Capitulo 4:
Durante toda su vida, lo único por lo que más se preocuparon sus maestros por enseñarle fue a cómo comportarse en sociedad. Daba exactamente igual que tanto conocimiento sobre cultura tuviera, sobre política e historia, no importaba que tan difícil fueran los cálculos y formulas que podía rápidamente resolver ni cuantos idiomas manejara. Si la Dulce Princesa Bonnibel Bubblegum no sabía cómo comportarse correctamente en sociedad, cómo actuar ante lo inesperado o cómo reaccionar frente a las personas y que estas la respeten solemnemente, todo lo demás no importaba, tan sencillo como lo es.
Esa noche, tan rápido como se fueron las luces, todos estos años de enseñanza, todo el tiempo invertido en estudios y práctica se perdieron en un aparente abismo mental, lo cual dejo lugar abierto para el paso de aquellos horrores insufribles, todas esas insoportables voces que se habían acumulado durante tanto tiempo en lo más insondable de su ser, ahora afloraron como demonios embravecidos hacia la superficie y rompieron la última barrera de auto control que le quedaba, a ella que solo es una niña, una indefensa criatura.
Marceline en ese momento de distracción soltó levemente el brazo de Bonnibel, la cual presa del pánico se agacho en el suelo cubriéndose la cabeza con los brazos como si algo le estuviera por caer encima. Ni siquiera le dio tiempo a la Reina Vampiro en razonar todo lo que estaba pasando cuando la niña comenzó a gritar desesperadamente. Marceline se sobresalto al escucharla, estaba gritando como si le estuviera practicando alguna clase de tortura.
-¡Princesa! -Intento llamarla tratando de superar el volumen de sus gritos.
Marceline se agacho hasta donde esta estaba para intentar sujetarla, pero la chica con el horror desdibujándole su precioso rostro se hizo hacia atrás escapando de la vampiresa. Al segundo intento paso exactamente lo mismo. La princesa sin parar de chillar y retroceder termino chocando de espaldas contra un árbol, al sentirlo se acurruco con temor sobre sus raíces y allí sin poder hacer absolutamente nada, rompió en llanto.
Marceline podía ver perfectamente en la oscuridad, eso está claro, y por un breve lapso se quedo contemplando a la pequeña princesa llorando bajo el árbol. Esa escena le resultaba casi torturadoramente familiar. Una vez ella también estuvo así, sola, asustada e indefensa. Quizás el miedo que ella tuvo en aquel entonces era diferente al que la Dulce Princesa estaba viviendo ahora, pero el sentimiento de perdición y desamparo, el de frustración de no saber qué hacer, seguro eran iguales. Era una combinación demasiado funesta para solo una chiquilla. Por aquel entonces, quizás si Simon nunca hubiese aparecido para ayudarla, quizás si hubiera seguido sola como estaba... Tal vez su destino hubiera sido muchísimo peor.
Se acerco una vez más hasta donde estaba la princesa tratando de ser lo más cautelosa posible.
-Princesa -La llamo tímidamente -. Princesa, por favor...
Con delicadeza acerco sus manos hasta tocar uno de los hombros de la chica, pero esta vez no intento escapar, estaba completamente paralizada de miedo. Marceline se agacho hasta quedar lo más cerca posible de sus oídos para intentar que esta la escuchase por sobre su propio llanto.
-Princesita... Bonnie, soy yo, Marceline. ¿Bonnie, me escuchas?- La princesa no dejaba de llorar, cerraba los ojos con fuerza, igual no importaba si los abría o no, no podría ver nada más que oscuridad. Ojala la estuviera escuchando, no tenía como saberlo -. Tranquila, te llevaré a casa. Bonnie no llores más, no te dejare sola, te lo prometo.
Con mucho cuidado de no asustarla innecesariamente, la levanto del suelo y la cargó sobre sus brazos. La pequeña apenas si representaba alguna carga para la vampiresa, podía sentir todo su pequeño cuerpo rígido por el temor. En eso se le había ocurrido una idea.
Bajo los árboles en los que se encontraban no se podía ver nada, pero sobre ellos estaba el brillo de la luna, que en esos momentos era mejor que nada. Lentamente la vampiresa se elevo sobre las copas de los árboles, la diferencia de luces era muy notoria. A la altura a la que estaban se podía ver con facilidad por donde quedaba el palacio, se dio cuenta de que en realidad se habían alejado bastante de allí.
-Bonnie, abre los ojos -Le susurro intentando hacer que reaccionara, pero parecía no haber forma alguna. Cuando volvió a pedírselo, la princesa se acerco más hacia el cuerpo de Marceline, acurrucándose en él como había hecho con el tronco del árbol, como si intentara esconderse, ocultando el rostro entre el hombro y el cuello de la Reina Vampiro -. Está bien. Volvamos a casa.
