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Decimocuarta sesión

-Veo que ya te estás acostumbrando, Lincoln Loud. –Albert vio como Lincoln levantaba una pequeña pesa de plástico rellena con agua con su mano izquierda.

Lincoln dejó lo que estaba haciendo y se dio la vuelta. No era costumbre de Albert molestarlo en rehabilitación, pero tampoco faltó a ninguna de ellas. Desde que comenzó a tratar su pierna y ahora a tratar con su brazo, Albert siempre se había quedado en la puerta, observando. Era realmente incomodo.

Lincoln lo miró con rencor. Desde que hizo aquella acusación sobre sus hermanas había decidido mantener su guardo arriba cada vez que estaban en sesión. Por otra parte, Albert parecía haberse dado cuenta de eso y en lugar de ofenderse o tratar de averiguar el problema, simplemente había sonreído y no había vuelto a tocar cualquier tema que tuviera que ver con su "escape" a la purga.

Nuevamente Albert sonrió mientras miraba fijamente a Lincoln. Para Lincoln esa mirada no podía traer nada bueno, era algo que había aprendido en poco tiempo desde que trataba con este supuesto doctor. Cada vez que sonreía de aquella forma, tocaba temas que Lincoln prefería dejar atrás.

-Vamos a reducir tú dosis de pastillas.

Los ojos de Lincoln se abrieron con horror mientras perdía cualquier tipo de expresión desafiante y la pesa cayó de su mano izquierda.

No. No. No. ¡NO!

No podía hacer eso. No podía quitarle sus pastillas.

¡Las necesitaba!

No fue hasta que su dosis aumento que… que todo había parado. Sus pesadillas ya no lo atormentaban e incluso sus alucinaciones se habían detenido. Nada de eso había sido posible hasta que su dosis de píldoras azules, amarillas y rojas aumentó. ¡El mismo doctor Albert había ordenado aumentarlas!

¿Por qué? ¿Por qué ahora quiere quitárselas?

-Quieres hacerme daño, ¿Verdad? –El doctor Albert sonrió mientras levantaba una ceja y miraba a Lincoln con aquella molesta sonrisa. –Sí, eso es exactamente lo que quieres. ¿Pero sabes acaso porque quieres hacerme daño? –Comenzó a rodear a Lincoln.

Lincoln cerró fuertemente sus puños. Realmente quería hacerle daño al hombre que decía ser doctor. Podía soportar todas sus estúpidas y malditas sesiones incomodas, pero no le permitiría quitarle sus pastillas.

-Se debe a que eres un adicto, Lincoln Loud. –Dejó de rodear a Lincoln y se a paró frente a él.

La furia fue reemplazada por la confusión mientras miraba fijamente a Albert. Lincoln no había entendido muy bien lo que acababa de decir.

-Había probabilidades de que tus preciadas píldoras pudieran causarte una severa dependencia, y finalmente una grave adicción. Visto de este modo, te has convertido en un yonqui. Por supuesto, a diferencia de los yonquis no tienes que chupar pollas en baños públicos por propinas que te permitan pagar tú próxima dosis, nosotros te lo estamos administrando. Y eso, como veras, no es muy conveniente para el asilo. No es nuestra intención crear drogadictos.

¿Drogadicto? Él no era un maldito drogadicto. No sentía que aquellas pastillas fueran realmente una necesidad tan básica como comer, no era nada de eso. Realmente las necesitaba. Sin esas pastillas todos ellos volverían para atormentarlo por las noches.

Los recuerdos de la purga comenzaron a inundarlo mientras su pequeño cuerpo comenzó a temblar. Recordaba perfectamente a todos ellos, cada uno peor de lo que fue el otro. Cada uno de sus verdugos ansiosos por poseerlo y convertirse en su demonio personal.

