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Duodécima sesión

Ésa era la primera vez que sentía los rayos del sol chocar contra su piel desde que fue internado. Intentó levantar su mano derecha, pero aún se encontraba retenida, y la izquierda todavía tenía aquel yeso tan molesto. Sólo podía sentir el sol sobre su rostro mientras levantaba la cabeza y respirar profundamente, ya había olvidado como era al aire puro y carente de desinfectantes.

Olía a… ¿Humo?

-Si te alejas más tendré que llamar a los enfermeros para que te regresen a tú suite de colchones. –El doctor Albert se acercó mientras aspiraba una gran bocanada de humo de su cigarrillo.

Lincoln lo miró con rabia. Estaba obligado a ver a aquel doctor cada semana y siempre era la peor parte de su día. Cada sesión parecía decir o hacer algo para hacerlo sentir incomodo, o darle nauseas, o revivir algún momento de la purga que sólo deseara olvidar. ¿Cómo exactamente logró obtener su titulo? Ese hombre era todo menos un terapeuta infantil.

-Ahora, ¿Podrías tomar asiento? –Señaló la silla de ruedas sobre el patio. Lincoln ya no la necesitaba, se había acostumbrado a su cojera en las sesiones de rehabilitación del asilo, pero aun así insistían.

Con una mueca se acercó cojeando a la silla de ruedas y se sentó. –Andas sobre ruedas, Lincoln. –Rememorar el sentido del humor de Luan no lo hacía sentir mejor.

¿Alguien dejó la tapa del escusado abierta? Porque la peste acaba de bajar.

Cerró los ojos mientras trataba de dejar correr el recuerdo, ese fue el chiste que más le dolió de todos los que le dijo Luan aquella semana.

-Así que no soy más que un montón de mierda, ¿Eh Luan?

-¿Alguna vez te sentiste atraído sexualmente por alguna de tus hermanas?

Lincoln abrió los ojos y le dio una mirada en blanco.

Albert se encogió de hombros. –Tú único amigo es alguien que curiosamente se siente atraído a tú hermana mayor, y aparte de él no tienes a nadie más que haya preguntado por ti: eres un perdedor solitario y que jamás conseguiría novia. No sería extraño que te centraras en tus hermanas, y con diez chicas, bueno, cualquier perdedor sin amigos se sentiría confundido.

Lincoln continuó con sus ojos en blanco.

-Bien, bien. ¿Entonces por qué te niegas a recibir visitas de cualquier de ellas?

Lincoln apartó la mirada y levantó su rostro mientras volvía a cerrar sus ojos. Quería disfrutar del sol sobre su rostro mientras todavía pudiera, no sabía cuando sería la próxima vez que podría salir al patio.

El doctor Albert sacó un papel arrugado de su bolsillo. –¿Sabías que Lily cumplirá dos años el próximo mes? Incluso te mandaron una foto, ¿No quieres verla? –Sacó una pequeña fotografía.

Lo sabía, sus padres se lo habían dicho la última visita y le habían pasado una foto. Lincoln la tiró a la basura junto al resto de sus…

En ese momento Lincoln abrió los ojos y miró fijamente al doctor Albert. Lo que Albert tenía en sus manos era una carta arrugada que se le hacía familiar y la fotografía de Lily que había tirado a la basura.

Albert sonrió cuando vio la furia inundando los ojos de Lincoln.

-En cuanto la basura abandona las instalaciones, se convierte en propiedad pública, Lincoln. Y no, no metí mis manos en la sopa del mes pasado, pedí que separaran tu basura en una bolsa a parte y la dejaran un poco más separada del resto.

Lincoln cerró fuertemente su puño derecho bajo la camisa de fuerzas, de no estar drogado seguramente se hubiera lanzado contra el hombre frente a él.

-Sabes, e encontrado algo muy inquietante en tus cartas, Lincoln Loud. –Sacó otro par de cartas y comenzó a ojearlas. Lincoln reconoció el típico papel rosado que solía usar Lola, y el papel descuidado de Lana. –Muy muy curiosas. –Albert sonrió mientras las ojeaba. –¿Sabías que tus hermanas alegan que decidiste salir dos horas antes de la purga por pura curiosidad infantil, Lincoln? Tú hermana mayor, Lori Loud, dijo que cuando se negó, te escapaste con la bicicleta de tú hermana Lynn y no se dieron cuenta hasta que la purga inició.

