Capitulo 6:

Grandes nubes grises cubrían todo el Dulce Reino amenazando con convertirse en una tormenta. Sin embargo la mayoría de los dulces habitantes seguían con sus despreocupadas vidas como siempre, mientras una cansada Doctora Princesa se sentaba abatida sobre su escritorio en el consultorio. Había estado trabajando todas las horas de corrido, se encontraba tan exhausta que sentía que los ojos se le cerraban, aun así intento concentrarse en los papeles que había sobre su escritorio cuando de repente uno de los enfermeros del lugar entro a hacerle compañía.

-Doctora, se ve realmente cansada, no ha dormido en toda la noche ¿verdad?

-No podía hacerlo. Ese accidente de los caramelos en el autobús me ha mantenido ocupada, además ya no podía cancelar las horas de terapia de varios pacientes.

-Bueno, quien la manda a usted a ser especialista en tantas ramas diferentes de la medicina.

-Es lo que me gusta.

-Cierto, pero de nada nos sirve una profesional exhausta -Le dijo con simpatía el enfermero mientras le quitaba los archivos que la Doctora sujetaba entre las manos -. ¿Por qué no va a descansar aunque sea un poco?

La Doctora Princesa se lo pensó un momento hasta que decidió que en efecto sería lo mejor. Preparo sus cosas para marcharse, cuando de pronto recordó algo.

-Oh, enfermero paleta. -Llamó la Doctora.

-¿Si?

-Tal vez no suceda, pero si alguien del dulce palacio llegase a venir, por favor hacérmelo saber.

-Con que el dulce palacio, ¿eh? Pobre princesa… No he tenido nunca el encanto de conocerla todavía, pero dicen que es una niña adorable.

-Ciertamente.

-Que suerte tiene usted -La paleta miro hacia la ventana, desde allí se podía ver una parte del gran palacio-. ¿Cuál es su pronóstico doctora? Me refiero al caso de… los problemas que tiene la princesa.

-Bueno... Todos bien saben, o al menos eso supongo, que he seguido este caso desde siempre, y hasta el día de hoy sigo sosteniendo lo mismo que ya he aclarado desde el primer momento. La princesa nunca superará sus miedos si no se decide a hacerlo. No es que ella no tenga las intenciones, solo le hace falta un poco de confianza... Y eso es lo que estamos tratando de trabajar.

La Doctora Princesa salió del consultorio y se fue caminando hasta su hogar, no sin antes andar chocándose con varios árboles y tropezándose por el camino, en realidad sí que estaba bastante cansada.

En el gran y dulce palacio cada uno de los dulces súbditos estaban cumpliendo todos sus deberes como cualquier otro día, excepto el Dulce Rey, quien se había escapado de una de sus 'súper importantes reuniones diarias', porque según él además de súper importantes también eran súper aburridas. Volvería luego, solo quería despejarse un poco. Paseaba por los pasillos del palacio sin rumbo fijo hasta que sin darse cuenta llegó a la entrada de la biblioteca del palacio donde se encontró con su dulce sobrina quien tenía la nariz pegada en los libros. Como no había notado que él había entrado, se acerco a ella sigilosamente asustándola por detrás, y entre risas el viejo Rey se asomo a ver qué era lo que estaba leyendo.

-¿La historia de los lluviacornios? Ese material de lectura está fijado en tu bibliografía del mes próximo princesa, ¿por qué lo adelantas?

-No lo estoy adelantando, ya debe ser como la decimotercera vez que lo leo.

-¡¿Ya lo has estudiado?! - se sorprendió el viejo monarca- Por Glob, Bonnibel, ¿pero en qué momento?

-Creo que fue el año pasado -Decía la princesa mientras seguía dando vuelta las hojas.

-¿Cómo es que encuentras tanto tiempo para leer?

-Ya terminé mi tarea de ciencias políticas, por eso tengo ahora tiempo extra hasta que venga el profesor de literatura.

-Bueno, pero ¿por qué no aprovechas el tiempo en algo más divertido? Ese libro de los lluviacornios es aburridísimo.

La princesa decidió seguir el consejo de su tío, y mientras buscaba entre las estanterías algo nuevo que no haya leído seguía tarareando esa canción que no lograba despegársela de la cabeza desde esta mañana.

-¿Y esa canción? -Le pregunto su tío extrañado -. Jamás la había escuchado.

-No lo sé, desperté cantándola. Es raro, porque tampoco la había escuchado antes. Quizás la invité.

-¿También inventas canciones mientras duermes? Sabía que eres inteligente, pero creo que te estás pasando.

