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Primera sesión
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El consultorio cumplía todos los estándares de un estereotipo: un diván, estantes con libros de psicología, un escritorio de madrea cromada con un péndulo repleto de canicas, los diplomas en las paredes, y más que nada, el hombre de anteojos una espesa barba un pequeño bigote y un traje elegante. En una placa sobre el escritorio podía leerse un nombre:
Albert Stimbelton.
Albert estaba ojeando un archivo con detenimiento, finalmente lo dejó aun lado sobre la mesa y sonrió.
-Lincoln Loud. –Dijo su nombre con naturalidad mientras miraba al niño sentado en el diván. –Tengo que decir que no todos los días puedo estar frente a un milagro medico.
El niño no contestó. Su mirada estaba perdida hacia el frente sin dejar salir ningún tipo de reacción. Estaba vestido con una de las batas del hospital que ocultaban las vendas de todas sus cirugías, en su cabeza podían verse un gran número de vendas, su brazo aun estaba enyesado y continuaría así durante un par de meses. Sus ojos vacíos ignoraron a Albert mientras seguía concentrado en la nada.
El doctor Stimbelton se relamió los labios sin dejar de sonreír mientras se levantaba de la silla detrás del escritorio y miraba con interés a Lincoln.
-Parece ser que hubo un incidente en el hospital, ¿No es así, Lincoln Loud? –Caminó hacía Lincoln con suavidad y soltura. –La pobre mujer requirió doce puntos y una reorientación de nariz. –Se tocó la nariz con un dedo para remarcar sus palabras. –No es de extrañar que los niños sobrevivientes a la purga actúen de formas más… erráticas. Mucho menos un caso tan delicado como lo eres tú, Lincoln. –Se rio un poco. –Es una lastima que aquellos enfermeros de pacotilla no pudieran entender algo tan básico como el estrés pos-traumático, o que no supieran que los niños también pueden contraerlo.
Lincoln continuó con su mirada perdida, ni siquiera parecía saber donde estaba en primer lugar, o como había llegado ahí.
-¿Sabías que varios fragmentos de tu cráneo se insertaron dentro de tú lóbulo frontal? –Señaló una parte al frente de su cabeza. –Eso podría traerte algunos problemas graves relacionados con tu forma de pensar, o tú personalidad. Pero lo que más se teme es el efecto revote. –Extendió dos dedos y levantó su dedo pulgar como si fuera una pistola y se apuntó a la cabeza. –Cuando te disparaste pudiste provocar un efecto rebote dentro de tu cráneo. Creo que el nombre lo dice, es cuando el cerebro simplemente…. rebota, dentro de tu cabeza.
Se acercó a Lincoln hasta tenerlo frente a frente.
Lincoln se estremeció y trató de alejarse, pero ese chaleco de fuerza obre su bata restringía algunos de sus movimientos, y la pierna aun le dolía mucho para hacer nada que no fuera dejarla colgada. Aquel chaleco había sido recortado para permitirle sacar su brazo izquierdo enyesado, pero a la vez lo hacia más incomodo y apretado para su brazo derecho.
Había algo en los ojos de aquel hombre que lo ponían nervioso.
-Te rompiste el húmero. –Señaló al yeso de Lincoln. –Dos de tus costillas se fracturaron y tres se rompieron; una de ellas laceró parcialmente uno de tus pulmones. –Miró la pierna derecha de Lincoln. –Sufriste de una severa acumulación sanguínea fruto de un golpe contundente. El daño que recibió el musculo te causará una cojera permanente, pero supongo que es mejor a perder la pierna. Y mira que estuvieron considerándolo. –Luego miró al estomago de Lincoln. –¿Sabías que se encontró una esquirla enterrada profundamente en tu espalda? La encontraron en medio de tú primera cirugía. Parece ser que llegó hasta tu estomago y causó una pequeña laceración. –Finalmente suspiró. –Por último, tenemos laceraciones y daños severos en… bueno no preguntaré por los detalles. Dudo que me los des de todas formas, o que quieras revivir algo como eso. –Entonces pareció recordar algo más. –¿Podrías decirme algo sobre el número en tú pectoral izquierdo, Lincoln? ¿No? Como gustes, no te forzaré.