Los payasos. Ellos fueron los primeros, apenas pudo evadirlos, pero lo que vio… lo que pudieron hacerle si lo hubieran atrapado. Le rompieron la cabeza aquel hombre y jugaron con él como si fuera un simple ratón. De no haber quedado atrapado en aquel tiroteo su primera hora hubiera sido la última.

El monstruo, era grande y temible. Pero aquel que aparecía en sus pesadillas lo era aun más. Al menos el monstruo que lo persiguió en la vida real tenía un rostro humano bajo la mascara, pero el monstruo que lo atormentaba era real. Una criatura terrible, incontenible y hambrienta de carne de niño. La suya en particular.

Presionó fuertemente su cabeza cuando comenzó a recordar a aquella familia. Ellos fueron quienes le enseñaron que el sufrimiento no sólo puede ser físico. La humillación y depravación que vivió en sus manos… y lo peor de todo es que ellos iban a ser sus verdugos finales. En la hora final, ya sea que ganaran o no, Lincoln sabía que jamás lo hubieran dejado ir.

Tocó la marca en su pectoral izquierdo y pudo oler nuevamente la carne quemándose mientras el cerdo se masturbaba frente a él y descargaba aquel asqueroso chorro blanco. Ni la carne quemada pudo ocultar el olor a pescado descompuesto que ese líquido desprendió cuando le cayó encima.

Su mente se sentía apunto de romperse cuando recordó a la mujer de rojo, ella fue una de las peores. Aquella mujer… realmente creyó que lo ayudaría. Tuvo esperanzas de que entendiera que estaba sufriendo, pero… Pudo sentir la lengua de aquella mujer pasando por su mejilla mientras recordaba aquel encuentro.

Finalmente Lincoln tuvo que rendirse a las exigencias de aquella mujer sólo para ser libre de la familia. Y sólo liberó su brazo derecho, de no ser por la punta de navaja hubiera sido su final.

Aquella mujer ni siquiera lamentó lo que había hecho.

Sintió que su mundo terminaba de destrozarse a su alrededor cuando recordó a Mike. Lo que le hizo ese hombre terminó por destruir todo su mundo y sus esperanzas. Lincoln Loud murió en ese momento. Estuvo seguro de eso. Albert dijo que no podría haber sobrevivido, que no debió haber sobrevivido. Y no lo hizo.

Y finalmente…

Ella.

El mayor terror de Lincoln.

Aquella dulce niña que lo intoxicaba con sus palabras de amor y cariño mientras lo consolaba con sus caricias. Sus tiernas palabras repletas de confianza y crueles verdades. La voz que tanto reconfortaba a Lincoln y se sentía obligado escuchar.

Lincoln tapó sus oídos. Si Albert estaba diciendo algo no podía escucharlo. No quería escuchar a nadie.

Mucho menos a ella.

Por que si la escuchaba entonces jamás dejaría de hacerlo. Jamás podría liberarse de ella.

Lincoln sería prisionero de sus dulces palabras y sus caricias. Se vería tentado a escuchar y creer todo lo que ella dijera.

Sus hermanas.

Ella odiaba a sus hermanas.

Las odiaba a todas.

Lincoln no podía recordar mucho de aquella última hora, pero recordaba el dolor y la muerte. La imagen de sus hermanas muertas en sus habitaciones de formas brutales. La sonrisa de aquella dulce niña que tomaba su mano y contemplaba su obra como si estuviera cumpliendo el sueño de ambos.

Su mayor terror.

Pero a la vez su mayor deseo.

Ansiaba la paz que ella le otorgaba.

Levantó la vista y se encontró con la pequeña sonrisa de Albert.

-Sobrevivirás. ¿Qué es una desintoxicación para un milagro médico, Lincoln Loud? Si sobreviviste a la purga podrás sobrevivir a esto.

Lincoln cerró fuertemente sus puños.

Realmente desearía golpear al hombre frente a él.

