Capitulo 2:
-¿Qué? Ah, ¿no te gusta el nombre? -Preguntaba el Rey pensativo -. Porque podemos cambiarlo. Algo más de tu estilo... ¡Qué tal la niñera sangrienta! No, suena a nombre de una mala película. Mmm... Ya sé, la niñera de la nocheosfera.
-¡NO! -Rugía Marceline mientras se llevaba las manos a la cabeza.
-¿La niñera Fine?... ¿Niñera a prueba de balas?
-¡Ni una ni la otra!
-Bueno, señorita exigente, dígame que es lo que usted quiere.
-¡Quiero que te tires a un pozo! -Sentencio a todo pulmón la Reina Vampiro. No podía dejar de agarrarse la cabeza, ni siquiera podía reírse de lo estúpido, tonto y absurdo de la situación, simplemente no le daba gracia porque sabía muy bien que no era ninguna broma. El Dulce Rey podía ser extraño, pero nunca lo había oído andar de bromista por la vida.
-Pero Marceline, tranquilízate. ¿Qué tal si les pido que te traigan un té de manzanilla?
Marceline no se lo terminaba de creer. Todo era tan raro y confuso, sentía que estaba viviendo en una mala comedia de bajo presupuesto. Se encontraba ahora mismo en el jardín del palacio del Dulce Reino, bajo la luz de la luna y un par de velas, tomando té de manzanilla junto con el Dulce Rey Gumbald, mientras un insecto estaba bailando sobre la mesa... Si, había un insecto bailarín sobre la mesa, el cual el Rey ignoraba por completo, pero para Marceline era como cerrar con broche de oro la ridícula escena.
-¿Te gustaría otra taza de té, Marceline? -Preguntó con cortesía el Rey.
-Voy a sacarte los ojos Gumbald. Te juro que uno de estos días te los arranco. -Le contesto con tranquilidad la vampiresa.
-¡Ves como estas más relajada ahora! Hace unos minutos atrás ya ni siquiera tendría ojos. Eso te pasa por querer apresurar el proceso.
-¿Qué proceso?
-Ya sabes, el proceso... Cuando le dices algo a alguien que sabes que se va a molestar por ello. Son estrategias políticas.
-Vaya cerdos que sois.
-Sí, ya tu sabes -El Rey sorbió hasta la última gota de su tasa haciendo el mayor ruido posible, Marceline se preguntaba si hacia lo mismo siempre o solo le estaba tomando el pelo, después recordó que él no era así. -¿Quieres escuchar algo de música?
-No, gracias. Estoy bien.
-Claro, seguro solo lo dices porque no te gustan mis gustos musicales.
-Hemm... Gumbald...
-Pero eso es porque eres muy cerrada en ese aspecto -Le interrumpió el monarca.
-Gumblad...
-El que seas buena compositora no te hace una sabelotodo del tema...
-¡Gumbald! -Grito la chica impaciente haciendo callar al Rey-. Explícame una vez más porque demonios estoy aquí.
-Oh, será un placer. Te mande a llamar, mi querida Marceline, porque necesito que seas de niñera para mi sobrina.
-Sí, bueno... La parte de tu locura ya la entendí. -Dijo la vampiresa recostándose sobre su asiento.
-Ninguna locura, sabes perfectamente que hablo muy enserio. Sé que no te caigo bien, a decir verdad yo no puedo decir lo contrario de ti, pero lo que no puedo negar es tu respeto al compromiso con el pacto que se ha acordado hace ya tanto tiempo.
-¿Qué con eso?
-Pues que con todo y la tontería recordé que me debes un favor.
-¿Disculpa? Yo no te debo nada.
-Por favor Marceline, sabes que sin mí, ni siquiera estarías aquí.
-¿Y eso qué? ¿Acaso te debo la vida por eso? Estoy muerta, ¿lo recuerdas?
-¡Pero qué vampiro tan malvada! ¿Ni siquiera le harás un favor a la persona que tanto te ha ayudado?
