Cuatro días antes, no era consciente de que se estaba acostumbrando a ser lo que era, a lo que podía esperar de la vida, al hecho de que la vida en Forks no era tan mala; al fin y al cabo, los turistas que invadían la comarca todos los veranos afirmaban que era un Paraíso.
Pero los monstruos habían salido de la tumba, se le aparecían por la noche, y la hacían sentir desgraciada, incomprendida, abandonada por Dios y por su destino. Peor que eso: la obligaban a ver la amargura que arrastraba consigo día y noche, en el bosque y en el trabajo, en sus escasos encuentros, en los muchos momentos de soledad.
«¡Maldito sea ese hombre! ¡Y maldita sea yo, porque lo forcé a cruzarse en mi camino!»
Mientras volvía al pueblo, se arrepentía de cada minuto de su vida, y blasfemaba contra su madre (Renée) por haber muerto prematuramente, contra su abuela (Marie), por haberle enseñado que debía intentar ser buena y honesta, contra los amigos que la habían abandonado, contra su destino que no cesaba de perseguirla.
Esme seguía en el mismo sitio.
—Vas muy de prisa —le dijo—. Siéntate a mi lado y descansa.
Bella hizo lo que le había sugerido la anciana. Hubiera hecho cualquier cosa con tal de que el tiempo pasara más rápidamente.
—Parece que la aldea está cambiando —dijo Esme—. Hay algo distinto en el ambiente; anoche oí aullar al lobo maldito.
La chica se sintió aliviada. Maldito o no, un lobo había aullado la noche anterior y al menos otra persona —además de ella— lo había oído.
—Este pueblo no cambia nunca —le respondió—. Soló con las estaciones, que vienen y se van, y ahora le toca el turno al invierno.
—No. Es por la llegada del extranjero (Edward).
Bella se contuvo. ¿Y si el hombre había hablado con alguien más?
—¿Qué tiene que ver la llegada del extranjero (Edward) con Forks?
—Me paso el santo día contemplando la naturaleza. Algunas personas creen que es una pérdida de tiempo, pero esto fue lo único que me ayudó a aceptar la pérdida de aquel a quien yo amaba que las estaciones pasan, los árboles pierden sus hojas y después las recuperan. Pero, de vez en cuando, un elemento inesperado de la naturaleza provoca cambios definitivos. Me contaron que las montañas que tenemos a nuestro alrededor son el resultado de un terremoto que tuvo lugar hace milenios.
La chica asintió con la cabeza; lo había aprendido en la escuela.
— Y entonces, nada vuelve a ser igual. Me da miedo que eso pueda suceder ahora.
Bella sintió deseos de contarle la historia del oro, porque pensaba que la vieja podía saber algo; pero continuó en silencio.
—No dejo de pensar en Riley, nuestro gran reformador, nuestro héroe, el hombre a quien bendijo san Eleazar.
—¿Por qué en Riley?
—Porque él era capaz de entender que un pequeño detalle, por bien intencionado que sea, puede destruirlo todo. Cuentan que después de pacificar el pueblo, de expulsar a los delincuentes más recalcitrantes, y de modernizar la agricultura y el comercio de Forks, cierta noche reunió a sus amigos para ofrecerles una cena, y guisó un suculento pedazo de carne. De repente, se dio cuenta de que se le había terminado la sal.
»Entonces, Riley llamó a su hijo.
»—Ve al pueblo y compra sal. Pero paga por ella un precio justo: ni más cara ni más barata.
»Su hijo se sorprendió mucho.
»—Comprendo que no deba pagarla más cara, papá. Pero, si puedo regatear un poco, ¿por qué no ahorrar algún dinero?
»—En una ciudad grande, eso es muy aconsejable. Pero podría significar la muerte de una aldea como la nuestra.
»El chico se fue sin hacer más preguntas. Pero los invitados, que habían oído su conversación, quisieron saber por qué no era conveniente comprar la sal más barata. Riley respondió:
»—Quien vende la sal muy barata, lo hace porque necesita desesperadamente el dinero. Quien se aprovecha de esa situación muestra su falta de respeto por el sudor y el esfuerzo de quien trabajó para producir algo.
»—Pero eso es muy poco, no basta para destruir a una aldea.
»—Al principio del mundo, también había poca injusticia. Pero todos los que fueron llegando añadieron algo, pensando que no tenía mucha importancia y ya veis hasta dónde hemos llegado, hoy en día.
—Como el extranjero (Edward), por ejemplo —dijo Bella, con la esperanza de ver si Esme confirmaba que también había hablado con él. pero la anciana permaneció en silencio.
—No sé por qué Riley deseaba tanto salvar Forks —insistió—. Antes era un antro de delincuencia, ahora es una aldea de cobardes
A buen seguro que la vieja sabía algo. Soló le faltaba averiguar si se lo había contado el extranjero en persona.
—Quizá. Pero no sé a ciencia cierta qué es la cobardía. Creo que todo el mundo teme a los cambios. Quieren que Forks sea como siempre: un lugar donde se puede cultivar la tierra y criar el ganado, que acoge bien a cazadores y turistas, pero en donde cada persona sabe exactamente lo que sucederá al día siguiente, y las únicas cosas imprevisibles son las tormentas de la naturaleza. Tal vez ésta sea una manera de encontrar la paz, pero estoy de acuerdo contigo en un punto: la gente cree que lo tiene todo bajo control, pero no controla nada.
