Capítulo V Segunda oportunidad
Mientras la muerte se apoderaba del joven Madox y el camino se tornaba nubloso seguia avanzando por una aparente callejuela sin fin, sin retorno, la luz de la luna se apoderaba de todo el escenario y el joven Madox pereció de rodillas, exhausto por la pesada carga de su propio cuerpo exclamando brevemente:
-Veo el infinito.
Y con tono sarcástico se dispuso a reír, lentamente se desvaneció sobre el suelo.
Madox se levantó exaltado tocándose el torso sintiendo así mismo una venda que se extendía a lo largo de su herida más escandalosa y con perspicacia se dispuso a mirar hacia su alrededor, se levantó de una cama rustica, el lugar parecía una típica habitación del siglo XII algo que Madox solo había visto descrito en literatura universal y con sarcasmo exclamo:
-Con que así luce el cielo, antiguo y ornamental, no es un mal toque.
Sin embargo Madox se sentía desconcertado, se dispuso a acercarse a una ventana contigua a la pared en que estaba apoyada a la cama y observo, tal fue su sorpresa al ver que parecía una colonia barroca y como era de esperarse se preguntó:
-¿Dónde demonios estoy?
Entonces desde el umbral de la puerta se escuchó una vocecilla muy dulce diciendo:
-Estas en Sevilla.
Rápidamente Madox se volteó en posición de ataque y tal fue su sorpresa al ver que la persona que emitía tal voz era nada más que una joven de tez tan blanquecina y amarillenta que resplandecía con los rayos de medio día que se filtraban en la ventana, sus cabellos negros volaban con la corriente de aire que se colaba desde la entrada haciéndola ver de una manera impactante y con timidez, bajando la mirada la joven declaro:
-Perdona por interrumpirte.
A lo que Madox respondió con un gesto cualquiera.
Después la joven se fue inundada por la timidez dejándole en el buro cerca de la cama una charola con alimentos.
Así, sorprendida por la actitud de la joven entro una señora con aspecto agradable y con una actitud recta y conservadora y tomándose tiempo para divisar perfectamente al joven Madox exclamo:
-Veo que ya conociste a mi hija Isabela.
Y con tono amable dijo:
-Descansa, debes estar exhausto, te avisaremos cuando este la cena.
Al tiempo en que se iba exclamo en tono burlón:
-Deberías asearte también.
De esta forma la misteriosa mujer cerró la puerta.
Dentro del joven Madox nacía una curiosidad del que estaba pasando y tratando de caminar apresuradamente se puso de rodillas bruscamente, sus heridas se hacían presentes y de tal forma lo incapacitaban para moverse a lo que arrepintiéndose se dirigió hacia la cama y tomando del rustico buro de madera la charola se dispuso a comer, al término el joven abrió una puerta cerca de la esquina izquierda de la habitación y se dispuso a tomar una ducha.
Antes de salir del lujoso baño, escucho una especie de chasquido y sin importancia se dirigió de nuevo a la habitación, arriba de la ostentosa cama se encontró una vestimenta con una nota arriba que decía:
"Supongo que esto le quedara"
Madox se cambió rápidamente, se trataba de un traje bastante costoso por lo que podía sentir el joven y se dispuso a salir lentamente de la habitación a continuación se dispuso a bajar unas escaleras que se encontraban a un costado tomándose su tiempo para contemplar la lujosa vista que ofrecía su posición, era gigantesco, con candelabros que se extendían cuanto menos medio metro del gigantesco techo, así que bajo lentamente hasta el último peldaño de esa escalera de madera tan ornamental como cualquier otra cosa que se encontraba en la casa seguido de eso tomo el camino más próximo cuando de repente la misma voz dulce exclamo tímidamente:
-Es por este camino.
A lo que Madox respondió con seguridad:
-Y tú debes ser Isabela ¿Verdad?
Y sonrojándose la joven respondió:
-Sí, soy yo.
Y disminuyendo su tono de voz se dirijo al joven Madox:
-Ven sígueme.
Durante el trayecto por esa larga angostura la joven Isabela se veía con toda la intención de preguntarle una y mil cosas al joven Madox pero dada la gravedad de su timidez, solo se conformaba a caminar, mirándolo entre intervalos.