-Más tarde te enseñaré algunos ejercicios de respiración, podrías necesitarlo mientras dure tu desintoxicación. Mientras tanto, será mejor que te concentres en tú rehabilitación.

Regresó a su lugar usual, pero el resto de la hora Lincoln se la pasó de rodillas pensando en cada uno de los demonios que lo visitarían por la noche.


El cuerpo de Lincoln comenzaba a temblar mientras regresaba al primer piso. Ahora que sabía que la muerte acechaba en el asilo cada paso en falso podría ser fatal. Podía sentir su estado mental deteriorándose mientras bajaba cada escalón. Sabía que hasta ahora había logrado mantener la cordura con los últimos restos de su medicina en su sistema. Pero era sólo cuestión de tiempo, y no le quedaba mucho.

No tardó en notar que el lugar era como una versión más grande y lúgubre del asilo juvenil en donde estaba internado, pero de ser así, ¿Y los guardias? ¿Y los enfermeros? Incluso tendría que haber visto a un conserje. Pero hasta ahora sólo había visto a sus compañeros de aislamiento y otros chicos que nunca había visto antes, eso y a aquel loco caníbal.

Todo el lugar era como una maldita película de horror en la que estaba atrapado.

-No es la purga.

Trató de repetirse eso nuevamente. No podía ser la purga. Era totalmente imposible que fuera la purga, aun faltaban veinte días para el inicio de la purga, y la pasaría encerrado en cuatro paredes acolchadas mientras una reja electrificada protegía el lugar. Hasta donde sabía, nadie había atacado un asilo de dementes desde que se aprobó la purga, así que esto no podía ser la purga.

¿Pero si no era la purga? ¿Qué era?

Sea lo que sea, tenía que sobrevivir a esto. No sabía por cuanto tiempo, pero ya habría tiempo para pensarlo cunado encontrara sus pastillas.

Tenía que haber pastillas en alguna parte de ese lugar.

Había otras tres puertas más en el salón a parte de la que habían tomado Esteban y Nataniel, por lo que Lincoln decidió probar suerte con alguna de ellas, no le gustaría cruzarse con cualquiera de los dos mientras exploraba los pasillos, si es que seguían con vida. Eligió la más cercana a él, pero la puerta estaba cerrada. La siguiente también estaba cerrada. Sólo quedaba la puerta que habían tomado esos dos y otra que estaba más alejada.

Lincoln intentó con la que estaba más alejada, y maldijo internamente cuando se dio cuenta de que también estaba cerrada. Podría intentar forzarla, pero el ruido que haría seguramente atraería a aquel caníbal y a cualquier otra persona por los alrededores. No podía confiar en que el caníbal fuera lo único malo suelto por el asilo. En la purga siempre creyó que había visto lo peor, pero cada hora resultaba ser aun peor que la anterior.

Lo que más disgustó a Lincoln de tener que escoger esa puerta fue el creciente sentimiento de que lo estaban dirigiendo. La mayoría de las puertas estaban cerradas, había rejas cerradas por los pasillos, y las luces que se encendían y se apagaban. Eso combinado con el misterio de como había terminado en un lugar totalmente diferente al asilo juvenil.

Cada vez que se detenía a pensarlo aparecían nuevas incógnitas, pero no era algo que Lincoln quisiera investigar, era algo a lo que Lincoln quería sobrevivir. Él no tenía intenciones de comenzar a recorrer el asilo mientras desentrañaba cada uno de sus misterios, lo que quería era encontrar un puñado de pastillas y ocultarse debajo de la cama hasta mañana. Y eso era precisamente lo que iba a hacer.

Abrió la puerta lentamente y con cuidado, no quería alertar a nadie de su presencia. Caminar silenciosamente con una cojera era difícil, pero trató de mantenerse lo bastante equilibrado para no hacer ruido.

