El receso con tus nuevos amigos fue muy agradable, te encantaba la idea de no estar siempre sola, ojalá estuvieras en el mismo salón que ellos. Se sentía tan bien estar acompañada… Eso era algo que en tu otra escuela no sucedía, la única persona que estaba contigo era tu amiga, la extrañabas mucho y la idea de pensar en que tenías que regresar para el siguiente curso a casa no te gustaba, querías quedarte, estas personas eran muy buenas y estabas segura de que nunca te dejarían sola.
La hora de receso terminó y con algo de miedo te dirigiste a tu salón, no querías toparte con el italiano, te daba mucho miedo. Para tu suerte no estaba, pero las miradas de tus compañeros estaban encima de ti.
- Ash, ¿Cómo es que ellos se pueden juntar con alguien tan vulgar como esa?- Era alguno de los tantos comentarios que llegaban a tus oídos. Era detestable tener que soportarlos, no tenías mucho tiempo ahí y media escuela te odiaba, la razón: Juntarte con los chicos más populares de la escuela. Ya aprenderías a soportarlo con el tiempo, después de todo ya estabas acostumbrada a que te hicieran menos y te despreciaran. Aun así, la idea de tener una vida nueva aquí sonaba muy lindo, pero con esto, ese pequeño sueño estaba deshecho, pero no importaba, había personas que te hablaban y te querían por lo que eras, eso era un gran alivio.
Las clases acabaron una por una y para salir del salón y dirigirte a tu casa te fuiste entre el montón, la simple idea de recordar a Feliciano te hacía temblar. Lovino notó que tu comportamiento era extraño y eso comenzó a preocuparle. Prácticamente corriste hasta la salida y una vez afuera tomaste el primer camino que viste y te escondiste detrás de unos arbustos. Alguien de tus nuevos amigos te vio hacer eso y le pareció demasiado extraño, pero no quiso interrumpirte, pensó que quizás estabas jugando o algo aunque pareciera tonto.
A los pocos minutos divisaste al par de hermanos italianos, ambos se dirigieron hacia una camioneta de lujo, la misma que el día anterior había llegado por ellos, esperaste a que se fueran, pero uno de ellos volteó hacia donde tú estabas. Te encogiste e intentaste hacer el mejor ruido posible para dejar de llamar su atención.
-Creo que aluciné.- Fue lo que pensó Lovino. Observaste como se subió a la camioneta y cuando creíste que era seguro saliste de tu escondite. Al principio corriste un poco, pero cuando estabas algo lejos de la escuela caminaste más tranquila hasta llegar a tu casa. Como siempre, te encerraste completamente: Cerraste ventanas, puertas, he incluso atravesaste muebles frente a estas para evitar que alguien entrara. Preparaste comida y todo lo que pudieses necesitar y ya, una vez en tu cuarto, te volviste a encerrar y te dedicaste a estudiar y a hacer tu tarea.
Los días pasaron y ya era rutina tuya esconderte del hermano menor de tu compañero de clase. Todos se daban cuenta de que le tenías miedo a alguien, pero ni siquiera tus amigos querían preguntarte, pensaban que era algo común de hacer del lugar del que venías, mientras que otros te tachaban de rara. Ya no te importaban tanto esos comentarios, pues tú sabías como eras en realidad y que era a lo que le tenías miedo.
Un día las clases acabaron y, como los últimos días, saliste corriendo del aula, pero notaste que los hermanos se acercaban de manera rápida hacia donde tú estabas, así que le hiciste una parada taxi y le indicaste que te llevará a un supermercado. Lo malo es que este quedaba algo lejos de tu casa, además de que no habías ni siquiera comido y no era la hora de hacer las compras. Pero si no te alejabas de ahí lo más que pudieses, no estarías tranquila.
Entraste al edificio, compraste lo que necesitabas y comiste algo en uno de los locales. Como no era mucho lo que traías, decidiste irte caminando a casa, durante el camino tu mente estuvo en blanco, vaya, estabas tan perdida que estuvieron a punto de atropellarte al menos unas cuatro veces. Cansada de esos pequeños incidentes, pensaste en tomar algún atajo, y pues lo hiciste, solo que el lugar se encontraba algo solo, pero no importaba, con tal de que llegaras a casa estabas satisfecha. Todo iba con calma, hasta que sentiste que alguien te jaló del suéter que llevabas puesto, por instinto comenzaste a jalonear y golpear lo que podías, por un instante pareció que aquél extraño había ganado esa pequeña batalla, pero para tu suerte, y de milagro, lograste zafarte de él, en cuanto estuviste libre, corriste lo más rápido que pudiste y gritaste pidiendo ayuda, pero fue inútil, algo duro golpeó contra tu pierna, inmediatamente te tropezaste y caíste al piso, intentaste levantarte, pero no pudiste, el dolor era insoportable, comenzaste a sollozar y a arrastrarte por el lugar, a lo lejos alcanzaste a escuchar una risa burlona: era aquél hombre que celebraba y disfrutaba de su pequeña victoria. Te tomó de la cabellera y te levantó, no pudiste evitar gritar del dolor.
- Vaya, vaya, ¿Qué tenemos aquí? Eres una jovencita muy linda, jaja. Me divertiré mucho contigo…- Su mirada, sus ojos, irradiaban lujuria, deseo y algo que te hacía sentir mucho temor.
- Ayu…- Intentaste decir, pero fuiste callada con un golpe en el piso. Sentiste como tu cabeza se tensó y el dolor inmediatamente se sintió, una nueva abertura había surgido en uno de los labios y la tierra que había entrado en uno de tus ojos molestaba y lastimaba demasiado. Gemiste de dolor, todo estaba perdido. El hombre te levantó y te estrujó entre sus brazos, sentiste como sus manos buscaban una entrada entre tu ropa y eso te enfureció y asustó mucho. Reuniste algo de fuerzas y lo golpeaste, intentaste escapar de nuevo, pero te volvió a jalar del cabello y a golpear en el estómago. Eso no lo habías planeado, te tiró al piso y con un tubo golpeó tus piernas, sentiste que estabas en el infierno y deseabas que el dolor acabará pronto.
- Al menos me hubiese gustado despedirme de ellos…- Fue lo que pensaste y anhelaste en ese momento. El hombre comenzó a subir los golpes y la cabeza se acercaba, cerraste los ojos, imploraste a Dios una muerte rápida y… Nada llegó, si… Nada llegó, sentiste un peso encima de ti, pero por el dolor no podías moverte para ver que era, escuchaste como unos pasos se acercaban a ti y de repente dejaste de sentir el peso extra sobre tu cuerpo.
- (Tu nombre) ¡¿ESTÁS BIEN?! ¡AL MENOS RESPONDE!- Gritó una voz desesperada y con las pocas fuerzas que te quedaban alcanzaste a decir un leve:
- Si…- Y cerraste tus ojos.
