado.
Por no hablar de la desaparición de la cortina, algo por lo que empezaba a sentir puro pánico.
Frente a mí, no había nada. Era todo oscuridad. Ni siquiera podía verme los pies, ni las manos si las alzaba frente a mi. La sensación de la nada es caprichosa, pues incluso puedes sentir como tu mismo sucumbes a ella, perdiendo credibilidad en ti mismo, sintiéndote irreal, sumido en la oscuridad. Intenté moverme a los lados, perdida. Y tras un medio minuto de silencio absoluto, alguien se quejó, no muy distante a mi.
- ¿Se puede saber que clase de broma es esta? - Era Ginny, sonando dolorida.
- ¿Dónde… dónde estamos? - La voz de Stefanie sonaba atemorizada. - No puedo ver absolutamente nada.
- Lumos. - Harry también estaba, lo que hizo que mis hombros se destensaran.
A unos dos pasos de mi una pequeña lucecita apareció. Y pude contemplar la escena. Estábamos en un pasillo decorado con antorchas sin llamas. Había una puerta tras de nosotros y otra justo delante. Ginny estaba en el suelo, intentando levantarse. Stefanie era la más cercana a mi y Harry contemplaba ambas puertas con aire dubitativo.
- Creo saber donde estamos, y no os gustará - Dijo finalmente el único chico del grupo, avanzando con su luz guía. En cuanto abrió la puerta, un sonido irritado salió de su garganta.
- No puede ser peor que estar en el renacer de El Señor Oscuro. - Ginny aferraba la varita mientras se acercaba a la puerta.
- El departamento de misterios. - La voz de Harry sonó hueca, carente de emoción.
- Retiro lo dicho. - Respondió la Weasley, profiriendo un quejido.
- ¿Quieres decir que…? - Stefanie, por supuesto, no entendía nada.
Harry tuvo que contarle brevemente, y saltándose algunos detalles importantes, el porque de aquella visita. La Ravenclaw pareció captar que Harry podría contar más de lo que decía, pero supo guardar su curiosidad. En cuanto esclarecimos todo un poco advirtiéndole de algunas cosas, nos dirigimos a la sala circular de puertas.
Las doce puertas que giraban y giraban, tal como lo habían hecho en su día, tal como lo hacían en mis recuerdos, y tal y como lo estaban haciendo ahora, pues tras cerrar la puerta por la que habíamos llegado, la pared comenzó a moverse. En aquel momento me di cuenta de varias cosas, una era que alguna de las puertas estaban marcadas con una X, la otra es que las antorchas de aquella sala cegaban con su luz azul, que al girar, se convertía en una línea de neón. No era buena idea quedarse mirando la pared mientras la sala decidía confundirte.
- Es mi hechizo. - Grité por encima del murmullo del girar de puertas. - ¿Recuerdas cómo marcamos las puertas por las que ya habíamos pasado? No debemos de estar muy lejos. Quizás solo tengamos que...
Y las puertas frenaron en seco, pero un sonido provenía de una de ellas.
- Asqueroso, asqueroso. - Decía una voz femenina a través de la puerta.
Con un empujón se abrió y una manada de personas se adentró en el vestíbulo de puertas.
- Alejaos de ahí. - Bramó la voz de Harry en el mismo momento en el que vió el contenido de la habitación. - Es mejor que nadie toqu…
- Demasiado tarde. - Gritó la voz de Luna.
Un remolino pelirrojo se movió rápido por la habitación mientras los demás salían apresurandose detrás de Harry. Me acerqué con paso cauteloso y la escena era familiar. Un tanque transparente lleno de líquido verde oscuro y cerebros ocupaba toda la sala. A sus lados, unas mesas y sillas estaban dispuestas de manera desigual. A su lado, el vestíbulo parecía oscuro. Un grito desesperado me sacó de mi recuerdo.
- ¡La tiene atrapada!- Gritó la voz de Elizabeth, haciendo eco. - Una cosa de esas ha caído del tanque en cuanto hemos llegado y se ha abalanzado contra Phoebe.
- ¿Son peces blancos? - Mike sostenía a Elizabeth por la muñeca para impedir que se aproximara, pero la pelirroja estaba siendo atendida por Ron, quien ya había experimentado la experiencia.
- Son cerebros. - Aclaró la voz de Neville, quien ya sostenía la varita con firmeza.
Para entonces, Ron había enviado de vuelta al tanque al cerebro, y Phoebe salía por la puerta con algunos cuantos rasguños, llevándose una mano a la cabeza.