El lugar era más oscuro que la sala anterior, pero un pequeño parpadear de la luz en el techo la alumbraba por unos segundos antes de apagarse. Lincoln pudo ver una mesa pequeña y algunas sillas dispersas, había un pequeño sofá y una televisión pequeña contra la pared. Cuando las luces volvieron a encenderse vio un refrigerador portátil con una cafetera sobre él. Cuando las luces se encendieron otra vez pudo ver cuatro casilleros, uno de ellos estaba abierto, pero estaba vacío.

Le recordó un poco a la sala de maestros de su escuela. Quizás era un lugar idéntico, pero ésta vez para los enfermeros.

Se acercó a la mesa y pudo ver algunos papeles de golosinas y aperitivos abiertos por ahí. Uno de ellos estaba a medio comer y no parecía que lo hubieran dejado hace mucho. Quizás Esteban y Nataniel habían sentido apetito y habían decidido comer algo antes de continuar con su búsqueda. Encontró una bolsa tirada junto a la mesa, estaba llena de los mismos aperitivos y golosinas, fue cuando recordó que los dos habían mencionado algo sobre buscar suministros. Si habían dejado esa bolsa ahí entonces no debían andar muy lejos.

De todas formas, la habitación no parecía contar con su propia farmacia, por lo que Lincoln decidió continuar con su búsqueda en otro lugar. Y era mejor que lo hiciera antes de toparse con esos dos.

Abrió la puerta con el mismo cuidado que la anterior y se encontró con un pasillo similar a los de arriba. El lugar realmente era grande, tendría que tener cuidado de no perderse, no sería seguro.

Se movió con cuidado mientras se apoyaba contra la pared mientras trataba de estar atento a cualquier sonido, no era una tarea fácil con la tormenta creciendo afuera.

Al llegar a la esquina vio una sombra que cruzaba rápidamente y lo golpeaba ferozmente en el estomago. Lincoln sintió como salía volando hacia atrás antes de caer al piso. Por un segundo perdió total conocimiento de que había pasado y donde estaba, sólo podía sentir el intenso dolor en su estomago. Sin darse cuenta soltó el pedazo de vidrió y sujetó su estomago.

-¡Puedo olerte el coño, puta! –Un hombre desudo de alrededor de dos metros le gritó desde arriba. –¡¿Pensante que no te encontraría?! ¡Olí tu asqueroso coño usado desde kilómetros!

El grito fue suficiente para despertar a Lincoln de su estupor y pudo centrarse en el hombre frente a él. Las luces volvieron a titilar mientras miraba a su atacante: estaba desnudo, su cuerpo era velludo y tenía una gran mata de pelo sobre la cabeza. Era una imagen salvaje. Lo más impactante para Lincoln fue que parecía carecer de testículos. Volteó la vista por instinto mientras se daba la vuelta y trataba de levantarse.

-¡Me las vas a pagar puta! ¡Me las vas a pagar! –Siguió gritando mientras se acercaba a Lincoln.

Lincoln trató de levantarse y correr, pero sintió como la mano peluda de aquel hombre lo sujetaba del cuello y lo tiraba hacia atrás.

-¡¿Crees que fue divertido?! ¿Te pareció divertido? ¡Tú hermana jamás se quejó de nada! ¡Ella me las chupaba cuando se lo pedía! –Lanzó una desagradable sonrisa. –Eran bombones de azúcar después de todo. ¡Sólo bombones de azúcar!

Tomó a Lincoln del cuello con ambas manos y lo sujetó contra la pared. Fue cuando comenzó a llorar sin control.

-Yo las amaba. Las amaba a ambas. ¡Sólo quería demostrarles mi amor! –Comenzó a sollozar como si fuera un niño mientras agitaba la cabeza. –¡Pero lo arruinaste! ¡Hubiéramos sido muy felices los tres! Hubieran podido tener a mis hijos. Las niñas de las niñas de papá, ¿No es hermoso?

A Lincoln le pareció desagradable.

