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—¡Oye! ¡Oye, bombón!

Kami-sama, no a mí.

Intentó hacerse el desentendido, pero Jakotsu aclaró todas las dudas de un solo comentario. El resto de sus hermanos intercambiaron miradas de intriga.

—¡Oye! ¡Monje bonito! ¡Ven, hazme un hijo como deseabas!

Joder, que me parta un rayo.

Inuyasha bufó, con Colmillo de Acero en alto, y se giró a ver a su compañero con el ceño fruncido. Lo que le faltaba. Acostándose con el enemigo.

—¿De qué diablos habla Jakotsu, Miroku?

—Oh, es una larga historia —murmuró Sango, entre sonrisas divertidas. Eso era como la mejor de las venganzas divinas.

Miroku se masajeó la sien con paciencia, pensando en el mejor modo de salir de esa situación lo antes posible.

—Monje Miroku —susurró Kagome, tirándole un poco de la manga, preocupada por la expresión enferma del rostro de su amigo—, no quiero incomodarte, Jakotsu está haciendo gestos raros en tu dirección.

Bankotsu y el resto de los guerreros miraban a su hermano como si hubiera perdido la cabeza completamente de una buena vez. Inuyasha de cuando en cuando movía su espada con intenciones de llamar la atención a los guerreros y comenzar la lucha (que era mucho mejor que ver cómo Jakotsu coqueteaba nada disimuladamente con Miroku).

—¡Es ese monje bonito! ¡Me ha propuesto un niño! ¿Qué creen? Ahora me quiere dejar sola.

Jakotsu siguió lloriqueando, mientras Miroku sentía ganas de desaparecer de la faz de la tierra.

—Inuyasha —soltó Shippō, saltando al hombro de Kagome—. Creo que finalmente las mañas de Miroku superaron el límite como dijiste.

—Ya lo creo.

Inuyasha fruncía el ceño con fuerza, sin dejar de sostener en alto a Colmillo de Acero, y dirigía miradas de reojo a su compañero de cuando en cuando, esperando a que terminara con esa locura.

—Ay, ya no me quiere —gimoteó Jakotsu.

Kami-sama.

—Oye —gruñó Inuyasha, tanto para Jakotsu como para Miroku—, ¿quieren empezar a luchar o los dejamos solos?

—Inuyasha, querido imbécil, no digas idioteces —rezongó el monje, conteniendo las ganas de darle con su báculo en la linda cabeza de perro de su amigo—. Jakotsu, lo siento, pero realmente no pienso… hacerte ningún hijo.

Kagome intercambiaba miradas de Miroku al grupo de los Siete Guerreros. Sango estaba que se moría de risa.

—Esto es de lo más raro —murmuró, entre asustada y divertida. Vaya a saber qué historia se había perdido.

Jakotsu pareció ofenderse al máximo. Bankotsu y Renkotsu parecían haber perdido la paciencia hacía mucho, y el resto de los guerreros observaban la escena como si se tratara de la telenovela de la tarde.

—¡Ahora ya no me quieres! ¡Prefieres hacerle hijos a esa mujer!

¿Qué crees?...

Sango se carcajeó más fuerte, olvidándose de sostener a Hiraikotsu y pasando a tenerse la panza con las manos. Ya, en cualquier momento se tiraría al piso a llorar de la risa.

—Jakotsu, ya deja eso —refunfuñó Bankotsu, harto—. Pelearemos. Luego te puedes quedar con el que quieras.

El guerrero sádico se sorbió la nariz, mirando al grupo de los buenos con interés. De repente sonrió, visiblemente contento.

—Ahora que el monje no me quiere, pido a Inuyasha.

—No, Inuyasha es mío —soltó el líder, tocándose el pecho con el dedo pulgar, señalándose con orgullo—. Te lo dejo una vez que lo mate.

Los hermanos siguieron peleando largo rato mientras el grupo de Inuyasha intercambiaba miradas entre ellos.

—¿Se están peleando por mi ahora? —murmuró Inuyasha con cara de desagrado total.

—Y por Miroku —agregó Sango entre risas divertidas. Kagome tenía ganas de largarse de allí, hasta prefería estudiar Matemática.

El monje se tomaba la cabeza y negaba, maldiciendo a su mano maldita en voz baja. Seguramente Naraku había elegido resucitar a Jakotsu para joderles la vida de ese modo y no de ningún otro.

Estaba casi complemente seguro, pues, ¿a qué otra mente criminal se le ocurriría tal fatal destino?

¡Maldita mano! ¡Mala, mala!


Nota de la autora:

¿Se imaginan esta escena? De ser Miroku, empezaría a correr lejos de allí. En serio, qué malas mañas -?-.

Gracias por su apoyo C:

Mor.