Marceline se cruzo de brazos y sonrió burlonamente en respuesta a la pregunta del Dulce Rey. El viejo monarca suspiro con la cabeza baja, luego levanto la vista y dijo con cordialidad -Lo siento, Reina Vampiro.
Lo siguiente que hizo el Rey fue aplaudir dos veces rápidamente, en señal de llamado al mayordomo que apareció de repente con una bandeja de plata sobre la mano. Sobre esta se encontraba unos papeles, los cuales Marceline recordaba haber visto antes. Desde un estuche que el mayordomo saco de su bolsillo, había unos lentes que el Dulce Rey paso a colocarse para poder leer las páginas, pasándolas rápidamente hasta llegar a la que quería mostrar.
-Página 47, clausula 6, párrafo 3 -Este le paso las hojas a Marceline, quien mejor incorporada en el asiento tomo las hojas con brusquedad mientras buscaba el párrafo. -"Al firmar dicho contrato, Marceline Abadeer, también conocida como Reina de los Vampiros o Reina Vampiro, no solo promete cumplir las clausulas anteriores, sino que también le debe un favor al monarca de turno..." O algo por el estilo, así decía...
-¡Pero...! ¿QUÉ JUEGO ESTE? ¡Esto te lo acabas de agregar! -Grito la Reina.
-De ninguna manera, Marceline, eso iría en contra de mis deberes reales. No, esa clausula siempre ha estado allí. Tú, si bien recuerdo, estuviste de acuerdo.
-P-pero... ¡PERO NO ESTOY DE ACUERDO AHORA!
-Lo sé querida, pero no se puede hacer nada. Ya has firmado.
-¡Si, pero hace cuanto...! ¡¿Unos trescientos años!?
-No importa el tiempo que transcurra, el contrato seguirá siendo válido. Además, también se te permitirá entrar al Dulce Reino sin que se requiera o se solicite tu visita.
-¡Pero a mí eso no me importa! Lo siento Gumbald, si quieres pídeme otra cosa, pero me niego rotundamente a servir de niñera.
-¿Y eso por qué?
-¡¿Por qué?! ¡Pues porque es completamente humillante! ¡Hola, soy Marceline Abadeer, la Reina de los Vampiros, hija del mismísimo y temible Hunson Abadeer, Rey de la Nocheosfera! ¿Y aun así te crees que me voy a rebajar a andar detrás de una chiquilla de siete años?
-Bonnibel tiene diez.
-¡La madre que lo pario! ¡Ya es demasiado grande para tener una niñera!
-No lo entiendes, ¿verdad Marceline? Quieras o no, estas obligada a cumplir con tus compromisos.
-¿Y si no quiero hacerlo? ¿Y si me opongo? ¿Eh? ¿Qué harás al respecto? Soy capaz de crear un ejército de muertos cada noche con solo pestañar, ni todas tus bananas en pijamas pueden hacer algo contra eso.
-No me subestimes Marceline -El tono de voz y la postura del Dulce Rey cambio drásticamente, tanto que dejo a Marceline atónita. Nunca lo había escuchado hablar de esa manera, sonaba incluso atemorizante, y eso que ella proviene de un mundo de demonios -. No necesito de un ejército para dar contigo, y tampoco te creas la mejor de todas. Tengo contactos, y no te gustara saber a quienes me refiero. No me interesa si quieres hacerlo o no, vas a cumplir con tu favor y lo vas a hacer a la perfección. Y si aún así no quieres cooperar, pues no lo sé, ya que lo mencionas quizás tu padre quiera opinar al respecto, ¿qué tal te llevas con él?... ¿fui lo bastante claro?
Marceline se paro muy enojada de su asiento, lo patio y grito de frustración. No sabía qué hacer, y no le quedaban más opciones. Se dio la vuelta y derrotada se limito a asentir. Entonces el Dulce Rey volvió a servirse otra taza de té de manzanilla volviendo a ser el mismo de antes.
-¡Me alegra que nos hayamos entendido! Sabía que en el fondo no eres tan cabeza dura, ja ja jaaa! -Reía alegremente el viejo Rey.
Era definitivo. El tipo estaba loco, como una puta cabra.