-Sólo bésame amor. Muéstrale a papi que aun lo amas. –Juntó los labios y comenzó a besar a Lincoln directamente en la boca. Cuando Lincoln trató de resistirse presionó fuertemente su cuello y fue forzado a abrir la boca en busca de aire. La lengua de ese hombre comenzó a bailar sin control dentro de su boca. Sabía asqueroso. Y no pudo evitar oler una peste rancia mientras lo besaba. –Eso fue maravilloso. Sabía que aun me amabas. –Le dijo mientras se separaba. –¡Pero eres una puta! –Tiró a Lincoln contra el piso fuertemente. –¡Puta! ¡Puta! ¡Puta!

Lincoln casi sintió que su espalda se rompía cuando cayó al piso.

-¡Dime que me amas! ¡¿Por qué no me dices que me amas?! ¡Habla maldita perra cogida!

Lincoln se arrastró rápidamente hacia atrás cuando el pie de aquel hombre cayó sobre su entrepierna, apenas pudo evitar ese terrible pisotón.

-Ya te gustaría que te cogiera ahora mismo como a tú hermana. ¡Tú hermana me lo pidió! ¿Entiendes? Cada día en el baño. –Juntó las dos manos cerca de la boca. –Papi, papi. ¿Me limpias la colita? Me pica mucho. Gracias papi. Papi, ¿Me puedo bañar con vos?

Lincoln retrocedió mientras aquel hombre desvariaba. Miró a su alrededor en busca del fragmento de vidrio mientras aquel hombre desnudo se acercaba a él. Las luces volvieron a parpadear y pudo ver el brillo del vidrio cerca de él, tenía que recuperarlo.

-¿Lo entiendes? ¡Ella lo estaba buscando! –Se rio. –Lo lamento, pero tú hermanita era una puta. Lo que más le gustaba era lamer mis bombones de azúcar… le encantaba. ¡Pero lo arruinaste! –Corrió hacia Lincoln y volvió a levantarlo. –Queríamos que fueras parte de algo hermoso, pero lo arruinaste. ¡Pídeme disculpas! ¡Quiero que me pidas disculpas mientras lloras! ¡Mientras ruegas por comerte mis bombones de azúcar! ¡Los bombones que tú me quitaste! Oh, pero antes me vas a lamer el culo. ¡Me lo lamerás hasta el fondo hasta que te diga que pares! ¡Vas a festejar por cada uno de mis pedos cada vez que te los lance! ¡Será mejor que los saborees todos! ¿Entiendes perra? ¿Entendiste cogida de cuarto? –Presionó fuertemente el cuello de Lincoln mientras seguía gritándole. –¡Habla de una vez, coño usado!

Lincoln le calvó el vidrio fuertemente contra la muñeca.

-¡Perra! –Gritó mientras lo soltaba. –¡Eres una perra arruina hogares! ¡Siempre supe que estabas celosa de tú hermana por ser mi favorita! –Sonrió. –Ella lo lamía bien, y no se quejaba. Jamás se quejó. Cuatro años de edad y nunca se quejó de nada.

Una mescla de furia y asco se mesclaron dentro de Lincoln cuando escuchó eso.

-Ella sabía chupar.

Chupa.

La cabeza de Lincoln tembló mientras los recuerdos de la mujer que le arrebató su inocencia lo inundaron. El hombre frente a él no era muy diferente a ella. Podían verse diferentes, pero eran iguales.

Ninguno de los dos se arrepentía de lo que había hecho, y ambos estaban dispuestos a repetirlo.

-Vamos, dale otro beso a papa. ¡Y comienza a lamerle el culo! –Se lanzó contra Lincoln con un terrible manotazo. Lincoln se agachó mientras lo apuñalaba en el estomago con todas sus fuerzas. –¡Maldita puta! ¡Verónica eres una puta como tú madre!