Lo sabía, sus padres lo habían mencionado, y su madre lo había regañado por eso mientras lloraba. ¿Por qué no podía rechazar también las visitas de sus padres? No necesitaba ver como se le rompía el corazón a su madre cada vez que lo veía detrás de aquel vidrio en la sala de visitas. O la sonrisa falsa de su padre cuando mencionaba el castigo que recibiría cuando regresara a casa. Trataba de sonar positivo, y Lincoln lo apreciaba, pero sinceramente era molesto.

-Pero en ninguna de sus cartas mencionan la estupidez que cometiste, Lincoln. ¿No te parece extraño? –Se rio un poco.

Tampoco había esperado que dijeran la verdad, y quizás pensaron que nadie le creería a un niño claramente loco. ¿Alegar que sus diez hermanas lo arrojaron a dos horas de casa con una bicicleta dañada y pocas horas antes de la purga por un video escolar? Sí, sonaba muy creíble. Todo lo que conseguiría sería empeorar las cosas para él.

Nuevamente no pudo evitar pensar si realmente fue o no un accidente.

-¿De casualidad sabes si tú hermanita de seis es abusada sexualmente o algo, Lincoln? –Albert miró una fotografía.

Lincoln lo vio con confusión.

-¿Dónde se ha visto que una niña de seis pose tan sensualmente para la cámara? Sin contar con la web de la purga, por supuesto. –Hizo una bola de papel y tiró la foto al piso. –Posar para su hermano mayor a esa edad. Esa niña vivirá con un cartel de puta pegado en el trasero toda su adolescencia si sigue por ese camino.

Lincoln no estaba seguro de si se sintió ofendido con aquellas palabras. En realidad, se sentía más ofendido de ver a aquel supuesto doctor seguir ojeando su correspondencia. Tendría que haber tirado las cartas por le inodoro, pero no le permitían ir con ningún tipo de elemento.

-De todas formas, ¿Tienes algo que agregar, Lincoln? ¿Quizás algo que tus hermanas pudieran dejar sin decir? –Volvió a sonreír de aquella forma que tanto incomodaba a Lincoln. –¿Nada? ¿Por qué no intentas escribirlo? El lápiz sería de carbón y el papel de arroz, pero es mejor que nada. ¿Qué te parece? ¿No sientes la necesidad de revelar uno o dos secretos oscuros a tu buen amigo Albert Stimbelton?

Lincoln volteó la cabeza. No le daría ni la hora al hombre frente a él.

Albert sacó otro cigarrillo y comenzó a fumar otra vez, no dijo nada hasta que lo acabó.

-Te quitaran el yeso antes del fin de semana, Lincoln. Si te portas bien y no causas más "incidentes" durante la rehabilitación, quizás tampoco tengas que volver a usar esa camisa de fuerza.

Lincoln sintió una pequeña chispa encenderse en su pecho para luego morir, pero el sentimiento seguía vivo en sus recuerdos. Poder liberar su brazo del yeso era una gran noticia, pero una más grande es liberarse del la camisa de fuerza. Había tenido que usar esa maldita camisa desde que lo trajeron al asilo. Los únicos momentos en que podía liberarse de aquella camisa fueron cuando estaba en rehabilitación y en el baño, y aun así siempre estuvo bajo vigilancia.

-No te emociones, Lincoln. Sólo concéntrate en seguir tomando tus píldoras y no tocarle el culo a ninguna enfermera.

Eso podía hacerlo, mientras tuviera sus pastillas. Esas pastillas mantenían las pesadillas controladas y cada vez tenía menos alucinaciones. Mientras se concentrara en tomarlas y en el premio, entonces quizás podría liberarse por fin esa molesta camisa.

-Tus padres mencionaron que tenías un gran miedo a la purga, Lincoln. ¿Por qué un niño que está tan afectado por la purga decide salir? ¿Combatir sus miedos? No me vengan con eso, aunque tus hermanas le pongan crema sigue siendo un pastel de mierda. ¿Están ocultando algo, Lincoln Loud?

Cualquier tipo de ánimo se desprendió de Lincoln en es momento. En lugar de mirar a Albert, volvió a cerrar los ojos y levantar su cabeza.