Lincoln lo oyó todo sin escucharlo. Le habían dado algunas inyecciones y forzado a tomar pastillas de distintos colores antes de traerlo algo atontado a lo que parecía un consultorio, por lo que le costaba pensar correctamente. Podía oler un olor a alcohol y desinfectantes muy comunes en los hospitales. Por un segundo creyó que se encontraba en un hala distinta del Hospital General de Royal Woods, pero los escasos recuerdos del lugar al ser movido le enseñaban una realidad muy distinta.
-Unos limpiadores te encontraron dos días después del fin de la purga, tirado sobre un sofá destrozado y con lo que parecía un disparo en la cabeza, Lincoln. –Sacó una pequeña libreta de su bolsillo y la ojeó antes de continuar. –El hospital estaba atestado de heridos, como es lo más común después de la purga, así que te trataron de emergencia la cabeza y el brazo. Pasó un día antes de recibir verdadero tratamiento, luego te colocaron en una habitación durante dos días antes de identificarte y llamar a tus familiares. –Lanzó una pequeña risa. –Cualquiera llamaría a esto negligencia médica, pero en esos días no se puede estar atento de todo. –Volteó una hoja de la libreta. –No fue hasta que llegó la hora de hacerte un encefalograma que se percataron de que los daños eran más… severos de lo que dejaba ver la vista. Así que se te sometió a varias cirugías de emergencia. –Guardó la libreta nuevamente en su bolsillo. –Aparentemente una fuente anónima pagó para que tuvieras máxima prioridad y los mejores cuidados, o al menos eso es lo único que pude sacar de algunos de esos doctores. Al final, el dinero tiene la última palabra, Lincoln. ¿Tienes alguna idea de quien pudo ser tú benefactor?
No. Lincoln no conocía a nadie que realmente estuviera dispuesto a pagar algo por él. Era él quien tenía que arrastrarse por los ductos de ventilación o raspar las fundas de las sabanas en busca de centavos cuando quería algo, era eso o esperar por su cumpleaños o navidad. Lo cierto es que en una casa con tantos integrantes podías encontrar una gran cantidad de monedas al día. Pero no las suficientes para pagar un almuerzo decente en cualquier cafetería.
-Supongo que te confundo un poco con todo esto, Lincoln Loud. –Mencionó Albert mientras se rascaba un poco el bigote. –El caso es que… deberías estar muerto. Sí este mundo realmente tuviera sentido, entonces hace tiempo que estarías bajo tierra.
Bueno, esa era la idea original. O al menos es la única idea que tuvo en su momento. Tenía recuerdos borrosos sobre el final de esa noche y el disparo no hizo nada para arreglarlo. O quizás todavía estaba algo colgado de lo que Mike le inyectó para recordar mucho de aquello.
…Estrecho…
Uno de los ojos de Lincoln comenzó a temblar mientras sus labios se secaban. Aquellas pastillas lo habían dejado algo letárgico, pero entre más tiempo pasara menos efecto tenían en él y más incomodo se sentía.
Comenzaba a sentirse enfermo.
-Pero aquí estás hoy: un milagro medico. –Se rio un poco ante aquella mención. Parecía causarle mucha gracia ese tipo de palabras. –¿Pero donde está realmente el milagro, Lincoln? Estás vivo, ¿Pero se le puede llamar vida a lo que tienes ahora? Fue necesario dos enfermeros y una gran dosis de tranquilizantes para ahorrarle a aquella mujer una cirugía plástica.
Luego de aquel incidente lo aislaron y ataron a la cama. Recordaba despertarse totalmente atado sólo para ver como los gusanos se lo comían lentamente, o a la mujer de rojo masturbándose frente a él mientras se reía repitiendo cosas como "mi niño". Entonces despertaba realmente para verse atado en esa misma cama y esperando a que cualquier pesadilla volviera a aparecer.