Marceline sin siquiera pedirlo o que se lo ofrecieran se sirvió otra taza de té de manzanilla. Es raro, ni siquiera lo estaba tomando, solo se limitaba a sorber el color rojo de la taza, o lo que era más extraño era que en realidad de veras la ayudaba a calmarse.
-¿Puedo preguntarte una cosa más Gumbald? -Dijo Marceline resignada de todo el asunto.
-¡Lo que quieras, guapa!
-¿Por qué yo? Es decir, ¿te das cuenta que es probable que haga un muy mal trabajo sin siquiera proponérmelo? Después de todo me conoces.
-Naaah... Tengo fe en ti.
-¿Y eso?
-La verdad, mi sobrina me recuerda a las historias que he escuchado acerca de otra niñita. Una que estuvo sola por mucho tiempo en un mundo completamente hostil, también tenía miedo, ¡y como no tenerlo! siempre le pasaba de todo. No sabía qué hacer con su presente, el pasado la atormentaba y le temía a su futuro. Pero, ¿sabes algo? Ella era fuerte. Siempre lo fue, solo que tuvo que buscar su valor en alguna parte de su ser que desconocía, y cuando lo hizo las cosas no fueron tan malas. ¿Sabes que fue de esa chica?
-¿Años después se convirtió en vampiro?
-¿Qué? ¡No! Que tonterías dices... Ahora conduce un programa de televisión, lo veo todos los fines de semana, nunca me lo pierdo. -El Rey suspiro y una sonrisa se dibujo en su rostro. Marceline ya no sabía que pensar de él, excepto que era un loco de remate -. Si ella estuviera aquí, seguro tendría compasión con los miedos de los demás, porque entendería a lo que enfrentan.
-No como yo, que me divierto asustando hasta la locura a las personas, ¿verdad? -se reía la vampiresa.
-Sí, pero hasta tú tendrías compasión con una niñita.
¿Era cierto? ¿Realmente tendría... compasión? Nunca se lo había planteado de esa manera.
-¡Gumbald! -Llamó la atención del Dulce Rey justo antes de marcharse. -Aun no sé que se supone que tengo que hacer.
-Te lo iré explicando con forme pase la semana. Estate lista, ¡que el lunes comienzas a trabajar!
Los días pasaron, hasta que el lunes llegó. El sol se estaba ocultando marcando el final del día. En uno de los balcones del gran Palacio real del Dulce Reino se encontraba una jovencita con la mirada perdida hacía el atardecer. Estaba un poco decepcionada, su tío Gumbald le dijo que el día de hoy conocería a una nueva amiga, lo cual entusiasmo mucho a la Dulce Princesa. Nunca antes había oído hablar de esta tal Marceline, ni mucho menos la había visto. Cuando le pregunto a su tío que clase de persona era, este se río amistosamente y al final le dijo que prefería que fuera una sorpresa. Pero el día ya estaba terminando y no hubo ninguna señal de la visita de esta persona. Resignada vio como el sol se terminaba de poner y todo se volvía más oscuro. Volvió a entras rápidamente al castillo, si había algo que odiara la princesa era la oscuridad. Al hacerlo vio a su tío caminando por los pasillos bostezando, con el pijama ya puesto y un vaso de leche tibia entre las manos.
-¡Tío Gumbald! -Lo llamó la princesa - ¿Cómo? ¿Ya te vas a acostar? Pero si es súper temprano.
El Dulce Rey volvió a bostezar y luego le contesto: Hoy fue un día muy ajetreado Bonnibel. Si escucho a otro noble hablando banalidades te juro que voy a gritar, y sabes que odio eso.
-Ay, tío Gumbald... -La princesa cortó la frase allí porque también le dieron ganas de bostezar.
-¡Ves! Tú también estas cansada. Deberías irte a dormir temprano esta noche.
-No bostece porque este cansada, es porque me contagiaste el bostezo.
-Ay, Bonnibel. Que locuras dice esta niña. Si necesitas algo pídeselo a Gomita.
