NA: No, no me saltee capítulos. Lo entenderán más adelante.
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Quinta sesión
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El doctor Albert estaba sentado detrás del escritorio mientras ojeaba una revista que Lincoln no podía ver muy bien. Tenía que ver a aquel hombre una vez cada semana, a veces dos si había incidentes, y no estaba seguro de si lo odiaba o simplemente le parecía desagradable. El tipo era un enigma para Lincoln. Su forma de hablarle no era como la de cualquier otro doctor.
-Bueno Lincoln. –Mencionó finalmente mientras habría un cajón y sacaba una segunda revista. –Me gustaría que aprovecháramos esta sesión para cerciorarme de algo que me ha estado molestando hasta ahora. –Ocultó ambas revistas y se acercó a Lincoln. –Veras, sería mucho más fácil preguntarte esto directamente, pero como no pareces ser un fanático de la interacción social supongo que tendré que llegar al fondo del asunto de otra manera.
Albert se paró frente a Lincoln y se agachó un poco mientras dejaba salir una pequeña sonrisa. A Lincoln realmente le incomodaba cuando lo veía sonreír así, especialmente cuando lo miraba fijamente.
-Pero antes… –Sujetó ambas revisas con una mano detrás de él y lo tocó en la frente con el dedo índice.
Lincoln se removió y retrocedió con un temblar mientras trataba de alejar esa mano. Sólo el contacto de ese dedo lo ponía severamente nervioso y una mescla de emociones parecía estallar en su interior.
-Sí, esperaba ese tipo de reacción. –Se rio un poco mientras retrocedía un paso. –Ahora, Lincoln, quiero que te relajes. ¿De acuerdo? Respira hondo, trata de desviar la sensación de mi dedo sobre tú frente… y mira ésta revista.
Cuando el contenido de esa revista llegó a los ojos de Lincoln tuvo un breve momento de confusión mientras su cerebro trataba de procesar lo que el supuesto experto en la psiquiatría infantil le estaba mostrando. Cuando por fin lo hizo se sintió peor de lo que se había sentido cuando aquel dedo lo toco y se movió tan rápido que estuvo apunto de caer del diván mientras dejaba salir una pequeña arcada. Cerró los ojos con fuerza mientras su respiración fallaba y el sudor comenzaba a caer de su frente. Las pupilas de sus ojos temblaban mientras cientos de recuerdos se arremolinaban dentro de su cabeza.
-¿Qué? ¿No todos los jóvenes se mueren por tener frente a ellos una revista PlayBoy? –Albert miró a la chica posando sin ropa y cubriendo sus partes intimas con pañuelos de seda, mientras se relamía los labios frente a la cámara. –Supongo que hice bien al no comprar aquella XXX de dominación. –Tiró la revista hacia el escritorio y cayó casi en el medio con un fuerte sonido. –Ahora ¿Podrías ver esta?
Los ojos de Lincoln se crisparon y finalmente un ligero temblor en su ojo derecho se acrecentó junto a su jaqueca ante lo que estaba viendo. Sintió deseos de gritar, de vomitar y de arrancarle la cabeza a aquella burla de psicoanalista. En lugar de eso presionó fuertemente sus mandíbulas mientras dejaba que las pastillas que le dieron antes de entrar siguieran asiendo efecto y tranquilizaran sus pensamientos.
Pero sin lugar a dudas necesitaría más cuando terminara esta sesión.
-Supongo que tampoco estás en eso del porno gay. –Tiró la revista sobre su hombro sin importarle mucho donde cayera. –Gracias Lincoln, con esto me he cerciorado de algo importante. Y esto claramente te beneficiará.
Lincoln simplemente lo miró con furia. ¿Le acababa de mostrar dos revistas de contenido pornográfico a un niño de once años y se atrevía a decirle que sería para mejor? Aquel tipo estaba loco, no haría falta estar cuerdo para darse cuenta de que el hombre frente a él era el que tenía que estar en camisa de fuerza y no al revés.
Volvió a sentarse en la silla detrás del escritorio y, sin siquiera importarle que Lincoln estuviera frente a él, tomó la revista PlayBoy y comenzó a ojearla.
-Lincoln, ¿Sabes que tipo de crímenes son más comunes en la purga? –Preguntó después de diez minutos de ojear aquella maldita revista.