-Ay, tío Gumbald, que loco estás -Se reía la princesa y siguió cantando la misteriosa melodía.

Mientras tanto, en algún lugar muy lejano del reino, la Reina de los Vampiros se había entretenido componiendo música con su amiga Keila en la Tienda de música del Místico Chaman. Era una suerte que aquel tipo las dejara juntarse allí a ensayar, la acústica es excelente, el ambiente inspira paz y serenidad, y además tenían a su alcance cualquier tipo de instrumento, y solo se los permitía porque según el dueño del local "le gustaba sus auras musicales".

-¡Ya para Keila! ¿Qué tonterías estás haciendo? -Gruñía Marceline mientras le arrojaba una cuerda de guitarra rota a la cabeza de su amiga. Esta había estado sacando extrañas melodías disonantes que iban incluso más allá de fuertes y pesados punteos contra su guitarra durante todo el día hasta que lograron finalmente sacarla de quicio.

-¡Deja de molestarme! Esta música será el futuro, ¡Ya lo verás! -Le contestó Keila desafiante y lo siguiente que hizo fue arrojarle la misma cuerda.

-Esos viajes tuyos a las colinas de hierbas te están revolviendo el cerebro.

-Tú también deberías hacerlo alguna vez. Ya verás que bien te hace un largo viaje, lejos de todo y de todos.

-Ya he viajado por muchos lados Keila, estoy aburrida de eso.

-¿Y qué haces para pasar el tiempo ahora entonces? Digo, aparte de atormentar a dulces princesas.

-¡¿Que dijiste?! -Marceline paró de tocar el bajo fulminando con la mirada a la chica frente a ella. Keila solo bromeaba, aunque ella no lo pillara.

-He escuchado los rumores de que se te ha visto rondar por el Dulce Reino. ¿No tenías prohibido entrar allí?

-Bueno, eso cambió... -comenzó a decir al mismo tiempo que corría la mirada.

-¿Y por qué?

-Pues... -A Marceline le daba un poco de vergüenza admitir la verdad incluso frente a su amiga, a pesar de que el Dulce Rey fue compasivo y cambió el ridículo título de "Niñera" por el de "Acompañante" aun así no dejaba de ser humillante para la Reina de los Vampiros -. He estado haciendo algunos trabajos para el Dulce Rey.

-¿Trabajos? -le preguntó esta en un tono irónico.

-Sí, ya sabes... Hay varios demonios rondando por ahí y necesitan que alguien los controle.

-Entonces, ¿ahora eres como uno de esos enormes bananas que he visto protegen el lugar?

-¡No! Solo soy algo así como... Una especie de mediadora entre el Dulce Reino y la Nocheosfera.

-¿La Nocheosfera? ¿Por qué eso tendría que ver con la tierra de las paletas parlantes?

-Son... Cuestiones burocráticas. No las entenderías -Decía la vampiresa recordando aquello que le había dicho el Dulce Rey alguna vez.

-De acuerdo -Keila siguió tocando pero después volvió a preguntar -. ¿Pero entonces no deberías estar allí ahora?

-Pensaba volver esta noche...

¿Realmente lo haría? Marceline no había vuelto desde el lunes. Bueno, en realidad sí que había vuelto, como anoche que se había metido a la habitación de la princesa sin darse cuenta, pero a lo que ella se refería es que no había vuelto a hablar con alguien de allí, no después de lo que paso.

-Hey, eso suena bien... -Dijo Keila mientras interrumpía los pensamientos de su amiga.

-¿El qué?

-Lo que estabas tocando -Se había puesto a tocar el bajo sin darse cuenta otra vez, era la melodía que había compuesto anoche para la Dulce Princesa -. ¿Ya lo habías tocado antes?

-Si... Solo una vez -Contestaba la vampiresa mientras volvía a tocarla -. Pero no tiene final.

-¿Tiene letra...?

-Le había puesto una... Pero no la recuerdo -Mintió mientras miraba pensativa hacía una esquina.

Ese mismo día por la noche, la Dulce Princesa estaba entrando a su cuarto arrastrando su raqueta de tenis. Había jugando un partido en el que ganó 6-1 contra el nuevo mayordomo, el Señor Pancito. ¿Qué había pasado con Gomita? Se preguntaba la niña, al menos él a pesar de su edad le daba una mejor batalla. Guardó la raqueta en su armario, fue a bañarse y se puso un pijama pero no fue a acostarse. Estaba cansada pero aun no quería dormir, en lugar de eso salió hacía su balcón. Las nubes que habían estado durante todo el día sobre el reino no la dejaban ahora ver las estrellas. No le gustaba para nada la ubicación de su habitación, más que nada por la vista al paisaje, prefería con creces la del cuarto de su tío, desde su balcón sí que se tenía una vista hermosa de todo el Dulce Reino y más allá de él. Y algún día sería suyo, pensó con tristeza.