Así emprendieron camino hasta el castillo. Era curioso, se veía que estaba iluminado, aunque no era de sorprender, después de todo como no iba a tener el bendito palacio luces de emergencia o algo por el estilo. En mitad del vuelo la princesa no pudo ignorar esa corriente de aire que chocaba contra su espalada, pensó que era por el temor, que estaba imaginando cosas. Con una de sus pequeñas manitos apretó con fuerza la camisa que llevaba puesta Marceline y abrió con timidez uno de sus ojos. Solo llegó a ver la luna llena, grande, hermosa y brillante...
-Ayúdenlo... -
-¿Qué? ¡Bonnie! ¿Dijiste algo?
-Ayúdenlo, por favor -Después la princesa cerró sus ojos y no los volvió a abrir hasta que escucho la voz de su tío. El Dulce Rey abrazaba con fuerza a su sobrina mientras esta poco a poco volvía en sí.
-¡Glob, que mal nos lo hemos pasado sin saber de ustedes! -Le decía el mayordomo Gomita a Marceline quien estaba apoyada contra una de las paredes del salón. -¿La princesa entro en crisis verdad?
-No sabía que le tenía tanto terror a... - La oscuridad. Por algún motivo, Marceline también comenzaba a temerle.
-No se aflija señorita Abadeer, no es su culpa lo que paso. Según nos han informado hubo un corto circuito en la central de energía, una explosión, aunque por suerte nadie salió muy lastimado, eso fue lo que causo que se apagaran todas las luces en el Dulce Reino. Fue un terrible golpe de mala suerte que sucediera justo cuando ustedes estaban fuera. Podría decirme ¿Qué es lo que hizo con exactitud?
"Solo lo que a mí me hubiera gustado que hicieran conmigo hace tiempo" pensaba.
-Las luces... Son de emergencia estas que hay en el castillo, ¿verdad? -Le dijo al final Marceline ignorando lo que le había preguntado en primer lugar.
-Así es. Las tenemos desde que... -El mayordomo se cayó unos momentos. Marceline lo miro extrañada.
-¿Desde qué?
-Bueno, fue como hace cuatro o cinco años creo... Si, la Dulce Princesa habrá tenido unos seis años.
-¿Qué pasó?
La Gomita volvió a callarse, pensativo miraba hacia donde estaba el Dulce Rey y la Dulce Princesa, ahora estaban hablando con la Doctora Caramelo que acababa de llegar. Finalmente, se decidió a hablar.
-Pues, mire señorita Abadeer, si realmente planea quedarse aquí un periodo, quizás haya algunas cosas que le sean convenientes saber.
-¿Como cuáles? -Ahora el mayordomo había captado toda su atención.
-Fue hace cuatro años cuando una tragedia ocurrió en el palacio. Estaban haciendo unas reparaciones, nada importante, pero en el cuarto piso habían fabricado una enorme plataforma para trabajar en el techo. Una noche, uno de los obreros se había quedado hasta tarde trabajando… -Gomita se interrumpió a si mismo mientras que de su bolsillo sacaba un pañuelo de tela con el que procedió a secarse unas pocas gotas de sudor que le resbalaban por la sien- Lo siento, pero es que de solo pensarlo siento que todo fue una jugada pesada del destino... La cuestión es que la Dulce Princesa había subido a buscar unos vestidos que había guardado en ese piso. Ocurrió lo mismo que ahora, un apagón, todo quedo inmerso en la oscuridad y la Princesa se asusto mucho, ya por entonces le tenía miedo a estas cosas, pero ese día del otro lado del pasillo, se escucho un derrumbe. La estructura que los obreros habían armado se desmantelo, nunca nos quedó muy claro si fue por un desperfecto o quizás solo un mortal error del obrero. Él, el único que estaba ese día trabajando, había quedado atrapado entre dos enormes tablones, muy pesados, no sé si habrá sido la altura desde la que cayó o el peso de los tablones, el hecho es que... Bueno, el hombre literalmente fue partido por la mitad.
Marceline trago la saliva que se le había empezado a acumular en la boca. No iba a mentir, ya había acabado con la vida de otras criaturas antes, aun así nunca elegiría una muerte tan funesta. Gomita continúo contando.
-Los gritos del pobre hombre fueron desgarradores, todos lo escuchamos, pero quien estaba más cerca...
-Bonnibel -Interrumpió Marceline, quien volteo a ver preocupada a la niña que ahora se estaban llevando los doctores.
