¡Hey! ¿Qué tal?
ღHakudoshi Maya los saludaღ
Aquí traigo el quinto y último capítulo de 'Caída de lirios'. Espero que les guste y lo disfruten.
Agradezco a las personas que dejaron su opinión, de verdad me alegraba mucho recibir una pequeña huellita de su parte. Por supuesto, a los que se dieron el tiempo de leer, también les agradezco un montón. Me sorprendió mucho que mi fic tuviese una cantidad enorme de views en el traffic.
Hice más corto el capítulo cuatro por que, aquí en el quinto, además de poner el capítulo también pondré el extra. Así que... sentí que sería mejor hacerlo de esta manera.
Advertencia: Se tocará temas fuertes.
Disclaimer: Amour sucré le pertenece a ChiNoMiko, yo sólo los tomo prestados para saciar mi cabeza.
"Algo inesperado"
Abrí mis ojos muy lentamente. No supe en qué momento me había quedado dormida. Bostecé y me giré hacia un molesto vibrar, el que para ser exacta, me había separado de mi sueño. Cogí mi celular, tenía más de diez mensajes de Alexy y sin contar las quince llamadas perdidas de Joshua. Con sólo mirar la cama y esas sábanas, pude darme cuenta que estaba aún en el departamento de Nathaniel.
—¿Sí? —Contesté la llamada.
—¡Te atreves a contestarme tan calmada! —Era Alexy. Me estaba gritando— ¡¿Cómo desapareces de la nada?! ¡Nos tenías con el alma en un hilo! ¡¿Dónde te fuiste después del trabajo?! ¡¿Sabías que puedes y deberías avisar?!
Solté una tenue risita —Tranquilízate, papá.
—¡¿Qué?! ¡¿Sabes qué hora es?!
—Hm, no...
—Son las una y media de la madrugada.
¿La una y media? Me sorprendió. Más que la hora exactamente fue no saber dónde estaba Nathaniel, él era de los tipos que se dormían tempranísimo o bien, madrugaba para estudiar.
—Siento preocuparte, Alexy. Vine al departamento de Nath, necesitaba informarle una cita que tenemos mañana en el hospital... al parecer tienen algo que decirnos de Nathan. No me di cuenta cuando me quedé dormida.
—Bueno, por lo menos sé que estás bien. ¿Cómo reaccionó cuando te vio?
—Normal. Eso creo... te daré más detalles cuando llegue a casa, ¿Está bien?
—Hm, vale. Vente con cuidado.
—Sí, sí, ya no te preocupes papi —Sonreí y colgué la llamada.
Alexy era un hombre con un corazón gigante, el tiempo preparó perfectamente todo para que me diese cuenta lo que en verdad era un amigo. No era de aquellas personas falsas que con el pasar del tiempo se olvidan de ti o que les da igual dónde estés y lo que hagas con tu vida, sólo con los dedos de una mano puedes contar personas así. Soy tan afortunada por haberle encontrado y por formar parte de su vida.
Me levanté de la cama y acomodé en mis pies las adorables pantuflas de Nath, aún me encontraba algo adormitada. Solté un suave quejido, habían días en que la incisión me resultaba dolorosa, aunque jamás la tomé como una razón para dejar de hacer mi rutina diaria. Tal vez debí, pero la tecnología estaba tan avanzada que las cesáreas ya no eran como antes, obviamente seguían siendo de alto cuidado, pero no con los mismos riesgos.
Salí de la habitación con la esperanza de encontrarme a Nathaniel en el sofá o bien, en el comedor; pero no estaba. Giré mis ojos en dirección al baño, pero la luz estaba apagada. Caminé lentamente hasta la cocina y me lo encontré, preparando una taza de café.
—Ah, ya despertaste... ¿Estás bien?
Asentí —Lo siento, no me di cuenta en qué momento me quedé dormida.
—No te preocupes. Ya te dije, deberías descansar más...
No contesté y me acerqué a él, me apoyé contra una de las encimeras y lo miré fijamente.
