¡Hey! ¿Qué tal?

ღHakudoshi Maya los saludaღ

Aquí traigo el cuarto capítulo de 'Caída de lirios'. Espero que les guste y lo disfruten.


Advertencia: Se tocará temas fuertes.

Disclaimer: Amour sucré le pertenece a ChiNoMiko, yo sólo los tomo prestados para saciar mi cabeza.


"Lirios"

Encendí la radio para no incrustarme profundamente en mis pensamientos, tenía la cabeza ya tupida. Me sentía angustiada y en cierta forma ansiosa por saber qué querían decirnos de Nathan, desde hacía un mes que lo único que mi cabeza tenía en claro es que mi precioso bebé ya no estaba en mi vientre y tampoco durmiendo en una cunita junto a mi cama. De lo otro que sabía era de los cambios que tuvo mi cuerpo luego de haber tenido a mi hijo, jamás pensé que en tan sólo un mes me afectaría tanto físicamente.

Tuve suerte de que el bolso con el que me trasladé al departamento de Alexy no estuviese tan pesado, de otro modo se pudo haber abierto la incisión; cabe decir que al llegar Alexy me regañó bastante. "¡A penas saliste del hospital se te ocurre pasar malos ratos y además cargar un bolso!" Me repitió más de dos veces lo mismo.

Es cierto que me descuidé luego de la cesárea, quizá fue a propósito...

¡Oh, estúpidas canciones lentas! Apagué la radio. Mi mente lo único que estaba haciendo era torturarme.

- . . . -

Toqué la puerta nerviosa, temía que cuando me viera me botara sin siquiera escucharme. El papá de mi hijo fallecido abrió con una faz seria, al verme sus ojos se ampliaron; no esperaba verme, obvio. La última vez que nos vimos él estaba muy furioso, le dije cosas hirientes y además, me marché de su departamento.

—Émi... —Musitó mi nombre— ¿Qué haces aquí?

—¿Podemos hablar?

Asintió y se hizo para atrás abriendo más la puerta, entré con cierta timidez y mis manos sujetando mi pequeña cartera; con su mano me señaló uno de los sofás.

—¿De dónde vienes? —Me preguntó y antes de que pudiera contestar, prosiguió— ¿No sabes lo delicada que es una cesárea? Deberías estar en tu casa, descansando.

—Estaba trabajando...

—¿Qué?

—No hago nada que me ponga en riesgo, sólo soy la cajera.

—Émi, cualquier fuerza que hagas o si descuidas la herida de la incisión puede abrirse.

¡Claro que lo sé! —Sí, no te preocupes Nathaniel... —Pude haber dicho quizás "Yo estoy bien", pero era una enorme mentira. Llevaba más de un mes sin estar bien.

Mis pensamientos estaban todos alborotados, no sabía cómo empezar la conversación con él. Mirarlo era abrir aún más las heridas que no cicatrizaban. Pude sentir mis ojos llenarse de lágrimas, sólo con el echo de mirar ese departamento... ese lugar donde tantas veces tomó mi cuerpo y claro, concebimos a Nathan; ese lugar donde prácticamente parecíamos una pareja casada, sólo que sin amor. Me incrusté en aquellos recuerdos, el primer beso que nos dimos que tuvo "sentimiento", la patada de mi hijo, horas antes de que su corazón pequeñito dejara de latir. Todo. Mi cabeza era similar a una batidora de pensamientos. Y los pensamientos eran como crueles dagas clavándose una y otra vez.

Nathaniel me observó por unos minutos, se dirigió a la cocina y volvió con un vaso de agua. —Toma, necesitas tranquilizarte.

Recibí el vaso y bebí. Inhalé profundo hasta poder controlar las lágrimas y luego exhalé.

—Hoy me llamaron del hospital —Dije un poco más calmada—, dijeron que necesitaban que nos presentáramos mañana por la mañana allá.

—¿Nosotros? Tal vez quieren revisar como va tu cesárea, es obvio que nos citen ya que creerán que somos esposos y que tengo que acompañarte.

—No. Nathaniel... tienen algo que decirnos sobre nuestro hijo

Al escuchar lo último pude notar que tragó saliva y sus ojos de algún modo tomaron un brillo. Eso me hizo sentir aún peor. ¿Cómo se me ocurrió decirle cosas tan crueles? ¿Cómo fui tan ciega como para no darme cuenta que Nathaniel también estaba sufriendo? Él tenía razón, era una presuntuosa. El dolor se apoderó de mí y provocó un odio contra él; es injusto. Aún así, él se preocupaba por mí... ¿Cómo sabía él que una cesárea era muy delicada? Quizás había investigado sobre eso.

—¿Irás? —Pregunté.

—Por supuesto —Respondió sin pensarlo—, todo lo que tenga relación con Nathan es importante para mí.

—Así veo... —Pausé unos minutos— Nath, necesito decirte algo sobre aquel día en que me fui de tu departamento. Sobre todo lo cruel que te dije.

—Émi, no te preocupes. Eso ya pasó.

—Por favor.