Albert sonrió mientras dejó salir una pequeña risa.


Lincoln se puso de pie con esfuerzo después de rendirse, era imposible que su corazón latiera con normalidad en estos momentos. Sería difícil para cualquiera mantener la calma después de lo que vio.

Lincoln sólo pudo caminar hacia uno de los escritorios antes de apoyar su cuerpo sobre el y bajar su cabeza hasta tocar la fría madera. Pudo sentir las lágrimas acumulándose en sus ojos mientras comenzaban a correr lentamente por su piel y chocar contra el escritorio.

-Otra vez… todo… todo está comenzando otra vez.

La purga. Ese maldito lugar era como la purga. Las personas lastimándose y matándose mutuamente sin control, de no ser por la fuerte tormenta afuera ya estaba seguro de que escucharía tantos gritos y risas como los que solía escuchar en las calles de Royal Woods.

Pero era imposible… Tenía que ser imposible. Era 2 de mayo, todavía faltaban veinte días para la purga. Y aunque así fuera, ¿Dónde estaba? Ése no era el asilo juvenil, era un lugar totalmente diferente. ¿Cómo llegó allí en prime lugar? Todo esto tenía que ser otra de sus pesadillas, esa era la única explicación. Habían olvidado darle sus pastillas antes de dormir, por lo que seguramente estaba teniendo pesadillas otra vez. En cualquier momento se despertaría gritando sin control, entonces unos enfermeros vestidos en monos blancos entrarían con una jeringa y su vieja camisa de fuerza para callarlo.

Respiró hondo y rogó por despertar.

Presionó fuertemente sus dientes y levantó su mano para descargarla contra el escritorio, pero se detuvo antes de dar el golpe. Aun con la tormenta afuera no podía arriesgarse a que nadie lo escuchara y quisiera investigar. Parecía ser algo natural para el hombre revisar cada sonido extraño en lugares oscuros y aterradores, así que Lincoln tenía que evitar hacer cualquier sonido sospechoso y alejarse de cualquier sonido sospechoso.

Se limpió los ojos con su manga y se separó del escritorio. No podía perder más tiempo lloriqueando, no como antes. Nadie se apiadaría de él porque llorara y gritara por salir de esto. No podía llamar a su mamá y esperar que mágicamente apareciera por la esquina con una taza de chocolate, galletitas y un enorme abrazo listo para protegerlo de todos los males del mundo.

El picor en su cabeza se intensifico en el lugar del disparo y no pudo evitar comenzar a rascarse con fuerza. Por mucho que quisiera sus patillas no podía buscar en el primer piso, no con ese demente dando vueltas por ahí. Entendía que las necesitara para no volverse loco, pero si continuaba en ese lugar se arriesgaría a morir. Su vida era más importante.

Su boca estaba seca, al menos podría encontrar un poco de agua en el segundo piso. Tendría que haber tomado algo cuando pasó junto al baño, pero no quería pasar mucho tiempo en el mismo piso que…

El recuerdo de aquella chica siendo violada lo inundó y se negó a irse. La impotencia que sintió en ese momento fue atroz. Todavía podía recordar los ojos vacíos de Sid mirándolo mientras escapaba. ¿Qué pensaría de él? Ni siquiera se conocían, por lo que podía pensar cualquier cosa. Pero aun así, esos ojos mirándolo. ¿Qué clase de emociones se ocultaban en esos ojos? Lincoln daría lo que fuera por poder cambiar las cosas, pero no podía hacer nada. Y ya era muy tarde.

Se apoyó en el barandal de aquella gran escalera y suspiró mientras comenzaba a subir.

Murmullos ocultos por la lluvia detuvieron su camino. Podía escuchar como algunas personas se acercaban. Sin pensarlo dos veces comenzó a cojear de vuelta abajo y se ocultó en las oscuras sombras junto a la escalera.

-Que hijo de puta. –Esteban se quejó mientras agitaba lo que parecía ser la pata de una silla de madera en el aire. –¿Nos manda a nosotros mientras que él se queda a solas con Sid? Cuanto te juego a que cuando lleguemos la chica estará chorreando por el culo.

