Bella tomo su café y deseo que el día pasara rápidamente. Pensaba destruir aquel pueblo, acabaría con viscos aquella misma noche. De todas formas, el pueblo estaba condenado en menos de una generación porque no había niños: los jóvenes se reproducían en otras ciudades del país, en medio de fiestas, ropa bonita, viajes y «competición inútil»
Pero el día no paso con rapidez. Todo lo contrario; el cielo gris, plagado de nubes bajas provocaba que las horas se arrastrasen lentamente. La niebla no permitía ver las montañas y la aldea parecía aislada del mundo, perdida en sí misma, como si fuera el único lugar habitado de la Tierra. Desde la ventana, Bella vio cómo el extranjero (Edward) salía del hotel y se encaminaba en dirección a las montañas, como siempre. Temió por su oro, pero calmó a su corazón enseguida: a buen seguro que volvería, porque había pagado una semana de hotel y la gente rica no desperdicia un céntimo; eso sólo lo hacen los pobres.
Intentó leer, pero no conseguía concentrarse. Decidió dar un paseo por Forks, pero sólo vio a una persona: Esme, la viuda, que se pasaba todo el santo día sentada de su casa, vigilando todo lo que sucedía.
—Parece que por fin bajará la temperatura— dijo Esme.
Bella se preguntó por qué las personas que no saben de qué hablar creen que el tiempo es un tema importante. Asintió con la cabeza.
Siguió su camino, porque ya había conversado de todo lo que se podía conversar con Esme en los muchos años que llevaba viviendo en aquel pueblo. Hubo una época en que la encontraba una mujer interesante, valiente, que había sido capaz de seguir adelante después de la muerte de su marido (Carlisle) en uno de los frecuentes accidentes de caza. Había vendido algunos de los pocos bienes que poseía, invirtió ese dinero —junto con el de la indemnización— en una inversión segura y ahora vivía de sus rentas.
Pero con el paso del tiempo, la viuda dejó de interesarle, y se convirtió en la imagen de todo lo que temía que le sucediese a ella: terminar su vida sentada en una silla delante de su casa, cubierta de abrigos durante el invierno, contemplando el único paisaje que había visto en toda su vida, vigilando algo que no era necesario vigilar porque allí no había nada serio, importante ni valioso.
Caminó en medio de la niebla del bosque sin miedo a perderse, porque se sabía de memoria todos sus senderos, árboles y rocas. Se imaginó las emociones de la noche, ensayó distintas maneras de contar la proposición del extranjero (Edward); en algunas, repetía literalmente lo que había oído y visto, en otras contaba una historia que podía ser cierto o no, imitando el estilo del hombre que llevaba tres días sin dejarla dormir.
«Es un hombre muy peligroso, el peor de todos los cazadores que he conocido.»
Mientras caminaba por el bosque, Bella empezó a darse cuenta de que había otra persona tan peligrosa como el extranjero (Edward): ella misma.
Bella tomo su café y deseo que el día pasara rápidamente. Pensaba destruir aquel pueblo, acabaría con viscos aquella misma noche. De todas formas, el pueblo estaba condenado en menos de una generación porque no había niños: los jóvenes se reproducían en otras ciudades del país, en medio de fiestas, ropa bonita, viajes y «competición inútil»
Pero el día no paso con rapidez. Todo lo contrario; el cielo gris, plagado de nubes bajas provocaba que las horas se arrastrasen lentamente. La niebla no permitía ver las montañas y la aldea parecía aislada del mundo, perdida en sí misma, como si fuera el único lugar habitado de la Tierra. Desde la ventana, Bella vio cómo el extranjero (Edward) salía del hotel y se encaminaba en dirección a las montañas, como siempre. Temió por su oro, pero calmó a su corazón enseguida: a buen seguro que volvería, porque había pagado una semana de hotel y la gente rica no desperdicia un céntimo; eso sólo lo hacen los pobres.
Intentó leer, pero no conseguía concentrarse. Decidió dar un paseo por Forks, pero sólo vio a una persona: Esme, la viuda, que se pasaba todo el santo día sentada de su casa, vigilando todo lo que sucedía.
—Parece que por fin bajará la temperatura— dijo Esme.
Bella se preguntó por qué las personas que no saben de qué hablar creen que el tiempo es un tema importante. Asintió con la cabeza.
Siguió su camino, porque ya había conversado de todo lo que se podía conversar con Esme en los muchos años que llevaba viviendo en aquel pueblo. Hubo una época en que la encontraba una mujer interesante, valiente, que había sido capaz de seguir adelante después de la muerte de su marido (Carlisle) en uno de los frecuentes accidentes de caza. Había vendido algunos de los pocos bienes que poseía, invirtió ese dinero —junto con el de la indemnización— en una inversión segura y ahora vivía de sus rentas.
Pero con el paso del tiempo, la viuda dejó de interesarle, y se convirtió en la imagen de todo lo que temía que le sucediese a ella: terminar su vida sentada en una silla delante de su casa, cubierta de abrigos durante el invierno, contemplando el único paisaje que había visto en toda su vida, vigilando algo que no era necesario vigilar porque allí no había nada serio, importante ni valioso.
Caminó en medio de la niebla del bosque sin miedo a perderse, porque se sabía de memoria todos sus senderos, árboles y rocas. Se imaginó las emociones de la noche, ensayó distintas maneras de contar la proposición del extranjero (Edward); en algunas, repetía literalmente lo que había oído y visto, en otras contaba una historia que podía ser cierto o no, imitando el estilo del hombre que llevaba tres días sin dejarla dormir.
«Es un hombre muy peligroso, el peor de todos los cazadores que he conocido.»
Mientras caminaba por el bosque, Bella empezó a darse cuenta de que había otra persona tan peligrosa como el extranjero (Edward): ella misma.