- Acabamos de empezar y ya quiero volver. - Dijo entre susurros. - ¿Dónde estamos?
- En el departamento de misterios. - Aclaré, y en cuanto Ron cerró la puerta tras de sí, las puertas volvieron a girar.
Las únicas cosas que se veían durante el giro incesante de las puertas eran las luces, que se quedaban grabadas en la retina dejandote unos segundos ciego por su luz. Así que decidí mirar hacia otro lugar, y por el rabillo del ojo pude contemplar a tiempo como Ron le ofrecía la camisa de cuadros que había llevado abierta, entre tantas de sus capas de ropa, a la chica pelirroja de Ravenclaw, que estaba mojada por el líquido verde que había arrastrado consigo aquel cerebro. Ella sonrió tímidamente, y al separarse, entre ellos, pude ver una cabeza rubia que sobresalía, a unos pasos de distancia. Malfoy sostenía su varita por encima del hombro contrario a la mano que la sujetaba. Theo estaba a su lado, casi pegado a él.
- Lo vas a desgastar si lo sigues mirando así. - Susurró muy cerca la voz de Ginny.
Las puertas habían parado y ahora tocaba decidir cual sería nuestra siguiente apuesta. Hasta el momento me había mantenido al margen, observando a los demás actuar, pero me aparté de Ginny (y de los posibles pensamientos que pudiera ocasionarme su comentario) y forcé el pomo de una de las puertas con la gran "x".
- Esta debe de ser aquella que nunca llegamos a poder abrir. - Anuncié girandome y dejando la puerta por imposible.
Un estruendo de pasos se apoderó de el vestíbulo. Eran tan cercanos que parecía que estaban justo detrás de ellos. Entonces todos comprendieron que aquello provenía de otra de las puertas… ¿Pero si ya estaban todos allí, quién podría ser? Aquel día sólo estuvieron ellos, y antes de la orden del fénix… Mortifagos.
Y si los mortifagos ya habían hecho su aparición es que los del pasado llevaban mucho recorrido.
Otra visión. Otro momento ajeno al mio. Lo supe en cuanto vio la sala de los cerebros flotantes. Eso no era una macabra tienda de Borgin y Burkes. Se veía como aquello era una clase de retorcido estudio sobre unas criaturas de las que no tenía ni la menor idea. Estábamos encerrados en un vestíbulo de doce puertas que daba y daba vueltas sobre si mismo para confundirnos más y más. La comelibros había intentado abrir una puerta pero resultó cerrada a cal y canto. Después de quedarse unos segundos de espaldas, y con todos aún acostumbrándonos a la estabilidad recuperada, Granger dio un giro inesperado, abrió la puerta de la que salía un ruido y se adentró a toda prisa.
- ¡Hermione! ¡Espera! - Gritó Ginny Weasley cuando la vio desaparecer.
Granger se detuvo y musitó algo sin apenas girarse.
"Tengo una corazonada".
¿Una corazonada? ¿Quien utilizaba esa clase de palabra, para empezar? Pero el río de alumnos ya se había movido y corríamos tras la puerta. Un resplandor que dolía en los ojos nos esperaba tras el umbral. Nott venía trás de mi, haciéndome mover más deprisa. Tenía la sensación de que se estaba encargando personalmente de que no me independizara del grupo, aburrido de aquellas ñoñerías de Alea Aurea. La nueva sala estaba llena de relojes por todos lados, y todo tenía un toque dorado especial que me recordaba a cierta sala común. En cada rincón, un reloj, no había espacio que no ocuparan, grandes, pequeños, de cuerda, de mesa. Todo tipo de relojes. Y todos marcaban la misma hora. La misma que había marcado el gran reloj demuestra nueva sala común.
La claridad sofocante provenía de una alta campana de cristal que había al fondo de la sala. Su resplandor no me dejaba mantener los ojos abiertos, pestañeando a la fuerza, cubriéndome con el antebrazo la cara, para que mis ojos se acostumbraran antes al cambio de iluminación. Cruzamos una nueva puerta y el cambio de temperatura nos recibió. Lunatica nos había advertido en cuanto había observado el tanque verdoso que aquello solo podría ser el departamento de misterios. ¿El departamento de misterios? ¿El ministerio de magia? ¿En qué clase de trifulca se habría metido Potter para acabar allí? Nos habíamos detenido momentáneamente en lo que parecía un amplio pasillo de una biblioteca con techos altos, muy altos. Pero allí no había libros. Habían esferas con suaves destellos, desafiando al polvo que las había cubierto a lo largo de los años. Las estanterías eran casi tan altas como los mismos techos y todas estaban pulcramente ordenadas, una tras otra, dispuestas en parejas a lo largo de un pasillo del que no alcanzaba a ver el final. ¿Que clase de sala era aquella?
