Ella era como el mar; hermosa y peligrosa.
Él, era el valiente que se lanzaba a esas aguas turbulentas sin importarle las consecuencias.
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Desde la muerte de Petra Ral junto con el resto de su equipo, el líder de escuadrón Levi ha estado preguntándose para qué demonios apegarse a las personas, si de todos modos nadie podría asegurarle que quienes estuvieran a su lado en esos momentos lo estarían al día siguiente. No es que él no lo supiera antes, pero después de lo ocurrido en el bosque de los árboles gigantes con la titán femenina no podía darse el lujo de sentir el más mínimo afecto y cariño por sus compañeros de trabajo. Y sin embargo ahí estaba él, preocupándose por una mocosa recién ingresada a la legión de reconocimiento y arriesgando su vida por ella y el mocoso al que llamaban ''la esperanza de la humanidad''. ¿Y qué se ganó después de éso? Una lesión en el tobillo que le afectaría durante largas semanas. ¡Qué molestia! Aunque no podía quejarse, después de todo su misión consistía en mantener a Eren Jaeger a salvo.
Eren... no Mikasa. Pero aún así, el mayor se dedicó a protegerla a toda costa. Y ahora, en la comodidad de su oficina, se preguntaba una y otra vez si valía la pena seguir arriesgándose de esa manera por una mocosa caprichosa que ni siquiera un ''gracias'' fue buena para darle después de salvarle la vida y la de su ''hermano''. En cierto modo, le decepcionaba la actitud que tomaba la chica de cabello azabache con él, ya que el odio que sentía por él no tenía la mejor de las justificaciones; después de todo, si trató de esa manera a Eren en el juicio era por su bien, y la pelinegra debía entenderlo.
Pero, ¿a él qué le importaba lo que esa mocosa pensara de él? ¿Para qué esforzarse en convencerla de los hechos? Él no era así. Le venía valiendo un comino lo que hablaran de él las personas en las murallas, ¿qué tenía de diferente esa recluta?
Bueno, en primer lugar ninguna de esas personas llegaría a la legión de reconocimiento después de años de entrenamiento con el primer puesto entre todos los soldados, pero quitando esa insignificante diferencia... ¿por qué le llamaba tanto la atención? Quizás el hecho de que fuera tan retadora y rebelde, o quizás porque ella era la única que se atrevía a responderle a su superior sin temor. Cualquiera de las dos opciones le parecía interesante al capitán Levi, y ese interés llegó a convertirse en admiración para después transformarse en atracción.
Levi: ¿Atracción? ¿En serio, mocosa?
Sarah: ¿Quién está narrando la historia? Déjame terminar, enano.
Levi: Tsk...
Bueno... como decía, el capitán Levi llegó a sentir atracción por esa chica de cabello azabache igual que el suyo, aunque en un principio no lo admitiera. Es por éso mismo que se esforzó por mejorar su relación con ella de una manera inconsciente, explicándose cada vez que ella se molestaba por alguna orden, así como demostrándole que confiaba en ella, tanto que le pedía trabajar con él en cada misión que surgía, sobre todo si implicaba salvar a Eren.
Todos esos pensamientos en la mente de Levi amenazaban con nunca dejarlo en paz, y si antes de conocer a Mikasa le era difícil dormir poco más de dos o tres horas, ahora era una razón más para sufrir de ese maldito y agobiante insomnio que lo acechaba cada noche.
¿Alguna vez les han dicho que el poder de la mente es tan grande que el pensar mucho en una persona provoca que esa persona en la que piensan también llegue a pensar en ustedes? Es una teoría interesante y más porque en esos momentos en los que Levi pensaba, se escuchó cómo tocaban a la puerta de su oficina.
— Tsk, ¿quién es? — preguntó con su notable molestia en la voz.
— Mikasa Ackerman, ¿podría hablar con usted un momento, heichou? — escuchó decir a la azabache del otro lado de la puerta.
Increíble. Justo ahora que trataba de poner en orden sus pensamientos tenía que llegar esa mocosa para volver a poner su mundo de cabeza. No podía dejar que lo tomara desprevenido con cualquier reclamo y mucho menos ahora que su mente era todo un caos; necesitaba algo de tiempo para calmarse por completo.
— ¡Lárgate! Estoy ocupado ahora y no puedo atenderte. — dijo el capitán sacando rápidamente unos papeles del cajón de su escritorio para esparcirlos por doquier de forma involuntaria, lo que lo hizo estallar de ira y dar un golpe a una de las patas del escritorio, lastimándose más el pie.
Lo que le faltaba.
— No le quitaré mucho tiempo. — respondió la pelinegra con un dejo de súplica en su voz.
No podía negarse, ¿cierto? El dolor en el pie le impedía decir nada más sin que su voz adolorida lo delatara, por lo que Mikasa aprovechó la ocasión para entrar con sigilo a la oficina de su superior.
— ¿Se encuentra bien? — preguntó mostrando un poco de preocupación.
—Tsk...
Fue la única respuesta por parte de él junto a una expresión en su rostro que declaraba el obvio dolor que sentía en ese instante, con los ojos cerrados y apretados y sus labios tensos como una línea. Mikasa cerró la puerta y se acercó a su superior, mostrando aún la misma preocupación del inicio en sus ojos, para sorpresa del capitán, quien hacía unos momentos pensaba que ella no podría sentir ni siquiera compasión por él. Estaba muy equivocado.
— Debería ir a checarse, ya va a ser casi un mes desde que se lesionó... — comenzó la azabache colocándose a un lado de él, pero fue interrumpida por el repentino movimiento de mano que hizo el capitán Levi en señal de detenimiento.