-No te preocupes mucho por eso, Lincoln. –Albert agitó la mano. –Como te dije: los primeros días después de la purga siempre son los peores, especialmente para los niños. –Caminó nuevamente detrás del escritorio y se sentó. –No temas, mi trabajo aquí es asegurarme de que puedas tener al menos una vida mediocre normal. No te mentiré, dudo que llegues a ser astronauta después de todo esto, pero al menos podrás conseguir lo suficiente para pagarles la renta a tus padres y que no te echen de casa. Incluso te quedará cambio para un poco de mariguana y poder olvidarte durante un rato de la mierda que es tu vida. –Se quitó los lentes y miró a Lincoln directamente a los ojos. –Tengo que admitir que tú caso me llena de mucho interés, Lincoln. Tú y yo nos veremos mucho mientras dure tu estadía
Lincoln apoyó su cuerpo en el borde de la puerta mientras la confusión y el mareó remitían. Estos no eran precisamente los efectos secundarios que sus medicaciones le causaban, ni siquiera había tomado sus medicaciones aquella noche. Y los necesitaba. Cualquier persona creería falsamente que alguien en su situación llegaría a odiar las pastillas, pero era todo lo contrario.
Lincoln las necesitaba.
Esas píldoras azules, rojas y amarillas eran lo único que le impedían volverse totalmente loco. Cualquier persona preferiría una vida inundado de pastillas amargas y que se atoran constantemente en la garganta a tener que vivir con una enfermedad como la suya.
Se frotó los ojos aun somnolientos mientras miraba el largo pasillo fuera de su puerta. La puerta de su habitación se encontraba al final del pasillo, frente a él había otra habitación en la que pudo ver a un niño abrazando sus rodillas y temblando mientras lanzaba pequeños gritos en intervalos de tiempo.
Algunos niños ya habían salido de sus habitaciones ahora abiertas y comenzaban a caminar hacia la enorme puerta doble del final. No eran muchos: alrededor de cuatro, otros todavía parecían estar confundidos dentro de sus cuartos acolchados. Lincoln pensó en imitarlos y regresar a su pequeña habitación, tirarse contra una esquina y esperar que cuando despertara encontrara una charola repleta de pastillas en la puerta.
Sintió un terrible picor en la zona de la cabeza donde se había disparado, a veces sentía que esa comezón venía directamente de dentro de su cráneo, como si todavía tuviera fragmentos de huesos picándole el cerebro y la comezón fuera una llamada de atención para quitárselos. Los doctores ya se habían equivocado con él antes, ¿Por qué no pensar que se habían dejado uno o dos fragmentos de hueso alojados en su cerebro?
Esperó unos minutos antes de comenzar a salir, era mejor quedarse atrás y no tener a nadie detrás de él cuando saliera. Así que cuando creyó que ya nadie saldría de sus habitaciones comenzó a caminar lentamente mientras se apoyaba en la pared. Era difícil caminar con su pierna derecha, la última vez que la vio tenía una cicatriz fruto de una tardía cirugía, los doctores le habían dicho que no podría volver a caminar correctamente, y sus sesiones de rehabilitación terminaron mucho antes de iniciar cuando perdió la cabeza con esa enfermera.
Había recibido esa herida el año pasado por culpa de un desconocido que lo había golpeado en la esquina de un callejón mientras corría de lo que antes había visto como un monstruo. El pobre diablo pareció conocerlo de antes, y creyó que si lo usaba podría convencer a Leni de que le hiciera un trabajo de boca y pechos a cambio de su vida. Por desgracia, había terminado hecho pedazos por el hacha del demente disfrazado de minotauro.
A Lincoln no le gustaba recordar a aquel hombre, todavía podía escuchar aquellos mugidos descontrolados mientras lo perseguía. Y a veces los ojos furiosos del hombre bajo el casco de toro después de que le arrancó los pezones. No pudo evitar preguntarse que pudo haber sido de él. Lo dejó inconsciente en el callejón después de darle un golpe con un tubo de acero. Si lo encontraron después de eso, lo más seguro es que lo hubieran matado. A menos que el golpe hubiera sido suficiente para eso.
Lincoln trataba de no pensar en eso, pero no porque la idea de que pudo haberlo matado era insoportable, sino porque ya no creía que fuera tan malo si hubiese muerto. Y por eso mismo es que tenía que apresurarse y encontrar a alguien que le diera sus pastillas.