Si Lincoln pudiera responderle le diría: Asesinato. Esa era la respuesta más común. Las personas buscaban matarse unas a otras por venganza, por furia, por odio, o simplemente por la emoción que eso parecía generarles. Lo sabía por experiencia, se había topado con algunas de aquellas personas en la purga.
El doctor Ablert esperó un minuto, como si Lincoln realmente pudiera contestar a su pregunta, o quizás se había distraído un poco con la foto de la muer vestida de conejita que lamía una zanahoria.
-Son los crímenes cibernéticos. –Respondió a su propia pregunta mientras volteaba la página. –Sí, lo que escuchaste. La mayoría de las personas purgan a su bestia interna vía Internet. Supongo que incluso los monstruos del corazón tienen que modernizarse. Pero no hablamos de las descargas ilegales, eso ya se hace desde antes de la purga. Me refiero al intercambio de cierta clase de archivos y la habilitación de páginas que generalmente no se ven. Esa noche podrás encontrar varias redes totalmente saturadas por los intercambios que se llevan a cabo. ¿Y sabes en que consiste la mayoría de esos archivos, Lincoln?
Lo ignoraba. Mucho menos le importaba. No es lo mismo cometer un crimen detrás de una pantalla que perseguir niños por la calle con bates y pistolas.
-Son imágenes y videos de contenido sexual sumamente explisitos y la mayoría con niños tan jóvenes que no lo creerías, y otros de lo que se conoce como videos snuff: una clase de videos sumamente gráficos de muertes y mutilaciones. –Hizo una pausa. –La purga puede ser el momento perfecto para descargar aquellos videos, pero a muchas de aquellas personas no les basta con un montón de imágenes, videos y cajas de pañuelos. –Miró a Lincoln. –Ellos quieren más.
Lincoln tembló ante el recuerdo de aquel cerdo que lo miraba como si fuera una joya preciosa bañada en fuego para luego apagarla con aquel fluido viscoso. O la mujer de rojo… aquella mujer… Cerró los ojos y controló su respiración, no necesitaba recordar más sobre esa noche, era mejor así.
-Las personas que no pueden poseer algo generalmente aprovechan la purga para obtenerlo, de un modo u otro. –Volvió a voltear la página. –No sería extraño que lo consigan, o que algún niño de cabello blanco terminara con el culo hecho un embudo al cruzarse con alguno de ellos.
Está terriblemente apretado.
Se siente jodidamente fantástico.
Los ojos de Lincoln se crisparon mientras su cuerpo temblaba sin control y su cabeza se movió de forma errática. Sentía la terrible necesidad de liberarse de aquel chaleco de fuerza, de romper su yeso contra cualquier superficie dura y liberar su cuerpo. Le costaba respirar y algunas lágrimas comenzaron a escapar de sus ojos mientras lo invadía un sentimiento de impotencia.
Un cuerpo cayó al piso y comenzó desangrarse frente a él. Mike se sujetaba el cuello con fuerza mientras de su boca salía una gran cantidad de sangre cada vez que jadeaba o tosía. Esa posiblemente fue la única bala real en toda el arma.
Lincoln jadeó mientras bajaba su cabeza hacia sus piernas y su cabeza comenzó picar en el lugar donde se había disparado. La última vez que se sintió así habían tenido que retenerlo en su habitación para impedir que se arrancara las vendas y el cuero cabelludo por tanto rascarse.
Ante toda esa mescla de sentimientos y reacciones, el doctor Albert Stimbelton lo miró fijamente antes de sonreír y volver a su revista PlayBoy. Esto terminaba de confirmar más de los traumas y fobias de Lincoln, por lo que había sido una buena sesión. Presionó un botón sobre el escritorio y una enfermera no tardó mucho en entrar.
-Diez miligramos de sedantes y dupliquen sus píldoras por el resto de la semana. –Dijo sin mirar a la enfermera. –Felicidades, hicimos un gran progreso hoy, Lincoln Loud.
Lincoln colocó la única cinta del reloj dentro de su pantalón. Hace un año hubiera dado lo que sea por tener un reloj, le hubiera gustado saber exactamente cuanto tiempo dentro del infierno le quedaba. Al recordar el pasado no pudo evitar llevar su mano hacia su bolsillo trasero para sentir el reconfortante tacto de la punta de la navaja, pero esos pantalones no tenían bolsillos y la punta de la navaja se perdió desde que le quitaron sus ropas en el hospital. Lo más seguro es que la hubieran incinerado junto con sus ropas, o que descansara bajo un montón de mugre y porquería en algún basurero.