- Escondeos. - Dijo Potter en un susurro, haciendo aspavientos con la mano.
Las pisadas habían resultado cada vez más y más fuertes y venían en nuestra dirección. Había perdido la pista de la estúpida de Granger. Se estaba ganando el título con todas sus fuerzas. ¿Corazonadas? Lo que iba era a acabar con el cuello rebanado si no se andaba con cuidado. Me fastidiaba tener que pensar en que clase de estupidez estaba haciendo ahora. Y por hacer el imbécil, me había perdido los últimos movimientos. Nott se había desprendido de mi lado en algún momento, entre las estanterías y los pasillos. Me había quedado embobado mirando a la lejanía, esperando que en algún momento Granger decidiera volver, y me encontré a mi mismo siendo arrastrado por Potter a un lateral, agazapado entre las esferas. Quise replicar, pero ante mi pasaron una docena de encapuchados, apresurándose, como si llegaran tarde a una reunión. Mortifagos.
- Agáchate. - Murmuró Potter.
No me vi con ánimo de replicar. Era casi necesario agazaparse tras las sombras que proyectaban las largas estanterías. Nadie quería disturbar a una docena de mortifagos, y menos yo, cuando no me encontraba en tierra de nadie, ni completamente de un bando, ni completamente de otro. Como un remolino negro, desaparecieron por el mismo lado por el que lo había hecho Granger. Esperaba que su corazonada no fuera a jugarle una mala pasada. Por primera vez, confiaba en que sus capacidades de comelibros sabihonda le ayudaran a no salir escaldada de la situación.
- Estamos en la estantería número 80. No pueden estar muy lejos de aquí. - Potter seguía mascullando palabras tras de mi.
Y sin aviso previo, se alzó y comenzó a andar cautelosamente. Del resto del grupo no supimos nada. Nos habíamos quedado él y yo. Chasqueé la lengua, de todas las personas con las que me podía haber quedado, tenía que haber sido él. Alea Aurea se estaba riendo de mi de todas las formas posibles. Cuando cruzamos la quinta estantería yo no pude contener mis palabras, que salieron menos firmes de lo que yo había intentado.
- Se puede saber de que va todo esto, Potter. - Murmuré, alcanzando sus pasos. - Acabo de ver un tropel de mortifagos entrando al ministerio de magia y sé que esto solo puede ser un recuerdo de los vuestros. Ya que estamos de mierda hasta el cuello, al menos podrías decirme de que se trata.
Una carcajada conocida retumbó y hizo eco, sonando más fría y calculadora que de costumbre, rebotando contra sí misma en las altas paredes de aquella extraña y fría sala. Bellatrix. Bellatrix Lestrange estaba allí. Aquella risa me estaba persiguiendo hoy.
Como movidos por un resorte, nos fuimos del gran pasillo y nos apartamos hasta la estantería más próxima. Nos volvimos a esconder tras las sombras que nos brindaban protección. Potter me miró desde su posición. Quería decirme algo, pero medía las palabras, podía notarlo en su mirada.
- Estamos en el departamento de misterios. - Soltó a los pocos segundos.
- Eso ya me lo ha contado tu amiguita lunatica en cuanto hemos visto como uno de esos cerebros se avanzaba tras la nueva amiga de Weasel. - Espeté, más malhumorado de lo que pensaba que estaba.
- Son profecías. - Dijo, mirando hacia otro lugar. - Esta sala, está llena de profecías. Vinimos aquí hará un año tras una pista falsa que Voldemort puso frente a mis ojos. Ron, Hermione, Neville y Luna vinieron conmigo. La visión podría ser de cualquiera de ellos.
- Bien, ¿y se puede saber por que vinisteis hasta aquí solos si sabíais que estaba el Señor Oscuro? ¿O es que tus amigos también han desarrollado tus habilidades kamikazes? - Lo miraba a los ojos, aunque solo podía ver un frágil reflejo de mi mismo tras los vidrios.
- Vinimos tras alguien. - Potter me miró fijamente y después soltó una bocanada de aire, casi como un suspiro, que se materializó en vapor. El frío se había hecho más intenso.
Aún estando frente a frente, mirándonos fijamente, la voz de Potter resonó no muy lejos de allí.