—Nathaniel
Me miró sin responder.
—Gracias...
—¿Por qué? —Esbozó una sonrisa. Me quedé en silencio y correspondí su sonrisa.
Al parecer él había captado a lo que me refería, por lo que tomó una de mis manos con delicadeza; tal como le hacen a las princesas de cuentos, y besó mis nudillos. Me di cuenta... había olvidado cuando fue la última vez que sentí mariposas en el estómago. Sólo éramos compañeros de 'juegos', pero he de reconocer que meses antes que me enterase que estaba embarazada, había comenzado a notar lo lindo que era ése rubio.
Muy a pesar de que luego comenzó mi desprecio hacia él.
Nathaniel ya había comenzado a conquistar mi corazón y no me di cuenta, además, la actitud que había tomado tan empalagosa me confundía aún más.
Idiota...
- . . . -
Di un profundo suspiro.
Las blancas paredes y todas las maquinas de la pequeña salita del hospital me recordaba cuando estaba esperando a Nathan. Me senté frente al escritorio del médico junto a Nath, que por cierto, pasó sumamente temprano por mí.
Creí que nos atendería el doctor Takashi, sin embargo, el que se sentó frente a nosotros era otro médico, bastante panzón. Nos observó unos minutos y de uno de sus cajones, sacó un sobre; lo puso sobre el escritorio cerca de nosotros para que lo cogiéramos.
Mi mano estaba temblorosa, a pesar de que la mirada del médico era muy pasiva, temía lo que me encontrase dentro de ese envoltorio blanco. Al abrirlo, me encontré con varios papeles doblados, saqué el primero y cuando me dispuse a leerlo, sólo el título que tenía me provocó un nudo en la garganta. Me entregaron la causa de muerte de mi hijo. Respiré profundo para contener las lágrimas que querían salir.
Nathaniel al parecer notó cuánto me afectó ese primer papel y pasó su brazo alrededor de mi cintura, obviamente sin dejar de leer el contenido.
—Se le practicó una autopsia al feto y... —Justo cuando el médico se disponía a hablar, Nathaniel lo interrumpió.
—Nathan. —El hombre miró desconcertado— Nuestro hijo se llama Nathan.
Esbozó una tenue sonrisa y prosiguió —Entiendo, lo siento mucho. Le practicamos una autopsia a Nathan y encontramos la causa de su muerte, fue una anormalidad en su cerebro. Si su bebé continuaba así tendría complicaciones e incluso, no hubiese podido nacer como un niño normal. Entiendo que ustedes hubiesen querido mil veces tener con vida a su pequeño, pero como médico puedo decirles que con el problema que venía Nathan, le hubiese costado mucho ser feliz. A él más que a ustedes. —No pude aguantar y comencé a llorar— Su hijo ahora es un ángel que cuida de ustedes y eso debería alegrarles, el pequeño no tuvo que sufrir...
Luego de lo último se quedó en completo silencio. Nathaniel me abrazó con fuerza. Eran palabras duras para mí, sin embargo, sentí alivio... me sentí tranquila conmigo misma, después de culpar con tanta dureza mi cuerpo, pude entender que yo no era la total culpable de la muerte de mi bebé.
Inhalé profundo intentando controlar el llanto, necesitaba continuar revisando el contenido del sobre. Saqué un segundo papel doblado, mi sorpresa al abrirlo fue tanta que una sonrisa tímida se posó en mis labios.
En la parte superior de la hoja se encontraba el nombre completo de mi hijo y justo debajo de eso, dos pequeñas manitos y piecitos, y como si eso fuese poco agregaron un 'Para mamá y papá'. Mordí mis labios y sin importar que me estuviesen viendo, besé el papel, justo donde estaban marcadas las preciosas y muy pequeñitas manos de Nathan. Paseé la yema de mi dedo índice por todo el contorno de sus piecitos.
Dios... jamás creí que una hoja de papel pudiese hacerme sonreír de esa manera.