Empujó a Lincoln hacia atrás y lo volvió a tirar al piso. El fragmento de vidrio aun estaba hundido en su estomago. Lincoln se levantó rápidamente mientras aquel hombre se quitaba el vidrió del estomago y lo tiraba al piso.

-¡Pagaras por-¡hg!

Lincoln lo empujó con todo el peso de su cuerpo y lo tiró al piso.

-¡Perra! ¡Perra puta!

Tomó el fragmento de vidrió y comenzó a correr al lugar de donde vino. No podía enfrentarlo. Lo más seguro que podía hacer para seguir con vida era escapar. El dolor en su pierna parecía revivir mientras los recuerdos de todas sus fugas regresaban a él. La mayoría no habían terminado bien.

Cerró la puerta detrás de él y puso un pequeño seguro en el mismo instante que un enorme peso chocaba contra ella.

-¡Abre la puerta! ¡Se que la tienes Verónica! ¡Se que mi princesita está ahí adentro contigo! –Gritó mientras seguía golpeando la puerta con fuerza. –¡Abre de una vez y comienza a comerme el culo!

Lincoln retrocedió con su respiración errática mientras regresaba hacia atrás.

-¡Cooooobijaaaaaa! –Escuchó que llamaban detrás de la puerta. –¡Cobija! ¡Háblame!

-Carajo.

El que ambos fueran de aislamiento no los hacia amigos. Al contrario, Lincoln se había alejado de él la primera vez que lo vio y lo había dejado lloriqueando por su cobija. Seguramente no le tendría mucha estima si lo veía otra vez.

La puerta comenzó a temblar detrás de él mientras aquel loco seguía gritando obscenidades.

Lincoln miró alrededor con su corazón latiendo sin control dentro de su pecho.

-El casillero.

Lincoln volvió su vista hacia el casillero abierto y cojeó hacia él. Se metió adentro y cerró la puerta al mismo tiempo que la otra puerta se abría con un terrible golpe.

-¡Ahora sí! ¡Donde está mi pequeña princesa! ¡Tengo una rica salchicha de chocolate sólo para ella! ¡Porque me quitaste los bombones de azúcar, perra!

Lincoln vio por las rendijas del casillero como aquel hombre desnudo comenzaba a caminar alrededor y a mirar por todos lados.

-¡Te dije que puedo olerte el coño! ¡Lo tienes tan apestoso como tú madre! –Se rio sonoramente. –A esa perra no le gustaba comer mis bombones, pero no le importaba entregarle el culo al vecino. ¿Dónde estás Verónicaaa? Se que estás aquíii.

Comenzó a buscar bajo la mesa y tiró el sillón de una patada.

Su vista se posó en los casilleros y sonrió.

Lincoln presionó fuertemente el fragmento de vidrio en su mano. Nuevamente sentía como las astillas de vidrio se clavaban en su carne y comenzaba a sangrar.

-Puedo olerte la concha. –Se acercó lentamente. –Tranquila, papi aun te ama. Y te dará una oportunidad para que volvamos a ser una familia. Tendrás a mi nieto, ¿Qué te parece? Sí, se que aun falta tiempo para que puedas tenerlos, pero nuestro amor familiar podría desencadenar un milagro.

-¿Cobija?

El hombre desnudo volteó rápidamente su cabeza hacia la llamada.

-¿Estás aquí cobija?

Sus ojos se tiñeron de rojo por la rabia y comenzó a correr hacia el origen de la voz.

-¡Eres una puta! ¡Me has hecho ver como un tonto Verónica! –Abrió la puerta con fuerza y salió del rango de visión de Lincoln.

-¡Dame mi cobijita!

-¡Lámeme el culo!

Lincoln salió del casillero en cuanto escuchó como los dos comenzaban a pelear. La pelea parecía ser bastante fuerte, seguramente aquel chico aun tuviera la pata de escoba con él, mientras que el hombre desnudo sólo tenía su fuerza y su tamaño. Sí, era una pelea dispareja y Lincoln no creía tener mucho tiempo para huir.