- No hagáis nada. Todavía no…
Pero no era su voz, porque incluso él se dio cuenta que aquello solo podría ser que su yo del pasado se encontraba a pasos de nosotros. Alzó la cabeza.
- En el pasado estuvimos en la estantería noventa y siete. - Le costaba un esfuerzo visible desvelar los retazos de su pasado que ahora estábamos compartiendo involuntariamente. - ¿Alcanzas a ver el numero de esta?
- Estamos en la estantería número 85. - Dije mirando la escritura vieja sobre nuestras cabezas.
Estantería numero 85. ¿De que me sonaba aquello? La risa de mi tía volvió a interrumpir de nuevo todo posible hilo mental que estuviera tejiendo para encontrar respuestas.
- ¡Ah, tú no conoces a Potter tan bien como yo, Bellatrix! - Y aquella voz me produjo un ardor interior. Mi padre, mi propio padre, quien ahora se encontraba entre rejas. - Tiene complejo de héroe; el Señor Tenebroso ya lo sabe. Y ahora dame la profecía, Potter.
- Sé que Sirius está aquí - La voz del Potter del pasado sonó más débil, entrecortada. - ¡Sé que lo han cogido!
Unos cuantos mortífagos volvieron a reír, aunque la mujer fue la que rió más fuerte. Esa risa me perseguiría hasta en pesadillas. La odiaba, la estaba empezando a repudiar desde el mismo fondo de mi estomago, causándome lo que parecía el principio de una arcada. Bellatrix Lestrange había perdido el juicio y se lo había entregado por completo al señor oscuro. Para colmo, tenía a mi padre a metros de mi, y ese dolor incesante en las sienes, advirtiéndome de que algo se me estaba escapando, de que estaba olvidando algo importante que debería recordar. Algo que yo sabía. Pero el murmuro lejano de la voz de mi padre amenazando al Potter del pasado me estaba enturbiando los pensamientos. "Entrégame la profecía y nadie sufrirá daños" decía la voz vacía de mi padre a lo lejos.
Y una vorágine de palabras se formó en mi mente. Profecía. Mortifagos. Departamento de misterios. Estantería 85. Profecía. Profecía. Profecía.
Levanté la cabeza e hice un giro de ciento ochenta grados, mareándome repentinamente. Mis manos se movieron rápidamente por una hilera de esferas. Profecía. Profecía.
Algo repiqueteaba desde el fondo de mi subconsciente.
Una imagen visual se vino a mi mente, lentamente, como lo hacen las fotografías mágicas al revelarse. De oscuro a claro, lentamente, hasta que la imagen se materializa ante mis ojos y empieza a moverse. Un recorte de papel, amarillento, viejo, raído por los costados, de papel duro, antiguo, con una imagen de un cuadro, con mucha letra y una anotación en una esquina, emborronando algunas palabras con la tinta que allí se había volcado: "Estantería número 85."
Abrí los ojos desmesuradamente. Aquello no había sido casualidad. Alea Aurea estaba jugando con nosotros. Éramos presas de su intrincado laberinto y ella observaba desde el palco.
Tuve que agacharme para observar una inscripción antigua y tan andrajosa como el mismo recorte de diario que había encontrado en el libro que se había caído en la estantería de Granger. Nombres familiares llamaron mi atención. Siberius Slytherin y Ellie Lynch.
Siberius. Había leído ese nombre antes. Y junto a el nombre de Ellie.
Siberius S.
Siberius Slytherin ¿Slytherin? Por un momento me quedé en blanco absoluto analizando las posibilidades de la situación. Uno de los descendientes de Slytherin, más bien, su mismo hijo, ¿era el autor de aquella apretada y cursiva letra? ¿Había estado leyendo todo este tiempo el diario de el hijo de Salazar Slytherin? Tendría que ser su hijo, ¿no? Recordaba haber leído claramente "Godric". Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. ¿Era Godric Gryffindor? Aquello tenía más valor de lo que yo le había dado. ¿En qué lío me había metido? De repente todo superaba mis expectativas.
Volví a leer los nombres. El paso del tiempo se había encargado de estropear las letras pero en mi interior todo empezaba a encajar. ¿Eran reales entonces? ¿Me pertenecía ahora el diario de alguien que alguna vez había vivido entre los mismo muros que yo? Para enmarcar mis pensamientos, un único nombre, uno que también reconocía, se situaba bajo los dos. Frederic Hamish Timolty.