La siguiente habitación con la que se cruzó tenía otro paciente que no se había atrevido a moverse. Era un niño regordete que había empezado a mordisquear sus dedos hasta que comenzaron a sangrar. Los masticaba con fuerza y sin mostrar ningún dolor. Lincoln vio como comenzaba a agitar los dedos mientras aumentaba la presión del mordisco y rasgaba la carne de sus dedos tratando de comérsela. Lincoln desvió la vista y continuó caminando, tampoco podía ayudar a alguien que podría llegar a la conclusión que su carne es mas blanda.
Estaba siendo paranoico, pero la paranoia hubiera salvado parte de su integridad hace un año de haberle hecho caso. Tendría que haberse ocultado dentro de un contenedor de basura bajo un montón de porquería y pañales sucios en lugar de haber tratado de regresar a casa.
Empujó las puertas dobles con cuidado mientras miraba a su alrededor. Por el corredor estaban dos niños que miraban todo algo confundidos. Lincoln notó que estaban temblando como si tuvieran frío mientras trataban de revisar las habitaciones. Los dos vestían el mismo tipo de ropa que él: camisa y pantalones blancos. Era el traje estándar para los pacientes del asilo.
-Se está cayendo el cielo. –Un chico que parecía ser al menos un año mayor que él susurró mientras miraba por una ventana.
Lincoln se acercó con cuidado y se dio cuenta de que afuera estaba cayendo una furiosa lluvia. Había estado tan distraído con todo esto que no se había dado cuenta. La lluvia era tan grande que no podía ver mucho afuera, sólo la oscuridad de la noche. El viento comenzó a golpear la ventana y el chico mayor se puso de rodillas mientras temblaba.
-Tengo mucho frío, necesito mis cobijas. ¿Podrías traérmelas por favor? –Le preguntó a Lincoln mientras lo miraba con ojos asustados.
Lincoln retrocedió lentamente antes de darse la vuelta. Las peticiones del chico se convirtieron en suplicas para Lincoln y finalmente en lágrimas mientras echaba a llorar.
-¿Qué crees que esté pasando? –Uno de los pacientes le preguntó al otro mientras trataban de abrir una puerta. La puerta parecía estar cerrada con llave. –¿No habrá sido un incendio o algo, verdad? –Le preguntó con pánico.
-No. –El otro chico negó con la cabeza. –Hubiéramos olido el humo, además está lloviendo muy fuerte afuera. –Dijo mientras descargaba una patada a la puerta. –Carajo. ¡¿Qué mierda pasa aquí?!
A Lincoln le gustaría saber eso, pero antes que nada prefería encontrar un lugar solitario y con puertas aseguradas. Si tan sólo su cuarto de aislamiento pudiera cerrarse por dentro ni siquiera se hubiera movido de ahí. Siempre y cuando tuviera sus pastillas.
Hizo una mueca de dolor mientras era atacado por una punzada en la cabeza. Que se jodieran los doctores que dijeron que era un dolor psicológico, Lincoln lo sentía muy real. Se suponía que para eso eran las píldoras azules.
Casi chocó con otro chico que estaba corriendo despavorido por los pasillos mientras balbuceaba, y parecía apunto de entrar en un ataque de rabia.
Las luces rojas comenzaban a irritarlo, y estaba seguro de que no era el único que se sentía así. ¿Acaso Lisa no había mencionado algo similar? Las personas relacionan el rojo con la ira y algunas de ellas tienden a ser más agresivas entre más expuestos estén a ese color en particular. Luego había insultado su inteligencia y lo había mandado preparar bocadillos. Era el trabajo de las mentes inferiores sucumbir a las superiores después de todo.
Miró hacia atrás y vio que el chico que corría se había cocado con uno de los chicos de la puerta y parecía apunto de empezar a pelear. Lincoln se apresuró todo lo que pudo con su cojera y se alejó de ellos. En su estado no podría escapar muy lejos de una confrontación si se veía en medio de ella.
¿Los pasillos eran tan grandes? El asilo se veía un poco diferente a lo que recordaba. Generalmente no salía mucho de aislamiento, pero tenía permitido salir al patio una o dos veces al mes. Por fuera el asilo juvenil se veía como una enorme casa de dos pisos, aunque empequeñecía con el asilo principal. Pero de todas formas, los corredores se veían más grandes de lo que recordaba.