-Al menos no fuiste tercero. –Se quejó Nataniel. –Al menos vos pudiste probar algo, ¿Pero sabes lo que es meterla con todo ese relleno chorreándole? Creí que podría limpiar un poco con mi camisa y sólo terminé regándola más. Y que no reaccionara para nada le quitó algo de excitación.

Esos dos. Los ojos de Lincoln se estrecharon mientras los miraba desde las sombras. Sólo recordar aquel espectáculo revivían sus nauseas y las ganas de vomitar regresaban de formas tan fuertes que parecían nunca haberse ido. Y sintió la chispa de la rabia encenderse en su interior mientras veía aquellos chicos. Trató de calmarse, no saldría nada bueno de un enfrentamiento.

Recordó la sonrisa ganadora que Esteban dejó salir mientras se tocaba esperando por su siguiente turno, o la forma en que Nataniel quería meter el pene dentro de la boca de Sid. Ninguno de ellos parecía realmente afectado por lo que hizo; no pudo detectar un poco de culpa o remordimiento por sus acciones, más que eso parecían estar decepcionados por no poder continuar.

Lincoln se sintió totalmente impotente. No podía hacer nada realmente. Todo lo que tenía era un pedazo de vidrio, y no quería usarlo para nada que no fuera calmar sus ya alterados nervios. Tampoco quería meterse en alguna confrontación, sería un verdadero demente si creía que podría ganar contra esos dos, especialmente si uno de ellos estaba armado. Si lo veían quizás pudiera razonar con ellos, siempre que no supieran que Lincoln sabía lo que habían hecho, pero prefería evitarlo a toda costa

Lincoln no sabía si podría controlarse.

-¿Qué habrá pasado con las luces, Nataniel? No veo un carajo. –Esteban pateó una silla mientras comenzaba a rodear los escritorios.

-¿Se cortó un fusible? –Nataniel volvió a levantar la silla y la puso en el lugar. –Ni siquiera sé donde estamos, ¿Cómo esperas que lo sepa?

Esteban comenzó a buscar por los cajones como si esperar realmente encontrar algo útil. Quizás pensando que encontraría una mejor arma que una pata de escoba, una linterna o hasta la llave que los sacara de ese lugar. Lincoln se apretujó más contra la pared detrás de la escalera, con la oscuridad y las pocas luces sería difícil que lo vieran si no se acercaban y forzaban un poco la vista. Tendría que espera a que se fueran.

-Oye, ¿Crees que Sara esté aquí también, Esteban? –Nataniel le preguntó un poco preocupado.

-Sabía que te gustaba la chica. –Esteban se rio mientras le golpeaba un hombre.

-Ya cállate. Pero no me gustaría que Tobías la encontrar. Ya sabes, por lo de Sid.

Esteban se encogió de hombros mientras volvía a agitar la pata de escoba y comenzaba a rodear el lugar con la vista. Lincoln tembló un poco cuando aquellos ojos pasaron por el lugar donde estaba oculto. Si no tenía cuidado podrían verlo y no estaba seguro de como reaccionaría con esos dos, no sin sus pastillas.

-Lo que trato de decir es que, bueno, Sid es Sid, ella nunca habla y casi siempre se pierde en su propio mundo. Como si fuera una especie de muñeca o algo, realmente no creo que importe mucho. Pero Sara, bueno, ella es linda.

-Y ya le están creciendo las tetas. –Se tocó los pectorales y comenzó moverlos de arriba abajo mientras lanzaba besitos.

-¡Pero hablo enserio, Esteban! Te avivaste mucho después de hacerlo con Sid.

-Y podría estar asiéndolo ahora si Tobías no nos hubiera mandado por algo de comer mientras se quedaba "cuidando" el fuerte. –Ésa oficina no era un fuerte, simplemente colocó un escritorio contra la puerta, ahora debe de estar volviendo a darle duro a Sid mientras hablaban. –Mira, a mi también me gustaba Sid, por eso Tobías me dejó hacerlo primero. Si Sara está aquí entonces le decís a Tobías que te gusta y-

-¡Pero no quiero que le hagan eso a Sara! –Nataniel gritó. –Mierda, Esteban. Me importa un carajo Sid. Seguro ni se dio cuenta de que se lo estaba metiendo hasta el fondo cuando me tocó a mí. Pero Sara, mí Sara es especial. ¡Es mía! –Le gritó de forma dura.

