Tuvo la certeza de que el extranjero (Edward) ya estaba harto de su silencio y de que, en breve, tal vez esa misma tarde, elegiría a otra persona. Pero era demasiado cobarde para modificar su destino.

Las manos que habían tocado el oro deberían sujetar la escoba, la esponja, el trapo. Bella dio la espalda al tesoro y se dirigió al pueblo, donde ya la esperaba la dueña del hotel (Jessica), con aspecto de estar ligeramente enfadada, puesto que le había prometido hacer la limpieza antes de que se levantara el único huésped del hotel.

Los temores de Bella no se confirmaron: el extranjero no se marchó. Esa misma noche lo vio en el bar, más simpático que nunca, contando historias que tal vez no eran totalmente ciertas pero, al menos en su imaginación, aquel hombre las vivía intensamente. De nuevo, sus miradas sólo se cruzaron de manera impersonal, cuando le pagó la ronda que había ofrecido a los habituales.

Bella estaba exhausta. Deseaba que todos se marcharan temprano, pero el extranjero estaba particularmente inspirado y no terminaba de contar anécdotas que los demás escuchaban con atención, interés y aquel odioso respeto —mejor dicho: sumisión— que los campesinos sienten delante de todos los que llegan de las grandes ciudades, puesto que los consideran más cultos, inteligentes, preparados, modernos…

«¡Estúpidos! —pensaba—. No son conscientes de su importancia. No se dan cuenta de que cada vez que alguien se mete un tenedor en la boca, en cualquier lugar del mundo, sólo puede hacerlo gracias a gente como los habitantes de Forks, que trabajan día y noche, que labran la tierra con el sudor de sus cuerpos cansados, y que cuidan del ganado con inagotable paciencia. El mundo los necesita mucho más que a todos los que viven en las grandes ciudades, pero, a pesar de ello, se comportan, y se sienten, como seres inferiores, acomplejados, inútiles. »

Pero el extranjero (Edward) estaba muy dispuesto a demostrar que su cultura valía más que el esfuerzo de todos y cada uno de los hombres y mujeres del bar. Indicó un cuadro que había en la pared.

—¿Saben qué es eso? —dijo—. Una de las pinturas más famosas del mundo: la última cena de Jesús con sus discípulos, de Leonardo da Vinci.

—No puede ser tan famosa —dijo la dueña del hotel (Jessica) —. Era muy barata.

—Porque se trata de una reproducción; la auténtica está en una iglesia, muy lejos de aquí. Existe una leyenda en torno a este cuadro, pero no sé si les interesaría conocerla.

Todos asintieron y, de nuevo, Bella sintió vergüenza por estar allí, escuchando a un hombre que hacía ostentación de unos conocimientos inútiles, para demostrar que sabía más que los otros.

—Al concebir este cuadro, Leonardo da Vinci tropezó con una gran dificultad: tenía que pintar el Bien, el retrato de Jesucristo, y el Mal, en la figura de Judas, el amigo que lo traicionó durante la cena. Tuvo que dejar el trabajo a medias porque no encontraba los modelos ideales.

»Un día, mientras escuchaba un coro, vio que uno de los chicos era la imagen perfecta de Jesucristo. Lo invitó a su taller y reprodujo sus facciones en estudios y esbozos.

»Pasaron tres años. La última cena estaba casi terminada, pero Da Vinci aún no había encontrado el modelo ideal para Judas. El cardenal responsable de la iglesia lo presionaba para que terminase el mural de una vez por todas.

»Después de muchos días de búsqueda, el pintor se encontró con un joven prematuramente envejecido, desharrapado, borracho, tumbado junto a una cloaca. Pidió a la gente que había a su alrededor que lo ayudara y, con muchas dificultades, lo llevaron directamente a la iglesia, porque ya no tenía tiempo para hacer esbozos.

»El mendigo no entendía lo que estaba sucediendo: las personas que lo habían arrastrado hasta allí lo mantenían en pie mientras Da Vinci copiaba las líneas de impiedad, de pecado, de egoísmo tan bien marcadas en aquel rostro.

»Cuando terminó, el mendigo, algo rehecho de la resaca, abrió los ojos y vio la pintura que tenía delante. Y dijo, con una mezcla de espanto y tristeza:

»—¡Yo ya había visto este cuadro antes!

»—¿Cuándo? —preguntó Da Vinci, sorprendido.

»—Hace tres años, antes de perderlo todo. En una época en que yo cantaba en un coro y tenía una vida llena de sueños, fue entonces cuando un pintor me invitó a posar como modelo para el rostro de Jesucristo.