El Día que su tío no este, que el Dulce Rey ya no esté sentado en el trono, ella tendría que ocupar su lugar.

La princesa entre tanto ignoraba que justo bajo su balcón había una chica vampiro sentada en una cornisa, y en realidad esta tampoco sabía que justo sobre ella había una princesita en pijama.

Marceline no sabía qué hacer. Había llegado hasta allí pero no se decidía a entrar o no. ¿Por qué el Rey no la había mandado a buscar cuando no se presentó las anteriores noches? después de todo eso sería considerado como un incumplimiento con lo acordado y el Rey estaría en todo su derecho de hacerlo, de encerrarla si era necesario. Y al entrar que debería hacer, ¿solo hablar con él? sonaba muy lógico, pero no quería ser vista por ninguna de las demás personas del palacio. Bueno, la habitación del Rey quedaba justo del otro lado, solo tenía que volar hasta allí, quizás así lo encontraría más rápido.

La vampiresa pasó flotando junto al balcón sin darse cuenta de que Bonnibel estaba allí, pero ella sí que la vio pasar aunque la había tomado por sorpresa completamente a lo que largó un corto y agudo grito. La vampiresa se sobresalto y se detuvo en seco al escucharla.

-¿Ma-Marceline?... Es decir... ¡Señorita Abadeer! -Le decía la pequeña aun alterada.

-¡Princesa! Demonios, que susto más has dado... ¿Qué haces aquí afuera?

-Eso debería de preguntarlo yo.

-Yo... -La vampiresa dudaba. En realidad no sabía que contestarle. ¿No estaba enfada con ella o algo así? -Yo solo venía a... hablar con tu tío.

-Ah... ya veo.

La princesa bajo la cabeza y entonces lo notó. Tenía puesto el pijama rosado con conejitos estampados. Se puso roja de la vergüenza y luego entro disparada al cuarto. Marceline, sin saber muy bien qué es lo que había pasado, la siguió hasta adentro, mientras que la princesa se metió en su cama y apenada se cubrió entera con las sabanas.

-¡Señorita Abadeer, no puede entrar solo así a mi habitación! -Le regañaba la pequeña al percatarse de su presencia.

"Ay princesita, si supieras." Pensaba Marceline.

-Tranquila... -comenzó a decir esta en cuanto adivino que es lo que le sucedía -Si de todas las veces que he venido a tu empalagosa mansión tu tío me llevaba atendiendo usando un pijama de anciano y ropa de gimnasia, ¿por qué a ti te da pena?

-Porque… -comenzó a decir la princesa esta vez tapada hasta la nariz -Porque no soy como mi tío -terminó diciendo con un leve tono melancólico en su voz.

-Bueno, eso es cierto. Tú al menos no estás tan loca. Eso creo...

Bonnibel comenzó a examinar a la vampiresa de pies a cabeza. Llevaba una enorme hacha de color rojo colgada detrás de su espalda, estaba usando una muy gastada chaqueta de jean, pantalones oscuros, botas y una bufanda atada a la cintura, como si hubiera estado rondando por algún lugar frio.

-Otras personas no deberían de referirse de loco al Dulce Rey -Dijo temerosa la princesa.

-No importa -dijo la vampiresa mientras se recostaba sobre un sillón que había en la habitación sosteniendo ahora su bajo entre las manos -. Estamos en confianza, princesa.

-¿Qué es eso? -preguntó Bonnibel señalando el instrumento.

-Es mi bajo.

-¿Un bajo?

-Un instrumento musical.

-Sé lo que es un bajo, pero ese no se parece a ninguno que haya visto.

-¿A sí? Pues hay muchas cosas que aun no has visto, princesa.

-¿A qué se refiere?

Marceline dejó el bajo a un lado y se acerco hasta las puertas del balcón, con sus largos y pálidos dedos rozó la fría superficie de vidrió de estas al mismo tiempo que miraba hacía afuera. Luego volteo a mirar a la princesa que todavía seguía cubriéndose.

-Mira hacia fuera niña, todavía hay un mundo de cosas, cientos de mundos, que todavía no has conocido.

La princesa soltó un poco las sabanas y miro con expresión incrédula a la vampiresa.