Detrás de él los gritos fueron en aumentos y escuchó algo que caía fuertemente al piso. Parecía haber estallado una pelea, era mejor no meterse en eso.
Por un segundo Lincoln se vio nuevamente en los callejones de Royal Woods. Los recuerdos de la purga comenzaron a llegar a él nuevamente y lo hicieron sentirse mareado mientras el dolor de cabeza aumentaba. Se apoyó en la pared mientras miraba por el borde del siguiente cruce, al no ver nada continuó. Además de los cuatro detrás de él no parecía haber nadie más afuera, eso sin contar a los demás chicos que decidieron quedarse en aislamiento.
Antes que nada, Lincoln necesitaba encontrar sus pastillas. El asilo debía guardarlas en alguna parte, si lograba encontrar donde quizás pudiera reconocer las suyas. No podría soportar mucho sin ellas, ya podía sentir los gusanos bajo su carne que no dejaban de excretar aquel líquido desagradable que poco a poco recorría sus venas.
Pronto no se sentiría mejor que una bolsa de semen, orines y mierda.
En síntesis, necesitaba sus pastillas.
Esto parecía un mal chiste.
Un asqueroso y horrible mal chiste.
Lincoln no debió ni de vagar por treinta minutos por un montón de puertas cerradas, rejas que le bloqueaban el paso y pasillos que no daban a ninguna parte antes de encontrar unas escaleras y haberse aventurado al segundo piso. Pero lo primero que ve al llegar al final del pasillo es una escena tan familiar que lo primero que quiere hacer fue gritar.
Tres chicos de alrededor de catorce o quince años estaban reteniendo a una chica que no podía ser mayor que él, quizás incluso tuvieran la misma edad. La chica tenía el cabello castaño claro, o eso le pareció con todas esas luces rojas, tenía un rostro infantil y lo que parecía ser una acumulación de pecas en su mejilla derecha.
Los cuatro estaban vestidos con ropas de pacientes, aunque a uno de ellos le hacia falta la camisa.
La chica estaba luchando contra el agarre de dos de esos chicos.
-Hombre, ¿De verdad lo vamos a hacer? –El que parecía menor se preguntó mientras se reía un poco, parecía estar algo emocionado por lo que estaba haciendo.
Los otros dos chicos sujetaban a la chica que se mantenía curiosamente callada mientras miraba alrededor y trataba de zafarse del agarre.
-Sí, dale. Que después voy yo. Vamos, mientras dure esto, Esteban.
-Dele la vuelta. –Movió sus manos con un giro.
-¿La vuelta?
-Sí, denle la vuelta. E inclínenla un poco. Quiero que el culo esté un poco levantado, hay algo que siempre quise intentar.
-Amigo eres raro. –Después de decir eso le retorció el brazo a la chica mientras le daba la vuelta. Su compañero siguió sus pasos con torpeza mientras sujetaba la cabeza de la chica y la llevaba hacia abajo con fuerza. El dolor de la chica pareció ser demasiado y cayó de rodillas.
-Que no se arrodille.
-¡Arriba! –Le torció un poco más el brazo mientras lo tiraba hacia arriba y la chica terminó por levantarse con mucho dolor.
Aun así, la chica no habló. Se mantenía callada mientras aquellos chicos la lastimaban y la movían como si fuera una simple muñeca.
-Ya apúrate que te quito el turno, Esteban. –Tobías trató de estabilizar un poco el peso de la chica mientras la levantaba lo mejor que podía. Era un tanto complicado cuando su compañero apenas sabía lo que estaba haciendo.
-¡Ahí! –Esteban gritó mientras daba un pequeño salto. Realmente se le veía emocionado.
Sin esperar un segundo más tomó los bordes del pantalón de la chica y lo bajó hasta los tobillos. La ropa interior parecía ser blanca, ya que remarcaba mucho el color rojo de las luces, se había quedado atorada entre una rodilla y el muslo cuando los pantalones fueron bajados tan torpemente. Esteban terminó de bajarla con dos tirones torpes mientas se arrodillaba y miraba las partes intimas de aquella chica con una expresión embobada.