El extranjero hizo una larga pausa. Sus ojos miraban fijamente al cura (Emmett), que bebía su cerveza, pero Bella sabía que esas palabras iban dirigidas a ella.

—O sea que el Bien y el Mal tienen el mismo rostro; todo depende de la época en que se cruzan en el camino de cada ser humano —concluyó.

Entonces se levantó y se excusó diciendo que estaba muy cansado, y subió a su habitación. Todos pagaron lo que debían y fueron saliendo lentamente, contemplando la reproducción barata del famoso cuadro, preguntándose a sí mismos en qué período de su vida habían sido tocados por un ángel o por un demonio. Sin que nadie comentase nada con los demás, todos llegaron a la conclusión de que eso sólo había tenido lugar en Forks antes de Riley pacificara la comarca; ahora, cada día era igual al anterior, y nada más.

Exhausta, trabajando como un autómata, Bella sabía que era la única que pensaba de una manera diferente, porque ella había sentido cómo la seductora y pesada mano del Mal le acariciaba el rostro. «El Bien y el Mal tienen el mismo rostro; todo depende de la época en que se cruzan en el camino de cada ser humano.» Bonitas palabras, tal vez ciertas, pero lo que ella necesitaba era dormir, nada más.

Se equivocó al dar un cambio a un cliente, algo que le sucedía en contadas ocasiones; pidió disculpas, pero no se culpó a sí misma. Aguantó impasible y digna hasta que el cura (Emmett) y el alcalde (Jasper) —normalmente los últimos en salir— abandonaron el local. Cerró la caja, cogió sus cosas, se puso su abrigo, grueso y barato, y se fue a casa, tal como venía haciendo desde tantos años.

En la tercera noche se encontró con la presencia del Mal. Y el Mal apareció bajo la apariencia de un gran cansancio y una fiebre altísima, que la dejó en un estado de semiinconsciencia pero incapaz de dormir; además, fuera había un lobo que aullaba sin cesar. Por unos instantes, tuvo la certeza de que estaba delirando, porque le pareció que el animal había entrado en su cuarto y le hablaba en una lengua extraña que ella no entendía. En un breve instante de lucidez, intentó levantarse e ir a la iglesia, pedir al cura (Emmett) que llamase a un médico porque estaba enferma, muy enferma; pero cuando intentó transformar en acción su gesto, las piernas le flaquearon, y tuvo la certeza de que no podría caminar.

Y si caminaba, no conseguiría llegar hasta la iglesia.

Y si llegaba hasta la iglesia, tendría que esperar a que el cura (Emmett) se despertase, se vistiera y abriera la puerta; mientras, el frío le subiría rápidamente la fiebre hasta matarla allí mismo, sin piedad, delante de un lugar que algunas personas consideran sagrado.

«Por lo menos, no hará falta que me lleven al cementerio, prácticamente ya estaré dentro.»

Bella deliró toda la noche, pero a medida que la luz de la mañana entraba en su cuarto, notó que la fiebre bajaba. Cuando recuperó sus fuerzas e intentó dormir, oyó una bocina familiar y comprendió que el repartidor del pan ya había llegado a Forks y era hora de preparar el desayuno.

Nadie la obligaba a bajar por el pan; era independiente, podía quedarse en cama tanto tiempo como le apeteciese, su trabajo no empezaba hasta el anochecer. Pero algo había cambiado en ella; necesitaba estar en contacto con el mundo, antes de volverse completamente loca. Quería encontrarse con las personas que en ese momento se aglomeraban alrededor de la pequeña furgoneta verde, cambiando sus monedas por comida, contentas porque empezaba un nuevo día y tenían sus quehaceres y algo que comer.

Se acercó a ellos y oyó algunos comentarios del estilo «pareces cansada» o «¿te pasa algo?» Todos sus vecinos eran amables, solidarios, siempre dispuestos s echar una mano, inocentes y simples en su generosidad, pero su alma se debatía en una lucha sin cuartel por sueños, aventuras, miedo y poder. Le hubiera gustado compartir su secreto, pero si lo contaba a una sola persona, todo el pueblo estaría enterado antes de que terminase la mañana; más valía agradecerles el interés que sentían por su salud y seguir adelante, hasta que sus ideas se aclarasen un poco.

—No es nada. Un lobo estuvo aullando toda la noche y no me dejó dormir.

—Yo no oí a ningún lobo —dijo la dueña del hotel (Jessica), que también estaba allí, comprando pan.

