Un mes, realmente se fue rápido el tiempo, un mes… cuando se dio cuenta la fecha de cuando se iba a casar se acercaba y hoy… hoy era el día, se puso el traje que Amelia escogió para él. Pensaba en que ahora esa niña viviría con él, no la podía tratar como a su mujer porque era una niña, tampoco podía tratarla como su padre, pues podría traerle tal vez problemas posteriormente, así que… ya luego pensaría en como la trataría. Una vez que estuvo listo tomó las llaves de su auto y se dirigió al palacio, lugar en el que iba a ser la boda, llegó como si nada, inmediatamente fue a revisar que todo estuviese listo para fiesta. Los invitados comenzaron a llegar, poco a poco las mesas se fueron llenando, la única boda que sería publica sería la de Alice con Héctor, la suya… seria privada, únicamente estarían presente sus majestades, la niña, su nana y él. Iba caminando por los pasillos, metido en su teléfono, no vio cuando abrieron la puerta de una habitación y terminó chocando con esta, se sobó la cabeza y se levantó del piso, alzó la mirada y ahí vio a Alice, con un hermoso vestido blanco escotado, el cabello recogido, maquillada con mucha delicadeza y escases, en sus labios un hermoso labial rojo resplandecía y combinaba con sus bellos ojos grises, se veía muy hermosa.

- Hermana… creí que no estabas entusiasmada con tu boda.- comentó Sharon.

- Baaa, una cosa es que no esté interesada en casarme con ese idiota, pero… será la primera y única vez que me case, por lo que quiero lucir hermosa.- contestó la joven modelando su vestido.- Ahora vámonos, sino mi mamá se va a enojar.-Alfred vio como las hermanas se retiraban con varias empleadas del lugar tras de ellas.

- Me hubiese gustado casarme con alguien así de grande.-dijo para sí mismo y continuó caminando.

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Ana y María ya estaban listas, las maletas inundaban el lugar, esa habitación se veía vacía y triste, sin ningún juguete fuera, nada regado, simplemente todo empacado, solamente las cosas que acababan de usar eran las que le daban un poco de vida al tocador, que una vez, estuvo lleno de juguetes, las maletas se mandarían en el transcurso del día a la casa de Alfred.

- Es hora de irnos.- comentó Ana mientras tomaba una pequeña maletita, donde llevaba cosas que podían necesitar en el fiesta. Como no recibía respuesta alguna por parte de la pequeña volteó a verla y notó que se veía algo triste.- ¿Qué te sucede mi amor?-

- Es que a partir de hoy viviré en casa de un extraño y tú ya no estarás conmigo.- contestó mientras abrazaba a su osito de peluche con fuerza.

- No digas esas cosas Isabel, te prometí que siempre me quedaría a tu lado y eso haré, no me quedare en las noches como solía hacerlo aquí pero estaré contigo en las mañanas y tardes, así que no estés triste.- Isabel esbozó una sonrisa, se paró del asiento y dio un par de vueltas mostrando su vestido.

- Nana, es hora de irnos.-

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Una media hora antes de la gran boda, en la oficina de Amelia se llevó a cabo una pequeña ceremonia, en la cual Alfred se casaba con Isabel, solo estuvieron presentes los reyes, sus hijos la casa real mexicana y Ana. Después de eso se dirigieron al jardín principal, donde se llevaría a cabo la boda de Alice y Héctor. Una fiesta sencilla pero a la vez elegante, de la cual los invitados disfrutaban entusiasmados, Alice mantuvo una sonrisa y felicidad falsas al igual que Héctor, aparentemente estaban felices de haberse casado pero en el fondo lo odiaban, en especial Alice. Isabel se la pasó sentada junto con Ana, ya que la menor no quería ir a ningún lado, los invitados se comenzaron a ir uno por uno, hasta que no quedó nadie. Alfred con algo de nervios se acercó a donde estaba su ahora esposa.

- Este…- Ana volteó.

- ¿Sucede algo?- preguntó la joven.

- Si… pienso… que es hora de irnos… ya es tarde… y por lo que veo la niña… ya se durmió… debe de ser incómodo para ella estar durmiendo en un asiento.-

- Me parece perfecto.- contestó Ana y tomó la maletita que llevaba, se subieron al auto de Alfred, condujo en completo silencio hasta llegar a su casa, entraron y Ana se quedó parada en la entrada con la niña, quien apuradamente y podía mantener los ojos abiertos.- ¿Sucede algo?- preguntó el rubio al ver que no iban a ningún lado.