El médico esbozó una sonrisa —Es un gusto para mí presenciar esta escena... —Pausó— unos padres jóvenes como ustedes, que a la vista se puede notar el amor que sienten por su bebé. Me hace pensar en la cantidad de mujeres que vienen en busca de una 'solución' y poner fin a las vidas que llevan dentro de ellas; sin embargo, a pesar de que su niño no esté ahora con ustedes, continúan amándolo ahora y para siempre...
No respondí. Apoyé mi cabeza en el hombro de Nath y contemplé por unos minutos más la hojita. Saqué el último papel y al momento de desdoblar me sentí lagrimeando nuevamente. Oh, llorona. Una fotografía pequeña de Nathan. Mi hijito precioso, después de un mes y días, volví a ver su carita... sólo que en una fotografía. Obviamente jamás olvidaría todos sus detalles y su rostro, pero verlo nuevamente me llenó de una manera inexplicable el corazón. Cielos, cuánto amaba a ese pedacito mío.
Nathaniel tragó saliva sonoramente. De reojo pude ver su expresión y de alguna manera, me di cuenta que estaba en la cima y de lo duro que se veía contenerse. Tal vez estaba haciéndose el fuerte para mantenerme firme a mí, no lo sé. Le entregué la fotografía y aún con lágrimas en mis ojos, sonreí.
—Mira Nath, nuestro bebé... —acaricié suavemente su mejilla.
Cerró sus ojos y al abrirlos estaban brillantes por las lágrimas. —Es el niño más lindo del mundo... —a penas y pudo decir antes de abrazarme y comenzar a llorar, sin gemir.
Acaricié su cabello de forma consoladora, estuve tanto tiempo pensando sólo en mí y de alguna manera eso hizo que controlara mi llanto, y me preocupara más de los sollozos del papá de mi hijo. El hombre mayor se levantó de su silla, se acercó a nosotros y puso una de sus manos en mi hombre y la otra, en el hombro de Nathaniel.
Estuvimos así por varios minutos... ese momento significó mucho para mí.
- . . . -
Pasó el tiempo. El más doloroso de mi vida.
Cuando mis padres se enteraron de la muerte Nathan quedaron absolutamente destrozados, añoraban tanto la llegada de su primer nieto... además, lamentaban no haber estado conmigo en esos momentos de profundo dolor. Mi mamá había comprado ropita y cascabeles para mi bebé, y en cuanto de mi boca salieron las dolorosas palabras, abrazó toda esa ropa escogida quisquillosamente por ella. Mi papá primero se mostró molesto conmigo, ya que decía que muy a pesar de estar dolida debí de avisar. Pero luego me pidió disculpas por comportarse frío conmigo y me abrazó con sus protectores brazos, me gustaba tanto estar entre ellos.
Durante los meses transcurridos, los fines de semanas dejaron de ser de fiestas. Sábados y domingos, Nathaniel y yo nos íbamos a visitar la tumba de nuestro hijo, dejábamos rosas y nos sentábamos a platicar en frente. Contábamos nuestras anécdotas diarias, con la ilusión de que Nathan nos oía...
Recuerdo que el día de las madres, Nathaniel pasó por mí como todos los fines de semana y manejaba con una gran sonrisa, aunque sus ojos parecían cansados. 'debió de pasarse la noche estudiando' pensé...
Cuando llegamos había un ramo de lirios blancos sobre la sepultura, junto a él un sobre color rosa. Tomé la carta confundida y cuando la abrí sentí una alegría inmensa, esta vez las lágrimas eran de emoción. Un 'feliz día, mami' con una caligrafía cuidadosa, firmado con el nombre de mi bebé fue suficiente para alegrarme inimaginablemente el día. Nathaniel sonrió gustoso, tomó el ramo de lirios y me los entregó.
—Para la mami más linda del mundo —dijo. Lo abracé con fuerza.