—Hace meses que no se oye el aullido de un lobo en esta comarca —comentó la mujer que preparaba los productos que se vendían en la pequeña tienda del hotel (Lauren Marlory)—. Los cazadores deben de haberlos exterminado a todos y eso representa un desastre para nosotros, porque los escasos lobos que quedan son los que atraen a los cazadores. Ellos adoran esta competición inútil: ver quién consigue matar al animal más difícil.

—No digas delante del repartidor de pan que ya no quedan lobos en la comarca —replicó en voz baja la jefa de Bella—. En cuanto lo descubran, puede que la vida en Forks cese definitivamente.

—Pero yo oí un lobo…

—Debía de ser el lobo maldito —comentó la mujer del alcalde (Alice), a quien no caía nada bien Bella, pero era lo suficientemente educada para disimular sus sentimientos.

La dueña del hotel (Jessica) se irritó:

—¡El lobo maldito no existe! Era un lobo vulgar y corriente, y ya deben de haberlo matado.

La mujer del alcalde (Alice) no se dio por vencida.

—Tanto si existe como si no, todos sabemos que anoche no aulló ningún lobo. Haces trabajar demasiado a esta chica y está tan exhausta que incluso tiene alucinaciones.

Bella las dejó en plena discusión, cogió su pan y se fue.

«Una competición inútil», pensaba, recordando el comentario de la mujer que preparaba las conservas (Lauren Marlory). Ellos consideraban que la vida era eso: una competición inútil. Estuvo a punto de revelar allí mismo la proposición del extranjero (Edward), para ver si aquella gente tan cómoda y pobre de espíritu se comprometía en una competición verdaderamente útil: diez lingotes de oro a cambio de un simple crimen que aseguraría el futuro de hijos y nietos, el retorno de la gloria perdida de Forks, con o sin lobos.

Pero se contuvo. En aquel momento decidió que contaría la historia aquella noche, pero delante de todos, en el bar, de manera que nadie pudiese decir que no se había enterado o no lo había entendido bien. Tal vez se abalanzarían sobre el extranjero y lo llevarían inmediatamente a la comisaría de policía, dejándola libre para quedarse con su oro como recompensa por el servicio prestado a la comunidad. Tal vez no se lo creerían y el extranjero se marcharía creyendo que todos eran buenos, lo cual no era cierto.

Todos son ignorantes, ingenuos, resignados. No creen en las cosas que no forman parte de aquello a lo que están acostumbrados a creer. Todos temen a Dios. Todos —incluso ella— son cobardes a la hora en que podrían cambiar su destino. Pero la bondad, la auténtica bondad, ésa no existe, ni en la tierra de los cobardes, ni en el cielo de Dios Todopoderoso, quien siembra sufrimientos a diestra y siniestra, para que nos pasemos toda la vida pidiéndole que nos libre de todo mal.

La temperatura había bajado, Bella llevaba tres noches sin dormir pero, mientras preparaba su desayuno, se sentía mejor que nunca. No era la única cobarde. Pero tal vez era la única que era consciente de su cobardía, porque los demás consideraban que la vida era «una competición inútil» y confundían su miedo con generosidad.

Se acordó del caso de un hombre de Forks, que trabajaba en una farmacia de una Ciudad vecina y fue despedido al cabo de Veinte (20), años. No pidió ninguna indemnización porque —decía— era amigo de los dueños y no deseaba perjudicarlos, sabía que lo habían echado por dificultades económicas. ¡Mentira! No los llevó a juicio porque era un cobarde y quería que lo quisieran a toda costa; pensó que los dueños lo considerarían siempre una persona generosa y un buen compañero. Al cabo de un cierto tiempo, cuando les pidió un préstamo, le dieron con la puerta en las narices, pero entonces ya era demasiado tarde: había firmado un documento solicitando la baja voluntaria y no les podía exigir nada.

¡Bien hecho! El papel de alma caritativa corresponde a los que tienen miedo de tomar decisiones en la vida. Siempre es mucho más fácil creer en la propia bondad que enfrentarte a los demás y luchar por tus derechos. Siempre es más fácil escuchar una ofensa y no reaccionar que tener el coraje de enzarzarte en un combate con alguien más fuerte; siempre podemos decir que no nos ha alcanzado la piedra que nos han lanzado, y de noche —cuando estemos solos y nuestra mujer o nuestro marido o el compañero de escuela duerman—, sólo de noche, podremos llorar en silencio por nuestra cobardía.