-Precisamente. Quizás no lo entienda porque usted es un tipo de soberana diferente a la Princesa, pero nosotros aquí le enseñamos muchas cosas, muchas reglas, pero hay una por sobre la que no se puede pasar, y es que nadie es más importante que los habitantes del Dulce Reino, ni siquiera uno mismo. La princesa se educo con esa enseñanza mucho tiempo, y desde luego que la recordó en ese momento. Tenía miedo, pero el sentido del deber fue más fuerte, así que a pesar de la oscuridad de los pasillos la princesa fue hasta donde estaba el hombre. Parece que en el camino se topo con una de las linternas de los trabajadores. Cuando la utilizó pues… Lo vio todo. Yo también lo vi, y créame que todavía no puede evitar perturbarme esa imagen. La Dulce Psicóloga que trato a la princesa nos contó lo que paso a partir de sus experiencias, dice que al parecer el hombre aun seguía vivo cuando la princesa llegó, y cuando este se dio cuenta de era ella quien lo estaba alumbrando, preocupado por su bien le dijo "no vea princesa". Así que por eso cada vez que la princesa se encuentra acorralada en la oscuridad cierra los ojos y se sienta, se mueve y todo, pero no se atreve a abrir los ojos. Y empieza a gritar, a gritar lo más fuerte que puede, para que así alguien la encuentre, aunque según su psicóloga, la princesa grito en esa ocasión no por temor sino para que vinieran más rápido hasta donde estaban y pudieran socorrer al hombre a tiempo. Por desgracia no fue así.
-Ayúdenlo... -susurró Marceline.
-Dijo eso, ¿cierto? Siempre lo dice cada vez después de los sucesos, cuando se siente un poco más segura, dice algo como "Ayúdenlo" o "Ayúdenlo por favor"
El Dulce Rey llegó en ese momento hasta donde estaba estos dos y con la misma mirada seria con la que había visto a Marceline la primera vez que la convenció de tomar el trabajo, le dijo: Quizás aun no entiendas porque te estoy pidiendo que ayudes a mi sobrina. Igual tendrás que hacerlo de todos modos, pero créeme cuando te digo esto Marceline Abadeer. He hecho de todo, y mientras las cosas no mejoran, mi tiempo sigue corriendo. Bonnibel y mis súbditos son lo único verdaderamente preciado que tengo. A mi pueblo ya se lo entregué a ella, y ellos lo sabrán el día que la presente en sociedad como la ley lo establece. Y ahora estás tú, mi última esperanza. Así que dejar a Bonnibel en tus manos es literalmente dejarte lo único que de verdad amo. Tengo fe en ti Marceline, no me preguntes porque, pero la tengo.
Marceline no volvió a su casa esa noche, en su lugar prefirió vagar por alguna cueva misteriosa o cripta escondida, si era bajo tierra mejor, cualquier lado donde pudiera pensar tranquilamente... En realidad había mucho en lo que pensar.
Ese mismo día el Dulce Rey y su fiel amigo y mayordomo Gomita se encontraban en el living a las tantas de la madrugada bebiendo el 'jarabe prohibido'.
-Glob, que día hemos tenido hoy -decía el Rey mientras se serbia una copa más -. Y yo que quería irme a acostar temprano.
-¿La princesa logro dormirse?
-La Doctora Caramelo le receto unos calmantes para que pase la noche tranquila, ahora está bajo los cuidados de la Princesa Doctora. ¡Glob! Princesa Doctora, esa sí que es una buena mujer -Decía el Rey entre sorbos y sorbos.
-Por suerte Lady Arcoíris se ofreció a hacerle compañía por esta noche también. Tenemos suerte de que andaba por el Reino de paseo.
-Ay, esa Arcoíris... Crecen rápido, ¿no?
-Si -Gomita bebió de un solo trago su vaso y después de que se le pasara la quemazón en la garganta se volvió a dirigir al Rey -. Su majestad, hay algo que quisiera preguntarle que no termino de entender.
-Cuéntame amigo.
-Pensaba si acaso... No ha sido demasiado duro con la Señorita Abadeer, quiero decir, eso que le dijo seguro puso mucha presión sobre ella. Yo pensaba que con que le contara esa historia del pasado de la princesa bastaba para... Señor, ¿Y qué tal si huye? ¿Qué se lo impide?
-Mmmmm... - El viejo Rey parecía una maquina encendiéndose haciendo esos ruidos -...mmmmmmh... Mm-mm… Mmmmarceline.
-Sí.
-Llámala Marceline, detesta las formalidades.
-De acuerdo, Marceline. ¿Y...?
-¿Qué si huye me preguntaste? -El viejo Rey se acerco hasta las puertas de su balcón cerrado, miro con desdén la colina por donde aparecería tarde o temprano los primeros rayos de luz de un nuevo día. Finalmente le dijo a su mayordomo, su querido amigo -. Gomita, ¿tú crees en el Oráculo?
-No, mi señor.