Significó mucho para mí que haya tenido ese gesto, el saber que sus ojos cansados fueron por levantarse sumamente temprano para comprar el ramito de lirios, escribir la carta e ir a dejarla en la tumba de Nathan. Él sabía cuánto me dolía la llegada del día de las madres, ya que me sentía insegura, no sabía si considerarme madre o no; hasta ése momento.
- . . . -
Llegó el aniversario de la muerte de Nathan.
El día más triste de mi vida, el día que conocí el amor más grande.
—Eras como una estrella, lo suficientemente brillante como para llenar nuestros corazones... pero eras como una estrellita fugaz que llegó a unir mi camino con el de tu papá, para luego irse en busca de otra constelación —me arrodillé y acomodé cuidadosamente el ramo de lirios blancos sobre su tumba— mi pequeñito... inocencia, pureza y modestia. Ése es el significado de los lirios blancos. Ése es tu significado.
Nathaniel se arrodilló junto a mí y deslizó sus dedos por encima del nombre de nuestro hijo. Sonreí. Lo contemplé. Ése desquiciado hombre lo logró. El idiota ése me enamoró. Tal vez se piense que es absurdo, pero aunque suene estúpido así pasó; me embaracé de Nathaniel, nos odiamos, comenzamos a estimarnos luego de vivir juntos, perdimos a nuestro bebé, lo detesté y el tiempo dio vuelta los papeles... nos enamoramos después de habernos convertido en padres de Nathan.
El rubio ése se dio cuenta y se volteó para mirarme, sonrió como siempre lo hacía y se acercó muy despacio a mí. Mi hijo fue testigo de un beso lleno de ternura, de un beso romántico.
Al momento de separarnos, apoyé mi cabeza en el hombro de Nath y contemplo los hermosos lirios. Estuvimos así por casi media hora, hasta que Nathaniel tomó una de mis manos y entrelazó sus dedos con los míos.
—Te amo... —Murmuré.
—¿Qué? No te oí, lo siento —Sonrió. Oh, si será estúpido si creía que yo repetiría esas palabras.
—Lo oíste perfectamente.
—No lo hice, enserio.
—Mentiroso.
Soltó una risita.
—Émi... —Dijo mi nombre con una ternura que me derritió.
—¿Hm?
—Yo también te amo...
Hice una mueca —¡Ves que sí me oíste! —Nathaniel pellizcó mi mejilla y sonrió— No me pellizques. ¡Nathan te está mirando! ¡Está siendo testigo de cómo molestas a su mamá!
Me tomó de la nuca, lo que provocó que me quedara en absoluto silencio y con mucho cuidado, volvió a besar mis labios.
Jamás lo pensé. Aunque para mí era un sufrimiento perenne, pude 'entender' que la muerte de Nathan tal vez fue un tirón de orejas para mí y Nathaniel. Siempre me haría falta mi hijo, pero comprendí qué era a lo que todos se referían cuando me decían 'es algo que tuvo que pasar', por que gracias a él, pude entender que Nath era el hombre de mi vida. Por que gracias a él, me di cuenta de lo fuerte que era. Si el dolor inimaginable de haber perdido a mi bebé no me mató, nada más lo haría... ningún sufrimiento sería tan fuerte como ése.
Gracias a Nathan crecí, maduré, entendí. Gracias a Nathan conocí el amor. Gracias a Nathan... hoy soy feliz.
:::Extra:::
Bostecé. La luz del sol penetraba por la ventana que la noche anterior, olvidé cubrir con la cortina floreada. Aunque eso no fue precisamente lo que me despertó, sino, el toque de unos pequeños deditos en mi mejilla. Sonreí con mucha ternura.
—Buenos días, mi amor —Susurré.
Mi pequeña hija de cinco años me obsequió una enorme sonrisa, mostrándome el dientecito menos de su boca. Ése que con tanto entusiasmo puso debajo de su almohada y que por cierto fue el culpable de que mi niña se durmiera más tarde ése día, ya que quería atrapar al hada de los dientes con las manos en la masa.
