Los habitantes de Forks se familiarizaron enseguida con la rutina del extranjero: se levantaba temprano, tomaba un desayuno copioso y salía a caminar por las montañas, a pesar de la lluvia incesante que empezó a caer al segundo día de su estancia en el pueblo y que pronto se convirtió en una densa nevada que raramente amainaba. Jamás almorzaba; solía volver al hotel a primera hora de la tarde, se encerraba en su cuarto y todos suponían que dormía la siesta.

Cuando anochecía, volvía a sus paseos, esta vez por los alrededores del pueblo. Siempre era el primero en llegar al restaurante, sabía pedir los platos más refinados, no se dejaba engañar por el precio, siempre elegía el mejor vino, que no era necesariamente el más caro, fumaba un cigarrillo y después se acercaba al bar, en donde empezó a entablar amistad con los clientes habituales.

Le gustaba escuchar las historias de la comarca, de las generaciones que habían habitado Forks (había quien afirmaba que en el pasado había sido una ciudad mucho más grande, como lo demostraban algunas ruinas de casas que había al final de las tres calles existentes en la actualidad), las costumbres y supersticiones que formaban parte de la vida de la gente del campo, de las nuevas técnicas de agricultura y pastoreo.

Cuando le llegaba el turno de hablar de sí mismo contaba algunas historias contradictorias; unas veces decía que había sido marinero, otras se refería a las grandes industrias de armamento que había dirigido o bien hablaba de la época en que lo que había dejado todo para recluirse durante una temporada en un monasterio en busca de Dios.

La gente, en cuanto salía del bar, discutía sobre si decía la verdad o mentía. El alcalde pensaba que un hombre puede ser muchas cosas en la vida, aunque los habitantes de Forks ya conocían su destino desde la infancia; el cura era de otra opinión él creía que el recién llegado era un hombre perdido, confuso, que intentaba encontrarse a sí mismo.

La única cosa que sabían a ciencia cierta era que sólo se quedaría siete días; la dueña del hotel había contado que lo había oído telefonear al aeropuerto de la capital para confirmar un vuelo, curiosamente para África en lugar de Sudamérica. Después de esa llamada, sacó un fajo de billetes de su bolsillo para pagar todo el alquiler de la habitación y las comidas hechas y por hacer, a pesar de que ella le dijo que confiaba en él. Como el extranjero insistía, la mujer sugirió que utilizara la tarjeta de crédito, como suelen hacer la mayoría de los huéspedes; de esa forma, tendría dinero para cualquier emergencia que pudiera presentársele durante el resto de su viaje. Quiso añadir «quizá en África no acepten tarjetas de crédito», pero no hubiera sido muy delicado demostrar que había escuchado su conversación ni afirmar que hay continentes más avanzados que otros.

El extranjero le agradeció su preocupación pero, muy educadamente, se negó.

Durante las tres noches siguientes pagó —también con dinero contante y sonante— una ronda de bebidas para todos. Era algo que nunca había sucedido en Forks, de modo que muy pronto se olvidaron de las contradicciones de sus historias y pasaron a ver en él a un amigo generoso, sin prejuicios, dispuesto a tratar a los campesinos como si fueran iguales a los hombres y las mujeres de las grandes ciudades.

Durante aquellos días, sus discusiones habían cambiado: cuando cerraban el bar, algunos de los rezagados daban la razón al alcalde (Jasper), diciendo que el recién llegado era un hombre experimentado, capaz de entender el valor de una buena amistad; otros creían que el cura (Emmett) estaba en lo cierto, ya que éste conocía mejor el alma humana, y que se trataba de un hombre solitario en busca de nuevos amigos o de una nueva visión de la vida. Fuera como fuese, era una persona agradable, y los habitantes de Forks estaban convencidos de que lo echarían de menos cuando se marchara, el lunes siguiente.

Además, también era una persona discretísima, y todos lo habían notado por un detalle muy importante: los viajeros, sobre todo cuando llegaban solos, siempre intentaban entablar conversación con Bella Swan, la camarera del bar, quizá con la esperanza de un romance efímero, o algo así. Pero ese hombre sólo se dirigía a ella para pedir bebidas y jamás había dedicado miradas seductoras ni libidinosas a la joven.