No muy buen final para un regalo que salvó su vida.
No pudo evitar preguntarse que sería de Rayan, aquel trotamundos que lo aconsejó e incluso le dio el regalo que salvó su vida. De no haberlo conocido o haber tomado una ruta diferente, lo más seguro es que ahora estuviera muerto. O pero de lo que está. Debió haberlo escuchado en ese momento en lugar de irse por la peste que despedía su cuerpo.
Su error. Su único error cuando terminó en la purga, fue el tratar de volver a casa. Jamás hubiera podido llegar a casa a pie, pero en ese tiempo había estado tan asustado y confundido que en lo único que podía pensar era en estar a salvo detrás de aquellas paredes blindadas y el los brazos de… todas sus hermanas.
Sus hermanas…
¿Qué sería de ellas? No importaba, era mejor olvidarlas. Por una razón se negaba a todas sus visitas y tiraba todas sus cartas a la basura sin molestarse en abrirlas. Era mejor alejarse de ellas… era lo mejor para ambas partes.
Sintió una delicada respiración detrás de su oído y por un segundo una suave mano pasó por su mejilla. Saltó hacia adelante lo más rápido que pudo y volteó esperando, incluso deseando que fuera alguno de aquellos locos.
Pero no había nadie detrás de él. Se tocó la mejilla suavemente, todavía podía sentir esa suave mano tocando delicadamente su piel.
-Necesito mis pastillas.
No podía distraerse recordando el pasado. Tenía que preocuparse únicamente por el presente. No sabía que estaba pasando, pero algo ocurría con el asilo y tenía que encontrar un lugar seguro para ocultarse. No era como en los videojuegos donde el protagonista se decidía a investigar los misterios del asilo para llegar al meollo del asunto, en esos videojuegos al menos puedes guardar la partida y reiniciar cuando quieras. Pero en el mundo real tienes una vida, y Lincoln no era precisamente el protagonista, era un niño mentalmente enfermo que aun conservaba suficiente sentido común para saber que tenía que encontrar un lugar donde esconderse.
Pero no antes de encontrar sus pasillas.
Su cabeza comenzaba a picar y el dolor se hacía más fuerte. Nada de eso era psicológico, realmente le dolía. Estaba seguro de eso. ¿A quién no le dolería la cabeza estando en su situación? Y aquellas luces rojas lo irritaban como no creía posible.
Recordó los consejos del doctor Albert así que controló su respiración y puso su mano sobre su pecho; su corazón estaba latiendo sin control. Esperó a que su corazón comenzara a latir con normalidad antes de exhalar una larga corriente de aire de su boca. Jamás creyó que terminaría siguiendo los concejos de un hombre al que le gustaba leer porno frente a un niño que había desarrollado fobia hacia el sexo y los cuerpos desnudos.
Mierda, como odiaba a ese hombre.
Se fijó en un pequeño cuadro agrietado tirado contra el piso: era la típica imagen de un jarrón con flores. Lincoln caminó hacia el cuadro, lo tiró al piso con cuidado y asegurándose de que el vidrio estuviera contra el piso, y entonces comenzó a pisotearlo con fuerza. Escuchó como el vidrio crujía cada vez que pisoteaba el cuadro y el marco se destrozaba. Cuando terminó levantó el cuadro y lo hizo aun lado.
Miró los montones de vidrios tirados contra el piso de la oficina, tomó uno pequeño y puntiagudo y lo sujetó con cuidado para no lastimarse.
No era la punta de una navaja, ni tan larga como una navaja real. Si la sujetaba en su mano dejaba al descubierto una pequeña punta de alrededor de tres o cuatro centímetros, pero era mejor que nada. No es que esperara usarla, o quisiera hacerlo, pero aquella punta de navaja lo había salvado de sufrir un colapso nervioso más de una vez en la purga de hace un año, y ahora le sedería esa responsabilidad a aquel pedazo de vidrio.
Realmente esperaba no tener que usarla.