- Esta esfera… - Murmuré. Potter había empezado a inquietarse al verme tan quieto, con la mirada tan fija. - ¿Es también una profecía?
- Todo lo que ves son profecías. - Contestó sonando extrañado.
Se hizo un silencio en el que retazos de conversación pasada resonaban a través de las estanterías. Bellatrix seguía atormentando a todo aquel que se prestara. Mis dedos se deslizaron hasta la superficie de la esfera. Escuché a Potter boquear. Quería decir algo. Pero mis manos ya habían cogido aquella esfera, que me calentaba las manos, pues a pesar del frío que hacía, esta estaba caliente, como si hubiera pasado horas al sol.
- ¿Como se supone que funciona esto? - Le pregunté, olvidando momentáneamente quien era quien tenía delante.
- ¿Acabas de coger una profecía al azar? - Preguntó extrañado. Las gafas le habían caído por el puente de la nariz. No podía ver mi reflejo con claridad.
- ¿Que hay que hacer? - Estaba claro que no podía contarle todo lo que sabía o creía saber. O bien pensaría que estaba loco o que me lo estaba inventando.
- Nadie puede coger de la estantería una profecía que no esté hecha para él. - Contestó en un tono solemne. - ¿De quién es esa profecía Malfoy?
Con un sutil movimiento, sus manos colocaron las gafas en su posición inicial y cerrando un poco los ojos, pude observar como Potter focalizaba su vista hasta leer la etiqueta que estaba debajo del hueco vacío que había dejado la profecía que ahora sostenía en mis manos.
- ¿Siberius Slytherin? - Preguntó, mirándome de otra forma.
Alargó la mano, y cuando quiso coger la que había al lado, de la cual ni siquiera pude leer la etiqueta, un sonido siseante y un quejido lo acompañaron. Se apartó y movió la mano con la que había intentado coger la profecía deprisa. Cuando la alzó para inspeccionarla, pude observar una pequeña quemadura en la palma de la mano. Ahora entendía su juego. Él mismo había probado a coger una profecía al azar y no había funcionado. Esto solo hacía que demostrar mis teorías sobre Alea Aurea.
La suerte estaba de mi parte.
Había llegado tarde y me había perdido una parte fundamental de la conversación. Pero estaba en lo cierto, aquello había sido el día en el que nos adentramos en el departamento de misterios para salvar a Sirius, que, supuestamente, había sido atacado. Harry nunca había sido un lumbreras en oclumancia, y aquello fue un punto a favor de Voldemort, quien utilizó sus capacidades para crear una idea en la cabeza de Harry. Y todos fuimos a su búsqueda. Iba a ser algo rápido, entrar, coger a Sirius, avisar a la Orden y salir. Pero todo se había complicado cuando los mortifagos aparecieron en tropel. Doce de ellos. Contra cinco de nosotros.
Sabía que poco podía hacer al respecto, pues aquello era no más que un recuerdo, o eso creía. Todavía me costaba acostumbrarme al hecho de revivir momentos pasados. Era como entrar en un pensadero, era muy parecido, pero muy diferente. Pues en los pensaderos no se podía tener tanta libertad como tenía en aquel momento. Por no decir que solo se podía acceder a lo que había hecho la persona que te había prestado el recuerdo. En cambio, yo había salido corriendo en otra dirección a la que los chicos se habían quedado. Quizás había sido del todo imprudente, pero solo quería comprobar quienes eran aquellos mortifagos, y si antes de llegar al lugar en el que nos los encontramos habían dicho algo revelador que nos ayudara a derrotar a Voldemort, pues de todas las visiones que habíamos vivido, aquella era la más reciente.
Bellatrix parloteaba y se burlaba de nosotros, nuestros yos pasados. A los únicos que podía verle la cara ahora mismo era a Lucius Malfoy y a Bellatrix Lestrange. Lucius permanecía impasible, Bellatrix podría haber parecido indefensa desde su altura y su peso, pues sus pómulos comenzaban a marcarse más. Cualquier persona que no la hubiera conocido pensaría que aquella mujer no era más que una andrajosa, una persona que vivía en la calle, remendando ropa vieja y acumulando sobras. Pero Bellatrix estaba consumida por su propia locura. Y ahora, con las luces azules de las antorchas y los reflejos blancos de las profecías, las hendiduras de su rostro parecían más profundas, las ojeras más oscuras y la mirada más perdida.