-Pero... Yo he leído sobre muchos mundos y tierras distintas. He estudiado una amplia mayoría de las especies que viven en ellas y también me han enseñado todo sobre las más grandes culturas…

-No es lo mismo leer y ver fotografías de esos mundos que estar frente a ellos. Yo viaje por los lugares más increíbles e imposibles, los más peligrosos y temibles rincones, y aprendí muchas cosas que apostaría a que no salen en ningún libro de textos de los que tú te la pasas leyendo. La tierra es enorme, incluso yo misma con mi edad no he terminado de explorarla.

-Pero... -La pequeña niña no sabía que objetar. Estaba confundida, por un lado sabía que la vampiresa llevaba algo de razón, después de todo ella ni siquiera había pisado algún suelo diferente del que había en el palacio. Pero una parte de su ser deseaba con fuerza que Marceline estuviera equivocada.

-Mira princesa -continuo mientras se acercaba un poco más hasta la cama de la niña -. Un día tendrás que ver y aprender todas estas cosas, si no la gente jamás podrá tomarte enserio.

Marceline notó como de pronto se había formado en la princesita un triste semblante. Al verla no podía evitar recordar el desastre que había ocurrido en los jardines, aquellos gritos aun seguían grabados en su memoria, y ahora temía que cualquier cosa que hiciese pudiera terminar en algún otro suceso parecido, pero la cuestión tampoco era quedarse ahí sin hacer nada.

-Ven, acompáñame -Le dijo mientras le hacía señas para que la siguiera hasta afuera en el balcón.

-No puedo, aun tengo el pijama puesto.

-No te preocupes, no creo que esos conejitos puedan lastimar a nadie.

-Pero...

-¡Vamos princesa, o yo misma te sacaré de la cama!

Bonnibel termino obedeciendo los pedidos de la Reina Vampiro. Al salir vio a Marceline flotando sobre ella a varios metros, también se dio cuenta de que las nubes se habían vuelto más densas. La vampiresa comenzó a dar lentas volteretas en el aire que mantuvieron entretenida a la pequeña niña, se veía que era divertido. Después descendió un poco hasta quedar flotando fuera del balcón a la altura de la joven, le sonrió amistosamente y le tendió una mano en señal de invitación. La princesa se quedó paralizada ante la situación.

-Pero... ¡Señorita Abadeer, no estará pensando...! -Dijo con un toque de indignación en el tono de voz.

-¿Acaso tendré que ordenártelo? -le pregunto mientras levantaba una sola ceja.

-Señorita Abadeer, usted será la Reina Vampiro, pero mientras esté aquí su único título es el de mi Real Acompañante.

-Princesa... -comenzó a decirle mientras su voz se convertía en un susurro amenazante -Voy a golpearte si sigues hablando de esa manera. No bromeo.

-Pero es que no puedo hacerlo -dio un paso hacia atrás -. No es correcto. Se me tiene prohibido salir del palacio.

-No saldríamos del palacio, solo volaremos a su alrededor.

-No puedo hacerlo -la princesa cruzó los brazos contra su pecho mientras que su expresión entristecía.

-Estoy segura que a Gumbald no le importaría.

-No es eso, es que… Volar me da… miedo -sentenció apenada la pequeña.

-¿Miedo, porqué? Si ya lo has hecho antes.

-¿Antes? ¿Cómo podría saber eso?

Marceline dudo unos segundos antes de contestar.

-Quizás no te acuerdes, pero... El lunes, cuando se apagaron las luces, yo te llevé hasta el palacio volando sobre el jardín.

La princesa quedo atónita. Entonces se le vino a la mente un recuerdo, la luna llena, brillante y hermosa, esa horrible noche la había visto más cerca que nunca, y la brisa chocando con su espalda cuando la vampiresa la había cargado en brazos y...

-¿Lo recuerda, princesa? -Bonnibel apenas asintió aun absuelta en el recuerdo -No hay nada que temer entonces.

Marceline se acerco a la niña y aun sin haber recibido una aprobación tomo su mano y la jaló fuera del balcón. La chica asustada ahogo un grito para luego caer en los brazos de la vampiresa, abrazándola lo más fuerte que pudo mientras cerraba los ojos. Marceline comenzó a reír divertida con el malestar de la joven y poco a poco fue acomodándola de tal forma que quedará sentada sobre uno solo de sus brazos como a un bebé de pocos años. Usando la voz más suave y profunda que pudo hacer intentó calmarla.

-Relájate, princesita. No hay forma de que puedas caer. Venga, mira a tu alrededor -La chica comenzó a relajarse y en cuanto logró finalmente abrió los ojos vio maravillada que estaba sobrevolando a una gran y muy por segura mortal altura. Sonrió un poco pero aun seguía aterrada con lo que no dejaba de sujetar con fuerza a la vampiresa -. Iremos despacio, ¿está bien?