-Ah... Pobre de ti entonces. Gracioso personaje el Oráculo este, se supone que lo único que hace es decirte lo que de todos modos pasará, es como si yo le pidiera que me dijera quién ganará la carrera de sapos para saber a quién apostar, y que a cambio de esa predicción le tuviera que pagar con el dinero que había llevado para apostar. El me diría quien será el ganador, y por más que yo lo sepa ya no tendría el dinero para apostarlo y poder ganar, porque mi destino era perder.
-¿A qué quiere llegar mi señor?
-Mientras nosotros estamos aquí, el tiempo sigue corriendo. El destino también. Cada día nos acercamos cada vez más a él, hasta que un día por fin nos lo topamos, y llegamos al cierre de un ciclo, desde el cual comienza otro inmediatamente. Y así continua este inevitable círculo.
-Yo creo que ya ah bebido suficiente por esta noche, mi señor.
El Rey suspiro, y finalmente se dio la vuelta.
-¿Sabes porque te invite a beber esta noche?
-Por que usted considera que beber en soledad es demasiada humillación.
-Como me conoces querido amigo... Si, por un lado es eso. Pero por el otro también es para armarme de valor por lo que estoy por decirte, y pensé que si también estabas tomado aunque sea un poco, recibirías de mejor manera esto.
Gomita se quedo estático en su lugar, hasta que despertó de su trance y rápidamente tomo la jarra del 'jarabe prohibido' y se lo bebió entero en menos de un minuto. Se limpio la boca con las manos, y dijo: Dígame, su majestad, que tiene para decirme.
-Gomita, amigo... Estás despedido.
Gomita dio vueltas y vueltas en su mente lo que el Dulce Rey le acaba de decir. Había pasado ya tanto tiempo desde que era más que un mayordomo y consejero para el Rey, el lazo que los unía era muy fuerte, eso era seguro. No sabía si era por el jarabe o quizás le había caído la vejez de golpe, pero no recordaba hace cuanto que el Dulce Rey gobernaba estas tierras y que lo hizo siempre de la manera más benévola y sabía posible. Había sobrepasado muchas de las más grandes tragedias que pudieron haber asolado sobre oOo, logrando salir adelante... ¿Por qué esta decisión que acaba de tomar, sea por la razón que fuera, iba a ser diferente a las demás? No tenía forma de saberlo, puesto que no creía en las patrañas de los Oráculos, así que solo le quedaba confiar en el criterio de su amigo.
-¿No me preguntarás por qué? -inquirió el Rey.
-¿Por qué?
-El Oráculo, mi amigo, el Oráculo -expresó casi tomando una pose triunfante.
Al día siguiente, la Dulce Princesa se encontraba hablando con la Doctora Princesa, cuando el Dulce Rey entro a la habitación a saludarla.
-Bueno, bueno, bueno... ¿Qué tal amaneció mi sobrina favorita?
-¡Tío Gumbald! -La princesa se levanto de su asiento y corrió a abrazar a su querido tío.
-Lamento si interrumpí algo -Decía cordialmente el Rey.
-No, en absoluto... De hecho estábamos terminando -Decía la Doctora Princesa que luego dejo solos a los monarcas.
-¿Dormiste bien Princesita?
-¡Tío Gumbald, no me llames así!
-De acuerdo, ¿pero por qué? -Preguntaba mientras acariciaba la cabeza de la niña.
-Es que... No me hace gracia.
-Está bien... Pero si lo piensas, suena como el perfecto apodo para ti.
-¿De qué hablas?
-Claro. Como eres una princesa y eres además muy pequeña, eso es lo que eres, ¡una princesita!
-Pero, los apodos no son ¿una forma despectiva de referirse a los demás?
-Pues, si. Pero no siempre. A veces también pueden ser formas cariñosas de referirse a los demás.
-Ah... -Bonnibel miró reflexiva hacia el suelo.
-Pero si no te gusta, podemos olvidarnos de él.
El día siguió su curso y los monarcas del Dulce Reino se quedaron en silencio mientras tomaban el té y observaban el final de otro día.
-Tío Gumbald... Mar... Digo ¿La señorita Abadeer vendrá esta noche?
-¡Ah! Pero mira si seré anciano -decía el Rey golpeándose la cabeza -. Olvide comentártelo, Marceline llamo esta mañana, al parecer le surgió algo urgente, algo de un pariente o algo así, no lo sé, el hecho es que por eso no podrá venir esta noche.
-Ah, de acuerdo. Está bien. Ojala no sea nada grave.
-Glob no lo permita.
El sol seguía ocultándose, pero su sobrina se veía bastante tranquila, parece que los medicamentos dieron efecto. El rey cerró los ojos y se preguntó si tendría que volver a mentirle a la Princesa, ¿cuánto tardaría en darse cuenta?