Bellatrix nunca había sido de mi agrado, después del día de hoy, no podía soportar su sola presencia, ni siquiera su mención. Me repudiaba alguien que trataba a su propia familia como material de intercambio. Si no había tenido el más pequeño pudor con Malfoy, ¿como se supone que sería ante una persona normal? No es que fuera letal, es que disfrutaba del sufrimiento y la descomposición. Había perdido todo rasgo de humanidad.
Me encontraba agazapada entre estanterías, no recordaba todo con claridad, solo la profecía, la huida y poco más, pues por una clase de conjuro, aquel día caí redonda al suelo y no me desperté hasta llegar a Hogwarts de nuevo. Me habían contado lo sucedido después, pero ahora podría verlo.
Después de las burlas de los mortifagos hacia los cinco que aquel día fuimos al ministerio, empezó el forcejeo. Estaba situada en la estantería paralela a la noventa y siete, en la que ahora mismo había un gran revuelo. Y de repente, me acordé de lo que Harry nos había advertido, "tirar las estanterías". Me levanté, y comencé a caminar en la misma dirección por la que había venido, intentando usar las sombras a mi favor, sin llamar demasiado la atención, aunque no sabía si los mortifagos del pasado podían vernos, o incluso herirnos, si los objetos podían herirnos… ¿podrían las personas?
Había acudido allí con la intención de encontrar verdaderamente a Sirius, mucho antes de que llegara a la sala del arco. Pensaba que quizás con suerte, podría escuchar algo más de lo que escuché la primera vez. Algún cuchicheo entre mortifagos. Pero todo fue igual, aunque todo ahora era diferente, yo era diferente. Había sobrevivido a una maldición imperdonable, la peor de todas y no me había pasado nada. ¿Que pasaría ahora si me interpusiera entre Sirius y el hechizo que lo hizo caer? ¿Salvaría a Sirius como lo hice con Theo?
Cuando hube cruzado alrededor de diez estanterías, eché a correr. Corrí en dirección a la puerta, esperando ver a alguno de mis compañeros, pero el sonido de las estanterías cayendo detrás de mí empezó a ensordecer todo lo demás. Comencé a gritar por encima del sonido, a gritar nombres aleatorios, esperando que alguien saliera de detrás de alguna de las estanterías y me dijera donde estaban escondidos, o cual era el plan.
Cuando me hube desgarrado la voz de llamar nombres, giré el cuello para ver como la destrucción me alcanzaría si no me daba prisa, pues las estanterías habían empezado a caer una tras otra, como fichas de un juego de dominó. Por el rabillo del ojo vi un reflejo, un destello de un cristal. Me giré y vi a Harry corriendo en mi dirección. Pero antes de poder avisarle que me encontraba allí, alguien con una melena pelirroja lo agarró del brazo y lo apartó de ser aplastado por una estantería que se tambaleaba. Ginny corrió en diagonal, y se perdió en una pasillo de mi izquierda. Aminoré el paso sin darme cuenta, y una profecía se rompió en mis pies, obligándome a girar la cara para evitar los pedazos de cristal que rebotaban. ¿Donde estaban los demás? Detrás de mi un tropel de polvo amenazaba con alcanzarme, y detrás de ese polvo, estaba la versión del recuerdo de nosotros. Tenía que encontrar una puerta. Algo por lo que huir…
De repente, una mano me agarró de la nada y me empujó hacia delante, casi arrastrándome, haciéndome correr más deprisa, tambaleándome en mis piernas. Cuando me fijé, lo reconocí a primera vista, el pelo casi blanco ondeaba igual que su chaqueta americana, siempre bien lisa y puesta. Malfoy parecía saber por dónde iba, o al menos, eso creía, corría sin mirar atrás. Quise decirle algo, pero me ardían los pulmones y me faltaba el aire. Me había arrastrado por todo el pasillo hasta llegar a una puerta, cruzar una sala llena de relojes y volver al vestíbulo, dejando que todo diera vueltas sobre nosotros.
Coger aire resultaba doloroso, además que estaba terriblemente mareada por la carrera que nos habíamos metido. Malfoy abrió una puerta al azar y me arrastró hacia adentro, cerrando con fuerza. Se recostó en la puerta y me miró, su pecho subía y bajaba violentamente.
- Estás… - Dijo entre bocanadas de aire. - Jodidamente loca. ¿Quién cojones te manda salir corriendo hacia los mortifagos? ¿Qué coño pretendes?
- ¿Por qué me has arrastrado hasta aquí? - Miré alrededor, la sala estaba llena de planetas. Era como una galaxia. Las luces de las estrellas era lo único que iluminaba la zona.