-S-s-s-s-s-... -La joven no pudo ni siquiera formar palabra. Esta vez Marceline procuro no reír demasiado por temor a que la princesita volviera a ofenderse y las cosas se volvieran a complicar, por algún motivo descubrió que en realidad no era tan difícil mantener la calma al estar con Bonnie, o al menos por el momento.

Dieron un paseo al rededor de todo el palacio, siempre cuidando de que nadie las notara por alguna ventana o algo así, y aunque Bonnibel seguía asustada intentó disfrutar del paisaje y del paseo. En un punto del recorrido se detuvieron, la princesa confundida pregunto a Marceline si pasaba algo malo, luego esta le sonrío y le dijo: ¿Oyes eso? Parece que alguien está teniendo una fiesta.

Bonnibel intentó escuchar pero no lograba captar nada.

-¿No lo escuchas? Tal vez si nos acercamos más... -Entonces comenzaron a avanzar cuando la princesa noto histérica que se estaban acercando a los límites del palacio.

-¡No, Señorita Abadeer! ¡Ya le dije que se me tiene prohibido salir del palacio!

Pero Marceline ya no le estaba prestando atención. Horrorizada la princesa vio como sin ningún problema pasaban sobre las grandes murallas que rodeaban el palacio, observando como ya se encontraban volando sobre las casas de los habitantes, sobre las calles del reino y sobre todos esos lugares a los que la princesa jamás había visitado todavía.

De pronto se sintió como si estuviera atrapada en un hechizo. Veía las mismísimas dulces calles bajo sus pies, los colores que jamás le habían parecido tan vivos como ahora, escuchaba los sonidos de las voces de los habitantes y de sus vidas yendo y viniendo por todos lados a su alrededor, se lleno de aromas nuevos, de miles de sensaciones nuevas, se sintió viva como nunca antes se había sentido, ¡y solo estaban paseando sobre el pueblo de noche, cómo sería si fuera de día y estuviera caminando entre cada uno de sus rincones!

Marceline podía sentir como el cuerpo de la niña comenzaba a relajarse mucho más, tampoco pudo evitar sonreír sinceramente cuando la escucho reír.

Con cuidado la vampiresa acomodo a la princesita sobre el techo de una de las coloridas casas y se quedaron escondidas allí mientras observaban hacia abajo una fiesta que se estaba realizando en el patio de la misma casa. Parecía ser el cumpleaños de alguien. Había globos de muchos colores y se podía escuchar música para fiestas sonar de fondo, un grupo de dulces y caramelos estaban sentados alrededor de una mesa comiendo y riendo, otro grupo estaba a un costado bailando al ritmo de la música y del otro lado había una barra de chocolate y un par de galletas divirtiéndose saltando sobre una enorme gelatina verde. Marceline tenía razón, no importaba cuanto leyese y le hablaran sobre estas cosas, el sentimiento que comenzaba a recorrerle el alma en esos momentos por el hecho de estar viviendo todo esto ella misma era imposible de igualar.

-¿Ves esa silla vacía en la mesa, princesa? -Le indico la vampiresa.

-¿Que tiene? -contestó luego de un rato mientras volvía en sí.

-Algún día tú estarás sentada ahí también, riendo y divirtiéndote con todos.

-¿De verdad lo crees? -Pregunto entusiasmada la niña, quizás demasiado, Marceline le indicó que bajara la voz.

-Claro. Todo el reino espera con ansias el día en que conocerán a la Dulce Princesita.

Bonnibel sonrió y siguió observando la silla vacía en la mesa. ¿Qué más podría querer ella que no fuera algo así? Quería ser un buen monarca para su pueblo, quería estar más cerca de él y de sus habitantes y soñaba con que ellos también lo quisieran igual.

Mientras Marceline la observaba se le ocurrió otra idea. Se levanto y volvió a tenderle la mano a la princesa.

-Vámonos de aquí.

-Espera... ¿A dónde vamos ahora?

-Te voy a enseñar un poco más del mundo que te rodea.

-¿Cómo?

-Tú confía en mí.

Bonnibel observo la mano que la vampiresa le estaba ofreciendo, esta vez aceptándola sin tantos reproches. Volviendo a cargarla de la misma manera salieron volando de allí.

-Ya hemos salido de los confines del palacio, así que no importa si nos seguimos alejando un poco más -Dijo la vampiresa con un deje divertido en su voz mientras se movía un poco más rápido.

-¿Pero a dónde vamos, Señorita Abadeer?

-Ya lo veras…


Gracias por seguir leyendo! Saludos a todos º_º/