-Eh, cálmate, Nat. –Lo señaló con la pata de la silla. –A mí no me importa mientras pueda tener a Sid, pero si tienes algún problema entonces arréglate con Tobías. El fue el de la gran idea. Y tú lo apoyaste.

-…Ya sé. Pero era Sid, ni siquiera puede hablar y ahora no hace nada más que quedarse tirada en el rincón sin reaccionar, realmente no me importa mucho la chica. –En realidad, Sid le molestaba desde antes. Aquella chica siempre estaba callada con la mirada en un simple punto y sin reaccionar a nada. Era linda, pero a la vez lo irritaba.

-Eh, no hables así de mi novia. Mejor agradéceme que se las estoy prestando, Nat. –

-Como sea. Si Sara está aquí no se la pienso entregar a Tobías.

-¿Te la vas a quedar para vos sólo? No creo que te deje meterla tan fácil como Sid.

Nataniel parecía querer decir otra cosa, pero un grito y el sonido de algo cayendo los distrajo a los dos. Parecía venir de otro pasillo del primer piso del asilo.

-¿Y eso?

-Quizás más chicos que están asustados o perdidos. O quizás tú linda Sara. –Esteban se rio un poco.

Nataniel lo ignoró y caminó hacia una puerta cerca de la pared con cuidado de no chocarse nada. Maldijo cuando se chocó la pierna contra un escritorio y se apoyó contra la puerta tratando de escuchar algo.

-Ya no escucho nada, ¿Qué crees que pudo haber pasado, Esteban?

-Yo que sé. ¿Vamos a ver? Quizás encontremos algo de comer y hasta a otra chica. ¿Qué tal?

-¿No te gustaba Sid?

-Me gusta, pero no me la voy a estar tirando siempre, y es algo aburrido ahora que se queda ahí tirada. Es como hacerlo con un muerto.

Nataniel no respondió mientras habría la puerta con cuidado. Estaba muy oscuro detrás de la puerta, pero no lo suficiente para no poder orientarse.

-Tú tienes el arma. –Le hizo un gesto con las manos para que entrara primero.

-Y yo pido primero, si nos encontramos otra chica. Quizás esto de ser una tribu pueda ser divertido.

-Me parece estúpido.

Los dos siguieron discutiendo mientras se alejaban por la puerta.

Lincoln salió desde las sombras con una mano cubriendo su estomago mientras sus ojos vacíos miraban el lugar donde aquellos dos se habían ido.

-Asqueroso.

Esa era la única palabra en la que podía pensar. Aquellos dos eran realmente asquerosos. No sólo habían violado a aquella chica sin ningún remordimiento, sino que ni siquiera creían que habían hecho nada malo. Sólo porque esa chica era diferente creían tener derecho a hacerle lo que quisieran. Sólo porque ya no luchara pensaban que su cuerpo ahora les pertenecía y podían tenerla para ellos.

Y lo peor de todo, parecían estar buscando más.

-Asqueroso.

Sí, esa era definitivamente la palabra perfecta para esos dos. Asquerosos y estúpidos. Ni siquiera vieron correctamente la habitación, de haberlo hecho hubieran visto el cadáver detrás del vidrio y quizás lo hubieran pensado mejor antes de dirigirse hacia un grito en medio de la oscuridad en un lugar desconocido.

Quizás la próxima vez que los viera tendrían el cuello rajado y les hubieran arrancado los genitales. ¿Cómo lo llamaría Lucy? Karma, sí, así era.

Esperó un minuto por si regresaban y después salió de su escondite en las sombras con cuidado. Subió hasta el medio de las escaleras y trató de escuchar si alguien más arriba. Al no escuchar a nadie comenzó a subir. No tenía más deseos de quedarse en el primer piso, era mejor dejárselo a los verdaderos dementes.


Detrás del vidrio de seguridad, mirando como Lincoln subía lentamente las escaleras. Una cámara de vigilancia sobre la puerta se había reactivado en algún punto de la conversación entre Esteban y Nataniel. Mientras los dos estaban demasiado distraídos discutiendo, aquella cámara había captado absolutamente todo en el cuarto. Lo había recorrido con cuidado como si estuviera buscando algo.