- No, simplemente que no sé a dónde debo de llevar a la niña, no me has indicado si tiene o no habitación propia.-

- Claro, sígueme por favor.- subieron las escaleras y las guio hasta una habitación.- Aquí es.- dijo e introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta y dejo ver el interior, como estaba oscuro prendió las luces. Ana entró con Isabel y la última se tiró en la cama de lo cansada que estaba, mientras que la mayor volteó a ver al hombre.- ¿Qué? Esta es su habitación.- la joven extendió su mano.

- La llave.- dijo.

- ¿La llave? *la mira*- tardaron unos segundos en que reaccionara pero terminó entregándosela.- Solo te aviso que no hay una copia, esa llave es única.-

- Perfecto, me la quedaré yo, así me asegurare de que no entraras a la habitación de María.-

- No haría eso, no soy un pedófilo.-

- Pues mejor prevenir que lamentar ¿no crees?- sin decir nada más Alfred salió de la habitación cerrando la puerta, al verse solas observó cada rincón de la habitación, de arriba abajo.- Vaya que si se esforzó en arreglar este cuarto.- había muchos juguetes, las paredes estaban pintadas de un hermoso color lila y ligeramente los bordes de verde, un tocador con cientos de accesorios, una pequeña salita justamente del tamaño de María, juegos de té y libros. En eso, se acordó de que tenía que arropar a una somnolienta nación, de una de las maletas sacó una bata, ayudó a quitarle el vestido y la cambió, una vez que se aseguró de que estaba bien dormida se fue de la casa.

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Un buen baño, eso era lo que necesitaba para relajarse, acomodó su cama y sin pensar en algo más se tiró a la cama, apagó la luz y cerró sus ojos, pasaron unos minutos y no podía conciliar el sueño, daba vueltas y vueltas, sentía que alguien lo vigilaba, se paró y asomó por el balcón pero no vio a nadie, nuevamente se acostó y así estuvo varios minutos, no pudo soportar más y comenzó a revisar como loco cada parte de su habitación, no había nada ni nadie, entonces ¿Por qué sentía eso? Sin otro lugar donde revisar abrió la puerta de su cuarto y vio que frente a esta estaba Isabel, ella dio unos pasos hacia atrás y abrazó con mayor fuerza su osito.

- ¿sucede algo? ¿No puedes dormir?- preguntó con un intento de cariño.

- No.- contestó débilmente la niña y continuó abrazando a su oso.

- Mmmmm… ¿tienes miedo?-

- Si.-

- No te haré nada malo… pero… ¿Por qué tienes miedo?-

- Ese cuarto está muy oscuro… y me da miedo que pueda salir un monstruo y comerme.- para ser sincero no tenía ganas de hacer nada más que dormir, así que una solución rápida se le vino a la mente.

- Entonces… ¿quieres dormir conmigo?-

- Si.- asintió tímidamente.

- Bueno… entonces pasa.- la pequeña entró a la habitación y se quedó parada justo enfrente de la cama, volteó a ver a Alfred y el la ayudó a subirse a esta, ella se acurrucó y de manera rápida cayó en un profundo sueño, cuando se aseguró de que ya estaba dormida apagó la lámpara de la mesita de noche y al igual que ella rápidamente se durmió.

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A la mañana siguiente Ana llegó temprano, como siempre acostumbraba, lo primero que hizo fue ir a la cocina y comenzar a revisar los alimentos que el estadounidense tenia, abrió el refrigerador y no vio más que embutidos, se fue a la alacena y vio que había cereal, frituras y cosas poco saludables para la niña.

- Dios ¿cómo es que le gusta comer esto? Creo que tendré que ir a comprar comida de verdad… pero… no quiero dejar a la niña con ese tipo… claro que tampoco me la quiero llevar… entonces… ¿Qué haré?- miró por unos instantes la cocina y se dispuso a hacer el desayuno e ir a despertar a la niña, cuando en eso…

- ¡AAAAAAH!- Isabel gritó.

- ¡ISABEL!- dijo Ana muy espantada y subió a la habitación de la pequeña.