- ¿Querías morir? - Preguntó recobrando poco a poco el aliento.
- Claro que no, pero hemos ido en la dirección contraria a Harry… - Dije afectada. - Y yo… tengo que hacer algo. Aparta.
- ¿Qué? - Abrió los ojos mucho. Ahora se veían más azules que grises.
- Tengo que hacer algo. Tengo que buscar la sala del arco. - Me adelanté y de un empujón lo aparté de la puerta.
- ¿Qué pretendes? - Preguntó.
- Saber de que va todo esto. Saber por qué estamos aquí. Además, seguro que ya te has enterado. - Me giré para observarle, sosteniendo el pomo. - Pero esta es la noche en la que muere Sirius Black, a manos de tu tía, la loca.
- ¿Y que piensas hacer? - Estaba más blanco bajo aquellas luces.
- Impedirlo.
Abrí la puerta y no pude dar un solo paso cuando algo tiró de mí hacia atrás. La sorpresa fue máxima y un sonido reprimido salió de mis labios. Para cuando quise darme cuenta, Malfoy me había puesto frente de él, me había acorralado contra la puerta y la había cerrado con delicadeza, con una mano que posó por encima de mi cabeza. La otra se mantenía al otro lado de mi cuerpo y el espacio de confort había desaparecido. Su cabeza estaba a un palmo de la mía y tenía que levantar un poco el mentón para mirarle a los ojos. Por no hablar de la penumbra en la que nos encontrábamos.
- Tu te quedas ahí quieta. - Arrastró las palabras con una rabia contenida.
- ¿Qu-qué te crees que estás haciendo? - Me llevé una mano a la frente, intentando en vano apartar los rizos de mi cara.
- Evitar una misión suicida. - ¿Tenía la voz más ronca y grave o era mi sensación?
- ¿Qué? - No me podía concentrar, no cuando veía su mano derecha bajar lentamente, acariciando con pasividad la madera de la puerta.
- ¿Pretendes arrojarte contra esa maldición e impedir que Sirius Black muera?
Tras esa pregunta el silencio hizo acto de presencia. Cayó pesado. Lo único que podía ver era constelaciones y la figura recortada de Malfoy por la escasa iluminación. Nos manteníamos en esa precaria posición y me aferré un poco más a la puerta. Suspiré, recuperando por completo el aire en mis pulmones.
- Pretendo hacer algo. Estoy aquí por alguna razón. Y si esa es salvar a Sirius Black, créeme que pienso hacerlo. - Dejé de mirarle en algún punto de mi discurso. Mirarle al cuello de la camisa era mucho más fácil que enfrentarme con esos ojos de hielo. - Ahora, si eres tan amable…
- No tienes ni idea, ¿verdad? - La mano que había bajado ahora era un puño que golpeó con rabia la madera, haciéndome rebotar. - Ni puñetera idea de lo que pasa. Pensé que disfrutaría sabiendo algo que tu no sabes, pero déjame decirte que tu ignorancia no es divertida. Es completamente kamikaze.
- ¿Qué es lo que sabes? Vamos. Dímelo. - Dije sin pensar, intrigada. Mirar sus ojos era doloroso por alguna razón.
- Maldita seas Granger. - Contestó con rabia apartando la mirada y dándole otro golpe a la puerta con el puño. - Me voy a arrepentir de esto… - Añadió en un susurro ininteligible.
- Se puede saber qu…
- Estabas prácticamente muerta. - Dijo de repente, retornando a mis ojos. - Cuando volvimos de la visión de Theo, volviste… No estabas…
- Estoy viva como puedes ver. - Le pasé una mano por delante de los ojos, moviendola.
- Vamos cállate. - Soltó un bufido. - De no haber sido por un contrahechizo que encontré en la sala, tu ahora mismo no estarías aquí.
- ¿Una contrahechizo? - De repente todo empezó a dar vueltas. - ¿Quieres decir que el hechizo si hizo… efecto? ¿Que me devolviste a la vida, así, sin mas?
- No… Es más difícil. - Se apartó un poco, pero no dejó de apoyarse contra la pared para que no pudiera salir. - Era como si estuvieras… desvaneciendote. Como si la sala estuviera esperando a que yo dijera esas palabras en voz alta. Pero si no las hubiera dicho...
- Estaría muerta. ¿Es eso lo que quieres decir? - Pregunté. - ¿Me salvaste la vida?