No fue hasta que Lincoln salió de las sombras que la cámara de vigilancia se centró en él y sólo en él. Lentamente siguió su recorrido hasta que Lincoln se perdió en el segundo piso. En ese momento la luz de la cámara se apagó y nuevamente fue inservible.


Lincoln tardó un poco en encontrar el baño, aunque ya lo había pasado antes, las cosas parecían muy diferentes ahora que la mayoría de las luces estaban fuera. Tuvo que recorrer cada pasillo con mucho cuidado esperando no toparse con nadie más, y cojear hasta el cuarto de baño. Se metió en el baño para hombres y rezó mentalmente porque todavía hubiera agua.

Se preocupó cuando un pequeño pero potente chorro de agua salió disparado del grifo antes de detenerse, pero unos segundos después un segundo chorro salió y finalmente el agua comenzó a correr. Con un suspiro de alivió se lavó la cara y después comenzó a beber agua directo del pico. Estaba mortalmente sediento. La situación no le había permitido concentrarse tanto en sus necesidades. No había tomad agua desde ayer por la tarde, y su falta de píldoras también significó una falta de comida y agua.

Aunque tampoco se lamentaba mucho el no haber cenado. Sus comidas carecían de sal, y nunca le daban postre. Y siempre era lo mismo. Sopa, carene o pollo, una ensalada y sus píldoras. Aunque se hubiera conformado sólo con sus píldoras.

Afuera la tormenta se hizo más salvaje y los rayos comenzaron a rugir en los cielos. Lincoln escuchó uno tan fuerte que sintió que había pasado justo sobre su cabeza.

Limpió la sangre de su mano derecha con cuidado. El corte no parecía ser muy profundo, pero abarcaba toda la palma de su mano, no era de extrañar que hubiera sangrado tanto. Le ardería y picaría por un tiempo.

Se apoyó con cansancio contra la fuente y trató de mantener la mente clara. Albert siempre le dijo que en momentos así tenía que mantener la mente despejada a menos que quisiera recibir una orden de sedantes y una nueva camisa sólo para él.

Dios, como odiaba a ese hombre. Pero al menos sus concejos eran útiles.

Levantó su cabeza, y jadeó del horror al ver la sala de torturas que vio cuando era niño.

Retrocedió un paso sin despegar la vista del enorme espejo frente a él.

Podía ver la cama con aquel sucio trapo que el cerdo había usado para limpiar su propio semen de su pecho, una bandeja con elementos repletos de sangre seca, incluso la pistola bajo la mesa. Pero lo que más llamó su atención fue la silla. Lincoln se veía reflejado frente a la silla donde había estado atado y había sido marcado. Inconscientemente llevó su mano hacia el siete quemado en su pectoral izquierdo. Esa habitación, su último deceso a la locura comenzó en esa habitación.

El horrible toque del cerdo que lo manoseó revivió de tal forma que podía sentir las manos nuevamente tocando su piel mientras jadeaba descontroladamente. Lincoln retrocedió nuevamente y el reflejo en el espejo pareció acercarse un poco más a la silla. Era como si aquella silla lo estuviera llamando. Como si exigiera terminar lo que inició.

Lincoln jamás debió escapar de se lugar. Se suponía que sería marcado, y entonces "desfilaría" para un montón de locos que seguramente votarían por él. Y entonces… entonces…

Eras nuestro.

Lincoln tembló. En algún momento, detrás de su reflejo, la imagen de aquel hombre había aparecido. El hombre detrás del espejo puso sus manos sobre sus hombros y Lincoln pudo sentirlas como si realmente lo estuviera tocando.

Nuestro invitado especial. –Puso una mano sobre el pectoral izquierdo del Lincoln del espejo. Ésta marca lo demuestra. Jamás has dejado de pertenecernos. Vamos, la votación está por iniciar. –Bajó su cabeza hasta tenerla contra la de Lincoln. Lincoln sintió muy bien los cabellos de aquel hombre rozándolo antes de tener todo el contacto de su mejilla contra la suya. Mi hija en especial te está esperando. Creo que incluso le gustaste. ¿Sabe? Ella no acostumbra orinarse sobre todo el mundo. Si te portas bien, estoy seguro de que te dará otro gustito.

Siempre estoy lista para darlos. –Ahora fue Matilde quien apareció detrás de Lincoln. Y tú parece que estas preparado, ¿No galán? Jejeje.