Sacó la cabeza con cuidado por la puerta. Miró hacia el lugar donde había visto a aquellos chicos violar a esa chica y desvió la mirada rápidamente al notar que no había nadie. Era mejor evitar ese corredor. ´
Aquellos chicos podría no ser los únicos pacientes dando vueltas por el asilo, Lincoln tenía que mantenerse atento para no cruzarse con ninguno, o al menos poder evitar una confrontación. Pero de ser pacientes tendrían sus propios problemas, y no podía estar seguro de como reaccionarían. Y no sólo se trataba de ellos, Lincoln tenía sus propios problemas, cosa como el episodio de la oficina eran sólo una parte de ellos.
Sí, era mejor evitar el contacto tanto como fuera posible.
Continuó caminando con cuidado, intentando no mirar atrás. Pero el recuerdo de aquella chica: Sid, así la habían llamado, era algo que no podía borrar. Ella lo había visto con aquellos ojos vacíos. Lincoln no había visto ninguna reacción por parte de ella al final, ni siquiera le pidió ayuda, simplemente dejó su cuerpo tirado como si fuera un cadáver mientras la…
Lincoln no quería recodar más de eso.
Continuó buscando por los pasillos y tratando de abrir cada puerta que encontraba, pero la mayoría estaban cerradas, los lugares como el baño estaban abiertos, pero a Lincoln no le interesaba nada de eso. Necesitaba volver al primer piso, estaba seguro de que había otra escalera que daba hacia los pasillos cercanos a la salida. No es que le importara mucho salir de ahí, lo que le interesaba era la pequeña farmacia que había cerca. Detrás de una ventana enrejada se encontraban un montón de cajones repletos de pastillas. Y alguno de ellos tenía las que necesitaba.
-No puede ser…
Lincoln miró la escalera frente a él. Era la escalera que daba hacia el primer piso, la que estaba buscando, pero lo que no esperaba ver era una escalera que daba hacia un tercer piso. Se sujetó la cabeza en el mismo lugar donde se había disparado mientras miraba ambas escaleras. El asilo juvenil era apenas de dos piso, pero el lugar en donde se encontraba tenía tres. No era de extrañar que le pareciera más grande de lo que le había parecido antes. Ese no era al asilo juvenil. No podía ser.
-¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?
Lincoln retrocedió hasta chocar con la pared. Lo último que recordaba era haber sido escoltado por dos enfermeras a su habitación en aislamiento, después de eso se había sentado contra la pared y abrazado sus rodillas hasta que el cansancio obligara a su cuerpo a quedarse dormido. Sólo otro día rutinario en su vida de pastillas y comidas controladas.
La palabra purga era lo primero que se le venía a la cabeza, pero era totalmente imposible que fuera la purga. El doctor Albert lo mantenía al tanto de la fecha en cada sesión. La última fue apenas ayer. Que recordara ahora debía ser 2 de mayo. La purga no iniciaría hasta el 22 de mayo. Todavía faltaban veinte días antes del inicio de la purga. No es que el conocimiento lo hiciera sentir mucho mejor. Esa fecha había marcado su vida.
-Todo por un maldito video. –Los recuerdos del mes antes de la purga acudieron a su mente y no pudo controlarlos. Recordó el concurso de video como si estuviera repitiendo el mismo día otra vez, la furia de sus hermanas, sus inútiles esfuerzos para reparar la situación. Recordó el abuso y la indiferencia de sus hermanas.
Y como Lori lo había metido al auto familiar y lo había dejado a dos horas de casa con una bicicleta rota.
Se quedó en un profundo silencio mientras los recuerdos del día antes de la purga entraban por su cabeza. Esa fue la última vez que realmente pudo ver a sus hermanas.
Había días que no podía evitar preguntarse que había sido de ellas, pero esos pensamientos morían al convencerse de que seguramente estarían continuando con sus sueños. Apostaría lo que fuera a que Luna ya había sacado un disco platino, o que Lynn ahora jugara junto a un equipo profesional, Lisa ya debió haber ganado más de un nobel, y Lola estará usando su habitación como una sala para todos sus trofeos.
¿Las echaba de menos? ¿Las odiaba? ¿Sentía indiferencia hacia su existencia? La respuesta de Lincoln para esas tres preguntas era muy simple: no lo sabía. Lincoln no sabía como se sentía con respecto a sus hermanas. Sus sentimientos hacia ellas eran lo más desconocido dentro de él, y lo que más se revolvía en su pecho. Pero aun con todas esas emociones y dudas dando vueltas, no se sentía realmente mal: su cabeza no dolía, su estomago no parecía dar vueltas y su cuerpo no temblaba. Simplemente pensaba en ellas y dejaba que las emociones que esos recuerdos desencadenaban se apoderaran de él. Pero algunas de esas emociones no podía descifrarlas. Y hasta entonces era mejor mantener a sus hermanas lejos de él.