Bonnibel fue hasta la parte de atrás del castillo, a los amplios jardines. Allí, justo al lado de una de las masetas había dejado una de sus pelotas preferidas para jugar. El patio era tan grande y a pesar de ser ya de noche estaba bastante bien iluminado así que no le preocupaba en absoluto el tema de la oscuridad y todo lo que tenga que ver con ella. Mientras caminaba dando vueltas sin rumbo entre las flores y arbustos mentolados, pico su pelota justo contra una pierda de caramelo que hizo que esta rodara lejos de ella, llegando hasta detrás de uno de los muchos árboles que había allí.
Cuando fue a buscarla, noto a algo extraño bajo uno de los árboles. Jamás había visto algo como eso rondando por el Dulce Reino. Parecía ser un animal, estaba vivo, su cuerpo se movía al suave compás de una respiración calmada. Era de color negro, peludo y se veía un tanto grotesco. Bonnibel estaba nerviosa, estaba a punto de llamar al mayordomo Gomita para que viniera a ahuyentar lo que sea que sea esa criatura, pero en lugar de eso, pensó que al ser tan pequeño, quizás simplemente con asustarlo sería suficiente, después de todo se veía muy similar a algunos roedores del Reino, solo que ninguno era tan feo como este.
Tomo su pelota firmemente y con un tiro certero golpeo una de las ramas que más cerca estaba del animal, provocando que esta se moviera, y con el ruido y el movimiento el animal se despertara, la pelota con el rebote volvió hasta donde ella estaba. ¡Funciono! Se estaba moviendo, se había despertado, pero parecía como confundido. Bonnible probó golpear la rama una vez más, pero esta vez había fallado y en lugar de eso golpeo al animal justo en el lomo.
-¡Auch!
¿Escuche bien? ¿Acaso esa criatura se acaba de quejar? Pensó la dulce y pequeña princesa, cuando de pronto el animal se levanto y con un movimiento desplegó un par de alas oscuras y se alzo en vuelo.
-¡¿Quién fue el desgraciado?! -Dijo la aterradora y misteriosa criatura.
La joven princesa largo un fuerte alarido y salió disparada en dirección al palacio. Sus gritos alertaron a los guardias, al mayordomo, incluso al pobre Dulce Rey que ya se había acostado a penas hace unos minutos. El mayordomo Gomita fue a auxiliar a la princesa que se había escondido detrás de una puerta, temblando del susto.
-¡Princesa! Por Glob, ¿Que fue lo que sucedió?
-U-u-u-u-u-h... Un Mo-mo-mom-mo... -La joven princesa intento controlarse, tal cual le había enseñado su tío, a pesar de que aun no podía dejar de temblar. Finalmente puedo articular palabras entendibles. -¡Vi un monstruo en el patio, Gomita!
-¿Un monstruo? Pero eso es imposible princesa.
-¡No! ¡No es cierto, yo lo he visto! ¡Lo escuché!
-¡¿Por qué tanto alboroto?! Ya saben que odio los gritos. -Había aparecido el Dulce Rey bajando por las escaleras. La princesa al verlo se lanzo hacía sus brazos para protegerse. -Bonnibel, tranquila, ¿qué sucede?
Ni bien el Rey dijo esto, un par de guardias bananas entraron al salón sujetando entre ambos a una peluda criatura que se retorcía intentando zafarse.
-Su majestad -dijo uno de los guardias -, hemos encontrado a este ser dando vueltas por el patio. ¿Qué hacemos con él?
-Suéltenme de una vez, esto es un error -dijo la criatura, que en cuanto vio al Dulce Rey se transformó a su forma original -. ¡Ya suéltenme! Soy yo, Marceline Abadeer.
-Ah, pues liberarla -Ordeno el Rey, acto seguido los guardias la soltaron -. Marceline, si serás mensa. Si les hubieras dicho que eras tú en un principio no te hubieran arrestado, ¿no ves que aquí casi nadie conoce tus múltiples transformaciones?
-¿Que? -Pensó la Dulce Princesa- ¿Oí bien?... ¿Acaso mi tío acaba de llamar a esa... esa... aterradora criatura... ella es, Marceline?