Lincoln sintió como las manos de Matilde rozaban la erección del Lincoln del espejo. Y las sintió tocar su propia erección. No, eso estaba mal. Él no estaba excitado de ninguna forma. Le daba asco sólo pensar en esas cosas. Ni siquiera podía aguantar ver otros cuerpos desnudos y mucho menos el contacto físico, es por eso que ahora se bañaba sólo.

No te avergüences. Prometo enseñarte muchas cosas ricas. –Matilde levantó su pequeña falda y Lincoln pudo ver su zona vaginal, pero en esta ocasión estaba repleta de piercings; uno de ellos atravesaba su clítoris, mientras los otros estaban totalmente desordenados entre sus labios inferiores. Estás en la edad donde todos los chicos tienen que tirar leche cada hora del día después de todo. –Abrió su vagina y Lincoln pudo ver pequeñas cuchillas que sobresalían como colmillos dentro de las paredes vaginales de Matilde.

Duele como una hija de puta, pero ya jamás te suelta. Jamás lo hace. La entrepierna de aquel hombre comenzó sangrar bajo sus pantalones mientras comenzaba rascarse y lanzaba una sonora risa.

Matilde tomó la mano del Lincoln del espejo y comenzó a dirigirla dentro de su vagina. Lincoln ya podía sentir el roce de las cuchillas contra sus dedos cuando un relámpago lo obligó a reaccionar y se llevó todas las imágenes del espejo.

Lincoln cayó de rodillas mientras jadeaba.

Aquellas imágenes habían sido tan reales que todavía podía sentir las manos de Matilde en su entrepierna. Era sumamente asqueroso, esa chica era la más asquerosa de aquella maldita familia. Lo que le hizo, lo que seguramente pensaban hacerle todos. La mujer de rojo lo había mencionado. Usarían la última hora para purgar a su bestia interna con Lincoln, la dejarían salir en su estado más puro de depravación y se tomarían su tiempo con él mientras era observado por docenas de ojos.

Cerró los ojos y se mantuvo en el piso mientras trataba de borrar los últimos rastros de ese recuerdo.

Caníbal o no, Lincoln necesitaba esas pastillas. Ya no sabía que seria peor, ser devorado por un monstruo que quizás tuviera la decencia de matarlo antes de mutilarlo, o caer ante sus alucinaciones y recuerdos del horror vivido hace un año. La decisión resultó ser más simple de lo que creyó posible.

Su desesperación por las píldoras hizo que se sintiera como un simple drogadicto que se mete a un hospital por la noche en busca del objeto de su adicción.

-Soy patético.

Necesitaba la lucidez de las píldoras para sobrevivir. De no ser por ellas seguramente se hubiera suicidado hace tiempo, por ellas y por la camisa de fuerzas que le impedía morder sus propias muñecas en la habitación acolchada.

Se levantó con cuidado y volvió a lavarse la cara mientras miraba su reflejo. A veces se preguntaba quien era el chico detrás de aquel espejo. Ya no podía reconocerse a si mismo. Con una expresión de furia golpeó el vidrio con todas sus fuerzas y este se agrietó hasta destrozar su propia imagen reflejada. Restos de vidrio se enterraron en su puño y comenzó a sangrar, Lincoln tuvo que limpiarlo cuidadosamente con agua.

Eso había sido estúpido, y no sólo porque el sonido podría alertar a cualquiera que estuviera lo bastante cerca para escucharlo a través de la tormenta, sino porque se había lastimado aun más la mano derecha.

Además de sus píldoras necesitaría algunas vendas y alcohol.


Antes de que Lincoln se decidiera a bajar las escaleras, decidió volver a la oficina de antes. Podría seguir el ejemplo de Esteban y romper la pata de una silla para defenderse. Era mejor que un pedazo de vidrio que lastimara su mano, pero aun así lo conservó. Sólo la punta le recordaba a la navaja que salvó su vida y lo tranquilizaba.

Se detuvo cuando vio la puerta de aquella oficina entreabierta. Estaba seguro de que la había cerrado antes.

-…siento…

Escuchó algo venir de aquella puerta. Parecían pequeños sollozos. La voz se le hizo algo desconocido pero estaba seguro de que la había escuchado antes.