De ella.
Lincoln suspiró y se acercó a las escaleras que daban al primer piso. Ya sea o no el asilo juvenil, el lugar apestaba a desinfectantes y alcohol, tendría que haber pastillas por alguna parte, y si no, entonces seguiría su plan original de buscar un agujero maloliente y pasar la noche dentro. Pero por ahora realmente necesitaba encontrar al menos una mísera pastilla azul.
Le pareció escuchar a algunas personas hablando arriba de las escaleras, así que bajó lo más rápida y silenciosamente posible. Era mejor no cruzarse con nadie. Dio una última mirada a la dirección donde aun tenía que estar la chica. Entonces bajó. Ahora realmente podía decir que la había abandonado.
Lincoln bajó con cuidado y se encontró con un enorme salón. El lugar estaba repleto de escritorios y computadoras; al menos tres filas de seis cada uno. Lincoln caminó cerca del medio mientras se acercaba al final del pasillo. Al final pudo ver una única silla frente a una ventana. Recordó aquellas aburridas visitas al banco que hacia con su madre de niño, se sentía del otro lado del vidrio, donde aquella mujer aburrida parecía sólo disfrutar de su trabajo cuando hacía que todos perdieran su tiempo. Casi podría jurar que vería a un pequeño Lincoln Loud de la mano de su madre entrando por aquellas enormes puertas cubiertas de rejas.
Puso ambas manos contra el vidrió y acercó su rostro para ver un poco más lo que había detrás, pero a parte de las puertas cerradas sólo vio una única puerta pequeña contra la pared. Lincoln estaba apunto de retirarse cuando la puerta se abrió de golpe y un chico algo mayor que él pasó frente al vidrio y se encontró con una pared y unas puertas cubiertas de rejas.
Lincoln retrocedió y se agachó un poco detrás del vidrio.
Aquel chico comenzó a jalar las rejas con desesperación mientras gritaba por ayuda y lloriqueaba. Entonces se dio la vuelta y corrió hacia el vidrio. Lanzó golpe tras golpe con sus puños mientras trataba de romperlo.
Dos manos pálidas lo tomaron de los hombros y tiraron de él con fuerza. El chico terminó cayendo de espalda con mucho dolor, y al abrir los ojos y darse cuenta de quien lo había tirado se quedó paralizado.
Frente a él había un hombre pálido vestido con las mismas ropas de paciente que él. Tenía la cabeza algo ovalada y terribles ojeras bajo los ojos, se acercaba a aquel chico mientras respiraba pesadamente.
-¡Ayuda! –El chico gritó. –¡AYUDA!
Aquel hombre se sentó sobre su estomago y comenzó a darle terribles golpes con sus puños. Lo golpeó en el rostro y en los brazos mientras aquel chico trataba de cubrirse. Se mantuvo así mientras jadeaba y respiraba cada vez con mayor dificultad. Entonces tomó la cabeza de aquel chico y comenzó a estrellarla contra las baldosas con fuerza. La sangre comenzó a salpicar mientras la cabeza de aquel chico terminaba de romperse.
Cuando el cuerpo de ese pobre chico comenzó a lanzar pequeños espasmos aquel hombre se detuvo. Probó parte de la sangre que había quedado sobre él. Con lo que parecía ser una expresión de éxtasis, levantó la cabeza mientras habría su boca. Se lamió los labios y dejó escapar un chillido antes de morder el cuello de aquel chico con todas sus fuerzas y se lo arrancaba de un tirón. Nuevamente volvió a bajar la cabeza y comenzó a beber su sangre.
Cuando pareció satisfecho volvió levantar su cabeza hacia arriba y a relamerse los labios.