Salió corriendo hacia la puerta destrozada y la cerró lo mejor que pudo. Jamás volvería a cerrar adecuadamente, pero era mejor mantener tantas barreras como fuera posible con ese hombre.

Cojeó lo más rápido que pudo mientras se apoyaba contra la pared. Aquel encuentro había revivido varios recuerdos desagradables y su cabeza había comenzado a palpitar sin control en la zona del disparo. Podía escuchar su propio corazón latiente como si estuviera situado junto a su oído y su respiración se había vuelto errática.

Había pasado tiempo desde que sintió miedo de algo real. Nada de monstruos imaginarios o pesadillas. Los monstruos reales, aquellos que se ocultaban bajo la piel de los seres humanos. Nuevamente le había hecho frente a uno y nuevamente había sobrevivido a duras penas.

Lo que sea que pasara en ese asilo era real, y Lincoln tenía que tener cuidado de no morir mientras lo recorriera. A diferencia de la purga, ese lugar tenía un espacio limitado de movimiento, y la mayoría de las puertas parecían estar cerradas, lo que aumentaba las probabilidades de que se encuentre nuevamente con ese hombro o con cualquier otro loco.

Su idea de encontrar un lugar seguro donde esconderse hasta que todo termine comenzaba a sonarle muy fantasiosa. Lo mejor que podía hacer era encontrar sus pastillas y una salida del asilo. Quizás en las calles pudiera refugiarse en algún contenedor de basura y regresar cunado todo se hubiera solucionado.

Pero antes tenía que controlar el temblor de su cuerpo y normalizar los latidos de su corazón. El dolor de cabeza también iba en aumento. Sentía como si acabara de dispararse otra ves, era un dolor terrible. Si seguía así terminaría cayendo de rodillas a la espera de que aquel hombre desnudo o el caníbal lo encontraran.

Una suave mano comenzó a acariciar su cabeza.

Lincoln sintió como si todo su mundo se paralizara. Aquel tacto… la suavidad y la ternura con la que acariciaban su cabeza…

Su cuerpo tembló para luego tranquilizarse bajo esa suave mano.

No.

Lincoln esperaba que no fuera nada. No podía ser. Quería voltear y ver quien lo estaba tocando, quizás alguno de esos locos obsesionados con los niños, o algo peor. Pero su cuerpo parecía congelado.

Aun así, pudo sentir como la calma lo inundaba. Aquella suave mano siguió acariciando su cabeza con una ternura y suavidad que le recordó mucho a la forma en que su madre lo abrazaba cuando era niño. Por un segundo se sintió nuevamente en su hogar cuando no era más que un niño pequeño. En el tiempo donde todo era sonrisas y felicidad.

Su corazón se calmó, el temblor se detuvo y su respiración se normalizó mientras se alejaba de la pared.

Una vez que la mano se separó de él se dio la vuelta rápidamente.

Nada.

No había absolutamente nada ni nadie en el pasillo.

Sólo él.

-Maldición. –Se cubrió la cara con las manos. Tenía que mantener la calma por sus propios medios, no podía dejarle aperturas para salir.

Por mucho que quisiera volver a verla…

Ella era mala.

Se lo repitió docenas de veces antes de limpiar las lágrimas que habían comenzado a caer sin que se diera cuenta.

Tenía que seguir buscando.


NA: Otro más, y Lincoln las cosas ya se están complicando para Lincoln. El momento de sólo ser un observador pasivo terminó para el joven Loud, y sus traumas mentales están resurgiendo, y lo harán peor que nunca antes.

Por cierto, veo que el capitulo anterior no llamó mucho la atención, si pudieran escribir que hice mal para no volver a cometer ese error sería muy útil para el fic.

Nos vemos la próxima sesión.

PS: No sé que tan largo será el fic, es por eso que ya no señalo el tiempo en el titulo.