Se acerco con cuidado de no hacer ruido y la voz fue ganando más claridad, parecía ser joven y le recordó a alguien que había visto antes.

-Lo siento… Lo siento… Lo siento…

Se estaba disculpando. Lincoln se confundió mientras llegaba hasta la puerta y miró con cuidado por la rendija. Tendría que haberse alejado, pero ahora creía entender un poco a aquellas personas que se acercan donde no deben sólo por escuchar voces infantiles.

Lo que vio fue el cuerpo de Tobías convulsionando en el piso mientras su cabeza era un amasijo irreconocible de sangre y carne. Sería imposible reconocer su rostro en esas circunstancias.

-Sólo quería mi cobijita… es todo… Lo siento.

Reconoció al chico que dijo que el cielo se estaba cayendo. Tenía una pata de escoba en la mano y la usaba para seguir golpeando la cara de Tobías mientras se disculpaba. Por cada golpe más sangre y restos de carne eran desprendidos del cuerpo de Tobías. Una gran cantidad de esa sangre había manchado la ropa blanca de aquel chico, pero apenas parecía notarlo mientras seguía golpeándolo mientras lloraba.

Lincoln se quedó contemplando aquella escalofriante escena. No sabía que había pasado entre los dos, pero era mejor alejarse antes de que lo vieran.

Recordó la combersacion de Esteban y Nataniel. Al parecer se habían hecho de un fuerte justo en la oficina donde se había refugiado antes, y mientras esos dos se iban a buscar provisiones, en algún punto Tobías se había cruzado con aquel chico y… de alguna forma había terminado muerto en el piso con su cara destruida.

-¡Sólo quería mi cobijita! –El chico gritó con fuerza al cuerpo. –¡No me quería tirar a una chica! ¡No me interesaba unirme a tu tribu! ¡Sólo quería mi cobija! Tengo mucho miedo sin mi cobija. –Pateó el cuerpo de Tobías con fuerza. –¡Pero no! ¡Te negaste a darme mi cobija! ¡Sé que la tienes! Todos me la quitan cuando la necesito, y se que la tienes escondida en alguna parte. Lo sé. –Golpeo nuevamente el rostro de Tobías y esta vez la pata de escoba se hundió profundamente cuando terminó de destrozar el cráneo. Parte de la lengua sobresalió y un líquido grisáceo comenzó a escurrir de su cabeza junto a la sangre.

Lincoln retrocedió y se apoyó contra la pared. Escuchó cuando el chico comenzó a destrozar el lugar gritando por su cobijita. Supuso que no era el único al que le habían negado sus pastillas la noche anterior. Había una razón por la que estaban en aislamiento después de todo, aunque las suyas eran un poco diferentes de las que ese chico ahí dentro podría tener.

Tendría que haberse ido, pero no pudo evitar asomarse otra vez en busca de Sid. No podía ver todo por esa rendija, y ciertamente no vio a Sid. Si estaba en otra parte de la habitación no podría verla sin entrar, y no planeaba entrar con es loco destrozándolo todo. De todas formas, si estaba ahí lo más seguro es que no hubiera sobrevivido a la furia de aquel chico.

Lincoln se separó de la pared y comenzó a alejarse.

Tendría que sobrevivir con un fragmento de vidrio.


NA: Bueno, no espero mejorar mucho mi ortografía con unos pocos días de autoestudio. Es más complicado cuando no tienes a nadie que te ayude con tus dudas y señale correctamente tus errores. Me recomendaron leer más y es lo que estoy haciendo actualmente.

Volviendo al fic, no haré muchos comentarios sobre el capitulo. Ya debieron notar los claros cambios que la purga tuvo en Lincoln y su personalidad, y las cosas se pondrán un poco más difíciles para el joven Loud dentro de poco.

Al menos ahora cuenta con un poco más de experiencia en noches de horror y muerte.

En cuanto a las hermanas, ellas tendrán sus momentos en el fic, pero serán sólo en los interludios. No olviden que Asylum iba a ser un fic creado entre La noche de Lincoln y Sueños rotos. Por otro lado, creo que Sueños rotos realmente no hubiera tenido mucho sentido si no subía este trabajo antes. (Supongo que tendré que volver a escribir el prologo de Sueños Rotos cuando termine Asylum. Bueno, así es la vida)