Al levantarse rodeó el cuerpo dos veces antes de quitarle los pantalones y la ropa interior, abrió la boca lo más grande que pudo e introdujo el pene y los genitales de ese chico dentro de su boca. Fue entonces que cerró sus mandíbulas y comenzó a morder y masticar con fuerza mientras jalaba. Estrujó la carne arrugada contra sus dientes y lamió la sangre lo mejor que pudo. Con un fuerte jalón la carne del escroto fue arrancada y uno de sus genitales quedó expuesto al aire. Tomó el genital con dos dedos y lo lamió mientras lo introducía a su boca y lo arrancó con un fuerte tirón. Comenzó a lamerlo y a pasarlo por su boca mientras sus ojos subían como si estuviera disfrutando del mejor caramelo de su vida.
Colocó el genital bajo sus molares y los masticó con fuerza. Fue entonces que se lo tragó.
Se agachó y repitió el proceso con el segundo órgano genital.
Cuando terminó se acercó al vidrio y lo golpeó dos veces mientras miraba con cuidado en busca de alguien ahí. Cuando no encontró a nadie se marchó lentamente por la puerta, olvidándose totalmente del chico que acababa de matar y mutilar.
Lincoln se levantó con cuidado mientras trataba de contener su asco y nauseas. Había visto cosas en la purga, pero aquello estaba en otro nivel. Había visto como aquel hombre simplemente le arrancaba los genitales con los dientes y se los comía como simples dulces.
Sintió algo de dolor en su mano derecha, y se dio cuenta de que había presionado aquel vidrio de tal forma que se había cortado la mano. Tendría que haberla cubierto con algo antes de sujetar el vidrio. Aflojó el agarre mientras pequeños restos del vidrio aun quedaban enterrados en su piel y vio como la sangre comenzaba a caer como pequeños hilos contra el piso.
La herida no era muy grave, pero tendría que encontrar algo con que vendarla antes de que se infecte. Cosa que sería muy difícil si ese loco estaba suelto por ahí, y tampoco podía confiar en que hubiera algo que realmente pudiera usar. Ese lugar no era el asilo juvenil, por lo que no podía saber que encontraría, o si encontraría algo en primer lugar.
No podía saber si encontraría sus pastillas.
Cualquier tipo de vendas o alcohol podía esperar siempre que encontrar sus pastillas. Ni siquiera le dieron una dosis antes de dormir, la última vez fue la mañana del primero de mayo, pero no le dieron sus pastillas nocturnas. No podía saber cuanto duraría el efecto de su última dosis, o si no se había desvanecido ya.
-¿Qué puedo hacer?
Sus pastillas eran lo más importante ahora, pero si no había ninguna en ese lugar entonces estaría perdido. Podría seguir su plan de buscar un lugar donde ocultare hasta que todo terminara, pero ¿Cuándo terminaría? Ni siquiera recordaba como había llegado en primer lugar.
Todo lo que sabía era que necesitaba esas píldoras azules, rojas y amarillas a cualquier preció. El dolor estaba volviendo, y eso no era lo peor…
Lincoln miró nuevamente hacia el cadáver del chico.
Fue cuando el minotauro golpeó con todas sus fuerzas el vidrio, este se rompió en mil pedazos mientras Lincoln caía hacia atrás. Se sentó rápidamente con una expresión de miedo tallada en su rostro sus labios temblando.
Pero nuevamente no había nada. No había ningún minotauro monstruoso y el vidrio protector todavía estaba ahí totalmente intacto.
Lincoln apoyó su cabeza contra el piso y trató de controlar su respiración mientras colocaba su mano derecha herida sobre el corazón, la sangre comenzó a manchar su camisa blanca, pero no le importó mucho. Por ahora sólo quería calmarse.
Las luces rojas comenzaron a titilar sin control sobre Lincoln y escuchó como más de un foco explotaba en alguna parte del asilo. Finalmente todo se quedó a oscuras por un segundo antes de que algunos focos se iluminaran. Lincoln se sentó y comenzó a mira a su alrededor, aunque se alegraba de ya no ver el color rojo tan molesto, no podía evitar lamentar el que todo ahora estuviera más oscuro.
En ese momento, en alguna parte bajo sus pies, se escuchó un fuerte zumbido, y algunas puertas metálicas comenzaron a abrirse.
NA: Sin muchos comentarios por el momento, actualmente estudiando ortografía para principiantes y gramática básica.
Por cierto, las hermanas volverán a aparecer en la historia en uno o dos interludios, así que no se preocupen, podrán saber más sobre el oscuro destino de las Louds y sus problemas.
Nos veremos.