-Uf Sid. No tienes nada de pelos. –Levantó el dedo índice y lo acercó con torpeza hacia la vagina de Sid.
-¿Puedo ver? –Aquel chico sin camisa se acercó un poco y por un segundo soltó el agarre de la cabeza de Sid. La chica aprovechó ese momento para revolverse un poco más y liberarse del agarre, pero la volvió a sujetar de inmediato y miró a sus compañeros con expresión culpable.
-No volvas a soltara, o en la próxima cogida hago que te folles a un chico más grande que vos, Nataniel.
-Perdón.
Las piernas de aquella chica temblaban mientras Esteban por fin encontraba el valor para tocar sus labios inferiores. Ahora que lo había conseguido pareció ganar más seguridad y comenzó a tocarla con todos sus dedos mientras los movía. La chica pareció jadear un poco, pero seguía sin decir palabra mientras era abusada.
Finalmente esteban tragó una gran cantidad de saliva y acerco su rostro hacia su vagina. Metió su nariz y comenzó a olfatear.
-¿Huele rico? –Tobías le preguntó mientras se reía un poco.
-Sí. Huele muy bien. –Estebas dijo con expresión embelesada mientras separaba los labios vaginales con sus manos y metía más profundo la nariz. –Huele bien.
Los temblores de aquella chica parecían haber llegado a un punto en que era la llave de aquellos dos lo único que la mantenía en pie.
Esteban sacó la lengua y comenzó a lamer todo lo que estuviera ahí abajo, eso incluyó el clítoris, aunque se había prometido no lamer por donde las niñas orinan, simplemente no había podido evitarlo.
-¡Puaj! –Movió su cabeza aun lado con velocidad. –Que asco. ¡La muy puta se acaba de orinar! –Le dio un golpe con la nalga, y aquella chica se estremeció de tal forma que toda la furia fue reemplazada por una creciente excitación.
Tobías y Nataniel simplemente se rieron. Nataniel podría usar su camisa para limpiar un poco cuando fuera su turno, por lo que él no le encontraba problemas.
-Ya métela. Mira si viene alguien y nos ve, Esteban. Yo ni siquiera quería compartir con ustedes dos, no voy a compartirla con nadie más. –Luego lo pensó mejor. –A menos que sea otra chica, aunque no parecía haber muchas internadas, o que quede otra que no sea Sid. –De todas formas siempre le gustó más Sid.
-Ya va. Ya va. –El bulto en los pantalones de Esteban ya era más que visible. Se los bajó y dejó al descubierto un miembro que apenas parecía haber entrado en la pubertad, no tenía mucho bello púbico y algo claro parecía chorrear un poco. –Aquí viene el avión, Sid.
Pero Sid apenas parecía darse cuenta de nada. Su cuerpo había caído rendido y sus ojos se concentraban en un punto en la pared. Su mente parecía estar en un lugar muy diferente a su cuerpo.
Esteban volvió a separar los labios para hacerlo lo menos doloroso posible y lo metió de un tirón.
-¡Mierda! –El dolor que sintió fue terrible.
Tobías se rio. –Lo tendrías que haber mojado un poco, tarado. Lo acabas de meter en seco.
Y siguió riendo.
Y riendo.
Y riendo.
Lincoln estaba apoyado contra la pared con una mano sobre su boca y otra en su estómago.
Asqueroso.
Esa era la única descripción a la que podía llegar. Totalmente asqueroso. Lo que esos chicos estaban asiendo. La imagen frente a él. Era desmesuradamente asqueroso. Le daban terribles ganas de vomitar de solo escuchar aquella risa o de escuchar los jadeos de Esteban.
No conocía a ninguno de aquellos cuatro. Lo más seguro es que fueran pacientes de otra hala, y los pacientes como Lincoln no acostumbraban tener mucha interacción con otros a parte de los médicos.
Se sintió desfallecer cuando Esteban lanzó un ultimó grito de dolor y esfuerzo.
-¿Ya terminaste, Esteban? Felicidades por la primera vez. –Tobías volvió a reírse.
Aquella horrenda risa tan parecida a aquellas que Lincoln había escuchado tantas veces en el pasado.