Me miró por un momento y luego suspiró —Te escucho.

—No te quitaré mucho tiempo. —Tomé sus manos entre las mías, luego de haber dejado el vaso con agua en la mesita central. Sus ojos ambarinos me miraban con fijeza. Por un momento pensé, ¿Así hubiese tenido los ojitos mi Nathan? Jamás lo sabré— Ese día te dije muchas cosas que no debí, sin querer te herí y te juro que eso no me deja tranquila. Sé que mi hijo desde el cielo debe sentirse triste por el hecho de que su mamá y su papá parecen perro y gato. —Sollocé— De verdad lo siento tanto, tú tenías razón... el dolor de haber perdido a Nathan me cegó y no pude darme cuenta que tú también estabas, o mejor dicho, estás sufriendo. Él no era sólo mío. También era tu bebé. Un pedacito de ti.

En verdad estaba convertida en toda una llorona. Me miró por unos minutos más y luego, quitó sus manos de las mías para que lo soltase, por un segundo creí que me mandaría al diablo. Puso una de sus manos en mi cintura y la otra en mi nuca y sin hacer mucho esfuerzo, me acercó a él. Me estaba abrazando... Apoyé mi cabeza en su hombro y con cierta timidez, puse mis brazos alrededor de su cuello. Mis dedos rozaban su rubio cabello, ese que me recordaba tanto a las claras pelusitas que tenía mi hijo en su cabecita cuando me entregaron su cuerpo.

Sentí sus manos apretarme con fuerza —Estás tan delgada... —Susurró. La última vez que vio y sintió mi cuerpo yo estaba embarazada. Cuando me abrazó en el hospital, yo aún tenía hinchado mi estómago —Cuida más de ti misma, por favor.

—Es tan difícil, Nathaniel. Sólo quiero olvidar todo esto, quisiera engañarme a mí misma y pensar al volver a casa que mi hijo está ahí, durmiendo en su cunita... —Sentí una de sus manos acariciar vehemente mi espalda.

—Desahógate. Di todo lo que sientes. —Murmuró.

Me sentí pésimo. ¿Cómo pude tratarlo tan mal? Dejé salir mi llanto más desgarrador. Gemí de dolor. No me importó que los vecinos pudiesen escuchar mi escándalo. —¡Todo esto es mi culpa, Nath! No fui capaz de concebir bien a nuestro hijo. Cuando me dolía sólo me aguantaba, nunca me quejé. ¡Debí haberlo dicho! Tal vez pudieron haber hecho algo. ¡Mi hijo! ¡Necesito a mi hijo!

Apreté mi cabeza contra su hombro. Me empujó suavemente hacia atrás y tomó mi rostro entre sus manos. —No es tu culpa, ¿Me entendiste? No lo es. —Se acercó a mi rostro y besó mi frente.

Me tomó de la cintura y de un solo empujón, me subió a sus piernas. Parecía una niña por la facilidad que él manejaba mi cuerpo, hasta ése momento pude darme cuenta que estaba muy débil. No hice esfuerzo por bajarme, sólo volví a abrazarlo, retomando muy lentamente mi tranquilidad.

Hacía tanto que no teníamos un contacto físico como ése. La última vez que de nosotros nació un acto "romántico", fue la noche que perdí a mi hijo. Él besó mi pancita y también mis labios... aquella vez, fue la primera vez que sentí que le importaba a Nathaniel. Antes no. Siempre que teníamos sexo, sólo era eso. Besos vacíos, de vez en cuando felaciones, penetración y orgasmo. ¿Y luego? Simplemente sacaba su hombría, se duchaba, se vestía y se marchaba a la sala de estar a estudiar para la universidad. Punto. Eso era todo.

Jamás me dijo palabras cariñosas y siendo sincera, no las esperaba. Yo también mostraba indiferencia hacia él, pero no era un maldito robot, de modo que esperaba como mínimo, que al acabar el acto sexual me abrazara.

Cuando comencé a vivir con él, creí que eso terminaría; pero no fue así. Era todo igual. En la noche, él buscaba mi cuerpo y luego de conseguirlo, se volteaba para continuar durmiendo. Fue así hasta que comenzó a crecer mi estómago y entonces, no volvió a tocarme. Por las noches mientras dormía, se podría decir que me abrazaba inconscientemente. Yo lo tomaba como abrazos, aunque lo único que hacía era rodear mi cintura con su antebrazo y posar su mano en mi estómago.

Tal vez todo aquello hizo que mi vaso estuviese medio lleno y el perder a mi hijo, la gota que lo rebalsó. Tenía tanto rencor contra él que no me importó herirlo. Aún así, él me consolaba amablemente. Me sentí importante para él.

No necesitamos que nuestros labios se tocaran, sólo bastó sentarme en sus piernas y fundirnos en un abrazo tan cálido. Era la primera vez que lo sentía, pero, estaba agradecida que él fuese el papá de mi hijo.


¡Gracias por leer!

Espero que les haya gustado

ღUn saludo y beso de Hakudoshi Mayaღ