Durante las tres noches que siguieron al encuentro en el río, Bella apenas si pudo dormir. La tormenta —que iba y venía— sacudía las persianas metálicas, produciendo un ruido pavoroso. Se despertaba a menudo, bañada en sudor, a pesar de que tenía la calefacción apagada durante la noche a causa del precio de la electricidad.

La primera noche se encontró con la presencia del Bien. Entre una pesadilla y otra —que no conseguía recordar— rezaba y pedía a Dios que la ayudase. En ningún momento le pasó por la cabeza contar lo que había escuchado y convertirse en la mensajera del pecado y de la muerte.

En un momento dado, consideró que Dios estaba demasiado lejos para oírla y empezó a rezarle a su abuela, muerta desde hacía algún tiempo, y que era quien la había criado, ya que su madre murió de parto. Se aferraba con todas sus fuerzas a la idea de que el Mal ya había pasado por allí una vez y que se había ido para siempre.

A pesar de todos sus problemas personales, Bella sabía que vivía en un pueblo de hombres y mujeres honestos, cumplidores de sus deberes, personas que caminaban con la cabeza bien alta y eran respetadas en toda la comarca. Pero no siempre había sido así: durante más de dos siglos, Forks había cobijado lo peor del género humano, y todos lo aceptaban con naturalidad, diciendo que era a causa de la maldición que habían lanzado los celtas cuando fueron derrotados por los romanos.

Hasta que el silencio y el coraje de un solo hombre —alguien que no creía en maldiciones sino en bendiciones— había redimido a su pueblo. Bella oía el ruido que producía las persianas metálicas al golpe los muros, y recordaba la voz de su abuela cuando le contaba lo que había sucedido:

»Hace muchos años, un ermitaño —que más tarde fue conocido como san Eleazar— vivía en una cueva de esta comarca. En aquella época, Forks era un puesto de frontera, en donde vivían bandidos huidos de la justicia, contrabandistas, prostitutas, aventureros en busca de cómplices, asesinos que descansaban entre un crimen y otro… El peor de todos, un árabe llamado Riley, controlaba el pueblo y sus alrededores, y extorsionaba a los agricultores, quienes, a pesar de todo, insistían en vivir de una manera digna.

»Un día, san Eleazar salió de su cueva, se dirigió a la casa de Riley y le pidió permiso para pasar la noche allí. Riley se echó a reír:

»—¿Acaso no sabes que soy un asesino, que ya degollé a algunas personas en mi tierra, y que tu vida no tiene ningún valor para mí?

»—Lo sé —respondió Eleazar—.Pero ya estoy harto de vivir en la cueva. Me gustaría pasar una noche aquí, al menos una.

»Riley conocía la fama del santo, que era tan grande como la suya, y eso lo incomodaba, porque no le gustaba compartir su gloria con alguien tan frágil. De modo que decidió matarlo aquella misma noche, para demostrar a todos quién era el único y verdadero dueño del territorio.

»Conversaron durante un rato. Riley quedó impresionado por las palabras del santo, pero era un hombre desconfiado, y ya no cría en el Bien. Indicó un lugar donde Eleazar podía echarse a dormir, y empezó a afilar su daga, amenazadoramente. Eleazar, después de observarlo durante unos instantes, cerró los ojos y se durmió.

»Riley se pasó la noche entera afilando la daga. A la mañana siguiente, cuando Eleazar se despertó, lo encontró a su lado, llorando desconsoladamente.

»—No has tenido miedo de mí, ni me has juzgado. Por primera vez, alguien ha pasado la noche a mi lado confiando en que yo podía ser un hombre bueno, capaz de ofrecer refugio a quien lo necesita. Porque tú has creído que podía obrar bien, he obrado bien.

»A partir de entonces, Riley abandonó su vida delictiva, y empezó a transformar la comarca. Fue entonces cuando Forks dejó de ser un puesto fronterizo, plagado de marginales, para convertirse en una ciudad próspera entre dos países.»

«Sí, eso es.»