Le daba un terrible asco.
Con un gran esfuerzo volvió a asomarse. Esta vez Sid tenía la cabeza contra el piso mientras sus brazos estaban tirados a los lados y su trasero estaba levantado por sus rodillas. En esta ocasión era Tobías quien la estaba penetrando con una sonrisa mientras le acariciaba los glúteos. La chica tenía su ojos justo donde estaba Lincoln. Lincoln no podía decir si lo estaba viendo o simplemente estaba perdida.
Esteban estaba acostado contra el piso con una sonrisa ganadora mientras respiraba agitadamente y se rascaba tratando de revivir su erección y poder repetir. Mientras que Nataniel ya se había dado cuenta de que no hacia falta sujetarla más y comenzaba a bajarse los pantalones.
-¿Creen que me lo muerda si se lo meto en la boca? –Le preguntó a Esteban.
-Hazlo, si te lo muerde al menos estoy sobre aviso. –Respondió Esteban.
-Sólo aguántate, Nat.
La purga. Era como la purga. ¡Era como estar atrapado en la maldita purga otra vez! Aquellas risas carentes de piedad y que se acrecentaban entre más daño y destrucción esparcían, todo era exactamente idéntico a aquella noche. Pero no, no podía ser. Todavía faltaban semanas para la purga, Lincoln lo sabía. Fue lo primero que le dijo el doctor Albert en su última sesión.
Todo no podía ser más que otra de sus pesadillas.
Lincoln miró a Sid directamente a los ojos. Aquellos ojos no brillaban con la misma energía de la vida. Carecían de la vitalidad e ingenuidad que los niños deberían desprender cada vez que te miran directamente.
Eran ojos muertos.
Lincoln la miró a los ojos y, mientras aquellos chicos estaban distraídos con ella, cruzó hacia el otro lado sin volver a mirar el corredor.
¿Qué más podía hacer? ¿Ayudarla? Eran tres contra uno, y eran mayores que él. La condición física de Lincoln tampoco estaba en su mejor momento. Si trataba de hacer algo sólo ganaría que le dieran una paliza, o que lo mataran. Y entonces la chica sería violada de todas formas. La única diferencia sería que Lincoln estaría muerto.
Quizás en el pasado… antes de la purga… Quizás entonces hubiera tratando de ayudarla desde el primer momento. Y entonces hubiera terminado muerto desde el primer momento.
No podía hacer nada para ayudarla.
Y así, sintiéndose como una mierda continuó caminando en silencio mientras escuchaba los gemidos de Tobías al descargar todo lo que tenía dentro de aquella chica.
Lincoln consiguió entrar a una oficina abierta. El lugar parecía haber sido saqueado hace poco, ¿Por quién? No le importaba. Lo que si le importaba era sujetar la papelera mientras descargaba un torrente de vomito. Las imágenes de antes le habían producido severas nauseas, y ahora estaba pagando el precio. Y al recordar los ojos de Sid mientras la dejaba atrás sin siquiera intentar ayudarla lo hacían hundir su cabeza otra vez en la papelera.
Pero no podía hacer nada.
Él no es un héroe de comic. Esos héroes no existen en primer lugar. Cuando sus padres le trajeron su colección de comics, lo primero que había hecho fue hacerlos pedazos lentamente. Esas páginas habían estado llenas de mentiras: héroes que llegan en el momento justo, ciudadanos comunes que se atreven a cosas grandes y salvan a la chica, niños que se convierten en hombres al enfrentarse a monstruos y vencer sólo con el poder de su valor. Ya le gustaría ver lo valientes que son esos niños si un maniaco los tiene de rodillas con una pistola y los obliga a hacerle un trabajito de "limpieza".
Otra nueva arcada le señaló que realmente no querría ver eso.
No pudo evitar relacionar esa escena con algo… algo que prefería dejar en lo más profundo de su mente.
…Fue tan estrecho.
Lincoln se estremeció y miró hacia atrás. No había nadie. Pero por un segundo le pareció escuchar la voz de aquella bestia.
…Te calentó, ¿Verdad?
Lincoln se levantó lo más rápido que pudo y miró a su alrededor con pánico. Estaba seguro de que había escuchado esa voz, ahora más clara que nunca.