Acaricié su carita. En el mundo no existía algo más maravilloso para mí que ver su rostro al despertar. Sus grandes ojos, con el mismo color que los míos, y su cabello largo y rubio... como su papá. Era perfectamente maravillosa. Además era una niñita muy consentida, ya que teniendo su propia habitación y una cuna preciosa de color rosita, disfrutaba de dormir entre Nathaniel y yo. No me molestaba en absoluto, pero a veces, cuando mi esposo y yo nos disponíamos a 'jugar', nuestra niña lloraba desde su cunita para que la fuésemos a buscar.
Cuando nos enteramos que estaba embarazada, no pude evitar sentir tanto miedo. Era horrible pensar que se podía repetir lo de Nathan. Sin embargo, cuando abrí mis piernas estando acostada en mi cama —ya que se me rompió la bolsa— y pujé con todas mis fuerzas, para por fin oír el llanto enternecedor de mi pequeña Natalie, me sentí con un alivio inmenso.
Natalie era mi vida, la luz de mis ojos, mi todo... Nathaniel y yo creamos en ella la costumbre de ir a visitar los fines de semana a su hermanito. Conforme iba creciendo, cada vez se emocionaba más por que llegase el fin de semana, por ser ella quien escogiera los lirios para su hermano mayor. Eso era un orgullo para mí. Quería que lo entendiera de alguna manera, no quería que Nathan se convirtiera en 'el bebé que mamá perdió' , quería que Natalie se refiriera a él como 'hermano'. Yo por siempre llevaría la cicatriz de la cesárea, una marca de lo que sucedió. Y más que la cicatriz de mi cuerpo, la de mi corazón era la que siempre me haría recordar a mi hijo.
Me senté con dificultad en la cama y bostecé por segunda vez, justo cuando me disponía a levantarme, una mano grande me jaló de vuelta a la cama.
—¿A dónde crees que vas?
Natalie comenzó a reír. Oh, sí. Muy gracioso ése hombre.
—¡Nathaniel! trátame con delicadeza, idiota.
Mi hija cubrió su boca y miró a Nath en señal de 'acuso'. Nathaniel la imitó cubriendo su boca con su mano, para luego fruncir el ceño.
—Pero qué palabrotas le estás enseñando a MI hija.
—¿Qué? ¿TU hija? Es más mía que tuya.
—Siento decepcionarte, esposa mía, pero el que puso la semillita fui yo.
—Pero yo la llevé en mi vientre y te recuerdo que, estoy llevando una tercer semillita tuya dentro de mí. Así que me tratas con más amor por que sí.
Sonreí mientras acariciaba mi estómago crecido.
Nathaniel suspiró —Mujer malcriada.
Ya contaba con siete meses de embarazo. El día que me dirían el sexo de mi bebé, Nathaniel tuvo un problema en el trabajo y no pudo acompañarme al hospital. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando volvió a casa y, mientras que Natalie traía dos globos celestes en sus manos, yo envolví mi estómago con una cinta del mismo color celeste y en medio, escrito bien grande 'Es un niño'. Fue tanta su emoción que hasta lloró... igual que yo cuando estaba en el hospital.
Natalie también estaba muy emocionada, incluso dijo que compartiría fines de semana con su hermanito pequeño y que permitiría que el escogiese —sólo en ocasiones— los lirios para Nathan.
No podía estar más feliz...
En algún momento lo dije: 'el día en que ése tipo y yo consumamos matrimonio, será el límite de mi locura'. Claro que sí. Llegué a mi límite y era inmensamente feliz.
Nathaniel tomó mi mentón y besó la comisura de mis labios, Natalie cubrió sus ojitos sonrojada.
—Ew, no hagan eso...
Reí. Nathaniel rió. Natalie frunció el ceño. Mi bebé se movió. Y Nathan... pues él nos iluminó. Él era los lirios.
Lo hice... *inserte música de victoria* ¡terminé!
¡Gracias por leer hasta el final!
Espero que les haya gustado este fic y dejar su huellita.
ღUn saludo y beso de Hakudoshi Mayaღ