—¿Viniste aquí solo para darme un sermón? ¡Estoy en perfectas condiciones! — dijo el capitán levantándose de su silla, pero el dolor del tobillo le impidió mantener el equilibrio y lo hizo caer en los brazos de la recluta.
— Perfectas condiciones, ¡si, claro! — bufó la chica tratando de no caer utilizando toda la fuerza posible de la que disponía para sujetarlo. — Así como está será imposible que pueda volver a luchar contra esos monstruosos titanes, ¿qué haremos sin usted?
El mayor se enderezó lo más que pudo, apoyándose del brazo de la chica al no tener más opción. Estaban muy cerca uno del otro, a tan sólo unos pocos centímetros, pero aquello no iba a ganarle a Levi, se controlaría como lo había estado haciendo desde tiempos remotos. Para Mikasa era mucho más difícil controlar toda la gama de sentimientos que se hicieron presentes en ella: sus mejillas comenzaron a tornarse rosadas y en sus ojos se denotaba la sorpresa causada por la cercanía de su capitán. Sin darse cuenta se había aferrado a él tomándolo de su camisa, pero ésto al mayor no le importó en lo más mínimo; estaba mucho más concentrado por las recientes palabras que pronunció Mikasa que por la situación en la que se encontraban.
— Han podido sobrevivir sin mí en estos días, y todo gracias a las habilidades con las que cuenta cada uno. Sin mí, tú podrías quedar en mi lugar, Mikasa. — aclaró el capitán casi en un susurro, causando un escalofrío en la pelinegra.
— No diga éso heichou... Yo no tengo la suficiente experiencia como usted. — respondió Mikasa desviando la mirada hacia un lado, quizás sintiéndose por primera vez intimidada por la intensa mirada que le brindaba el capitán.
Y es que Levi no podía mirarla de otra forma, por más que sabía cómo controlarse ante cualquier situación. Nuevamente se había encariñado con una de sus subordinados, pero esta vez ese corazón de hielo que decían todos que él poseía había comenzado a derretirse por el calor que le brindaba esa mocosa. ¿Desde cuándo había comenzado a sentirse así? Ni él lo sabía, pero de lo que estaba seguro era que tener a Mikasa cerca lo hacía sentirse tranquilo y de alguna forma podía olvidarse por un momento del estrés causado por la deplorable situación en la que debían vivir.
Mikasa regresó sus grisáceos ojos hacia los azul naval de su capitán, pero esta vez Levi fue quien desvió la mirada, bajando sus orbes azules hacia los rosados y húmedos labios de la chica frente a él. La necesidad de tocarlos lo hacía temblar, incluso había olvidado el dolor de su tobillo gracias a que los latidos de su corazón parecían querer salirse de su pecho, provocándole un insoportable dolor... ¿Dolor? No, más bien desesperación. Le desesperaba el tener a Mikasa así de cerca y obligarse a controlar sus emociones.
Aunque, pensándolo bien, estaban solos en la comodidad de su oficina, sin nadie que los molestara y por primera vez tenían una charla civilizada. Tal vez era la oportunidad perfecta para arreglar las cosas entre ellos de una buena vez.
Con esto en mente, el capitán Levi comenzó a disminuir la distancia entre sus rostros con lentitud, esperando a tener una reacción por parte de Mikasa y de esa manera poder continuar o retirarse, dependiendo de cómo ella reaccionara. La azabache se sentía en shock, o más bien en un estado de hipnosis provocado por la intensidad en que el mayor la estuvo mirando segundos antes. No sabía porqué, pero el que Levi acortara la distancia entre ellos no le molestaba; al contrario, su corazón se había vuelto loco y en su mente se repetía una y otra vez lo mismo:
''¡Bésalo! ¿Qué esperas? No puedes seguir negando que no quieres hacerlo''.
Era una locura, decía odiarlo y querer darle su merecido, ¿qué estaba pasando? ¿Por qué deseaba tanto en esos momentos unir sus labios con los de él? Ella estaba enamorada de Eren, ¿no? Él le salvó la vida cuando eran niños y ella juró estar agradecida con él y protegerlo por siempre. Entonces, ¿por qué se sentía de esa forma hacia el enano amargado que el día del juicio no hizo más que destrozar físicamente a Eren? Su cabeza hacía ésa y muchas otras preguntas, pero su corazón seguía insistiendo en dejarse llevar por ese momento. Y así fue.
La azabache cerró los ojos en espera de lo inevitable, ahora siendo ella quien también se acercaba al mayor. Levi no pudo evitar que la sorpresa se apoderara de él, puesto que se había hecho a la idea de que la menor lo rechazaría al segundo. Sonrió un poco, algo nada común de ver, y unió sus labios con los de la chica pelinegra dejando que disfrutaran de la suavidad de éstos. Era mucho mejor de lo que había imaginado, sus labios eran exquisitos y no podía conformarse con sólo un beso, necesitaba más. Creó una abertura en sus labios para dejar pasar su ansiosa lengua, la cual esperó a que la azabache le diera camino hacia el interior de su boca para comenzar a explorarla. La acción del mayor ruborizó aún más a la chica, pero ella también deseaba el juego en el que su capitán los había metido, por lo que le dió la bienvenida a la lengua del mayor con la suya.
Tanto Levi como Mikasa dejaron que sus corazones actuaran, sus emociones eran demasiado desvariadas y debían ponerlas en orden, y sólo los besos que se daban podían expresar todo lo que sentían; esa confusión y deseo haría que la relación de los Ackerman diera un giro de 180 grados.
Después de todo, un corazón de hielo en las manos correctas puede derretirse.