- Eres exasperante. - Se apartó bruscamente, mirando fijamente el pomo de la puerta. - Y quédate quieta, ¿quieres? Deja de meterte en líos. No tengo porque salvarte el culo siempre.
- Muy bien.
Le miré, y giré tan deprisa como pude, asiendo con la mano el pomo para abrir la puerta. Pero tan solo pude abrir unos centímetros, ya que la mano de Malfoy se posó por encima de la mía obligándome con su fuerza a cerrar la puerta de un bandazo.
- ¿Eres idiota o es que te estás entrenando? - Cuestionó por encima de mi cabeza su malhumorada voz.
- Dímelo, dime que está pasando y no me iré de aquí. - Me giré apartándole de mi con un gesto brusco.
- Está bien jodida chantajista. - Se apartó el pelo de la cara con un manotazo. - Te salvé la vida. Llámalo caridad, llámalo interés. No quería dar explicaciones a tus amiguitos.
- ¿Se puede saber cómo se salva a una persona de una maldición imperdonable? - Puse los brazos en jarras. Mis ojos estaban abiertos como platos. - ¿Ha descubierto el gran Malfoy el remedio a las maldiciones imperdonables? Porque si es así, más te vale que me lo digas ahora mismo, pienso ir allí abajo y salvaré a Siri…
- ¿Puedes parar de hacerte el héroe? Se te ha pegado esa mala costumbre de Potter. - Tenía una mano en la sien, parecía cansado. - Sabía que sería mala idea contártelo. Pero ya que estoy de mierda hasta el cuello, te diré que solo funciona contigo, y no, no sé por que. Solo se que funcionó. Y que faltó poco para que no lo hiciera.
- ¿Qué quieres decir? - Me extrañaba tanto como a él mismo, al ver su expresión.
- Que tuve suerte. Simple y llana suerte.
¡Hola magos y magas!
Nuevo capítulo de vuestra historia favorita. Y ¡otra vez actualizamos juntas! Hoy hemos tenido todo el día para planear y revisar el capítulo y de hecho ¡nos vamos a quedar toda la noche para seguir planeando nuevas ideas y estamos muy emocionadas con la idea!. Vamos a volver a hacerlo como en los viejos tiempos :)
Bueno, bueno, bueno... ¿Qué os ha parecido el capítulo de hoy? ¿HA HABIDO CHICHA O NO HA HABIDO CHICHA? Han pasado MUCHAS cosas interesantes y nos hemos enterado de MUCHAS cosas más. Y nuestro Draco protegiendo a Hermione, es que se nos cae la baba sólo de pensarlo jiji. Y bueno la profecía... ¿cómo es que Draco la tiene? Uhh... Y esa cortina desaparecida... Madre mía, pobrecitos, si es que esta sala no les deja en paz. Como veis las cosas están SUPER INTERESANTES.
Hemos disfrutado muchísimo escribiendo este capítulo, buscando información y leyendolo otra vez, antes de subirlo aquí. Nos hemos imaginado que podrías pensar y si estaríais emocionadas como nosotras al leerlo. Porque nosotras nos hemos emocionado mucho con este capítulo en particular.
ALEA AUREA MOMENTS: Este momento viene relacionado con el momento que contamos la vez anterior de "Besitos a Nott". Cuando empezamos a escribir y planear ideas para Alea Aurea, hace ya unos cuantos añitos porque empezamos a planear mucho antes de que empezáramos a publicar, íbamos apuntando todas las ideas que teníamos con frases cortas, porque claro en ese momento lo teníamos muy claro. Lo gracioso venía cuando volvíamos a leerlo tras unos meses y no te acordabas porque lo habías dicho o cuando querías que pasara y sólo lees por ejemplo: "Poción Malfoy, ligar con todas". Pues claro, nos entra la risa y por más que intentamos acordarnos porque lo habíamos escrito como idea no nos viene y ya se queda como otro cliché como "Besitos a Nott". Somo las chicas de las frases ;)
Y de nuevo queremos daros las gracias a todos los reviews, a todos los favoritos y a todos los seguidores de Alea Aurea. Sin vosotros esto no sería posible. Gracias de todo corazón. Y queremos subir pronto otro capítulo, pero ¿sabéis que nos puede ayudar? Reviews, montones de reviews. Nos hace tan feliz recibir reviews y tendríaIs que ver nuestras conversaciones en whatsapp cuando recibimos una review, ¡nos volvemos histéricas! ¡Haced que nos volvamos histéricas! Un poquito aunque sea :P
Un besito croquetoso.
Os quieren
Lili y Patri