…Sí, lo hizo. Te hubiera gustado estar junto con ellos para olerle el coño. –Una risa cortada. Te lo digo, no has probado un dulce hasta que has probado los del coño de una mujer.
Lincoln jadeó cuando sintió que alguien sujetaba fuertemente su entrepierna.
Que no te de vergüenza admitirlo. Se te estaba poniendo dura mientras veías como se cogían a aquella puta. ¡Lo hizo! Ya sentías como tú gusanito se convertía en serpiente entre más hondo se la estaban metiendo. Jaja.
Lincoln trató de gritar, pero su garganta se sintió totalmente sellada mientras la presión aumentó.
¿O me dirás que te hice puto? Ups, mi error. Quizás debí ser más aaamaaableeee. –Otra risa mientras Lincoln caía al piso. ¿Por qué no intentas regresar? Quizás ya terminaron, quizás dejaron a la golfilla tirada ahí para quien se conforme con las sobras. –La voz pareció volveré un susurro directo hacia su oído. Quizás hasta le gustó.
Lincoln cerró los ojos con todas sus fuerzas mientras se dio vuelta y lanzó un fuerte golpe con su brazo.
Pero no había nada.
Estaba sólo en aquella habitación saqueada.
Respiró con dificultad mientras se ponía de pie, el dolor en su entrepierna era muy real. Sentía como si alguien realmente se los hubiera estrujado con fuerza. No pudo aguantar mucho tiempo y terminó apoyándose contra un pequeño escritorio mientras respiraba hondo.
-Todo está en tú cabeza, Lincoln. –Se repitió mentalmente. –Todo está sólo en tú cabeza. Por eso necesitas tus pastillas. Tienes que encontrar tus pastillas.
Abrió la boca y la volvió a cerrar mientras respiraba hondo y trataba de concentrarse. El dolor de cabeza estaba aumentando y se sentía cada vez más enfermo. Si caía rendido ahí quizás no sobreviviera. No sabía que estaba pasando con el asilo, pero era peligroso quedarse en un solo lugar, al menos en uno que no tuviera una puerta de acero y un seguro interior.
Se sentó en la silla detrás del escritorio y bajó su cabeza mientras la apoyaba con sus manos. No podía caer en pánico, el doctor Albert le advirtió sobre los riesgos de perder el control sin sus medicamentos. Tenía que enfocarse: primero los medicamentos, eso era lo primero en lo que tenía que pensar. Después… bueno, después buscaría un agujero lo bastante maloliente y pútrido para que nadie quisiera ni acercársele y se ocultaría en lo más profundo hasta que lo que sea que esté pasando terminara.
Era lo mejor que podó hacer si quería sobrevivir.
Un pequeño brillo llamó su atención bajo el escritorio, estaba algo oculto por las sombras, pero parte del vidrio protector estaba afuera. Lincoln pestañó una vez mientras lo levantaba.
Era un pequeño reloj de muñeca con una de sus cintas rotas. Lincoln lo agitó un poco para ver si funcionaba. Mientras lo hacia, no pudo evitar pensar que hasta ahora no había visto ningún reloj. No sería extraño que las habitaciones y pasillos tuvieran al menos un reloj, pero no había visto ninguno hasta ahora.
La hora que marcaba eran un poco pasadas de la una y media.
NA: Antes que nada, quisiera aclarar (y avergonzarme) por un pequeño error: la fecha. (Sí, esta vez no es la ortografía)
Verán, en el prologo accidentalmente escribí 1 de Diciembre en lugar de 1 de Mayo. Ustedes pensaran como de idiota hay que ser para cometer un error tan garrafal, pero lo cierto es que mi mente estaba en otro lugar mientras escribía esa escena (No tengo excusa). Este mensaje es para los que leyeron ese pequeño gran error y dijeron algo como - ¿Qué carajo? Sólo quiero aclarar que corregiré el problema tan rápido como pueda. Y lamento las tortuosas horas de confusión con las fechas.
Volviendo al capitulo, creo que dejaré que ustedes saquen sus propias opiniones sobre él.
Ps: Me disculpo por las faltas de ortografía. (Esta no puede faltar nunca)