—Nada de nada —dijo Bella, dándole la razón.
—«Nadie puede añadir ni un punto ni una coma a lo que ya está escrito» — dijo la anciana, cintando un texto evangélico católico—. Pero nos gusta vivir con esa ilusión porque nos da seguridad.
»En fin, se trata de una elección como cualquier otra, aunque sea una estupidez intentar controlar el mundo, creyendo en una seguridad completamente falsa, que termina por dejarnos indefensos delante de la vida; cuando menos te lo esperas, un terremoto crea una montaña, un rayo mata un árbol que se preparaba para renacer en verano, un accidente de caza acaba con la vida de un hombre honesto.
Esme le contó, por enésima vez, cómo había muerto su marido ''Carlisle''. Era uno de los guías más respetados de la comarca, un hombre que en la caza no veía un deporte salvaje sino una manera de respetar la tradición local. Gracias a él, Forks creó una reserva de animales, el ayuntamiento promulgó leyes que protegían algunas especies en peligro de extinsión, cobraban un impuesto por cada pieza cobrada, y el dinero revertía en beneficio de la comunidad.
El marido de Esme intentaba ver en aquel deporte —salvaje para unos, tradicional para otros— una manera de enseñar a los cazadores algo sobre el arte de vivir. Cuando llegaba alguien con mucho dinero y poca esperiencia, lo llevaba a un descampado. Allí, encima de una piedra, colocaba una lata y, de un solo tiro, la hacía volar por los aires.
—Soy el mejor tirador de la comarca —decía—. Ahora, usted aprenderá a ser tan bueno como yo.
Volvía a colocar la lata en el mismo sitio, se alejaba a la misma distancia de antes, sacaba un pañuelo del bolsillo y pedía que le vendasen los ojos. Luego, apuntaba en dirrección al blanco y disparaba nuevamente.
—¿Acerté? —preguntaba mientras se quitaba la venda de los ojos.
—¡Claro que no! —respondía el cazador recién llegado, contento porque el orgulloso guía había sufrido una humillación—. La bala pasó muy lejos. Dudo que usted pueda enseñarme nada.
—Le acabo de enseñar la lección más importante de su vida —replicaba el marido de Esme—. Cuando quiera algo, mantenga los ojos bien abiertos, concéntrese y tenga muy claro lo que desea. Nadie acierta a su objetivo con los ojos cerrados.
Una vez, mientras volvía a colocar la lata en su sitio después del primer tiro, el otro cazdor pensó que era su turno de probar puntería. Disparó antes de que el marido de Esme volviera a su lado; erró el tiro y lo hirió en la nuca. No tuvo tiempo de aprender la excelente lección sobre concentración y objetividad.
—Debo irme —dijo Bella—. Tengo que hacer algunas cosas antes de ir a trabajar.
Esme le deseó una buena tarde, y la acompaño con los ojos hasta que desapareció por la callejuela que había junto a la iglesia. Tantos años sentada delante de su casa, contemplando las montañas, las nubes y conversando mentalmente con su difunto marido Carlisle, le habían enseñado a «ver» a las personas. Su vocabulario era limitado, no encontraba otra palabra para describir las muchas sensaciones que le producían los demás, pero esto era lo que sucedía: «veía» a los demás, conocía sus sentimientos.
Todo empezó durante el intierro de su gran y único amor; estaba llorando cuando se le acercó un niño —el hijo de un vecino de Forks, que actualmente era un hombre hecho y derecho, y vivía a miles de kilómetros de allí— y le preguntó por qué estaba triste.
Esme no quiso asustar al niño hablándole de muertes ni despedidas definitivas; sólo le dijo que su marido se había marchado, y que tal vez tardaría mucho en volver a Forks.
«Creo que se equivoca —respondió el niño—. Acabo de verlo detrás de una tumba, sonriente, con una cuchara de sopa en la mano.»
La madre del niño, había oído el comentario, lo riñó severamente: «Los niños siempre están viendo ''cosas''», le dijo, disculpándose. Pero Esme dejó de llorar inmediatamente y miró en dirección al lugar indicado; su marido tenía la manía de tomar la sopa con una cuchara determinada, a pesar de que ello la irritaba profundamente —puesto que todas las cucharas son iguales y cabe la misma cantidad de sopa—, pero él se empeñaba en usar sólo una. Esme jamás contó esa historia a nadie, porque temía que la tomaran por loca.
El niño había visto realmente a su marido; la cuchara era la señal. Los niños «ven» cosas. Y Esme decidió que ella también aprendería a «ver» porque quería hablar con su marido, tenerlo de vuelta, aunque fuese en forma de fantasma.
Primero, se encerró en su casa, de donde raramente salía, esperando que él se le apareciese. Un buen día tuvo un presentimiento: debía situarse en la puerta de su casa y empezar a prestar atención a los demás, sintió que su marido quería que su vida fuera más alegre, que participase más en todo lo que acontecía en el pueblo.
Colocó una silla delante de su casa y se puso a contemplar las montañas; pocas personas pasaban por las calles de Forks pero, ese mismo día, una vecina que volvía de un pueblo cercano le dijo que los vendedores ambulantes vendían cubiertos muy baratos y de calidad, y sacó una cuchara de su bolso para demostrar lo que contaba.
Esme comprendió que jamás volvería a ver a su marido, pero él le había pedido que se quedara allí, contemplando el pueblo, y pensaba hacerlo.