Por fin llegaron a lo que parecía el comedor tan lujoso como cualquiera de los cuartos antes vistos por el joven Madox y en el fondo de la extensa mesa se encontraba sentada la mujer misteriosa de antes que al ver a los dos adolescentes exclamo:
-Ah justo a tiempo, siéntense por favor.
Después de divisar en un pestañeo algunas características del lugar se sentó en la primera silla que diviso y en un instante Isabela también se sentó al extremo contrario del joven, de esta forma la extraña señora comenzó una seria de preguntas.
-Mi nombre es Marianne y ya conoces a mi hija Isabela.
-Ten encontramos tirado en esa horrenda callejuela cuando pasábamos cerca, de hecho mi hija te diviso.
A lo que Madox respondió:
-Gracias, supongo…
Entonces Marianne aclaro con un tono más serio:
-Eh de comentar que tus heridas no eran tan graves pero la pérdida de sangre era demasiada.
De modo interrogativo dijo:
-¿Qué hacia un joven como tú en un lugar como ese?
Madox respondió rápidamente:
-Me dirigía a casa
A lo que Marianne repuso:
-Supongo que tendrás muchas preguntas y en breve se te responderán.
-Pero dinos joven ¿Cuál es su nombre?
El joven exclamo con decidía.
-Madox, un gusto en conocerlas.
-Eh de mencionar que el motivo de mi situación tuvo que ver con un altercado con sujetos aledaños.
Y con una sonrisa sarcástica el joven Madox exclamó:
-Nada por qué preocuparse.
Marianne poco convencida exclamo:
-Tuvo mucha suerte joven Madox.
Isabela tímidamente complemento:
-Puedes quedarte cuanto gustes.
Seguidamente Madox contradijo:
-Mi estancia aquí será breve, no pretendo importunar.
A lo que Isabela y Marianne de manera simultánea repusieron.
-¡Para nada!
Entonces Marianne complemento:
-Hace mucho que no tenemos visitas y nos es grata tu presencia, además creo que mi hija tiene que convivir con gente se su edad.
Después Madox solo respondió desviando la mirada hacia el lugar.
Así, los pocos sirvientes ofrecieron los manjares de la cena y al término de la misma Marianne retiro dando una exclamación algo vaga:
-Nos veremos por la mañana.
Segundos después se retiró del cuarto despidiéndose de manera fría de la joven Isabela dirigiéndose a su habitación lentamente apoyándose de los muros.
Entro a su cuarto con la intención de conciliar el sueño sin embargo no lo obtuvo y con desdén se levantó, transcurrían las siete y media de la noche cuando Madox se dispuso a curiosear por los estrechos pasadizos de la casa hasta que dio con una escalera de servicio que lo llevaba a la azotea, ahí se dispuso a decir su saloma y al término de la misma se relajó, apoyándose en uno de los pretiles contemplando la vista.
No paso mucho tiempo cuando de repente el joven Madox escucho unos chasquidos que provenían de la escalera de servicio, era la joven Isabela que subía y con tono tímido como era de costumbre ya, prorrumpo:
-¡Hola! Te vi pasar por el corredor y…
Cuando Madox de forma amable interrumpió:
-¡Vaya! ¿Que soy tan ruidoso acaso? Pero la verdadera pregunta ¿Qué hace despierta a esta hora señorita?
Isabela exclamo:
-Bueno, yo…
A lo que Madox volvió a interrumpir, esta vez en un tono más sarcástico como era de costumbre en el:
-Oh ¿Acaso me estaba espiando?
La joven sonrojada por lo dicho aquejo:
-Bueno, solo quería hablar contigo.
Entonces Madox respondió rápidamente:
-Habla.
Tomando en cuenta la timidez de la joven comenzó una plática entre Isabela y Madox que termino al amanecer que después de ver el mismo se retiró cada uno a su habitación
Madox no había conocido genta más cálida que esa e incluso se sentía extraño en ese ambiente no tardó mucho en darse cuenta que el apellido de Isabela y Marianne era Ponce de león ya que esa familia era de influencias muy poderosas sin embargo hace más de veinte años que no se sabía de ellos, por la muerte del padre de Isabela, Fernando, cuya situación había sido un misterio.
